La rosa de los vientos

Ursula K. Le Guin · Capítulo 17 de 21

Páginas del PDF

La rosa de los vientos

Malheur County

—Edward —dijo su suegra—, has de afrontar los hechos. No puedes apartarte de tu vida. La gente no va a dejarte. Eres demasiado útil, demasiado simpático, demasiado guapo incluso, aunque parece que no te das cuenta de ello.

Hizo una pausa para tomar aliento, luego añadió, en un tono más frío:

—A veces me preguntaba si Mary sabía apreciarlo verdaderamente.

Él guardaba silencio, sentado enfrente, al otro lado del hogar, acurrucado, las largas piernas y los largos brazos encogidos.

—¡No puedes salir de algo en lo que no has entrado! Oh, perdona —

dijo brutalmente.

Él sonrió, pero parecía afectado.

—Los indios navajos —dijo ella—, según tengo entendido, no dejan que hablen entre sí las suegras y los yernos. Es tabú. Una costumbre muy razonable. Nosotros somos tan cochinamente refinados que no tenemos tabús ni defensas.

Luego cayó en un silencio sombrío. Era una mujer de cabello cano, de talle pleno, de unos sesenta y tantos, y estaba sentada, muy erguida, en un sillón junto al fuego. Siempre se sentaba muy derecha. El cigarrillo en la mano izquierda y el vaso de whisky en la derecha parecían elementos de su áspera feminidad. Procedía del este de Oregón, de Malheur County, de la última frontera yerma, de una familia honrada e inútil que había dejado un siglo de granjas arruinadas, suicidios masculinos y tumbas infantiles por

todo el país desde Ohio a la costa, siempre avanzando infructuosamente hacia el oeste.

—Ella sabía que eras guapo, claro —continuó, pensativa—. Estaba orgullosa de ello. Pero no vi nunca que le produjese mucho placer. No el placer que te producía ella a ti, un gozo real.

Él tenía sólo veintisiete. Al inclinarse hacia adelante para tirar el cigarrillo al fuego, Harriet Avanti vio, a través de sus pensamientos sagazmente errabundos y la presión de emociones diversas, su rostro; y todo lo demás desapareció.

—No debería pensar en voz alta —dijo—. No pretendía herirte.

—No me has herido. No puedes —dijo él y volvió hacia ella su rostro joven, sombrío y amable, tranquilizándola.

—Pero lo hago. Tú eres sensible y yo no. Te asedian los sentimientos de culpa y yo ni siquiera sé lo que es sentirse culpable.

Pero había tocado de nuevo un punto débil; él frunció el ceño y dijo:

—No, no me siento culpable, Harriet. No fue culpa mía. No tengo culpa de haber sobrevivido. Sólo que no veo la utilidad.

—¡La utilidad! —ella seguía sentada muy derecha, inmóvil—. No hay utilidad.

Él, mirando fijamente el fuego murmuró:

—Ya lo sé.

Guardaron silencio un buen rato. Harriet pensaba en su hija Mary, la bella niña insatisfecha. «Éste es Edward, madre». Y el joven contemplando a la chica con pasión incrédula, embelesada… Oh, había sido él, él solo, quien había sacado a Harriet de su larga y monótona aflicción después de la muerte de su marido, quien le había mostrado una vez más, desde la tierra yerma, lisa y plana, las cimas increíblemente altas. Él le había recordado que después de todo hay algo más en la vida que aguantar. Pues, desgraciadamente, como muy bien sabía ella, aguantar era su estilo natural.

Habría soportado y resistido toda la vida, sólida y firme como una roca, si no hubiera tenido la suerte de conocer a John Avanti, que le enseñó el gozo, y casarse con él. Muerto John, Harriet había vuelto a consagrarse a resistir y no habría vuelto a conocer el gozo si su hija no hubiera irrumpido una noche con aquel muchacho alto y radiante: «Éste es Edward, madre».

—No creo que lo sepas —dijo bruscamente—. La inutilidad no es lo tuyo. No es tu estilo, es el mío. Yo tenía que llevar una vida inútil, sin objeto, como mis padres y hermanos. Por algún error, me vi metida en una vida muy gratificante, con una utilidad y un objetivo, precisamente el género de vida al que tú estabas destinado. Y luego tú, precisamente tú, te encontraste con esto, con el borracho en la autopista, con la desolación y la insensatez, cuando tenías sólo veinticinco años. Otro error, sin duda. Pero no es fundamental, Edward. La muerte de Mary no será el acontecimiento esencial de tu vida. Aceptarlo como esencial, aceptar la inutilidad, sería…

en tu caso… una cobardía.

