La sacudida

Fernando Goitia · Capítulo 14 de 25

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La sacudida

Capítulo XIV

Soy el guerrillero de las manos limpias. Dos años en esto de la guerra y relucen como el primer día. Nunca maté a nadie. No sé si soy capaz. No tiene sentido guerrear sin matar. Eso es lo que aprendí. Creo.

De nuevo andamos en lo de doña Mercedes, con mis recuerdos infantiles del Estadio Olímpico y el aroma matinal de sus guisos a fuego lento. No sabemos nada de Rodrigo. A Gustavo no parece importarle. Una mañana, el maje regresa a la casa tras uno de sus contactos, cierra la puerta de la cocina, donde la doña se esmera para obsequiarnos en el almuerzo con lo mejor de su recetario, y nos reúne en el salón.

—Ustedes ya saben que el Gobierno y el Ejército andan proclamando nuestra derrota, que nos hicieron mierda y que ya somos historia —arranca Gustavo. El jefecito despliega motivación—. Los noticieros y los diarios silencian nuestra autoría en cada golpe que damos. Debemos llevar a cabo una acción sonada que los obligue a respetarnos como antes.

Gustavo, entonces, nos dice el nombre: general Gustavo Álvarez Martínez, y deja que el silencio se apodere de la estancia. Observa nuestras reacciones. Nadie se mira. Hablo por todos al afirmar que tragamos saliva asustados, pero también motivados ante el reto. Es el pez más gordo que podíamos imaginar, ballena por lo menos. El hijueputa que creó los escuadrones de la muerte en Honduras; aunque de no haberlo hecho él, de plano algún otro maldito habría asumido el encargo. A Gustavo se lo ve feliz. Intuyo que el maje lo mira como una gran oportunidad en su ascenso revolucionario. La chance, en realidad, es buena para todos, significa que nos tienen en cuenta, que tenemos a los comandantes contentos, y bueno, que, ya que andamos metidos en la lucha, pues hagamos cosas importantes, ¡qué carajo! Aunque Álvarez Martínez, en realidad, es un plan sencillo.

—Será un golpe maestro, definitivo —subraya Gustavo—. Un llamamiento al pueblo hondureño a iniciar la guerra popular revolucionaria.

Álvarez Martínez lleva un año en el país desde su regreso del exilio en Miami. No sé mucho de él, nunca le paré bola a diarios y noticieros, pero su nombre figura entre los más odiados del ranking revolucionario, tanto catracho como nica. Cuando fue nombrado jefe del Ejército, yo apenas había cumplido los diez. Nada se movía en este país durante los dos años en que estuvo al frente de las Fuerzas Armadas, en el Gobierno de Suazo Córdova.

Gustavo me sienta a su lado para escribir el comunicado que difundiremos a posteriori y me cuenta todas estas cosas. Asegura que, al parecer, el maje fue expulsado del cargo por la propia cúpula militar. Acumuló demasiado poder y se fue a Miami para regresar a Honduras cuatro años más tarde transformado en una especie de predicador. Propagó la buena nueva de Cristo crucificado, o alguna verga de esas, entre hombres cristianos de negocios, testigos de Jehová, bautistas, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, los del Octavo Mandamiento, los Pentecostales, los del Dios Redentor, los de la Estrella Resplandeciente, los del Séptimo Día, los de la Iglesia Triangular, los Hermanos del Lirio Blanco y la madre que los parió. Predicó en escuelas, capillas, calles y hasta en el Estadio Nacional. Gustavo dice que incluso tiene tratos con la secta Moon. Tamal, tapudo y asesino. Al maje no le falta de nada. Los de los derechos humanos andan tras él como responsable de torturas y desapariciones. Es de los que abogaba por una intervención militar en Nicaragua para acabar con los sandinistas. De hecho, cuenta Gustavo, Reagan se apoyó en él para establecer las bases de los Contras en territorio hondureño.

