La sacudida

Fernando Goitia · Capítulo 17 de 25

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La sacudida

Capítulo XVII

Julio, en empatía con Tegucigalpa, amaneció malhumorado esa mañana. Nos despertó el siempre irritante estruendo de las bocinas. Recordarle el desliz farmacológico y el modo en que podría afectar a la evolución de la herida en su brazo agudizó su irritación. Él, por si acaso, y pese a mi oposición, prefirió continuar con el tratamiento.

—Julio, mi madre y mi hermano son médicos. Te digo que si sigues tomando podrías sufrir algún efecto secundario.

—¡Idiay! Mi papá también fue médico —replicó enojado—. Ya sé que es mejor no mezclar alcohol y antibióticos, pero tampoco dejan de actuar por eso. Y, si no, ¡al carajo, pues! En la vida hay que jugársela, hermano.

Tras el exabrupto, desayunamos en silencio, recogimos la habitación en silencio, pagué la cuenta del hotel en silencio, caminamos hasta la estación de autobuses en silencio, subimos al autocar en silencio, Julio tomó la ventanilla mirando a la ciudad en silencio y en silencio seguimos el cauce del río.

La resaca de aquella riada de cerveza, las calles de Tegucigalpa, los niños pobres y los mendigos a la luz del día, el marrón discurrir del Choluteca tal vez; ¿que había llevado a mi compañero de viaje a tan inquebrantable hermetismo? Imaginé un ángel y un demonio de tamaño diminuto y cara de Julio batallando por el control de sus pensamientos.

Desde la orilla del Choluteca, en lo que quedaba de la colonia Marco Aurelio Soto, unos mendigos intentaban robarle una vaca hinchada a la corriente. Varios niños se acercaban con los ojos brillantes. Julio escrutó con ojos francos la tarea de los desharrapados, como si buscara un rostro familiar bajo aquellas barbas largas y blancas, permaneciendo siempre fiel a su silencio. Dejamos atrás las laderas de barrios miserables de Tegucigalpa, el altisonante Bulevar de Las Fuerzas Armadas; la atención de mi compañero permanecía fija en el exterior y yo incómodo, temeroso de perturbar su trance. «En cuanto salgamos de la ciudad», me dije. En cuanto salimos de la ciudad se lo dije.

—¿Todo bien, Julio? —Miré mi reloj—. Te estaba cronometrando, unos minutos más y te inscribo en el Guinness de los silencios.

Se giró hacia mí con desgana. El rostro es el espejo del alma y el suyo estaba pálido, desanimado.

—Me sienta muy mal el alcohol. ¡Clase goma ando, no fregués!

—No lo creas. A veces viene bien para desatascar. No veas la de amistades que un buen pedo es capaz de reforzar.

Julio me miró desconfiado, no tenía muchas ganas de hablar, se llevó la mano a la cabeza, como si le pesara.

—¿Un buen pedo? ¿Cómo así?

—¡Una bolenca, pues!

—¡Ah!, bueno. Es que hablás bien raro vos, Miguelito. —Fue su primera carcajada del día—. Y, decime, ¿se reforzó en algo nuestra amistad ayer en la noche? Yo es que no recuerdo gran cosa. Hacía rato que no le daba al guaro de ese modo, pues.

—Bebimos cerveza, por suerte. Mejor no pensar en cómo estaríamos ahora de haberle dado al ron. Pero sí, a mi entender, sí, se reforzó.

Julio estiró los labios hacia la derecha en un simulacro de sonrisa.

—Bebimos cerveza, es cierto. ¡Clase pedo, pues!, como le decís vos.