—Puede —dijo él—. Pero el hecho es, Harriet, que últimamente, no sé tengo la sensación de haber llegado al límite.

A Harriet le daba miedo aquella angustia, aunque fuese una angustia tímida. Harriet sabía poco de angustias, sólo de la desgracia, del dolor soportable e infinito, no del destructor. Intentó salirse del incidente doloroso, diciendo:

—Bueno, un límite siempre es un principio…

Lo que temía era llegar a verle llorar. Dos veces, allí en aquella habitación con ella, se había desmoronado y había llorado; una, al volver del hospital, después de la catástrofe; la otra, meses después. Harriet temía sus lágrimas, enfrentarse con un dolor ajeno. La destrozaba y la empujaba tanto a la piedad que empezaba a sentir lástima de sí misma. Cuando él se levantó de pronto del asiento bajo junto al fuego, ella se puso tensa. Pero él dijo tan sólo:

—Me gustaría tomar otro whisky. ¿Quieres tú?

Cogió el vaso de Harriet y se fue a la cocina. Cuando se fue, el reloj de la repisa de la chimenea, detrás de ella, dio solemnemente las doce, tomándose mucho tiempo para hacerlo; y era ya noviembre, no octubre.

Habían vivido otro mes. Allí estaba sentada junto al fuego; allí estaba Edward abriendo armarios en la cocina, los dos cómodos y llenos de buen bourbon, y luego estaba Mary, que ya llevaba dieciocho meses muerta. ¿El que no hubiese llorado realmente la muerte de su hija se debería a que era una mujer dura? Si Mary hubiera muerto antes que John, la habría llorado, pensó Harriet.

Volvió Edward, se sentó, estiró las piernas.

—Lo he intentado —dijo, con tan seria ecuanimidad que ella perdió todo el temor a que se desmoronase y esperó a ver lo que quería decir. Él era sincero, pero poco locuaz, y, con un pensamiento habituado al rigor de la química, buscaba lógica en las cosas que no la tienen.

—Lo he intentado sinceramente —repitió; y volvió al silencio. Cruzó los tobillos, bebió pensativo y, por fin, continuó—: Técnica del departamento médico. Elinor Schneider. Muy guapa. Rubia. Muy inteligente. Más o menos de mi edad.

Más vieja, pensó Harriet.

—Bueno, en fin… —Edward hizo una pausa, alzó el vaso en un saludo burlón—. Lo intenté.

—¿Qué intentaste?

—Interesarme.

Pobre Elinor Schneider, en la cama despierta quizá ahora mismo viendo el rostro de Edward en la oscuridad seca. El dolor es egoísta. Harriet suspiró muy levemente.

—Supongo que un laboratorio es el lugar ideal para un experimento…

—De todos modos, qué esfuerzo reconectar, o como quieras llamarlo.

No hubo modo. No puedo. No quiero hacerlo. Ya sé que me consideras débil.

—¿A ti? Claro que no. Y si te considerase débil, ¿qué? Tú te conoces mejor.

—No, no es cierto, Harriet. Tú eres realmente la primera persona que parece conocerme mucho. Juzgarme objetivamente. Mis padres…

Era hijo de un divorcio, había pasado del padre y la esposa a la madre y el marido, manzana de discordia. No se detuvo en esto, pero añadió:

—Y Mary y yo fuimos bastante tontos en nuestra relación, en ciertos sentidos.

—Erais muy jóvenes.

—No tuvimos tiempo —dijo él, tan claro y tranquilo en su afirmación de la oportunidad perdida que Harriet guardó silencio, superada, contenta de que la superasen.

—De modo —dijo él, siguiendo con su lógica— que en ti veo el primer reflejo claro de mí mismo. Parece débil.

—El espejo es viejo, está alabeado.

—No; tú ves a la gente con mucha exactitud.

—¿De verdad quieres saber cómo te veo? —preguntó, pues él le había servido un whisky muy cargado y ella no estaba acostumbrada a tomar más de uno a la noche.

Él quería saberlo.

