La rosa de los vientos
La nueva Atlántida
Cuando volvía de mi Semana de Vida en la Naturaleza, me senté en el autocar al lado de un hombre extraño. Pasamos mucho rato sin hablar; yo zurcía unas medias, y él leía. Unos kilómetros antes de Gresham, el autocar se estropeó. Una avería en la caldera, de las que suelen producirse cuando el conductor intenta sobrepasar los cuarenta por hora. Era un autocar a carbón, un Interurbano Supersónico Superpanorámico de Lujo, con Máximo Confort, lo que significa un lavabo, y los asientos eran bastante cómodos, al menos los que no tenían aún los tornillos sueltos, de modo que todos los pasajeros nos quedamos a esperar en el interior; además, estaba lloviendo.
Mi compañero de asiento y yo nos pusimos a charlar, como se suele hacer cuando hay una avería y se debe esperar. Él levantó el folleto que había estado leyendo, le dio unos golpecitos —era un hombre de aspecto severo, y movía las manos como un maestro de escuela—, y me dijo:
—Esto es interesante. Parece que va a surgir del fondo del mar un continente nuevo.
Mis medias azules no tenían salvación. Para hacer un zurcido hay que tener algún tejido sano al que agarrarse.
—¿De qué mar? —pregunté.
—Aún no se sabe. Puede que del Atlántico. Y también hay indicios de que está ocurriendo en el Pacífico.
—¿No se llenarán mucho los océanos? —dije, sin tomarle en serio.
Estaba yo un poco irritable debido a la avería, y porque aquellas medias azules habían sido buenas, de abrigo.
Él volvió a golpear levemente el folleto, y negó con la cabeza, muy serio.
—No —respondió—. Los continentes antiguos se están hundiendo, para dejar espacio a los nuevos. Éste es un fenómeno visible.
Así es, en efecto. La isla de Manhattan está actualmente bajo tres metros de agua durante la marea baja, y en Ghirardelli Square hay bancos de ostras.
—Yo creía que eran las aguas las que subían, por la fusión de los hielos polares.
Él volvió a negar con un gesto.
—Es un factor —declaró—. Incluso es cierto que la Antártida puede llegar a ser habitable, debido a la retención de calor que ejerce la polución.
Pero los factores climáticos no explican la aparición de los nuevos continentes en el Atlántico y el Pacífico. O quizá debería decir la aparición de continentes muy antiguos.
Siguió hablando de la deriva de los continentes, pero a mí me había hecho gracia la idea de una Antártida habitable, y me puse a pensar cómo sería. La imaginé como un país muy vacío, muy silencioso, todo blanco y azul, con un leve resplandor dorado al norte, el resplandor del sol que se esconde siempre tras la esbelta cumbre del monte Erebus. Los escasos habitantes eran también muy silenciosos, y vestían frac y corbata blanca.
Algunos llevaban oboes y violas. Al sur, la tierra blanca ascendía en un largo silencio hacia el polo.
Todo lo contrario del Área Natural de Mount Hood, donde había pasado unos días fastidiosos. Las mujeres del dormitorio colectivo eran agradables, pero nos daban macarrones para desayunar, y había demasiadas actividades organizadas. Me había hecho ilusión la visita al Coto de National Forest, el bosque más grande que queda en los Estados Unidos, pero los árboles no eran, ni mucho menos, como aparecen en las postales y folletos, o en la propaganda de la Oficina Federal de Embellecimiento. Eran más bien escuálidos, y tenían todos unos letreritos en los que decía qué sindicato los había plantado. Las mesas verdes para comer y los retretes de cemento eran mucho más numerosos que los árboles. Alrededor de todo el bosque había una valla electrificada, para impedir el acceso a las personas no autorizadas.
El guardabosque nos habló de los arrendajos de la montaña, «ladronzuelos atrevidos —los llamó—, capaces de venir a quitarle a una persona un bocadillo de la mano», pero yo no vi ninguno. Tal vez fuese porque era el Día Semanal contra el Exceso de Calorías para todas las mujeres, y no tomamos ningún bocadillo. Si hubiese visto un arrendajo, quizá habría sido yo la que le quitase el bocadillo de la mano. El caso es que fue una semana agotadora; habría preferido quedarme en casa practicando, aunque de haberlo hecho habría perdido una semana de salario, pues el quedarse en casa practicando la viola no constituye disfrute planificado de ocio recreativo tal como lo define la Federación de Sindicatos.
Cuando regresé de mi expedición a la Antártida, el hombre que iba a mi lado estaba leyendo otra vez. Eché una mirada al folleto que leía, y, cosa extraña, vi que se titulaba «Aumento de la eficacia de las Escuelas de Formación de Contadores Públicos», y comprobé, por un párrafo que alcancé a leer, que no trataba en absoluto de la aparición de continentes nuevos en los océanos.
Entonces hubimos de bajar del autocar y echar a andar hacia Gresham, porque se había decidido que lo mejor para todos era que pasásemos a las Líneas Rápidas de transporte público del área metropolitana de Portland, ya que se habían producido tantas averías que la compañía de los autocares no disponía de ningún vehículo que pudiese venir a recogernos. Recorrimos, pues, bajo la lluvia, un camino bastante aburrido, excepto cuando pasamos por delante de la comuna de Cold Mountain. Ese lugar está rodeado por un muro, para evitar la entrada de personas no autorizadas, y en el muro hay un gran letrero de neón que dice «Comuna de Cold Mountain». Y, junto a la carretera, había varias personas vestidas con tejanos y ponchos auténticos que vendían a los turistas cinturones de macramé, velas de artesanía y pan de soja. Tomé el supertrén a reacción de las LRTPAMP, el de las 4.40, hasta la esquina de Burnside con la 230 Este; después bajé andando hasta la 217 y fui en autobús al paso elevado de Goldschmidt, donde tomé el autobús de enlace, pero a éste se le averió también la caldera, por lo cual no llegué a la estación de transbordo del centro de la ciudad hasta las 8.10; a partir de las ocho los autobuses sólo pasan cada hora, de modo que entré a comerme una hamburguesa sin carne en el restaurante Grill Longhorn, tomé el autobús a
las nueve y llegué a casa hacia las diez. Cuando entré en el piso accioné los interruptores, pero aún no había luz. Todo West Portland llevaba tres semanas sin corriente eléctrica. Avancé a tientas, buscando las velas en la oscuridad, y tardé unos momentos en darme cuenta de que había alguien tumbado en mi cama.
Asustadísima, volví a intentar dar las luces.
Era un hombre. Su cuerpo formaba un bulto alargado en la cama. Pensé que era un ladrón, un individuo que había entrado mientras yo no estaba y que había muerto. Abrí la puerta, para poder huir rápidamente, o al menos para que se oyesen mis gritos, y después conseguí dejar de temblar un momento y encender un fósforo. Encendí la vela y me acerqué un poco más a la cama.
La luz le molestó. Emitió una especie de ronquido y volvió la cabeza.
Me pareció un desconocido, pero después reconocí sus cejas, la forma de sus párpados cerrados, y vi a mi marido.
Se despertó mientras yo estaba de pie junto a él, con la vela en la mano.
Se rió y me dijo, aún medio dormido:
—¡Ah, Psique! De las regiones cuya tierra es sagrada.
