La sacudida
Capítulo XXII
Mi hogar. Me miro al final del camino, a pocos metros de la puerta de mi madre y me entra la cagazón. Me largué adolescente, un niño, iba a transformar este jodido mundo. El mundo ya no es el mismo. No mejoró, tampoco fue a peor; es distinto, pero no tiene nada que ver conmigo. Quebré todo lo que toqué, defendí ideas que fracasaron, me las creí de tanta repetición y, por fin, un día, ya entendí que me eran tan ajenas como un rito ancestral africano.
El miedo es por mi mamá. ¿Será que me olvidó? Tal vez me deteste. Miedo a sus preguntas de dolorosa respuesta. Sé que regreso siendo libre pese a ser un fugitivo. Por primera vez en mi vida me siento yo mismo: Julio García Baltodano. La confesión libera, platicar de los demonios que nos pudren los adentros. Ningún juez me absolvió de las maldades que cometí, ningún sacerdote me limpió de mis pecados. Este chele a mi lado no me juzga ni me absuelve. No puede, pues; es lo mismo que yo. Me salvó. Tengo ahora una última chance, porque debe de ser la última, de plano, la vida ya se las pasó de generosa conmigo. Regreso a mi hogar porque asumí mis errores, mis defectos, aunque fue todo lo vivido lo que me trajo hasta aquí, de regreso a casa, a mi mamá.
—Las madres no juzgan, Julio —me dice Miguel al compartirle mis angustias—. Los padres, quizá, pero no las madres. Ellos quieren cincelarnos y acaban decepcionados si no nos convertimos en aquello a lo que nos empujan, ellas no. Nos aman seamos lo que seamos, y, ante todo, somos sus hijos.
Las palabras de Miguel retumban en mi cabeza, penetran en ella, me duelen, golpean de un lado a otro de mi cráneo como si fueran pelotas de plomo.
—No sé vos, compadre, pero mi papá nunca me obligó a ser un asesino. Ni siquiera sugirió jamás que me hiciera revolucionario. ¡Qué digo! Ni me habló de la guerra, fijate. Por primera vez pienso en ello, ¿sabés? Sí, mi papá no me empujó a la guerra. Fui por mi cuenta. O no. No sé, tampoco me dijo que no fuera. Yo era un chigüín. Mi papá…
Es todo lo que digo. No me gusta mucho platicar de mi papá. Nunca platiqué mucho de mi papá. Igual porque los demás siempre me platicaron mucho de mi papá. A Miguel se le miran ganas de arreglar cuentas con el suyo. Quizá porque nunca le gustó mucho platicar de su papá.
—Mi padre nunca fue de frente, no se atrevía a decir las cosas a la cara. Cuando mi hermano mayor tuvo su primera hija me soltó un: «Los hijos siempre te decepcionan». Yo tenía diecisiete y todavía no lo había decepcionado. Tuve suerte. Aquel día, al escuchar aquello, entendí que complacer a los padres nunca es lo más importante de la vida. En fin, es lo que hay, compadre. —Ante las primeras casas de Olanchito, Miguel solo tiene ojos para la carretera, sus párpados se arrugan, acentúan su concentración. Los primeros adoquines del pueblo pasan bajo sus ojos. Creo que ni los mira, su atención está puesta en otro lugar. Lejos—. Créeme, Julio, los padres también pueden decepcionarte. Es una decepción mucho más profunda, mucho más decepcionante que la que puedan sufrir ellos con un hijo. Porque a un padre lo admiras como a nadie en el mundo. —Se detiene, sus ojos clavados en los adoquines, enfilando ya hacia el centro de Olanchito—. Hasta que te decepciona, claro.
Miguel mira las calles agitadas de mi infancia, las casitas perfectamente alineadas. Es como si fuera la primera vez que pensara eso que acaba de platicar, como si acabara de descubrir que sentía eso mismo. Un dolor escondido bien adentro, una decepción profunda. No, de plano, a Miguel tampoco le gustó nunca platicar de su papá. Por suerte, le sentó bien al maje, ni modo. Conduciendo despacio por Olanchito, la tensión abandona su rostro, se le mira aliviado. Pasamos ante el Hospital Aníbal Murillo Escobar y, debe de ser pura sugestión no más, siento como una picada de zancudo en los restos de mi brazo izquierdo.
—Será mejor que vengas a mirarte el brazo acá, Julio —dice Miguel, como si pudiera penetrar en mis terminaciones nerviosas.