Le di un tiempo para que mascara sus neuronas, a ver si por algún fenómeno químico de su cerebro recordaba sin mi ayuda alguna de sus confidencias alcohólicas. Julio miraba imperturbable hacia los lados de la carretera, su cara casi pegada a la ventanilla con la fascinación y melancolía de quien debe redescubrir un paisaje que le es tremendamente familiar. Conocedor de su costumbre de dormir en los buses con la desenvoltura de un murciélago en una rama, comprobé en pocos minutos que le había concedido demasiado tiempo. Ahora bien, si quería ver a sus excamaradas en San Pedro Sula, ¿cómo pensaba hacer? Ni me había hablado antes de ellos ni lo había visto usar el teléfono ni había dicho nada sobre cita alguna ni ni… Lo cierto es que no tenía ni idea y, a juzgar por mi ansiedad y los ronquidos de mi compadre, me daba la impresión de tener más ganas de verlos que el propio Julio.

No conseguía dormir de tan ansioso. Mi tendencia a dar infructuosas vueltas a las cosas me llevó al insomnio. A mi izquierda, manteniendo la tradición instaurada en mis últimos trayectos en autobús por Honduras, un pasajero me observaba con descaro. Percibí su mirada, me giré y sonreí como ya era costumbre. Debía de tener mi edad, sus enormes ojos negros se estiraron, su sonrisa se desplegó cargada de malicia y señaló a Julio en un gesto exageradamente amanerado.

—Veo que tu amiguito cambió tu compañía por la de Morfeo.

Pese a la ocurrencia no se rio, le bastaba con el mohín picaresco de sus labios. «Es lo que me faltaba, un tío queriendo seducirme a las nueve de la mañana», me dije.

Con su pelo engominado y unas facciones mestizas bien marcadas, Rodolfo Cabrera Fiallos tenía más aspecto de gigoló que de damnificado del Mitch. Sus piernas, embutidas en unos vaqueros elásticos muy ajustados, chocaban contra el asiento anterior al suyo. Era un tipo corpulento, como se encargaba de reforzar una camisa blanca abierta hasta la mitad de su bronceado pecho. Su voz de barítono delataba una seguridad curtida en años de aguantar bromas, humillaciones y desprecios de sus compañeros de colegio.

—Español, ¿verdad?

Asentí sin mucho entusiasmo. Extendió su mano hacia mí y se presentó con todos sus apellidos.

—Me encanta España. ¿De qué parte de España sos? Madrid, Barcelona, Sevilla…

—De Bilbao.

—¡Ah, un vasco! Entonces no sos español.

Levanté los hombros para presentarle mi indiferencia. No habían pasado ni dos semanas desde la última vez que me sacaron el tema; a los de mi tierra nos ocurre con frecuencia.

—¿Y qué hace un vasco como vos por estos lados?

—Vamos a San Pedro Sula —respondí. Hice una pausa reflexiva y, cauteloso, añadí—. A visitar a unos amigos.

—Entiendo, a San Pedro Sula —repitió con desconfianza—. ¿Y de dónde vienen?

—De Nicaragua —contesté con toda naturalidad.

—¡Nooo! —Aunque es posible que su no incluyera unas cuantas oes más de las que transcribo—. Pero si yo soy medio nica, ¡del mero Masaya, no más! Claro que hace tiempo que noté que en mi casa no era bienvenido, no sé si me entendés. San Pedro Sula es más abierto, una ciudad más grande, otra cosa, pues. —Se detuvo; no porque pensara que estuviera hablando demasiado—. Y vos, ¿ya conocés San Pedro Sula?

—Una vez pasé de camino a Tela, de vacaciones.

—¡Tela, por Dios, qué decadencia! —Reprobó mi visita al Caribe hondureño llevándose la mano a la boca, el típico ademán universal de loca-reloca para evidenciar su orientación sexual.

—Pues a mí me gustó mucho, qué quieres que te diga.

—Pues claro que te gustó. Tela es para los cheles como vos.

Suspiré incómodo, simulé un bostezo y me giré hacia la ventana. Julio dormía con total placidez, verlo me proporcionó cierta calma. La paz no pasó de ocho segundos. Miento, no lo cronometré. Rodolfo Cabrera Fiallos, en todo caso, no pudo tardar mucho más en golpear mi hombro con sus dedos.

—No te enojés conmigo. Es que soy demasiado vehemente. ¿Me entendés?

—No estoy enojado. Lo que estoy es cansado y de goma.

