La verdad
Capítulo diez
Estoy acurrucada en el viejo y feo sofá de mi casa envuelta en una manta, con un plato de papitas fritas y el control remoto. Debería estar en la escuela, pero mi papá dice que no quiere más estrés en mi vida en los próximos días. Dice que mi cuerpo parece estar bien, pero que mi cerebro necesita un buen descanso.
No creo que mi cerebro esté descansando. El teléfono no ha parado de sonar. La última persona que me llamó fue Jerome.
—Perdóname por haberte metido en este lío —dijo casi antes de saludarme.
—No, tú no me metiste. Todos fuimos parte del problema desde el momento en que fuimos a la fiesta.
—Es posible.
—Me alegro que no te hirieron.
—¿Pensaste que me habían disparado?
—No supe lo que pasó hasta que no llegamos a la estación de policía. Le tuve que explicar todo con lujo de detalles al oficial Wells antes de que me dijera lo que había pasado allí adentro.
—Ross levantó el cuchillo. No sé lo que estaría pensando. Le dispararon en el hombro.
—¡Qué puntería! Me imagino que no te han acusado de asesinato —le digo, y suena como una pregunta.
—Yo creo que me van a acusar de encubrimiento o algo parecido. Pero no me importa. Estoy contento de que todo ya pasó. Jen…no quiero que estemos peleados.
No le contesté, sino que le pregunté:
—¿Tú viste cómo golpearon a Ted Granville?
—Casi todo.
—¿Podrías explicarme cómo sucedió? ¿Por qué nadie los detuvo?
—Al principio parecía sólo una riña. Ted no era el tipo de persona con las que Ross buscaba pleitos. Pero realmente lo enfureció. Yo creo que los padres de Ian le pidieron que cuidara la casa en su ausencia. Ted subió y nos encontró a Ian, Ross, Nate y a mí conversando. Nos dijo que nos fuéramos.
Ross había bebido. No más que los demás, pero tú sabes cómo él se pone cuando la bebida y los esteroides se combinan, y algo lo molesta. Dijo que de ninguna manera se iba a marchar. ¿Quién lo iba a obligar? Ahí la cosa empezó a ponerse fea. Ross empujó a Ted, Ted empujó a Ross. Entonces Ross lo golpeó, y Nate lo siguió. Ian se fue, pretendiendo no haber visto nada.
—Y ¿qué tú hiciste?
—Bueno, al principio yo gritaba “denle duro”. No me metí en la pelea, aunque ese tipo era un odioso. Y claro, pensé que se merecía la paliza.
Luego las cosas se les fueron de la mano. Ted cayó al suelo y no se defendía más. Ross y Nate le siguieron dando patadas. Les grité que pararan, pero no me hicieron caso. Al final, tuve que agarrar a Ross y entonces fue que Nate paró. Parecía que no se daba cuenta de lo que estaba haciendo.
—¿A dónde fue Ross después? Yo no lo vi irse.
—Lo primero que dijo fue que tenía que irse de allí. Sabía que él sería al primero que le iban a echar la culpa. Saltó por la ventana y se fue. Nate y yo decidimos irnos también y nos metimos entre la gente como si nada hubiera pasado.
—¿Y no se te ocurrió llamar a la policía o a la ambulancia? ¿Y si todavía estaba vivo?
Jerome respiró profundamente.
—Me imagino que no usamos la cabeza. Sólo estuvimos de acuerdo en parecer asombrados si alguien nos preguntaba. Todo sucedió en unos minutos. Candi lo vio en cuanto subió.
Estuvimos callados por un minuto, escuchando solamente el ruido de la línea. Finalmente, Jerome me dijo muy bajito:
—Y entre nosotros, ¿todo bien? ¿Igual que antes?
Casi me echo a reír. ¿De verdad él creía que todo era igual que antes?
—No lo creo, Jerome. Pero me alegro de que estés bien.
—No fui yo, Jen. Y en un momento como éste, te necesito.
—Te deseo suerte.
