La sacudida
Capítulo VI
Me duele el brazo, me duele la cabeza, siento piquetazos que vienen y se van, mientras este chele metiche quiere saberlo todo de mí. Nunca me ocurrió. Si hasta Damaris me lo puso claro y pelado antes del casorio.
—Guardate la guerra para vos. ¿Mentendés, Julio? No me interesan historias de combates, victorias y muertos. Ya perdí dos hermanos y a mi papá por la mierda de la Revolución. Así que vos, con mis hijas, ni pensés en tirártelas de héroe.
Si yo no puedo platicar de la guerra, ¿quién soy? Damaris no lo sabía, nunca quiso saber de los detalles de mi vida. Nos vimos empujados el uno al otro por un embarazo involuntario, decidimos tirar hacia delante y, de repente, de un hijueputa vergazo de volcán me quedo viudo y pierdo a mis niñas. Pero Damaris, yo soy la guerra, soy la Revolución, igual que otros miles de majes de mi generación a los que hoy les falta un daime pal peso, bien locos que acabamos todos tras haber dejado la sangre y las fuerzas a cambio de la nada absoluta, del vacío total. ¡No fregués!
Mirá si es irónico. ¿Cuántos compañeros caídos en ataques de la contra? Heridos de bala, minas, bazucazos, fuego aéreo, macheteados en combate; y yo acá me miro, atacado a traición por un volcán. Es como para carcajearse. ¡No jodás! ¡Qué cuadro de sobreviviente que soy! Quizá Miguel quiera conocer toda esta verga y por eso pregunta. No lo sé. Me siento perdido, dolorido del brazo, de la cabeza, también de algún lugar muy dentro. Me alejo de este cementerio y dejo atrás lo mejor de mi vida: Hilda Rosa y Amalia, muertas. Y si no lo están, mejor me ando bien lejos de ellas. Dos años y poco de mi vida, no más, y sé que nunca amé tanto como amé a mis hijas. Vinieron para cambiármelo todo. No dejé que sucediera. Me tortura su ausencia y, aun así, siento un amargo consuelo. Quizá tuvieron suerte de morir. No debí ser padre, soy un maldito. Debo estar agradecido, así no sabrán quién es de verdad Julio García Baltodano. ¿Acaso lo sé yo? ¿Cómo satisfacer, entonces, a este chele barbudo y preguntón? Él es lo único que tengo. Igual se enamoró de mí. ¡No fregués!, no sería el primero. Por mi aspecto no será, ¡de plano! Sin brazo, sucio, enfermo, débil; ¡bah!, solo mierda pienso. Tal vez sea, al final, un jodido ángel. Me lleva a Managua, quiere que viva. ¿Quién desea morir? Cobarde es quien no se resiste a la muerte, así me lo enseñó mi papá y así sigo; metido hoy en la tina de una camioneta, hecho mierda, camino de mi pasado, bajo el primer sol que me alumbra desde mi regreso a este lado del mundo, acá, donde están los vivos.
—Miguel, cuando lleguemos a Managua, necesito telefonear a Honduras, a mi mamá.
Ya lo dije, a este chele le gusta preguntar. No se contiene el maje. Siempre hablé poco y ahorita, con el pecho todavía empapado, me cuesta más. El sabor a lodo que no me desaparece de la garganta, las punzadas en la cabeza y en el muñón; no importa, despacio respondo a sus preguntas y le cuento a Miguel sobre mi mamá, mis hermanas, sobre Coyoles, el banano; poca cosa, lo justo porque me canso. Es un maje misterioso este chele que me sujeta cada vez que se acerca algún socavón en la pista. La carretera es un puro agujero, así que pasamos unos buenos ratos agarrados. Me sienta bien, como si fuera un punto de apoyo en estos días en que nada es firme y todo se recupera con pasos tembeleques.
La camioneta frena en seco, Miguel me sujeta y se levanta: es el Telica que fluye renqueante hoy desde el volcán que lo bautiza. El bello puente de piedra que lo cruzaba quedó hecho paste, descansa ahora sobre el hilo de agua. No somos los únicos detenidos. Por delante, me informa Miguel, hay unos veinte vehículos; del otro lado del río otros tantos. Camiones, buses, pickups, camionetas y los militares que solo dejan cruzar de uno a uno. Nos vamos a demorar. Me duele el hombro, casi conseguí olvidarme de mi brazo, apenas unos jodidos pinchazos. No, tampoco son tan fuertes, exagero, lo que me duele de verdad es esta maraña de recuerdos que golpetea mis sueños.
—Tenemos para un rato, me temo. El Ejército abrió camino hacia el río, pero con tanto camión se formó un degenere de la gran puta. —Cuando le da, Miguel habla medio nica. Suena raro, me da la risa, pero le hace huevos el maje—. Bueno, espero que no nos hagan esperar mucho —lo dice señalando hacia el cielo, sobre el Telica, el volcán—. Parece que viene el vergazo de agua.
