La niña del bosque

Brian McGilloway · Capítulo 4 de 50

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La niña del bosque

Capítulo 4

Lucy esperaba sentada fuera de la sala en la que estaban examinando a Alice y escuchaba los familiares ruidos del hospital, mientras aguardaba la llegada de la asistente social de urgencias. A lo largo del mes anterior, desde su regreso a Derry, había estado entrando y saliendo de ese hospital con su padre con más frecuencia de la que le hubiera gustado recordar. Un día, el anciano se había caído al salir de la ducha y se había hecho daño en un brazo. Luego había tropezado por las escaleras. Cada incidente había requerido una noche de ingreso en el hospital, y Lucy se había pasado las horas velándolo.

Intentó evadirse de los ruidos, pero no pudo: el estrépito del instrumental médico, el chirrido de las ruedas de las camillas cuando las trasladaban arriba y abajo por la planta, las pisadas amortiguadas de los zapatos de los celadores, el eco de sus voces distantes. Y, por encima de todos ellos, los gritos intermitentes de la niña.

Cuando la pequeña se había despertado en el bosque, se había aferrado a Lucy mientras se dirigían hacia la ambulancia. No dejaba que nadie más que ella la tocara, de manera que, al final, fue Lucy quien tuvo que cargar con la niña entre los árboles. Sólo cuando le echó los brazos al cuello y pudo verle la cara, dejó que otros agentes ayudaran a la sargento a llevarla. El roce de sus brazos había helado el cuello de Lucy. La niña no había hablado ni mirado a nadie.

Vista la situación, Travers había sugerido que Lucy acompañara a la pequeña en la ambulancia y la sargento se había mostrado de acuerdo. La niña la aferraba con una fuerza casi salvaje. Cuando se supo que no se trataba de Kate McLaughlin, algunos de los agentes parecieron perder el interés. Travers había dicho que se pondría en contacto con el señor McLaughlin. Lucy se quedaría con la niña hasta que los Servicios Sociales se hicieran cargo de ella, y luego volvería a comisaría; mientras

tanto, Travers hablaría con el equipo del CID[2] que se encargaba del secuestro de Kate McLaughlin.

En la ambulancia, Alice había empezado a gemir, removiéndose con inquietud bajo la manta en la que la habían envuelto tras quitarle el abrigo de Lucy. Luego, cuando se acercaban al hospital, los gemidos habían cambiado de tono para convertirse en un lamento inarticulado. Ahora, la niña chillaba de angustia y cada aullido amedrentaba al resto de la planta y la sumía en el silencio. Algunos de los pacientes que ocupaban las habitaciones más alejadas habían salido al pasillo, aturdidos, entrecerrando los ojos bajo el intenso resplandor de los fluorescentes, buscando la fuente de aquellos gritos angustiados.

Finalmente, convencida de que algo no marchaba bien, Lucy se levantó y entró en la habitación. La niña estaba acuclillada en un rincón, con las rodillas pegadas al cuerpo, en la misma postura en que la había descubierto Lucy. La habían envuelto en una manta térmica metalizada de la que intentaba desprenderse, sin darse cuenta de que estaba sentada sobre el borde.

La pediatra daba instrucciones a una de las enfermeras, que rebuscaba ruidosamente entre los cajones del carrito de farmacia.

—¿Por qué grita así? —preguntó Lucy.

La doctora, una india de aspecto agobiado, la miró para evaluar qué derecho tenía aquella mujer a plantearle esa pregunta.

—Está entrando en calor —le explicó—. A medida que su cuerpo se va calentando, la sangre fluye de nuevo a las extremidades. Cuando estaba helada su cuerpo no sentía el dolor, pero ahora lo está sintiendo con retraso.

—¿Y no puede darle nada?

La mujer le hizo un gesto con la cabeza a la enfermera, quien sostenía en alto una aguja hipodérmica que introdujo en un pequeño vial hasta llenar el cilindro de la jeringuilla. Después se la entregó a la doctora y aguardó junto con Lucy la señal para tratar de inmovilizar a la niña.

Lucy se acercó a Alice desde la izquierda; se sintió culpable cuando la niña alzó la mirada hacia ella, una mirada extrañamente vacía que apenas conseguía establecer contacto real con sus ojos. Le pasó el brazo alrededor de los hombros como si fuera a darle un fuerte abrazo y, durante un instante, Alice pareció relajarse, como si confiara en que el gesto de Lucy fuera afectuoso. Entonces vio acercarse a la doctora con la jeringuilla en la mano, y empezó a retorcerse y a dar patadas. Sus brazos, poco más que piel y huesos, se sacudieron contra el pecho de Lucy y torció la cabeza hacia ella con los ojos muy abiertos, desorbitados.

