La sacudida

Fernando Goitia · Capítulo 12 de 25

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La sacudida

Capítulo XII

Los días en la clandestinidad me tienen apichinga. Son largos, de espera, solo cuando la acción se acerca, la cosa se acelera. Cada poco, hacemos un recupere en un banco en Tegucigalpa o San Pedro Sula. Dejamos de lado el resto de cabeceras departamentales, ya que en este país las ciudades son chicas, incompatible con ser clandestino, ocultarse, pasar desapercibido; esas cosas.

Dejamos un tiempito entre golpe y golpe. Seguimos a rajatabla el manual del clandestino. De vez en cuando, Gustavo se ausenta y regresa con las directrices del mando o nos anuncia la celebración de una escuela político-militar en algún lugar hacia la frontera con Guatemala o hacia el Caribe. Son las zonas más tranquilas del país. Todo el sur está infestado de tropa y de Contras y al oeste el Gobierno también está ojo al Cristo por lo de la guerra en El Salvador. Es lo que repetimos acá, en el grupo: si el comunismo tiene un plan para Centroamérica, es porque hace rato que los gringos llevan aplicando el suyo. Me gusta lo de ir a la selva o a la montaña: aprendemos el manejo de nuevas armas, nos aleccionan sobre la lucha de clases, el socialismo, la perfidia del imperialismo y escuchamos experiencias de otras luchas de liberación. Aquí mandan los cubanos, también son quienes más tienen para contar. Conozco a uruguayos, colombianos, chilenos y argentinos. Estos últimos se dicen ahuevados por sus compatriotas que instruyen a varias unidades Contras y porque, allá en El Plata, Álvarez Martínez, cuyo nombre comienza hoy a marcar mi vida, recibió entrenamiento militar. Nosotros le quitamos hierro al asunto. Les decimos que los argentinos la cagaron, porque van a lo suyo, quieren hacer las cosas a su modo y por eso los gringos los acabarán mandando de regreso a su país. La guerra, les decimos, la dictan los gringos. Lejos de consolarse, estos abismados pendejos parecen enojados por nuestra explicación, en lugar de calmarse se hacen los ofendidos. No nos entendemos bien con estos argentinos.

El dispositivo clandestino, nos dicen en los seminarios, busca generar militantes disciplinados al extremo, reacios a hacer preguntas y ansiosos por ejecutar medidas que nos acerquen al final de la lucha. Me preocupa pensar que la clandestinidad afecte, incluso, a mis futuros recuerdos de estos años, ya que nos inculcan la costumbre de olvidar nombres, direcciones, fechas, acciones, y me aterra la idea de echarle tierra a mi pasado, de no recordar en unos años, mañana tal vez, todo esto por lo que estoy pasando. Por eso decido empezar a tomar notas en un cuaderno. Soy clandestino entre los clandestinos. Los compañeros no deben saberlo, de plano me toman por un maje de la CIA.

Realizamos cuatro recuperes. Nunca nos agarran, al fin y al cabo, yo soy ya el Cazador. Revelé a mis camaradas la historia de mi apodo; se cagan de la risa y ahora lo luzco con orgullo. Va bien tener cierta identidad a la que atenerse, pues cambiamos de nombre casi cada vez que nos movemos. Me llamo Mario, Ramiro, Chepe, César, Alejandro y ya ni sé qué más.

Secuestramos a un empresario, el dueño de una maquila a las afueras de San Pedro Sula. Resulta sencillo secuestrar. Lo vigilamos unos días, al de una semana el objetivo sale de su restaurante favorito, Baranda, en la colonia Moderna, uno bien caro al otro lado mismo de la ciudad. Gustavo se le acerca. El maje ya tiene las llaves en la mano, se dispone a abrir la puerta de su camioneta cuando siente la Beretta del jefecito clavada sobre su espalda.

—¡Al carro! —le ordena. El compa ni tose.

