La rosa de los vientos
Las sendas del deseo
Tamara había supuesto que él estaría fuera grabando, pero estaba en su cabaña, echado en el catre, flaco e impasible.
—¡Perdona, Ram! Estoy buscando las fotografías de los chicos.
—Esa caja.
Su gesto señalando la caja era tan extrañamente lánguido que ella le preguntó, con cautela:
—¿Te encuentras bien?
—Podría encontrarme mejor.
En él, la confesión era todo un catálogo de desdichas. Pero aun así, ella no bajó la guardia. Esperó.
—Diarrea —dijo él.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Humillación.
Así que Bob estaba equivocado. Tenía sentido del humor.
—Le preguntaré a Kara —dijo ella—. Deben tener algún remedio para eso.
—Cualquier cosa menos perros calientes y batidos de leche —dijo Ramchandra y ella se echó a reír, pues la descripción era adecuada; los alimentos básicos de los ndifs eran carne de poro sin hueso y el fruto blando y dulce del árbol lamaba.
—Procura beber mucho. Volveré a llenarlo. ¿El Lomox no surte efecto?
—No queda nada con lo que pueda actuar —alzó la vista hacia ella; tenía los ojos grandes, negros, luminosos—; ojalá disfrutase aquí como
Bob.
Esto la cogió desprevenida. Esperaba rechazo e indiferencia, pero no sinceridad ni confianza. No estaba preparada y su respuesta no fue apropiada.
—Sí, él es feliz aquí.
—¿Y tú?
Lo detesto —balanceó la tosca jarra de agua de arcilla y buscó exactitud
—. En realidad no. Es muy hermoso. Pero… estoy impaciente.
—Nada que mascar —dijo con amargura Ramchandra.
Ella se echó a reír otra vez y fue a la fuente, que quedaba a unos metros, a llenar la jarra de agua. La claridad de la luz, los aromas del aire, los colores esplendorosos de los árboles lamaba, troncos color violeta, hojas azules y verdes, frutos rojos y amarillos, era todo delicioso; la fuentecita brotaba santa e inocente en su lecho de arena parda y limpia. Pero Tamara volvió con gratitud a la cabaña que albergaba a un hosco lingüista con diarrea.
—Tómatelo con calma, Ram —dijo—, y ya conseguiré que Kara y las otras me den algo eficaz para ti.
—Muchas gracias —dijo él.
Palabras encantadoras, pensó ella, mientras recorría el sendero hacia el río entre sombras y luz perfumada. Encantadoras con aquel acento preciso y suave que tenía. Cuando los habían reunido a los tres para formar aquel equipo en la base de Ankara, Tamara se había sentido atraída por Ramchandra, una atracción directa, poderosa, inconfundible y sexual. La había reprimido, burlándose de sí misma y un poco avergonzada, pues él se mostraba frío y se mantenía ostensiblemente insensible y distante. Y luego estaba Bob, grande, bello y rubio, Bob, enjuto, bronceado, recio, Bob, héroe perfecto de la plenitud del deseo varonil, irresistible. ¿Por qué resistirse?
Era más fácil dar el placer fácil que él esperaba. Fácil, agradable, un poco deprimente; pero eso no importaba. En las depresiones, no mires hacia abajo. Podrías caerte. Vive la vida como viene, etc. Ella y Bob coincidirían inevitablemente. Pero no había sido así; porque los tres habían llegado a Yirdo y habían conocido a sus habitantes, los ndifs.
Las Mujeres Jóvenes de los ndifs (todas las hembras de los doce a los veintidós o veintitrés) eran sexualmente asequibles, ávidas y expertas.
Tenían el cabello ondulado y resplandeciente, dorado o castaño, ojos almendrados, verdes o violeta, cintura y tobillos finos. Vestían ropas suaves de hojas de pandsu hendidas, ceñidas, que se abrían recatadamente revelando un vislumbre leve de nalga o de pezón. Las de menos de catorce bailaban la hipnótica danza saweya, en largas hileras, cantando con voces leves y suaves, los rostros redondos pícaramente serios. De los catorce a los dieciocho, bailaban la baliya, saltando desnudas, una por una, en el círculo de hombres que se balanceaban y batían palmas, culebreando sus sinuosos cuerpos en todas las posturas del erotismo experto, mientras las chicas que esperaban su turno para bailar cantaban en coro palpitante: «Ah-weh, weh, ah-weh, weh…». Después de cumplir los dieciocho ya no bailaban en público. Tamara dejó a Bob que descubriese lo que hacían en privado.
Después de cuarenta y un días en Yirdo, Bob era, sin lugar a dudas, un especialista en eso.
Tamara se daba cuenta ahora de que, aunque ella no lo había deseado, aquella pérdida de interés por ella, tan rápida y rotunda, la había herido.
Incluso la noche anterior había estado coqueteando con él, compitiendo, intentando ser una de aquellas bailarinas, de cabello corto y alambrino, ojos de mierda moteada que se entornaban impropiamente, muñecas musculosas… Estúpida, estúpida aquella burla de sí misma, su autohumillación, su yo, yo, yo, barrido como tela de araña, mientras seguía el sendero del bosque, hasta el lugar del río en que lavaban, pensando: Qué bello es el puente de la nariz de Ram. No puede pesar mucho más que yo, tal vez pese menos; tiene una bella constitución. Gracias, dijo.
—¡Askiös, Muna! ¿Cómo está el pequeño? ¡Askiös, Vanna! ¡Askiös, Kara!
Qué hermosa tu nariz, amado mío, como un promontorio entre dos pozos de agua, y el agua es allí extraordinariamente negra y fría, gracias, gracias.
—Hace calor hoy, ¿eh?
—Hace calor hoy, hace calor hoy —convinieron entusiastas todas las Mujeres de Mediana Edad, mientras golpeaban la colada en el agua riente y
poco profunda.
—Mete los pies en el río, te refrescarás —le animó Vanna.
Brella le dio unas palmaditas afectuosas en el hombro, murmurando
«¡Askiös!» mientras pasaba a su lado para poner su porción de la colada de la aldea a secar en una piedra.
Las Mujeres de Mediana Edad tenían entre veintitrés y… ¿cuarenta? La cifra no era segura aún, y algunas, en opinión de Tamara, eran más bellas que las Mujeres Jóvenes, una belleza que incluía pérdida de dientes, pechos caídos y vientres fláccidos. Las sonrisas desdentadas eran despreocupadas, los pechos caídos contenían la leche de la bondad humana, los vientres con las huellas de los embarazos estaban llenos de risas ventrales. Las Mujeres Jóvenes reían entre dientes. Las de Mediana Edad se reían de veras. Se reían, pensó Tamara, observándolas ahora reunidas junto al río, como si las hubieran puesto en libertad.
Los Hombres Jóvenes habían salido a cazar poros (a perseguir a los perritos calientes colmilludos, pensó, y también ella, siendo como era una Mujer de Mediana Edad, con sus veintiocho años, se echó a reír); o estaban absortos con las bailarinas de saweya y de baliya; o estaban durmiendo. No había Hombres de Mediana Edad. Los varones eran Jóvenes hasta los cuarenta, en que dejaban de cazar, dejaban de mirar a las bailarinas y se convertían en Viejos. Y se morían.
—Kara —le dijo a su mejor informante, mientras se quitaba las sandalias para meter los pies en el agua fresca, como le había aconsejado Vanna—. Mi amigo Ram está enfermo del vientre.
—Oh, vaya, oh querida. Askiös, askiös —murmuraron las mujeres próximas.
Kara, que parecía estar aproximándose ya a la condición de Mujer Vieja, el cabello canoso y ralo recogido en un moño, preguntó con sentido práctico:
—¿Es gwullaggh o kafa-kafa?
Tamara jamás había oído aquellas dos palabras, pero la traducción era innecesaria.
—Kafa-kafa —dijo.
—Bayas de puti, eso es lo que necesita —dijo Kara, golpeando un taparrabos contra una piedra mojada.
—Los alimentos que comemos aquí, él dice que son muy buenos, demasiado buenos.
—Demasiado poro frito —dijo Kara, asintiendo—. Cuando los niños comen demasiado y pasan toda la noche cagando entre los matorrales, hay que tenerles a bayas de puti y a guo hervido una semana. Sabe muy bien con miel. Yo le prepararé a Uvana Ram un puchero de guo en cuanto terminemos la colada.
—Kara es una persona noble y bella —dijo Tamara. Era una frase hecha, la forma habitual de dar las gracias de los ndifs.
—¡Askiös! —dijo Kara, sonriendo. Ésta era una expresión mucho más común y difícil. Ramchandra no había logrado ninguna traducción precisa de la misma. Bob había propuesto el alemán bitte, pero cubría aún más ámbito que bitte: por favor, de nada, perdón, un momento, no importa, hola, adiós, sí, no y quizá; todo esto parecía quedar incluido en las connotaciones de askiös.
