La sacudida
Capítulo XXI
Entre Sula y La Ceiba hay doscientos kilómetros de plantíos de banano, palma y piña, playas, selvas y ríos, sobre todo ríos. Perla, Danto, Agua Caliente, Plátano, Hicaque, Arizona, Guaymón, La Montañita, Coloradito, Leán, Ulúa, Bonito, ¿cómo condenar a la naturaleza por sus crímenes? No se puede. Lo pensé después de haber atravesado muchos, porque durante un largo rato lo único que poblaba mi mente era el gatillo de una Beretta incrustada contra mi hígado.
Julio dormía, agotado por la tensión de casi haber matado a un hombre, a mí; también, intuía yo, por no haber dormido la noche que siempre recordaré marcada por la sopa de caracol, la lluvia de róbalo, el ron ambarino y los vericuetos de Latania.
—Será mejor que duermas —le dije después de dar cuenta de los bocadillos que nos hizo Latania. No tardó ni dos segundos.
Su agotamiento era comprensible tras el intercambio de confesiones que, minutos atrás, habíamos cruzado en la cabina de aquella camioneta de tina. Por primera vez en todos mis años de huida me sentía ligero, liberado de un lastre pesado. Con la mirada fija en la carretera pensaba en las paradojas de la vida. Había salvado al hombre que debía matarme. Le debía la vida a un asesino y él me la debía a mí. En mi caso, por resucitarle de entre el lodo; en el suyo, por dispensarme de la muerte.
Sobre la blanca línea discontinua de la carretera entre Sula y La Ceiba se iban proyectando mis pensamientos:
Uno: Julio no podía matarme. Tardé dos segundos en comprenderlo. Un asesino decidido y con el viento a su favor nunca pregunta ni suelta discursos antes de apretar el gatillo. Después, tal vez; antes, jamás. Sé lo que me digo.
Dos: de no haber sido él mi verdugo lo más probable es que estuviera muerto.
Tres: nuestra amistad está valorada en diez mil dólares, el precio de mi cabeza, una gran renuncia para un hombre sin rumbo.
Cuatro: si en alguien puedo confiar en mi vida ese no es otro que el hombre que debía matarme.
Cinco: un matón a sueldo capaz de violar la confianza de sus clientes y un terrorista arrepentido; juntos no podemos llegar muy lejos.
Así extendía mi raciocinio sobre el asfalto degradado de la carretera pavimentada principal, prestando, de pronto, más atención al retrovisor, porque por allí, por detrás, como es su costumbre, aparecerían los tipos que habían contratado a Julio. Tenían que venir. Ramírez ya les habría advertido de que su plan era un más que probable fracaso. Sí, vendrían a matarme. Ya que me habían perseguido hasta Centroamérica, no les quedaba otra opción que hacerlo ellos mismos. Los estaría esperando. Me lo había prometido en la ladera del Casitas cuando se me apareció aquel fantasma del pasado en formato fotográfico. Ahora, además, tenía a Julio, mi alma gemela. Me sentía ligero, libre de la losa de granito puro que durante años había encorvado mi espalda.
El alivio de mi confesión ante Julio y sus propias revelaciones habían abierto una válvula en mi interior. Mi cabeza, sin embargo, giraba como una peonza. El retrovisor me obsesionaba. Solo quería verlos venir, de frente, gozar de una oportunidad. La base de su estrategia es sencilla, recuerdo bien el adiestramiento: eliminar la posibilidad de que la víctima reaccione. Con Julio a mi lado, tendría una gran ventaja ante mis antiguos compañeros de armas, fanáticos amantes de la sorpresa, del tiro en la nuca, la emboscada, el detonador, matar por la espalda. Para los cobardes así es más fácil, casi nunca fallas cuando evitas los ojos de tus víctimas.
La guerra es atroz, indigna del hombre, aunque a veces sea equilibrada. El terrorismo carece de equilibrio, aunque se justifique por la disparidad de recursos entre los bandos. Cobarde es quien se define por encima y en oposición a los demás; el que se cree superior, elegido. Mis excompañeros no son mejores que un primer ministro israelí o que el tío Sam. Sacudí la cabeza, no quería pensar más en ello. Sí, me sentía liberado.
