La rosa de los vientos

Ursula K. Le Guin · Capítulo 21 de 21

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La rosa de los vientos

Sur

BREVE RELACIÓN DE LA EXPEDICIÓN DEL YELCHO A LA ANTÁRTIDA, 1909-1910

Aunque no tengo intención alguna de publicar este informe, creo que estaría bien que un nieto mío, o un nieto de alguien, lo encontrase casualmente algún día; así que lo guardaré en el baúl de cuero del desván, junto con el traje del bautizo de Rosita y el sonajero de plata de Juanito y mis zapatos y accesorios de boda.

El primer requisito para organizar una expedición (dinero) suele ser el más difícil de solventar. Lamentablemente, ni siquiera en una relación destinada a un baúl del desván de una casa de un tranquilo barrio residencial de Lima me atrevo a escribir el nombre del generoso benefactor, del alma generosa sin cuya desinteresada munificencia la expedición del Yelcho sólo habría sido la más indolente excursión al reino del ensueño. El que nuestro equipo fuera el mejor y más moderno, el que nuestras provisiones fuesen excelentes y abundantes, el que un navío del gobierno chileno, con sus valerosos oficiales y su cortés tripulación fuese enviado dos veces a dar media vuelta al mundo en nuestro beneficio, todo esto se debió a ese benefactor cuyo nombre, desgraciadamente, no puedo revelar, pero del que seré felicísima deudora hasta la muerte.

Cuando era poco más que una niña, cautivó mi imaginación un informe periodístico del viaje del Bélgica, el cual, poniendo rumbo sur desde Tierra del Fuego navegó hasta quedar atrapado por el hielo en el mar de Bellingshausen y anduvo todo un año a la deriva atrapado en la capa de hielo flotante, con lo que su tripulación sufrió muchísimo por la falta de alimentos y por el terror de la interminable oscuridad invernal. Leí y releí ese informe y seguí más tarde con emoción los del rescate del doctor Nordenskjold, de las islas Shetland del Sur, por el intrépido capitán Irízar del Uruguay, y las aventuras del Scotia en el mar de Weddell. Pero todas estas hazañas sólo fueron para mí precursoras de la Expedición Antártica Nacional Británica de 1902-1904 en el Discovery, y la maravillosa relación que el capitán Scott hizo de su expedición. Este libro, que pedí a Londres y releí mil veces, me llenó de ansias de ver con mis propios ojos aquel extraño continente, última Tule del sur, que aparece en nuestros mapas y globos terráqueos como una nube blanca, un vacío bordeado aquí y allá de fragmentos de línea costera, dudosos cabos, hipotéticas islas, promontorios que pueden estar o no allí: la Antártida. Y el deseo era tan puro como las nieves polares: ir, ver… nada más, nada menos. Respeto profundamente los éxitos científicos de la expedición del capitán Scott y he leído con apasionado interés los hallazgos de físicos, meteorólogos, biólogos, etcétera. Pero, careciendo de formación científica, y no habiendo tenido oportunidad de adquirirla, mi ignorancia me obligó a prescindir de cualquier ambición de aumentar el cuerpo de conocimientos científicos relacionados con la Antártida. Y lo mismo es aplicable a todos los miembros de mi expedición. Es una lástima; pero nada podíamos hacer al respecto. Nuestro objetivo se limitaba a la observación y la exploración.

Teníamos la esperanza de ir un poco más allá, quizá, y ver un poco más; si no, simplemente ir y ver. Una ambición sencilla, creo yo. Y básicamente modesta.

Sin embargo, no habría llegado a ser siquiera una ambición, habría sido sólo un anhelo, de no haber sido por el apoyo y el aliento de mi querida prima y amiga Juana ___ ___ (No incluyo ningún apellido, por si este informe cayera en manos de extraños al final y pudiese causar una notoriedad desagradable o embarazosa a maridos, hijos, etcétera, que no

tienen la menor sospecha de los hechos). Yo le había enviado a Juana un ejemplar de The Voyage of the Discovery y fue ella quien, cuando paseábamos bajo nuestras sombrillas por la Plaza de Armas después de misa, un domingo de 1908, dijo: «Y bien, si el capitán Scott puede hacerlo,

¿por qué no podemos hacerlo nosotras?».

Fue Juana quien propuso que escribiéramos a Carlota ___, de Valparaíso. A través de Carlota conocimos a nuestro benefactor y así obtuvimos el dinero, el navío e incluso el pretexto plausible de hacer un retiro en un convento boliviano, que algunas se vieron obligadas a utilizar (mientras que el resto dijimos que íbamos a París a pasar la temporada de invierno). Y fue Juana quien, en los momentos más sombríos se mantuvo firme e inconmovible en su decisión de lograr nuestro objetivo.

Y hubo momentos sombríos, sobre todo los primeros meses de 1909 —

momentos en que no veía cómo la expedición podría llegar a ser algo más que un cuarto de tonelada de pemicán desperdiciado y un amargo recuerdo para toda la vida. ¡Fue tan difícil reunir nuestra fuerza expedicionaria!

