La verdad
Capítulo dos
Ted Grandville se murió. El primer grupo que me encuentro cuando llego a la escuela el lunes por la mañana está hablando sobre el asesinato. El segundo grupo, también. Y el tercero. Cuando llego a mi taquilla ya había escuchado: a) todo el mundo en la fiesta estaba usando drogas, ácido, se volvieron locos y mataron a Ted Granville entre todos; b) Ted Granville quiso terminar la fiesta y se apareció con una pistola y tres chicos lo mataron a golpes en defensa propia; y c) Ted Granville se volvió loco, saltó del balcón del segundo piso y se partió el cuello contra el pavimento de la entrada del garaje. Creo recordar que la casa de Ian no tiene balcón.
Mi única fuente confiable es Georgia, porque su mamá conoce a la señora Granville. Ella se pasó todo el fin de semana en casa de los Granville ayudándola a cuidar los niños.
—¿Te enteraste? —me pregunta Georgia en cuanto me ve.
—Ya he oído un millón de rumores —le digo—, pero parece que nadie sabe realmente qué fue lo que pasó.
Como siempre, Georgia luce como una estrella de cine atrapada por accidente en una secundaria. Cabellos rojos perfectamente peinados, arete en el ombligo, pantalones vaqueros por la cadera y una sombra roja alrededor de los ojos. Obviamente, estuvo llorando. Cuando yo lloro, luzco como si me hubiera arrollado un camión. Qué injusta es la vida.
Suspira delicadamente.
—Dice mi mamá que murió en la ambulancia de camino al hospital.
Daño cerebral masivo.
—¿Viste la sangre en el suelo?
Dice que sí con la cabeza mientras hace una mueca.
—Si cierro los ojos, todavía lo puedo ver.
—¿Qué hacía él en esa fiesta?
—Dice mi mamá que él era amigo de la familia. Los padres de Ian le pidieron que cuidara de la casa.
Suena la campana de la escuela y no tenemos más tiempo para hablar.
Ya en mi clase, oigo que hay una asamblea con el director, el señor Seorgel, más conocido por esnórquel. No es de sorprenderse. Me alegra saber que yo no soy quien cubre las asambleas para el nuevo programa de noticias. Usualmente son un festival del sueño, con gente quedándose dormida.
Varios años atrás, una de las maestras obtuvo permiso para poner un programa de noticias y deportes de una hora, hecho todo por estudiantes, en el cable de Fairfield. Sale al aire una vez a la semana y todos los alumnos lo ven, posiblemente para enterarse de todos los chismes.
Yo trabajé en el programa el año pasado. Este año, soy una de las reporteras principales. Mis casos importantes este año son:
¿Han aumentado los casos de hurto en las tiendas?
Travis Trabajo. Los buenos, los malos y el dinero en efectivo.
Testimonio. Un día en la vida de una estrella de basquetbol en Fairfield.
El proceso de investigación para el último programa fue muy divertido.
La tutora, la señorita Chan, dice que yo necesito hacer trabajos de temas más serios. “Busquen la verdad,” dijo hace unas cuantas semanas. En aquel momento, la idea de que en Fairfield hubiera noticias reales me pareció risible.
Mientras me deslizo entre el tumulto de la asamblea, veo a Jerome que viene hacia mí. Es alto, de poco más de seis pies, y con el pelo claro, rubio claro. Es fácil distinguirlo, y también da gusto mirarlo. La primera vez que me invitó a salir, la primavera pasada, me emocioné tanto que se me quedó una sonrisa permanente en la cara por una semana.
—¿Fue la policía a tu casa?
—A las tres de la mañana —le dije—. Me moría por llamarte ayer, pero mi papá decidió que era el día perfecto para compartir un tiempo valioso con su hija. Fue un día aburrido y largo, larguísimo. ¿Hablaron contigo?
—Sí. Mi mamá se volvió loca. ¿Qué fue lo que les dijiste?
—En realidad, nada. ¿Y tú?
—Lo mismo. Tampoco me parecieron muy listos que digamos. Los policías son o malos o estúpidos.
—¿Tú crees?
