La sacudida

Fernando Goitia · Capítulo 1 de 25

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La sacudida

Capítulo I

Fernando Goitia

ePub r1.0

Titivillus 31.01.17

Título original: La sacudida

Fernando Goitia, 2016

Editor digital: Titivillus

ePub base r1.2

A Priscila

por «sacudirme» siempre

I

El día que le salvé la vida a Julio García Baltodano el suelo tembló de madrugada. No fue un terremoto. Cuatro grados en la escala Richter son un insignificante traqueteo para los habitantes de Managua; sus sueños son a prueba de temblores. A bordo de mi cama, como flotando en una piscina de aceite, también sentí esa indiferencia. Recordé mi primer temblor de tierra, recién llegado a este lugar, cuando, como un resorte, salté impulsado por el miedo hacia la calle. Tres años después, ya no temía las tiriteras de la Tierra; la verdadera amenaza tenía ahora forma de bíblico diluvio: un torrente llamado Mitch.

Me extrañé de haberme quedado dormido ante el crepitar del agua en el tejado. El cansancio, los nervios; quién sabe, el cuerpo es sabio. Comprobé la línea del teléfono. «Pese al estruendo, lo habría escuchado», me repetí varias veces. Empezaba a torturarme con la idea de haberlo estropeado todo por unas horas de descanso, cuando el timbre irrumpió entre el aguacero. Me precipité sobre el aparato y escuché la voz del teniente Rivas alegrándome el día. Miré el despertador: sábado, treinta y uno de octubre de mil novecientos noventa y ocho, las cuatro y treinta y siete minutos. Justo a tiempo.

—¿Gocuchea?

—Goikoetxea, Goikoetxea.

—Disculpe usted, doctor —prosiguió el teniente Rivas—. Es que ese apellido suyo no hay quien lo agarre. Gocuchea, o lo que chea, pues.

—No hay falla, teniente, estoy acostumbrado. Llevo mucho tiempo ya por estos lados. Pero cuente, cuente. ¿Qué pasó con el helicóptero?

—Alégrese, doctor. Le conseguí lugar para viajar al infierno. —Apreté el puño, celebré la noticia sobre la cama. «Nada como llevarse bien con los militares», pensé —. Pero mejor, apúrese, ese aparato se eleva hacia Posoltega dentro de una hora. Y recuerde lo que le dije sobre el peso.

—Muchísimas gracias, teniente. No sabe cómo se lo agradezco.

—A sus órdenes, doctor. Pero apúrese, apúrese. Que no anduve dieciséis horas de gestiones para dejarlo a usted en tierra, pues.

—Ya estoy saliendo.

Mi equipo estaba a punto: impermeable azul oscuro, gorro de lluvia a juego, latas, bocadillos, mis inseparables botas incautadas al Ejército español nueve años atrás y mi Canon A-1. No podía llevar gran cosa; el helicóptero transportaba ayuda humanitaria y me exigían equipaje ligero. Abrí el cajón de la mesilla y cogí un par de bolsitas de marihuana; el cáñamo sería de gran ayuda ante las visiones que me aguardaban en Posoltega.

En las cooperativas de taxis el teléfono era un instrumento inútil. La Daniel Ortega, la comandante Carlos Núñez, la 25 de febrero, la Resistencia Nacional 3-80, la Arnoldo Alemán Lacayo. Aquel listín lleno de homenajes pesaba más de lo que sugería su reducido grosor; y tras aquellos grandilocuentes nombres armados de polaridad siempre respondía el silencio. Los taxistas se habían tomado un descanso. Lo mismo habría hecho yo en su lugar, con aquella cortina imperturbable de agua que se extendía por todo Centroamérica como un monstruo, avanzando a ritmo de caracol sobre nuestras cabezas. Cinco, diez, quince días ya; el mundo entero había perdido la noción del tiempo.

Amanecía y la luz no iluminaba el día. Sin gafas de buceo, resultaba imposible mirar al cielo. «En cinco minutos la vida es eterna, la lluvia en el pelo…». Cantaba a Víctor Jara mientras, entre aquella gruesa tela acuática, mis ojos buscaban uno de aquellos Ladas indestructibles, herederos de la protección soviética y de la Guerra Fría, caliente más bien en Nicaragua. De entre todos los taxistas tarados de Managua, alguno tenía que pasar ante mi puerta. Visualizaba el helicóptero elevándose entre la lluvia, el rotor atronando y las aspas amplificándole la violencia al diluvio. Y yo allí, en tierra, a media hora de mi destino, mojado hasta el estómago, esperando una luz. La vi de repente, como una aparición, atravesando los cortinones de agua.

—¡Taxi, taxi! ¡Pare, pare!

Me arrojé encima para detenerlo.

—Suba, aprisa —me dijo el taxista asomando su bigotuda cabeza por la ventanilla.

Subí, aprisa.

—Cuando llueve en Managua, llueve de verdad, ¿no cree, doctor?

—Sí, la lluvia en Managua no es precisamente una maravilla.