Comienzo a cambiar de idea sobre los secuestros cuando me encargan de su limpieza. Es asqueroso. Lo vigilo al desnudarse en el baño y ahí me quedo, viendo cómo se enjabona todo el cuerpo. El hombre se pone nervioso, anulamos por completo su intimidad; ni hacerse la paja lo dejamos al maje. Me da lástima. Además, me martiriza la idea de no haber matado a nadie todavía, si todo acaba en mal pedo y hay que darle chicharrón al billetudo, de plano yo cargo con su ejecución. Nadie me lo dijo. Lo sé. Necesito darle camotillo a un maje para sentirme en paz. Es lo que me obligo a pensar. En realidad, temo el cambio que dará mi vida al manchar mis manos de sangre, si me hará más fuerte, si ese cadáver me perseguirá por el resto de mis días. Mi papá en el Cielo estará orgulloso, mi mamá en la Tierra rezará por mi.

Los majes pagan rapidito y lo liberamos. Me alivia, me cayó bien el secuestradito. No, no resulta tan sencillo secuestrar, me retracto de lo dicho. Detesto los secuestros, son parte del combate, cómo no, lo sé, por supuesto. Me vale verga, retenemos más de un día a un hijueputa y ya me dan pesadillas. Como primera víctima, si me dan a escoger, que sea militar, político corrupto, un chepito; por ahí. El día llegará, es inevitable. Los recuperes son otra cuestión: algo rápido, directo, el control es nuestro. Y, de viaje, se nos dan diacachimba.

Una mañana Rodrigo se hace humo. La puntualidad es sagrada para nosotros. Salió temprano para vigilar un objetivo. Lo esperábamos tres horas después y acá cinco minutos de retraso ya son una amenaza. Latania lo tiene claro: lo agarraron. Gustavo tampoco duda: nos delató. Antes de que se lancen a los berrinches, le doy la razón a Bautista: no sabemos qué le pasó, pero mejor nos corremos de aquí a toda verga. Salimos de la casa de uno en uno. «Nos vemos dentro de dos días», nos dice Gustavo. A cada uno se le asigna una cita distinta, así lo mandan los protocolos en estos casos. Gustavo comprobará que el nuevo refugio es seguro, que está despejadito pues, y en dos días nos recoge uno por uno, cada cual en un lugar distinto de San Pedro Sula.

Paso la tarde roleando por el centro de la ciudad, me corroe una idea, me obsesiona, sé que no debo, me debato unas horas. ¡Ni verga! Almuerzo cerca de la estación de buses y al final me decido. Quiero ver a mi mamá.

Al llegar a La Ceiba, pienso que mejor sea, quizá, visitar primero a mi hermana Claudia. Me da pesar por ella, la doy un susto de muerte. Su marido, un hondureño perdonavidas más serio que un cardenal soltando un pedo, nos arruina la cena con la política, sus simpatías hacia el presidente Azcona Hoyo y su rechazo a Ortega y «a su caterva de desharrapados». ¡Será pedante el maje! A Claudia le gusta, ni modo, y a mí me alegra saber que ella es inteligente: el marido no sabe nada, le dijo que ando estudiando, que quiero entrar el año que viene a la Universidad en Managua, ser médico. Me provoca con preguntas afiladas, se las da de sarcástico el cuñado, volando verga a la Revolución, a los sandinistas, a Fidel, Stalin, Lenin, Marx y de poco que el maje no se enreda con la vida comunitaria de los cromañones. Yo me las doy de inocente, le sonrío alguna de sus gracias y le suelto que la medicina busca el bien común, sin hacer distinciones entre comunistas y capitalistas, aunque a un pelo me quedo de decir imperialistas. Debería dedicarme al teatro, me digo satisfecho al cerrarle las tapas a mi cuñado. Los ojos de Claudia me advierten: no te las pasés de listo, hermanito. En fin, no hay que ser un sabio para entenderlo, no le caigo bien al hombre, ni modo. No es extraño, me perdí su boda y la familia apenas tuvo hasta hoy noticias de mi vida. Le contamos que vengo para ver a nuestra mamá y que antes quise visitarlos, pero ¡no jodás!, no vine hasta acá para discutir con el mariachi de mi hermana. Terminamos la cena y mientras él mira un juego de fútbol europeo, Claudia y yo platicamos en la cocina. Mi mamá tiene un nuevo hombre, un gringo del Sur que vino a trabajar en el banano. Claudia espera que sea mejor que nuestro papá. Yo lo defiendo. Ella dice que fue mal marido, que la pegaba y que nunca estuvo dónde y cuándo ella lo necesitaba.