—Si mirás que lo necesito, me ayudarás, ¿verdad? Con mi mamá, pues —le digo.
—Haré todo lo que esté en mi mano.
Dejamos Olanchito atrás y ya veo a lo lejos las casas de fachada verde y tejado de zinc, todas iguales, que conforman la colonia diseñada por los gringos para alojar a sus empleados. Calles de tierra roja por donde yo jugué y aprendí a andar en bicicleta de la mano de mi papá; una imagen que recorto en mi cabeza de entre las poquitas que conservo de mi infancia.
—¡Pará!
Miguel detiene la camioneta donde le indico, dos viviendas antes de nuestro destino. Estoy paralizado por la angustia, el miedo. La calle está desierta.
—¿Te encuentras bien? —Se interesa Miguel—. ¿Es aquí?
Suspiro y abro la puerta. Miguel me sujeta del hombro y señala mi cintura. Dejo la Beretta en la guantera y mis pies descienden temblorosos sobre la tierra que me vio crecer. Camino unos metros hasta el porche como si no llegara nunca. La misma mecedora, la misma mesa de mimbre y su cristal. Necesito sentarme y respirar hondo. Un niño rubio de ojos azules, no debe de llegar a los cinco años, me mira desde la ventana.
—¡Mamá, hay un señor ahí afuera! —anuncia sin quitarme ojo—. Le falta un brazo.
—¿Quién es? —Es la voz de mi mamá, suena algo más cansada que en mis recuerdos. Se acerca—. Búster, ¿dónde está tu hermana? ¡Grétel! Andá, ve a buscarla y arreglen la mesa que vamos a almorzar.
Búster me sonríe al otro lado del vidrio, sin moverse. Mi mamá abre la puerta y se lleva el susto de su vida. Para ella soy como un fantasma. Sus lágrimas son gruesas, fluyen como manantial, igual que las mías, reprimidas durante tantos años; tiembla su boca abierta, todo su cuerpo lo hace, parece gelatina. Intenta pronunciar mi nombre.
—Ju… Juli…
El aguacero salado se lo impide. Estira sus brazos y me abraza con la fuerza de la mamá que ve resucitar a su hijo. Echo de menos mi brazo izquierdo para rodear su cuerpo como si fuera un cepo. ¡Ahlagranputa!, ¿cómo contarlo? No puedo. Mi mamá levanta su cabeza de mi hombro; sin liberar sus brazos me mira a través del llanto. «Este abrazo», parece decirme, «no compensa el tiempo perdido ni el dolor, pero no me soltés ni loco». Paso mi mano por su mejilla, por sus cabellos grises que yo recordaba negros, por sus labios rodeados de arrugas que yo no conocía. Ella se aparta.
—Julio —me dice.
Sus dedos limpian mis lágrimas, me golpea sin violencia en el pecho, cerca de los hombros; acaricia la raíz de mi brazo izquierdo, la llantina que diluvia otra vez desde sus ojos, también desde los míos; me abraza de nuevo. De pronto, siento una presión por encima de las rodillas: el pequeño Búster se une en silencio al abrazo, como si sintiera lo mismo que su mamá. Nuestra mamá. Le miramos y nos reímos. ¡Qué raro reírse cuando llorás!
—¿Sos el fantasma de Julio? —pregunta Búster, con esa seriedad, inocencia pura, de la infancia—. ¿No estás muerto? Grétel siempre me dijo que estabas muerto.
Me separo unos centímetros de mi mamá y paso mi mano por sus espesos colochos rubios. Desde el interior, una pecosa de cabello castaño y ojos negros, algo mayor que Búster, nos observa con el ceño fruncido.
—¡Mirá, Grétel, está vivo! ¡Es Julio, está vivo! —le grita Búster.
Grétel no muestra entusiasmo.
—Es Julio, tu hermano —explica mi mamá, secándose las lágrimas.
—Hola, Julio. —Su voz suena firme, sin emoción—. Pensé que estabas muerto. —Mira a su hermano—. Búster también.
—¡Se acabó, Grétel! —le censura su mamá, mi mamá—. Está vivo y está aquí.
Mi mamá me agarra de la cintura y me empuja hacia la casa. Todo sigue igual. Las paredes igual de verdes, los mismos muebles de mimbre, lámparas, espejos, jarrones, la mesa del comedor, y en la pared, sobre el sofá, una gran fotografía de un adolescente vestido de colegial.