—¿Te acuerdas del año pasado cuando Ross estaba manejando borracho y trataron de pararlo? Les sacó tremenda ventaja y finalmente se escapó.
Luego, llamó a su abuela por teléfono y le dijo que un tipo le había robado el carro. Ella le creyó el cuento y la policía también. O por lo menos no pudieron probarle nada.
Ya estábamos en el gimnasio y el director tenía el micrófono en la mano.
Cuando logra que todo el mundo esté en silencio dice algo como: “Tragedia sin precedentes…sentido pésame para familiares y amigos…la policía está investigando…total cooperación.”
Jerome se inclina sobre mí en medio del discurso y me dice:
—Escucha. Ross teme que la policía va a cogerla con él por culpa de la pelea del verano pasado. Manténte como si nada. ¿Está bien?
—Por supuesto.
Cuando pienso en eso me doy cuenta de que Ross estaba en la fiesta, pero que no recuerdo haberlo visto después de ver al hombre en el suelo.
Posiblemente yo estaba en estado de shock. Trato de recordar quién estaba conmigo en el cuarto. Candi bajó las escaleras gritando. Georgia subió corriendo conmigo. Ian estaba allí, más pálido que un fantasma. Me imagino que explicarles a tus padres lo que hace una persona muerta en su habitación es peor de que se enteren que hiciste una fiesta sin su permiso.
¿Quién más? Jerome. Sé que había otras personas, pero las recuerdo como en una bruma. Nate fue el que tomó control de la situación. Entró, y en cuestión de segundos, el mundo comenzó a moverse de nuevo. Mandó a Ian a llamar al 911 y les dijo a todos los demás que se fueran. Eso fue lo que él hizo. Y rápidamente.
—Oye. Dile a Gloria lo mismo. ¿Me entiendes?
Yo asentí como ausente. El oficial Wells toma ahora el micrófono. Es mucho más alto que el director y tiene problemas para ajustar el micrófono.
Trata de inclinarse para hablar y mirar a las gradas al mismo tiempo. Nos dice la importancia de obtener cualquier tipo de información en los próximos días y que toda información será de carácter confidencial, etc.
Suena sospechosamente parecido a mi papá cuando me da su acostumbrado discurso semanal: “Si alguna vez necesitas que te recoja, sólo tienes que llamarme. No haré ninguna pregunta.” ¿Quién le va a creer semejante cosa?
Ni mi papá, que es súper chévere, me puede venir con esa.
Después de la asamblea, Georgia se me acerca en el pasillo.
—Oye —me dice—. Estuve hablando con Nate y me pidió que actuáramos cómo si nada hubiera pasado. No hablar de eso con nadie en la escuela y tú sabes qué más.
Levanté los hombros.
—Sí, seguro. Jerome me dijo lo mismo.
Lo que sucedió el resto de la mañana no tiene importancia. Atiendo a las clases hasta la hora de almuerzo. Entonces me acuerdo de que tengo una reunión con el grupo de reporteros.
En una escala del 1 al 10, donde el 10 es super cheverísimo y el 1.5 más o menos tan chévere como la maestra promedio, le doy un 8 a la señorita Chan. Ella es la maestra tutora del programa de la tele Juego limpio. El programa sale en el cable local de Fairfield todos los viernes después de las clases. Se supone que el programa es de noticias, con un locutor que presenta a diferentes reporteros, en vivo. Generalmente se presenta un reportaje y un par de cortos.
Antes de trabajar como maestra, la señorita Chan fue reportera en Ontario. Me la puedo imaginar, fácilmente, con una grabadora en una mano y un micrófono en la otra detrás de un abogado escaleras abajo, a la entrada de la corte, para pedirle un comentario. Ella tiene el tipo perfecto para estar en la tele. Tiene el pelo negro y corto, ropa elegante y zapatos de tacón que suenan cuando camina por la sala.
La sala de publicidad es, en realidad, una oficina que queda detrás del aula de la señorita Chan. Hay unas cuantas sillas, un par de mesas grandes y dos computadoras donde hacemos la edición de nuestros vídeos.
