La verdad
Capítulo cinco
Locutor: Buenas tardes y bienvenidos a la edición de esta semana de Juego limpio. La historia principal de esta semana es la ininterrumpida investigación policial sobre la muerte del banquero Ted Granville.
La imagen cambia para la calle, frente a la casa de Ian.
Yo: La policía de Fairfield continúa interrogando a los estudiantes y a los miembros de la comunidad con el fin de encontrar pistas que lleven a la resolución de la muerte del banquero local Ted Granville. Nos encontramos aquí con el oficial Tran.
Tran: Granville murió a consecuencia de daños cerebrales en la casa de Jane y George Klassen la noche del viernes, 15 de noviembre. Los señores Klassen estaban de viaje en el momento del crimen. La casa estaba al cuidado de su hijo, Ian, un estudiante de duodécimo grado de la escuela secundaria de Fairfield.
Yo: ¿Le va a dar la policía total atención a este caso?
Tran: Este caso tiene absoluta prioridad y le estamos dedicando todo el tiempo y recursos necesarios a la investigación.
Yo: ¿Qué quiere decirle a los alumnos de la secundaria Fairfield?
Tran: Más de una persona estuvo involucrada en este crimen, y creemos que otras más fueron testigos. Los estudiantes deben informar a la policía de cualquier cosa que sepan. El departamento ha creado una línea telefónica para recibir mensajes de manera anónima, y los detalles se pueden encontrar en el boletín de la escuela.
Yo: La policía no puede dar el nombre de los sospechosos en este momento, pero reconoce que está investigando los movimientos de varias personas posiblemente involucradas.
Locutor: Nuestra comunidad continúa en estado de shock y expresa su indignación. Esto es lo que dicen los alumnos y los maestros de la
secundaria Fairfield:
La cámara enfoca diferentes partes de la escuela.
Katy Gil: Es totalmente traumatizante. Siempre pensé que algo así ocurriría sólo en los programas de televisión o en las grandes ciudades.
Nunca en un pueblo como éste.
Brent White: Esto puede eliminar completamente la reputación de Fairfield como el pueblo más aburrido de la tierra.
Señor Finn, Vice director: Sólo puedo esperar que nuestros estudiantes consideren la severidad del caso y que le ofrezcan total e incondicional cooperación a las autoridades.
Jessie Scribes: Muy mal negocio para el tal Granville, la verdad.
Terminé el interrogatorio a la policía el fin de semana y tomé los comentarios de los estudiantes después de la reunión del lunes. El segmento va a salir junto a un vídeo de Scott de la casa de los Klassen. Scott hizo una toma desde abajo, y la casa aparece silueteada detrás de una nubes oscuras, dándole un aspecto tenebroso, propio de una escena de crimen.
La señorita Chan está satisfecha con mi trabajo. Debe de estarlo. Le dediqué mucho tiempo. Durante el fin se semana no tuve nada que hacer excepto limpiar. Georgia fue más que buena, y vino para acompañarme el sábado por la noche. Trajo noticias nuevas. Jerome, Nate, Ross e Ian fueron interrogados tres veces por la policía. La última vez fue el viernes por la tarde.
—Me imagino que eso fue lo que quiso decir cuando habló de un día horroroso —le dije a Georgia.
Georgia había alquilado tres películas de ésas que le gustan a las chicas, y con las dos primeras nos la pasamos sollozando. Georgia trató de consolarme entre escena y escena.
—Cualquier cosa que sea lo que haya hecho, estoy segura de que luego se va a arrepentir. Seguro te va a llamar para pedirte perdón y todo va a volver a ser como antes.
—No, no va a ser así. Las cosas son más complicadas de lo que parecen.
Georgia no me dijo nada y yo pude darme cuenta de que ella estaba esperando a que yo le explicara lo que había pasado. Pensé decirle que Jerome estaba evitando hablar conmigo, lo de la conversación que tuvimos sobre el accidente, lo de la huella de una bota y lo de los dos posibles atacantes. Traté de hablar, pero de pronto, todo me pareció muy complicado. Y lo peor era que mi novio, o mejor dicho mi ex novio, podía ser el asesino. Sonaba tan absurdo que decidí no decir nada.