¡Eran tan pocas de entre aquéllas a quienes se lo propusimos las que sabían siquiera de qué les hablábamos! ¡Fueron tantas las que nos tomaron por locas o nos consideraban malvadas, o ambas cosas! Y, de las pocas que compartían nuestra locura, fueron aún menos las que se sintieron capaces, llegado el momento, de abandonar sus obligaciones cotidianas y emprender un viaje de al menos seis meses de duración, rodeado de peligros e incertidumbres nada desdeñables. Un pariente enfermo; un marido angustiado y asediado por los negocios; o un hijo en casa con sólo sirvientes ignorantes o incompetentes para cuidarle: no eran responsabilidades que pudieran ignorarse a la ligera. Y las que quisieran eludir tales obligaciones no eran las compañeras que deseábamos para aquella experiencia de duro trabajo, peligro y privaciones.

Pero como el éxito coronó nuestros esfuerzos, ¿por qué detenernos en los obstáculos y dilaciones o en las invenciones y maquinaciones y mentiras directas que tuvimos todas que emplear? Al recordarlo, sólo lamento el que algunas amigas que deseaban venir con nosotras no pudieran hacerlo por impedírselo obligaciones u obstáculos. Sólo lamento la suerte de quienes tuvieron que quedar atrás siguiendo una vida sin peligros, sin

incertidumbres, sin esperanza. El 17 de agosto de 1909, nos reunimos por vez primera en Punta Arenas, Chile, todos los miembros de la expedición: Juana y yo, las dos peruanas; Zoe, Berta y Teresa, de Argentina; y nuestras chilenas, Carlota y sus amigas Eva, Pepita y Dolores. En el último momento, yo había recibido la noticia de que el marido de María, de Quito, estaba enfermo, y ella debía quedarse a cuidarle, así que éramos nueve, no diez. En realidad, nos habíamos resignado ya a ser sólo ocho cuando, justo al caer la noche, llegó la indomable Zoe en una pequeña piragua tripulada por indios porque su yate había tenido una vía de agua al entrar en el estrecho de Magallanes.

Aquella noche, antes de zarpar, empezamos a conocernos entre nosotras. Y convinimos, mientras disfrutábamos de nuestra abominable cena en el abominable hostal del puerto de Punta Arenas, que si se planteaba una situación tan grave que hubiera que obedecer a una sola voz sin vacilación, el nada envidiable honor de emitir esa voz recaería en primer término en mí; si yo me hallaba incapacitada, en Carlota; si ella también estaba incapacitada, en Berta. Tras este acuerdo, brindamos y se nos nombró, respectivamente, «Inca suprema», «Araucana» y «Tercera de a bordo», entre risas y vítores. En realidad, para gran satisfacción y alivio míos, mis cualidades como «capitana» nunca se tuvieron que poner a prueba. Las nueve resolvimos las cosas entre todas del principio al fin sin que nadie tuviera que dar órdenes y sólo en dos o tres ocasiones hubo que recurrir al voto oral o a mano alzada. Ciertamente, discutimos bastante.

Pero, en fin, teníamos tiempo para discutir. Y de un modo u otro, las discusiones terminaron siempre en una decisión respecto a qué camino seguir. En general, al menos una persona protestaba por la decisión, a veces encarnizadamente. ¿Pero qué es la vida sin protestas y sin tener de vez en cuando la oportunidad de decir: «Ya os lo dije yo»? ¿Cómo podríamos soportar las tareas de la casa, el cuidado de los niños, y no digamos los rigores de arrastrar los trineos en la Antártida, sin protestar? A los oficiales (como pudimos descubrir a bordo del Yelcho) les está prohibido protestar.

Pero nosotras nueve éramos y somos, por nacimiento y educación, inequívoca e irrevocablemente, tripulación todas.

Aunque nuestra ruta más corta hasta el continente meridional, y la que en principio nos aconsejó el capitán de nuestro magnífico navío, era hasta las Shetland del Sur y el mar de Bellingshausen, o bien por las Orcadas del Sur al mar de Weddell, decidimos navegar hacia el oeste hasta el mar de Ross, que el capitán Scott había explorado y descrito, y del que había regresado precisamente el otoño anterior el valeroso Ernest Shackleton. Ésa era la parte de la costa de la Antártida de la que más se sabía, y, aunque ese más no era mucho, servía, sin embargo, como garantía parcial de la seguridad de la nave, a la que creíamos no tener derecho a poner en peligro.

El capitán Pardo había coincidido plenamente con nosotras tras examinar en los mapas el itinerario que nosotras habíamos previsto. Así que a la mañana siguiente, salimos del estrecho navegando rumbo oeste.

Nuestro recorrido de la mitad del globo fue bastante afortunado. El pequeño Yelcho navegó animosamente surcando vientos y tormentas, subiendo y bajando por aquellos mares del océano del Sur que cubren sin interrupción el mundo. Juana, que había lidiado toros y vacas, muchísimo más peligrosas, en la estancia de su familia, llamaba al barco « La vaca valiente[4]», porque siempre volvía a la carga. Una vez superado el mareo, todas disfrutamos del viaje por mar, aunque nos agobiase a veces el afán protector, amable pero impertinente, del capitán y de sus oficiales, que creían que sólo estábamos «seguras» cuando nos encontrábamos acurrucadas en los tres pequeños camarotes que ellos habían abandonado caballerosamente para que los utilizásemos nosotras.

Vimos nuestro primer iceberg muchísimo más al sur de lo que esperábamos, y lo saludamos con Veuve Clicquot en la cena. Al día siguiente, entramos en el banco de hielos flotantes, el cinturón de témpanos flotantes e icebergs, desprendidos de la sólida masa de hielo y de los mares congelados del Antártico, que en primavera salen hacia el norte a la deriva. La fortuna aún seguía sonriéndonos: nuestro pequeño vapor, incapaz de abrirse camino a través del hielo con su casco metálico sin reforzar, fue navegando de paso en paso sin vacilación y, al tercer día, habíamos atravesado el banco, en el que los navíos se han debatido a veces semanas y se han visto obligados al final a retroceder. Ante nosotros se extendían ya las tristes y sombrías aguas

del mar de Ross, y tras ellas, en el horizonte, el remoto relampagueo, la blancura reflejada en las nubes de la gran barrera polar.

