La sacudida
Capítulo IV
¿Despierto? No entiendo. Estoy muerto. No puedo despertar. O quizá sí. Todo me duele en putas.
—¡Aquí hay uno, rápido! Creo que está vivo.
Sí, estoy despierto, vivo. No sé quién gritó. Suena pegadito a mis oídos. Me saca un pedo del susto este maje con esas voces. ¿Será el chepo que me enganchó del brazo? ¡No jodás! Mejor muerto. El corazón me late a diez mil. Debería ser así, al menos. Pero no, de eso nada, lo siento latir requetedespacito, como si quisiera detenerse. Mis párpados pesan como volcanes, no hay cómo abrirlos. Siento una presión en el cuello; son dedos, una mano busca mis latidos. Los ojos se me abren. Todo se mira borroso, como a través de un plástico hecho mierda. No es el chepo. Un rostro barbudo me mira, pienso en un ángel. Ni verga, imposible; esto no más puede ser el infierno.
—Corran, apúrense. Abrió los ojos.
Grita alto el ángel, a todo pecho. Se deja la garganta entre la lluvia, como si en ello le fuera la vida, la mía. Sus voces me traen de regreso a este mundo donde todo duele. Mi brazo izquierdo estalla, como si una hijueputa granada de las de fragmentación me reventara los adentros, descargando hacia todos lados, hombros, cabeza, vientre; un dolor que ni quiera Dios me quiebra por dentro. Siento que tragué un océano de lodo. Todo pesa: mis pulmones, la garganta, la boca, el aire. Otro dolor me estruja la conciencia y el ángel blanco no para de gritar. Siento mi rostro, mi cuerpo entero, endurecido por una espesa y pesada cobija cenagosa. Hay un terrible hedor, tenebroso, nauseabundo, como de profundidades, no sé bien si todo flota o soy yo. Es mi última percepción antes de perder otra vez el conocimiento.
Mi alma mira al cielo, una nube gigante y oscura. Siento el agua que limpia el lodo de mi rostro para mandarme de visita al pasado, muy atrás, al día en que la sangre comenzó a manchar mi vida. Ahí estoy, sentado en la trasera de un Toyota Corolla. Sí, ¡de viaje! Me veo a mí mismo, ese soy yo.
Diluvia en Tegucigalpa. Tengo dieciséis años y hoy empiezo a tentar a la suerte, la muerte. Sí, eso es, la muerte, directamente. La Uzi que sujeto, 9 x 19, no deja lugar a la duda. A mi lado viaja Latania. Así, todo junto. Desconozco si este fue el nombre con que la bautizaron sus papás. Latania es hermética, misteriosa, la auténtica guerrillera, la insurgencia en persona.
—¿Todo junto? —le pregunté, pura inocencia, cuando días atrás la maje me dijo su nombre por primera vez—. ¿Y por qué?
—¿Y qué es la verga? ¿No te gustó mi nombre?
Aprendí así una lección fundamental en la vida guerrillera y militar: saber cuándo putas debe uno guardar silencio.
Latania es tres años mayor que yo, aunque a veces parece una madre. La mía, eso sí, nunca me enseñaría a disparar. ¡Mamita! Se quedó preocupada al alejarme. La entiendo, perdió a mi papá y agarro yo y me lanzo a seguir sus pasos. Tenía seis años cuando toqué su pistola, descuidada sobre la mesa de la cocina, ante el enojo de mi mamá, expresado en sus labios apretados. Mi papá abrió la boca, vano intento de enunciar una excusa. Ella maldijo a la Revolución, amenazó de muerte a todo un héroe guerrillero si volvía a descuidar cualquier arma por la casa, me agarró de la mano y me llevó a ver una de aquellas películas gringas que pasaban en el cine de acceso prioritario para los trabajadores del banano. Agradezco eso a mi mamá, que me llevara a las películas. Sí, bueno, cómo no, y a la Standard, pues. Lo único que concedo a esos jodidos gringos. Ya pasaron diez años de aquello y aquí estoy, entregado a la causa, sigo el ejemplo de mi papá, junto a Latania y su M-16. Ahorita me fijo, así, toda en negro, con el fusil, el pelo largo y suave, del color del azabache, los ojos verdes, de esos que te atraviesan el cráneo, los labios bembones; sí, Latania es una mamasita. De viaje tiene que culear bien rico. No lo sé de cierto, a mí me lo contaron los compañeros, que antes de cumplir los quince a la maje