La rosa de los vientos
Capítulo CC
Creo que lo que ha hecho el doctor Speakie es maravilloso. Es un hombre maravilloso. Lo creo. Creo que la gente necesita creencias. Si yo no creyera en algo, no sé realmente lo que pasaría.
Y si el doctor Speakie no hubiera creído realmente en su trabajo, seguro que no podría haber hecho lo que hizo. ¿De dónde habría sacado el valor?
Lo que hizo demuestra que su sinceridad era auténtica.
Hubo un tiempo en que muchísima gente intentó sembrar dudas sobre él. Decían que buscaba poder. Eso jamás fue cierto. Lo único que quiso desde el principio fue ayudar a la gente y lograr un mundo mejor. Quienes decían que buscaba sólo poder y que era un dictador eran precisamente los mismos que decían que Hitler estaba loco y que Nixon estaba loco y que todos los dirigentes del mundo estaban locos y que la carrera armamentista era una locura y nuestro desperdicio de los recursos naturales era una locura y toda la civilización mundial cosa demencial y suicida. Siempre andaban con eso. Y lo decían del doctor Speakie. Pero él puso fin a esa locura, ¿no?
Así que tenía razón desde el principio y tenía razón al creer en sus creencias.
Yo empecé a trabajar para él cuando le nombraron jefe de la Oficina Psicométrica. Yo trabajaba en la ONU y cuando el Gobierno Mundial ocupó el edificio de la ONU de Nueva York, me trasladaron a la planta treinta y cinco como secretaria jefe del despacho del doctor Speakie. Yo ya sabía que era un puesto de mucha responsabilidad y estuve nerviosísima toda la semana anterior a mi incorporación a mi nuevo puesto. Tenía muchísimas
ganas de conocer al doctor Speakie porque, claro, ya era famoso. El lunes por la mañana llegué a las nueve en punto, y cuando entró él, fue maravilloso. Parecía tan cordial… Veías que tenía presentes siempre sus responsabilidades, pero parecía tan sano y positivo y andaba con aquel brío… a mí se me ocurrió que era como si tuviera bolas de goma en las punteras de los zapatos. Sonrió, me estrechó la mano y dijo, con aquel tono tan cordial, tan seguro: «¡Usted debe ser la señora Smith! Me han contado maravillas de usted. ¡Vamos a formar un equipo estupendo, señora Smith!».
Posteriormente, me llamaría ya por mi nombre de pila, claro.
Aquel primer año trabajamos sobre todo en información. La presidencia del Gobierno Mundial y todos los estados miembros tenían que estar plenamente informados de la naturaleza y la finalidad de la prueba CC, antes de que pudiese concluirse la cumplimentación concreta de su aplicación. Eso también fue bueno para mí, pues al preparar toda aquella información aprendí lo necesario sobre el asunto. Al tomar las notas que me dictaba el doctor, lo aprendí casi todo de sus propios labios. En mayo, tenía ya un nivel de «especialista» suficiente para poder preparar para publicación el folleto informativo básico de CC, a partir únicamente de las notas del doctor Speakie. Fue un trabajo realmente fascinante. En cuanto empecé a comprender el plan de la prueba CC empecé a creer en él. Y lo mismo les sucedió a todos los del despacho y de la oficina. El entusiasmo científico y la sinceridad del doctor Speakie eran contagiosos. Tuvimos que someternos a la prueba desde el principio mismo cada quince días, claro; algunas secretarias se ponían nerviosas antes de la prueba, pero yo no me puse nerviosa nunca. Era tan evidente que la prueba era correcta… si el resultado era inferior a 50, era agradable saber que estabas sano; pero aunque fuese superior a 50, era también magnífico, porque entonces podían ayudarte. Y, de todos modos, siempre es mejor saber la verdad sobre uno mismo.
En cuanto el servicio de información funcionó ya sin problema, el doctor Speakie centró su atención principalmente en la aplicación del programa de formación de los valoradores y en la planificación estructurada de los Centros de Curación, sólo que les cambió el nombre, llamándose desde entonces Centros de Superación CC. Parecía ya entonces un trabajo
de gran importancia. ¡No teníamos ni idea, claro, de la envergadura que alcanzaría!