—Sos vos —dice Búster. Me agarra de la mano y me planta ante el retrato—. Antes tenías dos brazos. ¿Perdiste uno en la guerra?
—Andá, hijo —le dice mi mamá, dándole un leve empujón—. Ayudá a tu hermana a arreglar la mesa. Y poned un servicio más para vuestro hermano resucitado.
Los niños se van hacia la cocina, mi mamá me toma de la mano y nos sentamos en el sofá, bajo mi fotografía. ¿Por dónde empezar? Es difícil, la plática no brota, no más salen jodidas lágrimas. Prefiero abrazarla. Ella igual.
—Lo siento mucho, mama, de verdad. No tenés idea de cómo lo siento —le digo al rato, entre sollozos; mi cabeza apoyada sobre su hombro, la suya sobre el mío—. Grétel tiene razón. Estuve muerto, por eso nunca te llamé. No podía platicar con vos. Siempre me faltó valor para las cosas importantes.
—Por muerto te dimos nosotros, mi hijito. —Ella sí se atreve a platicarme las cosas a la cara. Me acaricia—. Acabó la guerra, pasó el tiempo y, bueno, podés imaginar; pensé que… ¡Qué sé yo! —Mi mamá se quiebra, la abrazo, pero no tengo armas para consolarla. Se seca el llanto y su mirada se me cuela bien adentro—. Contame únicamente, hijo, lo que no me haga sufrir.
«Todo lo que pueda contar te hará sufrir, mama», me digo.
—Estuve muerto, mama, mucho tiempo. Por eso nunca llamé, para que no sufrieras. Ahora estoy vivo.
Como un despertador, el motor diésel de nuestra camioneta resuena desde la calle y se detiene frente a la casa.
—Mama, tenés que conocer a Miguel, el hombre que me resucitó. —No intento impresionarla, es solo que le agarré la onda a adornar con pincelada bíblica ese momento trascendental de mi vida—. Tal cual, mama; le debo la vida a este chele. Vení.
Al mirarnos salir al porche, Miguel baja de la camioneta. Hago las presentaciones, estrecha la mano de mi mamá y se sonríen.
—Encantado de conocerla, señora.
De la cabeza a los pies, haciéndole la radiografía, así recibe mi mamá al chele que traje a su casa.
—Miguel es periodista. —Busco deslumbrar a mi mamá—. Escribe reportajes sobre el Mitch para un importante diario de España.
—Por acá los únicos extranjeros que vemos son los gringos que llegan por el banano —se dirige a mí—. Como el papa de tus hermanos. Y ese hace ya rato que no aparece por acá. ¿Está usted casado? —Miguel niega con la cabeza.
—Lo estuve —responde, pero mi mamá no le para bola.
—Los hombres se casan y luego se ponen a perseguir sueños y a otras mujeres; cualquier cosa menos poner a su familia en la lista de prioridades.
Miguel resiste firme, con la boca cerrada y cara de póquer, la embestida de mi mamá.
—Mama. —La rodeo con el brazo—. Ya estuvo. Miguel anda cansado, lleva manejando tres horas. —Mi compadre me pica el ojo, que no me preocupe—. ¿Sabés quién te manda recuerdos? Claudia. Anoche dormimos en su casa. ¡Clase susto se llevó al verme! —Me río, mi mama me censura la risa.
—¡Susto! A mí casi se me sale el corazón al verte.
—De la alegría, supongo.
—Te estás ganando una buena cachetada, vos. Te la hubiera dado hace años y no me habrías hecho sufrir tanto.
—Me alegra ver que conservás el carácter, mama.
Le devuelvo la picada de ojos a Miguel, que arquea las cejas y fuerza una sonrisa. Búster y Grétel regresan al salón con mantel, platos, vasos y cubiertos que colocan sobre la mesa del comedor. Les presento a Miguel y este se ofrece a ayudarlos a colocar un servicio más. Búster lo celebra, Grétel se gira de regreso a la cocina.
¿Qué contarle a mi mamá que no duela? La miro colocar los platos sobre la mesa y hago cuentas: que tuvo dos nietos y una nuera a los que yo mismo entregué a la muerte, que fui a la universidad para acabar de matachín, que me apiolé a más de una decena de majes, que me van los cochones… Dice Miguel que las madres no juzgan. Tal vez. Pero sufren. Y ninguna como la mía. Por mi culpa.