Con sus preguntas sobre kafa-kafa y cómo destetar a los pequeños y cuándo tenías que estar en las Cabañas Impuras y cuál era la mejor olla para cocinar, Tamara era siempre una excusa agradable para hacer un alto y conversar. Se sentaron en círculo sobre las piedras calientes que sobresalían del agua fresca y dejaron que el río lavase la colada y el sol la secase y blanquease, mientras ellas conversaban. Tamara oía con una parte de la mente a Heráclito diciéndole: «No meterás dos veces el pie en el mismo río»; con la otra parte, buscaba información sobre el control de la natalidad de los ndifs. Una vez planteado el tema, las mujeres lo analizaban con parsimonia y con franqueza, aunque no había mucho que analizar. No había ningún artilugio ni sistema de control de la natalidad, ninguno. La naturaleza velaba por las Mujeres Jóvenes: pese a toda su decidida consagración a la práctica erótica, no eran fértiles hasta después de los veinte. Tamara no lo podía creer, pero las mujeres estaban absolutamente seguras: la línea divisoria entre las Jóvenes y las de Mediana Edad era, en concreto, la fertilidad. Una vez cruzada la línea, su única protección contra el embarazo continuo era la abstinencia, que según confesaban les resultaba
aburrida. No se mencionaban ni el aborto ni el infanticidio. Cuando Tamara los planteó, con cautela, todas movieron la cabeza:
—Las mujeres no pueden matar niños —dijo Brella horrorizada. Kara comentó, más secamente:
—Si los Hombres te cogieran haciéndolo, te arrancarían el pelo y te mandarían a las Cabañas Impuras para quedarte.
—En nuestra aldea nadie haría una cosa así —dijo Brella.
—No han cogido nunca a nadie haciéndolo —dijo Kara.
Un grupo de Varones Pequeños (de nueve a doce años) bajaba gritando hacia el río, a nadar y pescar. Pasaron corriendo por encima de la colada que estaba secándose. Las lavanderas les regañaron, pero no muy imperativamente; y cesó la conversación, porque los oídos de los Varones no podían contaminarse con charla Impura. Las mujeres recogieron la colada y volvieron a la aldea. Tamara fue a ver a Ramchandra, que dormía, y luego se fue a sacar más fotos a los Varones Pequeños que jugaban al bhasto. Después de la cena (comunal, cocinada y servida por las Mujeres de Mediana Edad) vio que Kara, Vanna y la vieja Binira entraban en la cabaña de Ramchandra, y las siguió.
Le despertaron y le dieron de comer guo hervido, un cereal rosado que era como tapioca viscosa. Le frotaron las piernas, se le sentaron en los hombros, le pusieron en el estómago piedras calientes, le cambiaron de lugar el catre, para que quedara echado con la cabeza hacia el norte, le hicieron tomar un sorbo de una bebida caliente y negra que olía a menta.
Binira le cantó un rato; por último, le dejaron con una nueva piedra caliente y se fueron. Él lo aceptó todo con aplomo etnológico, o con la satisfacción del inválido que se siente atendido. Después de que se fueron, parecía cómodo, enroscado sobre la gran piedra y medio dormido. Tamara ya se iba cuando él le preguntó, con voz tranquila y remota:
—¿Grabaste la canción de la anciana?
—No. Lo siento.
—Askiös, askiös —murmuró él. Luego se incorporó, apoyado en un codo—. Me encuentro mejor. Lástima que no la grabáramos. Me perdí la mayoría de las palabras.
—¿Es un idioma distinto el ndif de los Viejos?
—No. Es sólo mucho más amplio. Completo.
—Las Mujeres de Mediana Edad parecen tener un vocabulario mucho más amplio que las Jóvenes.
—En Buvuna, las Mujeres Jóvenes usaban un promedio de setecientas palabras; los Hombres Jóvenes, mil cien, porque tenían el vocabulario de la caza. Yo calculo que aquí las mujeres de edad madura conocen al menos dos mil quinientas palabras. Aún no puedo hacer cálculos de los ancianos.
Son gente rara.
Ramchandra volvió a echarse y a colocarse cautamente alrededor de la piedra caliente. También su tono era cauto. Hubo una pequeña pausa.
—¿Quieres dormir?
—Hablar —dijo él.
Tamara se sentó en el taburete de caña trenzada. Tras la entrada abierta de la cabaña, la noche iba haciéndose tan clara como había sido el día.
Uper, el gran planeta gaseoso del que Yirdo era luna, se alzaba sobre el bosque como un enorme globo a franjas. Su luz de oro y plata atravesaba todas las fisuras de las paredes de barro y mimbre de la cabaña y se encharcaba incandescente en el suelo a la entrada. La oscuridad del interior de la cabaña estaba atravesada de fulgores, haces, flechas, que deslumbraban la vista, una luz que no revelaba nada, que disolvía los cuerpos y los rostros en una oscuridad radiante.
—Nada es real —dijo Tamara.
—Claro que no —dijo la otra sombra, divertida, precisa.
—Son como actores.
—No.
—Sí. No quiero decir que estén actuando conscientemente, engañando.
Quiero decir más bien que son artificiales, demasiado simples. Gente simple y hermosa en un paraíso siempre generoso.
—Ja —dijo Ramchandra, y resplandeció en su cabello al incorporarse un retazo de la luz del planeta.
—¿Por qué no habría de existir un mundo como las islas de los Mares del Sur? —continuó Tamara discutiendo consigo misma—. ¿Por qué me parece demasiado simple… falso? ¿Soy acaso una puritana y ando buscando el pecado original?
—No, no, claro que no. Tonterías —dijo él—. Todo eso son teorías.
Pero escucha —durante un minuto no dijo nada que pudiera oír ella; luego, dijo unas palabras en ndif—: Vini. Pandsu. Bhasto. Askiös. Askiös-bhis iyava oe is-bhassa… ¿qué significa eso?
—Bueno… «Déjame pasar, por favor».
—¡Traducción literal!
—La gran tradición pedagógica de la casta brahmánica —dijo Tamara
—. No sé. Las palabras tienen tantas acepciones. ¿«Perdón, quiero pasar por ahí»?
—No lo oyes.
—¿Oír qué?
—La gente no es capaz de oír su idioma materno. ¡Está bien, escucha, con atención, por favor!
Resultaba encantador cuando se excitaba. Se desprendía de él la arrogancia como el barro seco de un carabao.
—Voy a decir una frase tal como la decía mi tío, que no asistió nunca a la escuela del Gobierno Mundial y que hablaba inglés bastante mal.
Escucha: « Excuse, please, I have to go by this pathn». ¡Repítelo!
—Excuse, please, I have to go by this path.
—Askiös-bhis iyava oe is-bhassa.
Tamara sintió que le subía muy despacio columna vertebral arriba un escalofrío que era como una caricia de aquella luz planetaria fría y deslumbradora. Sintió un picor en las raíces del cabello.
—Extraño —dijo.
—Saweya: sway, en inglés, balanceo. Baliya: belly dance, danza del vientre. Fini: ravine, cañada. Bhasto: béisbol. Bhani: cabin, cabaña.
Shuwushu: océano, mar…
—Onomatopeya.
—Oe: go, ir. Tunu: return, volver. Itunu: yo vuelvo; utunu, tú vuelves; tunusi, él vuelve. Padu, to hit, strike, golpear. Fatu, construir… facere, factus… ¡di una palabra en ndif!
—Sikka.
—Hilo de pescar. Un momento, no, ésa no puedo cogerla. Otra por favor.
—Fiyisa.
—Las Cabañas Impuras… Filth, filthy, sucio, suciedad.
—Uvanai.
—Extranjeros. Visitantes. Extraños… singular uvana. Tú extranjero.
—Ram, tú no tienes diarrea. Tienes paranoia.
—No —dijo él, con un tono tan áspero y firme, que sorprendió a Tamara.
Luego, él carraspeó. Tamara no podía verle los ojos, pero sabía que le estaba mirando.
—Hablo en serio, Tamara —dijo—. Estoy asustado.
—¿De qué? —dijo ella, burlona.
—Muerto de miedo —dijo—. Cagado de miedo. Tienes que tomar en serio lo que digo. Las palabras. Son todo lo que tenemos.
—¿Pero qué es lo que te asusta?
—Estamos a treinta y un años luz de la Tierra. Nadie de la Tierra vino a este sistema solar antes que nosotros. Y esta gente habla inglés.
—¡No es cierto!
—La estructura y el vocabulario del ndif joven se basan al menos en un sesenta por ciento en la estructura y el vocabulario del inglés moderno.
Su voz vibraba, como con miedo o con alivio.
Tamara se sentó con resolución, agarrándose las rodillas con las manos, aferrándose a su incredulidad. Por su pensamiento fueron cruzando una palabra tras otra, seguida cada una de su raíz inglesa, de su sombra, de sombras que habían estado esperando que la luz las mostrase; pero era absurdo. No debería haber pronunciado la palabra «paranoia». Era verdad.
Ram estaba enfermo. Semanas de aspereza y rechazo y ahora aquel cambio brusco, aquella emoción y aquella calidez. Un cambio demencial; y paranoico. Los ndifs hablando un código basado en el inglés, con misteriosos propósitos, comprendidos sólo por el especialista… Ono, one, uno. Te, two, dos. Ti, three, tres…
—Todos los nombres femeninos —dijo malhumorado Ramchandra—
acaban en «a». Eso es una constante cósmica establecida por H. Rider Haggard. Los nombres masculinos nunca acaban en «a». Nunca.