Entrando por el mar de Ross, un poco al este de 160 grados longitud oeste, divisamos la barrera en un lugar donde el grupo expedicionario del capitán Scott, tras descubrir una ensenada en el enorme acantilado de hielo, había desembarcado y enviado su globo de hidrógeno en misión de reconocimiento y fotografía. El altísimo frente de la barrera, sus acantilados cortados a pico y sus cuevas azules y violetas excavadas por el agua, eran tal como las habíamos visto descritas, pero el emplazamiento había cambiado: en vez de una estrecha ensenada, había una considerable bahía, llena de las hermosas y terribles orcas que jugaban y lanzaban chorros de agua a la luz del sol de aquella resplandeciente primavera meridional.

Era evidente que se habían desprendido masas de hielo de varios acres de superficie de la barrera (que, al menos en la mayor parte de su enorme extensión, no se apoya en tierra sino que flota en agua) desde que el Discovery había pasado por allí en 1902. Esto nos forzó a replantearnos la idea previa de acampar en la misma barrera. Mientras examinábamos las posibles alternativas, pedimos al capitán Pardo que navegase hacia el oeste siguiendo la cara de la barrera hacia la isla de Ross y el canal de McMurdo.

Como el mar estaba libre de hielo y en calma, lo hizo muy satisfecho y, cuando divisamos el penacho de humo del monte Erebus, compartió alegremente nuestra celebración… otra media caja de Veuve Clicquot.

El Yelcho ancló en Bahía Llegada y nos trasladamos a la costa en la lancha del navío. No puedo describir mis emociones al pisar tierra, aquella tierra, la arena fría y desolada que se extendía al pie de la larga ladera volcánica. Sentí emoción, impaciencia, gratitud, sobrecogimiento, familiaridad. Sentí que al fin estaba en casa. Ocho pingüinos de Adélie vinieron a recibirnos con grandes exclamaciones de interés no exento de desaprobación. «¿Dónde demonios habéis estado? ¿Por qué tardasteis tanto? La cabaña está por aquel lado. Venid por aquí, por favor. ¡Cuidado con las rocas!». Insistieron en que fuésemos a visitar Punta Cabaña, donde se alzaba la gran estructura construida por la expedición del capitán Scott, que tenía exactamente el mismo aspecto que en las fotografías y dibujos que ilustran su libro. Pero la zona que rodeaba la cabaña era bastante

desagradable: una especie de cementerio de pieles de foca, huesos de morsa, de pingüino y desperdicios y basuras, presididos por las locas y estridentes gaviotas pardas. Nuestros acompañantes pasaron contoneándose por el matadero con toda tranquilidad, y uno me condujo hasta la puerta, aunque no quiso entrar.

El interior de la cabaña era menos desagradable, pero bastante triste.

Había cajas de suministros almacenadas en una especie de habitación dentro del local; no tenía el aspecto que yo me había imaginado cuando el grupo del Discovery representaba sus melodramas y comedias en la larga noche invernal. (Mucho después, supimos que sir Ernest lo había cambiado todo bastante cuando estuvo allí justamente un año antes que nosotras).

Aquello estaba sucio, y había mucho desorden. Se habían dejado abierta una lata de té de una libra. Había esparcidas por todas partes latas de carne vacías; había galletas tiradas por el suelo; había por allí esparcidos cerotes de perro, que aunque estuviesen congelados, claro, no por eso mejoraban gran cosa. Era indudable que los últimos ocupantes habían tenido que irse precipitadamente, puede incluso que en una tormenta de nieve. De todos modos, podían haber cerrado la lata de té. Pero el cuidado de la casa, el arte de lo infinito, no es un juego para aficionados.

Teresa propuso que utilizásemos la cabaña como campamento. Zoe propuso por su parte que le prendiésemos fuego. Al final cerramos la puerta y la dejamos tal como la habíamos encontrado. Los pingüinos parecieron aprobarlo y nos vitorearon durante todo el camino hasta la nave.

El canal de McMurdo estaba libre de hielo, y el capitán Pardo propuso entonces que fuéramos por la isla de Ross y cruzásemos la Tierra de la Reina Victoria, donde podríamos acampar al pie de las Montañas Occidentales, en tierra firme y seca. Pero aquellas montañas, con sus cumbres oscurecidas por la tormenta y sus glaciares y circos inclinados, tenían un aspecto tan pavoroso como el que había apreciado en ellas el capitán Scott en su viaje occidental, y ninguna de nosotras se sentía demasiado tentada a buscar albergue entre ellas.

Aquella noche, a bordo del barco, decidimos volver atrás y establecer nuestra base tal como habíamos planeado en principio en la propia barrera.

Según todos los informes de que disponíamos, el camino despejado hacia el

sur discurría a través de la superficie plana de la barrera hasta que pudiésemos subir por uno de los glaciares confluyentes hasta la elevada altiplanicie que parece formar el sector interior del continente. El capitán Pardo se opuso vigorosamente a este plan, preguntando qué sería de nosotras si la barrera «se separaba», es decir si nuestro sector particular de hielo se desprendía y comenzaba a avanzar a la deriva hacia el norte.