Ni él ni yo hicimos muchos aspavientos. El encuentro era inesperado, pero, al fin y al cabo, la presencia de mi marido en casa era lógica, mucho más lógica que su ausencia, y él estaba demasiado cansado para dar grandes muestras de emoción. Me tumbé a su lado en la oscuridad, y él me explicó que le habían permitido salir pronto del campo de rehabilitación porque se había hecho daño en la espalda en un accidente ocurrido en la cantera de grava, y temían que empeorase. Si moría allí, el hecho representaría una publicidad desfavorable en el extranjero, pues habían circulado feos rumores sobre muertes por enfermedad en los campos de rehabilitación y en los hospitales de la Asociación Médica Federal, y el nombre de Simón es conocido en el extranjero por algunos científicos, pues su demostración de la hipótesis de Goldbach se ha publicado en Pekín. Así pues, le dejaron salir pronto, con ocho dólares en el bolsillo, que era lo que llevaba cuando le detuvieron, gesto con el que mostraban su sentido de la justicia. Había venido a casa a pie y en autostop desde Coeur D’Alene, en Idaho, y había pasado un par de días detenido en Walla Walla por haber hecho autostop.
Estuvo a punto de dormirse mientras me contaba esto, y se durmió efectivamente una vez terminó. Necesitaba bañarse y cambiarse de ropa, pero no quise despertarle. Además, yo también estaba cansada. Nos quedamos echados en la cama el uno junto al otro, con su cabeza apoyada en mi brazo. Creo que yo no había sido nunca tan feliz. Pero ¿era felicidad?
No; era algo más amplio y más oscuro, más parecido al conocimiento, más semejante a la noche: alegría.
Reinó la oscuridad durante mucho tiempo, mucho tiempo. Todos estábamos ciegos. Y hacía frío, un frío vasto, inmóvil, pesado. No podíamos movernos en absoluto. No nos movíamos. No hablábamos.
Teníamos la boca cerrada, oprimida por el frío y por el peso. La misma presión nos mantenía los ojos cerrados, los miembros inmóviles, la mente inmóvil. ¿Cuánto tiempo duró aquello? No fue un lapso de tiempo; ¿cuánto dura la muerte? Y, ¿está uno muerto sólo después de la vida o también antes de la vida? Ciertamente pensábamos, si pensábamos algo, que estábamos muertos; pero, si alguna vez habíamos vivido, lo habíamos olvidado.
Se produjo un cambio. Debió de ser la presión lo que cambió primero, aunque no lo sabíamos. Los párpados son sensibles a los contactos. Debían de estar cansados de estar cerrados. Cuando disminuyó un poco la presión que soportaban, se abrieron. Pero nosotros no podíamos saberlo. El frío no nos permitía sentir nada. No había nada que ver. Todo estaba oscuro.
Pero entonces —«entonces», pues el acontecimiento creó el tiempo, creó el antes y el después, el cerca y el lejos, el ahora y el entonces— «entonces» se hizo la luz. Una luz. Una luz pequeña y extraña que pasó lentamente, no supimos a qué distancia. Un pequeño punto brillante, algo borroso de un blanco verdoso.
Para «entonces», teníamos los ojos abiertos, sin duda, pues vimos el momento. El momento es un punto de luz. Ya sea en la oscuridad o en el ámbito de toda la luz, el momento es pequeño, y se mueve, pero no con rapidez. Y después desaparece.
No pensamos que podría venir otro momento. No había razón para suponer que habría más de uno. Uno era ya maravilla suficiente: ¡que en el ámbito de la oscuridad, en aquella negrura fría, pesada, densa, inmóvil, sin tiempo, sin espacio, sin límites, se hubiese producido, una vez, una pequeña luz borrosa que se movía! Nos parecía que el tiempo sólo necesitaba ser creado una vez.
Pero nos equivocábamos. La diferencia entre uno y más de uno es la diferencia más importante del mundo. De hecho, esa diferencia es el mundo.
La luz volvió.
¿Era la misma luz u otra? Imposible saberlo.
Pero «esta vez» nos interrogamos acerca de la luz: ¿era pequeña y estaba cerca de nosotros, o bien era grande y estaba lejos? También esto era imposible de saber; pero había algo en su modo de moverse, un temblor, una vacilación, que no parecía propio de algo grande y remoto. Las estrellas, por ejemplo. Comenzamos a recordar las estrellas.
Las estrellas no vacilaban nunca.
Tal vez la noble certeza de su movimiento había sido un simple efecto de la distancia. Tal vez la verdad era que se precipitaban locamente por el espacio, enormes fragmentos de una bomba primitiva lanzada en la oscuridad cósmica; pero el tiempo y la distancia atenúan toda agonía. Si el universo, como parece probable, comenzó con un acto de destrucción, las estrellas que habíamos visto no hablaban de ello. Estaban implacablemente serenas.
Los planetas, en cambio… Empezamos a recordar los planetas.
Habían experimentado ciertos cambios en su aspecto y en su curso. En ciertos días del año, Marte invertía el sentido de su avance y retrocedía por entre las estrellas. Venus aparecía más brillante o menos según sus fases: creciente, llena y menguante. Mercurio se deslizaba, estremecido, por el cielo del amanecer como una gota de lluvia que corre por un vidrio. La luz que veíamos ahora tenía la misma cualidad vacilante, temblorosa. La vimos, sin lugar a dudas, cambiar de
dirección y retroceder. Después se volvió más pequeña y débil; parpadeó —¿un eclipse?— y desapareció lentamente.
Pero no con la lentitud propia de un planeta.
Entonces —¡el tercer «entonces»!— se produjo el verdadero e indudable Milagro del Mundo, el Truco Mágico, miren ahora, miren, no creerán lo que están viendo, mamá, mamá, mira lo que sé hacer…
Siete luces en hilera se mueven rápidamente, de izquierda a derecha. Avanzan con menor rapidez, de derecha a izquierda, dos luces más débiles, verdosas. Las dos luces se detienen, parpadean, retroceden, avanzan rápidamente, oscilando, de izquierda a derecha.
Las siete luces aumentan su velocidad y alcanzan a las dos. Estas chispean desesperadamente, vacilan y desaparecen.
Las siete luces permanecen inmóviles durante algún tiempo, y después se funden gradualmente en una línea, mientras cambian de dirección, y se esfuman poco a poco en la inmensa oscuridad.
Pero en la oscuridad aparecen ahora otras muchas luces: lámparas, puntos, hileras, titilaciones; algunas muy próximas y otras lejanas.
Parecidas a estrellas, sí, pero no estrellas. No son las grandes Existencias lo que estamos viendo, sino sólo las pequeñas vidas.
A la mañana siguiente, Simón me contó algunas cosas del campo, pero antes me hizo mirar por toda la casa para ver si había en ella micrófonos. Al principio pensé que le habían aplicado modificación de conducta y que estaba un poco paranoico. Nunca nos habían colocado micrófonos en casa.
Además, yo llevaba un año y medio viviendo sola, y ¿qué interés podían tener en oírme hablar conmigo misma? Pero él dijo:
—Quizá los han puesto en espera de mi llegada.
—¡Pero si te han dejado en libertad!
Sin levantarse ni decir nada, se rió de mí. Miré, pues, en todos los lugares que se me ocurrieron. No encontré ningún micrófono, pero sí me pareció que alguien había registrado los cajones del escritorio mientras yo estaba en la Naturaleza. Aquello no tenía importancia, pues todos los papeles de Simón estaban en casa de Max. Hice té en la cocinilla de
petróleo y después lavé y afeité a Simón con el agua que sobró de la olla —
llevaba una espesa barba, y quiso quitársela debido a los piojos que le habían infestado en el campo— y, mientras lo hacíamos, me habló del campo. En realidad me contó muy pocas cosas, pero tampoco era necesario mucho más.
Había perdido unos diez kilos. Como antes sólo pesaba sesenta y tres, estaba muy flaco. Los huesos de las rodillas y de las muñecas le abultaban como piedras bajo la piel. Tenía los pies hinchados y magullados debido a las botas del campo; durante los últimos tres días de su camino a pie no se había atrevido a quitárselas, por temor a no poder volver a ponérselas.
Cuando tenía que moverse o incorporarse para que yo le lavase, cerraba los ojos.
—¿Estoy aquí de verdad? —me preguntó—. ¿Estoy aquí?