—¿Recordás cuando llegaba a la casa y nos mandaban a jugar a la calle y nosotras te llevábamos a corretear entre el banano? El papa estaba golpeando a la mama. —Claudia me clava los ojos en el alma. La muy jodida siempre supo cómo incrustarme la culpa en el pecho—. ¡La mierda de la Patria, hermanito! Ese fue siempre nuestro gran clavo. Y ahora no más vos siguiendo sus pasos. ¿Por qué no te golpearía a vos? —Me agarra de la mano como disculpándose por lo que acaba de decirme—. No acabés como él, Julio.

Me deja confuso la plática de Claudia. Pienso en contarle cómo murió nuestro papá. Me contengo. Cuanta menos gente conozca esa historia, mejor, así les evito a los demás el impulso de contarla y que mi mamá acabe por enterarse de cómo se quedó sin esposo. Ya bastante cachimbeada fue por la vida.

Claudia me revela más indicios de que mi papá no fue un santo, solo falta que me cuente que se le fue encima como un penco a alguna de mis hermanas. No dice nada parecido. Siento un profundo alivio. Los problemas derivaron, me dice Claudia, de sus ausencias y del fuerte carácter de mi mamá, que en cuanto pisaba en la casa y nos corría para la calle, le lanzaba un carro de reproches. Mi papá aguantaba hasta que llegaban los insultos y entonces la silenciaba a golpes. O eso me asegura Claudia. Me cuesta creer las historias de mi hermana mayor, ya que recuerdo a mis padres alegres de estar juntos, él siempre se quedaba varios días con nosotros y la pasábamos diacachimba.

—¡Qué la canción con vos, Julio! Al papá lo tenés en un altar y eso no, hermanito. —Claudia construye su indignación con la mirada, me asesina, no quiere bufar y que la escuche el marido. Al rato no más se calma—. Va pues, tenés razón, se llevaban bien, que sí, cuando pasaba la discusión eran felices de estar juntos y toda esa cuestión. A mí lo que me pasa es que nunca le perdonaré que antepusiera la Patria, la Revolución, a su esposa, a su familia, ¡no más como vos, jodido!, y que, para rematar, la golpeara cada vez que ella se lo lanzaba en la cara.

No vine hasta acá para discutir con mi hermana. Le digo que quiero ir a Coyoles a ver a la mama.

—¿Pensás quedarte?

—No, es solo verla. Mañana debo estar en otro lugar.

—Entonces ni te acerqués. —Me lo dice como una orden cuyo cumplimiento deja en manos de mi sentido común—. ¿Recuperarte y perderte un segundo después? ¡No, ni hablar! —Claudia tiene razón, siempre la tiene, siempre la tuvo.

En casa de mi hermana duermo con una placidez que no recuerdo sentir desde la infancia. Por la mañana conozco a mi primer sobrino, Brandon, a los hondureños les gustan los nombres gringos. Tiene siete años y me mira como a un extraño.

—Ya ni me acordaba de que tenía un tío —me dice con naturalidad infantil—. ¿Estarás por acá después del almuerzo? Ahorita voy a la escuela, pero, si querés, en la tarde vamos a la playa.

Primero es Claudia la que me lleva junto al mar, a apenas cien metros de la casa. Pasamos la mañana tumbados sobre la arena, entre los turistas, como cuando éramos chigüines y mi mamá nos traía los fines de semana del verano. Evocamos recuerdos de la niñez, nos reímos, nos reprochamos jodederas de hermanos que crecieron juntos y, en una pausa de esas en que la risa se va apagando poco a poco tras un buen recuerdo, me mira y me advierte que no quiere saber nada de mis actividades revolucionarias.

—Ni siquiera —me dice— deberías estar aquí. Aunque me alegro de verte, Julio. —Me acaricia la mejilla y me abraza. Sus lágrimas brotan, también las mías—. ¿Nos bañamos?

El agua en calma absoluta del Atlántico me cura todos los males. Floto sobre el mar con los ojos cerrados, brazos y piernas extendidos; me siento demasiado relajado para ser combatiente. En la tarde se nos une Brandon, se sabe todos los juegos el chavalo, nunca se aburre, yo con él tampoco. Acabamos la cena y no quiere irse a la cama, mejor jugar un poco más con su tío Julio. Demoro para dormir en la noche, ¡jodido cipote! Me removió algo bien adentro, la parte de mi vida que no estoy viviendo.