La sacudida

Fernando Goitia · Capítulo 15 de 25

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La sacudida

Capítulo XV

El revólver está frío, mis manos, calientes. Lo sujetan con fuerza elevando el cañón a la altura de mis ojos. Dentro de mi cabeza un niño vuela por los aires y me salpican los pedazos de su cuerpo. Siento un escalofrío. Apoyo el metal en mi entrecejo. ¡No! Mejor en la boca. El dedo acaricia vacilante el gatillo y recorre la piel, desciende hasta los labios, choca contra los dientes, toca el paladar. Diez segundos eternos. Levanto el percutor. No, rectifico, mejor en la sien. Saco el arma de la boca y ahora asciende por el lado derecho de mi rostro. El tiempo se ha quedado congelado, por eso siento tanto frío: Siberia. El aliento helado. Dicen que así es la muerte. Glacial. Debe de ser eso, aunque no he disparado todavía. O, al menos, no he sentido nada. Como si no hubiera pasado nada. Nada de nada. Y así es. Nada ha ocurrido. Sigo vivo. La pistola apunta a mi cabeza, arriba, lado derecho. Mi mano tiembla, el dedo indeciso no se atreve a detonar. Intento apretar. No encuentro fuerzas, le digo a mi lóbulo frontal que envíe la orden y este me ignora. Estoy débil como un bebé. Mis músculos me han abandonado. No desean implicarse en este asunto. Lo intento, insisto. ¡Muévete, maldito dedo! La respuesta que me ofrece es un temblor lateral, nada que ver con mi orden de echar el dedo hacia atrás, de apretar el gatillo. Me entra la risa, visto el panorama, mi única esperanza es morir de frío. De pronto, ni siquiera eso. Siberia se retira y me invade un bochorno sofocante, el sudor escapa de mi frente, se vuelca sobre mis ojos, salta de mi nariz hacia la boca, se adentra entre mis labios. Sudo un océano. Sufro ante mi incapacidad para acabar con mi propia vida. La misma incapacidad que me hizo desistir de vivirla. Demasiada incapacidad para una sola persona. Mis ojos, mis manos; supuro rabia de la cabeza a los pies. Lanzo el revólver contra la pared. De repente un disparo, una bala emancipada, insolente, que se incrusta en mi pierna izquierda. Dolor; las palabras no alcanzan para explicarlo. Me desgarro, me retuerzo y, entre la neblina que circunda mis ojos, compruebo la posición del proyectil y maldigo todo lo que conozco. Un poco más a la derecha, apenas unos milímetros, y me uno a la estirpe de los castratti. Nada me sale bien. He aquí la razón por la que no quería seguir viviendo.

De pronto pienso en mi madre, mi visión de las cosas no abarcaba los sentimientos ajenos. En un instante, comprendo la factura que pasa un suicidio. Se abre la puerta de la habitación, mi esposa ve la herida en mi pierna, el revólver en el suelo. Un grito recorre todo el vecindario.

—No te vas a morir —me dice en portugués, en la penumbra; me abraza y su camisón de seda negro se empapa de mi sangre.

 

Abrí los ojos. Mi Moleskine negra estaba abierta sobre mi regazo. Me había quedado dormido escribiendo. Avanzábamos por Honduras y mis pensamientos se poblaban de fantasmas y pesadillas. Visiones que creía desterradas de mi cerebro. Quise pensar que su regreso anunciaba el exorcismo final. Pensé también, por primera vez, que no hay matrimonio que sobreviva a un intento de suicidio. La culpa siempre permanecerá incrustada en todas y cada una de mis neuronas, pero, en aquellos días del Mitch, con Julio a mi lado, yo había dejado de ser lo más importante del universo. Sentía algo paternal, como si identificara mis emociones con las que uno, supongo, debe de sentir cuando tiene un hijo. Julio había nacido dos veces y yo me sentía el artífice de su segundo advenimiento. Lo que deseaba, en el fondo, era que mi influencia definitiva en su resurrección me redimiera por haberle robado la vida a un inocente.