ya se la cayó un niño y todo. Dicen que la dejó panzona el hermano de su papá. Me da pesar solo de pensarlo. Delante va Gustavo, el jefe: intelectual, pelón de cráneo reluciente y finos anteojos a lo Lennon. Lo suyo es la Beretta 92, nueve milímetros de hierro, dicen que no hay otra igual. Claro, él manda, tiene veintidós años, egresado universitario y todo el maje. Yo también quisiera una Beretta, tener pelo en la cara como él y ser licenciado. Todo llegará si sigo vivo al final de esta guerra. Mucho por aprender, me repiten todos. Al timón está Bautista. No habla mucho el bróder, debe de ser por la cicatriz que le cruza la mejilla derecha, dicen que la gente marcada siempre es de pocas palabras. En realidad, se llama Cocacola, así, tal cual, sin guion. Indio misquito, sus padres quisieron homenajear a su refresco favorito, lo único que les gustó de esta civilización. Con ese nombre, su aspecto de bateador macizo, compacto, y su origen indígena, tuvo problemas para ingresar en la organización a finales de los setenta. Se lo pusieron difícil, pero los convenció. Es mayor que nosotros, debe rondar la treintena y, dicen, es toda una leyenda. Obligado a demostrar su compromiso, me contaron que lo suyo siempre fue aquello de: ¿No querías sopa? Pues toma veinte tazas. ¡Una bestia, pues! Lo primero, por supuesto, fue cambiarse ese símbolo gringo que arrastraba desde el bautismo. Maneja que ni Steve MacQueen.
Gustavo mira hacia atrás, pregunta cómo va todo. Latania carga un gesto serio, yo intento disimular mi pánico y el jefe me dice que los de arriba tienen muchas esperanzas puestas en mí, que la primera misión es siempre la más difícil, que nunca se debe bajar la guardia, que esté tranquilo, que no me mueva de la puerta, que Latania y él se encargarán de la plata. Me repite toda esa plática por enésima vez.
—¡Descuidá, no fallaré!
El carro se detiene con suavidad.
—¡Fin de trayecto! —anuncia Bautista.
Vemos la oficina del Banco Atlántida. La puerta queda a cuatro metros del vehículo, para que no nos miren desde el interior. El CPF y su recortada deben de estar dentro del edificio, resguardándose de la lluvia. Son las diez de la mañana, no llueve, diluvia, todo despejado, el jodido Gustavo es un genio. El recupere popular, así le decimos nosotros, será en día de lluvia, ordenó. Lo dicho, ¡un genio! Salimos del auto con las armas ocultas bajo la ropa y caminamos pegados a la pared. Nos enfundamos los pasamontañas. Gustavo y Latania esperan a un lado de la puerta, la abro, el CPF me mira, le doy los buenos días, da un respingo e intenta elevar su Mossberg 500 Persuader, cañón corto de veinte pulgadas. No puedo apretar el gatillo, un jodido remolino me oprime el corazón, mis dedos se quedan artríticos, el maje va a dispararme su calibre doce a boca de jarro, me hará un agujero en el pecho del tamaño de un socavón, pronto tendré aspecto de carretera hondureña. Oigo el disparo…
Despierto. Estoy más sudado que después del sexo. Aguardo el vergazo de dolor; pero no, no duele. Mis ojos lo ven todo en blanco. ¿Me quedé ciego? El cielo no puede ser, no me lo merezco. Es un techo de lona. Todo limpio. Miro alrededor. Un hospital. ¿Qué ocurrió? ¡Mis pequeñas! ¿Dónde están? Hilda Rosa, Amalia… ¿Y Damaris? ¿Y Pichardo? Siento como picadas de zancudo en el brazo derecho.
—Vaya, vaya, mirá vos quién resucitó. ¡Bienvenido al mundo de los vivos!
La mujer que interrumpe mis movimientos debe de ser enfermera, viste de verde. Chela, maquilladita y con el pelo rubio, se la mira de reales. Su sonrisa ilumina mi despertar. Intento platicar algo, una pregunta, las palabras se me ahogan en la garganta, una hijueputa ciénaga me oprime la tráquea. El rostro de la dama es agradable, piel muy clara, lleva una gorra de beisball, el FSLN preside su frente. Siento que reír es una quimera, pero me dan ganas de lanzarme la gran carcajada, el sandinismo me persigue. La señora pasa un paño húmedo por mi rostro.