—Son bellos mis hermanos —le digo, lo pienso—. Es extraño tener un hermano chele, así, de pronto. ¿Salió a su papa? ¿Es así, rubio de ojos azules?
—Así es, hijo, pero ya hace un año que se anduvo para los Estados y no regresó. Supongo que vivir acá, junto al banano, no está hecho para cierto tipo de hombres.
—¿Te referís al tipo de hombres que te gustan a vos? —Se ruboriza. La entiendo —. Mama, disculpá, ya no soy un niño, soy un hombre. Tu hijo. Podemos platicar como adultos.
—Al menos envía reales —prosigue—. Me ayuda con los chicos.
Miguel, Búster y Grétel regresan, por ese orden, en formación. Miguel marca el paso. Un dos, un dos. Alcanzan la mesa, Miguel coloca la olla sobre una madera, Búster la botella de agua y una cesta de tortillas, Grétel el servicio extra para Miguel. Se sitúan cada uno ante una silla, aguardan firmes, se miran de reojo, los chavalos no consiguen aguantarse la risa. Los demás tampoco y soltamos todos la gran carcajada. Me alegra ver que Miguel se ganó a mi hermana para la causa.
—Está bien, como quieran, pues —interviene mi mamá—. ¡A almorzar!
Los guisos de mi mamá; si recitara las cosas que me ponen melancólico en esta casa, en este día, el Aguán escaparía otra vez de su cauce. Hay lágrimas podridas en mi cráneo, pero ya es tarde para evacuar.
A Búster le gusta la plática, de viaje que se tragó la aguja de una gramola: platica del colegio, de su profesora, de un partido de fútbol que jugó ayer, de un amigo; su mejor amigo, asegura, cuyo papa no más regresó de Europa.
—Vos venís de Europa, ¿verdad? —le pregunta a Miguel—. ¡Qué búfalo! Ya verán la cara de Moisés cuando le platique de vos.
—Decile también que es periodista, europeo y periodista —sugiero—. Quedará más impresionado todavía.
Búster agradece el consejo apretando los puños. Por un momento, comemos en silencio.
—Julio, decime. —La veía venir; la pregunta, digo. Búster se la estaba pensando —. ¿Por qué solo tenés un brazo?
—¡Búster! —le censura mi mamá—. Olvidate, Julio, no es necesario que nos lo contés.
Miro a Miguel, su mirada es un grito de ánimo a la liberación. Contáselo, ¿por qué no? No es nada malo. Lo dicen sus ojos.
—Fue el Mitch, Búster —arranca Miguel—. A tu hermano se le cayó un volcán encima. —Sus ojos se desplazan alrededor de la mesa para asegurarse de mirar a mis hermanos y a mi mamá—. Salió en diarios y noticieros, quizá lo vieron, pero no lo reconocieron. Yo le tomé la foto, estaba cubierto de lodo. Créeme, Búster, tuvo suerte de perder solo el brazo. —De nuevo aquel tono de documental tan efectivo—. Julio, para mí, es un auténtico héroe.
Búster y Grétel están impresionados, con la boca abierta. Mi mamá está confusa, me mira.
—¿Fue así? —Se esfuerza en recordar—. Posoltega. —Me toca el hombro—. Yo pensé que…
—Él me encontró, mama —la interrumpo—. Miguel me sacó de allí, él es el héroe.
—Le hice unas buenas fotos. —Bromea, eso creo—. Igual hasta me dan el Pulitzer.
—¿Qué búliser ni qué búliser? ¿De qué habla el chele este, Julio? —me pregunta mi mamá. Miguel pone cara de «tragame, tierra» y yo me contengo la risa—. Va pues, cómanse el guiso que se enfría. Ya luego Julio nos contará más cosas, platiquemos de algo más alegre.
Acabamos de almorzar y Miguel sale a dar un paseo, quiere acercarse al banano, ver el río, reconocer la zona, tal vez hablar con la empresa o los del sindicato o con cualquiera que se le cruce por ahí.
—Le gusta platicar con la gente —le explico a mi mamá—. Preguntar, pues.
Unos chicos llegan a la casa; buscan a Búster y Grétel y mi mamá indulta a mis hermanitos de la tarea de recoger la mesa. Se la mira impaciente.
—Julio —me agarra con fuerza del brazo—, no sé si quiero saberlo, pero, decime, ¿vivías en aquel volcán?