—Como a un hombre inteligente y afortunado —dijo ella, después de rebuscar las palabras—. Afortunado, no con suerte. No has tenido mucha suerte. Y, sin embargo, has sido afortunado. Conseguiste ser libre pronto, demasiado pronto, y muchos no lo consiguen nunca. Has conocido la pasión auténtica, la plenitud auténtica, y no has tenido ningún desengaño. Nunca conocerás el desengaño, el nivel muerto, llegaste a la edad adulta siendo libre y seguirás siéndolo o …

Pero el «o» la había llevado demasiado lejos. Si Harriet hubiera sido más joven, si hubiera sido contemporáneo suyo, podría haber concluido la frase: «o te suicidarás». Pero no había que hablar de la muerte (entre generaciones). De los muertos sí, de los agonizantes, sí, de tu muerte, no.

Tabú, se dijo Harriet, disgustada de todo su discurso. Pero Edward parecía complacido o intrigado; caviló sobre el asunto un rato. Luego dijo:

—Una cosa más de Elinor, esa chica del laboratorio. Le gustan los niños. Siempre pienso en Andy.

—Andy me tiene a mí, Edward, sobrevivirá. Por amor de Dios. ¡Nadie te pide que te cases con una niñera! ¡Dios nos libre!

Él pareció aliviado, pero, poco a poco, a través de las brumas del cansancio y el whisky, Harriet se dio cuenta de que Elinor había aparecido de nuevo.

—Cuando dije que descubrirías que no podrías retirarte, que no podrías descolgarte, desconectarte, ¿sabes?, estaba previniéndote. Te encuentras en una posición muy vulnerable. Podrías quedar atrapado. No quiero verte atrapado.

Como te atrapó Mary, pensó; porque Harriet estaba convencida de que su hija, más que por amor, se había casado por autoafirmación, incluso por

envidia. Sabía que Mary, debajo de la gracia italiana y la vivacidad suave y morena, tenía aquella tensión dura y destructora que procedía de ella, de Harriet, de los suyos, aquel ansia inútil, sin sentido, que les remitía a todos al final a Malheur County. Harriet no había sido capaz de llorar gran cosa por Mary, nunca había sido capaz de juzgarla; sin embargo, resultaba muy doloroso pensar, como había pensado antes, que la muerte prematura de Mary pudiera representar un hecho afortunado para el hombre que la amaba.

—Me mimas demasiado, Harriet —dijo el joven, serio y caviloso.

—Por supuesto que sí. Pero no mimo demasiado a tu hijo. Diferencio entre incorruptibilidad y simple inocencia —y soltó una breve risa, satisfecha de sus polisílabos—. Me estoy poniendo verborreica. Me voy a la cama. Buenas noches.

—Buenas noches —contestó él, renuente, mientras ella se dirigía hacia las escaleras, con tan poco entusiasmo que estuvo a punto de mandarla esperar. Él no tenía problema para «reconectar». Edward, ni siquiera en los peores momentos de su dolor, se había retirado, había dejado de dar a quienes lo necesitaban. Lo que le había quedado, el niño y la anciana, lo amaba con generosidad perfecta. Y no había duda de que vivían muy a gusto los tres. Al menos, soy una buena sustituta temporal, pensó Harriet orgullosa.

Harriet no había dormido bien de noche desde la muerte de su marido, hacía cuatro años. Despertaba en plena noche y se ponía a leer y solía estar ya levantada antes de que empezase a gorjear el pequeño. Así recordaba a su madre en la vejez, en la cocina silenciosa iluminada por una lámpara de petróleo, mirando en silencio por la ventana y viendo palidecer el cielo inmenso sobre la llanura de artemisa. Pero aquella noche, Harriet se durmió en seguida, cayendo en una trampa de sueños que se prolongó toda la noche. Venían sin cesar y le decían que alguien había muerto, pero no le decían exactamente quién ni si estaba muriendo o había muerto ya; sólo en una ocasión, en un cenador que nunca había sabido que hubiese en su jardín, le encontró tumbado en el suelo, acurrucado, un largo brazo extendido, pero que era sólo la manga vacía de un traje gris. Huyó corriendo aterrada hacia una pesadilla más antigua, cincuenta años más

vieja, la de la cosa invisible que la perseguía por el desierto. Al final, la luz del sol derrumbó los muros y horizontes de los sueños y Harriet despertó, pero no aclaró la claridad su miedo. Harriet rechazó la idea de que su angustia se debiera a Edward, pero estuvo bastante hosca con él en el desayuno. Pasó la mañana entera limpiando la casa, haciendo jugar sólo al pequeño, intentando deshacerse de aquel miedo antes de que la conciencia la obligase a aceptarlo como un miedo racional.