Georgia esperó pacientemente mientras todos esos pensamientos me daban vuelta en la cabeza como en un espectáculo de luces, y yo estaba muy cansada para tratar de ponerlos en orden.
—En este momento no puedo explicarte.
Levantó los hombros y miró a lo lejos.
—Perdóname —comencé a decir, pero ella me interrumpió.
—No. No tienes que decirme nada. Ya lo harás cuando estés lista.
Perdóname si insistí.
Me pude dar cuenta de que ella se sentía herida. Al poco rato, recogió sus cosas y se marchó.
Temo encontrarme con Jerome en la escuela. Lo veo por primera vez en el día. Está recostado contra su taquilla y haciendo bromas con un grupo de amigos. Actúa como si todo fuera normal, lo que hace que me den ganas de darle un puñetazo. Pero lo que hago es dar la vuelta, tomar otro camino e irme a clases. Entonces me arrepiento de no haber hablado con él.
Pienso que a lo mejor puedo hablarle después de las clases (ya sé que ésa no es la táctica que recomendaría la revista Cosmo). Desafortunadamente o afortunadamente, el señor Arthur me intercepta a la salida de la clase.
Quiere que me una a un grupo remedial de matemáticas el miércoles por la tarde.
—Los exámenes de Navidad están al doblar de la esquina —dice.
Sólo estamos en noviembre. Nada más pensar en el fin de semana me pone nerviosa. No puedo pensar en el fin del semestre.
Le digo al señor Arthur que voy a pensarlo. Cuando termino de hablar con él, el pasillo está vacío y Jerome se ha ido.
Mi papá me está esperando a la salida. Está sentado en un Volvo viejo verde que da pena (según él ese carro tiene carácter, ¡a saber qué es lo que quiere decir con eso!) y me busca con la vista. Está vestido con la ropa de trabajo, con los pantalones bien planchados y una camisa deportiva. En la oficina, se pone la bata de médico y su estetoscopio.
—Papá, ¿qué haces aquí?
—Dos pacientes cancelaron sus citas. Vine a buscarte —me lo dice como la cosa más normal del mundo.
—La última vez que me recogiste después de la escuela tenía yo ocho años, y había tanto frío que los niños se congelaban esperando por el autobús.
Protesta con un gruñido.
—¿Vienes o no?
Esto es lo que sucede cuando eres la única hija de un padre soltero.
Cualquier otro padre con una tarde libre, posiblemente llamaría a su esposa.
Pero mi papá, no. No tiene ni novia. Y creo que es muy buen partido: doctor, con una hija maravillosa (¡por supuesto!) y una casa grande. La alfombra horrorosa no le da muchos puntos, pero eso es algo que la novia puede resolver.
Salimos del pueblo rápidamente. En todo Fairfield sólo hay cuatro semáforos, así que no hablamos de un gran tráfico. Pronto vamos por las curvas de la carretera Bow Creek. No ha caído nieve, pero los árboles están sin hojas y parecen rígidos, como si se hubieran endurecido con el frío.
—Papá, ¿a dónde vamos?
—Ten paciencia. Ya verás.
Me hacía lo mismo cuando yo era pequeñita. Compraba pollo frito y refrescos, y conducía por las carreteras alrededor del pueblo hasta que encontraba un buen lugar para hacer un picnic. No lo hemos hecho en años y dentro de un par de horas se va a hacer de noche.
Sale de la carretera y se mete en una entrada de garaje con una verja.
—¡Vamos! —me dice.
—Papá, esto es propiedad privada.
—¿Desde cuándo eres una santurrona y sigues las reglas al pie de la letra? ¿Dónde está tu instinto de investigadora? —me dice en broma, saltando la verja.
—Esa palabra “santurrona” no la usa nadie en estos tiempos —protesto y lo sigo.
