La verdad

Tanya Kyi · Capítulo 7 de 11

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La verdad

Capítulo seis

Parece que Georgia me ha perdonado por no haberle dicho el porqué Jerome y yo nos peleamos. Ayer, a la hora de almuerzo, la noté un poco distante, pero hoy todo ha vuelto a la normalidad. Me imagino que ha decidido esperar hasta que yo, al final, se lo cuente todo.

Estamos caminando por el pasillo de la escuela cuando nos encontramos con Scott. Saluda a Georgia con la cabeza y se me acerca.

—Tengo algo nuevo. ¿Nos podemos ver a la hora de almuerzo? ¿Qué tal a las doce y media en la sala de publicidad?

Asiento. Suena la campana para entrar a clases.

Mientras el alumno de noveno grado asignado para la semana lee las noticias, el señor Arthur le pasa una nota a Georgia y otra a mí. Resulta que ambas tenemos que ver mañana a la consejera de la escuela. Yo reviro los ojos y Georgia hace como que tiene arcadas.

A las 12:30 en punto estoy en la sala de publicidad esperando por Scott. Lo sigo esperando hasta las 12:40, 12:50 y hasta la 1:00 cuando suena la campana. No lo veo en toda la tarde por los pasillos y me parece algo extraño. Me imagino que se olvidó de que nos íbamos a ver. Entre una clase y otra veo a Ian y noto que tiene un ojo morado, pero no me da tiempo a preguntarle que le pasó.

Otra vez veo que mi papá me está esperando a la salida de la escuela.

—¿Ésta es la nueva moda? —bromeo.

—Scott Rich está en el hospital.

—¿Qué? —Tiro mi bolsa en el asiento de atrás y me meto en el auto—.

¿Qué es lo que dices? ¡Yo hablé con él hoy por la mañana!

—Obviamente después de eso tuvo un problema. Alguien lo atacó. Yo estaba pasando visita en el hospital y me enteré. Pensé que querrías ir a

verlo.

Papá aparca el auto cerca de la entrada. En cuanto atravesamos las puertas siento el olor a desinfectante, a orina y a pintura. Odio los hospitales. La única vez que estuve en uno fue cuando me operaron de las amígdalas en noveno grado. Desde esa vez detesto comer gelatina. La chica que estaba en la cama de al lado no paraba de vomitar. Cerraron las cortinas, pero así y todo la podía escuchar. ¡Qué asco!

Papá habla con la enfermera antes de entrar. Ella dice que Scott se va a recuperar pronto. Tiene una costilla rota y una contusión, pero nada de peligro.

—No se demoren. Necesita descansar —nos advierte.

Papá me lleva hasta el cuarto de Scott y luego se va a la sala de espera.

En cuanto entro, siento que quiero salir de allí corriendo. Tiene los dos ojos morados, una herida abierta en una ceja y el labio de abajo muy hinchado. Tiene un brazo enyesado.

—Hola —me dice. Parece que el que habla es un ventrílocuo, porque no mueve los labios.

—Me acabo de enterar y vine enseguida. ¿Cómo te sientes?

—Estoy sedado.

Me siento en el borde de la cama para que él no tenga que hablar alto.

—Si querías unos labios más gruesos, te hubieras inyectado colágeno.

Trata de sonreír pero le causa dolor.

—¿Qué pasó? —le pregunto.

—Nada. Un ex novio descontento de una chica con la que estoy saliendo.

—¿Tú saliendo? ¿Con quién? Yo creía que tú estabas enamorado de mí

—. Lo digo en broma, pero Scott es muy agudo intelectualmente.

Veo que no se ríe de mi broma y cambio de táctica:

—¿Eso fue lo que le dijiste a los policías? ¿Que el ex de tu novia te pateó?

Me dice que sí con la cabeza. Me doy cuenta de que le duele hacerlo.

—Mentiroso. Me dijiste que tenías algo nuevo. ¿Quién te hizo esto?

¿Ross? ¿Jerome? ¿Nate?

—Jen, no te metas en esto.

—Esta historia no es sólo tuya. Ya estoy metida en ella.

Cierra los ojos por un minuto.

—Fue mi culpa. No fui lo suficientemente cuidadoso.

—No. No fue tu culpa.

—¿Sabes qué? Después que me golpeó, cuando pensé que iba a perder el conocimiento, se me acercó al oído y me dijo bajito: “El silencio es la mejor política”. Da un poco de miedo.

—¿Quién te lo dijo, Scott?

—Adivina —me contesta.

Estuvimos sin decirnos palabra por unos minutos. Cuando me levanto para irme, me toma de la mano.

—Jen.

—Dime. —Me puedo dar cuenta de que quiere decirme algo. Scott es el tipo de chico conservador que pone su brazo delante hasta que él piensa que es seguro cruzar la calle. Finalmente se decide a hablar.

—Dejé algo en la sala de publicidad —me dice.

Mi papá levanta las cejas cuando nos encontramos en la sala de espera.

—Fue el ex de una novia que tiene —le cuento.

—Él puede denunciarlo —me contesta.

—Él lo sabe —le aseguro.

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