La voz de Ram, de timbre claro, aún un poco desigual, confundía los pensamientos de Tamara.
—Escucha, Ram.
—Sí.
Él escuchaba, sí. Ella no podía preguntarle, como había pensado hacer, si pretendía gastarle una broma desagradable y premeditada. Había que corresponder a su confianza. Tamara no sabía cómo seguir; y él rompió con ansiedad la pausa.
—Me di cuenta al cabo de una semana, Tamara. Primero la sintaxis…
Entonces, no lo veía. Coincidencia intrascendente, etc. Yo me decía no.
Pero la realidad decía sí. Así es. Es inglés.
—¿Incluso el idioma Viejo?
—No, no, eso es distinto —dijo él, apresurado, agradecido—. Eso no es inglés, es autónomo, siempre que no se base en la charla infantil. Pero el…
—Muy bien, pues. El idioma Viejo es viejo, el idioma original, y los Jóvenes han sido influidos, corrompidos, por algún contacto con gente del Servicio Espacial que ignoramos, del que no nos han hablado.
—¿Cómo? ¿Cuándo? Dicen que somos los primeros. ¿Por qué nos iban a mentir?
—¿El Servicio Espacial?
—O los ndifs. ¡Unos y otros dicen que somos los primeros!
—Bueno, si somos los primeros, entonces somos nosotros. Nosotros estamos influyendo en los ndifs. Hablan tal como nosotros esperamos, inconscientemente, que hable la gente. Son telépatas.
—Telépatas —dijo él, aferrándose ávidamente a la idea; y durante la pausa que siguió, se debatió evidentemente con ella, intentando adaptarla a las circunstancias, pues dijo al fin, con decepción—: ¡Si al menos supiéramos algo sobre la telepatía!
Tamara, entretanto, había estado abordando el problema desde otra dirección y preguntó:
—¿Por qué no dijiste nada de esto hasta ahora?
—Me parecía un disparate —dijo él, en el tono preciso y controlado que parecía arrogancia porque su sinceridad no le permitía eludir nada—. He
estado loco. Hace seis años, después de morir mi esposa. Hubo dos episodios. Los lingüistas suelen ser inestables.
Al cabo de un ratito, Tamara dijo, casi en un susurro: «Ramchandra es una persona hermosa y noble…». Lo dijo en ndif.
Ah-weh, weh, ah-weh, weh, decía el canto de los bailarines de baliya en la zona de danza del extremo de la aldea. Lloró un niño en una cabaña cercana. Enriquecía el aire, de oscuridad deslumbradora, el aroma de las flores que florecían de noche.
—Escucha —dijo ella—, un telépata sabe lo que estás pensando. Los ndifs no lo saben. He conocido gente que lo sabe. Mi abuelo, que era ruso, sabía siempre lo que pensaba la gente. Era demencial. No sé si era telepatía o que era viejo, o que era ruso, o qué. En realidad, captarían los pensamientos, no las palabras…
—Quién sabe. Puede… Dijiste que era como una obra teatral, una película, el paraíso isleño. Tal vez perciban lo que esperamos o deseamos, y lo interpreten, lo representen.
—¿Para qué?
—Adaptación —dijo él, triunfal—. Para caernos bien y que no les hagamos daño.
—¡Pero a mí no me caen bien! ¡Son aburridísimos! No tienen sistemas de parentesco ni estructura social, salvo esa estúpida graduación por grupos de edad y ese odioso dominio masculino, carecen de habilidades, no tienen arte, cucharas mal talladas, es como una trampa hawaiana para turistas… no tienen ideas… en cuanto se hacen mayores se aburren. Kara me decía ayer:
«La vida es demasiado larga». ¡Si intentan fabricar un facsímil del deseo íntimo de alguien, no es el mío desde luego!
—Ni el mío —dijo Ramchandra—. Pero ¿qué me dices de Bob?
La pregunta tenía un tono áspero, había en ella como un propósito concreto. Tamara vaciló.
—No sé. Al principio, sin duda. Pero últimamente le veo muy inquieto.
Después de todo, lo suyo son los mitos. Y esta gente ni siquiera tiene cuentos. Sólo hablan de con quién durmieron anoche y cuántos poros mataron. Bob dice que hablan todos como personajes de Hemingway.
—Él no habla con los Viejos.
De nuevo aquella aspereza. Y Tamara, defendiendo a Bob, dijo:
—Tampoco yo hablo mucho; ¿y tú? No participan. Parecen tan insustanciales… insignificantes.
—Fue un canto curativo lo que cantó la vieja Binira.
—Puede.
—Eso creo. Un canto ritual, en el lenguaje más complejo. Si hay cultura, la tienen los Viejos. Quizá pierdan la capacidad telepática al envejecer; y entonces puedan retirarse; ya no son influenciables, no se ven obligados a adaptarse a…
—¿Obligados por quién a adaptarse a qué? Son la única especie inteligente del planeta.
—Otras aldeas, otras tribus.
—Pero entonces hablarían todos los idiomas de los demás, se fundirían todas sus costumbres…
—¡Exactamente! ¡Eso explica la homogeneidad de la cultura! ¡Una solución a Babel!
Parecía muy complacido, y la solución parecía tan plausible, que Tamara se esforzó al máximo por aceptar la hipótesis. Lo más que pudo hacer fue admitir finalmente:
—La idea me inquieta, no sé por qué.
—Los Viejos han creado un verdadero idioma, un idioma no telepático.
Es con ellos con quienes hay que hablar. Solicitaré que me admitan mañana en la Casa de los Viejos.
—Tendrán que salirte algunas canas…
—¡No hay problema! ¿Te parece que aún no tengo suficientes?
—Sería mejor que duermas un poco.
Ram se quedó callado un rato, sin echarse.
—Tamara —dijo—, ¿no estás siguiéndome la corriente, verdad?
—No —dijo ella, con aspereza, sorprendida de que él fuera tan vulnerable.
—Se parece tanto a un sistema delirante…
—Entonces, es folie à deux. Todo esto del idioma parece como si aclarase todo lo demás. Las seis aldeas que hemos visitado, todas iguales,
faltan las mismas cosas, hay la misma… improbabilidad… sólo que es como hiperprobabilidad…
—Telepatía proyectada —dijo él, caviloso—. Ellos nos están influyendo a nosotros. Confundiendo nuestras percepciones, forzándonos a la subjetividad…
—¿Apartándonos del principio de realidad? —preguntó ella, defendiéndose ahora de él; reconoció la cita y se echo a reír—. Tonterías, estamos hablando con demasiado ingenio para estar chiflados.
—Yo hablaba con gran brillantez en la institución mental —dijo él—.
En varios idiomas. Sánscrito incluido.
Pero parecía tranquilizado; y ella se levantó.
—Me voy a la cama —dijo—. ¡Sí que voy a dormir bien esta noche!
¿Necesitas otra piedra caliente?
—No, no. Oye, mira, lo siento…
—Askiös, askiös.
No hay reposo para lo malo. Acababa de encender la lámpara de aceite y estaba mojando los dedos con saliva y apretando la mecha para que no humease, cosa que seguía haciendo, cuando apareció Bob en el umbral de la cabaña.
La luz de Uper formaba un halo alrededor de su tupido cabello rubio. La importancia de su regreso llenaba toda la biosfera igual que la masa de su cuerpo llenaba el umbral.
—Acabo de llegar —proclamó.
—¿De dónde?
—De Gunda —era la aldea más próxima río abajo.
Entró y se sentó en el taburete de cañas, mientras ella renegaba contra la grasa de poro quemada en sus dedos. Un anuncio aún más trascendental que el de su regreso acechaba, inminente, en el ceño del recién llegado. Tamara desenfundó antes.
—Ram está enfermo —dijo.
—¿Qué tiene?
—La enfermedad de Delhi, podríamos decir.
—¿Cómo puede ponerse malo alguien aquí?
—Tienen una cura. Has de dormir con una piedra caliente.
—¡Dios mío! ¡Parece una cura para la potencia! —dijo Bob, y se echaron a reír los dos.
Mientras reían, Tamara estuvo casi a punto de contarle a Bob aquel extraño descubrimiento lingüístico de Ram, que le pareció por un instante igual de ridículo; pero debía dejar que se lo contara el propio Ram, aunque sólo fuera un disparate. Bob se había puesto de nuevo serio y pasó a comunicar su noticia.
—Tengo que combatir en duelo. Combate singular.
—Santo cielo. ¿Cuándo? ¿Por qué?
—Bueno, esa chica. Potita, sabes. La pelirroja. Uno de los Hombres Jóvenes de Gunda le ha echado el ojo. Así que me desafió.
—¿Una relación exogámica? ¿Tiene derechos sobre ella?
—No, ya sabes que carecen de pautas de afiliación, deja de buscarlas, ella no es más que una excusa para el combate.
—Ya sabía yo que te ibas a meter en algún lío —dijo Tamara melindrosa, aunque nunca había pensado tal cosa en realidad—. No puedes acostarte con todas las nativas y pretender no acabar con la azagaya de un salvaje enloquecido clavada en la espalda… Con la mitad, vale; pero con todas no.