Leo un recorte de un diario que me muestra Gustavo:

El general Gustavo Álvarez Martínez, quien en su calidad de jefe de las

Fuerzas Armadas hondureñas dirigía personalmente el batallón 316, unidad

secreta del Ejército hondureño dedicada a la vigilancia, secuestro, tortura y

asesinato de opositores políticos en los años ochenta, recibió un fuerte apoyo

de Estados Unidos, incluso tras haber dicho a un embajador estadounidense

que pretendía usar el método argentino de eliminación de subversivos. En mil

novecientos ochenta y tres, cuando los métodos represivos de Álvarez eran

bien conocidos por la embajada de Estados Unidos, la administración Reagan

lo condecoró con la Legión de Mérito por «promover el éxito del proceso

democrático en Honduras». Su amistad con Donald Winters, jefe de la

estación de la CIA en Honduras, era tan estrecha que, cuando Winters adoptó

a una niña, le pidió a Álvarez Martínez que fuera su padrino.

—¿Ya oíste hablar del batallón 316? —Ya oí hablar, sí—. ¡Menudo santo el Álvarez Martínez! Solo tiene una cosa buena, loco —añade, misterioso. Lo miro extrañado. Yo no tengo idea, por supuesto—. Se siente tan iluminado por Dios y esa verga que rechazó la protección especial que le ofrecía el Gobierno. Apenas anda con chofer y guardaespaldas. Será fácil, nos lo volaremos cuando salga de la casa, antes de que pueda siquiera lanzarse una plegaria. Ni cuenta se va a dar el maje, pues.

Repasamos una última vez el comunicado y Gustavo, sonriente, me estrecha la mano.

—¡Volvemos a Tegu, pues!

Le devuelvo la sonrisa y disimulo mi desconcierto; nunca se mostró tan cercano conmigo. Lo pienso unos segundos: ¿A qué este cambio? Decido olvidarme del pasado, relajarme y disfrutar, quizá se inicie un periodo de cordiales relaciones.

Como el Gobierno ya nos da por disueltos, para ir calentando el ambiente preparamos tres pequeños artefactos, cargados con panfletos donde urgimos al pueblo a alzarse en armas y al presidente a que respete los derechos humanos, a que expulse a las tropas gringas de territorio hondureño, a que acabe con las injusticias sociales y a que resuelva el problema de la deuda externa y el del déficit exterior del país. Es lo primero que se nos ocurre. Nos interesa más el acto en sí que el contenido, y, en honor a la verdad, ninguno de nosotros es un gran ideólogo, aunque a Gustavo no se le den mal las cuestiones de la política.

Gustavo reparte diez mil lempiras a cada uno y nos separamos. Viajaremos a la capital cada uno por su cuenta. Yo debo esperar dos noches. Tomo mi bolsa deportiva negra Montreal 76 y me instalo en una posada de mala muerte en el barrio Concepción. Lo regenta una doña muy alegre a la que le digo —la gente tiene curiosidad, no pueden dejar de preguntar— que soy estudiante de agronomía, de familia bananera, que vengo de Tegu para visitar a mi mamá en Olanchito y que he de pasar noche en San Pedro para agarrar un bus bien temprano en la mañana. El esbozo de esta fingida biografía encandila a la patrona. Voy bien vestido, pero sin cursilerías. Supongo que me toma por un buen hijo. Al entregarme las llaves, me sonríe. Su dentadura emula a un piano sucio, pero el cuadro completo de su rostro desprende serenidad.

—Si necesita algo, no más me lo dice. Por las noches hay un poco de ruido, pero la cama es muy confortable. Podrá descansar, no se preocupe.

Mi habitación está a la altura del precio: paredes que en algún tiempo muy lejano fueron blancas y un suelo de madera parcheada que cruje bajo mis Adidas. Pruebo el colchón que chirría mientras se hunde en una profunda curva cóncava. La colcha huele a humedad; las sábanas, al menos, compruebo con alivio, están limpias. No puedo reclamar, por primera vez en mucho tiempo tengo intimidad. Me tumbo y, hundido en la cama, con los ojos clavados en una lámpara cubierta por una mugrienta funda anaranjada, repaso este último periodo de mi vida. Al recordar las cogederas con Latania no puedo evitarlo, me hago la paja y me quedo dormido como un cipotillo.