—Me llamo Xiomara Briceño Jirón. Esto es un hospital del Ejército. —Habla muy rápido, como acelerada y aliviada a un tiempo—. Llevo dos días preocupándome por usted, ¿sabe? Nos tuvo muy afligidos, pero parece que controlamos la infección. Ahorita debe descansar. Quizá se sienta un poco aturdido. Es la morfina. —Me agarra la mano, cariñosa, maternal—. De verdad, me alegra verlo despierto. Tiene usted unos ojos preciosos, ¿lo sabía?
Sí, lo sabía. Me lo dijo siempre mi mamá, también Damaris. Ojos que heredaron mis niñas. El mundo cada vez se me hace más insoportable. Todo pesa más de lo normal. El aire es sólido, de plomo no más, y nada me responde. Mis párpados se derrumban, me dejo arrastrar, y escucho una súplica.
—¡No, no! ¡Regrese, vuelva!
Lo siento mucho, Xiomara. Créame, me encantaría atender sus deseos. Otras cuestiones me reclaman: mi vida entera, el pasado, que quiere ajustar cuentas conmigo.
Oigo el disparo, sí, pero no suena a cañones. Mi pecho sigue en su lugar, escucho la sutil descarga de la Beretta y el CPF que se desploma. Por suerte, Gustavo sabe bien cómo hacer en estos casos. Me mira, no está contento. La cagué bien cagada, lo sé. Mi primera función no más y ya contraje deuda de sangre. Otro rápido mensaje ocular de Gustavo: que no me mueva de la hijueputa puerta. El jefe y Latania gritan, anuncian una incautación revolucionaria en nombre del Movimiento Popular de Liberación Cinchoneros. A los cuatro clientes atrapados en el banco no parece importarles mucho quiénes seamos. Ya están tirados en el suelo con las manos sobre la nuca. Uno de ellos levanta la cabeza, mira el cuerpo yaciente del CPF y luego a mí; le apunto con la Uzi y sus ojos vuelven a enfrentarse al mármol. Dos empleados de mesa siguen el ejemplo; al otro lado del mostrador otros dos alzan los brazos. «Nada como entrar matando para que nadie replique», me dirá Latania más tarde en un cuarto sombrío ante decenas de fajos de lempiras. Latania agarra la Persuader del CPF y me la lanza. Gustavo y Latania siguen con los berridos, ordenan a todos, menos a uno, que vayan hacia el baño. Latania los reúne ante una puerta al fondo de la estancia y los hace entrar.
—¡Al suelo, con las tapas bien cerraditas y besando el piso todo el mundo, ni un murmullo quiero escuchar! —La oigo ordenar. Permanece allí vigilándolos.
Entonces me doy cuenta: estoy temblando, debo de estar así desde hace un siglo, desde el momento en que vi a ese saco de sebo uniformado levantar su fábrica de agujerear contra mi pecho. Alrededor del CPF se va extendiendo un laguito de sangre. Nunca vi tanta sangre. Es espesa. El temblor aumenta, me sudan las manos, una gota me recorre la mejilla. Miro alrededor, que nadie se fije en mí, por favor. Mis compañeros tienen experiencia, saben lo que se hacen. Para mí esto es un jodido examen, mi rito de iniciación revolucionaria, y la estoy cagando. Latania, desde el otro lado del banco, me mira. Sujeta amenazante su M-16. Gustavo presiona al empleado, que, con excesiva lentitud, vacía la caja de caudales en la bolsa deportiva negra Montreal 76 que fuera de mi papá, mi primera aportación material a la causa. Observo sus movimientos en cámara lenta, calvo, rechoncho, encorbatado, bigotudo, le echo más de cuarenta años, esposa, varios hijos, suda como un chancho y tiembla tanto o más que yo. El maje está tentando a la suerte, Gustavo le coloca la Beretta en la sien, el rechinar metálico del percutor congela el aire en toda la estancia, los relojes se detienen en esa fracción de tiempo que precede a un disparo, nadie respira, apenas se escucha la advertencia susurrada de Gustavo.
—¡Pensátelo bien, compadre! Será mejor que acelerés. ¿No creés vos que la vida merece la pena?