—Sí —le respondí—. Estás aquí. Lo que no comprendo es cómo has llegado.
—Bueno, no era tan duro mientras siguiese adelante. Hay que saber a dónde se va… tener un lugar al que ir. En el campo había personas que no habrían sabido a dónde ir si les hubiesen dejado libres. No habrían podido ir a ninguna parte. Lo importante es coger un camino y no detenerse. Ahora lo que me pasa es que tengo la espalda agarrotada; nada más.
Cuando hubo de levantarse para ir al baño, se movía como un hombre de noventa años. No podía mantenerse erguido, y arrastraba los pies. Le ayudé a ponerse ropa limpia. Cuando volvió a tumbarse en la cama, emitió un gemido de dolor, un sonido como el que hace un papel grueso al rasgarse. Yo me movía por la habitación guardando cosas. Él me pidió que fuese a sentarme a su lado, y me dijo que, si seguía llorando, le ahogaría.
—Vas a sumergir a toda Norteamérica —me dijo.
No recuerdo qué más dijo, pero acabó por hacerme reír. Es difícil recordar las cosas que dice Simón, y es difícil no reírse cuando las dice. No es sólo que me haga reír a mí porque le tengo afecto; hace reír a todo el mundo. No creo que lo haga a propósito. Es que la mente de un matemático funciona de modo diferente a la de las demás personas. Y a él le gusta que la gente se ría de las cosas que dice.
Era extraño, y es extraño, estar pensando en «él», en el hombre al que conozco desde hace diez años, el mismo hombre, mientras «él» estaba allí cambiado, irreconocible, un hombre diferente. Es algo que basta para hacerle entender a uno por qué en la mayoría de las lenguas existe la palabra «alma». Hay varios grados de muerte, y el tiempo no nos perdona ninguno. Pero hay algo que perdura, para lo cual es necesaria una palabra.
Le dije lo que no había podido decirle en un año y medio:
—Tenía miedo de que te lavasen el cerebro.
—La modificación de conducta es cara —explicó—. Aunque se haga sólo con fármacos. Suelen reservarla para los vips. Pero hace poco se les ocurrió que yo podía ser importante. Me han interrogado mucho en estos dos últimos meses. Sobre mis «contactos con el extranjero…» —exclamó con desdén—. Por esos artículos que se publicaron, supongo. Así que habré de tener cuidado y asegurarme de que la próxima vez me metan en un campo y no en un hospital federal.
—Simón, esa gente… ¿son crueles o solamente severos?
Tardó unos momentos en contestarme. No quería hacerlo. Sabía lo que le estaba preguntando. Sabía cuán débil era el hilo del que pende la esperanza, la espada, sobre nuestras cabezas.
—Algunos… —murmuró por fin.
Algunos eran crueles. A algunos les gustaba su trabajo. No se puede achacar todo a la sociedad.
—Tanto guardias como presos —explicó.
No se puede achacar todo al enemigo.
—Pero otros, Belle —dijo con energía, tocándome la mano—, otros eran personas maravillosas.
El hilo es resistente; no se lo puede cortar de un solo golpe.
—¿Qué has tocado? —me preguntó.
—Forrest, Schubert.
—¿Con el cuarteto?
—Ahora somos un trío. Janet se fue a Oakland con un amigo nuevo.
—Ah, pobre Max…
—No importa mucho, ¿sabes? No es una buena pianista.
Yo también hago reír a Simón sin proponérmelo. Seguimos hablando hasta que pasó la hora en que yo debía irme a trabajar. Desde que se promulgó la Ley de Pleno Empleo, el año pasado, mi turno es de diez a dos.
Soy inspectora en una fábrica de bolsas de papel reciclado. Todavía no he desechado ninguna bolsa defectuosa; la supervisora electrónica las detecta siempre antes que yo. Es un trabajo bastante deprimente. Pero son sólo cuatro horas, mucho menos tiempo del que se necesita para hacer todas las colas y pasar por todas las revisiones físicas y mentales, llenar todos los formularios, y hablar cada semana con los consejeros e inspectores del Bienestar Social, a fin de ser considerado desempleado, y para hacer, después, cola todos los días para recibir los cupones de racionamiento y el subsidio de paro. Simón pensaba que yo debía ir a trabajar como de costumbre. Lo intenté, pero no pude. Al besarle para despedirme, me había parecido que tenía la mejilla muy caliente. Fui, pues, a avisar a una doctora que trabajaba en el mercado negro. Me la había recomendado una joven de la fábrica, por si alguna vez necesitaba que se me practicase un aborto sin someterme a los reglamentarios dos años de fármacos sexo-depresores que imponen los médicos federales a las mujeres que pasan por esa operación.
La doctora trabajaba como ayudante de un joyero, y mi compañera me dijo que era práctico acudir a ella porque, si no se tenía suficiente dinero en metálico se podía empeñar algo en la joyería, como pago. Nadie dispone nunca de suficiente dinero en metálico, y, por supuesto, las tarjetas de crédito no sirven de gran cosa en el mercado negro.
La doctora se mostró dispuesta a ir a casa inmediatamente, y allá nos dirigimos las dos en el autobús. No tardó en adivinar que Simón y yo estábamos casados, y fue gracioso verla mirarnos y sonreír con disimulo.
Hay personas a quienes les encanta la ilegalidad por sí misma. Hombres, por lo general, más que mujeres. Son los hombres los que hacen las leyes, los que las imponen y los que las infringen, y todo este proceso les parece magnífico. Las mujeres, en su mayoría, prefieren hacer caso omiso de las leyes. Pero estaba claro que a aquella mujer le divertía quebrantar las leyes, como a un hombre. Quizá fue eso lo que la impulsó a dedicarse a un trabajo ilegal, su preferencia por el lado oscuro. Pero había algo más. Sin duda había deseado también ser médico; y la Asociación Médica Federal no
admite a mujeres en las escuelas de medicina. Probablemente había estudiado de modo clandestino, como alumna particular de otro médico. Es decir, de un modo muy parecido a como aprendió Simón matemáticas, pues las universidades ya no enseñan gran cosa aparte de Administración de Empresas, Publicidad y Medios de Comunicación. Dondequiera que lo hubiese aprendido, la doctora parecía conocer su oficio. Con gran habilidad, construyó una especie de carrito para que Simón pudiese moverse por la casa, y le informó de que, si caminaba mucho en los dos meses siguientes, se quedaría inválido para toda la vida, y, si tenía cuidado, sólo se quedaría más o menos cojo. No parece que una cosa así haya de despertar mucho agradecimiento en quien la oye, pero nosotros se la agradecimos. Antes de marcharse, la doctora me entregó un frasco que contenía unas doscientas píldoras blancas, sin etiqueta.
—Son aspirinas —me dijo—. Durante varias semanas, su amigo sufrirá fuertes dolores, de modo intermitente.
Miré el frasco. Nunca había visto aspirinas; sólo conocía el Anti Dolor Extra Fuerte, el Analgésico de Triple Potencia, y el Animaspirín Forte con el ingrediente milagroso que recomiendan más doctores, y que recetan siempre los médicos federales, para que el paciente acuda a la muy servicial farmacia privada y lo adquiera a los bajos, bajísimos precios fijados por el Departamento de Sanidad a fin de estimular la investigación competitiva.
—Aspirina —repitió la doctora—. El ingrediente milagroso que recomiendan más doctores.
Volvió a sonreír con disimulo. Creo que le caíamos bien porque vivíamos en pecado. Probablemente, aquel frasco de aspirinas de estraperlo valía más que la pulsera antigua de los indios navajos que empeñé a modo de honorarios para ella.