—Mierda —dijo Bob descorazonado—. Ya lo sé. Yo nunca me entrometí de este modo, ¿sabes? Acostarme con las informantes y demás.
Parece que nada me pueda salir bien aquí. Pero ellas lo esperan. Ya lo hemos hablado, cuando regresábamos de Buvuna, ¿recuerdas? Ram dijo que él no lo haría. Es muy lógico, tiene cuarenta años, es para ellas un viejo y, además, parece un extraterrestre. Pero yo soy exactamente igual que ellos y si me niego les ofendo, violo una costumbre local. Es prácticamente la única costumbre que tienen. En ese sentido, no tengo elección…
Tamara se echó a reír, una profunda risa ventral, de Mujer de Mediana Edad. Él la miró un poco sorprendido.
—Bueno, bueno —dijo, y se rió también—. Pero ¡maldita sea! ¡Ellos siempre hablaban como si estos combates fueran voluntarios!
—¿No es así?
Bob negó con un gesto.
—Represento —dijo— a la aldea de Hamo contra la de Gunda. Es el único tipo de guerra que tienen. Los Hombres Jóvenes están emocionadísimos todos. Llevan sin ganar un combate a los de Gunda medio año, o algún período histórico inmenso parecido. Es la Copa del Mundo.
Mañana me purificarán.
—¿Una ceremonia? —A Tamara el problema de Bob le parecía divertido pero trivial; saltó de él a la esperanza de una ceremonia, un ritual, cualquier cosa que indicase cierto sentido y estructura en la vida social rudimentaria de los ndifs.
—Danzas. Saweya y baliya. Todo el día.
—Bah.
—Mira, ya sé que te gustaría encontrar pautas que estudiar, siendo como eres una configuracionista, pero yo tengo un problema aún más urgente.
Tengo que combatir con un hombre pasado mañana. El duelo deberá ser a muerte y con cuchillos. Delante de todos los habitantes de dos aldeas.
—¿Con cuchillos?
—Eso es. Lucha de cazadores. Los sallenzii combaten con cuchillos.
—¿Sallenzii?
Mientras Bob traducía «los que compiten por una chica», ella transliteraba: « Challenge, desafío…».
Tras un breve silencio, sugirió:
—¿No podías haberle cedido la chica sin más?
—No. El honor, el orgullo local, todo eso…
—¿Y ella… está satisfecha de ser el cerdo de premio para el ganador?
Bob asintió.
—La pauta es familiar —dijo ella; y luego añadió, bruscamente—: Nada… No hay nada extraño en esta gente. ¡Nada!
—¿Qué?
—No importa ahora. Tengo que darle vueltas. Ram tiene una idea…
Escucha, Bob, creo que deberías librarte de este asunto, aunque sea un desprestigio… Siempre podemos marcharnos. ¡Sería mejor eso que el que mataras a ese tipo, o que te matara él!
—Gracias, eres muy considerada —dijo amablemente Bob—. No te preocupes. Tengo un truco.
—¿Hipodérmica?
—Basta con el kárate. No me preocupa. Lo que pasa es que me siento imbécil de remate. Un combate público por una chica, con cuchillos. Es propio de una panda de adolescentes bobos.
—Es una sociedad adolescente, Bob.
—¡Extraterrestres de vestuario! —Se rascó la melena leonada y se puso de pie, se estiró. Era muy bello; no era raro que los aldeanos le hubieran elegido por campeón. El hecho de que informase y animase su esplendor físico un espíritu intelectual no menos esplendoroso, una inteligencia adiestrada y apasionada que buscaba el material de la poesía por la poesía en sí… este hecho no significaría mucho para los ndifs, ni para muchas personas de la Tierra, en realidad. Pero, en aquel momento, Tamara veía al joven como lo que era: un rey.
—Bob —dijo—, di que no. Podemos irnos.
—¡No te preocupes! —dijo él; y, agradecido por aquel interés, le dio un abrazo afectuoso de oso—. Liquidaré a ese pobre cabrón antes de que se dé cuenta de lo que le pasa. Y luego, una lección. Higiene de novato: EL
ASESINATO ES PELIGROSO PARA LA SALUD. Les encantará.
—¿Quieres que vaya?
—Sí —dijo él—. Por si también él es cinturón negro.
Ella estaba abajo, en la orilla del río, donde lavaban, al día siguiente por la tarde, sosteniendo una interesante charla sobre la menopausia con Kara y Libisa, cuando salió Ramchandra del bosque color pavo real. Al verle, desde la roca donde estaba, en medio de las aguas arremolinadas, Tamara pensó en lo extraño, lo extraterrestre como había dicho Bob, que resultaba… Era como la sombra de alguien plantada en la primera fila frente a los fluidos y maravillosos colores de una epopeya selvática sobre una pantalla de cine: demasiado pequeño, demasiado negro, demasiado sólido. Kara también vio que se aproximaba y gritó:
—¿Qué tal el vientre, Uvana Ram?
Cuando estaba ya bastante cerca para no tener que gritar, Ram contestó:
—Askiös, Kara, mucho mejor. Terminé el guo esta mañana.
—Bien, bien. Esta noche otro puchero. Eres sólo piel —dijo Kara, no sin razón.
—Quizá si come suficiente guo se vuelva del color de la gente —dijo Brella, examinándole: el que Kara hubiera mencionado la piel parecía haber sacado a la luz el color oscuro y moreno de Ramchandra por primera vez.
Los ndifs apenas se fijaban en los detalles.
Brella pasó luego a comparar a los dos extranjeros. Dijo:
—Tú también, Tamara. Si comieses sólo alimentos del color de la gente, tal vez no estuvieses tan fea y tan morena.
—Nunca se me había ocurrido pensarlo —dijo Tamara.
—Tamara, estamos invitados a la Casa de los Hombres Viejos.
—¿Los dos? ¿Cuándo?
—Los dos. Ahora.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Tamara, abandonando el idioma indígena, dejando la piedra que compartía con Kara, Libisa y un montón de taparrabos recién lavados, y chapoteando hacia la orilla.
—Lo pedí.
—Yo también iré —dijo Kara, chapoteando detrás de Tamara—.
¡Askiös!
—¿No hay problema para que vayan las mujeres, Kara?
—Claro que no. Es la Casa de los Hombres Viejos, ¿no?
Kara se sacudió el polvo de sus pechitos planos y echó sobre ellos un amplio pliegue de su ropaje, que era como una especie de sari.
—Id delante, pararé a recoger a Binira. Ella me dijo que merecía la pena ir de vez en cuando a escucharles. Allí nos veremos.
Tamara, con los pies húmedos bordeados de arena plateada del río, se unió a Ramchandra y se adentró con él en el bosque color pavo real, siguiendo el estrecho sendero.
Tamara tenía plena conciencia del hombro moreno que iba junto al suyo, del cuerpo oscuro, enjuto y frágil, de la nariz excelsa en el perfil severo. Y tenía conciencia de tener conciencia de esto, pero eso no era lo importante en aquel momento.
—¿Van a celebrar una ceremonia para nosotros?
—No sé. Aún no he descifrado algunas palabras clave. Mi petición de ir allí parece ser razón suficiente para la reunión.
—¿No habrá problemas si llevo esto? —llevaba la grabadora.
—Todo es válido en Fantasilandia —dijo, y el perfil severo se suavizó con una risa.
Dos de los ancianos marchitos, mortecinos y escasos entraron en la Casa antes que ellos. Era una especie de cobertizo grande y destartalado en cuyo interior había ya seis o siete ancianos sentados en círculo. Se prodigaron muchos «Askiös». Había un intenso hedor a grasa de poro. Los dos extranjeros se incorporaron al círculo irregular, sentándose en el suelo de tierra. No había ningún fuego encendido. No se percibía ninguna organización o atmósfera ritual. Kara y Binira entraron y se sentaron, murmurando «Askiös» y bromeando con los ancianos. Alguien preguntó algo a Kara desde el otro lado del círculo (el cobertizo sólo estaba iluminado por el agujero de salida del humo y era difícil distinguir con claridad las caras). Tamara no entendió la pregunta. La respuesta de Kara fue:
—Estoy haciéndome ya bastante vieja, ¿no?
Hubo una carcajada general. Entró otra persona, Bro-Kap, de quien decían que había sido en tiempos cazador famoso; y aún era un hombre corpulento, aunque arrugado, encorvado, con boca de tortuga por la falta de dientes. En vez de sentarse, se dirigió al hoyo vacío del fuego que había bajo el agujero de salida del humo y se quedó allí plantado, con los brazos colgando. A su alrededor se hizo el silencio.
Bro-Kap giró despacio, hasta situarse frente a Ramchandra.
—¿Has venido a aprender a bailar?
—Si pudiese —contestó claramente Ramchandra.
—¿Eres viejo?
—No soy ya joven.
Dios mío, pensó Tamara, es una iniciación… ¿podrá aguantar Ram?