A Julio le sentaba bien recorrer Honduras, hablar de su madre, de Coyoles, de su infancia, del banano, él viajaba hacia atrás en su vida; yo huía hacia delante. No parecía sentarle bien el silencio, la caverna donde se encerraba cuando callaba, como al entrar en Tegucigalpa, cuando, poco después de caer la noche, un nuevo dilema encendió los ánimos de los pasajeros. El vespertino sofoco cholutecano había ido quedando atrás de forma paulatina y ahora sentíamos la brisa húmeda del río que, paralelo a la Panamericana, nos guiaba certero hacia el centro de la capital. En pocos minutos el bus se convirtió en una nevera con ruedas. Lejos de pacificar el frío sus ánimos, los viajeros comenzaron a discutir si dejábamos algunas ventanillas abiertas o si, por el contrario, debíamos cerrarlas todas.

Ignorante al alboroto y a quienes lo conminaban a cerrarla, Julio mantuvo corrida la suya, sacó la cabeza y cayó en una especie de trance, hipnotizado por las aguas apaciguadas del Choluteca. «¡Xatruch!», dijo, dando un respingo, e inició una inspección de las orillas del río todo lo concienzudamente que permitía la oscuridad, esperando encontrar algo que ya no parecía estar allí. Vestigios de sí mismo, supongo. ¡Qué sé yo! Lo dejé estar, a mí también me gusta el silencio cuando viajo. Como le dicen los nicas, soy un solitario pata de perro.

El rastro destructor del Choluteca tenía continuidad en Tegucigalpa, aunque en realidad nosotros viajáramos en el devenir inverso al de la corriente y al del que tomó el Mitch para arrasar Honduras y Nicaragua. Con paciencia, el autocar llegó hasta la estación en el barrio Villa Adela, a la ribera del río, donde algunos restos de casas, cuyos vecinos imaginé lamentando por los siglos de los siglos haber gozado de vistas tan privilegiadas de la crecida, amenazaban con acabar de precipitarse al agua.

No habían dado las ocho cuando nos detuvimos. Fuera del autobús no hacía tanto frío. No, al menos, para un vasco. Muchos viajeros, Julio entre ellos, tiritaban destemplados. Una fina capa de barro cubría las calles en los alrededores de la terminal; algunas prostitutas con poca ropa buscaban clientes entre castañeteo y castañeteo de dientes; varios niños, descalzos, me pidieron unos lempiras.

—¡El gringo, el gringo! Nos da comida y nos viene a ayudar —gritaron al ver entre sus manos el billete de cinco dólares que acababa de abandonar voluntariamente mi bolsillo.

Numerosos indigentes se acurrucaban pegados a los muros de las orillas del río, intentando conciliar el sueño.

—La corriente debió de arrastrar todos los caramancheles —dijo Julio temblequeando, su rostro pura tristeza, mientras señalaba hacia uno de los paseos sobre el cauce—. Tengo hambre, lástima no poder comer esa carnita asada bien rica que preparaban aquí, pues.

—Busquemos primero un hotel —repliqué, sin reparar mucho en la melancolía de Julio, que miraba ahora hacia las escaleras de piedra que bajaban hacia la corriente—. Será mejor que busquemos un lugar donde dormir. Estoy agotado. Esa siesta en el bus me ha dejado como si me hubieran dado una paliza.