Volví a salir, para inscribir a Simón como domiciliario temporal en mi casa, y para solicitar en su nombre cupones de racionamiento de la Compensación por Desempleo Temporal. Sólo los conceden para dos semanas, y hay que presentarse cada día, pero el inscribirle como Transitoriamente Inválido representaba obtener las firmas de dos médicos federales, y preferí dejarlo estar por el momento. Tardé tres horas en hacer las colas, en conseguir los formularios que Simón habría de llenar, y en
responder a las preguntas de los burócratas que querían saber por qué no había venido él en persona. Sospechaban algo. Desde luego, a ellos les es difícil demostrar que dos personas están casadas, si éstas cambian de domicilio de vez en cuando, y si los amigos les ayudan registrando algunas veces a uno de los dos en su domicilio; pero ellos tenían todas las fichas anteriores de los dos, y quedaba claro que Simón y yo habíamos estado cerca durante mucho tiempo. El estado se pone las cosas dificilísimas a sí mismo. Debía de ser más fácil imponer las leyes en los tiempos en que el matrimonio era legal y el adulterio lo perseguido. Sólo tenían que descubrirle a uno una vez. Pero estoy segura de que la gente infringía la ley tan a menudo como ahora.
Por fin, los seres linterna se acercaron lo suficiente para que pudiésemos ver no sólo su luz sino sus cuerpos, a su propia luz. No eran hermosos. Eran de color oscuro, casi todos rojo oscuro, y eran todo boca. Se comían enteros unos a otros. Unas luces se tragaban a otras, y todas eran tragadas por la vasta boca de la oscuridad. Se movían despacio, pues nada, por pequeño que fuese y por hambriento que estuviese, podía moverse deprisa bajo aquel peso, en aquel frío.
Sus ojos, redondos por el miedo, no se cerraban nunca. Detrás de sus mandíbulas abiertas, sus cuerpos eran diminutos y huesudos. Llevaban extraños y feos adornos en los labios y en el cráneo: flequillos, barbas dentadas, hojas de palmera semejantes a plumas, señuelos, ajorcas.
¡Pobres enanos harapientos, de mandíbulas torcidas, estrujados hasta los huesos por el peso de la oscuridad, helados hasta los huesos por el frío de la oscuridad, monstruos diminutos ardientes de hambre luminosa, que nos devolvían a la vida!
De vez en cuando, a la luz escasa y macilenta de uno de los seres linterna, vislumbrábamos por un momento otras formas grandes, inmóviles: la insinuación más leve, en la distancia, no de una pared, no de algo tan sólido y concreto como una pared, sino de una superficie, un ángulo… ¿Estaba allí?
O bien relucía algo, levemente, lejos, abajo. Era inútil intentar distinguir lo que era. Probablemente era sólo una partícula de un sedimento, barro o mica, agitado por una lucha entre los seres linterna, que titilaba como una mota de polvo de diamante al ascender y posarse lentamente. En cualquier caso, no podíamos movernos para ir a ver lo que era. No teníamos siquiera la fría, estrecha libertad de los seres linterna. Estábamos inmovilizados, abrumados, sombras aún entre las sombras de unas paredes que adivinábamos. ¿Estábamos allí?
Los seres linterna no parecían advertirnos. Pasaban ante nosotros, entre nosotros, quizá incluso a través de nosotros… era imposible estar seguro. No mostraban temor ni curiosidad.
Una vez, se acercó lentamente a nosotros algo parecido a una mano, y por un instante vimos con toda claridad el ángulo que formaba la base de un muro al surgir del suelo, a la luz tenue que emitía el ser que se movía, que estaba cubierto por un follaje de plumas, cada pluma moteada con muchos puntitos de luz azulada. Vimos el suelo debajo de aquel ser y el muro detrás de él, desgarrador en su clara y exacta linealidad, en su oposición a todo lo fluido, incierto, vasto y vacío. Vimos las garras de aquel ser, que se extendían y se retraían lentamente como pequeños dedos rígidos, tocar el muro. Tembloroso su plumaje de luz, se arrastró por el suelo, volvió la esquina y desapareció.
Supimos, pues, que el muro estaba allí; y que era un muro exterior, la fachada de una casa tal vez, o el lado de una de las torres de la ciudad.
Recordamos las torres. Recordamos la ciudad. La habíamos olvidado. Habíamos olvidado quiénes éramos; pero ahora recordábamos la ciudad.
Cuando volví a casa, vi que habían estado allí los del FBI. El ordenador de la comisaría de policía en la que había declarado el domicilio de Simón debía de haberlo enviado inmediatamente al ordenador de la sede del FBI.
Habían interrogado a Simón durante una hora, más o menos, sobre todo
acerca de lo que había hecho en los doce días que tardó en volver a Portland desde el campo. Supongo que imaginaban que había hecho un viaje relámpago a Pekín, o algo así. El hecho de tener la ficha policial en Walla Walla por hacer autostop le ayudó a verificar su historia. Me dijo que uno de ellos había ido al cuarto de baño. Y, en efecto, encontré un micrófono en el dintel de la puerta. Lo dejé allí, pues pensamos que en realidad es mejor dejarlo cuando se sabe que está allí que quitarlo y después no estar nunca seguro de que no han colocado otro del que no se sabe nada. Como dijo Simón, si sentíamos la necesidad de decir algo poco patriótico, siempre podíamos decirlo mientras tirábamos de la cadena.
Tengo una radio de pilas —hay tantas interrupciones de la corriente eléctrica, días en que hay que hervir el agua, y demás, que hay que tener una radio para evitar perder el tiempo y morir de tifus—, y Simón la conectó mientras yo preparaba la cena en la cocina de petróleo. El locutor del informativo de las seis de la Radiodifusión Americana anunció que en Uruguay la paz estaba próxima; el enviado confidencial del Presidente había sido visto sonriendo al paso de una rubia a la salida de su jornada número seiscientos trece de las negociaciones secretas que se celebraban en una villa próxima a Katmandú. La guerra de Liberia iba bien: el enemigo aseguraba haber derribado diecisiete aviones americanos, pero el Pentágono declaraba que habíamos abatido veintidós aviones enemigos, y la capital —
cuyo nombre he olvidado, pero que de todos modos lleva siete años inhabitable— estaba a punto de ser reconquistada por las fuerzas de la libertad. También era un éxito la actuación de la policía en Arizona. Los insurgentes neo-Birch de Phoenix no podrían resistir mucho más al poder conjunto del ejército y de las fuerzas aéreas americanas, ya que había sido cortado su suministro clandestino de pequeñas bombas atómicas de uso táctico, procedente de los Weathermen de Los Angeles. Después hubo un anuncio de las tarjetas Fed-Cred, y otro anuncio del Tribunal Supremo.
«¡Exponga sus problemas legales a los Nueve Hombres Sabios!». Vino después una explicación sobre la causa de que hubieran subido los aranceles, y un informe de la Bolsa, que había cerrado por encima de los 2.000 enteros, y un anuncio del agua envasada del gobierno de los USA, con una pegadiza tonadilla: «No se queje cuando beba / No es tan sano
como piensa / ¿No cree que debería / beber agua GUSA fría?», con tres sopranos en estrecha armonía en el último verso. Después, justo cuando las pilas empezaban a agotarse y la voz del locutor se debilitaba y se convertía en un lejano murmullo, pareció que decía algo sobre la aparición de un continente nuevo.
—¿Qué dice?
—No lo he oído —respondió Simón, que estaba echado con los ojos cerrados y el rostro pálido y sudoroso.