Como dijo él al principio, formábamos un equipo excelente.
Trabajábamos todos de firme, pero siempre tenías tus compensaciones.
Recuerdo un día maravilloso. Yo había acompañado al doctor Speakie a la asamblea del consejo de la Oficina Psicométrica. El enviado del estado de Brasil comunicó que su estado había adoptado las recomendaciones de la Oficina para la Prueba Universal… Nosotros ya sabíamos que se iba a comunicar esta noticia. ¡Pero luego, el delegado de Libia y el delegado de China comunicaron que sus estados habían adoptado también la prueba!
Oh, durante un minuto la cara del doctor fue exactamente como el sol, resplandecía. Ojalá pudiera recordar exactamente lo que dijo, sobre todo al delegado chino, porque China, claro, era un estado muy grande y su decisión tenía una gran trascendencia. Por desgracia, no conservo sus palabras exactas, porque estaba cambiando en ese momento la cinta de la grabadora. Pero dijo algo así, más o menos: «Caballeros, éste es un día histórico para la humanidad…». Luego, se puso a hablar de la cumplimentación concreta de los Centros de Aplicación en que se efectuarían las pruebas, y los Centros de Superación, a los que irían si el resultado era más de 50, y de cómo organizar la infraestructura de las valoraciones y administraciones de la prueba a tan gran escala, etc., etc.
Siempre era modesto y práctico. Prefería hablar de hacer el trabajo que hablar de lo importante que era el trabajo. Solía decir esto: «En cuanto sabes lo que estás haciendo, en lo único que tienes que pensar es en cómo hacerlo». Creo que es absolutamente cierto.
A partir de entonces, pudimos encomendar el programa de información a un subdepartamento y concentrarnos en cómo hacerlo. ¡Qué tiempos tan emocionantes fueron aquéllos! Se incorporaron al plan muchísimos estados uno tras otro. ¡Cuando pienso en todo lo que tuvimos que hacer, me asombra que no nos volviésemos locos todos! Bueno, la verdad es que parte del personal de la oficina suspendió su prueba trimestral. Pero la mayoría de los que trabajábamos en la Oficina Ejecutiva con el doctor Speakie nos mantuvimos absolutamente estables, aunque trabajábamos todo el día y la mitad de la noche. Creo que su presencia nos inspiraba. Siempre estaba
tranquilo y optimista, aunque tuviéramos que resolver problemas como la formación de 113.000 valoradores chinos en tres meses: «¡Siempre puedes descubrir “cómo” si sabes exactamente “porqué”!», decía. Y siempre lo conseguíamos.
Recordándolo ahora, es realmente asombroso un trabajo de tanta envergadura… más de la que nadie, ni siquiera el doctor Speakie, hubiese imaginado. Lo cambió todo. Sólo se puede uno hacer cargo de eso si se para a pensar cómo eran las cosas antes. ¡Pensar que cuando empezamos a planificar la Prueba Universal para el estado de China sólo teníamos previstos 1.100 Centros de Superación con 6.800 empleados! Parece un chiste, ¡pero no lo es! Ayer estuve repasando expedientes antiguos para comprobar que todo estaba en orden y encontré el primer Plan de Cumplimentación de China, donde figuran por escrito esas cifras.
Creo que el motivo de que hasta el doctor Speakie tardara en hacerse cargo de la magnitud de la operación fue que, aunque era un gran científico, era también un optimista. En realidad, seguía esperando contra toda esperanza que los coeficientes medios empezaran a bajar y eso le impidió ver que la aplicación universal de la prueba acabaría incluyendo a todos los habitantes del mundo, bien como pacientes o como personal.