Como si lo hubiera despertado el espíritu de su padre, Julio abrió los ojos cerca del río Leán. Reconoció el lugar, sin duda.
—Ya casi estamos en La Ceiba —anunció—. Ya es tarde. Será mejor pasar aquí la noche. Ver a mi hermana Claudia. —Miraba al río; en sus ojos un sentimiento a medio camino entre la nostalgia y el temor—. La cara que va a poner al verme. ¡Ni quiera Dios! Del susto le va a dar un infarto.
Cruzamos por una pista empedrada que atravesaba el cauce; el puente sobre el río ya no existía. El rastro destructor del Leán quedaba a la vista pese a la penumbra del atardecer. Lo había visto todo: un volcán que había sepultado a miles de personas, un lago que se había desbordado sobre una ciudad, deslaves, pueblos enteros destrozados, ríos incontenibles que habían arrasado todo a su paso; y, sin embargo, el paisaje forjado por la brutalidad del Mitch todavía me causaba una dolorosa presión en el abdomen.
—Por aquí, de chatel, mi papá me trajo a pescar alguna vez.
Un bello recuerdo para Julio rememorado dos veces en apenas unas horas. Una nota agradable en medio de la obra inabarcable del Mitch, porque cuando pensabas que ya nada de lo que vieras podía ser peor, siempre aparecía un nuevo hito. El Bonito, otro río, había destrozado el puente de acceso a La Ceiba. Un grupo de campesinos sacaba partido a sus tractores para tirar de los vehículos. Por cien lempiras proporcionaban la seguridad de atravesar el cauce sin miedo a quedar varados en la corriente. Caía la tarde y dejábamos atrás las aguas turbias del Bonito, poco antes de entrar en La Ceiba, cuando una repentina e intensa lluvia pintó el arcoíris iluminando un paisaje de cultivos enterrados en el fango.
La ciudad estaba desierta, el aguacero había espantado a la gente hacia sus casas. Pasaría un tiempo antes de que Centroamérica sanara de su más reciente dolencia: el miedo a la lluvia. Julio me guiaba por calles de asfalto agujereado y callejones con los adoquines levantados hasta un barrio de casitas blancas de madera, algunas de las cuales carecían de tejado. La de Claudia lo conservaba.
La hermana mayor de Julio abrió la puerta y pensó que un fantasma había venido a visitarla. Quedó claro por el grito, primero; el beso, después; el bofetón a continuación; y, por último, el abrazo que Claudia propinó a su misma sangre. De mí no supo qué pensar. Julio me presentó como el hombre que le había salvado la vida.
—Me sacó del lodo, me acogió, me cuidó y me trajo hasta acá —le dijo—. Un hermano. —Julio rodeó mis hombros con su único brazo—. De verdad, Claudita, por fin hallé una buena influencia en mi vida. Solo tiene un defecto, y es muy grave. — Hizo una pausa dramática, la tensión me consumió durante unos segundos—. Es periodista.
Lo dijo y soltó una risotada. Claudia no entendió el chiste, le podía la ansiedad, no acababa de creerse su presencia. Se alejó un paso, lo miró de arriba abajo y sonrió.
—¡Qué felicidad! No me lo puedo creer. Estás vivo, hermanito. —Sus ojos se abrieron, saturados de humedad, cargados de melancolía infinita—. ¡Estás vivo! —Lo abrazó de nuevo.
Claudia estaba tan alterada que no había percibido la ausencia en el hombro izquierdo de su hermano. O quizás había preferido ignorarla. Tantas veces habría su familia dado por muerto a Julio que verlo sin un brazo era la mínima penitencia que podían esperar. Claudia, desde luego, no quería que su hermano entrara en muchos detalles sobre su vida. Así que decidió hablar ella.
El huracán se quedó dos días plantado sobre La Ceiba con vientos de más de ciento cincuenta kilómetros por hora. El Mitch se comió la playa al chocar contra la tierra. La casa de Claudia, muy cerca del mar, se mantuvo en pie por alguna especie de milagro. La mujer pasó dos días bajo la cama de su habitación abrazada al pequeño Brandon. Su marido no estuvo con ellos, aunque no quiso darle a Julio más explicaciones.
