La sacudida
Capítulo II
Yo soy Julio García Baltodano. Ese es mi nombre, mi verdadero nombre. Quiero dejarlo claro antes de proceder a contarlo todo. Sí, todo. Lo primero, la resurrección, el día más importante de mi vida. Viernes treinta de octubre de mil novecientos noventa y ocho. El mundo parece que se nos fuera a venir encima.
Despierto bien temprano, reviso la foto en mi cartera. Es un chele, español, joven, casi un chavalo. Ramírez me dijo que la foto es de diez años atrás, algo más tal vez, que eso es lo que tenemos y que me tiene que servir. La guardo bajo el colchón y decido, por este día, no pensar en mi próximo encargo. Vine a pasarla con mi familia, a almorzar juntos, a celebrar el cumpleaños de Damaris con mis gemelitas y Pichardo, a jugar a béisbol, a olvidarme de toda la mierda que me persigue, pues.
No hay suerte. El sol se escondió un día más. La cosa está jodida para celebraciones, también para jugar al beisball. Llueve en putas y suspendemos el matinal intercambio de batazos con esos engreídos de El Porvenir. El Porvenir Negro, añadiría yo, porque los íbamos a reventar. Damaris cumple años; nunca se dice la edad de una mujer. Es menor que yo; no diré más. Damaris cumple años, pues, y deberíamos jugar las semis del campeonato de las comunidades del Casitas. El Porvenir contra Versalles. Me río, imagino a algún decrépito rey francés removiéndose en la tumba. Sí, lo reconozco, a todas las comunidades de este rincón olvidado nos perdió el optimismo con los nombres. Pobres, sí, y optimistas, así somos. El diluvio obliga a cancelarlo todo, el beis y, de seguro, también la fiesta de Damaris. Empieza un mal día y el agua que no deja de caer como jamás nadie vio ni verá llover, aquí o en cualquier otro lugar del mundo. Un mundo pesado, húmedo, como si sujetarlo para que no se venga abajo dependiera no más de mis hombros.
De temprano dejo en la casa a Damaris, con Hilda Rosa y Amalia, mis niñas, que pronto cumplirán tres años. Las dejo intranquilo. Son la mayor alegría que me dio la vida y esta no parece tan solo una mañana muy lluviosa. Me las traje a esta ladera perdida en el quinto carajo, lugar alejado de la ley para lo bueno y también para lo malo. Alejado. Apenas un trabajo más y me llevo a las muchachas a los Estados. Me dieron la foto del maje. Ya todo quedó preparado. Mañana me regreso a Managua y, ¡pum!, el último. Solo no quería perderme el cumpleaños de Damaris.
Dejo en la casa a mis muchachas, pues, y me lanzo bajo el aguacero por la deslizante ladera del Casitas. Puro lodo. No se ve ni verga. Mis pies pisan el lugar más inestable que pisaron nunca. Avanzo entre chocitas de madera y zinc, árboles que chorrean, chanchitos que corretean asustados entre la tormenta. Me oriento con la memoria, empleo no sé bien cuántas veces más tiempo de lo normal para llegar hasta el otro lado de esta cara oeste del Casitas, a Los Zanjones, asentamiento miserable, como todos los que se agarran a este volcán, donde vive Pichardo, mi bróder desde los días de Apanji.
Es un alivio alcanzar la puerta de mi compadre. Desde aquí, en días sin lluvia, se ve el Pacífico, León, Chinandega, la gran atalaya, pues. Hoy ni siquiera Posoltega, casi a los pies del cerro. Veo luces de colores entre la lluvia, luces policiales allá abajo. Quizá me busquen a mí. Las luces se mueven, entre la cortina de agua no distingo bien. Parece que siguen viaje hacia Chinandega. Sí, se van. Creo. Me lo prometo ante la casa de Pichardo: cuando se detenga el diluvio acabo con todo y dejo para siempre este paisito.