El hombre torció el labio, grueso como un neumático, bien visible bajo una desordenada mata de pelo propia de una morsa, en una sonrisa a medio hacer, sin ganas. No estaba para bromas, quedó claro. Tenía mucha prisa, así que pregunté tiempo y precio de una vez para encontrarme con esa expresión pesimista marca registrada de los taxistas de Managua.

—Con este tiempito, doctor, con la calle hecha mierda como está, y hasta el aeropuerto no más, vamos a demorar un rato.

¡Qué grandes actores los taxistas de Managua! En aquellas condiciones, no quedaba más remedio que pujar alto por la carrera. Ofrecer, por ejemplo, el doble.

—Por esa platita yo lo llevo a usted al fin del mundo, doctor.

Sentía que el fin del mundo no podía estar muy lejos.

—Por hoy me conformo con que me lleve a la Fuerza Aérea lo más rápido que pueda.

El limpiaparabrisas del Lada, todo un veterano, trabajaba a conciencia para ayudarnos a esquivar los inmensos charcos y correntadas que obligaban al taxi a cruzar de un lado a otro por las calzadas desérticas de Managua.

—Estos hijueputa adoquines están llenos de trampas, doctor. Se los lleva el agua y se abren unos hoyos que ni quiera Dios. Es meter la llanta e irse uno a la verga. Así es, doctor. No más espero que a la Tierra no le dé por temblar de nuevo.

Yo no creo en Dios. En silencio me salían las plegarias como si me fuera la vida en ello. ¿Quién sabe? Quizás hubiera alguien a la escucha, aunque resultara imposible enterarse de algo con aquel estrépito de Niágara desplomándosenos encima.

—Vaya tranquilo, doctor, que no será este hijueputa huracán el que nos impida llegar a la Fuerza Aérea. Me conozco yo esta ruta como la meritita palma de mi mano. Estos jodidos adoquines llevan acá desde los tiempos de Somoza; como hermanos son para mí, pues. —Celebró su ocurrencia con una carcajada—. No más le digo que conozco cuáles jamás se mueven y cuáles se friegan siempre con la lluvia.

El taxista había advertido de reojo mi rigidez, mis nervios, mi cuerpo incrustado en el asiento, mientras su mirada penetraba entre la lluvia como una cuchilla.

—Disculpe la pregunta, doctor. —Los taxistas de Managua; no sé cómo, siempre acababo contándoles mi vida—. ¿No irá usted para Posoltega?

—Ahí voy.

—¡Qué cosa más horrible!, ¿verdad, doctor? Debe de ser algo dantesco.

—Sí, terrible.

Dicen que la curiosidad mató al taxista, pero el hombre tenía todo el derecho a preguntar lo que le viniese en gana. Me pongo en su lugar: un chele barbudo entra en mi Lada destartalado a primera hora de la mañana, en medio del mayor diluvio que Noé ya imaginara, y me dice que lo lleve al aeropuerto, cerrado desde hace varios días, porque a ver quién es el guapo que se atreve a volar con este tiempo; pues lo normal es que a uno le invada la curiosidad. Además, el maje dice que se va a la jodida Posoltega a ver miles de muertos y lleva una mochila de esas que usan los fotógrafos. No se ve todos los días. Sí, cómo no, tenía todo el derecho del mundo.

—¿Argentino?

—Español.

—¿Dónde en España?

—Bilbao, en el País Vasco. ¿Conoce?

—Idiay, claro pues, doctor. Pero entonces no es español, sino vasco, ¿verdad, chele? Yo ya conocí muchos vascos por acá, en los ochenta, sobre todo. Si les decías españoles te mentaban la madre; que ellos eran vascos, pues.

Parecía satisfecho de sus conocimientos sobre el tema, sonreía sin dejar de mirar al frente. Sandinista, supuse.

—Sí, en fin, sé bien de lo que me habla. Español, vasco o de Bután, como prefiera, no pienso matar a nadie por ello. —Aquel disparo verbal aceleró mi corazón —. Solo quiero llegar al aeropuerto.

A los taxistas de Managua les fascina enredarse en discusiones y aquella conversación amenazaba con adquirir la textura de un buen chocolate líquido.

—Pues yo estoy muy orgulloso de ser nicaragüense; daría mi sangre por mi patria si hiciera falta. ¿Sabe, doctor? Luché en la Revolución, tuve que agarrar el AK y matar hijueputas contras para defender a mi país, a mi gente, y estoy orgulloso.

—Fantástico, una actitud muy respetable. —«Debería haberme fumado un canuto antes de salir», pensé—. Dar la propia sangre es un acto extremo de generosidad. Pero no cuente conmigo. Por ninguna patria merece la pena vaciar las venas. Ustedes los nicas saben mucho de eso, ¿no cree?

—Así es, los malditos liberales somocistas. Nos fregaron de nuevo.