Pero no podía mantener indefinidamente tranquilo al niño. Tenía dos años. Parecía un chimpancé pequeño. La belleza física de sus padres se había perdido al mezclarse. La actitud del niño era atenta y experimental.

—Hat, Hat, Hat —gritaba el pequeño, entrando vacilante en la cocina

—. ¡Lete! ¡Lete!

—Hasta la hora de comer no —dijo Harriet.

El niño sonrió, mirándola con ojos inteligentes, como un chimpancé.

—¿Lete? ¿Patel? ¿Matana?

—Hasta la hora de comer nada, glotón —dijo la abuela con firmeza.

—¡Hat, Hat! —dijo el pequeño, abrazándose locamente a una pierna.

Era un chiquito encantador, un niño estupendo. Aquella tarde, Harriet dejó las tareas de la casa y bajó con él al parque, la rosaleda cargada con las últimas rosas, amarillo limón, amarillo melocotón, color oro, bronce, carmesí, siguiéndole mientras él correteaba y gritaba por los senderos entre los fragantes y espinosos rosales, bajo el sol otoñal.

Edward Meyer, sentado en su coche aparcado, miraba por encima de las luces de Berkeley y de la negra bahía encadenada de diamantes hacia Golden Gate, tenue y frágil centro de la gran extensión de luces y tinieblas.

Rumoreaban los eucaliptos sobre el coche, movidos por un viento seco del norte, el viento del invierno. Edward se estiró.

—Maldita sea —dijo.

—¿Por qué? —dijo la mujer que estaba con él.

—¿Qué sacas tú de eso?

—Todo lo que quiero.

—Perdona —murmuró él, y le cogió las manos. Al tocarse, se callaron los dos. La gracia de ella era el silencio. Edward bebía quietud de ella,

como si bebiese agua de una fuente. Soplaba el viento seco y sombrío de enero, fulguraban bajo ellos una ciudad tras otra alrededor de la bahía ligada por el puente.

Edward encendió un cigarrillo.

—No está bien —murmuró Elinor.

Elinor había dejado hacía poco de fumar, por quinta o sexta vez. Era una mujer no muy segura de las cosas, dócil, callada, que aceptaba lo que viniese. Edward le pasó el cigarrillo encendido. Ella lo cogió con un leve suspiro, fumó.

—Ésta es la idea correcta —dijo él.

—Por ahora.

—¿Pero por qué parar a medio camino?

—No estamos parando. Sólo esperando.

—¿Esperando qué? Que se remiende mi psique, o que estés segura de que no me caso por pura reacción, o algo parecido. Y mientras hacemos el amor en el coche, tú tienes una compañera de habitación, yo tengo una suegra, no vamos a un motel porque, en teoría, estamos esperando… sólo que no esperamos. Todo esto es absurdo.

Entonces, ella gimió con un gemido seco y áspero. La cólera nerviosa de Edward se convirtió en alarma, pero ella se apartó de él, rechazando el consuelo. Era la primera vez que le rechazaba. Edward intentó disculparse, explicar.

—Llévame a casa, por favor —dijo ella; y, mientras bajaban las empinadas calles, desde Grizzly Peak a Berkeley Sur, ella permaneció callada, en silencio, un silencio que iba contra él, una defensa. Antes de que parara del todo delante de su casa, se bajó del coche; murmuró «Buenas noches» y desapareció. Edward se quedó allí al volante, confuso, angustiado, sintiéndose imbécil. Puso en marcha el motor y el ruido estimuló su cólera. Cuando llegó a casa diez minutos después, estaba furiosísimo. Harriet alzó la vista del libro que estaba leyendo, junto al fuego, pareció sorprendida.

—Qué hay —dijo.

—Qué hay —dijo él.

—Perdona —dijo Harriet—, estoy acabando un capítulo.

Él se sentó, estiró las piernas, miró fijamente el fuego. Le había enfurecido la débil obstinación de Elinor, sus actitudes contemporizadoras, indecisas, irresolutas. Allí estaba Harriet, gracias a Dios, como una roca.

Como un roble, terminando un capítulo. Era lógico que Elinor no se hubiera casado, no tenía contenido, no tenía carácter. Edward siguió allí sentado lleno de una cólera que le justificaba y cómodo con la satisfacción sexual perfecta que ella le había proporcionado, listo para más cólera, más pasión, más satisfacción y, por primera vez en dos años, feliz. Harriet terminó el capítulo.

—¿Un whisky? —dijo Edward.

—No, me voy a la cama.

Se levantó, muy derecha, pequeña, firme. Él la contempló con admiración.

