La verdad
Capítulo siete
Éstas son las cosas que me encuentro en la taquilla cuando llego a la escuela el jueves por la mañana: siete carpetas; una manzana un poco magullada; una bolsa con un cepillo, chicle, dos tampones y un pomo de aspirina; la ridícula foto de un modelo con la cabeza de Jerome (Georgia se la pegó y nunca se me ha ocurrido quitársela) y varias copias del programa Juego Limpio. Encima de los vídeos hay un pedazo de papel rojo doblado.
Parece que alguien lo dejó caer por una de las ranuras de la parte de arriba de la taquilla.
En tinta negra gruesa dice: El silencio es la mejor política.
Se me cae de las manos. Luego, lo agarro de nuevo como si fuera algo que va a contaminar mis pertenencias.
Bueno. Piensa como una verdadera periodista, me digo. Me quito la mochila y la registro, buscando las galletitas que metí adentro esta mañana.
Las saco de la bolsa plástica en que las había puesto y meto la nota adentro.
Con la nota cuidadosamente guardada, me levanto. Georgia se ha aparecido en la taquilla de al lado sosteniendo un pedazo de papel rojo entre dos dedos como si estuviera contaminado con ántrax.
—Esconde eso —le ordeno.
—¿Qué quiere decir?
—Ven aquí —La empujo dentro de la sala, que está desierta. Cierro la puerta. Nos sentamos encima de los pupitres de frente una a la otra.
—Georgia. No le puedes soplar esto a nadie. Ni siquiera a Nate. A nadie,
¿me entiendes?
Asiente solemnemente.
—No se lo vas a decir a nadie a la hora del almuerzo, ni aunque te enteres que otros tienen la misma nota. ¿De acuerdo?
—No podría aunque quisiera. Tenemos la cita con la consejera. Yo a la mediodía y tú a las doce y media. ¿No te acuerdas?
¡Rayos! Se me había olvidado.
Rápidamente le digo lo que ha pasado: la paliza que le dieron a Scott, la conversación que tuve con Ross en el pasillo y mi rompimiento con Jerome.
Me quité un gran peso de encima. Georgia no parece asombrada con la información.
—Yo también tengo un secreto que decirte —me dice.
—¿De veras?
—¿Te acuerdas del chico, Rocky, al que le dieron una paliza el año pasado?
Le digo que sí. Rocky es dos años mayor que nosotras, pero siempre va a las fiestas de nuestro grupo. El año pasado le dieron tal pateadura que lo mandaron al hospital por una semana. Todo el mundo quería que hiciera una denuncia, pero nunca le dijo a nadie quién lo había hecho. Dijo que todo había sido un malentendido. Que era algo sin importancia.
—Ross fue el que lo hizo —me dice Georgia.
—¿Cómo lo sabes?
—Nate me lo dijo. Dice que Ross usa esteroides y que no le asientan. Él tiene mal genio de por sí, pero ahora, cuando algo lo contraría, pierde totalmente el control.
—Qué barbaridad. ¿Por qué la gente tiene que hacer esas cosas?
Georgia levanta los hombros.
—Me imagino que para lucir fuerte, creo.
—¿Nate también los usa?
Vuelve a levantar los hombros.
De pronto me recuerdo de algo que no le he dicho a Georgia: la información del oficial McBride sobre las huellas de las botas. Cuando se lo digo, levanta las cejas.
—¿Crees que ésas son las huellas de las botas de Ross?
Le digo que sí.
—¿Y tú crees que Nate y Jerome tienen que ver algo con todo eso?
Lo último que hago es decirle que sí de nuevo, porque suena la campana, se abren las puertas de la sala y todo el mundo empieza a entrar.
La mañana es larga y aburrida con geografía y matemáticas. La clase de inglés resulta un poquito más interesante. Hacen una representación de las brujas de Macbeth, sus predicciones, sus ardides y frases de doble sentido.
Y algo aún más interesante. Me entero por Georgia que todos los que estuvieron en la fiesta en casa de Ian tiene que reunirse con la consejera de la escuela.
—¿Y por qué ahora? ¿Cómo es que no lo hicieron la semana pasada?
Georgia le da vuelta a los ojos:
—¿A lo mejor porque la señora Bing no quería tener que vérselas con problemas serios?
La señora Bing ha sido la consejera de la escuela desde la época de los dinosaurios. Las únicas veces que la he visto han sido en las asambleas de la escuela. Generalmente habla de algún problema que de pronto le parece importante, como por ejemplo, la bebida. El año pasado hubo un gran escándalo cuando una alumna de noveno se desmayó en la clase. La señora Bing, convencida de que era un caso de anorexia, le empezó a meter galletas de soda en la boca. Suerte que la pobre chica no se atragantó. En realidad, era un caso de hipoglicemia.
Cuando llego a verla a las 12:30, no estoy muy contenta de haber perdido la mitad de la reunión de Juego Limpio.
La oficina de la consejera no tiene buró. Hay cuatro sillas como las de la oficina del director alrededor de una mesita. Es ideal para las juntas de padres y maestros.
La señora Bing está recortando unas letras para el boletín de noticias.
Tiene el pelo corto, canoso y crespo. Los lentes bifocales le cuelgan de la punta de la nariz. Me hace una señal de que pase y me siente.
—Jen, me imagino que te preguntarás por qué te he mandado a buscar.