—Una suerte que no esté aquí tampoco —anotó Julio en un susurro, aprovechando que su hermana había ido a buscar a su hijo—. ¡Clase pendejo presumido!
Claudia era una versión femenina de su hermano, los mismos ojos, idéntica nariz y labios. Solo el pelo largo azabache, junto a las manchas pecosas dueñas y señoras de su rostro, impedían tomar a los hermanos por mellizos. Brandon, por su parte, era un Julio preadolescente, para los miembros de su familia mirarlo debía de ser como un viaje a la infancia de su tío. No estaban muy seguros, ni Claudia ni Julio, de su último encuentro.
—¿Diez, once años? No sé —se esforzó Claudia—. Viniste una noche, de clandestino, platicamos, querías ver a la mamá, ir a Coyoles, y yo te dije que si no era para quedarte con ella, sobre mi cadáver.
—Así fue, Claudia, así fue. Ahorita, sin embargo, sí que la veré, vine de viaje, para quedarme, ¿mentendés? Ya todo acabó, me quedo.
Otro abrazo. Se lo merecían, ¡qué carajo!
Julio preguntó por su madre.
—Se casó de nuevo con aquel gringo de Nueva Orleans. Te hablé de él cuando viniste, ¿te acordás? Puro chele. Un técnico de la Standard al que hace un año o más que no vemos. Pero sí, Julio, tenés dos hermanos: Búster, que ya tiene seis años, y Grétel, de ocho.
Preguntó por su otra hermana.
—Dirige una maquila en Sula, ¿tampoco sabías? Tiene tres chatelitos. Lástima que no pasaras a verla.
Julio pasó página con una mueca resignada y prosiguió con el interrogatorio. Preguntó por el trabajo de Claudia, preguntó por el banano, preguntó hasta que se quedó sin preguntas, mientras Claudia nos servía la cena con ayuda de Brandoncito. Cuando Julio acabó de preguntar, allá por los postres, se hizo el silencio. Al de un rato, Claudia nos ofreció tatascán, un guaro hondureño que te deja la tráquea como una pista de hielo, y nos puso un partido de fútbol europeo en la televisión mientras ella recogía la mesa y fregaba los cacharros. Al terminar mandó a Brandon a dormir y se sentó abrazada a Julio. Minutos después, Claudia cabeceaba como un ángel pecoso y mestizo.
—Yo me encargo de llevarla a la cama —me ofrecí.
—Muchas gracias por todo, Miguel, de verdad. Sos un hermano.
Por la mañana, coincidí con Claudia a solas en la cocina. Entré sigiloso y al rato ella abrió la puerta de la calle. Regresaba de dejar a Brandoncito en la escuela.
—Llamé al trabajo. Iré un poco más tarde, cuando se marchen ustedes.
—Su hermano, como no lo despierte un tren sigue durmiendo hasta mediodía. — Claudia abrió una bolsa de papel y me ofreció un cruasán recién horneado—. Acumula un cansancio eterno. —Dudé, quizá no fuera la conversación más adecuada, al fin y al cabo, ella no quería saber nada de su hermano—. Están deliciosos estos cruasanes.
—¿Qué sabe usted de mi hermano? —Giró el cuello hacia un lado, desconcertada —. Yo no sé nada de él. No sé si quiero saber.
—Lo que yo pueda contarle no será muy agradable. —Claudia me entregó una taza de café, le sudaban las manos, tomé un sorbo—. Su hermano es un hombre resucitado. Quizá con saber eso sea suficiente para usted.
—Lo creíamos muerto. —Sujetaba con fuerza su taza blanca, como si el calor de la porcelana le fuera insuflando energía, valor—. Ayer Julio dijo, cómo fue, sí, que usted lo encontró en el lodo, lo recogió, lo cuidó y nos lo trajo hasta acá. Lo llamó hermano, una buena influencia en su vida. ¿Quién es usted? ¿Un ángel de la guarda o algo así?
—No, yo no soy, precisamente, un santo, señora. Tan solo pasaba por allí. Digamos que las necesidades de su hermano coincidieron con las mías y aquí estamos.
—Es usted muy discreto para ser periodista.