Suspiré como respuesta. El tío debía de ser más sandinista que Daniel Ortega. Yo, de niño, también lo fui, hasta que una revelación demasiado violenta rompió de cuajo el cable ideológico que siempre me unió a mi padre y, de pronto, el mundo dejó de reducirse a dos extremos. Ocurrió, en todo caso, demasiado tarde. Una vez que manchas las manos de sangre, manchadas quedan para siempre. Después de matar, doblas la esquina y ¿qué te encuentras? Yo lo sé. La nada, vértigo, un agujero negro. Todo es falso, la unión, los camaradas, ¡mentiras!; y aquel hombre exigiendo de mí un pronunciamiento en aquella carrera enloquecida en medio de la lluvia. Prefería hablar del tiempo, mucho más adecuado en tales circunstancias. «Silencio», me dije. «No repliques. Te está cayendo un diluvio y apenas quedan unos metros de camino». La Fuerza Aérea estaba a tiro, habíamos dejado atrás las calles adoquinadas, los remolinos y las corrientes; de pronto la carretera Norte, con su asfalto resquebrajado, anunciaba final de trayecto. Primera etapa, en realidad.

Familias enteras cargaban con sus casas por la Norte. Sobre la cabeza placas de zinc, un tesoro en los asentamientos de Managua, ropa, televisores, poco más; expulsados de sus barrios por un lago en expansión, el Xolotlán, reclamando tierras a la Tierra. Miré el reloj y otra plegaria se deslizó por el interior de mi cerebro. El taxista, por su parte, quería saber algo más.

—¿Y cómo se llama usted, doctor?

Respondí con sequedad.

—Miguel.

—¿Nada más?

—¿Y usted?

—José Emilio Álvarez Montoya, a sus órdenes —dijo el taxista, rebosante de orgullo, extendiendo su mano hacia la mía.

—Encantado, pero mejor no suelte usted el timón.

—No se me apure, chele. Le juro que nada ni nadie va a impedir que lo lleve hasta la Fuerza Aérea. —José Emilio Álvarez Montoya aceleró entre los cortinones del Mitch. Parecía concentrado en su tarea, como si hubiera olvidado su reciente interés por mi apellido. Falsa impresión—. Bueno, ¿y cuál es? ¿A qué tanto misterio con su nombre? ¿Qué es usted, chele: un espía?

—Pero ¿qué dice de espía? —Tuve que ceder, al fin—. Miguel, Miguel Goikoetxea. ¿Ya? ¿Contento?

—¡Gocuchea! ¡Qué apellidos raros tienen ustedes los vascos!

—Goikoetxea, es Goikoetxea.

Sí, pude haber elegido algún otro, algo más asequible para tierras latinoamericanas, tal y como me había recomendado el inspector Chacón.

—Me dice que no lo convierta en una diana reflectante y ahora me sale con su orgullo patriótico —así me lo planteó Chacón—. Ande, Gabiria, se trata de ser anónimo, de pasar desapercibido. ¿No quiere seguir viviendo? Póngase un García, un Martínez, un Rodríguez y déjese de Goikoetxeas y tonterías de esas.

Chacón ya debía de saber de la legendaria tozudez de los vascones. Yo quería mantener un vínculo con mis orígenes y no insistió. Por eso en mi pasaporte llevo hoy el segundo apellido de mi madre.

—¿Fotógrafo?

José Emilio Álvarez Montoya prosiguió su interrogatorio. Sus ojos apuntaban ahora a la bolsa de la A-1.

—Algo así. A mí lo que me gusta es contar historias. Escribirlas, fotografiarlas. —Quise darme importancia. Trabajaba para mostrar al mundo la tragedia. Sí, definitivamente quise darme importancia. Adivinando la próxima pregunta adelanté la respuesta, por si no me había dado todavía la suficiente importancia—. Trabajo para una agencia internacional de noticias y he conseguido un hueco en uno de los helicópteros que hace el trayecto. Solo hay dos, ¿sabe? Helicópteros, digo, de los rusos. No hay muchos medios y hay que transportar medicamentos, agua, comida, de todo. Allá no hay nada. Pero bueno, dijeron que me llevaban sin problemas.

—Están ustedes todos locos, los periodistas, digo, o fotógrafos, pues. ¡Qué ganas de enredarse la vida!

Hizo una pausa, como si repasara sus palabras. Su mirada, clavada en el asfalto, intentando, tal vez, imaginarse haciendo el tipo de cosas que abarca enredarse la vida. Yo incluiría entre ellas conducir un taxi por Managua mientras el cielo cae a plomo sobre la ciudad. Suspiró. Sus ojos buscaron de nuevo los míos, meneó la cabeza, hizo una mueca de resignación y de su estómago escapó un pesado:

—¡Posoltega!

—¡Posoltega! —repetí, mientras el Lada se detenía renqueante ante el portón de entrada a la Fuerza Aérea.

Me esperaban.

—¿Don Miguel Gocuchea?

Sí, quizás un García o un Martínez habrían sido más adecuados.

El taxista quería llevarme hasta el helicóptero. «Acceso restringido», se limitó a informar el soldado de la entrada, avisando por radio de mi llegada. El conductor agradeció mi generosidad, yo agradecí la suya, y allí en el portón nos deseamos suerte. Me iba a hacer falta.