Antes de cenar, le di dos aspirinas. Comió poco, y se quedó dormido mientras yo lavaba los platos en el cuarto de baño. Yo tenía pensado practicar un rato la viola, pero ésta resultaba muy ruidosa cuando se intenta dormir en un apartamento de una sola habitación. Me puse a leer un bestseller que me había prestado Janet cuando se marchó. A ella le había parecido muy bueno, pero también es verdad que a Janet le gusta Franz Liszt. No leo mucho desde que clausuraron las bibliotecas, pues es muy difícil conseguir libros; sólo se pueden comprar bestsellers. No recuerdo el título de aquél; la portada sólo decía «¡¡¡NOVENTA MILLONES DE
EJEMPLARES PUBLICADOS!!!». Trataba sobre la vida sexual en una ciudad pequeña durante el siglo pasado, los felices años setenta, cuando no había problemas y la vida era sencilla y nostálgica. Extraía todas las situaciones escabrosas posibles del hecho de que todos los personajes principales estuviesen casados. Miré el final, y vi que todos los cónyuges acababan asesinándose mutuamente a tiros, después de que todos sus hijos se hubiesen entregado a la prostitución y hubiesen caído en la esquizofrenia, con la excepción de una valiente pareja que se divorciaba y que después se metía en la cama con una inteligente pareja de amantes, funcionarios del gobierno, dando lugar así a ocho páginas de sano sexo de grupo, mientras amanecía un futuro más brillante. Entonces yo también me fui a la cama. Le toqué la frente a Simón y me pareció que tenía fiebre, pero dormía tranquilamente. Su respiración era como el sonido de unas pequeñas olas en la distancia, y con aquel sonido me sumergí en el mar oscuro.
Yo solía salir al mar oscuro, de niña, cuando me dormía. Mi mente despierta casi lo había olvidado. De niña, lo único que hacía era tenderme en la cama y pensar: «el mar oscuro… el mar oscuro…», y no tardaba en
encontrarme allí, en las grandes profundidades, meciéndome. Pero, cuando me hice mayor, ello sólo me ocurría algunas veces, como un gran regalo.
Conocer el abismo de la oscuridad y no temerlo, confiarse a él y a lo que pudiera surgir de él… ¿qué mayor regalo podía haber?
Miramos cómo se acercaban y nos rodeaban las diminutas luces, y, al hacerlo, adquirimos un sentido del espacio y de la dirección: cerca y lejos, por lo menos, y alto y bajo. Fue ese sentido del espacio el que nos permitió percibir las corrientes. El espacio ya no estaba completamente inmóvil a nuestro alrededor, contenido por la enorme presión de su propio peso. Muy confusamente, percibimos que la fría oscuridad se movía, con lentitud, con suavidad, apretándose un poco contra nosotros durante mucho tiempo, y después cesando, en una vasta oscilación. La vacía oscuridad fluía lentamente a lo largo de nuestros cuerpos inmóviles y no vistos; a lo largo de ellos, más allá de ellos; tal vez a través de ellos, no lo sabíamos.
¿De dónde venían aquellas confusas, lentas, vastas mareas? ¿Qué presión o atracción movía las profundidades y les imprimía aquellos lentos movimientos? No lo comprendíamos; sólo podíamos sentir su contacto, pero, al forzar nuestra sensibilidad para adivinar su origen o su final, percibimos otra cosa: algo que estaba allí fuera, en la oscuridad de las grandes corrientes: unos sonidos. Escuchamos.
Oímos.
Así, nuestro sentido del espacio se agudizó y se concretó hasta convertirse en un sentido del lugar. Pues el sonido es local, a diferencia de la visión. El sonido está delimitado por el silencio; y no surge del silencio a menos que esté muy cerca, en el espacio y en el tiempo.
Aunque estemos donde antes estuvo el cantante, no oímos la voz que canta; los años se la han llevado con sus mareas, la han sumergido. El sonido es una cosa frágil, un temblor, tan delicado como la vida misma. Vemos las estrellas, pero no las oímos. Aun cuando la vacuidad del espacio exterior fuese una atmósfera, un éter que transmitiese las ondas sonoras, no oiríamos las estrellas; están
demasiado lejos. Como máximo, si escuchásemos, oiríamos nuestro sol, la grandiosa tormenta de sus explosiones, de su combustión, como un susurro en el umbral del oído.
Una ola del mar lame nuestros pies: es la onda de choque de una erupción volcánica que se produce al otro extremo del mundo. Pero no oímos nada.
Una luz roja parpadea en el horizonte: es el reflejo en humo de una ciudad que está en un lejano continente, y que arde. Pero no oímos nada.
Sólo en las laderas del volcán, en los suburbios de la ciudad, se empieza a oír el profundo trueno, y las agudas voces que gritan.
Así, cuando nos dimos cuenta de que oíamos, estuvimos seguros de que los sonidos que escuchábamos estaban muy cerca de nosotros.
Aunque es posible que nos equivocásemos. Pues estábamos en un lugar extraño, un lugar profundo. En los lugares profundos, el sonido se desplaza deprisa y lejos, y el silencio es perfecto; el menor ruido se oye a cientos de kilómetros.
Y aquellos sonidos no eran pequeños. Las luces eran diminutas, pero los sonidos eran vastos: no eran fuertes, pero sí muy grandes.
Muchas veces estaban por debajo del umbral de la audición; más que sonidos, eran largas y lentas vibraciones. El primero que oímos nos pareció que ascendía por entre las corrientes que había debajo de nosotros: inmensos gemidos, suspiros que recorrían los huesos, un rumor sordo, un murmullo inquieto y profundo.
Después, ciertos sonidos nos llegaron desde arriba, o fueron llevados por las interminables capas de oscuridad, y éstos eran aún más extraños, pues eran música. Una música inmensa, que llamaba, una música anhelante que venía de lejos en la oscuridad, que no nos llamaba a nosotros. ¿Dónde estás? Estoy aquí.
No a nosotros.
Eran las voces de las grandes almas, de las grandes vidas, de los solitarios, los viajeros. Llamando. A menudo sin respuesta. ¿Dónde estáis? ¿A dónde habéis ido?
Pero los huesos, las quillas y las vigas de blancos huesos en heladas islas del sur, las playas de huesos no respondían.
Tampoco nosotros podíamos responder. Pero escuchábamos, y nacían en nuestros ojos las lágrimas, saladas, no tan saladas como los océanos, las profundas, afligidas corrientes que rodean el mundo, las carreteras abandonadas de las grandes vidas, no tan saladas, pero más cálidas.
Estoy aquí. ¿A dónde has ido?
Sin respuesta.
Sólo el trueno susurrando desde las profundidades.
Pero ahora sabíamos, aunque no podíamos responder, sabíamos porque oíamos, porque sentíamos, porque llorábamos, sabíamos que éramos; y recordábamos otras voces.
Max vino la noche siguiente. Yo me senté en la tapa del retrete para ensayar, con la puerta del baño cerrada. Los agentes del FBI que escuchaban lo que transmitía el micrófono recibieron una buena media hora de escalas y acordes dobles, y después una interpretación bastante buena de la sonata para viola de Hindemith. Como el cuarto de baño era muy pequeño y estaba formado de superficies duras, el ruido que hacía la viola era realmente espantoso. No era un sonido agradable, pues había demasiada resonancia, pero su volumen me estimuló, y fui tocando cada vez más alto.
El vecino de arriba dio unos golpes en el suelo; pero, si yo tengo que escuchar cada domingo por la mañana, por su televisor, los juegos olímpicos americanos semanales a todo volumen, él tiene que aceptar que de vez en cuando le salga Paul Hindemith por el retrete.
Cuando me cansé, puse un buen pedazo de algodón sobre el micrófono y salí del cuarto de baño, medio sorda. Simón y Max hablaban, entusiasmados. Ardían sin consumirse. Simón garabateaba fórmulas relativas a la tracción, y Max movía los codos arriba y abajo como suele hacerlo, igual que un boxeador, y decía: «La e-mi-sión de e-lec-tro-nes…»
hablando por la nariz, con los ojos entornados y el cerebro funcionándole evidentemente a años luz más deprisa que la lengua, porque empezaba una
y otra vez la frase: «La e-mi-sión de e-lec-tro-nes…» sin parar de mover los codos.