—A mi entender un periodista debe ser más discreto que nadie. —Tomé otro sorbo de café, remarcando la excelencia de la mezcla con un gesto—. Si quiere saber algo de Julio, pregúntele. Lo aliviará. Y a usted también. —Me giré hacia la ventana para dejar de mirar a Claudia, el sol hacía brillar con fuerza la hierba en el jardín—. No sé si opina igual, pero la verdad, cuanto más cruda, mejor se mastica.
—Tal vez sea así, pero en esta familia no tenemos costumbre. De platicar de nosotros mismos, digo, decirnos la verdad. Nosotros platicamos de los demás, es más sencillo.
—¿Cree usted que así viven más tranquilos?
—No lo sé. Nunca, que yo recuerde, vivimos tranquilos. No tengo con qué comparar, ¿entiende?
—¿No quiere saber si tiene usted sobrinos, cuñada, a qué se dedica su hermano? —Apuré mi café—. ¿Dónde perdió su brazo, quizá?
—¿Me lo va a decir usted?
La puerta que daba al pasillo se abrió de golpe y mostró a un Julio legañoso en calzoncillos blancos y camiseta de Neil Young. Claudia dejó la porcelana blanca sobre el mostrador, se acercó a su hermano, lo besó con fuerza y se quedó abrazada a él, a su lado derecho.
—Verás la alegría que se lleva la mamá —le dijo.
Pasó la mano por su hombro y bajó hasta el codo, ensimismada.
—¿No será mejor avisarla? A ver si le va a dar un shock —propuso Julio.
—Lo único que le vas a dar es una tremenda alegría. Y si le da un shock que al menos estés vos allá para atenderla.
—Hablando de atender —intervine—, será mejor que le hagamos otra cura a tu herida antes de salir. Ayer, con la agitación del día, se nos olvidó por completo.
Le curé la herida a Julio en el salón de la casa. Claudia observó la lesión y salió llorando hacia la cocina. Al despedirse de nosotros minutos más tarde, sentado ya Julio en el lado derecho de la camioneta, la hermana mayor me dio un abrazo.
—Gracias por traernos a mi hermano, señor ángel de la guarda. Por favor, siga usted cuidando de él —susurró a mi oído.
Saliendo de La Ceiba hacia Trujillo, otros doscientos kilómetros hacia el este, el río Cangrejal se apiadó del puente de ciento cincuenta metros que se eleva sobre su cauce. Los barrios que jalonaban las orillas no tuvieron tanta suerte. Íbamos, por fin, camino del valle del Aguán, otro de los grandes cómplices del Mitch. En Santa Rosa de Aguán, trescientas personas dormían cuando la corriente se las llevó por delante, otras mil quinientas pasaron varios días subidas a los tejados y a los árboles esperando que el río redujera su caudal. Las plantaciones de banano de Coyoles habían sido arrasadas por completo. Eso decían, al menos, los diarios. Pronto tendríamos ocasión de comprobarlo.
—¿De qué platicaban vos y mi hermana esta mañana?
—Como si tú no lo supieras.
—¿Qué te preguntó? ¿Qué la dijiste?
—Nada, te lo prometo. Quizá prefiera no saber. —Miraba a la carretera con atención, lucía el sol y los agujeros en el asfalto se adivinaban con mayor antelación —. Sabes escribir, ¿verdad, Julio? Fuiste a la universidad y todo, vos. Deberías escribir tu historia, contársela a tu familia.
—¿Escribir, yo? Escribila vos, yo te la cuento.
—¿Me contarás también lo que hiciste con Rodolfo?
Me eché hacia la ventanilla para esquivar su puño sobre mi brazo. Me entró la risa floja.
—¡Callate, hijueputa!
—¿Qué? Te lo cogiste, ¿no?
Me golpeó de nuevo.
—¡Que te callés, hijueputa!
—Va pues, no te enojes. Te cuento yo algo también. —Julio simulaba ignorarme, miraba por su ventanilla, nuestra ruta ascendía bordeando un amplio valle—. Una vez siendo adolescente, me besé con un hombre. —Sonrió, seguía mirando el paisaje, pero sonreía—. ¿Y sabes lo peor? Que el muy hijo de puta se lo había hecho con mi novia media hora antes. —Eso sí que le hizo gracia, ya no pudo contener la risa—. En el fondo, supongo que al maje le habría gustado hacer un trío, o qué sé yo, igual lo hizo solo por joder. Pero joder, no jodimos, eso no. De verdad.