El maje reacciona, todos respiramos al verlo trabajar a manos llenas. Un platal. Gustavo me hace un gesto con la cabeza. ¿Todo en orden? Le muestro el pulgar. Sigo temblando. ¡Que nadie se mueva! Pienso: «No deseo disparar, nunca maté a nadie». ¡Mierda! Apenas cumplí los dieciséis. ¿Qué putas hago aquí? Mi padre, sí, mi padre, he de continuar su camino, acabar lo que inició, si me viera, ¡solo si me viera!, estaría orgulloso. Si supiera qué me pasa por dentro, no tanto. Él soñaba con que yo fuera médico, como lo fue él. Claro que mi papá fue doctor antes que revolucionario. La medicina no es lo mío, ¡de plano! ¿Qué puedo ser? Nunca lo pensé de veras. No sé; siempre me gustó escribir, literatura, la poesía. Lo sé, no es muy original cultivar ansias poéticas siendo nicaragüense. Como dice mi mamá cada vez que un nica se pone a rimar: levantás una piedra y ya, otro poeta. ¡Qué carajo! Ya habrá tiempo de pensar en esa verga. Cuando la Revolución triunfe todos iremos a la universidad. Ahorita, enfocate en lo que hacés, Julio, tenés una beca en la lucha armada y aquí se paga muy caro suspender una práctica. Por de pronto, solo me falta cagarme patas abajo.
—¡Que nadie se mueva! ¡Quédense paraditos! Si uno de ustedes intenta seguirnos, tiraremos a matar.
En medio de mi trance la voz de Gustavo retumba en la sucursal y regreso a la realidad. Gracias a Dios nadie movió un dedo. Abro la puerta y salen mis compañeros. Antes de cerrarla tras de mí, voceo una advertencia.
—Ya oyeron. ¡Quietos todos! No nos obliguen a matar a alguien —les grito señalando al CPF agujereado a mis pies.
Me giro, y al pisar la calle, húmeda, fresca, ya me siento mejor. Entrar al auto es como una liberación. Bautista acelera y ya está, dejé de temblar.
—Buen golpe, ¿no? —digo.
—Vos, mantené cerradas las jodidas tapas. —A Gustavo hoy se le gangrenó la arrechura; me apunta con la 92—. No debí dejarte venir, chavalo. Jodidos patos, ¡siempre dais problemas! Solo me faltó ponerte el pañal. ¿No te enseñaron nada antes de enviarte acá? —Mejor me callo, pues; no es el momento de las quejas—. ¡Chigüín jodido! Tenés suerte de ser hijo de tu papá.
—A la próxima, disparo, Gustavo. Lo siento. No sé…
—¡Que cerrés las tapas, te dije!
Latania me agarró cariño. Le recuerda al jefe que nadie nace enseñado, que ellos dos fueron novatos un día y que también tuvieron su bautismo, que les mataron a un compañero y que ella sintió por primera vez el miedo a la muerte. Gustavo se gira y mira hacia delante. Bautista intercede igualmente a mi favor. No habla mucho, así que cuando abre las tapas es que se la requetepensó.
—¡Va, dale, Gustavo! Fue su primera vez. No me lo angustiés.
Creo que le caigo bien. Percibo en él un instinto protector. La última palabra, sin embargo, la tiene Gustavo. Él es el jefe, él decide.
—Escúchenme, compañeros, ese muerto es de Julio, ¿me entendieron? Él lo mató, él entró primero al banco, él encaró al CPF, él vio cómo levantaba la fucking Mossberg, él lo baleó. Vos también lo entendiste, ¿verdad, Julio? —Asiento sin comprender muy bien—. No se platica más sobre este asunto, pues.
El muerto no es mío, yo lo sé, lo sabré toda mi vida.