No es el único en darse cuenta, todos llevamos el síndrome del Mitch metido en el alma. Las nubes se acercan, igual ni era este su camino y al ver a la gente en pánico decidieron desviarse y caernos encima. Es inquietante lo que un nubarrón puede provocar. Todos los vehículos quieren alejarse del cauce. Los de más abajo meten la reversa sin esperar a que lo hagan los que están detrás, los camioneros se cagan en la gran puta, para ellos moverse hacia atrás es un imposible, a lo lejos escuchamos los truenos y hay quien, incluso, ya empezó a gritar. En cinco minutos llega la lluvia, fina. Miguel me cubre con un plástico sobre la tina de la camioneta mientras todos miramos hacia el cauce, paralizados, esperando la aparición del gran torrente. Llueve, llueve un poco más, nada que ver con mis recuerdos más recientes. Otros cinco minutos y se detiene la lluvia. La nube negra sigue su camino, en dirección oeste, por esos lados asustará a otra gente. Miguel me mira y se ríe.
—Debes de ser el único que no se asustó con la lluvia —me dice.
—Nada puede ser peor de lo que ya viví, hermano —le digo.
—Puede ser. —Sus ojos se dirigen hacia el cielo. Está buscando las palabras—. Nunca le tuve tanto miedo a la lluvia. —Ahora mira mi brazo, me pica un ojo, de pronto somos como cómplices, su modo de decirme que confíe en él, pues, y salta de la camioneta—. No te preocupés, Julio, ya verás qué rápido salimos de aquí. Al fin y al cabo, llevamos un herido grave.
No tan grave, le digo, aunque no lo escucha Miguel. ¿Miguel? ¿Miguel qué más? El maje ya está lejos de mis palabras. Le hace huevos el bróder, sí; apenas hay espacio en el camino hacia el río para darnos pasada y al minuto los soldados ya están apartando a toda la fila para que nos haga lugar. Somos una ambulancia improvisada, avanzamos hacia el río, cruzamos al otro lado y subimos de nuevo hacia la carretera. Todos me miran en silencio, esto es Nicaragua, en dos segundos ya corrió la voz: ese maje sobrevivió al Casitas. Estoy confuso, todos me quieren mirar, unos muestran lástima, otros me hacen sentirme como héroe. Es una sensación extraña: el molote de gente, atraer miradas y no tener que huir. Empiezo a entenderlo, por vez primera la víctima soy yo, como si el hijueputa del Mitch me hubiera redimido. Sí, puede ser, es como si aquí, hoy, se reiniciara mi vida.
—Los impresionaste, compadre.
Así interrumpe Miguel mis reflexiones existenciales. Dejamos atrás el Telica, dejo atrás Posoltega, esposa e hijas, enterradas o quemadas en una ladera, dejo atrás demasiadas cosas; la muerte, sin ir más lejos, es una de ellas. Ese, al menos, es mi deseo, aunque sé que me queda un encargo que ya no deseo cumplir y, de pronto, la cara de este chele en cuyas manos me encuentro me suena familiar, como un borroso recuerdo. Es extraño, los únicos cheles que conocí están todos muertos, asesinados. A boca de jarro, que es siempre lo mejor para no fallar.
—Esos hijueputa vascos no se fían ni de su madre. ¡No jodás! —me dijo Ramírez, ¿cuántos días atrás? Ya ni sé—. Te darán la mitad ahora, el resto ya sabés, cuando convirtás al maje en muñeco.
¡Jodidos colombianos! Tratan las cosas de la muerte siempre a la ligera, como para quitarle importancia al asunto, supongo, pero yo no me chupo el dedo, es solo su modo de burlar a la culpa. De plano es el caso de Ramírez, ahogado en guaro de caña barato desde que acabó la guerra, torturado por recuerdos que se trajo de su país y más que se echó a la bolsa por estos lados. Dejar Colombia por Nicaragua, hay que andar mal de la cabeza. No que me importe, el maje siempre confió en mí por los días que compartimos en Apanji. De no ser por él ya me veía de mendigo por Managua, muerto de hambre o apaleado por pandilleros. Lo hice por ellas, con dos hijas que alimentar ser universitario es un lujo, aunque para Damaris y mis niñas lo mejor sería que yo llevara muerto mucho tiempo.
—Dejate de joder con la literatura, compadre. Vos y yo sabemos lo que se te da mejor. —Así de fácil me convenció Ramírez.
Mis dedos rememoran el frío tacto de la Beretta que el maje posó sobre mi mano. Desde el mero fondo de mi cráneo mis ojos recuperan el rostro de aquel primer encargo. Lo recuerdo bien. Los recuerdo a todos, su expresión al sentir la bala ya en el aire, el instante en que ya es inevitable, esa es la imagen sí, bien guardadita se me quedó aquí dentro. Recuerdo a los muertos, pues, y a los vascos, sus narices gruesas, puntiagudas, como la de Miguel. ¡No jodás! ¿Será también vasco este maje? Ellos salían de la casa de Ramírez. Nos miramos de arriba abajo.
—Ni una sonrisa, ni un gesto de más, ni una palabra de más, más serios, compadre, que un retrato de Lenin. —Así me los describió Ramírez.