Lucy quería apartar la mirada, clavarla en el suelo, pero se sentía incapaz. Mantuvo la mirada de la niña, observando cómo sus pupilas se dilataban y luego parecían adormecerse; los párpados, repentinamente pesados, empezaron a caer con laxitud, el forcejeo se calmó y empezó a resbalar hacia el suelo. Lucy, abrazándola con fuerza por los hombros, dejó que reposara encima de ella.

La doctora se apartó el pelo de la cara y se secó la frente con la manga de la bata blanca, como si aquello le hubiera supuesto un esfuerzo agotador.

—Déjenla en la camilla —dijo.

Lucy y la enfermera alzaron a la niña del suelo y la depositaron sobre la camilla. Incluso dormida, la expresión de su rostro se contraía y los ojos se movían bajo los delgados velos de sus párpados. Su piel se notaba todavía fría al tacto, aunque los labios ya habían empezado a recuperar el color.

La doctora se acercó a la camilla al tiempo que se ponía un par de guantes de látex. Primero inspeccionó la cabeza de la niña y le despejó la cara para examinar las raíces del pelo y comprobar si tenía heridas en el cuero cabelludo. Después siguió con suavidad las líneas del cuello y de los hombros, y le examinó los brazos y las manos, los pies y las piernas antes de subirle la camisa del pijama y explorarle el torso.

—Me temo que hay buenas y malas noticias —dijo la doctora cuando acabó el examen—. La niña no ha sufrido ningún traumatismo de importancia.

—¿Y las malas?

La doctora se quitó los guantes mientras respondía:

—Debido a la exposición a las bajas temperaturas, presenta un grado de hipotermia relativamente grave. Tendrá que pasar aquí algunos días. ¿Han localizado ya a los padres?

Lucy negó con la cabeza.

—Esperaba preguntarle a la niña cómo contactar con ellos.

La doctora frunció ligeramente el ceño.

—El efecto del sedante que le hemos administrado durará unas cuantas horas. Puede que no esté en condiciones de decir nada hasta bien avanzada la mañana.

 

El forense especialista de la policía científica[3] llegó al hospital una media hora más tarde. Al tratarse de una niña y ante la posibilidad de que hubiera sido víctima de malos tratos, Alice era considerada la «escena del crimen» y sería sometida a un examen en presencia de la pediatra.

La asistente social de guardia, una mujer ruidosa y corpulenta que se presentó como Sylvia, llegó al mismo tiempo que el especialista. Tras dejar caer un bolso grande en el suelo, junto a la puerta, se acercó a mirar a la niña e inclinó ligeramente la cabeza para verle la cara.

Finalmente, un tanto decepcionada, se volvió cansinamente hacia Lucy.

—Creía que tal vez fuera ella. Ya sabe.

Lucy asintió.

—Pues no lo es.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Sylvia.

—La han sedado. Gritaba de dolor.

Sylvia asintió distraídamente.

—Sólo me ocuparé de ella hasta que empiece el turno de Robbie, a las nueve.

—Ya —dijo Lucy.

Estaba a punto de marcharse cuando cayó en la cuenta de que había llegado al hospital con la ambulancia; su coche seguía en el bosque. Cuando hubiera terminado, tendría que pedirle al forense de la científica que la llevara a la comisaría.

Sylvia gruñó en voz baja para sí, cogió el bolso y fue a sentarse en uno de los sillones cerca de la camilla, donde se acomodó para leer un tabloide.

El forense trabajaba silenciosamente, y sólo de vez en cuando intercambiaba algún comentario entre murmullos con la pediatra.

—Que Dios ayude a esa pobre familia —comentó Sylvia.

Lucy miró y vio la fotografía de Kate McLaughlin en primera plana.

—Y que ayude también a la de esta niña —dijo de repente, consciente de que sonaba un poco quisquillosa.

—Pero Kate sigue desaparecida. Al menos esta niña está de vuelta en casa — aclaró Sylvia, haciendo crujir el periódico al pasar la página.

Lucy vio que la pequeña se agitaba inquieta pese al sedante. Estaba sola, sin padres ni amigos, sin nombre, sin voz, sin dignidad siquiera cuando el investigador forense y la doctora empezaron a desvestirla.

—Pues a mí no me da la impresión de que haya vuelto a casa —murmuró Lucy.