Y de la pregunta siguiente, por supuesto, Tamara no entendió nada. No eran palabras del ndif de los Jóvenes y de los de Mediana Edad. Pero Ram parecía entender, porque contestó rápidamente:
—No acostumbro.
—¿Cuándo trajiste a casa por última vez una pieza?
—Nunca he matado un animal.
Esto provocó un griterío, risas y algunos comentarios críticos.
—¡Debe haber nacido con cincuenta años! —dijo Binira, riendo entre dientes.
—O debe ser muy holgazán —dijo un anciano no muy viejo, que parecía algo simple, muy serio.
Otras dos preguntas y respuestas que Tamara no pudo entender y luego Bro-Kap preguntó, con aspereza, a juicio de Tamara:
—¿Qué cazas tú?
—Yo cazo peremensoe.
Fuese lo que fuese, era una respuesta correcta. Aprobación audible y tangible, palmadas en la espalda, tranquilidad. Bro-Kap cabeceó una sola vez brevemente, se limpió la nariz con el dorso de la mano y se sentó en el círculo junto a Ramchandra.
—¿Qué quieres saber? —preguntó, en un tono despreocupado y nada ritualista.
—Me gustaría saber —dijo Ramchandra— cómo empezó el mundo.
—¡Oh, jo, jo! —exclamaron un par de chiflados, sentados enfrente—.
¡Éste es demasiado viejo para su edad! ¡Éste tiene cien años!
—Nosotros decimos así —contestó Bro-Kap—. Man hizo el mundo.
—Me gustaría saber cómo.
—En la cabeza, entre las orejas, ¿cómo, si no? Todo está en la cabeza.
La madera no es, ni la piedra, ni el agua, ni la sangre, ni el hueso; todo es sanisukiarad.
Tamara, en su frustración por no saber nunca la palabra clave, observaba la expresión de Ram, como si pudiese adivinar por ella; y comprendió. A Ram le brillaban los ojos; sonreía, su expresión se suavizó, se dulcificó.
—Él bailaba —dijo Ram—. Baila.
—Quizá sí —contestó Bro-Kap—. Quizá Man baila en su cabeza, y eso hace sanisukiarad.
Sólo con esta repetición captó Tamara el nombre « Man» como nombre, un nombre ndif que coincidía casualmente con el sonido de la palabra
inglesa man, «hombre»… Pero ella había creído que el significado coincidía…
¿Coincidía?
Por un instante, se fragmentó todo en dos niveles, dos velos o pantallas superpuestos, la de los sonidos y la de los significados, y ninguna de ellas era real. Superposición y entrelazamiento, cambio y movimiento, todo lo confundían, lo ocultaban o lo revelaban todo, y no había en aquel fluir ninguna cosa a que aferrarse, ni siquiera una vez podías meter el pie en el río si no eras río. Comenzaba el mundo y nada sucedía, unos cuantos viejos y viejas marchitos hablando disparatadamente con el Señor Siva en un hediondo cobertizo. Hablando, sólo hablando, palabras, palabras sin sentido por partida doble.
Los velos abiertos volvieron a cerrarse.
Tamara comprobó que se movía la cinta en la grabadora, subió un poco el volumen. Si lo repasaba luego y Ram la ayudaba a interpretarlo y se lo explicaba, quizá todo cobrara sentido.
Por fin bailaron. Después de mucha charla Binira dijo:
—Basta ya de peremiankarad sin música.
Y Bro-Kap dijo sin gran emoción:
—De acuerdo, askiös, adelante.
Y Binira empezó a cantar con una vocecilla quebrada, ultraterrena; y luego, un viejo, y después otro, se levantaron y bailaron, una danza lenta, sin alzar apenas los pies, el torso quieto, equilibrado, muy centrados en las manos, los brazos y la cara. La danza de los ancianos mortecinos hizo asomar lágrimas a los ojos de Tamara. Se unieron otros a la danza. Ahora, bailaban todos, todos menos Kara y Tamara. A veces, se tocaban unos a otros, ligeramente, con solemnidad, o se inclinaban como las cigüeñas.
¿Todos? Sí, Ram bailaba con ellos. La luz dorada y polvorienta del agujero de salida del humo corría por los brazos de Ram; ligero, delicado, Ram se alzaba y asentaba sus pies descalzos en la tierra. Un viejo le miraba.
—O komeya, O komeya, ama, O, O —canturreaba el quebrado gorjeo de grillo, y las manos de Kara y las de Tamara marcaban el ritmo con palmadas a la tierra parda. Las manos del anciano se alzaron como en súplica. Ramchandra extendió hacia él la mano con los dedos tensos y
separados, sonriente, le tocó, giró, sin dejar de bailar, y el viejo sonrió y empezó a cantar:
—O, komeya, ama, ama, O…
—¡Tienes que escuchar la sesión que grabamos! —dijo Tamara, pero lo dijo sobre todo para distraer a Bob y sacarle de su obsesión mientras recorrían juntos el camino hasta el claro donde iba a celebrarse el duelo. El sendero estaba cubierto de mondas de frutos de lamaba, pues les había precedido la mayoría de los habitantes de la aldea.
—¿Más canciones de amor?
—No. Bueno, sí. Canciones de amor a Dios… ¿Sabes cuál es el nombre de Dios?
—Sí —dijo Bob, con indiferencia—. El viejo de Gunda me lo dijo. Bik-Kop-Man.
El duelo se desarrolló casi según lo planeado por ambas partes, pero no del todo. Dado que era la única acción de grupo de los ndifs jóvenes, aparte de las danzas saweya y baliya, que parecía ser un auténtico ritual, o acto centrado en la significación, Tamara grabó, filmó y tomó notas diligentemente de todo, incluida la expresión de la pelirroja Potita (y aquí está ella, Miss Mundo); la cuchillada que Pit-Wat, el luchador de la aldea de Gunda asestó en el muslo a Bob; el elegante gesto de Bob tirando el gran cuchillo de hoja larga (un arco resplandeciente hacia los matorrales de puti de flores color rosa), y el golpe de kárate que dejó a Pit-Wat tirado en el suelo y aparentemente sin vida.
Bob no se quedó a pronunciar su conferencia sobre los aspectos antihigiénicos del homicidio. Sangraba mucho por la herida y Tamara dejó de filmar y se puso a trabajar con el botiquín de primeros auxilios. Así pues, del alborozo de la aldea de Hamo y de la decepción de Gunda sólo se grabó el sonido. Y estaba apagada ya la grabadora cuando, para decepción tanto de Hamo como de Gunda, Pit-Wat revivió. El que los sallenzii abatidos volvieran a la vida y se pusieran en pie, tambaleantes pero incólumes, era algo inesperado. Pero por entonces, Bob estaba ya camino de Hamo, pálido pero no por ello dispuesto a apoyarse en el brazo de Tamara.
—¿Dónde está Ram? —preguntó, por primera vez. Ella explicó que ni siquiera le había dicho a Ram que iba a celebrarse el duelo.
—Bueno —dijo Bob—. Ya sé lo que habría dicho.
—Yo no.
—Injerencia irresponsable en costumbres nativas…
Tamara meneó la cabeza.
—No se lo conté porque ni siquiera le vi hoy, y pensé que…
La verdad era que se había olvidado del duelo; parecía tan estúpido, tan irreal, comparado con aquel baile en la Casa de los Hombres Viejos; todo había la sangre a la luz del día; pero eso no podía decírselo a Bob.
—Ha hecho una especie de descubrimiento sensacional.
Inmiscuyéndose también… Se pasó todo el día en la Casa de los Hombres Viejos. Quiero que hable contigo esta noche. En cuanto esa pierna esté curada. Y querrá saber lo que decía la gente de Gunda de Man. De Dios, quiero decir. Cuidado con esa enredadera. Oh, señor, aquí están los hinchas.
Les perseguía un grupo de Mujeres Jóvenes, que le tiraban a Bob flores de puti sin mucho ánimo.
—¿Dónde está Potita? —masculló Bob, apretando los dientes.
—No está en este grupo. ¿De verdad te gusta, Bob?
—No. Es que me duele la pierna. No, era sólo por divertirme, por jugar.
Me gustaría saber si será para Pit-Wat o para mí.
Al final, fue para Pit-Wat, dado que se mantuvo en el terreno de combate y ejecutó la Danza de la Victoria, aunque algo tambaleante, desde luego. Para Bob fue un alivio, ya que Pit-Wat tenía un temperamento más propio de Potita y circunstancias más acordes. Y, en cuanto a la Danza de la Victoria, un arrebato de poses y pataleos de unos dos minutos, habían filmado ya varias veces a campeones de lucha ejecutándola.
—Lo único que nos hacía falta era una película en la que apareciera yo golpeándome el pecho —dijo Bob—. ¡Santo cielo! Con la pierna sangrando sin parar. Y sintiéndome un tonto rematado.
—Tonto rematado, qué curiosa expresión —dijo Ramchandra.
Habían encendido un fuego en la cabaña de Bob. Llovía (en Yirdo, sólo llovía de noche) y Bob había perdido sangre suficiente para que le viniera un poco de calor y de estímulo. Aunque había mucho humo, la luz rojiza
resultaba agradable; a Tamara le recordaba el invierno, la lluvia y la luz del fuego en invierno, una estación desconocida en Yirdo. Bob estaba echado en su catre y los otros dos estaban sentados junto al hogar, alimentando el fuego con mondas secas de lamaba, que ardían con una llama clara y despedían aroma a piña.
