La verdad
Contenido
Capítulo uno
Capítulo dos
Capítulo tres
Capítulo cuatro
Capítulo cinco
Capítulo seis
Capítulo siete
Capítulo ocho
Capítulo nueve
Capítulo diez
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Capítulo uno
Son las tres de la mañana y la policía está frente a mi puerta.
Miro desde arriba de la escalera cómo mi papá camina dando tumbos por la casa mientras se pone la bata a cuadros. Enciende la luz de afuera y con los ojos entrecerrados mira por la ventana. Sacude la cabeza por la sorpresa.
Se apresura a abrir la puerta y se golpea el dedo gordo del pie en la alfombra de la entrada. Saluda al policía parado en un pie, como un flamenco gigante.
El policía no sonríe.
—¿Es usted el doctor Forester? —pregunta—. Soy el oficial Wells.
Quisiera hablar con su hija brevemente.
—¿Con Jen?
—Ha ocurrido un accidente en la casa de los Klassen. Espero que ella pueda responder varias preguntas.
Yo estoy completamente despierta. Cuando llegué a la casa me metí en la cama y fijé los ojos en el techo. He pasado las últimas dos horas preguntándome si sonaría el timbre de la puerta.
—¿Qué tipo de accidente? —pregunta mi padre—. ¿Tiene Jen algo que ver con eso? ¿Está usted seguro?
Cuando finalmente tiene la oportunidad de responder, el policía responde calmado, pero firme.
—Su hija no tiene necesariamente que estar relacionada con el accidente, señor. Estamos interrogando a todos los que estuvieron en la casa de los Klassen esta noche.
No quiero oírlo describir el accidente. Sin esperar a que mi padre me llame, comienzo a bajar las escaleras. Por un momento pienso que voy a vomitar, pero respiro profundamente y trato de lucir soñolienta y confundida.
Mi padre nos señala la mesa del comedor. Luego, entra en la cocina para hacer café. A pesar del ruido de las cucharas y las tazas yo sé que él nos está escuchando.
El oficial Wells se inclina sobre mí. Siento como si la televisión me hubiera tragado dentro de un programa de Law and Order. Casi me echo a reír y entonces siento otra vez que voy a vomitar. Me digo que tengo que calmarme. “Respira. Esto no es tan fácil como parece en esos programas de crímenes”. Las barras del uniforme, el garrote en el cinto y su aliento a café son intimidantes.
—Señorita Forester, estamos ante un caso muy serio. Estoy seguro de que no tengo que decirle cuán importante es que sea completamente honesta.
—Por supuesto.
Sólo pienso en cosas tranquilizadoras. Sigo respirando. Tengo un aspecto completamente inocente. Soy rubia y creo que de algo sirve. Abro grande los ojos y miro directamente al oficial Wells. Esta táctica funciona perfectamente con mi profesor de matemáticas.
—¿Estuviste esta noche en la fiesta de la casa de Ian Klassen?
Respondo que sí con la cabeza.
—¿Me puedes contar cómo fue?
—Georgia Findley y yo fuimos juntas. Otra amiga nos llevó hasta allí.
Ella tenía que estar en su casa antes de las once y no se quedó. La fiesta no estaba tan buena. Lo que hicimos la mayor parte del tiempo fue sentarnos en la cocina y hablar toda la noche. Jerome me trajo a casa.
—¿A qué hora te fuiste? —me pregunta.
—Cerca de la una menos cuarto. Tengo hora fija para llegar a casa —
digo mientras señalo para la cocina con la cabeza en señal de explicación.
Aún podemos escuchar a mi padre trajinando.
—¿Y quién es Jerome?
—Jerome Baxter es mi novio.
Toma nota de todo lo que hablamos. Entonces me pregunta si conozco a Ted Granville.
—No creo. ¿Por qué?
—Es alto, pelirrojo, cerca de 40 años. ¿Viste esta noche alguna persona en la fiesta con esas señas?
—No. ¿Qué pasó?
—Lo golpearon de mala manera. Es posible que no sobreviva.
Ya me lo esperaba, pero puse cara de sorprendida. No es completamente incierto.
—La mayoría éramos jóvenes. Yo estuve en la cocina la mayor parte de la noche y no cerca de la puerta. No vi entrar a nadie como esa persona.
Lo que le digo al oficial Wells es la verdad, mientras él se me acerca como si fuéramos amigos de hace tiempo. Técnicamente, todo lo que le digo es la verdad.
En realidad, hay mucho más que eso. Yo subí las escaleras con todo el mundo después de que Candi Bherner bajó dando gritos. No esperábamos nada especial. Candi es menor que yo y no la conozco muy bien, pero es muy aparatosa. Un ratoncito la pudo hacer gritar de esa manera.
Pero no fue un ratón. Fue un hombre pelirrojo tirado en el suelo del cuarto de los padres de Ian, con un brazo en alto como si se hubiera caído de la cama. Tenía el brazo torcido y la parte de atrás de la cabeza ensangrentada.
“Respira,” me digo a mí misma mientras tamborileo con las uñas en la mesa del comedor. “No pienses en eso. Si te pones a recordarlo, el oficial Wells se puede dar cuenta. Él no sabe nada y no te ha venido a buscar a ti.”
Hago que mis dedos paren.
Es verdad que el oficial Wells no sabe nada. Parece un poco despistado, y con aspecto agotado recorre el comedor y la sala con los ojos.
Las dos habitaciones son horriblemente feas. Tan feas que una vez me apunté para un concurso de esos que te redecoran la casa, que apareció en una de las revistas de la mamá de Georgia. No tuve suerte. La casa sigue siendo abominable. Me puedo imaginar a mi mamá y a mi papá decorándola juntos cuando se mudaron a la casa. Los puedo ver escogiendo la alfombra de color herrumbre, los paneles de madera y el sofá con el forro de ruedas de carreta. Seguro pensaron que estaban súper a la moda. Eso fue en los años setenta. Yo nací en los ochenta. Mi mamá se fue en los noventa.