Eran dos. Cinco mil dólares ahora, otro tanto al acabar. Siempre trabajé por menos plata, a veces, incluso, por la mitad. Una foto y una dirección en Managua. Eso es todo, no hay más. La avaricia es jodida, te ciega. ¡Cuánto soy pinche! ¿Por qué no me conformé con lo que ya tenía? Un platal. Con eso ya daba para rehacer mi vida con mis niñas y mi Damaris. Estarían vivas y todos juntos, quién sabe, buscando casa allá en los Estados. No quería matar a nadie más y, de pronto, yo ya con la cabeza en Nueva Orleans, aparecen los jodidos vascos como diablos que tientan. Solo uno, ahora sí, el último, esos reales nos vendrán de a verga; todo eso pasó por mi cabeza, sin nadie a quien consultar. Ramírez no me sirve como asesor, el maje propone y se lleva su comisión.
—Con diez mil dólares más, en los Estados vivís como comandante.
La frase resonó en mi cabeza. La avaricia, sí, más que cegar, atonta. Puede, incluso, llegar a matar, arruinarte la vida. Peor, la de tu familia.
—¿Va todo bien, Julio?
Miguel me rescata una vez más de mi mundo interior. Levanto el pulgar y estiro ligeramente los labios, la mueca de una sonrisa.
—Perdoná, hermano. No me dijiste cómo te apellidás vos, ¿verdad?
—¿En serio? —Me mira fijamente, parece sorprendido, permanece así un instante —. Tienes razón. La verdad es que nunca insisto mucho con mi apellido. Todavía no he encontrado un nica que consiga pronunciarlo correctamente.
—Va, pues, compadre. ¿Y a qué tanta ceremonia?
—Goikoetxea, Miguel Goikoetxea.
—¿Perdón?
—¡Lo ves! Te lo advertí. No hay dios que lo agarre bien en este país. Es un apellido vasco…
—¡Vasco! —lo interrumpo.
—¿Algún problema, Julio?
Tardo en reaccionar.
—Nada, nada, es solo que me recordó un asunto con unos vascos. Últimamente hay muchos por estos lados.
—¿Cómo así? Lo dices como si no guardaras un gran recuerdo.
¡Seré tapudo! Mejor me quedo calladito. No más le desatranqué la curiosidad al maje.
—No guardo buen recuerdo de los vascos, no. Pero vos sos distinto. No sé decirte. Distinto, pues. —Se lo digo y arquea las cejas, sonriente el maje. Si lo dejo por aquí, de viaje me pregunta cuántos fue que me crucé hasta hoy—. ¿Gocutea, dijiste?
—Goikoetxea —me dice resoplando—. Aunque la gente acaba por dejarlo en Goiko, siempre con k, ojo. Así es más práctico.
—¿Miguel Goiko, entonces?
Se caga de la risa el maje.
—Prefiero que me digas Miguel, sin más —me dice alargando su mano hasta mi hombro, este del cual todavía nace un brazo con codo, dedos y todo.
Investigo de nuevo en mis recuerdos. ¿De qué putas me suena este maje? Nada. También resulta difícil reconocer la carretera con tanto socavón y tanto puente hecho verga. Mi compadre pide constantemente al chofer que afloje.
—¡Que llevamos un hombre herido, coño! —le dice.
El maje saca la mano por la ventana de la cabina, una disculpa, y afloja. Al rato ya estamos otra vez saltando sobre la tina. Miguel se trajo una colchoneta del Ejército, cortesía del teniente Rivas, me dice, para que yo pueda viajar acostado. Eso me protege un poco del traqueteo. Cuando se pone intenso se me hace igual de insoportable. Tengo suerte, este compadre chele que parece mi mamá no deja que la cosa se desmadre. Al final, el hijueputa que va al timón tienta tanto a la suerte que, al doblar una curva, a la entrada de un puente que ya no existe, se topa con un control de nacionales y, cómo no, ¡stop!, ya nos paró la pesca.
—Buenos días, señor agente. ¿Cómo le va?
Desde la tina no le miro la cara al chofer. Escucho, eso sí, su tono de subidito al dirigirse al policía y me lanzo a rezar para que este bróder no nos dé problemas. Al agente sí que lo miro: cara de pocos amigos, lentes oscuros, bigote refino paralelo al labio y más arrogancia que un comandante de la Revolución entrando en un prostíbulo. Al acercarse a la camioneta sus mejillas se aprietan, reúne en su boca toda la saliva de que es capaz, estira los labios, ladea la cabeza y lanza hacia un lado un grueso y sonoro escupitajo. Ni se molesta en responder al chofer, ni se molesta en mirarle, sus anteojos apuntan hacia nosotros o más atrás, incluso, hacia la última curva de la pista.
—Veamos, exceso de velocidad, invasión del carril contrario al doblar una curva, lleva pasaje en la tina… Yo de usted no sonreiría tanto.
El que sonríe es él, satisfecho bajo sus lentes de sol. Miguel intenta entrometerse. La respuesta del chofer se anticipa a sus palabras.
—Verá , agente, voy un poco deprisita, porque aquí detrás, donde lo ve, llevo un superviviente del Casitas. No puedo demorarme mucho. El hombre necesita cuidados, pues, y debo llevarlo rapidito al Hospital Militar, no más. Sea usted comprensivo.
El tono del chofer continúa subidito. El chepo apoya su mano en la tina para mirarme y se coloca los lentes sobre la frente. Es desconfiado el maje. Pues como para teatritos ando yo.
