La rosa de los vientos
Este
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Primer informe del náufrago extranjero al Kadanh de Derb
Lo que me pedisteis, señor, es manifiestamente imposible. ¿Cómo puede una persona describir un mundo? No hay duda que se puede utilizar un lápiz pequeño para describir un gran círculo, pero si el círculo es tan grande que su perímetro no se puede determinar ni siquiera desde lo alto de una torre, el lápiz se gastaría antes de haber iniciado siquiera la tarea…
¿Cuántos tonos puede adoptar una voz? ¿Cómo puedo yo describir siquiera una sola roca, y qué roca debería describir? Si empezara diciéndoos que la Tierra es el tercer planeta de un sistema de nueve que orbitan un sol amarillo de tamaño medio, a una distancia media de 154 millones de kilómetros, con un período de revolución de 365 días y un período de rotación de 24 horas, y que tiene un satélite, la Luna, ¿qué os habría dicho más que un año es un año, un mes es un mes y un día es un día, cosa que ya sabéis?
Pero como sé que sabéis que lo que habéis tenido a bien pedirme es imposible, y que, sin embargo, no lo habéis pedido por ligereza o crueldad, no me cabe sino contestaros sabiendo que sabéis que mi respuesta, en definitiva, sólo puede significar: Perdonadme.
Cuando hace un momento vislumbré de refilón la enorme tarea que me aguarda, como una cordillera a escalar, se me ocurrió pensar que podría haber otra razón de vuestra solicitud. Al pedirme que os describiera el mundo, quizá no busquéis en absoluto información sobre mi mundo. Quizá no tengáis previsto considerar mis palabras, sino sólo los silencios entre las
frases, por los que descubriréis muchas cosas sobre vuestro propio mundo.
Si así es, nada tengo que objetar; de hecho, prefiero ese plan. Mi tarea entonces no es describir mi mundo en términos generales, tal como se aplican a todos los mundos el lenguaje de la astronomía, la física, la química, la biología, etc., sino más bien abordar lo individual y transitorio, lo fortuito y peculiar. No el describir el tipo de plantas que tienen flores, sino mencionar el aroma acre de una rosa Cecile Bruner en flor en un balcón que domina una gran bahía definida por luces de ciudades en un anochecer plácido y neblinoso de septiembre; no trazar un perfil de la evolución de la inteligencia o el curso de la historia humana, sino hablaros, quizá bastante por extenso, de mi tía abuela Elizabeth. No una narración histórica general, ni siquiera un análisis detenido de la migración hacia el oeste de los pueblos blancos cuando culminó y finalizó en las jornadas de los colonos a través de las grandes praderas, las Rocosas, la Sierra, hasta la costa del Pacífico, porque eso no os daría una visión sincera de la necesidad de que existiese mi tía abuela Elizabeth. Aunque llevase la narración hasta detalles como la suerte de familias concretas de colonos de Wyoming, la existencia de mi tía abuela seguiría pareciéndoos fortuita. Sólo si la describiese a ella, su vida, su muerte, podríais llegar a entender algo de la necesidad absoluta de su existencia y, mediante tal comprensión, quizá pudierais llegar a entender, en cierta manera, aquel movimiento milenario hacia el oeste que concluyó en las playas de un mar inmenso productor de niebla. Y, a través de esto, quizá pudierais llegar a entender desde una nueva perspectiva alguna antigua migración de vuestro propio pueblo o la ausencia de movimientos migratorios en la historia de vuestro pueblo. O el carácter del fracaso, o el carácter de vuestra propia abuela, o vuestra propia alma.
Comprendo, señor, que en vez de disculparme y darle vueltas debía simplemente agradeceros la oportunidad totalmente imprevista y agradable de hablaros de mi tía abuela y empezar a hacerlo de inmediato. No es una oportunidad que se otorgue a menudo al Suboficial de una nave de la Flota Interestelar Terrestre.