Cuando casi todas las Rusias y todos los estados africanos adoptaron las recomendaciones y empezaron a aplicarlas diligentemente, los debates de la asamblea general del Gobierno Mundial se animaron muchísimo. Fue en ese período cuando se hicieron tantas críticas a la prueba y al doctor Speakie. Recuerdo muy bien que se ponía furioso leyendo la información del World Times sobre los debates. Cuando acompañaba al doctor Speakie a las reuniones de la asamblea general como secretaria suya, tenía que permanecer allí sentada escuchando personalmente a toda aquella gente que le insultaba personalmente, que le calumniaba poniendo en duda sus motivaciones y poniendo en entredicho su integridad científica y hasta su sinceridad. Muchas de aquellas personas eran de lo más desagradables y estaban claramente desequilibradas. Pero él nunca perdía el control. Se levantaba y les demostraba una vez más que la prueba CC mostraba real, literal y científicamente si el sometido a la misma estaba o no en su sano juicio, y los resultados podían comprobarse y todos los psicometristas los
aceptaban. Así que los partidarios de la prohibición de la prueba no pudieron hacer otra cosa que vociferar sobre la libertad y acusar al doctor Speakie y a la Oficina Psicométrica de intentar «convertir el mundo en un inmenso asilo para locos». Él siempre contestaba con tranquilidad y firmeza, preguntándoles cómo creían que podía ser «libre» una persona si carecía de salud mental. Lo que ellos llamaban libertad muy bien podría ser un sistema delirante sin contacto alguno con la realidad. Para determinarlo, lo único que había que hacer era pasar la prueba. «Salud mental es libertad», decía. «“La vigilancia eterna es el precio de la libertad”, dicen, y ahora tenemos un perro guardián eternamente vigilante: ¡la prueba CC!
¡Sólo los que pasan la prueba pueden ser de verdad libres!».
A esto nada podían contestar, en realidad. Tarde o temprano, hasta los delegados de estados miembros en los que el movimiento de prohibición de la prueba era fuerte acabarían solicitando voluntariamente someterse a la prueba CC para demostrar que tenían la salud mental precisa para hacerse cargo de sus responsabilidades. Luego, los que pasaban la prueba y continuaban en su puesto empezaron a trabajar en pro de la aplicación universal en su estado natal. Los disturbios y las manifestaciones e incidentes como la quema de las Cámaras del Parlamento de Londres en el estado de Inglaterra (sede del Centro CC Nor-Eurp), y la rebelión vaticana, y la bomba H chilena, fueron obra de fanáticos dementes que apelaron a los elementos más inestables del populacho. Esos fanáticos, como indicaron el doctor Speakie y el doctor Waltraute en su informe a la presidencia, fomentaron y utilizaron la demostrada inestabilidad de la multitud, la
«psicosis de masas». La única respuesta a un delirio generalizado de este tipo era la aplicación inmediata del programa de pruebas en los estados afectados y la ampliación inmediata del programa de asilos.
Lo de llamar a los Centros de Superación «asilos» fue una decisión personal del doctor Speakie. Tomó el término directamente de boca de sus enemigos. Dijo: «Asilo significa lugar de refugio, lugar de curación. Que no haya ningún estigma ligado a la palabra “loco”, a la palabra “asilo”, a las palabras “asilo de locos”. ¡No! Pues el asilo es el refugio de salud mental, el lugar de curación, donde el angustiado alcanza la paz, donde el débil consigue reunir fuerzas, donde los que están presos de una valoración
impropia de la realidad acceden a la libertad. Utilicemos con orgullo la palabra “asilo”. Vayamos con orgullo al asilo, a trabajar para recuperar esa salud mental otorgada por Dios, o para trabajar con otros menos afortunados ayudándoles a que recuperen su derecho inalienable a la salud mental. Y que sobre la puerta de todos los asilos del mundo se escriba con grandes letras esta palabra: “¡BIENVENIDOS!”».
Estas palabras pertenecen a su gran discurso a la asamblea general el día en que la presidencia decretó la Aplicación Mundial General. Yo escucho mi grabación del discurso una o dos veces al año. Aunque estoy siempre demasiado ocupada para llegar a sentirme realmente deprimida, de vez en cuando siento la necesidad de un pequeño estímulo, y entonces pongo esa grabación. Siempre me hace volver a mis deberes renovada y llena de inspiración.