Julio se reía con ganas, algo dentro de sí mismo estaba soltando amarras.
—¿Has estado alguna vez enamorado, Julio?
—¿Idiay, qué clase de pregunta es esa? ¡Esa es plática de muchachas!
—¡Qué gilipollez! —Volví mi cabeza hacia Julio, quería ver sus ojos, él prefería mirar por la ventana—. ¿Qué ocurre, nunca lo has estado o nunca te lo han preguntado? —Julio, la mirada fija en el paisaje exterior, redobló sus esfuerzos por ignorarme. Insistí, debía preguntar, era algo superior a mí—. Dime, ¿te enamoraste de Latania? —Aunque apenas me mostrara su perfil, pude ver una sonrisa en sus labios. La conversación era de su agrado, aunque él no quisiera que pareciera evidente—. De tu mujer, de Damaris, ¿te enamoraste de Damaris? —La insistencia obró el milagro.
—Quise mucho a la Damaris. —Seguía mirando por la ventana—. Me dio a mis hijas, hermano, lo más hermoso que me ocurrió en la vida. —Se restregó los ojos—. Nunca estuve enamorado de la Damaris, pero ella sí que me quería, por mí habría dado la vida.
—La dio, Julio, la dio.
—Así es, la dio. —Un profundo suspiro culminó su afirmación, empezó a sonreír de nuevo—. ¡Qué jodido el periodista este! Cómo me enredás. Lo único que querés saber es lo de Rodolfo.
—Hombre, también, si me lo cuentas.
Soltamos ambos la mandíbula.
—Ya veremos, compadre, todavía estoy confuso con eso.
—Te acostaste con él.
—Sí, joder, y estuvo búfalo.
—Y estás enamorado.
—Tal vez.
—¿Era tu primera vez con un hombre?
—Más o menos. —Estaba llegando al límite—. Y ya, ¡dejalo, Miguel!
Lo dejé, pedí disculpas, puse la radio, busqué rock and roll, en vano, y seguí conduciendo a ritmo de punta hasta el puente de Saba.
Los doscientos setenta y cinco metros de hormigón sobre el Aguán habían sido destruidos. Esta vez no había vado sino una corriente descendiendo a tumba abierta. No podíamos cruzar, tan solo tomar fotos.
Allí, junto a la ribera, indolente, Gevelio Ventura del Valle observaba el discurrir de las aguas por toda ocupación. Vestía chubasquero y botas de plástico, también sombrero y pantalones de vaquero. De sus labios colgaba un cigarrillo enrollado en un papel marrón. Le pedí permiso, quería retratarlo. Accedió con un gesto distraído, como si le importara un carajo. Me contó cómo el Aguán se le llevó la casa, a pocos kilómetros de allá, y con ella a varios parientes.
—Lloré durante días, sabe usted, desesperado. Pero ya estuvo, se acabó la llantina. —El hombre solo necesitaba una cosa: hablar, un desahogo—. ¿Es usted periodista? Debe contar que sin este puente Yoro y Colón se ahogan, ¿comprende? Esta es una zona muy próspera: banano, aceite, arroz, frijoles, naranjas, el comercio… El Gobierno dijo que se puede reparar, pero no hay plazo. Y, mientras tanto, todo se nos pudre, ¿me entiende? ¿Adónde van ustedes?
—A Olanchito, Coyoles.
Gevelio Ventura del Valle se quedó pensativo.
—Tienen dos horas de camino. Regresen un tantito no más, tres curvas, y tomen hacia la izquierda. —Acompañaba sus indicaciones con los brazos—. Hay mucha tierra y lodo, han de cruzar tres ríos que suben de nivel con las lluvias, pero con ese carro llegarán. No tema.
Lo dejé con su trance ante la corriente del Aguán. Subí al coche y le conté a Julio las indicaciones de Gevelio Ventura del Valle.
—Conozco bien el camino, no te preocupés. Me lo enseñó mi papá para llegar a la casa evitando la carretera pavimentada principal. En este país hubo un tiempo en que la policía lo vigilaba casi todo.
—¿Casi todo? —Arranqué de nuevo el auto—. ¿Acaso se les escapaba algo?
—Los mendigos.