Pero creo que no empezaré por mi tía abuela. Es un tema difícil y se me ha ocurrido, mientras reunía el valor preciso para mirar de frente las
asombrosas montañas que he de escalar (¿qué océano cubierto de niebla veré desde sus cumbres?), que no importa por dónde comience y que ni siquiera necesito atenerme con precisión a los hechos. Diga lo que os diga, si estáis pendiente de los silencios entre frases, vos oiréis la verdad. Como en la música, cuando se capta el ritmo, la pauta de sonidos y silencios, se oye la melodía. Después de todo, sólo hay una melodía que pueda cantar yo. Así que empezaré con un cuento de hadas.
Había una vez una ciudad. Todas las demás ciudades de todos los tiempos y lugares se parecían en muchos sentidos. Esta ciudad era diferente de todas ellas en muchos sentidos. Y, sin embargo, ésta expresaba más plenamente que ninguna otra la idea de ciudad. Estaba poblada de aves, gatos, personas y leones alados en proporciones bastante similares. Todos los leones eran ilustrados. Raras veces se veía un león sin un libro en las zarpas. Los gatos, aunque analfabetos, eran civilizados en extremo.
Observando un gran grupo familiar ocioseando tranquilo entre la vegetación de un sombreado jardín, protegido de toda intrusión, o un enfrentamiento ritual de gatos sobre las piedras iluminadas por la luna de una plaza urbana, o el avance parsimonioso de tejado en tejado de una gata sedosa y plateada, muy bien podía llegarse a la conclusión no sólo de que la ciudad había sido construida para los gatos, sino que éstos habían llevado a la perfección el arte de vivir en ella. Pero en cuanto se contemplaba un león, no se podía por menos de ponerlo en duda. Pues, pese a todas las similitudes con los gatos en formas y rasgos, la absoluta tranquilidad de los leones, su expresión de benévolo orgullo y superioridad consciente, indicaban sin lugar a dudas un estado mental que trascendía la felicidad simple, y se acercaba al gozo. Podía verse el cadáver de un gato flotando bajo un puente junto con botellas de refresco y naranjas podridas, pero al alzar la vista de tan lamentable cuadro, junto a las escaleras del puente, se veía un león frunciendo beatíficamente el ceño bajo la melena, con las alas de piedra plegadas; ¿a qué lugar mejor podía volar?
Fácil es suponer que las aves eran los habitantes menos felices de la ciudad. Muchas de ellas vivían en jaulas. Estos prisioneros no parecían sin embargo desdichados; del amanecer al ocaso cantaban barrocas cadencias estilo Vivaldi por las estrechas calles, picoteando su alpiste y contemplando
extasiados sus pequeños reflejos amarillos en los adornos navideños que colgaban de sus airosas jaulas. Mas, pese a todo, vivían en jaulas. Las palomas vivían libres, pero sólo como mendigos pertinaces. Las palomas respondían a diario a los requerimientos de las campanas que les avisaban de que había llegado el momento de comer; y, entre comida y comida, asediaban a los turistas pidiéndoles más comida. Tal vez fuera su resentimiento por verse reducidas a una condición de dependencia, privadas de derechos, su cólera obscura por el hecho de que les proporcionaban pocos árboles en que posarse y pocos peligros de que escapar volando, lo que hacía que sus excrementos fuesen tan corrosivos. Fuesen cuales fuesen sus razones, las palomas estaban destruyendo algunos de los elementos arquitectónicos más exquisitos de la ciudad, cagando pertinaz y desastrosamente en la piedra perecedera de cornisas, pináculos y entalladuras. Ni siquiera los leones podían eludirlas. Pero eso sí, la gente superaba a las palomas en la tarea destructiva; sus fábricas cercanas, tierra adentro, emitían vapores que superaban con mucho el poder corrosivo de las palomas con mayor conciencia de clase, y sus lanchas de motor se dedicaban afanosamente a intentar hundir la ciudad antes de que se derrumbara.
Porque la característica por la que Venecia difería más claramente de todas las demás ciudades y en la que las ejemplificaba, sin embargo, y las describía a todas, a cada una, más exactamente, era la de la fragilidad.