Considerando todo el trabajo que había que hacer, pues los resultados de la prueba seguían siendo siempre un poco más altos de lo que calculaban los analistas de la Oficina Psicométrica, la presidencia del Gobierno Mundial hizo un trabajo excelente los dos años que se encargó de administrar la Prueba General. Hubo un largo período, seis meses, en que parecieron estabilizarse los resultados, con más o menos la mitad de las valoraciones por encima de cincuenta y la otra mitad por debajo. Se pensó entonces que si el cuarenta por ciento de los mentalmente sanos pasaban a desempeñar tareas de personal de asilo, el otro sesenta por ciento podría mantener en funcionamiento los servicios básicos mundiales como la agricultura, el suministro de energía, el transporte, etc. Esta proporción hubo de invertirse al descubrirse que un sesenta por ciento de los mentalmente sanos se ofrecían voluntariamente a trabajar como personal, a fin de estar con sus seres queridos. Hubo algunos problemas entonces para que funcionasen los servicios mundiales básicos rutinarios. Sin embargo, ya entonces, se estaban preparando planes de emergencia para incluir tierras de cultivo, fábricas, centrales de energía, etc., en los territorios de asilos y para asignar el trabajo en los servicios mundiales básicos rutinarios como terapia de rehabilitación, de modo que los asilos llegaran a ser totalmente autosuficientes en caso de que se juzgase aconsejable. Fue esto tarea especial del presidente Kim, que trabajó por ello durante todo su mandato.
Los acontecimientos demostraron lo adecuado de su planificación. Parecía un hombrecito tan agradable y sabio… Aún recuerdo el día que el doctor Speakie entró en el despacho y comprendí de inmediato de que algo iba mal. No es que él llegase nunca realmente a estar deprimido o a reaccionar con emoción impropia, pero era como si las bolas de goma de sus zapatos se hubieran deshinchado un poquito. Había un levísimo temblor de sincera aflicción en su voz cuando dijo: «Mary Ann, me temo que tenemos una mala noticia». Luego sonrió, para tranquilizarme, porque sabía la presión a la que estábamos sometidos en el trabajo y, por supuesto, no quería causarle a nadie un trauma que pudiera hacer subir más el coeficiente en la siguiente prueba trimestral. «Se trata del presidente Kim», dijo, y yo comprendí enseguida… me di cuenta que no quería decir que el presidente estuviera enfermo o hubiera muerto.
«¿Más de cincuenta?», pregunté, y él se limitó a decir sosegada y tristemente: «55».
Pobre presidente, ¡trabajando con tanta eficiencia aquellos tres meses mientras su mala salud mental se agravaba! Fue muy triste y también un aviso útil. Nada más ingresar al presidente Kim se iniciaron consultas al más alto nivel. Y se tomó la decisión de hacer la prueba mensualmente, en vez de trimestralmente, a todas las personas que desempeñaban cargos ejecutivos.
Los coeficientes habían empezado a subir de nuevo antes ya de tomar esta decisión. Esto no le preocupó al doctor Speakie. Él ya había predicho que tal aumento era sumamente probable durante el período de transición a cordura mundial. Al ir disminuyendo el número de los mentalmente sanos que vivían fuera de los asilos, la tensión que pesaba sobre ellos aumentaría, y serían más propensos al derrumbe… como le había sucedido al pobre presidente Kim. Más tarde, predecía el doctor Speakie, cuando los rehabilitados empezaran a salir de los asilos en número creciente, esta tensión disminuiría. Disminuiría también el hacinamiento en los asilos y el personal tendría más tiempo para trabajar en terapia orientada individualmente, lo cual conduciría a un aumento más espectacular aún del número de rehabilitados dados de alta. Por último, cuando se perfeccionase totalmente el proceso terapéutico, ya no quedarían asilos en el mundo.
Todas las personas serían mentalmente sanas o «neo-normales», como le gustaba decir al doctor Speakie.
El problema planteado en el estado de Australia precipitó la crisis de gobierno. Algunos funcionarios de la Oficina Psicométrica acusaron a los valoradores australianos de falsificar los resultados de la prueba, pero eso es imposible porque todos los ordenadores están conectados al Banco Central Computado del Gobierno Mundial de Keokuk. El doctor Speakie sospechaba que los valoradores australianos habían falsificado la propia prueba, e insistió en que todos fueran sometidos de inmediato a la misma.