—El hombre le está diciendo la verdad, agente. —Miguel levanta la cobija que me cubre y muestra la ausencia de mi brazo—. Lo perdió en la ladera del Casitas. Llevamos tres días esperando para evacuarlo.
Ahora, el policía mira a Miguel.
—¿Es usted su amigo? —dice, recolocando sobre sus ojos los lentes oscuros.
—Así es, señor.
—¿Cómo se llama?
—¿Él o yo?
Esa respuesta de Miguel enoja al policía, que se retira bruscamente los lentes, apoya los codos sobre la tina y se inclina hacia mi compadre.
—¿De dónde es usted? Español, ¿verdad?
Me sorprende Miguel. Parece tener amplia experiencia con la pesca.
—Verá agente, yo sé que aquí es usted la autoridad. De veras que este hombre necesita cuidado médico urgente. —Miguel se saca la cartera del bolso trasero del pantalón y le muestra una cédula de identidad—. Trabajo en La República, el diario, ¿lo conoce? ¿Sabe quién es el dueño? Montenegro, Arnoldo Montenegro.
Siento que al de los lentes oscuros le gustaría que se lo tragara la tierra. Se lo impide el asfalto quebrado y húmedo sobre el que se apoyan sus botas militares. Detrás de él, sobre un tramo de tendido eléctrico que aguantó la embestida del Mitch, un hermoso guardabarranco entona su canto nasal: cwaanh, cwaanh. El uniformado da un respingo, descubre al pájaro sobre el cable. Es del tamaño de un puño, plumaje verde, celeste, tornasol y negro, dos largas plumas en forma de raqueta sobresalen de su cola.
—Montenegro —masculla el chepo, mirando al ave símbolo nacional de Nicaragua. Se retira hacia la patrulla, hace como que platica con uno de sus subordinados y regresa—. Me va a disculpar, señor, está todo en regla, no hay ningún problema. Pueden continuar. —Sus modales ya son otra cosa, no más se pone ceremonioso el maje—. Espero que su amigo se recupere pronto.
Miguel se lo agradece y en la cabina de la camioneta nuestro subidito arranca y exagera con el acelerador.
—¡Que le vaya bien, agente! —grita.
No lo miro desde aquí, imagino una sonrisa plenamente horizontal, sus labios bien estiraditos.
Cruzamos el cauce de un río seco, uno más de los que dejamos por el camino. A nuestra derecha, otro puente hecho verga. Al otro lado del cauce siento que remiten los efectos de la morfina. Cruzamos y le pido a Miguel que me dé otro vergazo ya para lo que resta del camino. Al maje también le parece lo más adecuado.
—Montenegro… —le digo, parados a un lado de la pista, entre las brumas que comienzan a envolverme—, ¿no será hermano o pariente de…?
—Su hermano mayor, sin ir más lejos —me interrumpe—. Es infalible, my friend —añade, seguro de sí mismo—. Llevo casi tres años en este paisito, ya ni sé cuántas veces me paró la policía. Borracho, pisando la línea continua en varias curvas, adelantando donde no debía, incorporándome al carril derecho al salir de un semáforo; la policía de este país tiene mucha imaginación para clavarte la multa, incluso me han parado sin haber hecho nada, para inventarse una infracción. Pues bien, en cuanto les digo que trabajo en La República se acabó.
Me da risa esa historia de Miguel. Rodrigo Montenegro, el hermano de ese tal Arnoldo, es el comisionado de la Policía Nacional y a mí me persigue la pesca desde chico, la nica y la catracha; tengo alergia a esos hijueputas.
—¿De verdad, vos trabajás en La República? —le pregunto a mi compadre.
—Bueno, hace ya rato que salí de allá, pero un policía de tránsito no tiene por qué saberlo —me dice Miguel.
Me gusta cuando el maje intenta hablar como nica. Suena raro, con ese acento de español tan fuerte. Tiene una voz que intimida este Miguel; vozarrón, más bien. Las erres redoblan en su garganta, las zetas necesitan de toda su boca para salir, por eso su nicañol tiene más personalidad que el pinche Humphrey Bogart.
Lo dejamos ahí, entre el cansancio y la morfina no estoy como para pláticas demoradas. Miguel no añade nada a su historia y los dos miramos hacia el noroeste, hacia los volcanes, todos seguidos, desde la carretera que va a Managua se ven pegaditos los unos a los otros: Momotombo, Santiago, San Cristóbal, Telica, Cerro Negro, el hijueputa Casitas. La cordillera de Los Maribios, pues. No volverán a verme por estos lados, les digo a los cerros picudos, allá se quedan a lo lejos.
Ahora el chofer lleva más cuidado al manejar. Parece que ya nos agarró respeto, sobre todo a Miguel, claro. Nada como una buena demostración de poder para impresionar a un nica. Los amortiguadores traseros de la camioneta son bien duros. Pese a las atenciones de Miguel, que me permiten viajar con la espalda acolchadita, y la consideración recién estrenada del subidito de delante, los baches me convierten en un danzante recostado. En un cruce recogemos a un viejito achaparrado que pide raid hacia la capital con un saco de tela al hombro casi más grande que él.
