La sacudida
Capítulo V
Durante dos días no dejé de pensar en el hombre sin brazo al que acababa de desenterrar vivo. Desconocía su nombre, solo Lázaro. Tal vez nunca despertara o, si lo hiciera, podía no recordar un solo minuto de sí mismo. Empezaba a pensar en él en términos obsesivos. Los médicos habían conseguido detener la infección tras robarle quince centímetros más a su brazo e inflarlo de antibióticos. Sus pulmones evolucionaban de forma favorable, superando una aguda infección respiratoria. Las heridas y hematomas se iban convirtiendo, de forma paulatina, en un mal recuerdo para su piel. Las condiciones para su recuperación, en todo caso, no eran las idóneas. Necesitaba llevarlo a un hospital de verdad. Uno no salva vidas por ahí para que después te las robe de nuevo la muerte. Los militares decían que en breve se abriría la carretera, pero no confiaba demasiado en esas reparaciones. Todos los puentes del país, todos, habían cedido ante las aguas y la capital de Nicaragua quedaba a muchos puentes de distancia.
Por instrucciones del teniente Rivas, el Mi-8TB trasladaba mis fotografías a Managua. El Ejército, además, me facilitaba un teléfono para enviar mis crónicas a cobro revertido y alojamiento: un catre bajo los techos de lona donde dormían los soldados. Por las noches, allí acostado, el sueño se me mostraba esquivo. Mis fotografías de la obra del Casitas desfilaban por mi cerebro como en un pase de diapositivas.
En mi primer amanecer en Posoltega un soldado me despertó de un grito, anunciando la llegada del teniente Rivas. Minutos después el rugir del helicóptero rompía el cielo.
—¡Gocuchea! Veo que no le fue nada mal —me dijo el teniente Rivas mostrándome los periódicos del día, desplegando orgulloso el fruto de mi trabajo—. ¡Qué alegre que le conseguí lugar en ese jodido trasto soviético! El mundo ya empieza a preocuparse de lo que ocurre por estos lados. Los gringos nos envían helicópteros desde Panamá y varios gobiernos extranjeros ya prometieron ayuda.
—¡Vaya! Es estupendo, ya le dije que no se arrepentiría —repliqué mientras seguía los pasos del teniente, que caminaba acelerado hacia el puesto de mando—. El caso es que…
—¿Sí? ¿Algún problema? —El teniente se detuvo.
Le hablé al teniente Rivas de mi superviviente. Quizá no fuera el mejor momento. Un tipo íntegro, no cedió un milímetro. El hombre andaba con prisa, traía las órdenes de Managua y, sintiéndolo mucho, me dijo que cualquier evacuación debía ser coordinada con el alto mando y los equipos médicos. En Posoltega había muchas víctimas y solo un helicóptero, el segundo aparato del Ejército atendía al resto del país.
—No se preocupe, Gocuchea. Con un poco de suerte, ya mañana evacuamos por tierra a Managua. En Chinandega y León la cosa ya no da para más.
Me despedí del teniente Rivas, agradecido por la información. Me convenía estar a bien con él. Si al día siguiente la carretera seguía cerrada realizaría un nuevo intento.
En el hospital de campaña la agradable burguesa sandinista con espíritu solidario había trasladado sus atenciones desde la escuelita al hospital del Ejército. Supuse que albergaba una atracción especial hacia mi Lázaro. Al verla me presenté. Ella me dijo su nombre: Xiomara Briceño Jirón; también que había llegado de Chinandega al reclamo de la emergencia, aunque ambos preferíamos hablar de él.
Me senté junto a la cama de mi Lázaro mirando sus ojos cerrados, ya limpios, todo limpio por fuera. Por dentro sentía sus pesadillas, su debate entre vivir y morir, su ardua respiración con aliento de profundidades, su latido de lenta ida y vuelta, el alimento y la sedación que penetraban por un tubo enganchado a su único brazo; por dentro era todo queriendo ser Lázaro, emular a Lázaro, convertirse en Lázaro. Una aparatosa venda subía hasta su hombro. La herida que recordaba a su brazo, me dijeron, mejoraba pese a las circunstancias.