Me alegra ver a Pichardo, sentir que no soy el único jodido por los recuerdos de la guerra. Pichardo, otra vida hecha verga heredada del Revolución o muerte. En Revolución o mierda se quedó, ¡no jodás! Pichardo, sí, por aquí andamos, en la ladera del Casitas, gracias a él, el único compadre que me queda, también el único con televisión por estos lados para ver las Grandes Ligas. Hablamos de Denis Martínez, que se retira el maje, y, sobre todo, del Sammy Sosa, un dominicano que suelta el brazo a categoría cinco en la escala Saffir-Simpson.
—¡Cómo batea el jodido! —me platica Pichardo. Agarra un bate imaginario y gira su cuerpo con violencia—. ¡Pam! —El aire pesado, húmedo, se sacude.
—¡De a verga, bróder! Una fiera ese Sosa —le digo.
Esperamos a la sección de beis del noticiero. Hablan del huracán. Ya estamos expertos en huracanes, pues. Sabemos cómo se forman, sabemos cómo avanzan, sabemos cómo se refuerzan, sabemos cómo se miden. Son casi dos semanas ya con la mierda del hijueputa Mitch, que si roza Jamaica, que si se va para Cuba, ora para la costa atlántica, ora Yucatán. En Cancún evacúan a un cachimbo de turistas gringos, todos con el susto en el cuerpo de vuelta a los Estados. La televisión los muestra apiñaditos en el aeropuerto buscando lugar en un avión. Después de tanto marearnos, el hijueputa huracán cambia otra vez de rumbo. Parece que la cosa ya va de veras. Ayer golpeó en el Caribe hondureño, sopla a doscientos cincuenta kilómetros por hora o más, las islas de la bahía quedaron hechas paste. El huracán chocó contra Honduras y todito el país quedó bajo el agua, lo mismito que Nicaragua, pues. Dicen que todos los ríos se desbordaron. ¡No jodás! Pichardo y yo nos miramos sobrecogidos; todo parece cosa de fin de mundo. Pienso en mi mamá, rezo para que esté bien. Allá en Coyoles el Aguán es ancho, mucho tiene que crecer para que llegue hasta la casa. Ni modo, el mundo yéndose a la verga y yo aquí, escondido en la falda de un cerro, tan lejos de todo. Tengo que ver a mi mamá. Sé que llevo años con la misma verga, pero ahorita va de veras: cuando pare la lluvia, cuando se enfríen mis encargos, cuando se olviden de mí, entonces, mamá, te iré a visitar.
Pero no cesa la lluvia. En el noticiero explican que todo es por bajas presiones influencia del Mitch. Añaden que al chocar contra la Tierra se transformó en tormenta tropical. Ya lo dije, Julio García Baltodano, experto en huracanes, pues. En Managua el lago sube de nivel y en la ribera la gente es evacuada de los asentamientos hacia las afueras. Cargan con sus cosas. Sobre la cabeza placas de zinc, como las que cubren nuestras casitas en la ladera. Los chigüines lloran en brazos o a la espalda de sus mamás. Nos olvidamos del beis. Todo es tan rotundo como repentino para nuestro aislamiento aquí arriba en la falda del Casitas. Las noticias prosiguen. Todo es sobre el agua que se desparrama por Centroamérica, «la cinturita de la miseria», como nos bautizó Neruda. Su lectura es de lo poco que puedo agradecer al sandinismo.
Pienso en Damaris, Hilda Rosa, Amalia. Me esperaron sin saber si estaba vivo o si viviría mucho tiempo. Sufren por un prófugo, este degenerado hijueputa capaz de arruinarles la vida. Es un misterio que todavía me quieran. ¡Cómo me alegro! Mi vida manchada de sangre y sin dirección gira en mi cabeza. Yo me digo, me repito, que se acabó, un trabajo más y ya; me las llevo para siempre de este jodido pedacito del mundo. Me viene a la cabeza la imagen de mi próxima víctima, la última; es lo que llevo jurándome desde hace días.