Miguel se presenta. El viejito, me parece entender, se llama Anastasio Álvarez Chamorro. Poco a poco, mi compadre se lanza, preguntita a preguntita: de dónde viene, cómo es que va a Managua, dónde fue que lo agarró el Mitch, y el viejito que, receloso, le cuesta arrancar, enseguida se anima a contarle. Habla despacito, Miguel se esfuerza por entender su plática aturullada, ya que faltan unas cuantas paletas en su boca; yo voy perdiendo el interés de cansado que estoy, siento como si respirara plomo.
—Que viene de Lechecuagos —le digo a Miguel que dice el viejito—. ¿Conoces? Eso queda en la ladera del Cerro Negro. Una comunidad perdida, pues. Dice que por allá bajaron unas correntadas arrechas.
—Tuve suerte —añade, muy seco, el anciano.
—¿Va de visita a Managua? ¿Tiene familia allí?
El señor hace una mueca, parece una sonrisa, más triste que un bolero. Señala hacia la cordillera volcánica, allá en el horizonte, al Cerro Negro.
—Viví allá casi toda mi vida. —Hace una pausa, sus ojos apenas expresan nada, rojos de dolor—. Las lluvias se llevaron mi casa, pensaba levantarla de nuevo, pero cuando el cerro empezó a tronar ahí ya, ¡ni quiera Dios!
—Pero ¿de qué está hablando? —dice Miguel.
Los dos miramos hacia el Cerro Negro, una tenue columna de humo asciende sobre el cráter. El viejito mira fijamente a Miguel.
—Fue ayer en la noche, tembló la tierra. ¿No la sintieron? Escuchamos el cerro tronar entre la lluvia. Echaba humo y un río de lava empezó a bajar por la ladera hacia las casas. —Se detiene, mira fijamente a Miguel; para él como si yo no existiera —. Ya no puedo más, doctor. Me voy a lo de mi hija, en Managua pues. Nunca quise dejar la comunidad; ahorita ya no me queda otra. Al menos viviré tranquilo mis últimos años. No serán muchos ya, salta a la vista, ¿no cree, doctor?
El viejito le agarró el gusto a la plática, que yo me pierdo porque siento el cansancio y la morfina que ponen mis párpados en caída libre. Sí, me quedo dormido, ajeno al traqueteo, a las miradas piadosas del viejito, al vuelo de los guardabarrancos, al frescor de la mañana, todavía presa de esta humedad que aplasta, todavía Mitch. Cierro los ojos y, de pronto, escucho una voz interior adolescente, un eco lejano bien adentro en mi cráneo. Como si mi subconsciente quisiera que entienda, a huevos, que la vida rara vez mete la reversa.
¡Jodido CPF! Sí, el muerto es mío y esta es mi nueva vida. Gustavo, Bautista, Latania, con estos majes uno se siente a salvo. Aquí andamos, escondidos en uno de esos barrios que se aferran a los cerros de Tegucigalpa. El aeropuerto se siente cerca, es mi única referencia, porque los aviones se escuchan que ni aterrizaran en la mera calle, frente a nuestra casa de seguridad.
Cocina una anciana con mano de ángel, doña Esmeralda, una joya, mujer gruesa, bien india de ojos verdes, viuda y madre de dos compañeros ofrendados a la causa. La doña preserva el recuerdo de sus hijos con el compromiso intacto ante la organización que los convirtió en mártires y aquí está haciéndonos la lucha más llevadera.
Ya el primer día nos espera uno de sus almuerzos, la mejor cazuela olanchana de mi vida. Uno piensa que la Revolución es sufrimiento y renuncias. Confiando en que mi mamá nunca me oiga decir esto: no comí mejor en toda mi vida. Ella también es buena de cuchara, pero, de plano, jamás acogería en su casa a gente como nosotros.
Es así, encerrados con doña Esmeralda, que mis compañeros y yo nos vamos conociendo. Por omisión, a Bautista, una jodida prisión. Es un indio, pienso, y también me lo repite Gustavo.
—Nunca adivinarás lo que piensa, loco, es un indio.
Por acción, a Gustavo, que se hace notar como jefe, aunque en este reducido refugio no necesite dar órdenes. Incluso duerme en el carro, estacionado en el patio trasero de la casa. Dice que los pies de los indios mucho hieden, no más como la caldera sulfurosa de un volcán. No estoy de acuerdo, los pies de Bautista hieden muchísimo peor que el cráter del Masaya. Latania es otra cosa, empiezo a notar que la atraigo, cuando me mira me da la cagazón, lo que siento es puro pánico. Al llegar a la casa y comprobar el botín me dijo: «Nada como entrar matando para que nadie replique».
Latania no es una simple subordinada, no como yo, al menos. Tampoco es como las niñas de Coyoles, mocosas devotas aleccionadas para no entregarse sin divina bendición. A mis dieciséis años solo besé a una mujer. Visto y no visto, bien que lo recuerdo: dormía la siesta, ella tenía trece, yo también, arrimé mis labios a su boca y apreté. Todavía me duele la mejilla del vergazo que me lanzó. Nunca más platicó conmigo, ni ella, ni ninguna de sus amigas, la muy chancha les fue con el cuento de que intenté violarla. Me miraban como si fuera a pegarle fuego a la cosecha de banano. La noticia corrió rápido a oídos de mi mamá que, sin preguntar siquiera, me reventó la espalda con la chinela. Ya calmada, la convencí de que mi versión era la correcta. Eché de menos, entonces, alguna advertencia sobre mujeres. Ni modo, crecí sin padre, huérfano de consejos sobre misterios femeninos.