—En cuanto se reponga un poco, deberíamos evacuarlo —subrayó Xiomara Briceño Jirón—. El doctor Chamorro dijo que ya está fuera de peligro, aunque, para recuperarse como Dios manda, y reducir riesgos pues, le convendría pasar un tiempito en un hospital de verdad.
Un día después, la tarde en que mi Lázaro y yo por fin nos conocimos, Xiomara Briceño Jirón, excitada, me aseguró que poco antes, durante un instante, el hombre había abierto los ojos y revelado su identidad: Mario. Ahora ella lo miraba como una madre; había dejado de ser una aspirante a enfermera para cuidar como a sus hijos a aquella familia numerosa de desamparados. Me dejó a solas con él. Llevaba una media hora mirándolo. De pronto pareció agitado, sus labios se movían, susurraban un lamento apenas audible. Me incliné.
—Julio, Julio. Soy Julio García Baltodano. Hijo de… —siguió chapurreando un buen rato. Apenas entendía sus palabras—. Menor de Claudia —mis oídos ya besando su boca—. Lamentable esposo… padre de Hilda Rosa y Amalia… mi vida… mi nombre.
Emitió un fangoso suspiro y sus labios se cerraron. Sujeté su mano entre las mías. Recordé su brazo asomando entre la tierra revuelta, se me revolvió el alma, se aceleraron mis latidos. Pensé con más intensidad en ser Jesús y él, Lázaro.
—¡Vuelve! —susurré a milímetros de su oído.
Volvió. Sus párpados se pusieron en movimiento, debilitados; su mano apretada a la mía, tensa, con la fuerza de un hombre cuyos ojos se han asomado a las puertas del infierno.
—¡Xiomara, Xiomara! —No me lo podía creer—. Ha abierto los ojos.
Eran verdes, de un verde intenso, profundo. Xiomara Briceño Jirón ya estaba allí, saludando, dándole la bienvenida al mundo, sabiendo siempre qué hacer.
—Beba un poco de agua. ¿Cómo se encuentra?
Apretó su mano todavía más contra la mía, me miraba aterrado mientras Xiomara Briceño Jirón pasaba una toalla húmeda por su frente sudorosa. Alzó levemente la cabeza, intentaba decir algo. Su garganta sonaba a espesas gárgaras de lodo.
—No se sofoque usted —intervino Xiomara Briceño Jirón—. No más acabó de burlar a la muerte… —no era ese el final de la frase, le costó decidirse a culminarla, se encontraba en pleno esfuerzo por mostrarse cercana—… Mario.
No, no podía ser Mario; era Julio. Ajeno a mis cavilaciones, su cabeza regresó a la almohada. No dejaba de mirarme. Apretaba mi mano como si concentrara en ese, su único brazo, la fuerza de dos. Puse mi otra mano sobre la suya y lo llamé.
—¿Julio?
Carecía de expresión; sentí, sin embargo, que sus ojos se habían estremecido.
—Es Mario —me corrigió Xiomara Briceño Jirón—. Se llama Mario, me lo dijo él.
—Pues yo lo oí hablar en sueños y dijo que se llamaba Julio. Lo repitió, incluso. Si hasta dijo dos apellidos… —Xiomara Briceño Jirón ya me estaba desaprobando el comentario con la mirada—. En fin, olvídelo. Ahí me disculpe. —La dama burguesa se alejó, no le faltaban pacientes, aproveché para presentarme—. Por fin nos conocemos. Me alegra verle los ojos. Me llamo Miguel.
Mario, Julio, Lázaro, como diablos se llamara, pareció reconfortado. En un segundo su mirada se tornó limpia, más tranquila. Desde el fondo de su garganta llegó un húmedo susurro.
—Julio.