En las reuniones de los lunes, nos dividimos el trabajo. Esta semana tenemos las noticias usuales de deportes, la presentación de una maestra nueva de arte y un testimonio sobre si los cuchillas de afeitar de los
hombres y las de las mujeres son, en realidad, iguales. La programación principal trata sobre el asesinato. Esa es mía.
Me siento por un minuto después de la reunión para organizar mis pensamientos. ¿Qué es lo que más me interesaría saber si yo estuviera oyendo las noticias? Me gustaría saber si el oficial Wells se va a aparecer en mi casa de nuevo. Y cómo es que hacen una investigación criminal. Y lo principal: quién fue el asesino.
Esa idea me paraliza. Es como si yo me hubiera estado negando a pensar en eso desde el sábado por la noche. Ahora, hay un signo de interrogación gigante en mi libreta de notas que salta a mis ojos. ¿Quién mató a Ted Granville? Yo estaba allí, yo debía poder darme cuenta. Y aun más, ya yo lo debería saber.
Hay personas que siempre son las últimas en enterarse de las cosas. No yo. Yo siempre soy la primera. Es que paso mucho tiempo en el teléfono o que tengo un sentido superdesarrollado para el chisme. Creo. Me encantan los secretos. Cuando la mamá de Georgia salió en estado el año pasado (¿te imaginas salir en estado a los cuarenta y cinco años?) yo fui la única, además de Georgia, que lo supo por tres meses completos. Cuando la chica de décimo grado se mudó, ¿quién fue la primera en enterarse de que los vecinos pensaban que su papá era del KKK? Yo. A pesar de que resultó ser mentira. Eso es parte de mi vocación de periodista. Tengo que olerme las cosas y comprobar si son verdad.
Entonces, ¿por qué no sé la verdad en este caso?
Cuando terminé de hacerme mil preguntas, todo el mundo con excepción de Scott Rich, el mejor camarógrafo que tenemos, se había ido.
Scott no es un tipo común. En realidad, es un tipo muy interesante. Está sólo en onceno grado, pero su manera de pensar es más como la de un filósofo antiguo que vive en una cueva. Tiene el pelo crespo y largo, por los hombros, que lleva la mayor parte del tiempo en un coleta, y parece que nació con una cámara. Dice que él no es más que un observador de la naturaleza humana. Lo juro, es un maestro Zen con sólo dieciséis años.
El otro día estábamos todos conversando en el patio de la escuela, durante la hora del almuerzo, y Georgia y Nate estaban discutiendo sobre lo que era, realmente, la música “suave”.
—Melancolía —fue la respuesta de Georgia.
—Tú quieres decir música zonza de “mi novio me dejó” —dijo Nate—.
No, eso no. Lo que lo determina es el tempo.
Entonces, vieron a Scott cerca de la puerta y le pidieron su opinión sobre el tema en debate.
Ladeó la cabeza por un segundo y dijo:
—Pasividad.
Y con la misma se fue. Todos se quedaron sentados asintiendo.
De todas formas, siempre resulta interesante trabajar con Scott. Por una parte, me pone un poco nerviosa. Porque puede que yo no esté a la altura de su visión del mundo. Por otra, ve las cosas desde un ángulo, que si no fuera por él, no me las habría imaginado.
Nos pusimos de acuerdo para caminar hasta la casa de Ian, “la escena del crimen”, después de las clases. Scott puede hacer unas tomas y yo puedo acribillar a preguntas a cualquier investigador que esté por allí.
Por suerte, el primer oficial de la policía que veo es a Dave McBride. Él juega tenis con mi papá durante los veranos. Va en camino a su auto. Me alegro de haberlo encontrado afuera, porque en realidad, yo no quiero tocarle el timbre a los señores Klassen. No creo que estén en la mejor disposición en estos momentos.
—Oficial McBride —lo llamo, y Scott me sigue mientras me acerco al auto de la policía—. ¿Me puede usted dar cualquier información sobre el curso de la investigación? Estoy desarrollando la historia para el programa de noticias de la escuela.