—Ram, ¿qué significa peremensoe?
—Pensar. Ideas. Comprender. Hablar.
—Y peremenkiarad, ¿no es así?
—Es más o menos lo mismo. Pero con una connotación de… ilusión, engaño, truco… juego.
—¿Eso es ndif antiguo? —preguntó Bob—. Si estás haciendo diccionarios, déjame verlos, Ram. No pude entender nada de lo que me dijeron los viejos en Gunda.
—Salvo el nombre de Dios —dijo Tamara.
Ramchandra enarcó las cejas.
—Bik-Kop-Man hizo el mundo con las orejas —dijo Bob—. Y ése es el equivalente ndif del Génesis, Libro Primero.
—Entre las orejas —corrigió fríamente Ramchandra.
—Con ellas o entre ellas, es una excusa bastante pobre para un mito de la Creación.
—¿Cómo lo sabes, si tu vocabulario es insuficiente?
¿Por qué adoptaba aquella actitud con Bob? Engreído, pedante, ofensivo, incluso con un tono agudo como de maestra de escuela en la voz.
El sólido buen carácter de Bob brilló en contraste en su respuesta:
—Me costó semanas darme cuenta de que si quería saber algo de mitos o de historia, la única gente que podía informarme aquí eran los Viejos.
Debería haber hablado contigo del asunto hace mucho.
Ramchandra miraba fijamente el fuego sin contestarle.
—Ram —dijo Tamara, muy irritada con él—, Bob debería saber del asunto del que hablamos anoche. El origen del ndif joven.
Él siguió mirando fijo al fuego, mudo.
—Puedes explicarlo tú mejor que yo.
Ram se limitó a mover la cabeza al cabo de un momento.
—¿Has decidido que era un error? —exigió Tamara, más exasperada que nunca, pero también con un relampagueo de esperanza.
—No —dijo él—. La documentación está en ese cuaderno de notas que te di.
Tamara fue a buscar el cuaderno a su cabaña. Regresó con él, encendió la lámpara de aceite y se sentó en el suelo junto al catre de Bob para que éste pudiera leer por encima de su hombro. Examinaron durante media hora las pruebas exhaustivas y perfectamente ordenadas de Ramchandra, según las cuales el ndif de los jóvenes se derivaba del inglés corriente moderno.
Bob, al principio, se reía a carcajadas, considerando todo aquel asunto una gran broma académica; luego, pasó a reírse de lo disparatado que resultaba.
No parecía inquietarle como le inquietaba a Tamara.
—Si no es un fraude tuyo, Ram, no por eso deja de ser un fraude… un fraude terrible.
—¿De quién? ¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Tamara, aún esperanzada.
Un error tenía sentido; un fraude, tenía sentido.
—De acuerdo. Este idioma —señaló el cuaderno de notas— no es auténtico. Es una falsificación, un fraude… algo inventado. ¿No?
Ramchandra, que no había dicho una palabra en todo el rato, convino en un tono distante y renuente:
—Inventado. Por un aficionado. Las correspondencias con el inglés son ingenuas, inconscientes, como si se «hablase en lenguas»… Pero el ndif de los viejos es un idioma auténtico.
—Un idioma más viejo, una supervivencia arcaica…
—No.
Ramchandra decía «no» con frecuencia, categóricamente y con satisfacción, pensó Tamara.
—El Viejo ndif está vivo —continuó Ram—. Se basa en el ndif Joven, ha nacido de él, o sobre él. Como una enredadera en un poste de teléfono.
—¿Espontáneamente?
—Tan espontáneamente como cualquier idioma, o tan deliberadamente.
Cuando la gente desea o necesita palabras tiene que crearlas. Eso «sucede», es como un pájaro que canta, pero también es «trabajo», como Mozart escribiendo música.
—¿Entonces tú dirías que los Viejos están creando gradualmente un idioma real a partir de éste falso?
—No puedo definir el término «real» y, en consecuencia, preferiría no usarlo.
Ramchandra cambió de posición, volviendo a unir las manos alrededor de las rodillas, pero no levantaba la vista del suelo.
—Yo diría —continuó— que el Viejo ndif parece consagrado a la creación del mundo. Los seres humanos lo hacen primordialmente por medio del idioma, la música y la danza.
Bob le miró fijamente; miró luego a Tamara.
—¿Cómo has dicho?
Ramchandra no contestó.
—Hasta el momento —dijo Tamara—, hemos encontrado, trabajando en tres poblaciones muy distantes entre sí, el mismo idioma. Sin variantes dialectales significativas, y el mismo cuadro de pautas sociales y culturales muy rudimentarias. Bob no ha encontrado leyendas ni expresiones de los arquetipos ni simbología desarrollada. Yo no he encontrado mucha más estructura social de la que habría podido encontrar en un rebaño de ganado, más o menos lo que podría haber encontrado en un grupo de primates.
Todos los papeles están determinados por el sexo y la edad. Culturalmente, los ndifs son subhumanos; no existen plenamente como seres humanos. Los Viejos están empezando a serlo. ¿No es así, Ram?
—No sé —dijo el lingüista, distante.
—¡Pero eso es cháchara misional! —dijo Bob—. ¿Subhumanos?
¡Vamos! Estancados, sí; quizá por la falta de estímulos ambientales. La comida cae de los árboles; la caza abunda y no tienen traumas sexuales…
—Eso es inhumano —interpoló Tamara; Bob no le hizo caso.
—No hay estímulos. De acuerdo. Pero los Viejos quedan marginados de los juegos y diversiones. Se aburren; ése es el estímulo. Empiezan a jugar con palabras e ideas. Así que los rudimentos de mitopoética y ritual que tienen, son creación suya. No es una situación tan excepcional, los jóvenes se consagran a la sexualidad y a la competición física, los viejos a la transmisión cultural. Lo único extraño es este asunto inglés-ndif. Eso hay que explicarlo. Yo no me creo lo de la telepatía, la verdad. No se puede
basar una explicación científica en una teoría ocultista. La única explicación racional es que esta gente, la sociedad entera, constituye una falsa prueba o una implantación. Muy reciente.
—Correcto —dijo Ramchandra.
—Pero escuchad —dijo Tamara, furiosa—. ¿Cómo se puede fabricar una falsa prueba de un cuarto de millón de personas? ¿Y los que tienen más de treinta años? ¡Sólo hace treinta años que se iniciaron los vuelos espaciales FTL! ¡La exploración de este sistema no fue tripulada y se realizó hace sólo ocho años! ¡Esa explicación racional es un disparate absurdo!
—Correcto —dijo de nuevo Ramchandra, los ojos límpidos, oscuros, afligidos, fijos en el fuego flameante.
—Es evidente que ha habido una misión tripulada, una misión colonizadora de la que el Gobierno Mundial nada sabe. Hemos tropezado con algo que empieza a asustarme. La facción Hem-Sur…
Pero Bob fue interrumpido por la súbita irrupción (los ndifs no llamaban nunca) de Bro-Kap, otros dos ancianos y dos bailarinas de baliya, adolescentes de dieciséis años, bellas y semidesnudas, con flores en el pecho. Se arrodillaron junto al catre de Bob y comenzaron a emitir suaves sonidos apesadumbrados. Bro-Kap se plantó todo lo majestuosamente que pudo en la cabaña ya atestada y miró a Bob. Era evidente que esperaba que las chicas se callaran, pero una de ellas parloteaba alegremente y la otra dibujaba con sus largas uñas círculos en torno a las tetillas de Bob.
—¡Uvana Bob! —dijo al fin Bro-Kap—. ¿Eres tú Bik-Kop-Man? —Yo soy… ¡Askiös Wuana!… No. Askiös, Bro-Kap. No entiendo.
—A veces, Man viene —dijo el viejo ndif—. Ha venido a Hamo y a Farwe. Nunca a Gunda ni a Akko. Es fuerte y alto, de cabello dorado y piel dorada. Un gran cazador, un gran luchador, un gran amante. Viene de lejos y luego se va. Habíamos creído que tú eras Él. ¿No eres él?
—No, no lo soy —dijo Bob con firmeza.
Bro-Kap inspiró alzando el pecho arrugado.
—Entonces, morirás —dijo.
—¿Morir cómo? ¿De qué? —exigió saber Tamara, poniéndose de pie, con lo que, dada la cantidad de personas que llenaban la pequeña cabaña,
quedó cara a cara con el viejo—. ¿Qué quieres decir, Bro-Kap?
—Los luchadores de Gunda usan cuchillos envenenados —dijo el viejo
—. Para descubrir cuáles de Hamo son Bik-Kop-Man. A Bik-Kop-Man no le mata el veneno.
—¿Qué veneno?
—Ése es su secreto —dijo Bro-Kap—. En Gunda hay mucha gente malvada. Los de Hamo no usamos venenos.
—Dios mío —dijo Bob en inglés, y añadió en ndif—: ¿por qué no me lo dijisteis?