Me despierto a medianoche con la paloma asomando por el zíper del pantalón y una mancha seca a la altura de mi ombligo estampada sobre mi camiseta negra. La calle está hasta la guaya de gente. Cientos de personas venden y compran de todo, hasta sus cuerpos, y en la noche mandan los campeños que vienen a gastarse el salario sudado entre el banano en los burdeles y cantinas de la zona. Está todo hasta la pata de chepos, aunque no molestan a nadie; se limitan a controlar a los bananeros, a quienes les gusta matarse a machetazos, empapados todos como van en guaro de a peso. Si algún pleitista comienza a molestar a alguna de las profesoras que pueblan las esquinas, o los llama el dueño de algún prostíbulo o de alguna pensión, ahí no más llega la patrulla. Al ruido de los caites todo el mundo se corre para donde puede. Sin éxito, intento dormir entre todo este estruendo callejero cuando escucho un molote que llega de un burdel al otro lado de la calle. Me asomo con precaución y veo cómo un campeño le mocha la mano a otro con el machete tras armar un pleito. Elegí bien, por lo que miro, aquí paso desapercibido. Me quedo leyendo un rato a Carlos Fuentes antes de que mis párpados se desplomen y, como a eso de las nueve, agarro mis cosas y me despido de la patrona.

—Buen viaje, licenciado, y cuide de su mamá —me dice con su sonrisa de dos octavas.

Me voy para el Guamilito. La inmersión en aguas del pueblo me dejó la espalda hecha verga. En el centro de la ciudad también hay lugares económicos para quedarse. No tanto como en el barrio Concepción, por supuesto, pero hallo una pensión bien pulidita entre la terminal de buses y el mercado de artesanías. De pronto, siento como que necesito caminar por las calles, percibirme como un ciudadano más. Me sumerjo entre la marimba, más densa que en un día de partido en el Estadio Olímpico, y deseo sentirme pueblo, como platican esos majes de los seminarios de adoctrinamiento político. Me digo: Julio, tomátelo como un ejercicio revolucionario, pues; al fin y al cabo, luchamos por ellos, no fregués, gente como esta que me rodea. Lo intento de veras, me gustaría sentirme tranquilo como Camilo, pero ni verga, no lo consigo.

El olor húmedo y fresco de la cerámica en el Guamilito activa mi memoria. Mi cráneo es una pantalla de cine, proyecta imágenes de cuando vivía con mi mamá en Coyoles y me dejaba acompañarla a San Pedro. Siempre veníamos a almorzar al mercado. De pronto, un bigotudo me ofrece tapices de la zona de Copán y me agarra de la camisa. Soy amable al mostrar desinterés, pero el maje no me suelta, me exige admirar sus criaturas, bellas a más no poder, auténtica tradición maya y esas vergas. Al final, ya me irritó de tanta vehemencia. Tira de mi guayabera y descubre el arma apretada contra el pantalón. Me suelta, se le puso cara de lápida.

—Ahí me disculpe, señor, no quise molestarlo.

—¡Ya déjeme tranquilo! No me interesan sus tapices.

Una Beretta es siempre una amenaza, mis ojos completan la advertencia. Por dentro es distinto, mis nervios me aprietan el estómago. ¿Quién de los dos se mirá más aterrado? Me doy la vuelta y salgo precisado hacia la salida. Me giro al de unos metros; el maje me observa, en su rostro el susto ya dejó paso a la sospecha. Acelero. Me sudan las manos. Vuelvo a girarme, el vendedor platica con un chepo y me señala entre el gential. Ya ando bien lejos de ellos, pero, por si las hules, viro hacia un pasillo flanqueado por un cachimbo de piezas de cerámica lenca. Desde los jarrones me miran los lagartos retorcidos y las máscaras sonrientes de ojos achinados. Intento avanzar sin empujar para no crear enemigos. Me giro a cada rato, ni rastro de la pesca. Al final del pasillo lenca, como patuleco que siempre tropieza, casi tumbo a un uniformado. El guacho me late a mil.

—Disculpe, agente, ando tarde, debo agarrar un bus.

Por segundos pienso: «A la mierda. Julio, se acabó». Por suerte, no quiere nada de mí. El maje hasta me pregunta si me encuentro bien. Nunca un chepo me trató tan amable. Me sugiere que me tome la vida con más calma. Un gran consejo, cómo no, le agradezco, y enfilo hacia la salida, ya más despacio, sin girarme, como si no estuviera inquieto.