—Tienes un aspecto excelente —dijo.

—Bah —dijo ella—. ¿Qué tramas tú? Buenas noches, cariño.

Harriet cogió un catarro. Solía acatarrarse en abril. Le afectó al pecho, así que resollaba como un camión y le dolía el pecho y tosía. Al final, cogió el teléfono y le pidió a la vieja Joan que fuera a cuidar a Andy. Cuando Edward llegó a casa y pareció sorprenderse por la novedad, Harriet le soltó:

—Hoy no estoy en condiciones de correr detrás del niño.

Luego, volvió a acostarse y, una vez acostada, se dedicó a maldecirse por haberse quejado. Con los hombres no hay que quejarse. Las mujeres, al menos, sabían tomar una queja como lo que era, un instrumento más para seguir adelante; pero él se pondría a analizarla, empezaría a pensar que aquello significaba que cuidar todo el día del niño era demasiado para una mujer de sesenta y dos años; y después, nada de lo que ella dijese o hiciese importaría; él seguiría con la idea fija. Y le quitarían el niño. Poco a poco, o de golpe, lo perdería, el hijo que siempre había deseado y con el que era una madre más sabia de lo que había sido con sus dos propias hijas. La carita de mono, la canción por la mañana, las camisas para planchar, los cochecitos y las revistas de química dejadas por allí, la presencia de noche y de día del hijo, del hombre, del hombre de la casa, desaparecería todo, todo, se desvanecería.

Cuando entró él, Harriet no se volvió para mirarle. Siguió allí echada, hosca, sintiendo el dolor en la médula de los huesos.

—Bueno —dijo él—, Andy ha derramado la leche y ha tirado al suelo su huevo. ¿No le oyes gritar llamando a Hat?

Efectivamente, se oían gritos ruidosos, teatrales, abajo.

—Si no te recuperas en uno o dos días —continuó Edward—, tendremos que mandarle al reformatorio.

—Pienso recuperarme mañana —dijo ella, hosca aún, pero más relajada. La amabilidad de Edward era certera; por muy despreocupada que pareciese, siempre daba en el blanco, y sanaba.

—Me fastidia muchísimo estar mala —dijo Harriet al cabo de un rato.

—Ya lo sé. No se te da muy bien. Mira, le dije a esa gente que viniese el viernes por la noche, les diré que vengan la semana que viene.

—Qué tontería, pasado mañana ya estaré bien. ¿Vendrá ese amigo tuyo que juega a las damas?

Edward se echó a reír.

—Sí. Quiere que le pulvericen de nuevo.

Harriet había oído a aquel joven de Filadelfia presumir de que no había perdido una partida de damas desde los quince años, y le había tomado la palabra y le había ganado seis juegos seguidos.

—Soy una vieja vengativa, Edward —dijo, allí inmóvil, en la cama, el cabello corto y canoso revuelto.

—A él le da igual… lo que quiere es descubrirte el juego.

—No me gusta el engreimiento. —Esto era Malheur County hablando por su boca, la frontera sin esperanza, el fin del seguir adelante—. Ya somos bastante tontos sin que haga falta añadir eso —dijo, inflexible, desolada.

—¿Qué te parece un whisky antes de la cena?

—Sí, me gustaría tomar un whisky con agua caliente. Pero no quiero cenar, no soy capaz de comer nada estando acatarrada. Tráeme un ponche caliente, y Dombey e hijo, ¿quieres? Estaba empezándolo.

—¿Cuántas veces lo has leído?

—Bueno, no sé. Cada pocos años, desde que tenía veinte. Y acuesta a ese pobre niño, Edward, que no está acostumbrado a Joan.

—Te advierto que también a mí me asusta —dijo él.

—Sí, me lo creo; no podrías manejarla a base de encanto y persuasión.

Tengo un acuerdo con ella —continuó, arrastrada por un impulso súbito que no se paró a analizar—. Cuando tú y Andy os vayáis, ella se vendrá a vivir conmigo, si aún le interesa. No hace ya faenas de modo regular; su marido murió y su hijo está en la Infantería de Marina. Y siempre nos hemos llevado bien.

Él se quedó mudo, le había cogido desprevenido. Alzó la vista hacia él, hacia aquella figura alta que dominaba toda la casa, vulnerable y regia, el hombre joven.

—No me mires así —dijo ella, con leve ironía—. ¿Es que no puedo hacer previsiones para el invierno? Anda, ve a buscar mi whisky, que tengo la garganta como lija.