—Los Hombres Jóvenes creyeron que lo sabías. Creyeron que eras Man. Luego, cuando dejaste que Pit-Wat te hiriera, cuando tiraste el cuchillo, cuando le mataste pero volvió a la vida, empezaron a dudar.
Fueron a la Casa de los Viejos a preguntar. Porque nosotros, en la casa de los Hombres Viejos tenemos peremensoe sobre Man —había orgullo en la voz del anciano—. Por eso he venido. Askiös, Uvana Bob.
Bro-Kap se volvió y se abrió paso; los otros viejos le siguieron.
—Marchaos —dijo Bob a las muchachitas sonrientes y acariciadoras—.
Marchaos ya.
Se fueron, a regañadientes, balanceándose, con una expresión de pesadumbre en sus bellos rostros.
—Voy a Gunda —dijo Ramchandra— a ver si hay antídoto.
Y salió rápidamente de la cabaña.
Bob tenía la palidez de la muerte.
—Otro maldito fraude —dijo, sonriendo.
—Sangraste mucho, Bob. Es muy probable que la sangre se haya llevado el veneno, si es que lo había. Déjame echar un vistazo… Parece una herida absolutamente limpia. No hay inflamación.
—Apenas puedo respirar —dijo el joven—. Tal vez actúe por parálisis respiratoria.
—Sí, déjame ver el manual médico.
El manual no incluía instrucciones para un caso así y en Gunda no había antídoto. El veneno actuaba sobre el sistema nervioso central. Al cabo de dos horas de la visita de Bro-Kap, se iniciaron los paroxismos. Aumentaron
rápidamente, en gravedad y frecuencia. Bob murió poco después de la medianoche, mucho antes de amanecer.
Ramchandra asestó el décimo golpe inútil sobre el corazón parado, alzó el brazo para golpear de nuevo, y no lo hizo. El brazo alzado del bailarín: creador, destructor. El puño oscuro y apretado se relajó; los dedos equilibrados y separados se cernieron sobre la cara pálida y el pecho inmóvil.
—¡Ah! —gritó Ramchandra y, desmoronándose junto al catre, empezó a llorar desconsoladamente.
El viento lanzaba la lluvia contra el tejado. Pasó el tiempo y Ramchandra estaba en silencio, tan silencioso como Bob, junto a quien se había acurrucado, los brazos estirados sobre el cadáver, la cabeza hundida entre ellos; agotado, se había quedado dormido. La lluvia amainó y cesó casi y más tarde arreció de nuevo. Tamara apagó la lámpara de aceite con movimientos lentos y seguros, plenamente consciente de su significado.
Añadió al fuego el aceite que quedaba y se sentó junto al pequeño hogar.
Hay que velar a los que acaban de morir y los que duermen no deben hacerlo desprotegidos. Se quedó allí sentada, despierta, mirando el fuego que iba extinguiéndose y viendo, mucho después, cómo renacía la luz gris.
Como había imaginado Tamara, los funerales ndifs carecían de gracia.
Había una zona de enterramiento cerca, en el bosque, de la que nadie hablaba y a la que nadie iba más que en los entierros. La tarea de excavar las tumbas correspondía a los Hombres Viejos. Habían excavado un hoyo superficial. Dos de ellos, secundados por Kara y Binira, ayudaron a trasladar el cadáver de Bob a la tumba. Los ndifs no utilizaban ataúdes, arrojaban a sus muertos desnudos a la tierra. De aquel modo era demasiado frío, demasiado frío, pensó Tamara con rabia. Le había puesto a Bob la camisa blanca y los pantalones blancos, le había dejado en la muñeca el reloj suizo, pues no poseía ningún otro tesoro, le había envuelto cuidadosamente con las alargadas hojas de pandsu, sedosas y azulinas.
Cubrió también el lecho de aquella tumba poco profunda con hojas, antes de que lo depositaran en ella; los cuatro portadores del cadáver observaban impávidos. Le colocaron de costado, las rodillas un poco dobladas. Tamara
buscó una flor para ponérsela en la mano, pero los capullos rosa y púrpura le repugnaban. Rompió la cadena que llevaba al cuello, en la que colgaba una pequeña turquesa que su madre le había dado, un trocito de la Tierra, y se la puso en la mano al muerto. Tuvo que hacerlo deprisa; los viejos estaban ya rastrillando la tierra de nuevo sobre la tumba con sus toscas palas de madera. Una vez hecho esto, los cuatro ndifs se volvieron sin decir palabra y se alejaron sin mirar atrás.
Ramchandra se arrodilló junto a la tumba.
—Lamento haber tenido celos de ti —dijo—. Si los dos renacemos y nos encontramos de nuevo, tú serás de nuevo un rey, pero yo seré un perro a tus pies.
Se inclinó hasta tocar los terrones fríos y húmedos de la tumba. Luego, se levantó despacio. Miró a Tamara. Ella adivinaba su expresión, sus ojos oscuros, límpidos, apesadumbrados, pero se sentía incapaz de mirarlos o de hablar. Le tocaba ahora llorar a ella. Ram fue a su encuentro pasando por encima de la tumba, como si fuese un trozo de tierra más, una tierra cualquiera, la rodeó con sus brazos, sosteniéndola para que pudiese llorar.
Cuando desahogó el primer arrebato de llanto y pudo caminar, enfilaron despacio por el estrecho y herboso sendero, entre los esplendores color pavo real del bosque, camino de la aldea.
—Es mejor el fuego —dijo Ramchandra—. El espíritu se libera más de prisa.
—Es mejor la Tierra —dijo Tamara, con voz ronca y áspera.
—Tamara, ¿quieres que llamemos a la base de Ankara para que envíen una nave?
—No sé.
—No hay prisa por decidirlo.
Los colores esplendorosos de los lamabas se difuminaban y se aclaraban y se difuminaban de nuevo. Tamara tropezó, pero la mano de Ramchandra le sujetaba el brazo, cordial y firme.
—También podríamos continuar y completar nuestra misión.
—La etnología de los sueños.
—¿Sueños? Oh, no. Esto es real… Mucho más real de lo que yo querría.
—Así son todos los sueños.
Al cabo de tres días, hicieron su llamada regular a Ankara, el planeta más interior, donde estaba establecida la base central de los distintos grupos de investigación del sistema solar de Yirdo; informaron de la muerte de Bob,
«por un malentendido… nadie es culpable», en el código de la Asociación Etnográfica. No pidieron ayuda.
En la aldea de Hamo, la vida continuó como antes. Las Mujeres de Mediana Edad no le hablaban a Tamara de la muerte de Bob, pero la vieja Binira se sentó varias noches a la entrada de la cabaña de la etnóloga y cantó un gorjeo quedo de grillo. Tamara vio en una ocasión a dos de las pequeñas bailarinas de saweya dejar una rama florida a la puerta de la cabaña de Bob; fue hacia ellas, pero se alejaron corriendo entre risillas.
Poco después, los Hombres Jóvenes prendieron fuego a la cabaña, deliberadamente o por accidente, no hubo forma de determinarlo; ardió hasta quedar reducida a cenizas y al cabo de una semana había desaparecido todo rastro de ella. Ramchandra se pasaba días y noches con los Viejos de Hamo y de Gunda, acumulando una masa cada vez más sólida de datos míticos y lingüísticos. Las largas hileras de bailarinas de saweya se ondulaban, las bailarinas de baliya movían sus pechos erguidos a derecha e izquierda, los cantores cantaban «Ah-weh, weh, ah-weh» y los claros del bosque próximos al terreno de danza hormigueaban al oscurecer de cuerpos apareados. Los cazadores regresaban orgullosos con poros muertos, como lechones con colmillos curvados y romos, que se balanceaban colgados de largos palos. La duodécima noche después de la muerte de Bob, Ramchandra fue a la cabaña de Tamara; ella había estado intentando leer algunas notas, pero era como si las páginas estuvieran en blanco, le dolía la cabeza y todo carecía de sentido. Ramchandra se asomó a la entrada, oscuro, leve, insustancial y ella alzó la vista y le miró con ojos apagados. Él dijo algo sobre la soledad que no significaba nada y luego, completamente rodeado por la oscuridad, dijo:
—Es como fuego. Como arder en una hoguera. Pero también el espíritu atrapado, ardiendo…
—Entra —dijo ella.
Unas noches después, estaban echados hablando, en la oscuridad; la lluvia suave murmuraba en el bosque y sobre la paja del tejado de la cabaña.
—Desde la primera vez que te vi —dijo él—. En realidad, desde que nos conocimos en la cantina de la base de Ankara.
Tamara se echó a reír y dijo:
—Pues no te comportaste en absoluto como si…
—¡No me gustaba! Lo rechazaba. Decía: ¡No, no, no…! Me bastaba con mi esposa, esto no le sucede dos veces a un hombre en una vida, la recordaré siempre.
—Lo haces —murmuró Tamara.
—Claro. A ella le puedo decir ahora en mi interior: Sí, y a ti que estás conmigo: Sí, sí… Escucha, Tamara, tú me liberaste, tus manos me liberan.