Los intelectuales constituyen un extraño espectáculo cuando están trabajando. Tan extraño como el que dan los artistas. Nunca he llegado a comprender cómo a un público puede interesarle mirar cómo un violinista pone los ojos en blanco y se muerde la lengua, o cómo un trompa acumula saliva, o cómo un pianista adquiere el aspecto de un gato negro atado a una banqueta electrificada, como si lo que ven tuviese algo que ver con la música.
Enfrié un poco el entusiasmo de los dos hombres con un litro de cerveza del mercado negro; es mejor la legal, pero nunca tengo los suficientes cupones de racionamiento para conseguir cerveza, y nunca tengo la suficiente sed para pasar sin comer. Max y Simón se fueron calmando. Max habría seguido hablando toda la noche, pero le hice marchar, pues Simón parecía cansado.
Le puse una pila nueva a la radio y la dejé sonando en el cuarto de baño.
Apagué la vela, me acosté y me puse a hablar con Simón, que estaba demasiado excitado para dormirse. Me dijo que Max había resuelto los problemas que les preocupaban antes de que él fuese enviado al campo, y que había adaptado sus ecuaciones, de Simón, a la realidad, lo cual significa que habían conseguido la «transformación directa de la energía». Diez o doce personas han trabajado en ello en momentos diferentes desde que Simón publicó la parte teórica de la cosa, cuando tenía veintidós años. La física Ann Jones había señalado desde el principio que la aplicación práctica más simple de la teoría sería construir un «acumulador solar», un aparato para recoger y almacenar energía solar, pero mejor y mucho más barato que los Solcalentadores USA que tienen algunos ricos. Y habría sido sencillo, pero todos tropezaban con la misma dificultad. Y ahora, Max ha superado esa dificultad.
He dicho que Simón publicó esa teoría, pero esto no es exacto. Nunca ha podido publicar, impreso, ninguno de sus estudios; no es funcionario, y no tiene permiso del gobierno. Pero su teoría circuló en lo que los científicos y poetas llaman «los datos de Sammy[1]», es decir, en hojas escritas a mano o hectografiadas. Es un chiste ya bastante viejo el que dice
que los agentes del FBI arrestan a toda persona que tenga los dedos de color violeta, porque han estado hectografiando datos de Sammy, o bien porque tienen impétigo.
El caso es que Simón estaba entusiasmado aquella noche. Su verdadera felicidad está en las matemáticas puras, pero había trabajado durante diez años con Clara, Max y los demás en un esfuerzo por completar la teoría, y un sabor a victoria concreta es una buena cosa, una vez en la vida.
Le pedí que me explicase lo que representaría para las masas el acumulador solar, conmigo como representante de las masas. Él explicó que podríamos acumular energía solar para tener energía eléctrica, utilizando un aparato más fácil de construir que una pila. La eficacia y la facilidad de almacenamiento son tales que diez minutos de luz solar podrán suministrar electricidad a un edificio de apartamentos como el nuestro, incluyendo calefacción, iluminación, ascensores y todo lo demás, durante veinticuatro horas; y todo esto sin contaminación, ni de partículas, ni térmica, ni radiactiva.
—¿No hay peligro de que se agote el sol? —pregunté.
Él se tomó la pregunta en serio —era una idea estúpida, pero, al fin y al cabo, no hace tanto tiempo que la gente pensaba que no existía el peligro de que se agotase la tierra— y dijo que no, porque no extraeríamos energía, como hacíamos cuando abríamos minas, talábamos bosques y desintegrábamos átomos, sino que tan sólo utilizaríamos la energía que nos llegaba de todos modos, como han hecho siempre las plantas, los árboles, la hierba y los rosales.
—Se la podría llamar «energía floral» —dijo.
Estaba exaltado. Parecía estar en lo alto de una montaña, a punto de saltar con sus esquís en la luz del sol.
—El estado es nuestro dueño —explicó— porque el estado corporativo tiene el monopolio de las fuentes de energía, y no hay energía suficiente para todos. Pero, con este invento, cualquier persona podría construirse un generador en el tejado, que le proporcionaría energía suficiente para iluminar una ciudad.
Miré por la ventana la ciudad oscura.
—Podríamos descentralizar completamente la industria y la agricultura.
La tecnología podría estar al servicio de la vida, y no al servicio del capital.
Todos podríamos dirigir nuestra vida. ¡La energía es poder! El estado es una máquina. Podríamos desconectarla. El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente. Pero esto sólo es cierto cuando el poder, la energía, tiene un precio. Cuando unos grupos pueden monopolizarlo; cuando pueden usar el poder físico para ejercer el dominio espiritual; cuando la fuerza se convierte en derecho. Pero ¿y si la energía es gratuita?
¿Y si todo el mundo es igualmente poderoso? Entonces, todo el mundo encontrará una manera mejor de demostrar que tiene razón…
—Esto es lo que pensaba el señor Nobel cuando inventó la dinamita —
dije—. Paz en la tierra.
Él descendió con sus esquís por la ladera soleada, quinientos o seiscientos metros, y se detuvo a mi lado en medio de una rociada de nieve, sonriendo.
—La calavera en el banquete —dijo—. El dedo que escribe en el muro.
¡Calla, mujer! Mira, ¿no ves el sol que brilla sobre el Pentágono? Ya no hay techos; el sol ilumina por fin los corredores del poder… Y ellos se consumen y desaparecen. Crece la verde hierba en las alfombras de la sala ovalada, el teléfono rojo está desconectado por falta de pago. Lo primero que haremos es levantar una valla electrificada alrededor de la valla electrificada que rodea la Casa Blanca. La primera valla impide que entren las personas no autorizadas; la segunda, la nuestra, impedirá que salgan las personas no autorizadas…
Simón estaba amargado, como es lógico. Casi todo el mundo sale de la cárcel amargado.
Pero era cruel contemplar aquella gran esperanza y saber que no había esperanza. Él lo sabía. Lo sabía desde el principio. Sabía que no había montaña, que esquiaba sobre el viento.
Las luces diminutas de los seres linterna se fueron apagando, una a una. Las voces distantes y solitarias se desvanecieron. Las frías y
lentas corrientes fluyeron vacías, sólo estremecidas de cuando en cuando por un deslizamiento en el abismo.
Volvía a reinar la oscuridad, y no se oía ninguna voz. Todo estaba oscuro, mudo, frío.
Entonces salió el sol.
No era como los amaneceres que habíamos empezado a recordar: el cambio, múltiple y sutil, en el olor y el tacto del aire; el silencio que, en lugar de dormir, despierta, se queda inmóvil y espera; la apariencia de los objetos, que parecen grises, vagos y nuevos, como acabados de crear —lejanas montañas contra el cielo de oriente, las propias manos, la hierba blanquecina llena de rocío y de sombra, el pliegue en el borde de una cortina junto a la ventana—, y entonces, antes de que uno esté del todo seguro de que está volviendo a ver, de que la luz ha vuelto, de que está rompiendo el día, el primer balbuceo, dulce e inesperado, de un pájaro que se despierta. Y, después, el coro, voz a voz: «¡Éste es mi nido, éste es mi árbol, éste es mi huevo, éste es mi día, ésta es mi vida, aquí estoy, aquí estoy, hurra por mí! ¡Estoy aquí!». No, aquel amanecer no fue así en absoluto. Fue del todo silencioso, y azul.
En las madrugadas que habíamos comenzado a recordar, uno no percibía la luz misma, sino los objetos tocados por la luz, las cosas, el mundo. Estaban allí, visibles otra vez, como si la visibilidad fuese una cualidad propia y no un don del sol naciente.
En aquella madrugada no había nada sino la luz misma. Incluso habríamos dicho que no había siquiera luz, sino sólo color: el azul.
No había puntos cardinales. No estaba más claro al este. No había este ni oeste. Sólo había arriba y abajo. Abajo estaba oscuro. La luz azul venía de arriba. La luz caía sobre las cosas. Abajo, donde había callado el gran trueno, se extinguía la luz, pasando del violeta a la negrura total.