—¡Hola, Jen! —me saluda con una amplia sonrisa—. No sé cuánto puedo decirte. Deberías llamar al departamento y ellos te pondrán en contacto con la persona encargada de la prensa.
—¿Y qué podría decirme?
—Bueno, información general. La víctima se llama Ted Granville, banquero local, de 43 años de edad, padre de dos niños en edad escolar. El departamento de policía está poniendo todos sus recursos en la investigación.
—¿Y qué implica eso? —le pregunto—. ¿Cómo es que conducen la investigación? Yo pensé que este lugar estaría lleno de policías, pero veo que usted es el único aquí.
—Mientras más policías, mayores las posibilidades de contaminar la escena del crimen. Pasé por aquí sólo para asegurarme de que todo marcha bien, pero ya hay un investigador dentro de la casa haciendo el verdadero trabajo.
—¿Y cuál es ese trabajo?
—Tomar fotos de todo, tomar notas de las manchas de sangre y de la posición del cadáver. Buscar señales de violencia y recolectar la mayor cantidad de evidencia posible.
—¿Hay alguna evidencia que señale a un posible asesino?
Aguanto la respiración.
—Lo siento. No puedo darle esa información a la prensa.
—¿Y si fuera extraoficialmente? —le digo, con la esperanza de que funcione. Le echo una mirada a Scott. Me entiende y se aleja caminando, apuntando la cámara en dirección a la casa.
—En realidad, yo no debería estar hablando de estas cosas… —dice. Sin embargo, detecto una señal de que se rinde a mis preguntas.
Rápidamente pienso en qué decir.
—Por supuesto, yo nunca revelaré lo que usted me diga. Pero yo siempre veo los programas de policías en la televisión y es increíble la forma en que buscan evidencias.
¿Me estoy pasando de lista? Aguanto la respiración.
—Es un arte —afirma el oficial McBride.
—Es fascinante. ¿Podría darme un ejemplo?
Mis pestañas nunca batieron a tanta velocidad en toda mi vida.
—¿Hipotéticamente? —pregunta el oficial McBride.
—Pues, claro.
—Bueno, podríamos detectar parte de una huella de una bota en la sangre de la escena del crimen. La podemos comparar con las huellas que tenemos en archivo, y darnos cuenta de que no es zapato común.
—¡No lo puedo creer! ¿Es eso lo que ha sucedido en este caso? ¿Ustedes han encontrado una huella singular? —trato de que no se me note la emoción en la voz.
El oficial McBride parece sentirse incómodo.
—Yo hablaba hipotéticamente —dice—. Y por favor, ni una palabra de esto a nadie.
—Doy mi palabra de Muchacha Scout —le digo (lo que en realidad no cuenta, porque renuncié después de tres semanas vendiendo galletitas).
Alcancé a Scott, y ya preparaba la retirada, cuando un segundo oficial salió de la casa y se dirigió a nosotros.
—Oigan, chicos, ¿qué andan buscando? —nos pregunta. Es alto y fuerte como el típico policía. Scott parece un fideo al lado de él.
—Sólo estamos tomando algunas imágenes para el programa de noticias de la escuela.
Se inclina sobre nosotros y nos dice:
—Espero que ninguno de ustedes tengan algo que ver con esto.
Negamos con la cabeza en perfecta sincronización.
—Prepárense si yo me entero de lo contrario.
Sonreímos como si lo que él hubiera dicho fuera un chiste, pero no nos devuelve la sonrisa. Da media vuelta y da grandes pasos en dirección al auto donde está el oficial McBride.
—Viaje fructífero —dice Scott para resumir mientras nos alejamos.
Cuando llego a casa, no quiero saber ni una palabra más sobre policías.
Ya he tenido bastante. Así y todo, llamo a la estación y la recepcionista me envía un fax a la oficina que mi padre tiene en el sótano, con las últimas noticias sobre el caso. Comienzo a echarle un vistazo y decía exactamente lo mismo que el oficial McBride nos había dicho. De pronto, algo me llama la atención.
“En este momento, el departamento está investigando la posibilidad de que más de una persona estuviera involucrada en el ataque.”
OceanofPDF.com