Tenía razón, claro. Había sido una conspiración y los coeficientes sospechosamente bajos de la prueba australiana se debían al uso de una prueba falsa. ¡Muchos de los conspiradores tuvieron coeficientes superiores a 80 cuando se les obligó a someterse a la prueba auténtica! El gobierno del estado de Canberra había sido imperdonablemente negligente. Si se hubieran limitado a admitirlo, no habría pasado nada. Pero se pusieron histéricos y trasladaron el gobierno del estado a un rancho ovejero de Queensland e intentaron retirarse del Gobierno Mundial. (El doctor Speakie dijo que se trataba de una psicosis de masas típica: evasión de la realidad, seguida de fuga y repliegue autista). Desgraciadamente, la presidencia parecía paralizada. Australia se separó el día antes de que tuvieran que pasar la prueba mensual el presidente y la presidencia. Y es probable que tuvieran miedo a que su coeficiente aumentara al tener que tomar decisiones difíciles. Así que la Oficina Psicométrica se ofreció a ocuparse del asunto voluntariamente. El propio doctor Speakie fue en avión con las bombas H y ayudó a arrojar los folletos informativos. Nunca le faltó valor personal.
Una vez concluido el incidente australiano, resultó que casi todos los miembros de la presidencia, incluido el presidente Singh, tuvieron un coeficiente superior a cincuenta. En consecuencia, la Oficina Psicométrica tuvo que hacerse cargo temporalmente de sus funciones. Esto era muy razonable, incluso planteado a largo plazo, dado que todos los problemas con que se enfrentaba ya el Gobierno Mundial se relacionaban con la aplicación y valoración de la prueba, la formación de personal y la tarea de proporcionar estructuración autónoma a todos los asilos.
A nivel personal esto significó que el doctor Speakie, como jefe de la Oficina Psicométrica, se convirtió en presidente interino de los Estados Unidos del Mundo. Yo, como su secretaria personal, estaba orgullosísima de él, he de confesarlo. Pero él nunca permitió que se le subiese a la cabeza.
Era tan modesto… A veces, cuando me presentaba, solía decir: «Ésta es Mary Ann, mi secretaria —lo decía con un guiño—, y si no fuese por ella, hace mucho que yo habría tenido más de cincuenta de coeficiente».
En ocasiones, cuando los índices del CC mundial subían y subían, me sentía algo desanimada. Una vez, las cifras de la prueba de la semana dieron una media de 71.
«¡Doctor —dije—, a veces creo que el mundo entero está volviéndose loco!».
«Mírelo de este modo, Mary Ann —dijo él—. Piense en la gente de los asilos. 3.100 millones son pacientes y 1.800, personal; pero piense en ellos.
¿Qué es lo que hacen? Están haciendo su terapia, haciendo trabajo de rehabilitación en granjas y fábricas y esforzándose continuamente para ayudarse y conseguir la salud mental. El coeficiente de cordura inverso predominante es, sin duda, muy alto en este momento; están mayoritariamente locos, sí. Pero tiene usted que admirarlos. Están luchando por la salud mental. ¡Lo conseguirán… no lo dude!».
Y luego, bajó la voz y dijo, como para sí, mirando por la ventana y alzándose sólo un poquito sobre las bolas de goma de los pies: «Si no lo creyera, no podría seguir».
Y yo sabía que pensaba en su esposa.
La señora Speakie había tenido un coeficiente de 88 en la primera prueba universal norteamericana. Llevaba años en el gran asilo del territorio de Los Ángeles.
¡Los que aún creen que el doctor Speakie no era sincero deberían pensarlo un poco más! Renunció a todo por su creencia.
Y aunque los asilos iban todos muy bien y las epidemias de África del Sur y las hambres de Texas y Ucrania estaban bajo control, la carga de trabajo que pesaba sobre el doctor Speakie no disminuía nunca, porque el personal de la Oficina Psicométrica iba disminuyendo mes tras mes, pues
siempre había algunos que no superaban la prueba mensual y había que enviarles al asilo.
Yo no podía conservar el personal secretarial más de uno o dos meses. Y
cada vez era más difícil encontrar sustitutos, además, pues casi todos los jóvenes cuerdos se ofrecían como voluntarios para trabajar como personal de asilos, dado que la vida era mucho más fácil y más entretenida en los asilos que fuera. ¡Era todo tan cómodo y había muchísimos amigos y conocidos! La verdad es que envidiaba a aquellas chicas; pero sabía dónde estaba mi puesto.