«Bueno —dijo Zoe—, en ese caso no tendrá usted que venir tan lejos a buscarnos». Pero el capitán fue tan persuasivo con sus argumentos que se persuadió a sí mismo de dejar con nosotras una de las lanchas del Yelcho cuando acampásemos, como medio de escape. Más tarde nos resultaría útil para pescar.

Mis primeros pasos en suelo antártico, mi única visita a la Isla de Ross, no había sido puro placer. Pensé en los versos del poeta inglés: Aunque toda expectativa agrade,

y sólo el hombre sea ruin.

Pero en fin, la otra cara del heroísmo suele ser más bien triste; eso lo saben las mujeres y los criados. Saben también que el heroísmo puede no ser menos real por eso. Pero el triunfo es más pequeño de lo que los hombres creen. Grandes son el cielo, la tierra, el mar, el alma. Miré hacia atrás cuando el barco zarpó rumbo al este de nuevo aquel anochecer.

Septiembre estaba ya bien entrado por entonces, teníamos diez horas o más de día. El crepúsculo de primavera se prolongaba sobre el pico del Erebus, de cuatro mil metros de altitud, y brillaba en oro y rosa sobre su largo penacho de vapor. El vapor de nuestra propia y pequeña chimenea se desvanecía azul sobre el agua crepuscular mientras avanzábamos bajo la pared de hielo pálida e imponente.

Cuando regresamos a «Bahía de la Orca» (años más tarde supimos que sir Ernest la había llamado Bahía de las Ballenas) encontramos un rincón abrigado donde el borde de la barrera era lo suficientemente bajo como para permitir un acceso bastante fácil desde la embarcación. El Yelcho echó su ancla de hielo y los duros y largos días siguientes se pasaron descargando

los suministros e instalando sobre el hielo nuestro campamento, a medio kilómetro hacia el interior de la línea del borde, tarea en la que la tripulación del Yelcho nos proporcionó una valiosísima ayuda e infinitos consejos. Aceptamos toda la ayuda agradecidas y nos tomamos la mayoría de los consejos con un grano de sal.

El tiempo había sido hasta entonces extraordinariamente suave para ser primavera en aquella latitud; la temperatura aún no había descendido por debajo de —20 °F y sólo hubo una ventisca mientras estuvimos instalando el campamento. Pero el capitán Scott había hablado con mucha pasión de los ásperos vientos del sur en la barrera y nosotras habíamos hecho planes teniéndoles en cuenta. Expuesto como estaba nuestro campamento a todos los vientos, no alzamos ninguna estructura rígida sobre la superficie del suelo. Instalamos tiendas en que cobijarnos mientras excavábamos una serie de cubículos en el hielo mismo, forrados con paja como aislante y con tablas de pino y techados con lonas sobre postes de bambú, cubierto todo con nieve que proporcionaba peso y aislamiento. La gran sala central la bautizamos inmediatamente con el nombre de Buenos Aires por nuestras argentinas, para las que el centro, esté uno donde esté, es siempre Buenos Aires. La cocina para calentarnos y cocinar estaba en Buenos Aires. Los túneles de almacenamiento y el retrete (llamado Punta Arenas) recibían parte del calor de la cocina. Los cubículos dormitorio daban a Buenos Aires y eran muy pequeños, simples tubos en los que una se metía a rastras con los pies por delante; estaban bien forrados de paja y se calentaban en seguida con el calor del propio cuerpo. Los marineros les llamaban

«ataúdes» y «agujeros de gusanos», y miraban con horror nuestras madrigueras en el hielo. Pero nuestra pequeña conejera o aldea de marmotas nos resultó extraordinariamente útil proporcionándonos todo el calor y la intimidad que se podrían esperar razonablemente dadas las circunstancias. Si el Yelcho no lograba atravesar el hielo en febrero y teníamos que pasar el invierno en la Antártida podríamos hacerlo sin problema, aunque reduciendo mucho las raciones. Para el verano inminente, nuestra base (Sudamérica del Sur, aunque en general le llamábamos la Base) iba a ser sólo un lugar para dormir, para almacenar las provisiones y para cobijarnos en caso de tormenta de nieve.

Pero para Berta y Eva era más que eso. Ellas fueron sus principales arquitectos proyectistas, sus excavadores-constructores más ingeniosos, y sus ocupantes más felices y diligentes, continuamente inventando una mejora de la ventilación o investigando cómo podían hacerse claraboyas, o mostrándonos una nueva adición a nuestra suite de habitaciones, excavada en el hielo vivo. Gracias a ellas pudieron estar muy bien almacenadas nuestras provisiones, pudo calentar y funcionar tan eficazmente nuestra cocina y Buenos Aires, donde nueve personas cocinaban, comían, trabajaban, conversaban, discutían, reñían, pintaban, tocaban la guitarra y el banjo y cuidaban la biblioteca de libros y mapas de la expedición, era una maravilla de comodidad y eficiencia. Vivíamos allí en un ambiente de auténtica amistad; y si necesitabas, por ejemplo, estar sola un ratito, te metías en tu agujero de dormir de cabeza.