El sol en mis ojos es como renacer, ¡no jodás! No me fijé al entrar, el mercado está hasta la pata de pesca, protegen a los turistas, supongo, de carteristas y tamales. Atravieso la calle sin mirar a los costados, enfocando al andén del otro lado, hacia un pasaje estrecho al final del cual se cruza otra avenida y más allá otra. Camino unos cincuenta metros, miro hacia atrás y respiro. Un grupo de chepos se reunió ante la puerta del mercado. Acelero el paso, a mitad de cuadra, aprovechando el vacío que veo detrás, echo a correr, primero como si trotara; casi al final de la calle, a galope desatado. En el cruce, miro hacia atrás, nadie, y al alcanzar mi cuarto habitado no más por mi bolsa deportiva negra Montreal 76, casi vomito de la tensión.

En la noche bajo a una cantina a cenar; carnitas, no más por darle algo a la panza. Comer es una hazaña, un remolino hijueputa toma posesión de mi estómago. Me regreso al cuarto y dejo la Beretta bajo la almohada. Otra noche más que casi no me atrapa el sueño, mi cerebro navega convulso por el pasado, y cuando ya me duermo me despierta cualquier ruido.

Me levanto a eso de las siete. El día amaneció nublado, la estación de las lluvias inició sin avisar, el olor acechante a humedad refresca el aire de San Pedro Sula. Camino hasta la terminal de buses, compro mi boleto y busco una cantina donde lanzarme un desayuno suleño. Me relajo un poco, mis tripas lo agradecen, ya no podían más. Frijoles fritos, baleadas, tasajo de res, chicharrones, maduro, un huevo, queso, tortillas y una taza de café. Como nuevo. Espero no vomitarlo todo en el bus. El mesero me trae la cuenta, enciendo un cigarrillo, y ya me estoy guardando el vuelto en la bolsa cuando alguien me toca la espalda. Es la patrona de la posada del barrio Concepción.

—¿Pero no se anduvo usted ayer para La Ceiba?

—Sí, sí, bueno, no. —¡No jodás! ¿Y qué ando yo dando explicaciones a la doña? Me agarraron los nervios, pues—. Ahorita no más iba a agarrar el bus.

—Su madre lo estará esperando.

—Me surgió algo y me tuve que quedar.

Me mira muy sorprendida. Sus ojos se lanzan a mi bolsa deportiva negra Montreal 76.

—Pero el bus para La Ceiba salió hace quince minutos. Ya lo perdió usted, licenciado.

Leo sus pensamientos, puro cristal la doña: además de un mal hijo, mentiroso. No le falta razón. A su lado, una muchacha morena de ojos verdes y dentadura reluciente, hermosa como una princesa indígena, me sonríe.

—¿Conoce a mi hija Claudia?

Si así fuera no me olvidaría de ella en un millón de años. Lástima, mal momento para enamorar. Lo pienso y me da coraje: dos noches atrás dormí bajo el mismo techo que la Claudia. La patrona debía de tenerla escondida, lo mismo haría yo si fuera mi hijita. Le dedico a la muchacha la mejor de mis sonrisas y hago la mueca de irme hacia la puerta.

—Un gusto volverla a ver, doña, pero ando con un poco de prisa.

—Pero ¿qué bus va a agarrar ahora? ¿No me oyó? Ya lo perdió.

—Sí, gracias, pero me tengo que ir.

No me vuelvo a mirarlas. Corro hacia el bus, escucho la voz de la doña, pero no entiendo lo que me dice. Se acabó mi tiempo entre civiles, necesito correrme de aquí, ¿me quedé paranoico o qué onda? Ocupo mi asiento y escucho el rugido del motor; tuve suerte de andar con el tiempo justo. Por la ventanilla la doña y su hermosa hija me miran: la patrona sorprendida, la hija me sonríe. Es jodida la señora, persistente, no jodás. Me hace señas, intenta hacerme entender que me equivoqué de bus. Ya es tarde. Solo respiro aliviado al dejar atrás los últimos barrios de San Pedro Sula. Enfilamos la carretera CA-5, me esperan en Tegucigalpa.

