La rosa de los vientos
Calderilla
Calderil a
—Calderilla —dijo mi tía, cuando le puse el óbolo en la lengua—.
Necesitaré algo más que eso en el lugar al que voy.
Es cierto que la moneda era muy pequeña. Mi tía tenía exactamente el mismo aspecto que unas horas antes, salvo que no respiraba.
—Adiós, tía —dije.
—¡Aún no me voy! —replicó ella; siempre la sacaba de quicio—. ¡Hay en la casa habitaciones cuyas puertas ni siquiera he abierto!
Yo no sabía de qué hablaba. Esta casa tiene dos habitaciones.
—Este óbolo tiene un sabor raro —dijo, tras un largo silencio—. ¿De dónde lo sacaste?
No quería decirle que era una moneda de la buena suerte, un cequí de cobre, no dinero, aunque era redondo como una moneda, y que lo había llevado en el bolsillo un año o más, desde que lo encontré a la puerta del patio del ladrillero. Lo había limpiado, claro, pero mi tía tenía una lengua muy sensible y lo que saboreaba ahora, junto con el gusto a sangre reseca del cobre, era barro pisoteado, cerotes de perro, polvo de ladrillo y el interior de mi bolsillo. Fingí no haber entendido la pregunta que me formulaba.
—Es un milagro que tuvieras esto incluso —dijo mi tía—. ¡Me asombraría que te quedara un centavo en el bolsillo después de un mes sin mí! ¡Pobrecilla!
Habría suspirado si hubiese tenido respiración. No suponía yo que siguiera preocupándose por mí después de morirse. Me eché a llorar.
—Está bien —dijo mi tía con satisfacción—. Pero no sigas llorando mucho tiempo. Ahora no me iré muy lejos. Sólo quiero saber a qué habitación da esa puerta.
Al levantarse parecía más joven, más joven de lo que era cuando yo nací. Cruzó la habitación con agilidad y abrió una puerta que yo ni siquiera me había enterado de que existiera.
—¡Lila! —le oí decir, en un tono sorprendido y alegre.
Lila era el nombre de su hermana, mi madre.
—Por amor de Dios, Lila —dijo mi tía—. ¿No habrás estado esperando aquí once años?
No pude oír lo que le contestaba mi madre.
—Siento muchísimo dejar a la chica —dijo mi tía—. Hice lo que pude, me esforcé al máximo. Es una buena chica. ¡Pero qué será ahora de ella!
Mi tía no lloraba nunca y ahora no tenía lágrimas; pero su angustia por mí me hizo llorar otra vez; estaba asustada y me daba pena de mí misma.
Mi madre salió de la nueva habitación bajo la forma de una crisopa y me vio llorando. A los vivos las lágrimas les saben saladas, pero a los muertos les saben dulces; y a los muertos les gustan los dulces, al principio.
Yo no sabía todo esto entonces. Me alegraba tener a mi madre junto a mí, aunque fuese como una mosca pequeñita. Era una alegría del tamaño de una mosca.
Eso era todo lo que quedaba de mi madre en la casa y ella había conseguido lo que quería; así que mi tía continuó.
La habitación en la que estaba era grande y bastante oscura, como un almacén, iluminada sólo por una claraboya. A lo largo de toda una pared había ruecas llenas de hilo hilado, en hileras, y justo donde caía directamente la luz de la claraboya, había un telar. Mi tía había sido una excelente tejedora e hilandera toda la vida, así que le tentaban muchísimo aquellas bobinas de hilo uniforme y delicado, tan bien hilado como el mejor que ella hubiera podido hilar. El telar estaba tensado y con la lanzadera dispuesta. Pero tejer lino es un arte delicado. Si empezaba una mortaja le llevaría mucho tiempo terminarla y, por mucho que deseara una buena mortaja, no era persona capaz de empezar una tarea y dejarla a medias. Así que siguió preocupándose por lo que iba a ser de mí. Pero ya había decidido
dejar sin hacer las tareas de la casa (puesto que las tareas de la casa nunca se acaban) y aceptó dejar que otros se ocuparan de su mortaja. Esperaba que al menos yo eligiese una sábana limpia, bien remendada. Pero no pudo resistir la tentación de coger el extremo del hilo de una de las ruecas y tantearlo entre el índice y el pulgar para comprobar si era fuerte y uniforme; y siguió desenroscando el hilo entre pulgar e índice mientras seguía su camino.
Y menos mal que lo hizo, pues la nueva habitación daba a un pasillo con muchas puertas, cada una de las cuales daba a otros pasillos y habitaciones, un laberinto en el que se habría perdido de no ser por el hilo de lino.
Aunque algo polvorientas, las habitaciones estaban limpias y no tenían muebles. En una de ellas, mi tía encontró un juguete: un caballo de madera.
Estaba toscamente tallado, las patas delanteras de una sola pieza e igual las traseras. Una especie de caballo de dos patas y ojos lisos y redondos que ella creyó recordar, aunque no estaba segura.