Ya recuerdo: el hospital. Dormí varios siglos lo menos. Estoy aturdido, como drogado. Todo me da vueltas. No siento dolor. No entiendo. ¡Ah, sí! «Es la morfina», me dijo la mujer. Xiomara. Sudado como un caballo que ara la tierra, siento el aire empapado en lodo que recorre mi pecho. Lo miro todo en cámara lenta, una y otra vez: el mundo echándoseme encima y los rostros sonrientes de mis niñas. Inmóvil bajo las sábanas quiero frotarme los ojos y mandar al carajo el pasado, pero me faltan fuerzas, me falta, me falta… ¡Hijuelacienmilputas! ¡No jodás! ¡Me falta un brazo! ¿Qué castigo es este, señor? ¿Qué no me arrancaste? Una venda colorada se cierra poco antes de mi hombro. Reviso mi otro brazo, las manos, estiro las piernas, compruebo mis pies, todos en su lugar, los siento, los muevo. Me alivia. No más necesito saber qué pasó con mi brazo. ¡Hijueputa chepo, tarúpido! El mundo en pleno apocalipsis, agarra el maje y me engancha a unas esposas. Busco alrededor algún rostro familiar. Nada, nadie. Camas con fantasmas que no reconozco; rostros vendados, momias, las caras descubiertas son de muertos que me miran, observando en mí, probablemente, la misma expresión de, de, de… ¡Qué sé yo! Por suerte acá no hay espejos.
—¡Regresó! Debe andar con cuidado. Solo recuerde: ¡está vivo! ¿Me entiende? ¡Vivo!
Me habla Xiomara, sí, es ella, la señora de la sonrisa hermosa. Manipula una bolsa de plástico transparente donde un líquido gotea despacio hacia un tubito de goma, sin apuros, lo único tranquilo en este lugar donde todo parece urgente, y desciende hasta la mitad de mi antebrazo, el restante, el único, el derecho. Xiomara alcanza la aguja clavada en mi piel y mi mano se agarra a la suya. Me mira.
—¿Le duele? Si siente dolor es solo avisar —dice—. ¿Cómo se llama usted? ¿Recuerda su nombre? ¿Tiene familia?
Miro hacia el techo inmaculado del hospital. No. Es imposible. Están muertas. Suspiro con fuerza. Ella insiste.
—¡Dígame, por favor! ¿Cómo se llama?
Soy Julio García Baltodano. Hijo de Emilio Manuel García y de Teresa Inmaculada Baltodano. Hermano menor de Claudia y Malena García Baltodano. Lamentable esposo de Damaris Blanchón Tejada, peor padre de Hilda Rosa y Amalia. Sé perfectamente quién soy, recuerdo toda mi vida y por qué no debo decir mi nombre. Me gusta la burguesa sandinista, es guapa, es amable. Hago un esfuerzo y de entre las gárgaras de ciénaga que salen de mi cuello surge una antigua identidad.
—Mario.
—Mario —repite Xiomara. Le gustó—. Esta es su primera palabra en casi tres días, ¿lo sabía? A usted lo encontraron casi veinticuatro horas después, un chele, fotógrafo o periodista, no sé muy bien, él lo trajo hasta acá. Su brazo, bueno… —se lleva la mano a la boca, como con pena—. Estaba infectado. Hubo que cortarle algo más, pero la cosa ya va mejor. Es un milagro con los medios que contamos. Todo el mundo ayuda, ¿sabía? Es bueno ver que la gente ayuda, ¿no cree?
Asiento a la velocidad con la que avanza un camaleón. Recuerdo el rostro del barbudo que me despertó a los berridos. Aún no estoy seguro de estarle agradecido.
—No andará lejos. —¿Será que Xiomara leyó mis pensamientos?—. Viene a diario a visitarlo, ¿sabe? Le tomó cariño a usted.
La mujer sonríe. Me gusta que a la gente le guste sonreír. Cuesta apartar el horror de mi cabeza, ignorar el dolor de mi brazo. Sus palabras me arriman a un estado parecido a la calma. Tensa calma, aplastada contra mi pecho.
—¿En qué comunidad vivía usted? —me pregunta.
Pronuncio entonces, entre mis jodidas gárgaras con sabor a tierra, la palabra más terrible de todos mis días.
—Versalles.
El rostro de Xiomara se convierte en lápida. Blanco, duro, la mujer no dice nada, pero es como si me gritara.
—¿Qué, qué pasó? —Me cuesta una barbaridad—. ¿Y mi familia?
Lo cierto es que ya lo sé todo, mejor que nadie. ¡No jodás! Mis hijas, mi mujer, Pichardo, mi último amigo, todos muertos, sepultados vivos, el hijueputa mundo que se nos vino encima. Los ojos de Xiomara me lo cuentan todo antes de que abra la boca. La compasión en persona.
—Seguro que intentarán encontrarlas, pero en la Versalles… —se lo piensa—. Usted es de los primeros que aparecen de esa comunidad. —Deseo preguntar si hallaron a gente de Los Zanjones. No puedo. Mi garganta no responde a mis llamados. Xiomara me coge de la mano. Sus ojos, pura dulzura—. Ya regreso —se esfuerza en pronunciar una palabra más—… Mario.