Sus ojos volvieron a cerrarse, su mano se mantuvo aferrada a la mía. No estaba dormido, no estaba muerto, estaba vivo; supuse que acababa de darse cuenta de ello y yo era el único que conocía su nombre.
Aquella noche dormí junto a él. Despertó varias veces, nombró de nuevo a Hilda Rosa y a Amalia; ignoro si encontrarme allí en esos momentos le supuso algún consuelo. Cuando roncaba emitía un sonido como si de sus pulmones brotaran burbujas de mercurio.
Por la mañana, la lluvia había dejado de caer. La carretera, por desgracia, seguía cerrada, aunque a Posoltega habían empezado a llegar víveres y material sanitario en camiones militares y todoterrenos, los únicos vehículos capaces de sortear con garantías los obstáculos del accidentado camino hasta Managua. A riesgo de estropear mi privilegiada relación con el teniente Rivas, insistí en la posibilidad de una evacuación aérea. Imposible: había otras preferencias. Mi resucitado, me aliviaba saberlo por boca del doctor Chamorro, estaba más cerca de la vida que de la muerte; todos sus daños evolucionaban de forma favorable. Era inevitable pensarlo: si Julio hubiera sido pariente del presidente ya habría sido trasladado a un hospital de Managua. O de Miami, con más probabilidad. Al parecer, no lo era. Lo ignorábamos todo sobre él; entre su ropa desgarrada no encontraron cédula alguna, tarjetas, identificación, nada. Para las autoridades era como si no existiera. Cuando pregunté, recuerdo la mofa de un enfermero indio.
—¡Pues no esperaba que el maje tuviera tarjetas de crédito en la bolsa! Idiay, ¿pero dónde pensá que anda ese chele, loco?
Sus compañeros lanzaron una carcajada comunitaria.
Amanecía en mi tercer día en Posoltega. Un día más, me aseguró el teniente Rivas mientras compartíamos un desayuno apresurado en el improvisado campamento militar de Posoltega, y se restablecería el tráfico. Entonces podría llevarme a Julio adonde quisiera en condiciones aceptables. Los militares trabajaban para acondicionar vados en cada uno de los ríos que nos separaban de Managua. Por lo visto, más de una decena.
—No se preocupe, Gocuchea, yo personalmente daré orden para que lo atiendan en el Hospital Militar con cargo al Ejército.
Supongo que mi cara debió de iluminarse como el cielo al término de un eclipse. El teniente Rivas sonrió y me dio un manotazo en la espalda.
—Así me gusta más. No se preocupe usted por nada; cuidaremos de su amigo — añadió antes de levantarse de la mesa. Ya en pie, el teniente Rivas tomó un último trozo de quesillo blanco, lo introdujo en el interior de una tortilla de maíz y posó su enorme mano sobre mi hombro—. Por supuesto, confío en que usted también sepa cuidar de nosotros. Ya sabe, nos gustaría mucho que la gente conserve una buena imagen del Ejército nicaragüense.
Pese a mi desconcierto, el teniente Rivas debió de encontrar satisfactoria mi mirada, ya que concluyó su intervención con otro golpetazo de camarada a la altura de mi omoplato. La cucharada de frijoles que iniciaba el viaje digestivo por mi garganta cayó a plomo por el esófago. Acababa de vender mi integridad profesional. Esa fue la primera sensación. Al cabo de un rato pensé que tampoco era para tanto; salvar la vida de Julio se me antojaba mucho más importante. «Debes de estar madurando, Miguel», me dije. Me reí. Empezaba bien el día. Complacer al teniente Rivas, en cualquier caso, no me sería difícil. No había muchos motivos por los que criticar al Ejército; simplemente, los militares hacían lo que estaba a su alcance.
Esa mañana decidí ascender todo lo cerca que pudiera del cráter del Casitas. La lengua de barro se había endurecido ligeramente, ya no me hundía en el lodo hasta las rodillas. Cada paso se detenía ahora un poco más abajo de la caña de mis botas. Quedaban pocos brigadistas. El suelo aparecía salpicado de aceitosas manchas, recuerdo de las pilas de cadáveres quemados. Las cruces se esparcían de forma caótica por toda la extensión de la lengua de lodo; ascendían ladera arriba, hasta la antigua ubicación de las comunidades del Casitas. Desde allí hasta el cráter todavía quedaba media montaña.