Berta fue un poco más allá. Después de hacer todo lo que pudo para conseguir que Sudamérica del Sur resultase habitable, excavó una celda más justo bajo la superficie del hielo, dejando una lámina de hielo casi transparente como el tejado de un invernadero; y allí, a solas, se dedicó a hacer esculturas. Eran formas muy bellas, unas eran una especie de mezcla de la figura humana reclinada y los volúmenes y curvas sutiles de la foca de Weddell, otras eran como las formas fantásticas de las cornisas y grutas de hielo. Quizá sigan allí aún, bajo la nieve, en la burbuja de la gran barrera.

Allí donde las hizo podrían durar tanto como si fuesen de piedra. Pero no podía traerlas al norte. Ése es el castigo por esculpir en agua.

El capitán Pardo se resistía a dejarnos, pero sus órdenes no le permitían quedarse indefinidamente en el mar de Ross, y así, al final, tras vehementes y numerosas advertencias de que nos estuviésemos quietas, no hiciésemos ninguna expedición, no corriésemos riesgos, tuviésemos cuidado con el peligro de congelación, no utilizásemos herramientas cortantes, tuviésemos cuidado con las fisuras del hielo, y con la promesa sincera de regresar a Bahía de la Orca el veinte de febrero, o lo más cerca de esa fecha que el viento y el hielo permitieran, el buen hombre nos dijo adiós y su tripulación nos lanzó grandes vítores de despedida mientras levaban anclas. Aquel anochecer, en el largo crepúsculo anaranjado de octubre, vimos hundirse

por el horizonte norte el mastelero del Yelcho, por el borde del mundo, dejándonos en el hielo, el silencio y el Polo.

Esa noche empezamos a planear el viaje al sur.

El mes siguiente se pasó en breves viajes de práctica y de almacenamiento de suministros. La vida que habíamos dejado atrás en nuestro hogar, aunque ardua a su manera, no nos había preparado a ninguna para el género de esfuerzo que exige el arrastrar un trineo a diez o veinte grados por debajo del punto de congelación. Necesitábamos todas el máximo entrenamiento posible antes de atrevernos a arrostrar una expedición larga tirando de un trineo.

El viaje de exploración más largo que yo hice, con Dolores y Carlota, fue en dirección sur, hacia Monte Markham, y fue una pesadilla: ventiscas y opresión de hielo por toda la ruta, grietas y ninguna visión de las montañas cuando llegamos allí y tiempo blanco y sastrugi en todo el camino de vuelta. Pero el viaje fue útil porque pudimos empezar a calcular nuestras capacidades; y también lo fue porque habíamos partido con una carga muy pesada de provisión, que fuimos depositando en puntos de reserva a 100 y 130 millas SSO de la base. Después otros grupos expedicionarios siguieron avanzando más allá, hasta que dispusimos de una línea de hitos orientadores y de depósitos de alimentos hasta la latitud 83º 43’, donde Juana y Zoe, en un viaje de exploración, habían hallado una especie de pórtico de piedra abierto a un gran glaciar que llevaba hacia el sur. Instalamos aquellos depósitos para evitar, en la medida de lo posible, el hambre que había acosado a la Expedición Sur del capitán Scott y la debilidad y los sufrimientos consiguientes. Y demostramos también para satisfacción nuestra (satisfacción profunda) que éramos capaces de arrastrar trineos por lo menos tan bien como los perros esquimales del capitán Scott. Por supuesto, no podríamos haber pretendido arrastrar tanto o tan deprisa como sus hombres. El que lo hiciésemos se debió a que nos vimos favorecidas por un tiempo mucho mejor del que tuvieron en la barrera los miembros de la expedición del capitán Scott; y además la cantidad y calidad de nuestros alimentos significó una ventaja muy considerable. Estoy segura de que el quince por ciento de frutas secas de nuestro pemicán ayudó a evitar el escorbuto; y las patatas, heladas y desecadas según un antiguo método de

los indios andinos, muy nutritivas y al mismo tiempo muy ligeras y compactas… constituían raciones ideales para llevar en un trineo. En cualquier caso, lo cierto es que nos dispusimos al fin para la expedición al sur con una confianza considerable en nuestra capacidad.

La expedición al sur la formaban dos trineos: Juana, Dolores y yo; Carlota, Pepita y Zoe. El equipo de apoyo, formado por Berta, Eva y Teresa salió antes que nosotras con una voluminosa carga de suministros, dirigiéndose hacia el glaciar para buscar rutas y establecer depósitos de suministros para nuestro viaje de regreso. Nosotras salimos cinco días después tras ellas, y las encontramos, ya de regreso, entre Depósito Ercilla y Depósito Miranda (ver mapa). Esa «noche» (no había, claro, verdadera oscuridad) estuvimos las nueve juntas en el corazón de la lisa llanura de hielo. Era el quince de noviembre, cumpleaños de Dolores. Lo celebramos echando ocho onzas de pisco en el chocolate caliente y nos pusimos muy alegres. Cantamos. Resulta raro recordar ahora cómo sonaban nuestras voces finas en aquel gran silencio. El cielo estaba encapotado, tiempo blanco, sin sombras y sin horizonte visible ni accidente alguno que rompiera la lisura del hielo; no había nada en absoluto que ver. Habíamos llegado a aquel lugar blanco sobre el mapa, aquel vacío, y allí volábamos y cantábamos como gorriones.

Después de dormir y de un buen desayuno el grupo base continuó hacia el norte y los miembros de la expedición seguimos hacia el sur. El cielo se despejó. Arriba, muy arriba, pasaban delgadas nubes muy deprisa, del suroeste al nordeste, pero abajo, en la barrera, todo era calma y hacía sólo el frío suficiente, de cinco a diez grados por debajo del punto de congelación, como para que dispusiésemos de una superficie firme por la que arrastrar los trineos.