En otra habitación, alargada y estrecha, había muchos utensilios de cocina nuevos y cacerolas en un mostrador y tres botones de cuerno colocados en hilera.
Al final de un largo pasillo, hacia el que la atrajo un brillo que se reflejaba al fondo, había una especie de motor, que era, desde luego, algo que mi tía no había visto nunca.
En una habitación pequeña sin tragaluz pesaba en el ambiente un olor acre e intenso que ocupaba la estancia como un ser vivo atrapado en ella.
Mi tía salió de aquella habitación precipitadamente, trastornada.
Aunque el encontrar aquellas habitaciones que ella ignoraba que hubiera en su casa había despertado su curiosidad, sus investigaciones y el silencio le producían una sensación de agobio y desasosiego. Se detuvo un momento a la puerta de la habitación en que había aquel olor intenso, intentando tomar una decisión. Esto no solía llevarle mucho tiempo. Empezó a seguir el hilo hacia atrás, enrollándolo en los dedos de la mano izquierda según retrocedía. Este proceso exigía más atención que desenrollarlo y, alzando la vista del hilo enredado, descubrió desconcertada que estaba en una habitación por la que no recordaba haber pasado pero que difícilmente
podía haber cruzado sin darse cuenta, pues era muy grande. Las paredes eran de piedra veteada, de vetas muy finas y bellas, de un tono gris claro, con figuras como de cartas de astrólogo de las constelaciones, incrustradas en hilo de oro, delicadas líneas que unían estrellas o cúmulos estelares. El techo era alto y claro, el suelo de mármol oscuro desgastado. Era como una iglesia, pensó mi tía, pero no una iglesia religiosa (eso es lo que pensaba ella). Los dibujos de las paredes eran como ilustraciones de libros de estudio, y la habitación era como el salón de la gran biblioteca de la ciudad; no había libros, pero el lugar era majestuoso y sereno y reinaba en él una quietud muy plácida y agradable para el espíritu de mi tía. Estaba cansada de andar y decidió descansar allí.
Como no había muebles, se sentó en el suelo, en el rincón más próximo a la puerta de la habitación a que le había conducido el hilo. Mi tía era una mujer a quien le gustaba tener una pared en que apoyar la espalda. Las invasiones la habían hecho sentirse inquieta en los espacios abiertos, siempre miraba por encima del hombro. Aunque, ¿quién podía hacerle daño ya?, como se decía ella misma, allí sentada. Pero, como ella misma se dijo, nunca puedes estar segura.
Las líneas de hilo de oro de las paredes arrastraron su vista a lo largo de ellas, mientras seguía descansando allí. Algunas de las figuras que formaban parecían familiares. Mi tía empezó a pensar que aquellas formas o figuras eran un mapa del laberinto en el que estaba, que los hilos representaban corredores y las estrellas habitaciones. O quizá las estrellas representaran las puertas de las habitaciones, cuyas paredes no se dibujaban. Podía regresar con bastante seguridad al primer pasillo y volver a la habitación de las ruecas; pero en el extremo más alejado de ellas, donde debía estar la parte vieja de nuestra casa, continuaban las figuras, que se parecían bastante más a las constelaciones celestes conocidas de principios de invierno. Mi tía no estaba segura de entender el mapa, en realidad, pero siguió estudiándolo, hasta que empezó a ver el camino. Se levantó entonces y regresó, siguiendo el hilo de lino y recogiéndolo en la mano izquierda, hasta que llegó.
Allí estaba yo, en la misma habitación, llorando aún. Mi madre se había ido. Las crisopas son unas moscas que tardan años en nacer, y luego viven
sólo un día. Los hombres de la funeraria salían en aquel momento, y tuve que seguirles, así que mi tía vino a su funeral, aunque no quería dejar la casa. Intentó llevarse el ovillo de hilo, pero se le rompió nada más cruzar el umbral. La oí maldecir entre dientes, como hacía siempre cuando se le rompía un hilo o se le caía el azúcar: «¡Maldita sea!», dijo, en un susurro.
A ninguna de las dos nos gustó nada el funeral. Mi tía se asustó muchísimo cuando empezaron a echar otra vez la tierra en la tumba.
Empezó a gritar: «¡No puedo respirar! ¡No puedo respirar!»… y a mí eso me dio tanto miedo que creí que era yo misma quien hablaba, yo misma la que me ahogaba; y me desmayé. Tuvieron que ayudarme a levantarme y a llegar a casa. Me sentí tan avergonzada y confusa entre ellos, que perdí a mi tía.
Una vecina, que nunca había sido demasiado amable con nosotras, se compadeció de mí y se portó con gran bondad. Me habló tan sabiamente que reuní el valor suficiente para preguntarle: «¿Dónde está mi tía?
¿Volverá?». Pero no lo sabía y sólo dijo cosas para consolarme. No soy tan lista como la mayoría de la gente, pero sabía que para mí no había consuelo.