¿Iba a destruir una ciudad, una ciudad espléndida, antigua, populosa, activa, llena de miles de vidas diligentes, una paloma (o una lancha a motor) o un jirón de gas? ¡Qué disparate!
Pero entonces, ¿qué es lo que destruye las ciudades? ¿Por qué han caído los poderosos? Mirad, y veréis un caballo de juguete; una llave de latón; un par de hombres charlando mientras toman vino; un cambio de tiempo; la llegada de unos españoles. Nada en absoluto. Una paloma, una lancha a motor, un clic en un contador géiger.
La primera lección de Venecia es, pues, la mortalidad.
Mal interpretado por germanos y otros bárbaros del norte (la ciudad ha estado asediada siempre por germanos, y en realidad, se fundó en lo más profundo de su laguna intentando eludir las visitas compulsivas de los
turistas longobardos… intento que, a la larga, fue en vano), con la tozudez majestuosa del pensamiento teutónico se creyó que este mensaje absolutamente directo significaba que, debido a que Venecia es más mortal de lo ordinario, es por ello una ciudad de muerte, de agonía, de enfermedad, decadente, una ciudad sin negocios sanos, que sobrevive, como sus palomas, parasitando a los visitantes, una ciudad de sueños febriles, mórbida, un lugar al que van a morir los pederastas viejos. Esto es absurdo, claro. Lo más mortal está más vivo. No hay lugar en el mundo donde suban tan alto las verdes, maravillosas, lóbregas mareas de la vida, donde se tenga más vívida conciencia de la presencia de seres vivos, aves, gatos, leones y gentes que caminan, hablan, cantan, discuten, alzan las persianas metálicas de las tiendas, las bajan, cocinan, desayunan, se casan, celebran funerales, transportan cocacola y calabacines de aquí para allá en barcas de cocacola y de calabacines, hacen discursos, oyen la radio y tocan instrumentos musicales, venden electrificados yoyós que resplandecen como luciérnagas subiendo y bajando en la oscuridad, ante las puertas de la gran catedral, gentes que hacen novillos, juegan a la pelota, se pelean, pescan, se besan, lanzan gases lacrimógenos a los manifestantes, se manifiestan, reducen su esperanza de vida soplando futesas increíblemente frágiles de vidrio de colores, etc., etc…; en otras palabras, viven. Si yo fuera un viejo pederasta alemán con anhelo de muerte, me sentiría un gran imbécil en Venecia. En lo más hondo de mi ser.
He oído discutir a dos amas de casa venecianas en las escaleras de un verde canal sobre la calidad de las distintas marcas de batidoras eléctricas durante veinte minutos seguidos, con lujo de detalles y tremendo vigor. La conversación no destacaba por el éxtasis enfermizo y obsesionado por la muerte. En realidad, una razón de que la vida sea tan fuerte es que se oye.
En otras ciudades, queda ahogada por el ruido de los motores. En otras ciudades se oye el ruido que hacen los motores. En Venecia lo que se oye es sobre todo el ruido de la gente. Y el de las aves, también; el de los gatos que están enamorados; los leones no hacen ruido digno de mención, aunque el libro que tienen en las zarpas diga afablemente: Pax tibi, Marce, evangelista meus. Por eso, el silencio de Venecia es el silencio más ruidoso que pueda imaginarse.
Cuando estaba en el vacío interestelar y escuchaba ese vacío y me sentía aterrado, hallé el medio de liberarme de ese terror absorbente (Pascal lo mencionó, aunque nunca volara en una nave espacial) y de recuperar el control de mí mismo: fingir que despierto por la mañana muy temprano en la habitación de un hotel de Venecia. Al principio, todo está en silencio. Un silencio profundo, la quietud de la laguna calma, nebulosa, de un verde azulado, la quietud del pequeño canal entre casas de piedras de la esquina.
Sé que el puente próximo a la entrada del hotel se refleja en esa quietud, sé que su arco describe un círculo perfecto. Pasado ese puente, hay otro; y otro más allá, todos sostenidos por su reflejo: aire, agua, piedra, cristal, uno. Una paloma que está en las tejas de la buharda hace currucú. Ése es el primer sonido; ése y el relincho leve del viento en las alas de la paloma al posarse.