—Pero ¿adónde vas ahorita? —me pregunta Pichardo al verme alzar las nalgas del sofá—. Esperate a las deportivas, pues.
—Calabaza, calabaza, cada quién para su casa, hermano. Es que toda esta verga del huracán me dio miedo por Damaris y las niñas.
—¡Nah! Esperate, bróder. Si acá no hay peligro. Estamos bien arriba, el agua no llega. Mirá, mirá, que ya dan la crónica del beis.
No sé, quizá sea tanta lluvia, que el aire tan pesado me bajó la onda y me puse sombrío. Supongo que Pichardo tiene razón. Del volcán, un eructo de lava, un temblor o algo así se puede esperar, pero ¡una inundación en una ladera! Si alguien me lo sugiere siquiera me lanzo la gran carcajada. Acá en las comunidades siempre pensamos que, de enterrarnos, lo haría una erupción. Hay familias con más de diez años de asentadas en esta pendiente encachimbada, solo temerosas de una hijueputa explosión, no de la lluvia.
En esas andamos, que se nos va la mañana donde Pichardo, ahuevados por la jodida lluvia que nos ha dejado sin final de beis y comentando las actuaciones del dominicano de oro cuando, luchando contra el barrunto de la lluvia, tres golpes secos resuenan contra la puerta. De pronto, como en una historia de terror, de aquellas que agarraba de chavalo en la biblioteca de la Standard Fruit Company allá en Coyoles, la imagen de Sosa desaparece del aparato, se reduce a un minúsculo punto en el centro de la pantalla acompañado de un silbido. En los ojos de Pichardo miro a un maje asustado; Pichardo debe mirar idéntico paisaje en los míos. La tierra tiembla, empezamos a sentir el ruido.
—Parecen helicópteros, como MD-500 Defender artillados, ¿recordás? Con esos barrían la selva los hondureños.
Pichardo me mira afectado por el repentino recuerdo de tiempos violentos y se dirige hacia la puerta. «¿Será que enviaron al Ejército a detenerme?», pienso, y casi me da la risa de tan estúpido pensamiento.
—Si son helicópteros, pues, suenan demasiado cerca.
De nuevo golpean a la puerta. En el exterior alguien grita:
—¡Abran!
Si la tierra no temblara, si el estruendo no me impidiera pensar claro, no me acercaría hasta Pichardo y abriría la puerta de su casa, la única de ladrillo y cemento en Los Zanjones, donde todo es madera, zinc y adobe, para ver qué diablos ocurre ahí fuera. Porque afuera, entre la lluvia, bajo un impermeable negro de uniforme policial, se extiende un brazo hacia el mío para colocarme unas esposas.
—¡Idiay! ¿Qué pasó?
Es todo lo que consigo decir. Nadie responde. El rostro que me mira bajo la capucha policial sonríe satisfecho con su poblado y chorreante bigote negro. Eligió el peor día para agarrarme. Debería mirar alrededor. Todos en Los Zanjones están a la puerta de sus casas, unos enfrente de los otros, intentando ver algo entre la cortina de agua, buscando los aparatos en el cielo sin encontrar ni verga de aeronaves. Y entonces el fuerte rumor que se convierte en estrépito, la tierra tiembla más y miramos ladera arriba cómo el mundo se nos viene encima en forma de gigantesca lengua de lodo, piedras, rocas, la montaña que se nos deshace entera con intención de llevársenos por delante, aniquilarlo todo, la vida, El Porvenir. También Los Zanjones, Versalles, la Rolando Rodríguez, El Torreón, Los Tololares, El Ojochal, comunidades apiñaditas en esta ladera del Casitas.
No hay donde agarrarse. Pichardo se echa hacia atrás.
—¡Corran, adentro!