Me atan. Me atan más fuerte a la rueda, jamás en esta vida me liberaré ya, jamás dejaré de desearte, no quiero…
—Es tan sencillo ahora. ¿Qué se interponía en nuestro camino?
—Mi miedo. Mis celos.
—¿Celos…? ¿De Bob?
—Oh, sí —dijo él, temblando.
—Vamos, Ram, qué dices… Desde el principio mismo, tú…
—Confusión —murmuró él—. Ilusión…
Sentía la calidez de él en todo el cuerpo; Bob, frío, frío en la tierra. El fuego es mejor que la tierra.
Tamara se despertó; él le estaba acariciando el cabello y las mejillas, tranquilizándola, y murmuraba:
—Duérmete, no pasa nada, Tamara —con voz cargada de sueño y de ternura.
—Pero qué… qué hacía…
—Un mal sueño.
—Un sueño. Oh, no… no era malo… sólo extraño.
Había dejado de llover y la luz del planeta gigante, agrisada y filtrada por las nubes, era como una niebla leve en la cabaña. Tamara no podía distinguir el perfil de la nariz de Ram, la negrura de su cabello en aquella luz grisácea.
—¿Cómo era?
—Un muchacho… un hombre joven… No, un muchacho, de unos quince años. Estaba plantado delante de mí. Era como si lo llenase todo, como si ocupase todo el espacio, de forma que yo no podía pasar a su lado ni rodeándolo. Pero era sólo un chico normal, con gafas, creo.
Y me miraba fijamente, no amenazador, en realidad ni siquiera me veía, pero seguía mirándome y diciendo en inglés: «Bill me, Bill me», es decir,
«Cóbrame, cóbrame».
Y a mí no me parecía que me debiese nada, así que dije: «¿Por qué?».
Pero él seguía diciendo: «¡Bill me!». Y entonces, desperté.
—¡Qué raro! —dijo Ramchandra soñoliento—. Bill me… Bill yo… Yo Bill…
—Sí, claro. Eso es, soy Bill, eso es lo que quería decir.
—Oh —dijo Ramchandra, una exhalación profunda, y Tamara sintió que el cuerpo relajado que estaba a su lado se ponía tenso.
Tamara había dejado de confiar en los ndifs desde la muerte de Bob.
Más bien, sin desconfiar de ninguno de ellos, había perdido la confianza en el mundo. Temía que le hicieran daño. Alzó la cabeza con presteza para ver si había entrado alguien en la cabaña.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Qué sucede?
—Nada. Vuelve a dormirte. Hablabas con Dios.
—¿El sueño?
—Sí. Él te decía su nombre.
—¿Bill? —dijo ella, y, como la alarma había pasado y aún estaba medio dormida y Ramchandra se reía, se rió también—. ¿Dios se llama Bill?
—Sí, sí. Bill Kopman o Kopfman o Cupman.
—¿Bill-Kop-Man?
—La «l» se asimila a la «k», como en sikka, la fibra con la que hacen las cuerdas para pescar… Silk, seda, sedal.
—¿Pero de qué me hablas?
—Bill Kopman, el que hizo este mundo.
—¿El que qué? ¿Quién?
—El que hizo este mundo. Este mundo… Yirdo, el poro, los matorrales de puti, los ndifs. Le viste en tu sueño. Un muchacho de quince años, con gafas, probablemente con acné también y de tobillos débiles. Le viste y por eso mis ojos ven también por un instante. Un chico flaco, perezoso, tímido.
Lee cuentos, se entrega a ensueños sobre el gran héroe rubio que puede cazar y luchar y hacer el amor todo el día y toda la noche. Tiene la cabeza llena del héroe, de sí mismo, y así es como todo llega a ser.
—Basta ya, Ram.
—¡Fuiste tú quien habló con él, no yo! Tú le preguntaste: ¿Por qué?
Pero él no te lo pudo decir. Él no lo sabe. No entiende el deseo. Está totalmente atrapado en él, atado a él, no ve ni conoce nada más que su propio e inmenso deseo. Y, así, hace el mundo. Sólo quien está libre de deseo se libra de los mundos, sabes.
Tamara miró, como por encima del hombro, de nuevo hacia su sueño.
—Él habla inglés —dijo, involuntariamente.
Ramchandra asintió. Su tranquilidad, su tono juguetón de aceptación, tranquilizó a Tamara; era interesante estar allí echados mirando los dos el mismo sueño bobo.
—Él lo escribe todo —dijo Tamara—, sus fantasías sobre los ndifs, hace mapas y todo. Muchísimos críos lo hacen. Y también algunos adultos…
—Puede que tenga un cuaderno de su idioma inventado. Sería interesante compararlo con mis cuadernos de notas.
—Sería mucho más fácil ir a buscarle y que nos prestase el suyo.
—Sí, pero él no conoce el ndif Viejo.
—Ramchandra.
—Cariño.
—Quieres decir que debido a que un muchacho escribe tonterías en un cuaderno… en Topeka, cobra existencia un planeta a treinta y un años luz de distancia, con todas sus plantas y animales y gentes. Y que siempre ha existido. Debido al muchacho y al cuaderno. ¿Y qué me dices del chico con un cuaderno de notas en Schenectady? ¿O en Nueva Delhi?
—¡Pues igual!
—Tu disparate es mucho peor que el de Bill Kopman.
—¿Por qué?
—El tiempo… Y no hay espacio…
—Hay espacio. Hay tiempo. Todas las galaxias. Todos los universos.
Eso es la infinitud. Los mundos son infinitos, los ciclos no tienen fin. Hay espacio. Espacio para todos los sueños, para todos los deseos. Es interminable. Mundos sin fin.
Ahora su voz era remota.
—Bill Kopman sueña —continuó— y el dios danza.
Y Bob muere y nosotros hacemos el amor.
Tamara vio el rostro anhelante y ciego del muchacho ante ella, llenando el mundo; no había cambiado, no había modo de pasar rodeándolo.
—Sólo estás bromeando, Ramchandra —dijo; ahora temblaba.
—Sólo estoy bromeando, Tamara —dijo él.
—Si no fuese una broma, no podría soportarlo. Estar aquí atrapada, encerrada en el sueño de otro, un mundo de sueño, un mundo alternativo, lo que sea.
—¿Por qué atrapada? Llamamos a Ankara; envían la nave a buscarnos; luego, podemos volver en el próximo viaje a la Tierra, si queremos. Nada ha cambiado.
—Pero la idea de que es el mundo de otro. ¿Y si… y si… mientras aún estamos aquí… despertase Bill Kopman?
—Una vez en miles y miles de años despierta un alma —dijo Ramchandra y su voz era triste.
Tamara se preguntó por qué le entristecería aquello. A ella le resultaba consolador. Cavilando, halló mayor consuelo aún.
—No dependería todo de él, aunque él lo iniciara —dijo—. Todos los lugares deshabitados serían sólo zonas en blanco en sus mapas; pero están llenos de vida, animales y plantas y helechos, y moscas pequeñas… la realidad es lo que funciona, ¿no? Y los hombres y mujeres viejos. Ellos no son, no serían, parte de… los sueños eróticos de Bill. Es muy probable que él ni siquiera conozca a ninguna persona vieja, que no le interesen. Por eso quedan libres.
—Sí. Empiezan a imaginar su mundo por sí mismos. A pensar, a crear palabras. A explicar la historia.
—Me pregunto si piensa alguna vez en la muerte.
—¿Puede alguien pensar en la muerte? —preguntó Ramchandra—. Uno sólo puede alcanzarla. Como Bob… ¿Puede uno soñar que duerme?
La luz suave de un gris polvoriento se intensificó al despejarse el cielo, al alejarse silenciosas las nubes hacia el este.
—Parecía angustiado, en el sueño —murmuró Tamara—. Asustado.
Como si Bob pagase… la deuda.
—Tamara, Tamara, vas delante de mí, siempre delante —tenía la frente apoyada en sus pechos; Tamara le acarició dulcemente el pelo.
—Ramchandra —dijo—, creo que quiero volver a casa. Quiero irme de este lugar. Volver al mundo real.
—Ve delante, yo te sigo.
—Oh, eres humilde, mentiroso, farsante, danzarín, eres tan humilde, pero en realidad, te da igual, ¿eh? No tienes miedo.
—Ya no —dijo él, en un susurro, apenas audible.
—¿Cuánto hace que comprendes lo que sucede aquí? ¿Desde que bailaste con Bro-Kap y los otros, por primera vez, aquel día?
—No, no. Sólo ahora, desde tu sueño, esta noche, ahora. Tú lo viste. Lo único que puedo hacer yo es decirlo. Pero sí, si lo prefieres, puedo decirlo porque lo he sabido siempre. Hablo mi lengua materna, porque tú me has llevado a mi hogar. La casa bajo los árboles tras el templo de Siva, en un suburbio de Calcuta… ¿es ése mi hogar? ¿Es éste? El mundo, el mundo real, ¿cuál es? ¿Qué importa? ¿Quién soñó la Tierra? Un soñador mayor que tú y que yo, pero nosotros somos el soñador, Sakti, y los mundos perdurarán mientras nuestro deseo perdure.
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