La entrada de garaje termina en un camino de gravilla que da la vuelta, pero mi papá continúa por los arbustos. Puedo oír el río entre los árboles.
—Ya casi llegamos —dice.
Me agacho para seguirlo, protestando por las ramas y los gajos. Dos minutos después dejamos los árboles atrás y llegamos al borde de un acantilado. Mi papá abre los brazos para que yo me detenga.
—Arrástrate hasta el borde —me advierte.
Los dos nos echamos al suelo y nos arrastramos hasta donde se puede ver el cañón. Debajo hay una gran cascada de agua. A la derecha, donde las paredes del cañón se estrechan gradualmente, el agua está en calma y parece un espejo. Luego, ruge sobre los acantilados y ya no vuelve a estar en calma. En la base, sólo se ven remolinos.
—Éste era el lugar preferido de tu mamá antes de regresarse a la ciudad
—me dice mientras se aleja del borde.
—¡Es increíble!
—Decía que era un buen lugar para escapar de los problemas.
Eso es fácil de entender. Aun cuando me separo del borde y me acuesto mirando al cielo, puedo ver cómo se elevan las gotas de agua. Cuando cierro los ojos el rugido me marea, como si el acantilado fuera a derrumbarse en cualquier momento.
Puedo entender de qué mi mamá tenía que escapar. De este pueblo, por ejemplo, donde todo el mundo te conoce y sabe todo acerca de ti. Ella creció en la ciudad. Pienso que la vida de esposa del médico de un pequeño pueblo fue más claustrofóbica de lo que ella pudo imaginarse.
Ella nunca me lo ha dicho. Cuando la visito, generalmente en el verano o en la Navidad, siempre evita hablar de Fairfield.
—Ayer vi al oficial McBride —dice papá.
—¿De veras? —Eso basta para hacerme abrir los ojos y sentarme.
—Solo nos tomamos un café. Pero me habló sobre el asesinato de Granville.
—¿De veras?
Parece que eso es todo lo que puedo decir.
—No han podido progresar mucho en la investigación. Tienen problemas para obtener información —comienza a decir.
—Ya lo sabía.
Me muestro evasiva. Estoy completamente calmada. Respiro profundo.
Creo que sería una buena idea tomar clases de yoga.
—Lo interesante es —continúa hablando papá—, que él piensa que hay muchas personas que saben exactamente lo que sucedió esa noche. Él piensa que la escuela entera sabe quién asesinó a Ted Granville.
—Eso es una exageración —le digo.
Quita los ojos de una hoja que estaba desmenuzando y me mira.
—¿Lo sabes tú?
—Nunca lo vi —me encojo de hombros—. Yo estaba abajo.
—Yo creo que tú no viste lo que pasó —dice papá—, pero éste es un pueblo muy pequeño. No es fácil guardar secretos, especialmente cuando se tiene diecisiete años.
—Si alguien lo vio, nunca se lo va a decir a los policías. Probablemente aparezca al otro día igual que el mismo Ted Granville.
—Yo estoy seguro de que la policía protegería a cualquiera que les diera información —dijo papá con absoluta certeza.
—Da igual. ¿Y esa mujer en las noticias, el año pasado, que puso una orden de alejamiento contra su esposo? El esposo se metió en su casa y la mató.
Papá me mira como si yo fuera una persona que no entra en razones.
—Si sabes algo tienes que decírmelo.
Por la cabeza me pasan un millón de pensamientos a toda velocidad: Las botas de Ross
Cuando Ross me acorraló en el pasillo de la escuela El silencio de Jerome Jerome: “Mira, ya he tenido un día horroroso. ”
Jerome: “El hombre ya está muerto. No lo vas a resucitar mandando a tu padre a la cárcel. ”
—No —le respondo y me obligo a mirarlo a los ojos—. No sé quién fue.
Estoy segura de que alguien de la escuela debe saberlo, pero la mayoría de la gente no lo sabe.
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