El policía me mira, yo le miro a él, y nos empujamos, él a mí, yo a él, hacia el interior de la casa; me lanzo sobre el sofá del dormitorio-sala-cocina, habitación única en hogar de pobres y, guiado por algún extraño instinto me encojo en posición fetal, acurrucadito como un bebé pegado al respaldo. No sé, intentando protegerme. Lo último que veo es a Pichardo debajo de la mesa. Las paredes de ladrillos y cemento simulan firmeza; es un engaño, no protegen, no protegen ni mierda. Todo revienta del primer golpe, el suelo que tiembla como una trituradora y el infierno que toma posesión de la casa de Pichardo a la velocidad de un batazo de Sammy Sosa. Sucede todo en menos de un segundo. El deslave golpea contra el respaldo del sofá, sí, es lo que me protege de no morir por el gran vergazo. No importa, ya lo haré por el camino. Morir, digo, porque salgo lanzado ladera abajo, donde a todos los que vivimos en la ladera del Casitas solo puede esperarnos la muerte. Muerte ridícula la mía, remate adecuado para mi vida. Moriré a bordo de un escudo imitación de terciopelo tapizado en verde y esposado a un chepo.
Imposible recordar cuándo perdí el conocimiento. Veo a mi mamá, tanto tiempo sin verla, a Damaris, a mis gemelitas y el lodo que me arrastra ya lejos de la casa de Pichardo. Por un segundo miro su mano extendida entre el remolino de lodo, piedra, madera, zinc, árboles, vacas y qué se yo; lo último que distingo antes de que mis ojos comiencen a arder y el remolino gigante me escupa hacia todos lados a base de coces que ni treinta caballos, para caer de nuevo en su estómago de rocas gigantes y mil diablos. Respirar funde los pulmones, es tarea sobrehumana. El aire pesa lo mismo que todos los metales conocidos juntos. Es todo como en un sueño. No sé bien si es esto lo que sucede. Siento que crujen los huesos de mi mano, estrujados por la presión del chepo enganchado a las esposas, arrastrado el maje por una montaña entera. De pronto, sí, siento más ligero el brazo, mientras algo se desgarra más arriba, cerca del hombro. Debería doler, un dolor que ni quiera Dios, pero no siento nada. Me inunda un alivio estúpido, como si mi muerte fuera a ser más digna sin un policía encadenado a mi lado. Todo sobreviene como un ciclón en esta licuadora que me arrastra ladera abajo. Los pensamientos se empujan en mi cerebro, acelerados, como si exigieran ser pensados sin falta ahorita que el final se mira próximo. La infancia pasa ante mis ojos como un relámpago. Visualizo el día en que mi papá me mostró el Pacífico, con ocho años, primera vez que visité este país donde nací; los remolinos de las olas en Poneloya que me hicieron tragar agua y arena como metido en una hormigonera. Ahorita la arena se convirtió en lodo, se adentra en mis pulmones sin remedio.
De pronto, floto en un cálido y plácido manto fangoso. Allá, lejanamente cerca, distingo a Damaris, Hilda Rosa, Amalia, Pichardo, rostros de compañeros caídos en combate, rostros de mis encargos; mi papá también está con ellos. Me miran, están alegres, transmiten calma. Yo sonrío, me acerco a velocidad de caracol, deslizándome sobre el deslave, como subido a una alfombra mágica de fango y piedras. Todos gritan, hay eco: «¡Julio, acercate, sentí la Salvación, acercate!», pero no acabo de llegar. Pasa el tiempo del mundo entero, me acerco, me acerco y no llego. ¡Ni verga! Mi lugar no puede ser el cielo.
De pronto los ojos dejan de arder, el dolor desaparece y las fuerzas se escapan lengua de tierra adentro. Ni siquiera lo sé de seguro: ¿mejor morir o estar vivo? ¡No jodás! Maté a Damaris el día de su cumpleaños. No hay justicia en este maldito mundo; soy yo quien debería estar muerto.