—Y él también, ¿verdad? —dijo señalando a Julio con su dedo afeminado.

—Él, peor que yo, me temo —repliqué dejando escapar una sonrisa.

—Así sos más hermoso, un poco de buen humor nos sienta bien a todos.

Todavía quedaban cuatro horas de viaje. «Una eternidad», pensé.

—Si les gusta el bacanal pásense esta noche por La Discordia. —Me ofreció una tarjeta con la dirección del local. «El único abiertamente gay de todo Honduras. Los heterosexuales son bienvenidos», anunciaba—. Soy el dueño.

Le agradecí el detalle, aunque no me acabara de creer su cuento, la verdad. El tipo era perspicaz, veloz, con esa sabiduría callejera propia de quien desarrolla recursos que desconocía poseer. Captó al vuelo mi incredulidad.

—Y vos ahorita te preguntás cómo es que soy el dueño de la discoteca de moda en Sula y viajo en bus. No te calentés, chelito, no más detesto manejar. —Rodolfo Cabrera Fiallos era un tipo muy seguro de sí mismo, no me cupo la menor duda—. Los veo esta noche, entonces. No se me escapen.

Lo dijo, se reclinó sobre su asiento y se echó a dormir. Rodolfo Cabrera Fiallos sabía cómo cultivar el misterio. Seguro que haría buenas migas con Julio.

Antes de llegar a Comayagua empezó a llover con suavidad y al rato el busero anunció una parada de quince minutos. Julio se despertó al detenernos.

—Si necesitas llamar por teléfono puedes aprovechar ahora —le dije confiando en que cerrara la cita con sus excompañeros.

Él me miró extrañado. Estaba todavía saliendo de su letargo, preguntó dónde estábamos.

—¿Llamar? ¿Llamar a quién?

—A tus excamaradas. —Bajé la voz. Rodolfo Cabrera Fiallos nos observaba desde el otro lado del pasillo—. ¿No recuerdas? Me dijiste que ibas a quedar con tus antiguos compañeros —se lo dije con mis labios casi pegados a su oído—, que formabas parte de un comando.

Ahora sí que estaba despierto. Se giró hacia mí sobre el asiento e intenté tranquilizarlo antes de que abriera la boca.

—No te preocupes, no me contaste nada más. Seguido te desmayaste sobre la mesa, no sé cómo no te reventaste la cabeza con alguna botella de cerveza. Te tuve que llevar en brazos al hotel.

Julio retomó su posición de recostado y resopló. Miró hacia la calle, algunos viajeros recogían su equipaje del maletero del autobús mientras otros depositaban el suyo.

—Si es por mí ni te molestes. Después de tres años viviendo en Nicaragua no te creerás que eres el primer guerrillero que conozco.

—Ya —masculló—. Mejor salimos un rato a la calle. —Me invitó a levantarme.

—Bueno, yo pensé que iban hasta San Pedro —nos dijo Rodolfo Cabrera Fiallos al ver que descendíamos del bus.

—No más vamos a tomar un poco el aire —me justifiqué, sintiéndome ridículo por dar explicaciones.

—Vayan, pues, les vendrá bien con esa goma que me andan. Yo les cuido el lugar.

Julio me miró extrañado, caminé todo el pasillo hacia la puerta y al salir a la calle corrí a refugiarme del aguacero bajo una marquesina de cemento pintada a la moda patriótica hondureña.

—¿Quién era ese maje? —Julio se me echó casi encima, muy nervioso, enfadado. «Un mal despertar», intuí—. ¿Y qué fue eso de: «Con esa goma que me andan»? — Con todo el lenguaje corporal de que era capaz imitó la personalidad amanerada de Rodolfo Cabrera Fiallos—. ¿Me duermo unas horas y vos le contás mi vida a un desconocido? Y encima cochón, que son los más tapudos.

Me costó mucho calmarlo, tuve que elevar la voz, sugerirle que no se volviera loco o paranoico, hasta que se convenció de que Rodolfo Cabrera Fiallos era, sin más, un experto en sacar partido a un breve retazo de información. La mínima que yo le había dado.