En el hielo liso nunca arrastrábamos los trineos menos de once millas, diecisiete kilómetros, por día y en general hacíamos quince o dieciséis millas, veinticinco kilómetros. (Nuestros instrumentos, como estaban hechos en Inglaterra, estaban calibrados en pies, millas, grados Fahrenheit, etcétera, pero solíamos transformar las millas en kilómetros porque las cifras más altas resultaban más alentadoras). En la época en que salimos de Sudamérica, sólo sabíamos que el señor Shackleton había organizado otra

expedición a la Antártida en 1908, había intentado llegar al Polo pero había fracasado y había regresado a Inglaterra en junio del año en curso, 1909.

Cuando iniciamos nuestro viaje aún no había llegado a América del Sur ningún informe serio de sus exploraciones. Nosotras no sabíamos qué ruta había seguido ni hasta dónde había llegado. Pero no nos sorprendió en modo alguno el que, tras adentrarnos varios días en la llanura blanca y lisa, viéramos, empequeñecida y diminuta bajo las cumbres de las montañas y el extraño paso silencioso de los jirones de nubes bordeadas de arcoiris, una ondulante mota negra. Nos desviamos de nuestra ruta hacia el oeste para visitarla: un montón de nieve casi enterrado por las tormentas del invierno, una bandera en un poste de bambú, un simple jirón de tela raída, una lata de aceite vacía y unas cuantas huellas de pisadas que se alzaban unas pulgadas sobre el hielo. En determinadas condiciones meteorológicas la nieve comprimida bajo el peso del cuerpo persiste cuando se funde la blanda de alrededor o se la lleva el viento; y así aquellas huellas de pisadas invertidas habían permanecido todos aquellos meses, como hileras de hormas de zapatero… un extraño espectáculo.

No encontramos más rastros similares en nuestra ruta. Creo que, en general, la ruta que seguimos discurría un poco al este de la del señor Shackleton. Juana, nuestro topógrafo, se había adiestrado bien y fue fiel y metódica en sus mediciones y lecturas, pero nuestro equipo era mínimo: un teodolito con su trípode, un sextante con horizonte artificial, dos brújulas y cronómetros. Sólo teníamos el contador del trineo para calcular la distancia que recorríamos.

De cualquier modo, fue al día siguiente de pasar por las señales de la expedición del señor Shackleton cuando vi por primera vez claramente entre las montañas, hacia el suroeste, el gran glaciar que habría de proporcionarnos un paso desde el nivel del mar de la barrera hasta el altiplano, diez mil pies más arriba. La perspectiva era majestuosa: una entrada formada por inmensas cúpulas verticales y columnas de rocas. Zoe y Juana habían llamado al enorme río de hielo que fluía a través de aquel acceso el glaciar Florence Nightingale, queriendo honrar a la británica que había sido guía e inspiradora de nuestra expedición; aquella dama tan valerosa y tan especial parecía representar todo lo mejor y más extraño de la

raza isleña. En los mapas este glaciar lleva, claro está, el nombre que le puso el señor Shackleton, el Beardmore.

La ascensión del Nightingale no fue fácil. El acceso era al principio despejado y se encontraba bien señalizado por nuestro grupo de apoyo, pero al cabo de unos días nos vimos entre terribles grietas, en un laberinto de hendiduras ocultas de un pie a treinta de anchura y de treinta a mil pies de profundidad. Seguimos avanzando paso a paso, y la ruta era ya siempre cuesta arriba. Estuvimos en el glaciar quince días. Al principio el tiempo era cálido, hasta 20 °F, y las noches cálidas sin oscuridad eran terriblemente incómodas en nuestras pequeñas tiendas de campaña. Y todas padecíamos en mayor o menor grado de ceguera de nieve, precisamente en el momento en que queríamos ver más claro para determinar nuestra ruta entre las crestas y grietas del hielo torturado, y cuando más deseábamos contemplar las maravillas que se extendían a nuestro alrededor y delante de nosotros.

Porque a cada día que avanzábamos divisábamos al oeste y al suroeste más cumbres grandes y desconocidas, cimas y cimas, una cordillera tras otra, nieve y roca desnuda en un interminable mediodía.

Pusimos nombre a aquellos picos, no muy en serio, pues no esperábamos que nuestros descubrimientos llegasen a oídos de los geógrafos. Zoe tenía un don para poner nombres, y a ella se debe el que ciertos mapas esquemáticos que hay en varios desvanes de zonas residenciales sudamericanas tengan denominaciones tan curiosas de sus accidentes geográficos como «Narizota de Bolívar», «ib Soy el General Rosas», «El Hacedor de Nubes», «¿El Dedo del Pie de Quién?», y «Trono de Nuestra Señora de la Cruz del Sur». Y cuando alcanzamos por fin el altiplano, la gran meseta interior, fue Zoe quien le llamó la pampa, y quien sostuvo que andábamos por allí entre enormes rebaños de reses invisibles, reses transparentes que pastaban en la nieve blanda, cuyos gauchos eran los vientos inquietos e implacables. Por entonces estábamos todas un poco locas debido al cansancio y a la enorme altitud (doce mil pies) y el frío y el viento que soplaba sin cesar y las cruces y círculos luminosos que rodeaban a los soles, porque allí arriba era frecuente que hubiese tres o cuatro soles en el cielo.