Nosotros, poniéndonos en pie, contemplamos cómo caía la luz.
En cierto modo, era más como una etérea nevada que como un amanecer. La luz parecía estar compuesta de partículas separadas en puntos infinitesimales, que descendían lentamente, tenues, más tenues que copos de fina nieve en una noche oscura, y más pequeños, pero
azules. Un azul suave, penetrante, que tendía al violeta, el color de las sombras de un iceberg, el color de un jirón de cielo entre nubes grises en una tarde de invierno antes de la nevada: leve en intensidad pero vívido en matiz: el color de la lejanía, el color del frío, el color más remoto del sol.
El sábado por la noche se celebró un congreso científico en nuestra habitación. Vinieron Clara y Max, por supuesto, el ingeniero Phil Drum y otras tres personas que habían trabajado en el acumulador solar. Phil Drum estaba muy satisfecho de sí mismo porque incluso había construido uno de aquellos aparatos, un acumulador solar, y lo traía. Creo que ni a Max ni a Simón se les había ocurrido construir uno. Una vez estuvieron seguros de que ello era posible, se quedaron contentos y sintieron el deseo de pasar a otra cosa. Pero Phil desenvolvió su criatura con muchos aspavientos, mientras los demás hacían comentarios como: «Señor Watson, ¿quiere venir un momento?», «¡Eh, Wilbur, estás volando[2]!», «Oh, Alee, qué moho tan feo tienes aquí, ¿por qué no lo tiras[3]?», y «¡Huy, huy, quema, quema, ay, ay…!», este último de Max, que tiene un aspecto algo premusteriense. Phil explicó que había expuesto el acumulador durante un minuto, a las cuatro de la tarde, en el parque Washington, durante una ligera lluvia. El jueves había vuelto la luz al West Side, de modo que pudimos probar el aparato sin llamar la atención.
Apagamos las luces, una vez que hubimos conectado el cordón de la lámpara de mesa al acumulador. Phil pulsó el interruptor de la lámpara. La bombilla se encendió, emitiendo el doble de luz que antes, sus cuarenta watios, cosa que nunca ocurría con la corriente normal de la ciudad, que nunca alcanza la plena potencia. Todos nos quedamos mirándola. Era una lámpara barata de mesa, con un pie metalizado dorado y una pantalla de plastitela blanca.
—Más brillante que mil soles —murmuró Simón desde la cama.
—¿Podría ser —preguntó Clara Edmonds— que los físicos hubiésemos conocido el pecado… y que ahora estuviésemos del otro lado?
—Desde luego, ese cacharro no servirá para hacer bombas —dijo Max.
—¡Bombas! —exclamó Phil Drum con desdén—. Las bombas están anticuadas. ¿No te das cuenta de que con este tipo de energía podríamos mover una montaña? Podríamos levantar el monte Hood, llevarlo por los aires y dejarlo en otro lugar. Podríamos deshelar la Antártida, y congelar el Congo. Podríamos hundir en los océanos un continente. «Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo». Pues bien, Arquímedes, aquí tienes tu punto de apoyo. El sol.
—¡Ay! —exclamó Simón—. ¡Belle, la radio!
La puerta del cuarto de baño estaba cerrada, y yo había cubierto el micrófono con algodón, pero Simón tenía razón; si iban a seguir hablando de aquel modo, era mejor crear algo más de electricidad estática. Y, aunque me gustaba observar sus caras a la clara luz de la lámpara —todos tenían caras agradables, interesantes, bellamente desgastadas, como las asas de las herramientas de madera o las rocas de una corriente de agua—, no tenía muchos deseos de oírles hablar aquella noche. No porque yo no fuese una científica; esto no importaba. Y tampoco porque estuviese en desacuerdo con nada de lo que decían. Sólo porque me apenaba profundamente oírles hablar. Porque no podían alegrarse ruidosamente por un trabajo y un descubrimiento que habían hecho, sino que tenían que esconderse en aquella habitación y hablar de ello en susurros. Porque no podían salir a la luz del sol.
Me fui al cuarto de baño con mi viola, me senté en la tapa del retrete e hice una larga serie de ejercicios de sautillé. Después intenté ensayar el trío de Forrest, pero era demasiado vigoroso. Toqué la parte para solista de Haroldo en Italia, que es una preciosidad, pero tampoco era lo adecuado para mi estado de ánimo. En la otra habitación seguían discutiendo animadamente. Me puse a improvisar.
Al cabo de unos minutos en mi menor, la luz del espejo del lavabo empezó a hacer gruñidos y a debilitarse, y después se apagó. Otro corte de la corriente. En la otra habitación, la lámpara de mesa no se apagó, por estar conectada con el sol y no con las veintitrés plantas de fisión nuclear que suministran electricidad a la zona del Gran Portland. A los pocos segundos, alguien apagó también aquella bombilla, para que no fuese la nuestra la única ventana iluminada en todo West Hills; y les oí buscar las velas y
encender cerillas. Seguí improvisando en la oscuridad. Sin luz, sin ver las duras y brillantes superficies de las cosas, el sonido parecía más suave y menos confuso. Seguí tocando, y la cosa empezó a tomar forma. Cuando descendía el arco sobre las cuerdas, cantaban juntas todas las leyes de la armonía. Las cuerdas de la viola eran las cuerdas de mi propia voz, tensadas por el dolor, afinadas con el diapasón de la alegría. La melodía se creaba alimentándose de aire y de energía; elevaba los valles, las montañas y colinas se hacían más bajas, las cosas torcidas se enderezaban, y los lugares abruptos se volvían llanos. Y la música se fue al mar oscuro y cantó en la oscuridad, por encima del abismo.
Cuando salí del baño, estaban todos allí sentados, y ninguno de ellos hablaba. Max había llorado. Vi llamitas de vela en las lágrimas que rodeaban sus ojos. Simón estaba echado en la cama, en la oscuridad, con los ojos cerrados. Phil Drum estaba sentado, encorvado, sosteniendo en las manos el acumulador solar.
Aflojé las clavijas y guardé en el estuche el arco y la viola. La situación era embarazosa.
—Perdonadme —dije por fin.
Una de las mujeres habló. Era Rose Abramski, una alumna particular de Simón, una mujer corpulenta y tímida que apenas sabía hablar si no era en símbolos matemáticos.
—Lo he visto —dijo—. Lo he visto. He visto las torres blancas, y el agua que corría por sus muros, y que volvía al mar. Y la luz del sol iluminando las calles, después de diez mil años de oscuridad.
—Yo les he oído —dijo Simón en voz muy baja, desde la sombra—. He oído sus voces.
—¡Basta! ¡Basta, por el amor de Dios! —exclamó Max.
Se puso en pie y salió torpemente al oscuro vestíbulo, sin el abrigo.
Oímos cómo bajaba corriendo las escaleras.
—Phil —dijo Simón, sin incorporarse—, ¿podríamos levantar las torres blancas con nuestra palanca y nuestro punto de apoyo?
Después de un largo silencio, Phil Drum respondió:
—Tenemos el poder de hacerlo; tenemos la energía necesaria.
—¿Qué más necesitamos? —preguntó Simón—. ¿Qué necesitamos además del poder?
Nadie le contestó.
El azul cambió. Se hizo más vivo, más claro, y al mismo tiempo más denso: impuro. La etérea luminosidad del azul-violeta se convirtió en turquesa, intenso y opaco. Aun así, no habríamos podido decir que todo era ahora de color turquesa, pues tales cosas no existían aún. No existía nada, excepto el color de la turquesa.
El cambio continuó. La opacidad se hizo veteada y menos densa.
El color denso y sólido se volvió translúcido, transparente. Después pareció que estuviésemos en el corazón de un jade sagrado, o del brillante cristal de un zafiro o de una esmeralda.