Dejarle libre, ésa era su tarea. Y sabía hacerla bien. Su fallo como madre de hijas había sido ése, no saber si a una chica había que dejarla libre o no; y por eso había sido vacilante. Rose había salido un poco débil; y Mary, una niña mimada. Pero con un muchacho no había duda. Debía tener valor, así que necesitaba libertad. Quizá lo que deba tener una chica sea paciencia, pero no estaba muy segura. De cualquier modo, ella misma era demasiado impaciente… una impaciencia no de placer y posesión, como Mary, sino de consumación, del fin de las cosas: desesperanzada e impaciente.

Disfrutó de su noche y su día de cama, entretenida con Dickens, la lluvia en la ventana, Joan en la cocina cantando largos y espantosos himnos metodistas. Se levantó muy aliviada el jueves, lavó y planchó todas las cortinas del dormitorio, quitó malas hierbas de los setos de lirios bajo el viento fresco de abril, mientras el pequeño investigaba todas las posibilidades del barro reciente y descubría las lombrices de tierra. El viernes por la noche, llegaron los amigos de Edward: dos matrimonios, Tom, el especialista en juego de damas, al que derrotó dos veces y dejó ganar sin que se diera cuenta una, y una mujercita rubia llamada Elinor.

Elinor, ¿qué había oído ella, hacía poco, de una Elinor? Era agradable en realidad, la melena rubia, la cara igual de serena que un estanque. Miraba a

Edward. Agua a la luz del sol. Oh, luminosidad, claridad increíble del verdadero sol, cúspides increíbles.

—Nunca se me ha dado bien jugar con las negras —dijo Harriet, torpe perdedora—. Pero le dejaré con su victoria, señor Harris.

Y el joven Tom Harris, apabullado por el hecho de haberla vencido, se puso a disculparse, con su acento del este, hasta que ella no tuvo más remedio que echarse a reír. Era tan evidente que la consideraba una anciana maravillosa, una hija de los pioneros, que si le hubiese dicho que había aprendido a jugar a las damas con Toro Sentado, seguramente se lo habría creído. Pero los ojos de su corazón no se apartaban ni un instante de Elinor.

No era ninguna beldad. Tímida, habituada al fracaso, rondando los treinta. Oh, sí, pero paciente. Una mujer paciente: debido a esa paciencia inteligente y apasionada, esperará, esperará diez años, no un golpe de suerte sino la culminación sabida y prevista. Una de las afortunadas, que sabe que hay sentido, utilidad. Hace falta suerte también. Harriet gritó por dentro:

¡Podrías haber esperado toda tu vida, dejarlo pasar todo!… Pero era como Edward, una de las afortunadas. No empujaban, no se inquietaban.

Tomaban lo que venía y cuando hablaban obtenían respuesta. Habían visto las altas cumbres y la tragedia les servía. Edward había hallado la horma de su zapato.

Harriet no subió a su habitación hasta después de haber charlado un rato con Elinor. Ambas percibían un diligente esfuerzo en la otra por demostrar su buena voluntad, por ofrecer amistad sincera; ninguna de las dos podía aceptarlo plenamente; sin embargo, surgió la simpatía. Harriet subió a su dormitorio a las diez, satisfecha consigo misma. Cruzó la habitación en bata a mirar la fotografía de su marido, un rostro moreno y animoso, John Avanti a los treinta, cuando se habían conocido. El corazón de Harriet se alzó como siempre para afrontar el reto que él significaba. Él la había cambiado totalmente, vivía por tanto en ella; le habló. Bien, John, sigo adelante, dijo, pero no en voz alta. Se acostó. Terminó Dombey, y se quedó dormida escuchando el rumor dulce y alegre de las voces de abajo.

Despertó a la luz gris, antes de amanecer, y se dio cuenta de lo que había perdido. Se irían ya, en un año o así, el niño y el hombre; toda la gracia, todo el peligro, toda la plenitud, dejándola como John no la había

dejado morir: sola. Ya no tenía por qué impacientarse. Hasta eso se agotaba al fin. Había hecho bien las cosas, había cumplido su tarea. Pero no tenía sentido ni tenía utilidad, para ella. Lo único que iba a necesitar en adelante era paciencia, capacidad de resistencia. Volvía a descender de nuevo hasta el lecho de roca, había vuelto al final al sitio de donde toda su gente procedía. Se incorporó en la cama, cabellos grises a la luz grisácea; y rompió a llorar ruidosamente.

OceanofPDF.com