—¿Y entonces? Me ibas a contar algo de tus días de guerrillero, ¿no es así? Para eso me dijiste que bajáramos del bus, ¿no?

Julio tomó aire, como si fuera a deshacerse de una pesada losa que aplastara su alma.

—Decime, Miguel. De todos los guerrilleros que vos conociste en todo este rato que vivís en Nicaragua, ¿alguno de ellos luchó en Honduras?

Comencé a entender por dónde quería ir.

—No.

—Amigo, esa es la cuestión. En Nicaragua medio país fue guerrillero o estuvo en el EPS. Pero acá —agitó el dedo ante mi nariz—, acá fue otra cosa. Acá no hubo recompensas, ni victorias, ni desfiles, ni nada, ni verga hubo acá. ¿Me entendés? Nada compensa aquellos años, ni la mierda de abrazo que me dio Daniel Ortega. El maje se creyó la gran cosa —se la cree todavía, podría haber añadido—, pagando a su gente con abrazos. ¡No jodás! Ortega, los comandantes, Fidel, el jodido José Reyes Mata, el Che Guevara, Mao, Lenin y la madre que los parió a todos esos hijueputas malditos.

Levanté las manos con disimulo, solicitando un poco de calma. El sonido de la lluvia velaba por la confidencialidad de su confesión, pero no me parecía conveniente atraer miradas.

—Debemos regresar al bus, no vaya a marcharse sin nosotros. —Lo sujeté por el brazo herido e hizo una mueca de dolor—. Perdón, perdón. Es que, como no te quejas nunca, ya casi me había olvidado de tu herida. —Restó importancia al asunto con un movimiento de cabeza—. Lo que digo es que, si quieres ver a alguien en San Pedro, por mí no hay problema. Si no puedes confiar en mí, ¿en quién puedes confiar?

En sus ojos brotó un atisbo de serenidad, no necesité insistir. La confianza es algo intuitivo, natural, con los años uno sabe dónde encontrarla y dónde no. Julio, por lo visto, confiaba en mí.

—Con suerte llegaremos a Sula poco después de mediodía —dijo tras consultar mi reloj—. Llamaré al llegar no más. Es más seguro. Son diez años, compadre, mucho tiempo sin mirarnos, pues. —Colocó su mano sobre mi hombro y me sonrió —. Pero, cómo no, mi hermano, será un placer presentarte a mis viejos camaradas.

Regresamos al bus, Rodolfo Cabrera Fiallos había protegido celosamente nuestro sitio, así lo evidenciaban los cuatro pasajeros con caras largas apostados en pie al final del pasillo. Se lo agradecí.

—Rodolfo Cabrera Fiallos —le dijo a Julio, ofreciéndole su mano izquierda para el saludo.

—¿Me estás rebanando vos? —Toda la ira que es posible condensar en unos pocos centímetros cuadrados estaba reunida allí, en los ojos de Julio.

—¡Oh! Disculpame, no me di cuenta de tu brazo, es que yo soy zurdo, ¿sabés? — replicó Rodolfo Cabrera Fiallos, dibujada en su rostro la más maliciosa de las muecas.

—Y yo soy manco, ¡hijueputa cochón! —le soltó antes de regresar a su asiento, junto a la ventana.

Lejos de sentirse molesto por la respuesta de Julio, Rodolfo Cabrera Fiallos exhibía una autocomplaciente satisfacción.

—Así es como me gustan los hombres, arrechitos, pues. —Se dirigía a mí—. Como ves, los cheles, al menos en cosas como estas, sois bastante más avanzados que nosotros.

—¿Cómo así? —intervino Julio—. ¿En cosas como cuáles?

—No te hagás el dundito conmigo. —Adoptó un aire enojado—. Yo solo conozco una palabra para definir tu actitud. —Lo dijo en un susurro, abriendo la boca lentamente, deteniéndose un segundo en cada sílaba—. Ho-mo-fo-bia.