Me quedé mirándolo. Julio y su aire de misterio. Enfilé la carretera y, pasadas varias curvas, mi copiloto señaló un desvío de cemento hacia la izquierda.
—Ya verás, compadre, esta pista es hermosa.
Elixir, Clifton, La Reforma, El Juncal, El Chaparral, siempre extraños nombres para bautizar comunidades humildes, como en el Casitas, como en tantos lugares de Centroamérica. La gente saludaba a nuestro paso. El camino discurría paralelo al río, con subidas y descensos constantes, demasiado cerca, por momentos, del cauce perturbador del Aguán. Mirábamos el paisaje en silencio. Las ventanillas abiertas, la humedad refrescaba el aire, los pulmones, las ideas.
—Contame de Brasil, Miguel —soltó Julio, de repente.
—¿Te gustaría ir a Brasil?
—¿Por qué no? —respondió elevando los hombros—. ¿Vos vendrías conmigo?
—¡Volver a Brasil! —Nunca me lo había planteado—. No sé si podría volver, ya me localizaron una vez.
—Es un país muy grande, tal vez en otro lugar. —Me miraba a la cara—. ¿Dónde viviste, vos? ¡Contame!
—Río, Río de Janeiro. —El que miraba hacia delante esta vez era yo—. ¿No te lo había dicho?
—¡No fregués! —Me golpeó el brazo—. Contame de tu esposa. ¿Era mulata?
—Tan previsible como el resto de la humanidad, Julio —mascullé.
—¿Qué decís?
—No era una mulata, Julio, no.
—¡Idiay, te enojás! ¿Por qué? ¿No te gustan las mulatas?
—A ver. —Lo miré con gesto cansado—. ¿Qué es lo que quieres saber de Brasil? Puede que no me importe volver. Más al norte, en alguna playa de dunas gigantes, montando un hotelito junto al mar. ¿Cómo lo ves?
A Julio, cómo no, le gustó la idea. Hablé de Brasil mientras un brillo iba creciendo en sus pupilas; hablé del Nordeste y de Río de Janeiro, de la música, del mar, del carnaval, de la cerveza, de la caipiriña y también de los bikinis y de las mujeres: mulatas, blancas, mestizas, rubias y morenas.
—¿Y de los hombres, Julio? —Me interesé; un recurso cualquiera para cambiar de tema—. ¿No quieres saber nada de los hombres?
—¡No te rendís, vos! —El brillo se borró de sus ojos, volvió a mirar hacia la carretera, reflexivo, hizo amago de arrancar varias veces, necesitaba decir algo, solo quería estar seguro—. Es extraño, los hombres me persiguieron toda mi vida. No me siento cochón, pero Rodolfo me trató como si me conociera bien.
De pronto cambiamos los papeles. Era yo el que no sabía qué decir.
—Lo mismo sentí yo con Latania.
—¿Los volveremos a ver, Miguel? Tengo un mal presentimiento, siempre se me quiebran las cosas, las personas.
Miré por el retrovisor supervisando nuestra estela durante un largo rato.
—Todo irá bien, Julio. ¡Vas a ver a tu madre, cojones! —gritó el vascón que llevo dentro—. Hoy es uno de los días más felices de tu vida. No hagas caso, es la melancolía. Regresas a casa. Te confieso que yo, en tu lugar, estaría más cagado que Daniel Ortega ante el fantasma de Sandino.
Conseguí hacerle reír, pero yo ya no podía dejar de vigilar el retrovisor. Tampoco servía de mucho, el camino estaba poblado de curvas. Era preferible vigilar el río, descendía marrón y violento, acercándose de vez en cuando a la pista de cemento. Recordé el Choluteca, entrando a Tegucigalpa, los mendigos arrebatándole al río una vaca hinchada y la agitación de Julio ante aquella escena.
—Los mendigos —solté. Julio dio un respingo.
No quise decirlo, a veces las palabras se independizan de nosotros. Actúan por su cuenta y riesgo.
—Antes, ¿qué dijiste de los mendigos?
—¿Querés que te platique de los mendigos?
—¿Hay algo que contar de los mendigos?
—Algo.
—En Tegucigalpa, ¿verdad?