A varios metros por delante de mí, un viejito ascendía con parsimonia con una cruz artesana echada al hombro. Lo vi detenerse, escudriñar el terreno a su alrededor y, cuando yo casi había llegado a su altura, hundió la madera sobre la tierra con todas sus fuerzas y se quitó el sombrero.
—Por aquí quedaron —me dijo con voz trémula al acercarme.
Los ojos del viejito estaban resecos, las cuencas hundidas cráneo adentro, como si hubieran decidido esconderse ante las visiones que le habían deparado los últimos días.
—¿Cómo lo sabe?
El viejito me miró de pies a cabeza. Alzó la vista, me ofreció una sonrisa de cuatro dientes fuliginosos y señaló con su brazo un amplio círculo a nuestro alrededor.
—La Versalles era la más cercana al cráter, ¿sabe usted? Era por acá, más o menos. —Su mano agarraba la cruz, su voz parecía quebrarse con cada palabra—. Mire alrededor, doctor. No quedó nada, nada. Mi hijo mayor, su mujer y dos chavalos… Todos, ya le dije.
Fue así como entendí la función de aquellas cruces clavadas a lo largo y ancho del lodazal. Tomé la fotografía de la llanura desde las alturas. El cementerio intuitivo, la bauticé. La del viejito doliente, sin embargo, donde fue Versalles o donde quedaron los de Versalles, el título que le puse, sigue siendo mi favorita. Versalles. El nombre de aquel lugar se me quedó grabado, y no solo por aquel viejito que cargaba su cruz; más arriba, caminando, mirando al suelo, todavía sobrecogido por la entereza del anciano, descubrí la fotografía que más impacto me ha causado en toda mi vida. Allí donde quedaron los de Versalles vi primero una punta de papel fotográfico enlodado que asomaba entre la tierra, una esquinita cuasi imperceptible. Tiré de ella, limpié la superficie del cibachrome y un violento recuerdo, un fantasma imberbe de mi pasado, me echó la mano al cuello. El corazón se me puso del revés, golpeó contra mis costillas.
En esta vida todo se puede explicar. Es así. El viejito me hizo pensar sobre la ausencia, la muerte, de no ser por él mi camino hacia el cráter hubiera seguido con la vista al frente; al avanzar con mis ojos fijos en el suelo pude ver aquel saliente blanco que emergía del suelo. Era una imagen ajada, la humedad y el lodo habían deteriorado la emulsión. No obstante, reconocí perfectamente a aquel veinteañero de pelo rubio y rostro aniñado, idéntico todavía hoy al mío cuando prescindo de la barba. El mismo rostro que llevo años escondiendo del mundo. No podía ser, era imposible. En un segundo la paranoia dominó mi cerebro. Miré la imagen recortada, Txikote y Aperribai habían sido arrancados de mi lado; detrás de mí, muy a lo lejos, se adivinaba la antena de televisión de Sollube. Recordé el momento, días antes de poner la bomba en el repetidor, doce años atrás. Me giré asustado, estaba solo en la montaña. Me preparé para recibir un disparo, un sonido seco y adiós. La vida es eterna en cinco minutos. Víctor Jara sonó de nuevo en mi cabeza. No pasó nada. Más abajo, el viejito iniciaba el pesado descenso tras haber quedado en paz con sus muertos. Me senté sobre el barro, no entendía nada, doce trillones de preguntas, siete billones de probabilidades, cinco millones de explicaciones cruzaron mi mente todas a un tiempo. Me han localizado, concluí, esta vez sí. No como en Brasil, donde pude haberme dejado llevar por una manía persecutoria. Lo sé mejor que nadie: el mundo está lleno de vascos y no todo el que habla euskera pertenece al que deberían llamar Movimiento de Liberación Nacional de Nuestro Instinto Asesino. Recordé a aquella pareja que vino a destrozar mi quietud una tarde en Ipanema. Se tumbaron a unos metros de mi toalla, no muy cerca, no