La vecina se aseguró de que podía arreglármelas sola y aquella noche envió a uno de sus hijos a traerme la cena en un plato. La tomé y estaba muy buena. No había comido nada desde que mi tía se había ido a la otra parte de la casa.
De noche, después de oscurecer, estaba sola, echada en el dormitorio. Al principio me sentía bien y contenta por lo que había comido. Hice como que mi tía estaba allí durmiendo en la misma habitación, como siempre.
Luego me asusté y el miedo aumentó en la oscuridad.
Mi tía salió del suelo, del centro de la habitación. Los mosaicos rojos se combaron y se abrieron. El cabello y la cabeza de mi tía se abrieron paso entre los mosaicos y luego apareció también el cuerpo. Estaba muy oscura, como tierra, y era mucho más pequeña de lo que había sido.
—¡Déjame en paz! —dijo.
Yo tenía demasiado miedo para poder hablar.
—¡Déjame libre! —dijo mi tía.
Pero, en realidad, no era mi tía. Era sólo una parte vieja de ella que había vuelto por debajo de la tierra, del cementerio, porque yo la necesitaba.
No me gustaba aquella parte suya, no la quería allí. Me eché a llorar y dije:
—¡Vete! ¡Vuelve!
Y escondí la cabeza entre los brazos.
Mi tía hizo un ruidito restallante, como un cesto de mimbre. Yo seguí con los ojos tapados tanto tiempo que casi me quedé dormida. Cuando miré, no había nadie, o sólo una especie de zona más oscura en el aire, y los mosaicos no estaban rotos. Me dormí.
A la mañana siguiente cuando desperté, daba el sol en la ventana y todo estaba en orden, pero yo no me sentía capaz de pasar por la parte del suelo de la que había surgido mi tía a través de los mosaicos.
Después de aquella noche, me daba miedo llorar porque, si lo hacía, ella podría volver a saborear el dulzor o a reñirme. Pero la casa estaba muy sola ahora que ella estaba enterrada y se había ido. No tenía idea de qué podía hacer sin ella. La vecina vino y me habló de buscarme un trabajo y me dio de comer otra vez. Pero al día siguiente vino un hombre; dijo que le enviaba un acreedor. Se llevó el baúl de la ropa de cama y los trajes. Aquel mismo día, más tarde, por la noche, volvió, porque había visto que yo estaba sola.
Esta vez no abrí la puerta. Él hablaba con suavidad al principio, intentando convencerme para que le dejase entrar y luego empezó a decir en voz baja que me haría daño, pero no abrí la puerta ni le contesté. Al día siguiente vino otra persona, pero yo había arrimado la cama a la puerta para que no pudieran entrar. Quizá fuese el niño de la vecina, pero me dio miedo mirar.
Me sentía más segura quedándome en la habitación de atrás. Después vino más gente y llamó pero no contesté y se fueron también.
Me quedé en la habitación de atrás hasta que al fin vi la puerta en la que mi tía había entrado aquel día.
Y fui y la abrí. Estaba segura de que ella estaría allí. Pero la habitación estaba vacía. El telar y las ruecas habían desaparecido y no había nadie.
Seguí por el pasillo, pero no llegué muy lejos. No podía encontrar sola el camino por todos aquellos pasillos y habitaciones, ni entendía los dibujos de las estrellas. Me sentía tan desdichada y asustada que retrocedí y me metí arrastrándome en mi propia boca y me escondí allí.
Mi tía vino a buscarme. Estaba muy enfadada. Yo siempre la sacaba de quicio. Lo único que dijo fue: «¡Vamos!» y me cogió de la mano y me
arrastró. Luego dijo: «¡Debería darte vergüenza!». Cuando llegamos a la orilla del río me miró muy seria. Me lavó la cara en el agua oscura de aquel río; me alisó el cabello con las palmas de las manos. Dijo:
—Tenía que haberlo imaginado.
—Lo siento, tía —dije.
—Sí, claro —dijo ella—. Venga, vamos. ¡Mucho cuidado!
La barca había cruzado el río y estaba ya en el desembarcadero.
Bajamos hasta el desembarcadero, entre los juncos, al oscurecer. Ya se había puesto el sol; no había luna ni estrellas, no soplaba el viento. El río era tan ancho que no se veía la otra orilla.
Mi tía regateó con el barquero. La dejé hacerlo, porque a mí la gente siempre me engañaba. Se había sacado el óbolo de la boca y hablaba de prisa.
—Mi sobrina, ¿comprende usted? ¡Claro que no le dieron para el pasaje! ¡Ella no es responsable! Vine con ella para cuidarla. Aquí está el pasaje. Sí, es por las dos. No, de eso nada —y cerró la mano, dejándole ver sólo el resplandor de un poquito de cobre—. ¡Hasta que estemos seguras en la otra orilla, ni hablar!
El barquero la miró furioso, pero empezó a desamarrar la barca.
—¡Venga, vamos! —dijo mi tía; y subió a la barca y me tendió la mano.
Así que la seguí.
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