—Tegu. —Julio meneaba con suavidad la cabeza, como si evocara algún recuerdo —. Así es. Piensa, Miguel, si quisieras ser invisible, ¿qué harías?
—Yo no soportaría la vida de mendigo, antes me entrego —bromeé, consciente de la certeza de aquella afirmación—. Oler a pis, comer basuras, dormir al raso, arriesgarse a morir quemado por unos nazis…
—Así pensé yo: de viaje, de vagabundo no aguanto ni dos días, pero la necesidad hace el hábito, hermano. —Rebosaba entusiasmo, convicción—. Por ejemplo, podés ser un asesino a sueldo y nadie sospechará jamás de vos. Tu presencia en cualquier punto de la ciudad pasa siempre inadvertida. Podés montar guardia sin que te tomen en serio. Del mendigo nadie sospecha, no se le supone siquiera voluntad, no existe, es así. Ni siquiera necesita ser discreto, le basta con ser mendigo. ¿Mentendés?
Guardamos silencio, el discurso dejó a Julio fatigado. Miré al retrovisor: nada.
—¿Así empezaste vos? ¿De mendigo?
Asintió con la cabeza, miraba al frente, señaló con el brazo hacia la carretera, al final de la única recta en dos horas de camino surgieron las primeras casas de una población.
—Olanchito, hermano, ya casi estamos.
Entramos al pueblo y Julio me pidió estacionar junto a una especie de convento, un edificio blanco que ocupaba toda una manzana, punteado por un pequeño campanario.
—Aquí vivía una monja vasca. Tal vez siga por estos lados. —Antes de abrir la puerta me invitó a bajar del coche con él, no las tenía todas conmigo; por hábito autoimpuesto desde que inicié mi exilio, huyo de los ciudadanos españoles, especialmente de los vascos, en cuanto los huelo—. Puede ser interesante platicar con ella, para tus artículos y demás.
Incluí a Maite Aburto, sor Maite, en una de mis crónicas. Era una especie de ángel guardián de los desamparados de Olanchito. Ella, como representante de la Iglesia, distribuía buena parte de la ayuda que llegaba a la comarca.
—El mayor castigo para la región, con perdón de los difuntos, es la pérdida de la cosecha. Aquí manda el banano, la Standard, pues —nos dijo aquella monja nacida sesenta y ocho años antes en Derio, a pocos kilómetros de la casa de mi madre—. Más de veinte mil personas en todo el valle dependen de ella. Y la próxima cosecha tardará; ¿un año quizás? —Hizo una larga pausa—. Nadie sabe. El sindicato dice que poco puede hacer, pero la mitad de los campeños son temporales y sin cosecha no hay salarios. La gente no tiene plata y no saben hacer otra cosa que el banano.
Así nos habló sor Maite, así lo reproduzco.
—Vamos a Coyoles Central —le dijo Julio—. Mi mamá vive allá, trabaja para la Standard. Teresa Baltodano. ¿La conoce?
—Cómo no, hijo. Sé quién sos. Aunque tu mamá creo que cambió de apellido. Pero te recuerdo del instituto San Martín Porres, te perdimos no más iniciar la secundaria. —Tomó la mano de Julio, aquella mujer era la bondad personificada; con lo que siempre detesté yo al clero, casi se me saltaron las lágrimas—. Ve con ella, hijo. Tu visita la hará bien. —Sus palabras, adornadas con su pronunciado acento vasco-hondureño, lo resumían todo—. No la hagás esperar más.
Regresamos al coche. Desde una colina en el trayecto hasta la casa de su madre descubrimos el sentido absoluto de las explicaciones de sor Maite. Al final de nuestro camino aguardaba otra imagen definitiva del poder devastador del Mitch.
El Aguán acarreaba un caudal agitado, marrón, pero había retornado a sus meandros. A sus orillas, río arriba, río abajo, hasta donde alcanzaba la línea del horizonte, inmensos campos de banano devastados por la crecida del río. Las plantas, más que sufrir exceso de riego parecían haber sido pasto de las llamas y formaban ahora un inabarcable bosque petrificado. Saqué mi Canon A-1. Las fotografías nunca harán justicia a la imagen que retengo en el rincón más profundo de mi mente. Ante nosotros, la destrucción total y una región entera obligada con urgencia a recomenzar desde cero.