muy lejos, la calculada distancia para que el sonido de sus voces pudiera llegar con nitidez hasta mis tímpanos. No profirieron palabras amenazantes, no hizo falta, bastó el runrún del idioma de mi tierra natal para disparar todos mis temores. Siguieron un intento de suicidio, un divorcio y una huida urgente hacia el primer destino seguro que el inspector Chacón me pudo proporcionar. Tres años después allí seguía, en Nicaragua, asistiendo al derrumbe de mi refugio, como si fuera una obra más del maldito huracán Mitch. Petrificado por el miedo y los recuerdos, intenté emular a Dylan, Bob, buscando una respuesta en el viento, o en el horizonte, en algún lugar que me explicara aquel misterio. De acuerdo, me habían localizado, pero ¿qué diablos hacía allí aquella fotografía enterrada bajo el fango? En todo caso, seguía vivo; no me había fulminado un tiro en la nuca, ni una fotografía-bomba, ni cualquiera del amplio catálogo de métodos cobardes que acostumbraban utilizar mis cazadores. Había llegado el día, se me apareció este pensamiento con una claridad incuestionable, de proseguir mi camino, mi huida. Con la misma claridad, sin embargo, brotó en mi cerebro la obligación de cuidar de Julio García Baltodano, de unir al suyo mi destino. Lo decidí en la falda homicida del Casitas; sí, había llegado la hora de confrontar a mis enemigos.
—¡Ya podéis venir a buscarme, hijosdelagranputa! —grité así, como nica, con todos mis pulmones dirigidos hacia las nubes—. ¡Venid de frente si tenéis cojones!
De pronto, me sentí poderoso, valiente, dispuesto a todo. Miré hacia arriba. El cráter, cubierto por una niebla misteriosa, requería mi presencia, me llamaba a completar mi excursión y ver con mis ojos el origen del desastre que había creado el gran cementerio de tumbas abiertas de Posoltega. De pronto, el sol iluminó los volcanes vecinos del Casitas, las nubes se elevaron y pude observar lo cerca que había quedado el deslave de las primeras viviendas de Posoltega; también la casita de Daniel Llamas Vivas, cada vez más visible junto a la carretera partida por varios lugares en el enorme valle troceado por decenas de cauces abiertos por la lluvia. El Ingenio San Antonio y Chichigalpa a la derecha, Chinandega más allá y, al otro lado, León. El asfalto en ambas direcciones aparecía salpicado de puentes desaparecidos. Los ríos apenas arrastraban ya hilos de agua, su tarea destructiva había concluido. Junto a los cauces se distinguían excavadoras y maquinaria pesada que acondicionaba el paso para los vehículos. Tuve que frotarme los ojos. No daba crédito. A mi izquierda, en lontananza, un extenso convoy emergía de entre los árboles tras sortear el Telica, el último de los ríos antes de Posoltega. Mi retrato húmedo y recortado me miró desde mi mano, lo introduje en la bolsa del equipo fotográfico y eché a andar ladera abajo, hundiendo por última vez mis pies en la lengua de barro del Casitas. Nunca llegué a conocer su cráter.
Me llevó casi una hora descender hasta el pueblo. Posoltega era una fiesta. Los camiones habían traído de todo, incluido más personal sanitario y algún que otro periodista español seguidor estricto de los estilismos Coronel Tapioca. Posoltega se había llenado de banderas sandinistas. Era Daniel Ortega, el salvador, que traía de nuevo la esperanza. Fue como si, de pronto, hubiera desaparecido la tragedia y el centro del mundo girara alrededor de aquel tirano bigotudo acusado de violar a su propia hija. Bueno, a su hijastra, en realidad. No acabo de verle la importancia al matiz. No soy quién para dar lecciones, soy un asesino, no se me puede llamar de otro modo, pero igual: un violador es un violador.