Como en la estructura interna de un cristal, no había movimiento.
Pero ahora había algo que ver. Era como si viésemos la inmóvil y elegante estructura interna de las moléculas de una piedra preciosa.
Aparecieron a nuestro alrededor planos y ángulos, claros y sin sombras en aquella luz uniforme de color azul verdoso.
Eran los muros y las torres de la ciudad, las calles, las ventanas, las puertas.
Las conocíamos, pero no las reconocíamos. No nos atrevíamos a reconocerlas. Había pasado mucho tiempo. Y todo era muy extraño.
Cuando vivíamos en esta ciudad, soñábamos. Yacíamos por las noches en las habitaciones que había tras las ventanas, dormíamos y soñábamos. Todos habíamos soñado con el océano, con el mar profundo. ¿No estaríamos soñando ahora?
A veces, allá abajo, retumbaba de nuevo el trueno, pero ahora era un ruido débil, lejano; tan lejano como nuestro recuerdo del trueno, del fuego y de las torres que caían, mucho tiempo atrás. Ni el ruido ni el recuerdo nos asustaban. Los conocíamos.
Arriba, la luz de color zafiro se hizo más clara y se volvió verde, casi de un verde dorado. Alzamos la mirada. Las cúspides de las torres más altas se veían apenas, pues estaban bañadas por la luz refulgente.
Las calles y los portales estaban más oscuros, más nítidamente definidos.
En una de aquellas largas calles oscuras como gemas, algo se movía: algo que no estaba formado por planos y ángulos, sino por curvas y arcos. Todos nos volvimos a mirarlo, despacio, sorprendiéndonos ante la lenta facilidad de nuestro movimiento, ante nuestra libertad. Sinuosa, con un bello movimiento fluido y ondulante, a veces rápido y a veces indeciso, la cosa cruzó la calle desde el muro de un jardín a un portal. Allí, en la sombra azul oscuro, fue casi invisible durante un rato. Seguimos mirando. En el dintel de la puerta apareció una curva de color azul pálido. Apareció después una segunda curva, y una tercera. La cosa que se movía permaneció allí, encima de la puerta, como un oscilante nudo de cuerdas plateadas o como una mano sin huesos, como un dedo curvado que indicase vagamente algo que estaba encima del dintel de la puerta, algo que se parecía a la cosa pero que estaba inmóvil, una talla. Una talla en luz de color jade. Una talla en piedra.
Con facilidad y delicadeza, el largo tentáculo curvado siguió las curvas de la figura tallada, los ocho brazos como pétalos, los ojos redondos. ¿Reconocía su imagen?
De pronto, la cosa viva se movió, recogió sus curvas en un nudo flojo y se lanzó calle abajo, ligera y sinuosa. Detrás de ella quedó un momento una tenue nube de un azul más oscuro que después se disolvió, dejando ver la figura tallada que había encima de la puerta: la flor marina, la sepia, rápida, de ojos grandes, graciosa, esquiva, el signo venerado, tallado en mil paredes, labrado en el ornamento de cornisas, suelos, asas, cajas de joyas, doseles, tapices, mesas, puertas.
Por otra calle, al nivel aproximado de las ventanas del primer piso, se acercaba una temblorosa y lenta corriente de cientos de motas de plata. Con un solo movimiento se volvieron todas hacia la calle transversal, y se alejaron entre las sombras azul oscuro. Ahora había sombras.
Apartamos la mirada y la dirigimos hacia arriba; dejamos de mirar la bandada de peces plateados, las calles en las que fluían las corrientes
verde jade y en las que caían las sombras azules. Nos movimos y miramos hacia arriba, anhelantes, y miramos las altas torres de nuestra ciudad. Las torres que habían caído estaban en pie. Refulgía con su brillo eterno, y ya no eran azules ni verdeazules, sino doradas. Muy por encima de ellas había una luz vasta, circular y temblorosa: la luz del sol en la superficie del mar.
Estamos aquí. Cuando nos abramos paso por el brillante círculo hasta la vida, el agua correrá, blanca, por las blancas paredes de las torres, y bajará por las empinadas calles, regresando al mar. El agua centelleará en el oscuro cabello, en los párpados de los ojos oscuros, y se secará hasta convertirse en una fina capa de sal.
Estamos aquí.
¿De quién es la voz? ¿Quién nos ha llamado?
Simón estuvo conmigo doce días. El 18 de enero vinieron los burócratas de la Oficina de Sanidad, Educación y Bienestar Social y dijeron que, como Simón estaba cobrando subsidio de desempleo mientras padecía una enfermedad no tratada, el gobierno debía cuidarle y devolverle la salud, pues la salud es un derecho inalienable de los ciudadanos de una democracia. Él se negó a firmar los formularios de consentimiento, de modo que los firmó el funcionario de mayor autoridad. Se negó a levantarse, por lo cual le arrancaron de la cama dos de los policías. Quiso pelear con ellos, pero el funcionario sacó la pistola y le dijo que, si seguía forcejeando, le dispararía por resistirse a la asistencia social y me detendría a mí por complicidad en un fraude al estado. El hombre que me sujetaba los brazos detrás de la espalda dijo que podían detenerme en cualquier momento por embarazo no declarado con intento de formar una familia nuclear. Al oír esto, Simón dejó de debatirse. Lo único que intentaba hacer era soltarse los brazos, y no pelear con los hombres. Me miró, y se lo llevaron.
Está en el hospital federal de Salem. No he podido averiguar si está o no en un pabellón psiquiátrico.
Ayer volví a oír por la radio la noticia de que surgen masas continentales al sur del Atlántico y al oeste del Pacífico. La otra noche, en casa de Max, vi un programa especial de televisión en el que hablaban de tensiones geofísicas, de subsidencias y de fallas. El Servicio Geodésico de los Estados Unidos ha colocado muchos anuncios por la ciudad; el que aparece con más frecuencia es un gran cartel que dice «¡No es culpa nuestra!», y en el que se ve un castor que muestra un mapa esquemático en el que se ve cómo, aunque Oregón padeciese un terremoto y una subsidencia importantes, como sufrió California el mes pasado, ello no afectaría a Portland, o afectaría, como máximo, a sus suburbios del oeste.
Por las noticias dijeron también que piensan detener las mareas que se produzcan en Florida arrojando bombas nucleares donde antes estaba Miami. Y después volverán a unir Florida al continente con rellenos. Ya están anunciando las agencias inmobiliarias que se ocuparán de las nuevas urbanizaciones que se construirán en los rellenos. El presidente se encuentra en la Casa Blanca Elevada, en Aspen, Colorado. No creo que le sirva de gran cosa. En el Willamette se están vendiendo barcas-vivienda por quinientos mil dólares. Al sur de Portland no circulan trenes ni autobuses, pues todas las carreteras fueron gravemente dañadas la semana pasada por los temblores y deslizamientos de tierras, de modo que habré de intentar llegar a Salem a pie. Aún tengo la mochila que compré para la Semana en la Naturaleza que pasé en el monte Hood. He comprado algunas alubias y pasas con mi cartilla de raciones mínimas Cupón Verde Federal Super Valioso de Raciones Justas, la que tenía para febrero, lo que me costó la cartilla entera, y Phil Drum me ha construido una pequeña cocina de camping que funciona con el acumulador solar. No quiero llevarme la cocina de petróleo, que abulta demasiado; me llevaré, en cambio, la viola.
Max me ha regalado un cuarto de litro de coñac. Cuando se me haya acabado el coñac, meteré este cuaderno en la botella, la taparé bien y la dejaré en una ladera, en el camino hacia Salem. Me gusta pensar que será levantada poco a poco por el agua, que se mecerá sobre ella y que saldrá al mar oscuro.
¿Dónde estáis?
Estamos aquí. ¿A dónde habéis ido?
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