—Me imagino que es por el asunto del asesinato.
Pone las tijeras en la mesa y me mira como pensando si es que voy a resultar un problema.
Le doy tiempo a reflexionar.
—Si usted está tan preocupada, por qué no nos llamó en cuanto ocurrieron los hechos. Ya hace dos semanas de eso.
La señora Bing se incorpora y me dice de cerca:
—Jen, te voy a ser sincera.
Eso me irrita. Odio cuando la gente usa mi nombre constantemente, como si fuéramos íntimos amigos.
—Lo que sucede, Jen —continúa hablando—, es que la policía le ha pedido a la escuela que los ayude en la investigación. Primero, creen que hay estudiantes que presenciaron el asesinato y quisieran hablar con ellos.
Segundo, piensan que hay algunos que están intimidando y abusando de otros y no queremos que eso continúe, Jen.
—Señora Bing, nadie quiere que eso suceda —pienso en la nota que me dejaron en la taquilla y por un minuto creo que debo enseñársela. Luego me doy cuenta de que la señora Bing es una inepta. En unos minutos la escuela entera lo sabrá y ella estará dando discursos de cómo gracias a ella las cosas se están resolviendo, y enseguida todo el mundo se enterará de que fui yo quien le dio la dichosa nota.
—Bueno, continuemos…
La señora Bing me pregunta sobre la fiesta, los otros alumnos que asistieron y a dónde fui después. Es, en realidad, el mismo interrogatorio de la policía en cámara lenta, pero con el elemento de “cómo puedo ayudarte a sobrellevar la situación” y “dime todo lo que sientes”.
Al final, no le he dicho nada nuevo. Cuando me voy, ella se siente un poco derrotada. Le podría decir que está perdiendo el tiempo en hablar con los alumnos.
Con todo el bombardeo (por parte de la señora Bing) y la carrera por sobrevivir (en este caso, mía) no me queda mucho tiempo para ir a la sala de publicidad. Al final del día, por fin puedo pasar por allí. Alguien ha estado editando y las luces están apagadas. Una luz tenue, que se cuela por las persianas, mal ilumina la sala.
Al fondo, detrás de un mostrador donde están todos los equipos de edición, hay un archivo de cuatro cajones. El primero tiene el nombre de Scott. El casete que busco está allí mismo, sobre las notas de la semana pasada.
Miro alrededor de la sala. Al principio de curso, todos recibimos entrenamiento en cómo usar los equipos, pero yo no los he usado todavía.
Me concentro en hacer entrevistas y dejar que otros hagan el trabajo técnico. Por suerte, encuento un vcr que está conectado a uno de los monitores. Esperando no meter la pata y borrar algo, aprieto el botón Play y comienza el juego de basquetbol de la semana pasada. Stop, Rewind. Y a comenzar de nuevo.
“Que sea. Que sea,” me digo a mí misma mientros aprieto Play de nuevo.
¡Y lo es!
Al principio, está un poco fuera de foco, pero la cámara se ajusta. Es una escena buenísima, con sombra perfecta alrededor de los árboles y suficiente luz en la parte de atrás donde se ve una pared blanca. Se ve la esquina de un edificio, como si Scott se estuviera escondiendo detrás de él. Ahora, hace un close-up y noto más detalles. La violencia en los ojos de Ross mientras empuja a Ian contra la pared de la escuela. Las amenazas de Nate mientras se les acerca. Debe de estar diciendo algo. Ian tiene un pedazo de cinta adhesiva en la boca. Todavía no tiene los ojos morados. Parece estar aterrado. Es obvio que nadie se ha dado cuenta de la presencia de Scott.
—¿Qué pasó? ¿Te descubrieron? ¿Estaba Jerome allí?
Fui directamente del laboratorio de publicidad al hospital. Tengo tantas preguntas que apenas le doy tiempo a Scott para que me responda. Noto que luce un poco mejor. Los ojos los tiene menos hinchados.
—Ellos no tienen idea que hice esas tomas. Corrí hacia la escuela y guardé el casete en el laboratorio y luego corrí afuera para ayudar a Ian.
Cuando llegué, ya tenía un ojo golpeado y a lo mejor unas costillas rotas.
Creo que está bien.
—Debiste haber pedido ayuda — le digo.
Asiente.
—Pensé que cuando Ross me viera, pararía. —Se encoge de hombros—.
Pero no. Creo que él pensó que yo sabía de lo que hablaban. Nunca debí meterme.
—Es posible que Ian los estuviera amenazando con decir la verdad —
pienso en voz alta.
—¿Piensas que debí decírselo a los policías?
—No sé. ¿Y si no te creían? ¿Y si Ross se entera de que hablaste con los policías? A lo mejor en este momento podrías estar muerto.
—No paro de pensar en el investigador —me dice—. El hombre corpulento que estaba en la casa de Ian la primera vez que filmamos allí.
Actuaba como si nosotros fuéramos culpables sólo por la edad que tenemos.
—No me lo recuerdes. —Le cuento lo que me dijo el oficial Behnson cuando salimos del recinto donde me interrogaron.
No tengo muchos consejos que darle, así que no hay mucho de qué hablar. Me siento en el borde de la cama y le doy unas cuantas revistas de la sala de espera.
Cuando llego a casa, son casi las siete de la noche. Mi papá me está esperando, preocupado.
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