Xiomara Briceño Jirón no estaba en el hospital; enfermeros y médicos habían acudido a recibir a Ortega. Al verme entrar Julio me apresuró con un gesto para que me acercara. Su mano permanecía estática sobre el vendaje. ¿Quién no echaría de menos un brazo? Su rostro todavía reflejaba un cansancio atroz; ahora, además, proyectaba una extraña tensión. Al inclinarme sobre su cama, se aferró a mi camiseta. Su voz emergió con esfuerzo de su garganta, gutural, aunque sonó con nitidez.
—Tiene que sacarme de aquí. Vino Daniel, vino Daniel —repitió.
¿Qué podía decirle?
—¿No te gustan los sandinistas?
Con fuerza, me atrajo más hacia sí y alzó su cabeza hasta que sus labios quedaron a la altura de mi oído derecho. Afuera, el alboroto de la masa se aproximaba hacia nosotros.
—¡Sáqueme del hospital! ¡Ahora!
Lo dijo muy serio. Tanto que empezó a levantarse. Yo habría hecho cualquier cosa que me hubiera pedido, así que le eché una manta por encima y lo ayudé a incorporarse. Sacó fuerzas de algún lugar recóndito de su organismo y, ante el pasmo del resto de los supervivientes, nos fuimos caminando en dirección contraria a la multitud que se acercaba agitando banderas sandinistas y nacionales, coreando enajenada el nombre de Daniel.
Sujetaba a Julio con todas mis fuerzas; él miraba ansioso hacia atrás, temeroso de que fuéramos descubiertos. Caminamos un par de manzanas, doblamos a la derecha y lo obligué a descansar en un banco apoyado contra el muro de una casa. Nos habíamos alejado treinta o cuarenta metros de las blancas instalaciones militares. Me asomé a la esquina y vi entrar a Ortega y su cortejo. Xiomara Briceño Jirón y el doctor Chamorro, con sus batas inmaculadas, escoltaban al comandante.
—Gracias —dijo Julio, apretando mi mano según me sentaba a su lado.
—A mí tampoco me gusta mucho Daniel, ¿sabes? —Pude haberme detenido ahí; la soledad, el silencio, las decepciones acumuladas; no sé bien por qué continué hablando. Lo necesitaba, supongo—. Fue un símbolo en mi casa durante muchos años. Es lo que tiene el socialismo: siempre suena demasiado hermoso para ser verdad.
Julio no me escuchaba. Miraba hacia la montaña. Tras un breve silencio respiró hondo, como pertrechando sus pulmones para soltar una pregunta de peso.
—Miguel, fuiste vos quien me rescató, ¿verdad? —Asentí—. Xiomara me mostró las fotos del diario. —Inspiró de nuevo con fuerza—. Se veía mi brazo. ¿Qué pasó con él?
Me costó decírselo, dudé entre rodear su hombro o palmotear su mano.
—Lo quemaron. Estaba roto por todas partes. —Me temblaba la voz—. La mano; no sé, como si no tuviera huesos. Y la muñeca…
—¿No tenía una gruesa pulsera metálica? —me interrumpió.
—No había ninguna pulsera, lo miré bien antes de que lo quemaran, aunque…
—¿Seguro que era mi brazo? El mío tenía una gruesa pulsera metálica en la muñeca, la llevaba lo menos desde hacía diez años. —A la interrupción, esta vez, le acompañó un inesperado guiño cómplice—. ¿No será que el mío se lo comió algún chancho y vos lo confundiste con otro?
Julio inició lo que pretendía ser una rotunda carcajada; un exceso por su parte que derivó en una tos de esas que parecen romper los pulmones. Esperé a que recuperara la respiración para completarle el informe.
—Mejor no te lo cuento con detalles, pero créeme: era tu brazo. Eso sí, pulsera no había, aunque en la muñeca tenías una marca, como un corte profundo.