Aquél no es un lugar en que la gente tenga nada que hacer. Deberíamos haber dado la vuelta; pero como nos habíamos esforzado tanto por llegar allí, parecía natural que siguiésemos, al menos un poco.

Se desató una tormenta con temperaturas muy bajas, por lo que tuvimos que permanecer en las tiendas, metidas en los sacos de dormir, durante treinta horas, un descanso que todas necesitábamos; aunque era calor lo que más necesitábamos, y no había calor alguno en aquella llanura terrible más que en nuestras venas. Estábamos todo el tiempo acurrucadas, muy juntas.

El hielo en que estábamos echadas tenía dos millas de espesor.

Se despejó el cielo súbitamente y tuvimos buen tiempo, para aquella meseta: doce bajo cero y un viento no muy fuerte. Salimos las tres a rastras de nuestra tienda y nos encontramos a las otras que salían arrastrándose de la suya. Carlota nos explicó que su grupo quería regresar. Pepita había estado muy enferma; después incluso del descanso durante la tormenta, su temperatura no subía por encima de los 94 °F. Carlota tenía problemas respiratorios. Zoe estaba en perfectas condiciones, pero prefería continuar con sus amigas y echarles una mano si había dificultades al seguir hacia el Polo. Así que echamos las cuatro onzas de pisco que guardábamos para la Navidad en el cacao del desayuno y recogimos nuestras tiendas, cargamos los trineos y nos separamos en la blanca claridad del día sobre la áspera llanura.

Nuestro trineo pesaba ya bastante menos. Seguimos arrastrándolo hacia el sur. Juana calculaba todos los días nuestra posición. El 22 de diciembre de 1909 llegamos al Polo Sur. El tiempo era terrible, como siempre. No había absolutamente nada diferenciable en aquella blancura aterradora.

Discutimos si debíamos dejar o no alguna señal o monumento, un montón de nieve, un poste de tienda y una bandera; pero no nos pareció que hubiese motivo especial para hacerlo. Todo lo que pudiésemos hacer nosotras, lo que fuese, era insignificante en aquel lugar sobrecogedor. Instalamos la tienda para cobijarnos durante una hora y preparamos una taza de té y luego abandonamos «Campamento 90º». Dolores, de pie, con las correas del trineo, paciente como siempre, miraba la nieve; estaba tan dura y congelada que no se veían en ella rastros de nuestras pisadas.

—¿Hacia dónde? —dijo.

—Hacia el norte —dijo Juana.

Era una broma, porque en aquel lugar concreto no hay otra dirección posible. Pero no nos reímos. Teníamos los labios cuarteados del hielo y el frío y nos dolían demasiado para que osásemos reírnos. Así que emprendimos el camino de vuelta, y el viento, que nos soplaba a la espalda, nos empujaba y amortiguaba los bordes de cuchillo de las olas de nieve congelada.

Aquel viento de ventisca nos persiguió toda aquella semana como una jauría de perros rabiosos. No me siento capaz de describirlo. Pensaba que ojalá no hubiésemos ido nunca al Polo. Creo que ahora incluso siento ese mismo deseo. Pero estaba contenta, aun entonces, de que no hubiésemos dejado allí ninguna señal, pues algún día podría llegar un hombre deseoso de ser el primero y encontrar la señal y darse cuenta entonces de lo imbécil que había sido y eso podría partirle el corazón.

Hablábamos, cuando podíamos, de alcanzar al grupo de Carlota, dado que deberían ir más despacio que nosotras. En realidad, habían utilizado su tienda como vela para aprovechar el viento y nos llevaban muchísima ventaja. Pero habían dejado señales de nieve amontonada en varios lugares y habían dejado otros indicios para que nos guiasen; en una ocasión Zoe había escrito en el lado de sotavento de un sastrugi de tres metros, lo mismo que los niños escriben en la arena de la playa de Miraflores: «¡Por aquí!».

El viento que soplaba sobre la cresta congelada había dejado perfectamente claras las palabras.

En el preciso momento en que empezábamos a bajar por el glaciar, el tiempo se hizo más cálido, y los perros rabiosos quedaron aullando atados para siempre al Polo. La distancia que habíamos tardado quince días en recorrer cuesta arriba la cubrimos en sólo ocho cuesta abajo. Pero el buen tiempo que nos había ayudado a bajar del Nightingale se convirtió en maldición abajo, en el hielo de la barrera, al que estábamos deseando llegar para poder avanzar tranquilamente y sin problemas de depósito en depósito, comiendo lo que teníamos almacenado y recorriendo despreocupadas las últimas trescientas millas. Yo perdí en una parte difícil del glaciar mis gafas de nieve (me quedé colgando de las correas del trineo por una hendidura) y luego Juana se había roto las suyas bajando por una roca. Después de dos

días de luz deslumbradora con sólo unas gafas de nieve que compartíamos entre las tres, sufríamos todas muchísimo de ceguera de nieve. Resultaba dolorosísimo mirar para localizar las banderas de los puntos de almacenamiento y los hitos, incluso examinar la brújula, que había que asentar sobre la nieve para que la aguja se parase. En el depósito Concolorcorvo había una reserva de alimentos y combustible especialmente buena, así que nos dimos por vencidas, nos metimos en nuestros sacos de dormir con los ojos vendados y nos cocimos vivas lentamente lo mismo que langostas en una tienda expuesta al sol implacable. Las voces de Berta y de Zoe fueron el sonido más dulce del mundo. Un poco preocupadas por nosotras, habían salido hacia el sur en esquíes a nuestro encuentro. Nos llevaron hasta la base.