Un trueno lejano resuena entre las casas de la colonia de la Standard, como anunciando tormenta. Para tormentas la que llevo yo dentro, no jodás. Y Miguel ya no está aquí para ayudarme.
—Verás, mama, tras la Revolución todo se hizo difícil.
Le cuento que lo intenté en la universidad, que me casé, que tuve dos gemelas, que buscamos de dónde sacar más y más plata hasta que un antiguo camarada nos dijo que allá arriba la tierra era gratis, que era solo plantar la casa y que nos fuimos. Mi vida es un melodrama que brota censurado de entre mis labios, mientras la lluvia comienza a repiquetear en el tejado. La tranquilizo, al menos, subrayando que nunca fui preso ni torturado ni sufrí herida de bala, aunque la jodida Revolución te deje marcas para siempre. Platicamos entre verdades a medias y mentiras piadosas, sin explicar nunca la razón de mi largo silencio. Y ella no pregunta. Nunca escribí ni telefoneé, no quería tener que mentir. Ahora soy yo el que no puede preguntar si mandó a buscar por mí. Me siento más cerca que nunca de mi mamá y a la vez tan lejos. En su rostro miro el agotamiento, la animo a que se acueste un rato y me hace caso.
Ya es de noche cuando la camioneta de Gustavo se detiene ante la casa. Salgo a recibir a Miguel. Está sudado, alterado, resopla.
—¿Qué pasó, hermano? ¿Te quisieron culear los del sindicato? —me río; él no.
—¿Los del sindicato? —Arquea las cejas, resopla, le brillan las venas de los ojos —. Si supieras. Padezco el síndrome del Mitch.
—¿Qué verga es esa? ¡Contame, huevón!
—Nada, me metí con la camioneta al campo de banano, aquí abajo, el campo C, creo que es. Me fui hasta la orilla del río y me quedé atascado en el lodo. Dos veces.
—Bróder, ¿pensaste que era de tracción? —le digo señalando la camioneta—. ¡No jodás!
—No, Julio, ya sabía que no es de tracción. Llevo dos días manejando la puta camioneta.
—¿Y entonces?
—Es lo que te digo: el síndrome del Mitch. Empezó a tronar, el cielo se puso negro, se hizo de noche antes de hacerse de noche, y yo allá, atrapado con la camioneta de Gustavo junto al Aguán, en medio de todos esos bananos sacados de una película de terror. Por suerte un maje me agarró con el tractor y me sacó de la plantación.
—Pensaste que venía la correntada, ¿es eso? No te preocupés. Le puede suceder a cualquiera, compadre.
Los ojos de Miguel me rehúyen, mira al suelo, busca en qué ocupar las manos.
—Hay una cosa más. No me jodas, a nadie le contaría esto. No sé por qué, compadre, ya es como si no pudiera ocultarte nada.
—A mí me pasa igual, mi hermano. —Miguel me extiende la mano, nos damos un apretón—. Pero contá, pues. ¿Qué pasó?
—Antes de bajar al banano me fumé un churro, el último que nos quedaba. Lo siento, lo necesitaba. Llevaba desde ayer pensando en él.
—Ya, contalo, carajo. Me ponés nervioso, no jodás.
—El churro me dejó con el estómago revuelto. —Hace una pausa, por suerte es breve: se demora un poco más y le saco el cuento a golpes—. No pude salir huyendo del río porque me dio el apretón.
—Te lo hiciste encima, ¿es eso?
—Me limpié con una hoja de banano.
Miguel me quiere matar. Llevo tiempo que no me río con tantas ganas.
—¿Quieres reírte un poco más? —me dice, retador, serio como un verdugo, se lo ve excitado, con la adrenalina hecha un remolino—. ¡Ven! —Me conduce hasta su habitación, se baja los pantalones y me señala una cicatriz que le recorre la pierna izquierda desde la ingle hasta poco más arriba de la rodilla—. ¿Sabes qué es esto? — Adopta su tono más misterioso—. Te vas a reír. Ya verás qué gracia. Es un intento de suicidio.
—¿Reventándote los huevos? —Tiene razón, ya me entró la risa—. Disculpame el vulgareo, mi hermano, no quería…, pero ¿cómo? ¿Intento de suicidio?
—Fallé.
La risa se afloja y estalla, Miguel tiene que recordarme que los demás duermen.
—Veo que te gusta el humor vasco, Julio —se excusa Miguel—. Bueno, será mejor que nos vayamos a dormir.