A pocos metros de la estación nos decantamos por El Paraíso. En cualquier otra circunstancia el ampuloso nombre del establecimiento me hubiera parecido un monumento inigualable a la pretenciosidad. Aquel día, pese al fuerte olor a humedad que desprendían las colchas de las camas, al papel pintado de varias décadas de antigüedad que se negaba a permanecer adherido a las paredes o al descuidado estado del baño de nuestra habitación, el hotel hacía honor a su nombre. Caímos duros sobre nuestros colchones, nos desplomamos inertes, igual que dos fiambres, como si ambos coincidiéramos tácitamente en dar por terminada aquella jornada agotadora. Una hora después, un doloroso bramido procedente de mi estómago me recordó que teníamos cierta tarea pendiente. Transcurridas siete horas desde aquel almuerzo en el comedor de Choluteca, me desperté acuciado por el hambre. Conseguir que mi compañero de viaje abriera los ojos no me llevó mucho tiempo. Su aparato digestivo se hizo eco de las protestas de mi estómago. Sacudí a Julio levemente y un fragoso retortijón resonó en el cuarto.

La Cantina de la Ribera era un lugar sombrío, o puede que fuera que todo lo que veía a mí alrededor me lo parecía aquella noche en Tegucigalpa. Apoyados sobre la barra, dos tipos orondos, con esa forma centroamericana de estar fuerte, sendos bigotes poblados sobre sus labios de gesto horizontal, sombreros, camisas, pantalones y botas al estilo vaquero, vigilaron cada uno de nuestros pasos desde la puerta hasta la mesa rinconera donde fuimos a sentarnos. Nos observaron durante unos segundos más, los saludamos y regresaron a sus cervezas. Sentía el cansancio en cada músculo, en cada hueso, aunque esto último no sea posible. A Julio le ocurría otro tanto, no había más que mirarlo.

—Vaya viajecito, ¿eh? —le dije.

—Sí, ¡clase turqueadera, no jodás! Nunca me sentí tan hecho leña, compadre.

—Oye, y tu brazo, ¿cómo va?

—Bien. Gracias, hermano. Yo casi también me olvidé.

—¿No te molesta, no pica ni nada de eso?

—Bueno, sí, a los ratos me dan punzaditas, pero entre la dormida y el cansancio ni me acuerdo del jodido.

—Por si las moscas, para que no se te posen todas, digo… —le sonreí. Julio no captó, o no le vio, la gracia al asunto. Me invitó con un gesto a que acabara la frase —. Que deberíamos cambiar ese vendaje antes de dormir.

—Va pues, después, entonces. Ahorita, lo que necesito es una bicha bien helada.

—Que sean dos. Salva Vidas, por favor.

De entre unas cortinas verdes, recuerdo descolorido de Copán, pirámides mayas bordadas y letras que simulaban piedras milenarias, apareció una más que probable descendiente de la gran civilización mesoamericana.

—Tuvieron suerte. Ayer no más se derogó la Ley Seca —anunció la doña—. Pensé que hoy sería la gran bebedera, pero ya ven, la gente no tiene ánimo ni para olvidar las penas. Ni modo.

La doña era bajita, sus ojos, un abismo, la piel cobriza de su rostro como tierra en plena sequía, sus cabellos secos, negros, lisos; un vestido de mil colores la cubría hasta los tobillos.

Julio ordenó tacos de pollo bien picosos y carne asada para los dos. El picante nos hizo beber muy rápido. El alcohol nos embistió con la guardia baja. Al finalizar la segunda botella nuestras lenguas ya habían comenzado el patinaje artrítico. Nos dio, cómo no, por la melancolía.

Recordamos los comedores de tierra que aguardaban carroña a orillas del Pueblo Nuevo, los arreones de Marcela cuando atravesaba el río, Gustavo Adolfo Montealegre, su sombrero y todo su carácter, la rebelión popular en la frontera de El Espino, el churro en San Marcos de Colón, los soliloquios bélicos de Ulises Baquedano Peña, la sopa de olla, la envejecida mestiza rechoncha del comedor. Le hablé a Julio sobre María de las Mercedes Bardales Cruz, su familia, la improvisada función solidaria de la casa de Dionisio de Herrera, el rastro destructor del río a la salida de Choluteca, por donde mi compañero de viaje pasó completamente dormido, la pachorra del busero y los gritos de los viajeros. Sobre la mesa, entre carcajadas, contamos las botellas de cerveza: diez. La cantinera las servía bien heladas, el líquido frío apaciguaba el picor de los tacos de pollo. La hicimos feliz esa noche, alegre la mujer con nosotros por compensar en cierto grado sus expectativas frustradas por el árido fin de la Ley Seca.