Los paneles de madera y las ruedas de carreta aún sobreviven.
El oficial Wells no puede más con la decoración. En el momento en que mi papá termina de hacer el café, el oficial se pone de pie, nos da la mano a los dos y se prepara para marcharse.
—Si necesitara más información, me pondré en contacto con ustedes.
La fiesta en casa de Ian fue lo más emocionante que pasó por la escuela desde aquella vez en que el maestro de Ciencias fue acusado de agresión.
Empujó a su ex esposa contra una mesa en uno de los dos únicos bares del pueblo. Eso fue hace dos meses.
La floreciente metrópolis de Fairfield (habitantes: 5,000; cosas que hacer: 0) está en un valle. Estamos a más de una hora del centro comercial más cercano y a dos horas del pueblo más cercano con cine. Cerca de tropecientas horas de algún lugar de interés: Sticksville, Columbia Británica. Mi papá nació en Vancouver. Él dice que mi mamá se mudó para aquí porque ellos querían criar a sus hijos (resulté ser yo sola) en un lugar tranquilo. Bueno, éste lugar es definitivamente tranquilo. Tan tranquilo, que todos los habitantes se podrían morir mientras duermen y el mundo nunca se enteraría.
En el verano nos entretenemos con fiestas campestres. Los chicos cargan madera en la cama de un camión, se dirigen a un pedregal cerca del río y hacen una fogata. Luego, se corre la voz, generalmente en el 7-Eleven o en el aparcamiento. Metemos botellas de vodka en los paneles laterales del viejo Honda de Georgia (la parte plástica del tirador de la puerta se cae todas las veces) y nos vamos en busca de la fiesta.
En eso consisten nuestros veranos. En el invierno, alquilamos películas (bostezo), conversamos en Willie’s Chicken hasta que cierra a las once de la noche (doble bostezo) y básicamente tratamos de luchar contra el aburrimiento. Así que cuando mencionaron que los padres de Ian se iban a pasar dos semanas en México en noviembre, comenzamos a revolotear alrededor de Ian como un enjambre de abejas. Ross Reed se pasó la semana entera anunciándole la fiesta a la gente aun antes de que Ian la aprobara. El
pobre Ian es una de esas personas buenas de la que los demás abusan. No pudo hacer mucho.
Ross organiza las mayoría de las fiestas en Fairfield. Conoce a todo el mundo. Dondequiera que va, la fiesta va con él. Yo creo que su vida se compone de levantar pesas y de tomar cerveza. A lo mejor es hereditario.
Todo el mundo sabe que su mamá se murió de una sobredosis de pastillas después de que su papá los dejó. Ahora Ross vive con su abuela.
Hay rumores de que Ross y algunos de sus amigos usan esteroides.
Posiblemente es verdad, porque se pasan demasiado tiempo en el gimnasio.
Nate está en el equipo juvenil de hockey y dice que quiere llegar a las ligas mayores. Ross no practica ningún deporte. Yo creo que a él todo lo que le gusta es verse musculoso. Camina como un pesista, con los brazos separados del cuerpo como si quisiera acercarlos a su cuerpo pero los músculos no se lo permitieran.
El verano pasado, en una de las fiestas, buscó pleito con el primo de alguien que estaba de visita de Okanagan. Después de aguantar por un buen rato los abusos de Ross, el chico le dio un buen golpe que hizo que la cabeza se le virara. Ross se recuperó y le fue arriba. De pronto, el chico de Okanagan perdió el equilibrio y fue a parar al fuego. Alguien lo rescató de las llamas y otro lo llevó al hospital. Oí que sus padres habían llamado a la policía y que los policías habían interrogado a Ross. Pero no pasó nada. Así sucede siempre con Ross. Siempre se sale con la suya.
La tarde después del incidente del fuego, estábamos un grupo en casa de Georgia, holgazaneando, sin nada que hacer. Jerome estaba allí también (por aquella época empezábamos a salir juntos) y Nate y Ross. Georgia le dio a Ross una bolsita de té tibia para que se la pusiera en el ojo hinchado y morado como resultado de la pelea. Ross tomó una bufanda negra de detrás de la puerta del cuarto de Georgia y se la puso en la cabeza para sostener la bolsita de té. Cuando la mamá de Georgia regresó de un juego de golf, Ross se pasó toda la tarde hablando como un pirata para no tener que quitarse la bufanda y revelar su ojo morado. Decía que Jerome era su loro. A pesar de que el pobre muchacho de Okanagan tenía quemaduras de tercer grado en una de las piernas, no fue difícil, como siempre, perdonar a Ross.
Esto es lo que me pasa por la mente mientras estoy sentada en la mesa, después de que el oficial Wells se ha marchado. Mi papá está sentado frente
a mí.
—¿Bueno?
Me es muy difícil mentirle a mi papá. Levanta las dos gruesas cejas y me mira de la misma manera que yo sé que mira a sus pacientes en la consulta: con una mezcla de compasión y autoridad.
—Anoche le dieron una pateadura a un hombre. Yo no lo conocía ni vi quién lo hizo. Georgia y yo nos enteramos de lo que había pasado y nos fuimos.
—Ted Granville es el administrador del Credit Union —me dice. Lo que prueba que estuvo escuchando toda la conversación.
—¡Qué raro! —digo—. No sé qué hacía él en la fiesta.
Mi papá asiente con lentitud.
—Mañana quédate en casa. No te quiero de un lado para otro por el pueblo —dice—. Y así duermes un poco.
¡Ni que pudiera!
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