Por desgracia, la craneadera no descansa. Al rato imagino a la doña del Concepción yendo a dar aviso a algún chepo con el cuento de que un joven sospechoso se subió al bus para la capital. Le refiere todas mis mentiras, que andaba solo y que ni salí de mi habitación la noche que pasé en su pinche posada. ¡Hijuela…! Le dice, sí, cómo no, que llevo una bolsa deportiva negra Montreal 76 como la de aquel atraco al Banco Atlántida. No, ¡no jodás! ¿Cómo putas conocía la doña ese detalle? Julio, Julio, cuidado, no dejés que te agarre la paranoia. Pero claro, si la vieja les platica de la bolsa atarán cabos. ¡A la verga! Lo siento, papá, es casi lo único que me dejaste, pero me deshago de la mierda bolsa en cuanto paremos. La conservé todo lo que me fue posible. Lo entendés, ¿verdad?

¡Clase idea esa onda de separarnos y pasar unos días de civil! Perdí la costumbre de platicar con gente normal, ya no soy gente normal, soy clandestino, un guerrillero. Gustavo siempre repite que el pueblo no siempre agradece los esfuerzos que hacemos por su libertad, las renuncias, nuestra entrega total a la causa revolucionaria para que los hondureños lleguen a conocer una sociedad mejor, más igualitaria, más justa pues. ¿Quién sabe? Si lo pensás, nadie nos pidió este sacrificio, fue nuestra elección. No todos perciben la opresión, la corrupción, las torturas, las desapariciones, los crímenes de Estado, el enriquecimiento de las elites. La miseria es el estado natural para la mayoría de los centroamericanos. ¿Qué van a saber ellos? Y yo me debo a la memoria de mi papá. Lo tengo presente en cada una de mis acciones revolucionarias, siento que me observa desde los cielos, aunque sé que él no creía en esas cosas divinas; tampoco yo, por supuesto, siempre tomé como certezas todo lo que decía mi papá y, además, soy guerrillero y la religión católica es venenosa, contrarrevolucionaria, el Vaticano apoya a la Contra y a los tiranos, el cardenal Obando es el mayor enemigo del sandinismo, lo tengo todo bien claro y, sin embargo, imagino a mi papá que me observa desde el cielo. Por estos lados todo el mundo es católico, mi mamá lo es. De niño me leía la Biblia. Un poquitito debo de serlo yo también.

De pronto, el bus se detiene. Saco la cabeza al pasillo y a unos metros por delante miro un control militar. ¡Ya estuvo, me agarraron! Compruebo mi Beretta apretada en el pantalón, me recuesto en el asiento, finjo tranquilidad y reviso mis chances de fuga. Cercando la carretera se mira un enorme sembrado de bananos.

El bus se paró ante los soldados. Sube un cabo, no más de veinticinco años, piel tostada y bigote refino, el casco hundido hasta los ojos, pasa entre los pasajeros sin el menor interés, el maje viene directo a buscarme. Miro por la ventana, los soldados registran el compartimento de los tanates. El cabo recorre el pasillo, llega a mi posición, en las últimas filas, hurga entre las bolsas, se coloca detrás no más de mi asiento y me apunta con una veterana M3.

—¿Es suyo esto?

Señala al compartimiento superior. No sé qué responder. Jodida Revolución. Tanto entrenamiento y tanta mierda para acabar cazado por una pinche bolsa deportiva negra Montreal 76.

—¡Acompáñeme!

Me hago el sorprendido.

—¿Yo? ¿Algún problema?

—¡Levántese y venga conmigo! —insiste subiendo el tono. Agarra la bolsa y aprieta el cañón contra mi cráneo.

Hago un ademán resignado, me levanto, me clava la M3 en la espalda y me empuja por el pasillo. Bajamos del bus, otros dos soldados me sujetan de los brazos y me llevan junto a un jeep. Allí espera un oficial, todos llevan bigote refino. El bus arranca. Protesto. ¡Error, Julio! Un culatazo me revienta el costado. El capitán, creo que es un capitán, me pide los papeles con mucha educación. Su mirada alterna entre mi documentación y mi rostro, comprobando que soy quien digo ser. Me retuerzo por el golpe mientras revisan la bolsa deportiva negra que heredé de mi papá. Nadie me registra a mí, no llego a preguntarme por qué. Tampoco me parece extraño, compruebo la Beretta, bien sujeta a mi cintura.