—Ya te dije, debió de ser de la pulsera metálica —añadió con sequedad—. Hacía rato que quería librarme de ella. Al final, igual hasta fue una suerte perder el brazo, ¡no jodás!
No hubo intento de carcajada esta vez. Una sonrisa de complicidad le pareció suficiente. Yo no sabía si reír, llorar o cortarme el brazo en gesto solidario. Una sombra cubrió su rostro. Deseé para mí la facultad de penetrar en su mente. Julio, era indudable, pensaba en muchas más cosas de las que exteriorizaba. Yo, por mi parte, tenía muchas otras cosas en las que pensar. De pronto, me miró melancólico.
—¿Me llevarás con vos? —me voseó por primera vez.
La frase era corta; pronunciarla supuso para él un gran esfuerzo. Tanto como para mí encontrar una respuesta adecuada. Me costaba pensar en nada que no fuera la inexplicable aparición de aquella fotografía en la ladera del Casitas.
—¿Tienes familia? ¿Esposa, hijos?
—Dos niñas. Mis gemelitas: Amalia, Hilda Rosa. —Le costaba un pulmón cada palabra, miraba a la montaña, a la gran cruz que el deslave había grabado de un golpe en la ladera del Casitas, donde poco antes estuviera su hogar—. Murieron. Lo sé. Yo las maté. —Me tembló todo el cuerpo, contuve la respiración—. Sí, yo las traje hasta aquí —añadió, muy despacio; su garganta ya no estaba para muchas alegrías—. No las mató el volcán. Fui yo, por traerlas hasta aquí —se giró hacia mí—. Decime, ¿me llevarás con vos?
—Yo iré a buscarlas. —Sentí que debía confrontar su pesimismo—. Quizá las encontraron y las llevaron directamente a Chinandega o a León, al hospital.
—Están muertas, Miguel, lo sé; como todos los que vivían en la Versalles. Todos muertos —soltó con demoledora convicción. Recordé las palabras del viejito que había clavado su cruz donde fue la Versalles—. Pero decime, ¿me llevarás con vos?
—¿Cómo sé que puedo confiar en ti? —En realidad, la idea me atraía como un imán atómico—. ¿Quién es Julio García Baltodano?
Recuerdo su cara, petrificada como un fósil. El cortejo salió del hospital y volvió a perderse entre las calles.
—Contéstame cuando quieras —le dije a Julio y caminamos de regreso hasta su cama.
Al llegar, sudaba como un caballo, ya fuera por el esfuerzo o por la inquietud de que yo conociera parte de algún secreto suyo. Tumbado sobre su lecho, agarró mi brazo; le había cogido gusto a hacer manitas conmigo. En un susurro, me hizo la primera de sus confesiones.
—Julio García Baltodano. Soy yo —lo dijo con gesto avergonzado—, pero llamame Mario, te lo pido por favor. —Me agarró una vez más de la camisa—. Solo puedo confiar en vos. —Podía confiar en mí, desde luego, y así se lo dije. Animado por mis palabras su garganta se decidió a hacer un último esfuerzo—. Perdí a mis hijas, a mi mujer… —Entonces se quebró.
Xiomara Briceño Jirón entró como un huracán en el hospital. Tras sus pasos, segundos más tarde, apareció el doctor Chamorro; pero fue la dama burguesa quien inició los reproches. Estaban enfadados por la ausencia de su paciente insignia. El comandante quería conocer al hombre cuya foto había monopolizado, dos días atrás, las portadas de toda la prensa nacional; Ortega quería ver el rostro verdadero del superviviente más famoso del país, pero ni su médico ni su enfermera habían sabido explicar que su cama estuviera vacía. Les dije que me lo había llevado fuera, que me lo había pedido él, necesitado de ver el sol que, tímido, iluminaba el cielo de Posoltega. La indignación de Xiomara Briceño Jirón superaba con creces a la del facultativo.