—Sos un enigma vos, ¿lo sabés? —le dije a Julio, mi lengua subida a unos patines adoptando acento nica—. Contame, hermano, ¿a qué tanto misterio con Choluteca? —Y le recordé las palabras mágicas mexicanas—: Tanto pedo pa’ cagar aguado.

Le entró tal ataque de risa que a punto estuvo de caerse de la silla. Con la doble visión ya instalada en mis pupilas, no sé cómo conseguí sujetarlo. En lugar de responder a mi pregunta reía y repetía: Tanto pedo pa’ cagar aguado, Tanto pedo pa’ cagar aguado, Tanto pedo pa’ cagar aguado.

—Va pues, ya estuvo, ¿no?

—Ya estuvo, ya estuvo. —Parecía haberle cogido el gusto a repetir cada una de mis frases. De pronto, se calmó, con la mano hizo un gesto de que ya era suficiente, se puso serio, apoyó su brazo sobre la mesa, se inclinó sobre el bosque de botellas de cerveza y me indicó que hiciera lo propio—. Mi pasado es mi mayor secreto, Miguel. Nadie sabe nada sobre mí. —Le dio el hipo, puso cara de fastidio—. Ni yo mismo. — Miró triste hacia la noche a través de la puerta de la cantina, dio un trago largo a su cerveza, se secó los labios y giró sus ojos hacia los míos, al mismo centro de mis pupilas para ser exactos—. ¿Querés saber lo que soy yo? ¿Lo querés saber? —Asentí con etílica parsimonia—. Un fantasma, un jodido fantasma, eso es lo que soy, pues. —Se reclinó sobre la silla—. ¡Ya estuvo! Ahora lo sabés.

¿Saber? ¿El qué? Ante mí tenía a un hombre al que había salvado la vida, que había perdido a su familia, dos hijas y esposa, no se puede perder más en este mundo; intentaba darle una nueva razón para vivir y me sentí ridículo, inútil. ¿Podría ayudar a Julio o era, acaso, un hombre, un fantasma condenado a vagar sin rumbo? Allí estaba yo, con mis brazos sobre la mesa, buscando una frase mágica, una estrategia psicológica que trajera de vuelta a Julio de entre los espectros.

—¿Qué pensás hacer cuando lleguemos a Coyoles?

Encogió los hombros.

—Vos no lo entendés, Miguelito. No hay nada que hacer, no puedo…

—Pero ¿a qué te dedicás? ¿Tenés profesión, oficio, trabajo? De algún modo mantenías a tu familia, ¿no?

La cabeza de Julio cayó bruscamente hacia atrás por efecto del alcohol y también, supuse, de cierto grado de desesperación; es difícil distinguir ciertas cosas con la visión nublada por la cerveza hondureña. Se quedó un instante mirando al techo con la boca abierta y, echando el cuerpo hacia delante, colocó una vez más su mano sobre la mesa.

—Yo fui guerrillero, Miguelito. —Dio un trago a su botella y volvió a enfocarme con sus profundos ojos verdes enrojecidos—. La Revolución me hizo verga la vida. Y, fijate vos, sin embargo, es lo único que me queda. La jodida Revolución. — Levantó su botella y la ofreció para un brindis—. Por la Revolución. —Miré alrededor, en la cantina ya no quedaba nadie salvo el eslabón perdido de los mayas, versión femenina, entretenida en tareas de limpieza. Julio alzó al máximo sus cejas—. Con un poco de suerte, mañana conocerás a un verdadero comando revolucionario. —Antes de posar la botella sobre la mesa, esta hizo un giro completo sobre sí misma —. ¡Mirá vos! Mis compadres y mi mamá son todo lo que me queda. Y mis hermanas, ¡cómo no! Mis hermanitas. —De pronto, su rostro se pobló de sombras. Apoyó el codo entre el mar de botellas y con el dedo índice desplegó el gesto internacional de la advertencia—. Pero ojo, Miguel, mi compadrazo, ellas no pueden saber… —Se detuvo, como si las palabras se le hubieran atascado en la tráquea, en el cerebro más bien—. Ellas no pueden saber jamás, ¿me oíste? ¡Jamás! No pueden saber lo que soy. Porque yo…