Yo no estaba dispuesto a seguir su juego de mariquita airada. Decidí ponerme un poco nica.

—Mirá, no sé si vos sos zurdo o qué, pero si me faltara un brazo y me rebanaras de esa manera igual acabábamos a los vergazos.

Juntó las palmas de sus manos, como si rezara. A mí, más que otra cosa, me pareció un ademán de victoria.

—Va pues, no te arrechés vos también. —Echando su cuerpo hacia delante se dirigió a Julio, que giró la cabeza hacia él con desinterés—. ¡Oye! Va pues, disculpame, no te me enojés. Es cierto, solo estaba rebanando, soy jodedor. ¿Idiay? Con todas las tristezas de estos días viene de maravilla un poquito de vulgareo. — Julio movía la cabeza, remolón—. Perdoname, fue de mal gusto. —Julio cedía, un atisbo de sonrisa asomó a sus labios. Rodolfo Cabrera Fiallos, cada minuto que pasaba yo estaba más y más convencido, era un experimentado seductor—. Eso es, así mejor, sos mucho más bello cuando sonreís.

Julio aceptó sus disculpas, eso no implicaba que tuviera ganas de hablar. El autobús arrancó y dejó atrás Comayagua. Julio regresó a la contemplación del paisaje, mientras Rodolfo Cabrera Fiallos se recostaba satisfecho sobre su asiento y cerraba los ojos. Al de un rato cesó la lluvia.

Comenzaba a entediarme la visión de Centroamérica, tanto horror sin grandes variaciones sobre el mismo tema: desolación. Me obligo a describirlo, aunque resulte repetitivo. La carretera hasta San Pedro Sula subía y bajaba entre valles atravesados por turbios cauces rodeados de planicies de fango y arena; a lo lejos las montañas se sucedían, heridas casi todas por profundos cortes fruto de derrumbes y deslizamientos de tierra. La labor de las brigadas de limpieza y del Ejército se hacía notar por el camino. En Honduras el Mitch también la tomó con los puentes. Debido a los desvíos el autobús se iba retrasando, lo que nos obligaba a recorrer endiabladas pistas de tierra. Atravesando más de cincuenta kilómetros en medio de la nada, rezando el pasaje entero para que a la mecánica del patriótico vehículo blanquiazul no le diera un desfallecimiento, una última bifurcación nos plantó ante las mismísimas puertas de San Pedro. De ahí el sobresalto de Julio al despertar agitado por el traqueteo.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estamos?

—Muy cerca —le dije. Ya no retomó el sueño.

La devastación rodeaba a la capital del valle de Sula. Los ríos Ulúa y Chamalecón se habían convertido en asesinos. Uniendo fuerzas se llevaron por delante a centenares de personas y arrasaron plantaciones de banano y maquilas de textiles y calzado. A la entrada de la ciudad, un nutrido grupo de damnificados había improvisado un barrio sobre el asfalto que invadía la mitad de la carretera. Las casas de plástico, madera y zinc fueron otro testimonio de la tragedia reducido a una nota de color ceniza en una de mis crónicas.

En la estación de autobuses de San Pedro Sula, Rodolfo Cabrera Fiallos le entregó a Julio una de sus tarjetas de La Discordia.

—Les vendrá bien algo de diversión, amigos. Se los ve necesitados de un buen meneo.

Resultó ser, además, un experto en el manejo de las frases con doble sentido.

—Tal vez —le dijo Julio—. No era tan mala onda el maje —me dijo a mí poco después; la figura de Rodolfo Cabrera Fiallos ya perdida entre la multitud—. Un poco de bacanal siempre se agradece. —Miraba la tarjeta ensimismado—. ¿Quién sabe? — Se la guardó e inspeccionó la estación de buses hasta localizar los teléfonos públicos —. Vamos a hacer esos llamados, pues. Hoy me apetece sopa de caracol. —Estaba contento, más animado que en toda su vida, a la nueva me refiero, la que había comenzado días atrás con una resurrección fortuita sobre el lodazal de Posoltega.