Nos repusimos enseguida, pero el altiplano deja su marca. Cuando era muy pequeña, Rosita me preguntó si un perro «se había comido los dedos de los pies de mamá». Yo le dije: «¡Sí, un perro rabioso blanco, grande, llamado Ventisca!». Mi Rosita y mi Juanito escucharon muchas historias cuando eran pequeños de aquel perro temible y de sus aullidos y de ganado transparente de gauchos invisibles y de un río de hielo de ocho mil pies de altura llamado Nightingale, y de cómo la prima Juana se tomó una taza de té puesta de pie en el final del mundo bajo siete soles y otros cuentos de hadas.

Nos esperaba una terrible sorpresa cuando llegamos por fin a la base.

Teresa estaba embarazada. He de confesar que mi primera reacción ante la gran barriga y la mirada bovina de la pobre chica fue de cólera… de rabia…

de furia. ¡Que una de nosotras hubiese ocultado algo, y una cosa como aquélla además, a las demás! Pero Teresa no había hecho eso en realidad.

Los únicos culpables eran los que le habían ocultado a ella lo que más necesitaba saber. Educada por sirvientes, con cuatro años estudiando en un convento por toda educación y casada a los dieciséis, la pobre chica seguía siendo tan ignorante a los veinte que se había creído que el motivo de que no tuviese el período era «el tiempo frío». Este razonamiento no era, por otra parte, tan estúpido, porque a todas nosotras se nos habían alterado los períodos o habían cesado por completo en la expedición del sur, debido al mayor frío, al hambre y a la fatiga. El apetito de Teresa había empezado a

atraer la atención general; y luego, Teresa había empezado, como ella decía patéticamente, «a ponerse gorda». Las demás estábamos preocupadas pensando en los efectos que podría tener el gran esfuerzo que había hecho arrastrando el trineo, pero ella florecía y el único problema era su apetito, claramente insaciable. En la medida en que se pudo determinar a partir de sus tímidas referencias a su última noche en la hacienda con su marido, el niño debía nacer aproximadamente al mismo tiempo de la aparición del Yelcho, el veinte de febrero. Pero antes de que transcurriesen dos semanas de nuestro regreso de la expedición al sur, el catorce de febrero, se inició el parto.

Varias de nosotras habíamos tenido hijos y habíamos ayudado en partos, y de cualquier modo la mayor parte de lo que es preciso hacer resulta bastante evidente; aun así un primer parto puede ser largo y laborioso y estábamos todas muy nerviosas, y Teresa asustadísima. No hacía más que llamar a su José, hasta que se quedó tan ronca como una gaviota parda. Por fin Zoe perdió la paciencia y le dijo: «¡Dios santo, Teresa, si dices otra vez

“José” ojalá tengas un pingüino!». Pero lo que tuvo, después de veinte largas horas, fue una niñita lindísima, con la carita colorada.

Muchas fueron las propuestas de nombres para aquella niña que hicieron sus ocho orgullosas tías-comadronas: Polita, Pingüina, McMurdo, Victoria… Pero Teresa proclamó, después de un buen sueño y una buena ración de pemicán: «La llamaré Rosa… Rosa del Sur». Esa noche nos tomamos las dos últimas botellas de Veuve Clicquot (pues habíamos acabado el pisco a 88º 30’ sur) en brindis por nuestra pequeña Rosa.

El diecinueve de febrero, con un día de antelación, Juana bajó apresuradamente a Buenos Aires. «El barco —dijo—, ha llegado el barco», y rompió a llorar… ella que nunca había llorado en todas aquellas semanas de dolor y agotamiento tirando del trineo.

Del viaje de regreso no hay nada que contar. Regresamos sin ningún problema.

En 1912 el mundo entero supo que el valeroso noruego Amundsen había llegado al Polo Sur; luego, mucho después, llegaron noticias de cómo el capitán Scott y sus hombres habían llegado allí tras él, pero no habían regresado.

Este año precisamente Juana y yo escribimos al capitán del Yelcho, pues los periódicos no hacían más que hablar de su caballerosa expedición a la isla Elefante para salvar a los hombres de sir Ernest Shackleton, y queríamos felicitarle y darle las gracias una vez más. Nunca jamás ha dicho una palabra de nuestro secreto. Luis Pardo es un hombre de honor.

Añado esta última nota en 1929. Con los años hemos perdido contacto entre nosotras. A las mujeres les resulta muy difícil reunirse, cuando viven tan separadas como vivimos nosotras. Desde que murió Juana, no he vuelto a ver a ninguna de mis viejas camaradas, aunque a veces nos escribimos.

Nuestra pequeña Rosa del Sur murió de escarlatina a los cinco años. Teresa ha tenido varios hijos más. Carlota tomó el velo en Santiago hace diez años.

Somos ya viejas, con maridos viejos e hijos mayores, y nietos a los que podría gustarles algún día leer mis notas sobre la expedición. Aun en el caso de que se avergonzasen de tener una abuela tan loca, quizá les gustase compartir el secreto. ¡Pero no deben permitir que se entere el señor Amundsen! Se sentiría terriblemente desconcertado y desilusionado. No hay ninguna necesidad de que lo sepa ni él ni ningún otro fuera de la familia. No dejamos ni huellas de pisadas siquiera.

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Terminaste La rosa de los vientos

Ursula K. Le Guin

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