Se oyen pasos calle abajo que pasan delante del hotel, que cruzan el puente arqueado; que se desvanecen. El segundo sonido, o pauta de sonidos y silencios: cristales que se rompen abajo, en el patio del hotel. Siempre rompen cristalería en los patios de los hoteles venecianos muy de mañana; quizá sea una práctica ritual del amanecer, o un medio de librarse de las chucherías que no se vendieron ayer a los turistas en las tiendas de recuerdos, no sé. Quizá sea así como lavan la vajilla en Venecia. Un sonido sorprendente, no carente de musicalidad, seguido de una maldición ruidosa y de risas. Por entonces estoy ya casi libre de los terrores del vacío higiénico. Abajo, en el patio, suena una radio mientras recogen los cristales.
En uno de los puentes alguien grita algo que no puedo entender del todo, en el dialecto veneciano, a alguien que está en otro puente: y luego, las grandes campanas del Campanile y las campanas más pequeñas de tres iglesias próximas comienzan casi a un tiempo a llamar a los feligreses a la primera misa. Todo es música y me siento seguro en casa oyendo el silencio profundo, extraordinario, de la ciudad de la vida.
No nací allí ni he vivido allí nunca. Cuando digo «seguro en casa» es sólo una metáfora.
He visitado Venecia cuatro veces, y pasé allí sólo cuatro días cada vez.
En cada nueva visita, la vi un poco más hundida en el agua.
Si me pidieseis de pronto (como me habéis pedido de pronto que describa la Tierra) que os dijera si deseo volver a la Tierra y por qué, podría
muy bien decir: «Sí; para ver Venecia en invierno». Sólo he visto Venecia al final de la primavera y en verano. Dicen que en invierno es fría y que los museos están cerrados aún más a menudo que en verano, así que uno no se puede calentar en las hogueras rojas y doradas de Tiziano y el Veronés. La niebla blanca brota de entre las piedras. Las tormentas de invierno han inundado muchas veces la plaza de San Marcos, la sala de estar más encantadora que pueda imaginarse, cuyo techo es un cielo de ópalo. Hasta la propia catedral la ha inundado el mar, olas y mosaicos intercambiando sus reflejos entrelazados, las cinco cúpulas doradas flotando como globos sobre las grandes olas, los cuatro caballos de bronce de Neptuno resoplando y temblando al olfatear su primer elemento. Los leones seguirían sin duda mirando hacia abajo con ceñuda y distante aprobación, sin molestarse apenas en estirar las alas plegadas. Las góndolas flotarían, imagino, atadas a las puntas mismas de sus postes de amarre a franjas, o estarían guardadas, golpeteando los techos de los cobertizos inundados; o flotarían surcando la gran plaza bajo los caballos y los globos de oro, la procesión del Angel y los Tres Reyes, el campanario que se cayó en 1903 pero que está en pie de nuevo, las palomas nerviosas buscando su ración diaria sobre las olas superficiales, frías, grises… ¿subirían y bajarían los yoyós eléctricos bajo las olas, en la noche, atrayendo a fantasmas de longobardos ahogados hace siglos?
En invierno y en verano, las góndolas eran negras. Las pintaron de negro hace mucho en señal de luto por algo (una batalla perdida, la caída de una república, la muerte de un niño), no puedo recordar por qué estaban de luto las góndolas. Eran las embarcaciones más elegantes que hayan construido los seres humanos, más elegantes incluso que la nave que me trajo hasta aquí. El grito de aviso del gondolero cuando guiaba su embarcación hacia la luz del sol al final de un estrecho canal lateral bajo balcones y puentes arqueados, atravesando temblores de sombras, era suave y, sin embargo, se propagaba claro por las rutas de piedra y de agua: «Hoy-y-y», decía, y los gatos y los leones escuchaban en los ángulos de los puentes caldeados por el sol y como vos ahora, mi Señor, no decían nada.
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