Con los hombres y los chavalos fue otra cuestión. De la noche a la mañana todos me felicitaban como a quien acabó de superar una prueba para ver si sos bien macho. Todos, cómo no, salvo el papá de la piruja. No vino solo, se trajo a la pesca y me llevaron preso. Los otros reclusos, ¡clase pervertidos!, me trataron como a un puerco. Tuve suerte, mi libertad apenas se demoró una noche y preservé la virginidad de milagro. Mi mamá platicó con la muchacha y la hizo confesar que todo era un puro cuento. Me prometí no pisar jamás el mamo y, sobre todo, nunca confiar en las mujeres. Tres años después lo ignoro todo sobre los placeres de la carne. Soy el juguete perfecto para una mujer como Latania.
Por la noche Bautista ronca sobre el sofá de la sala y yo, tumbado en el suelo, veo la silueta de la guerrillera recortada contra la ventana, como un fantasma. No puede venir a por mí. Sumerjo mi cabeza bajo la cobija y, de pronto, noto sus manos que acarician mi pelo. Su calzón, como de encaje, asoma bajo una camiseta negra.
—Ven, Julito. ¡Quiero tu cuerito! —me dice, como si ella fuera el hombre y yo la muchacha inmaculada que no debe resistirse. No tengo voluntad, camino de su mano como hechizado hacia su habitación—. ¿Sos virgen vos?
¡Como si tuviera dudas, la maldita! Me sonríe como las mamasotas de las revistas y comienza a desnudarme en silencio. Mucho mejor que en cualquiera de mis fantasías eróticas. La mano de Latania presiona con suavidad mi verga. Quizá por ello no escucho sus pasos, los del jodido Gustavo que abre la puerta y, enturcado al vernos, me lanza un contenido hijueputa y se retira. A Latania se la pela el eje que se arreche el jefe.
—No sé qué se pensó el jefecito este, pues —me dice.
El jefecito. Esa fue buena. Acabo de perderle algo de respeto al jefecito, aunque me acalambra que en algún arranque el maje haga valer su rango. Por suerte, Latania sabe cómo hacerme olvidar las babosadas de Gustavo. Yo me dejo llevar.
La primera vez no dura mucho, lo intento tres veces. Primero me lame todo el cuerpo y cuando veo su boca dirigirse despacito hacia mi verga, todo explota. Latania es dulce, no se enfada, me calma. Después, ya practicando la penetración, sus caderas giran como peonza y ahí ya, me fui no más. A la tercera aguanto un poco más con la verga en el horno. Poco para Latania. Me mira con dulzura, no más falta que me dé unas palmaditas en el hombro. Al menos, no me echó de su cama. Dormir abrazado a Latania es bien rico, ya me pueden dar veneno que repito. Por el día es otra cosa, una tortura, ni me mira siquiera, no entiendo ni verga.
—¿A esta la pica el culo o qué onda? —le platico a Bautista, cuyo interés por el asunto lo comparo al que una tortuga paslama pueda mostrar por la literatura latinoamericana y el realismo mágico en un día de lluvia. O de sol.
Llega la noche y Latania entra en la sala para arrastrarme de nuevo hacia su lecho. Mirá que son raras las mujeres, no las entiendo, nunca lo haré, y Latania es la más extraña de todas las que conocí hasta hoy, también la más araña, parece saberlo todo sobre el sexo. Yo me dejo dominar, es decir, no se me pasa por el ayote que sea de otro modo. Me instruye en el arte de lamer los labios del bicho, aparece ante mí un nuevo ente llamado clítoris, pierdo mi voluntad al verla reaccionar a los movimientos de mis dedos, intento recuperarla al sentir que me introduce los suyos por el culo.
—Eso es de cochones —le digo, y en un meneo se sale con la suya. No protesto. ¡Dios!
—Tenés suerte, chavalo. Ojalá a tu edad me hubiera encontrado con alguien como yo —me dice Latania al rato, fumando un cigarrillo. Mi sonrisa me delata, lo mismo digo de mis ojos clavados en el techo—. Olvidate de la guerra, la Revolución y esas vergas. El sexo, Julito, el sexo es lo que nos hace libres.
Sí, Latania es tiesa en esto del sexo, de viaje, y yo, más torpe que un monaguillo, el juguete perfecto para sus perversiones. Le gusta enseñar, ya soy su alumno favorito en materia guerrillera, ahorita me alecciona sobre las cosas importantes de la vida, y el sexo, dice Latania, el placer, es la más importante de todas.
Pasamos el día viendo televisión, nos buscan; a los periodistas les interesó el asunto.
—Andan más despistados que Somoza en sus últimos días de gobierno —dice Bautista, hombre de poca plática, siempre certera, claro, el maje apenas suelta la lengua cuando tiene algo que decir. Es lo que hacen los sabios. Me cae bien Bautista. Nos hace reír el misquito, aunque a la hora de contar chiles ya se pone espesito, siempre haciendo guasa de los nicas.