Sé que no fue suficiente, pero no pude decirle nada más. Colgé antes de que me pudiera contestar. El teléfono sonó enseguida, pero le grité a mi papá que no lo contestara.
Papá está trabajando desde casa por primera vez. No recuerdo que jamás haya cancelado una cita con un paciente. Está sentado en la mesa del comedor leyendo los artículos de investigación médica con un marcador en la mano. De vez en cuando me mira, como si quisiera estar seguro de que aún estoy aquí.
—¡Papá, no me mires más así! Me asustas.
Suspira y me dice:
—Me alegro de que estés bien.
—No me pasa nada.
—Debiste haber hablado conmigo. Me lo podías haber contado. Lo que hiciste fue muy arriesgado y peligroso.
—¿Y si no me creías?
Se levanta y viene hasta el sofá.
—Yo te hubiera creído. Te lo aseguro. Yo te hubiera creído.
—Bueno, bueno. —Me encojo de hombros y le sonrío—. Para la próxima.
—Mejor que no haya ninguna próxima.
El momento de ternura entre padre e hija es interrumpido por el timbre de la puerta. Sin esperar a que le contestemos entran Scott y Georgia quitándose los abrigos y las bufandas.
—¡Qué frío hay! —dice Georgia de manera casual como si todo estuviera en perfecto orden—. Dicen que va a nevar esta noche.
Scott no dice nada. Actúa con cautela como si no supiera si tocarme o no.
Mi papá ve la forma en que nos miramos y muy diplomáticamente se disculpa y se va.
—Voy a preparar algo de tomar —dice—. Georgia ¿quieres darme una manito?
—¿Arrestaron a Nate? —es lo primero que le pregunto a Scott cuando papá y Georgia se van.
Scott me dice que sí con la cabeza.
—Ayer llevaron a Ross al hospital, pero tiene un policía frente al cuarto.
A Nate lo arrestaron en su casa.
—¿Le diste las botas de Ross a la policía?
Me dice que sí de la misma forma otra vez.
—No sé si han servido de algo. La policía no ha dicho nada más. En las noticias dijeron que hay dos sospechosos presos. No han dicho ni los nombres.
Puedo oír a Georgia y a mi papá hablando en la cocina. Parece que se han puesto a hablar sobre nosotros. Posiblemente estén hablando de mí.
Scott se sienta en el brazo del sofá y me toma la mano. Juega con mis dedos por un minuto y luego me mira.
—Ahora que sabes que Jerome no es un asesino, ¿vas a volver con él? —
me pregunta.
—“Técnicamente” él no es un asesino —digo con amargura—, pero no le interesó llamar a una ambulancia, ¿no es así? Vio cómo mataban a alguien y se quedó allí mirando a esa persona desangrarse.
Scott no me responde. Lo miro a los ojos. Papá y Georgia escuchan desde la puerta de la cocina. Sus caras muestran incredulidad y repulsión. Es como si todos tratáramos de no pensar en lo que pasó. Entonces nos acordamos y nos imaginamos la escena, el cadáver en el suelo, la sangre.
Scott me suelta la mano.
La cabeza me empieza a dar vueltas otra vez y mi papá tose.
—Todos necesitamos algún tiempo —dice con un tono profesional—.
Vengan otro día, ¿qué les parece?
—Te llamaré —me dice Scott desde la puerta.
—Me alegro. Pero dame un tiempito, ¿está bien? —le digo muy bajito.
Georgia se inclina y me da un abrazo.
—Hiciste muy bien —me dice.
—Hiciste muy, pero que muy bien —dice mi papá, cerrando la puerta detrás de si—. Y por supuesto, estás castigada por el resto de tu vida.
Por lo menos, me lo dice con una sonrisa.
OceanofPDF.com
Document Outline
- Página Titular
- Derechos de Autor Página
- Contenido
- Capítulo uno
- Capítulo dos
- Capítulo tres
- Capítulo cuatro
- Capítulo cinco
- Capítulo seis
- Capítulo siete
- Capítulo ocho
- Capítulo nueve
- Capítulo diez
Terminaste La verdad
Tanya Kyi