—Imagínense, con todo lo que ha pasado, ¿cómo voy a negarle algo tan insignificante? De hecho, lo he visto sonreír por primera vez.
El médico torció el gesto, su bigote negro se movió hacia un lado. Era un buen tipo. Se preocupaba de corazón por Julio, por toda aquella cuadrilla de desabrigados del Casitas a base de mucho esfuerzo y exiguos recursos. La llegada de Ortega tenía para él un interés profesional. Sus posibilidades para ser útil acababan de verse incrementadas de manera exponencial.
—Este hombre está muy débil. Su recuperación es extraordinaria, pero aún necesita descansar. Ha sufrido un tremendo shock y la infección necesita de un entorno más adecuado que este.
—Doctor, usted manda. Solo le puedo decir que ha caminado casi ochenta metros como quien no quiere la cosa. No sé de dónde sacó las fuerzas, las tiene por ahí escondidas. Creo que está mejor de lo que parece —me atreví a sugerir. Xiomara Briceño Jirón y el médico parecían confundidos. Antes de que pudieran abrir la boca, agregué—: Llevo ya tres días intentando evacuarlo y siempre hay pacientes más necesitados. Ahora que se ha abierto la carretera, ¿cree que podría conseguir que lo llevaran a León?
El doctor comenzó a asentir lentamente, como si madurara una solución.
—En Chinandega y León ya no dan abasto. Sería bueno llevarlo a Managua. En un hospital su recuperación no puede demorar mucho.
Por la mañana, el doctor Chamorro dispuso todo para evacuar a Julio: calmantes, apósitos, vendas, material desinfectante, pomadas de antibióticos para untar en la zona de la herida, más antibióticos para tomar por vía oral durante dos semanas. Aunque el trayecto a Managua no debía de superar las dos horas, teníamos que estar preparados. Busqué ropa para Julio entre las donaciones llegadas a Posoltega. Me había pedido que le consiguiera algo de manga larga, para que el vacío de su brazo fuera menos evidente. Encontré una camiseta negra de Iron Maiden.
—Los roqueros también son generosos —bromeé buscando complicidad.
Julio sonrió con esfuerzo. Me alegró saber que no le desagradaba el rock and roll.
Eddie the Head[1] y Julio hicieron migas con facilidad. Lo ayudé a enfundarse la prenda, también unos pantalones vaqueros y unas botas militares cedidas por el teniente Rivas en nombre, subrayo por petición expresa del donante, del Ejército de Nicaragua. Deslicé el puño izquierdo de la camiseta en el interior del bolsillo de sus pantalones, de modo que, con la ayuda del negro, se disimulara un poco la mutilación. Una vez vestido lo subí a la tina de una camioneta, parte del convoy liderado por Ortega que regresaba para Managua, si bien del comandante ya no quedaba ni rastro en Posoltega. Xiomara Briceño Jirón lloró al despedirnos y abrazó a Julio como si fuera un hijo al que nunca fuera a ver de nuevo. Al salir a la carretera, el conductor, a petición del evacuado, se detuvo ante la enorme cicatriz de la ladera del Casitas. Tumbado sobre la tina, sus ojos se nublaron al mirar hacia el volcán.
—Cuando te deje en el hospital, buscaré a tus niñas y a tu esposa. En León, en Chinandega… —No tomó demasiado en serio mis palabras. Julio parecía conocer mejor que nadie el destino que había corrido su familia—. Fotografías no tenemos, pero ¿cuántos años tenían las gemelas?
La angustia se apoderó de su rostro.
—Dos, dos años, Miguel, dos jodidos años. —Creo que a Julio le habría gustado llorar, dedicar alguna lágrima de despedida a su mujer y a sus hijas, pero, como buen nicaragüense, probablemente no podía, no sabía—. Es inútil, Miguel. Nadie vio a los de la Versalles. Murieron todos.
Versalles nunca ha vuelto a evocarme París. Pensé en el viejito, pensé en las cruces, pensé en los cadáveres esparcidos, pensé en mi fotografía surgida del fango.