Los del noticiero, la policía, nadie le pone firma al asalto, ocultan intencionadamente la existencia de nuestro grupo, ni lo mencionan en los diarios. Conocen dos datos que nos preocupan. Primero, que uno de los atracadores hablaba con acento nica. También que el arma con que abatieron al guarda era una Beretta 92. Gustavo me mira.
—Si nos preguntan, que te regalé mi arma, ¿mentendés? —Toma mi mano, la abre y, en ceremonial entrega, su pistola pasa a mi propiedad—. Sos el hijo del Diriangén, solo por eso te daré otra oportunidad, pero ese muerto es tuyo. ¿Estamos claros con eso?
—Por supuesto, Gustavo —le digo. No más planteo una duda—. ¿Y vos? ¿Te quedás sin arma?
—Tranquilo, chavalo, no te preocupés por mí.
Gustavo me muestra la hermana gemela de mi nueva pistola. Nunca lo miré tan subidito. Si se las quiere dar de maje fiero, va pues, adelante. No más consigo pensar en mi temprano ingreso al club de la Beretta; a mis dieciséis, de plano debo de ser el miembro más joven.
Jugamos naipes y al ajedrez, Gustavo y Latania se pasan los primeros cuatro días separados por el tablero, el jefecito tiene muy mal perder. Ella acaba por mandarlo a la verga y advierte: no moverá una sola pieza más. Latania, entonces, decide que debo aprender algo nuevo.
—Esto es algo más que un juego, Julito —me dice, se pone profunda—. Es un arte, una ciencia, un deporte mental.
Soy nefasto para el arte, la ciencia y el deporte mental. Pierdo una y otra vez. Siento que Gustavo está cada día más en mi contra. No soy consciente de ello, Latania me utiliza para ponerlo celoso. Gustavo no puede hacer otra cosa que cerrar las tapas. Es lo que tiene promover el amor libre, uno debe aguantarse cuando lo practican los demás y nadie te invita. Yo no sé lo que es el amor libre, ni siquiera conozco el amor preso, o el amor sin más. Soy apenas una especie de esclavo de Latania, vivo obsesionado con ella, y sí, lo confieso, cómo la gozo. Es bien rico.
Una tarde hacemos arte, ciencia y deporte mental en la sala. Al otro lado de la estancia Gustavo y Bautista, mano a mano, con los naipes. Después de hacerme jaque mate, Latania saca el veneno y alaba mi saber perder a diferencia, dice, de ciertas hierbas. Latania es maldita, se caga de la risa, yo me contagio y la sigo hasta que siento la nueva Beretta de Gustavo sobre mi sien.
—¡Estoy hasta la verga ya de este hijueputa chigüín! —Me sujeta por el cuello mientras se dirige a Latania—. ¿Qué más tengo que hacer por él? Maté a un maje por él, se quedó con vos y encima celebra tus putiadas. ¡No fregués!
Latania es hielo, no pierde la calma. Le dice a Gustavo, mirándolo como si lo fuera a hipnotizar, que no se comporte como chavalo y no sé qué más vergas sobre el amor libre. Consigue que el jefecito retire la pistola de mi cráneo. Doña Esmeralda se asoma desde la cocina con expresión cansina, meneando la cabeza.
—Son ustedes como chigüines, pues, jugando a la Revolución.
Su frase da por cerrado el pleito. Gustavo se guarda el arma y Latania sus carcajadas, ahuevados los dos y con la cabeza gacha por las palabras de la anciana.
Son ya seis días acá, los noticieros apenas mencionan nuestro recupere, o atraco como le dicen en los diarios y en la televisión. Con Gustavo cada vez más confinado dentro del carro, entregado a la lectura de manuales de combate e insurgencia que intercala con novelas latinoamericanas que yo me muero por pedirle prestadas,
Bautista se muestra más sociable; escucha punta y parranda[2] sin parar, aunque, por seguridad, no podamos poner la música a todo mamón como a él le gustaría. El maje, además, resultó ser un gran estratega al ajedrez. Una tarde, mientras Latania echa un sueñecito en su habitación, me gana cinco partidas seguidas en escasos movimientos. Insisto para jugar una sexta y se lanza la gran carcajada.
—Sos igualito a tu papá, ¿sabés?
Me quedo de piedra.
—¿Lo conociste?
—¿Quién creés que me puso Bautista?
Intento mirar dentro de sus ojos verdes, siempre perdidos en algún laberinto interior. Por primera vez, parecen iluminarse, deseo hacerle miles de preguntas, pero su mirada me detiene, como si dijera: «Paciencia chavalo, acabarás por saber». Bautista mira al tablero, prepara las figuras para una nueva partida y me reta.
—Si me ganás esta, te cuento cómo lo mataron. Yo estaba con él.
—¿Y si pierdo?
—Entonces te cuento un chile de nicas —otra gran carcajada—. Vos verás cuál te interesa más.
Me concentro como nunca en el arte, la ciencia y el deporte mental. Ni verga, no es suficiente, pierdo por enésima vez. Le suplico a Bautista que, aun así, me lo cuente. Ni verga. Se niega el jodido.