No acabó la frase. Julio se desplomó sobre su mano, evitando milagrosamente el bosque de Salva Vidas. El alcohol tiene estas cosas: ver caer a Julio apaciguó mi borrachera como por arte de algún conjuro maya. Miré a la señora, seguía a lo suyo, aunque la imaginara invocando en silencio a Huracán, el dios de una sola pierna que repitió Tierra hasta que la tierra emergió de los océanos. Como acabo de decir, mi borrachera se había apaciguado, que no es lo mismo que decir que ya no estuviera borracho.

—Será mejor que nos vayamos a dormir, mi querido compañero.

Lejos de ser un fantasma, Julio pesaba como un muerto. Por fortuna, el hotel El Paraíso quedaba a pocos metros de la cantina. Una vez más hacía méritos para llevar con sobrada dignidad su ampuloso nombre.

—Esto de arrastrarte, mi querido Julio, se está convirtiendo en una pésima costumbre —le dije, me dije, más bien, extrayéndole un toque de humor a una situación que, la verdad sea dicha, no tenía ninguna gracia.

Deposité a Julio sobre la cama. Observé su vendaje. Deberíamos haber limpiado su herida al llegar al hotel. Peor todavía; de pronto, entre una nube alcohólica sobre mis ojos, me di cuenta: Julio no podía beber, estaba tomando antibióticos. Lo miré tumbado y pensé que parecía yo más preocupado por sus lesiones que él mismo. Haciendo grandes esfuerzos retiré la venda con la lentitud de los borrachos para realizar una nueva cura, untando dosis extra de pomada antibiótica, como si aquello fuera a compensar los posibles efectos del alcohol en su tratamiento. Al menos, todo parecía seguir su curso, el tejido había empezado a formar una fina capa de piel sobre la zona diseccionada. Quitarle los pantalones entre todo tipo de insultos a los comandantes y a la Revolución fue una tarea bastante más compleja. Al desnudarlo, sobre las sábanas, caída de su cintura, quedó inerte la Beretta 92 de Ramírez, mejor dicho, de Julio. No, del Cazador. Pude haber pensado en algún momento que mi compadre fuera un pistolero, un criminal, un atracador o ese tipo de cosas. Elementos para la sospecha no me faltaban. Su pasado guerrillero, sin ir más lejos, revelado en un pequeño atisbo minutos atrás, los enigmas semánticos de Ramírez, la posible relación entre aquella marca que descubrí en la muñeca de su brazo desgajado y las sospechas del inspector Enrique Morales, la Beretta; también es cierto, pensé, que llevar armas encima en Honduras o Nicaragua es una práctica frecuente. El cóctel se compone de tres elementos: una parte de tradición armada, otra de respuesta a la inseguridad ciudadana y una tercera del todavía más que fresco pasado bélico. No me gustan las armas, siempre encuentras a alguien dispuesto a usarlas. Estimaba, pese a todo, que una pistola nos ofrecía cierta seguridad. Honduras no es un edén de paz y tranquilidad, por mucho que uno se aloje en un hotel llamado El Paraíso. Acostado en la oscuridad pensaba en todo esto y en las confesiones de Julio. ¿En qué se convierte uno después de vivir una guerra? Pude haber pensado muchas cosas más, sin duda. Tal vez en otras circunstancias, aquella noche eso fue todo: uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos y me quedé dormido.