—Me dice el cabo Morazán que se le comió la lengua el gato. —El capitán responde a un conocido principio: un oficial, cuanto más elegante y amable, más sádico y despiadado—. Probaré yo esta vez, a ver si tengo más suerte. ¿Es suya esta bolsa?

—Así es —respondo, inclinado todavía por el dolor.

—¿Se hospedó usted hace dos noches en una posada del barrio Concepción de San Pedro Sula? —prosigue el capitán.

—Así es —respondo, cada vez más humillado, retorcido en el suelo.

—¿Por qué le dijo a la dueña del establecimiento que iba a La Ceiba?

—Iba a La Ceiba a visitar a mi mamá. En la terminal me encontré con un amigo de la infancia que hacía rato que no nos veíamos y nos fuimos a recordar viejos tiempos.

—¿Y por qué viaja usted ahora a Tegucigalpa?

—Me llamó un compañero de la universidad, me adelantaron un examen y debo regresar. No quiero que me suspendan, ¿sabe? Estudio agronomía, para ayudar a mi familia, pues. Mis padres trabajan en el banano y de seguro tendré tarea cuando me egrese.

Respondo con convicción, como si fuera fiel a la verdad y nada más que a la verdad. El capitán, como juez, es inflexible. No traga.

—Esta bolsa, sabe usted —habla despacito el maje, qué jodido, cómo domina el suspense— es igualita no más a una que fue utilizada hace ya un tiempo en un, ¿cómo es que le dicen ustedes? Ah, sí, recupere, ¿verdad? —El recuerdo de la bolsa deportiva negra de mi viejo me perseguirá el resto de mi vida; por lo que presiento, apenas un minuto más, dos a lo sumo—. Tenemos informaciones de que unos terroristas preparan un atentado en la capital, un comando proveniente de San Pedro Sula. Tampoco sabrá usted nada al respecto, ¿verdad?

El maje no se anduvo por las ramas. ¿De dónde sacó tanta información? ¡Jodida doña! Niego con la cabeza, miro al suelo por disimular, me revuelvo con rabia y ya me deshice de mis dos guardianes. Agarro la pistola de mi cintura y disparo al capitán. En toda la cabeza. Vuelo más plomo hacia los dos soldados, solo uno se derrumba, y me corro hacia el banano. Nunca en mi vida corrí tanto, me va la vida en ello, las balas silban alrededor, estallan contra los húmedos troncos amarillos. Una descarga eléctrica me sube por la pierna, un proyectil me desgarra la carne entre tibia y peroné, entra y sale limpiamente, como de costado. «¡No jodás!», me digo. No puede ser. Igualito que a mi papá. Sigo corriendo, más rápido incluso, como si nada, la sangre me chorrea pantalones abajo. Al poco, mis piernas no responden ya a mis órdenes. Respirar me cuesta horrores y, claro, tarde o temprano así tenía que suceder, me desmarimbo al fin. Se acabó, Julio. Los pasos de los soldados se acercan. Apoyo el cañón de mi Beretta sobre la sien, mis compañeros sabrán al menos que caí con dignidad. Mi papá, desde dondequiera que me observe, también. Aprieto el gatillo. No cargo un revólver, pero así debe ser eso de la ruleta rusa: un ruido metálico, seco, y ceder el arma al rival. ¡Hijueputa! Me quedé sin balas. Ahorita sí que la cagué. El cabo que me hizo bajar del bus, Morazán dijo el capitán que se llamaba, me observa entretenido.

—¿Puedo ayudarlo en algo? —Me apunta con su fusil. Sonríe, bien macabro el hijueputa; sus ojos ocultos bajo la sombra de su casco.

—Si no le importa —respondo agradecido, ofreciéndole mi sien al cañón de su fría M3.

—Será un placer —concede.

Estoy muerto. Fallé a mis compañeros, a mi papá, a la Revolución. Siento la descarga en mi cabeza, seca, un impacto limpio, profesional.

Abro los ojos, sudo como un puerco, me separo del asiento, miro por la ventanilla, circulamos entre extensas hileras de bananos, cubiertos por la lluvia de las primeras tormentas del invierno. Al otro lado del pasillo, un pasajero me mira preocupado.

—Una pesadilla —le digo.