—Un pacto es un pacto —me dice.
Cuando le gane una partida y no antes obtendré acceso a la historia de la muerte de mi papá. Solo mierda es el jodido misquito. ¡Para una vez que se lanzó a la plática! El chile que me cuenta como castigo no me hace gracia. Algo de un argentino, un mexicano y un nica ignorante. Bautista, eso sí, se caga de la risa.
Pasaron dos semanas ya, una eternidad, y aún en la casa. Por la mañana, Gustavo entra arrogante en el cuarto de Latania y anuncia la separación. Gustavo, Bautista y Latania preparan un nuevo golpe del cual yo no debo saber nada. A mí me regresan a Nicaragua.
—En dos meses, compañero, nos volvemos a ver. Aprovechá para aprender al ajedrez —me dice Bautista sonriente. Su mano golpea mi espalda con la fuerza del cariño desmesurado. Casi me hunde el omoplato en el pulmón.
Gustavo me desea suerte, para mi sorpresa me regala Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, y Un pueblo en armas, del comandante Carlos Núñez Téllez.
—Lecturas obligadas —me dice—. Aprovechá el tiempo, loco, tenés mucho que aprender. —Sus brazos se extienden hasta mis hombros, su mirada subraya su rango —. Y no te olvidés: vos ya mataste a un hombre. Sos un guerrillero, ¿mentendés?
Por supuesto, no pienso discutirlo.
El beso de Latania es amistoso, en la mejilla, la despedida de verdad fue nocturna e íntima, la cogedera más rica de mi vida. Me platicó que había mejorado mucho como amante en pocos días y antes de dormirme abrazado a ella repitió, para que quede reforzado en mi memoria, como si yo fuera a olvidarlo algún día, su principio vital.
—El sexo, Julito, es lo que nos hace libres.
Solo por ella merece la pena esta guerra. Sé que echaré de menos a Latania, quizá me enamoré; me lo callo, no quiero que nadie se ría de mí. Soy un guerrillero; empiezo a entenderlo Gustavo, empiezo a entenderlo.
Me despierto en el semáforo del Siete Sur, no siento dolor; el viejito y Miguel me miran sonrientes.
—Tuviste sueños convulsos, no te quise despertar —me dice Miguel—. No estaba muy seguro. ¿Sufrías o disfrutabas?
Encojo los hombros, es extraño cuando te falta un brazo. Bostezo y miro alrededor. Circulamos ya por las calles de la capital, entre vendedores callejeros y vergueados taxis soviéticos. Managua, ciudad de asentamientos miserables y residencias de lujo, de rotondas ampulosas y centros comerciales, de asfalto quebrado y de mendigos en edad escolar; heme de nuevo aquí, en este lugar al que solo pensaba regresar para cumplir un último encargo y dármelas para los Estados. Es una jodida paradoja, ahora estoy de regreso y empiezo una nueva vida, espero que muy distinta. Tumbado sobre la tina de la camioneta miro al cielo nublado a través de los árboles que separan ambos lados de la Pista de la Resistencia y, en la intimidad de mis pensamientos, me cago de la risa: Managua, una nueva vida, tiene gracia. Mis planes se fueron al carajo y, sin embargo, sigo siendo fiel a ellos. Ya no están mis hijas, ni mi Damaris, solo tengo a este chele convertido en mi sombra, mi enfermero, como un misterioso ángel de la guarda, eso es todo, y, aun así, mi vida recomienza. Tiene suerte ese último desconocido al que tenía que dar matarile, acaba de resucitar, aunque él no lo sabe, nunca lo sabrá.
—Esa de ahí es mi casa —señala Miguel al pasar por la Colonia del Periodista. Yo no distingo cuál, a su alrededor todas son iguales. Modestas, pues—. Ya vendremos cuando salgas del hospital.
El Hospital Militar, ahí me lleva Miguel, no es el refugio más seguro para un asesino. Al menos me tratarán bien, una cama allí cuesta un vergazo de reales. Necesito descansar, necesito pensar.
Cosas que tengo que hacer en Managua: saber de mi mamá, pasar donde Ramírez a por el pasaporte y agarrar mi guaca: cincuenta mil dólares. Solo cruzo los dedos
porque el Minguito[3] me la cuidara bien. Y ya, eso es todo. Nada me retiene en Managua ni en la jodida Nicaragua. Mi vida sería hoy tranquila de no haber dejado Coyoles, a mi mamá. Fui buen estudiante, quién sabe, ahorita fuera profesor de Literatura Latinoamericana, médico como mi papá o ingeniero agrónomo y trabajar en el banano, qué se yo. A la verga todo, pues, ¡qué más da! Solo mirate aquí, hecho paste, das lástima, mutilado por un hijueputa volcán, a punto de morir por una pinche infección después de haber esquivado tantas balas.
Doy gracias a Dios por no tener un espejo. La última vez que vi mi rostro mis hijas vivían, Damaris, Pichardo, todos muertos, y ahorita aquí ando, camino del Militar, como si fuera imposible deshacerme de mi pasado: armas, soldados, guerra. Si me olvido de la guerra, decime vos, ¿quién soy? Julio García Baltodano, sí. Nadie, como quien dice.