Al menos aquí en el edificio de la ONU o Torre Psicométrica, como se llamaba hacía tiempo, la vida era mucho más tranquila. Era muy frecuente que en todo el edificio no hubiese nadie más en todo el día que el doctor Speakie y yo, y puede que Bill, el portero (Bill tenía siempre un coeficiente de 32, como un reloj, cada trimestre).
Todos los restaurantes estaban cerrados, en realidad casi todo Manhattan estaba cerrado, pero hacíamos una divertida excursión al antiguo local de la asamblea general. Y siempre había alguna llamada de Buenos Aires o de Reykiavik pidiendo consejo al doctor Speakie en su calidad de presidente interino sobre algún problema.
Pero el pasado 8 de noviembre, nunca olvidaré la fecha, cuando el doctor Speakie estaba dictando el referéndum para el crecimiento económico mundial del próximo período de cinco años, se interrumpió de pronto.
«Por cierto, Mary Ann —dijo—, ¿qué tal su último coeficiente?».
Habíamos hecho la prueba hacía dos días, el 6, hacíamos siempre la prueba a primeros de mes. Al doctor Speakie ni siquiera se le habría ocurrido excluirse de las normas de la Prueba Universal.
«Tuve 12», dije antes de reparar en lo extraño que era que me lo preguntara. O, no exactamente que me lo preguntara, porque nos decíamos nuestros coeficientes muchas veces, sino que me lo preguntara entonces, en medio de un importante asunto de gobierno.
«Estupendo —dijo, moviendo la cabeza—. ¡Es usted estupenda, Mary Ann! Dos puntos menos que en la prueba del mes pasado, ¿no?».
«Siempre ando entre diez y catorce —dije—. No es nada nuevo, doctor».
«Algún día —dijo, y en su rostro se dibujó la misma expresión que cuando pronunció su gran discurso sobre los asilos—, algún día, este mundo estará gobernado por hombres aptos para gobernarlo. Hombres que tengan un coeficiente cero. ¡Cero, Mary Ann!».
«Bueno, vaya por Dios, doctor —dije, bromeando… su apasionamiento casi me alarmó un poco—. ¡Ni siquiera usted ha bajado de tres, y de eso hace ya un año o más!».
Me miró como si no me viera. Aquello era muy raro.
«Algún día —dijo, en el mismo tono— no habrá en el mundo nadie que tenga un coeficiente superior a 50. ¡Llegará un día en que no habrá en el mundo nadie con coeficiente superior a 30! ¡Mayor de 10! Se perfeccionará la terapia. Yo fui sólo el diagnosticador. ¡Pero la terapia se perfeccionará!
¡Se hallará la cura! ¡Algún día!».
Siguió mirándome y luego dijo: «¿Sabe usted qué coeficiente saqué el lunes?».
«7», aventuré rápidamente. Era la cifra que me había dicho la última vez.
«92», dijo.
Me eché a reír, pues él parecía reírse también. Siempre había tenido un sentido del humor juguetón. Pero pensé que debíamos volver al plan de crecimiento económico mundial, así que dije, entre risas: «¡Es un chiste malísimo, doctor!».
«92 —dijo él—. Y ya sé que usted no me cree, Mary Ann, pero eso es por el melón».
«¿Qué melón, doctor?», dije. Y fue entonces cuando él saltó por encima de su escritorio e intentó morderme la yugular.
Recurrí a una llave de yudo y llamé a gritos a Bill, el portero. Cuando Bill llegó, llamé a una robo-ambulancia para que se llevase al doctor Speakie al asilo.
Hace seis meses de eso. Visito al doctor Speakie todos los sábados. Es muy triste. Está en el pabellón de los violentos, y en cuanto me ve, se pone a gritar y a echar espuma por la boca. Pero no lo tomo como algo personal.
Nunca se debe tomar como algo personal la mala salud mental. Cuando se perfeccione la terapia, se rehabilitará completamente. Mientras tanto, yo sigo aquí. Bill mantiene limpios los pisos y yo llevo el Gobierno Mundial.
En realidad, no es tan difícil como pudiera parecer.
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