¡Qué bueno! La mujer le agarró el gusto a mi nombre falso.
Al ratito regresa con un monte de periódicos, como de tres días. Me muestra las primeras planas una a una.
—Hoy llegaron algunos diarios, ¿sabe? Por helicóptero. El Ejército, ¡ay!, no sé qué haríamos sin el Ejército. Están mirando lo de los puentes. De aquí a Managua todos se hicieron paste, pero pronto llegarán camiones. Ande, mírelo usted.
Miro las fotografías del volcán sin comunidades, bien despejadito el hijuelagranputa, con una cicatriz abierta en la ladera como un chanchito que va para la mesa. Cadáveres sobre el lodo, otros que asoman entre el lodo, gente con la boca cubierta que remueve la tierra, animales muertos, palos caídos, caobas, quebrachos, guayacanes, pinos, cedros reales, palos del hule; no queda nada en pie, el cielo oscuro. En medio de una página hay un rostro cubierto de lodo, una larga frase debajo. Señalo la imagen y se la muestro a Xiomara. La sonrisa regresa a sus labios.
—¿No sabe leer?
Por supuesto que sé leer, ¡no jodás! Fui a la universidad y todo antes de seguir la senda que me trajo la ruina. No tengo fuerzas para leer, tampoco para explicarle a esta militante, convencida de que todos los nicas nos hicimos ilustrados gracias al sandinismo, que a mí la Revolución y los comandantes me hicieron verga la vida.
—¿Me lee? —le digo.
Percibo su confusión por creerme analfabeto. Extrae unas lentes del bolsillo de su bata verde y agarra el diario.
—¡Va pues!: «Esperanza en el infierno» —dice, señalando con el dedo, una a una, las letras que componen el titular—. La fotografía la sacó su amigo, el periodista. Ya sabe, el que lo encontró. —Me dedica una mirada triunfal—. El pie de la fotografía: «Pasadas veinticuatro horas de la catástrofe, todavía aparecen sobrevivientes en Posoltega. Un reportero extranjero encontró medio enterrado en el lodo el cuerpo con vida de uno de los pobladores de la ladera del Casitas». —Se detiene y subraya con satisfacción—. Esta foto recorrió el mundo, ¿sabe?
La idea de la fama. ¡Qué estupidez! Xiomara no más intenta darme ánimos, pero no es alegre ver mi cuerpo envuelto en lodo, el rostro irreconocible de un extraño, yo, allá, casi muerto.
—Bueno, yo ya le dejo. —Xiomara capta mi inquietud—. Quédese el diario. Tengo que atender a otros enfermos. Imagínese. Son centenares. —Asiento, entiendo —. Volveré más tarde —promete. No puedo dudar de sus ojos.
Xiomara se aleja hacia la puerta que da a la calle, sonríe a los enfermos que responden con muecas de piedra y ella como si nada. Se esmera en inyectarnos vitalidad a los resucitados. Miro de nuevo la foto de mi cuerpo enlodado y encuentro mi brazo izquierdo. Me acerco el papel a la nariz. No se mira ni verga, no distingo si hay esposas en la que fue mi muñeca. Pienso de nuevo en que me falta un brazo. El dolor vuelve a extenderse por mi cuerpo, mis niñas regresan a mi cráneo. Xiomara: un calmante, luz, lo último que pienso antes del desplome, del sueño que me devuelve de bruces contra días ya muy lejanos.
La lluvia rebota en los vidrios del Toyota Corolla. No se ve un carajo con este diluvio. El carro va a todo mamón por las calles empinadas de Tegucigalpa. Bautista se las conoce como si hubiera ensayado el camino mil veces. Estoy jodido, igual yo no sirvo para la Revolución, para estos majes no soy más que el hijo de Diriangén, así llamaban a mi papá, como al cacique prehispánico. Todos ya pasaron por Cuba y los campos de entrenamiento en Nicaragua. Dicen que pronto me devolverán allí, a Apanji, a rematar mi formación. Sí, yo también quiero ir, prepararme bien, eso es lo que quiero, ser como mi papá. Él era bravo, arrecho, todo el mundo me cuenta historias llenas de adjetivos heroicos, es una jodida leyenda. «Tenés que ser bien huevón vos, como tu papá. El Diriangén sí que los tenía bien grandes», me dicen los veteranos. No sé si quieren motivarme o humillarme; supongo que solo esperan que esté a su altura. Hoy, desde luego, no le llegué ni a la suela de las botas. Miro alrededor y pienso: «No me importaría sufrir un accidente. Nos merecemos un buen porcentaje de probabilidades, con esta lluvia, subiendo estas calles convertidas en torrentes, a esta velocidad. Si solo yo sobrevivo daré una versión muy diferente de la historia. Si muero, me evito la humillación».
Latania me agarra la mano, como si conociera mis pensamientos. Tiene mirada profunda, misteriosa. Recuerdo que oí a los compañeros decir que es medio bruja. La sonrisa de Latania es blanca y luminosa, conforta, me siento protegido.
—No te atormentés, Julito. Todo salió de a verga. Aprender lleva rato; nadie nace enseñado. La próxima vez apretarás el gatillo, te lo prometo.
De pronto, la veo más bella que nunca, la guerrillera implacable es pura dulzura cuando se dirige a mí. Un cosquilleo se concentra bajo mis pantalones. Mejor suelto su mano, suavemente, sin brusquedades, simulo que he de agarrar mi Uzi y ya está. Su boca se cierra indiferente y gira la vista hacia la ventanilla. Nunca me habló así una mujer, quizá mi madre, pero no, no es lo mismo. Un torbellino me revuelve el estómago. No sé bien qué es más difícil: enfrentarse a un atraco o a una mujer. ¡Ahlagranputa! No soy más que un chavalo. Una idea repiquetea contra las paredes de mi cráneo: «Por favor, Bautista, pisale a fondo. Quiero salir de aquí».
Steve McQueen convertido en misquito parece leer el interior de mi cerebro. El auto se detiene cerca de un cerro, todavía llueve en putas, otro carro nos espera. Bajamos a la carrera, mis Adidas hundidas en el lodo, saltamos los cuatro al vehículo y nos largamos tan rápido como vinimos. Gustavo es un genio, sí, el maje craneó el atraco perfecto, pero no será él quien limpie mis ZX380 recién estrenadas, mi último cumpleaños, el postrero mimo de una madre a un hijo camino de la Revolución. O de la muerte. Es una jodida metáfora, estoy dentro del lodo, hundido hasta arriba, la lucha comenzó para vos, compañero Julio. Ni modo, no hay vuelta atrás.
—¡Xiomara, Xiomara, abrió los ojos!
Es el ángel barbudo, reconozco sus ojos; extraño, sí, porque apenas lo vi días antes un segundo, todo borroso además, y con uno de mis pies pisando en otro mundo. Me esfuerzo, no recuerdo, pero me alegro de ver a este chele. Se preocupa.
Xiomara ejerce de enfermera, sujeta mi cabeza y me acerca un vaso.
—Beba un poco de agua.
Un buen farolazo de ron me vendría mejor que el agua.
—¿Cómo se encuentra?
Por primera vez escucho su voz, la del ángel barbudo, en la consciencia completa. Agarra mi mano.
—¿Julio?
¿Qué dijo? ¿Sabe mi nombre? ¿Y a este maje qué le ocurre? ¿Le pica el culo o qué onda, pues? ¿No más me devolvió a la vida para matarme de un susto?
—Es Mario —asegura Xiomara, convencida—. Se llama Mario, él mismo me lo dijo.
—Pues yo lo escuché hablar en sueños y dijo que era Julio. Lo repitió, incluso. Si hasta dijo dos apellidos… —se extraña el barbudo—. En fin, olvídelo. Ahí me disculpe. —Habla medio nica medio chele, suena raro—. Por fin nos conocemos. Me alegra verle los ojos. Me llamo Miguel.
Los ojos de Miguel: hay algo familiar en ellos que no consigo recordar. Debo agradecer a mi salvador, pero no puedo, por falta de fuerzas es una razón; la otra, más poderosa, porque igual yo debería estar más muerto que todos mis muertos. Sí, ellos vivos y yo muerto, así debería ser; esta es mi penitencia, ahorita el infierno para mí quedó sobre la Tierra.
La enfermera se marcha y desde el fondo de mi garganta mi verdadero nombre brota en exclusiva para este chele. Es un gesto. Confianza genera confianza.
—Julio.