La verdad

Tanya Kyi · Capítulo 5 de 11

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La verdad

Capítulo cuatro

Jerome me da un beso frente a mi taquilla, como todas las mañanas, pero sólo se detiene por un segundo.

—Estoy apurado —dice—. No terminé la tarea de matemáticas y Nate me prometió que me dejaría copiar la última parte antes de entrar a clase.

—Está bien —le digo, a pesar de que casi no nos hemos visto en toda la semana—. ¿Todavía nos vemos esta noche?

Jerome y yo salimos juntos todos los viernes por la noche. Algunas veces vamos a una fiesta o la pasamos con Ross y Nate y las chicas idiotas con las que hayan decidido salir esa noche (lo de idiota no se le aplica a Georgia, obviamente). Otras veces nos quedamos en casa y vemos películas en la sala.

—¡Ay!, se me olvidó decirte, no puedo esta noche.

Veo a Georgia que viene caminando por el pasillo.

—¿Qué?

—Tengo que irme. Lo siento. Te llamo durante el fin de semana.

—¡Imbécil! —digo a mí misma. Doy media vuelta para abrir mi taquilla y choco con Georgia que estaba parada justo detrás de mí.

—Sí, imbécil —afirma—. Y Nate también lo es.

—¿Y qué fue lo que pasó ahora?

—Lo mismo de siempre. Ayer nos reunimos a la hora del almuerzo y hoy me dice que va a estar ocupado todo el fin de semana y que hablaremos la próxima.

Nos miramos y hacemos el mismo gesto de “todos son unos estúpidos.”

—Georgia, ¿sabes lo bien que le hace a uno tener con quién hablar después de haber hecho algo totalmente denigrante? —le pregunto—. ¿Y

poder darle, morbosamente, todos los detalles, y que esa persona te siga queriendo a pesar de pensar que estás loca?

Georgia asiente.

—Bueno, yo te dije lo que me pasó el miércoles cuando leía la parte de Lady Macbeth. ¿Y a quién más se lo podría decir? Jerome se ha puesto rarísimo, peor que yo. A cualquier otra persona que se lo cuente me mandaría directamente a un hospital de locos. Mi papá me metería tan rápidamente en un hospital psiquiátrico que pensarías que me desaparecí.

—Hay una sola solución para ese mal —me dice.

—¿Que no vaya más a la clase de literatura inglesa y que no me gradúe?

—No. Policía de la moda. Tenemos diez minutos antes de que suene la campana.

Es un juego cruel. Pero es el mejor remedio para el estado de ánimo desde que se inventó salir de compras. Además, en Fairfield no hay un centro comercial.

Todo comenzó cuando Georgia y yo nos conocimos el primer día de clases en décimo grado. Ella era, obviamente, nueva. Primero, porque yo voy a la escuela en este pueblo desde kindergarten y no la conocía. Y no es sólo que yo conozca a todo el mundo en la escuela. Es que lo sé todo de sus vidas. Yo sé que Ian Klassen se orinó en el columpio a la hora del almuerzo en primer grado. Sé que Nate es el menor de tres hermanos y que los otros dos son prácticamente genios. Sé quiénes son familia, y me conozco la historia completa de quién ha salido con quién. Eso es lo que sucede cuando uno va a la escuela con la misma gente por trece años. Se absorbe, por ósmosis, la vida completa de los demás. Incluso, algunos de nosotros fuimos juntos al preescolar.

Así que en cuanto vi a Georgia, supe que se había acabado de mudar. La otra cosa que noté inmediatamente fue el increíble par de botas de piel altas que llevaba. Negras, de charol. Algo que no puede comprarse en Fairfield en un radio de cinco horas a la redonda.

Ella estaba recostada a la taquilla junto a la mía cuando yo llegué (resultó que su apellido es Findley, así que estabamos alfabéticamente destinadas a estar una al lado de la otra).

—Hermosas botas —le dije.

—Gracias —me respondió—, pero en este momento estaba pensando en cambiarlas por aquel par.

Hizo un gesto con la cabeza para apuntar a un chico que caminaba por el pasillo.

Di la vuelta y vi a un pobre chico de octavo grado con un par de tenis que debieron ser los que se le quedaron chiquitos a su hermana. Estaban llenos de lodo, posiblemente una estrategia para camuflarlos; pero eran, sin duda alguna, de color rosado pastel.

—¡Ay! —dije.

—Alguien tiene que llamar a la policía de la moda. Es una emergencia.

Código rojo.

Así comenzó el juego. Y bueno, ya lo dije: no es exactamente un juego agradable. Estoy segura de que el pobre chico no tenía la culpa de tener que ponerse zapatos rosados para ir a la escuela.

Hoy, Georgia parece salida de la revista Cosmo. Ella creció en la ciudad y no quería mudarse cuando se enteró de que a su papá le habían dado un empleo aquí, hace dos años. Eso, y tambien el nuevo bebé (algo que todavía no entendemos bien), hizo que su mamá se sintiera un poco culpable y le diera a Georgia una tarjeta de crédito para que comprara a través de Internet. Hay gente que nace con suerte. Una vez le protesté a mi papá de que no tenía suficiente ropa y me sugirió que tomara un curso de costura.

¡Aaaah!

—¡Código rojo! ¡Código rojo! —me dice Georgia bajito y hablando de lado.

Las dos estamos recostadas a nuestras taquillas y tratando de actuar como si nada.

—¿Viste la blusa de ésa?

—Parece que la hicieron de tela de cortina —me río—. Oye, código azul para aquellos pantalones lavados con ácido. Fecha: 1980.

En menos de cinco minutos ya me sentía mucho mejor.

—Hablando de códigos rojos —dice Georgia—, ¿has visto los zapatos que lleva Ross?

—No, ¿por qué?

—Él tiene unas botas de piel australianas que le mandó su tía, ¿no te acuerdas?

—Sí. Se las pone todos los días.

—Ya no. Ahora se pone unos tenis horrorosos. Le pregunté que le había pasado a las botas y me dijo que se rajaron.

Asentí, pero de pronto me di cuenta de que algo no andaba bien.

—Oye, Georgia —le digo en el momento en que suena la campana y caminamos hacia el aula—. ¿Cuándo fue que se le rajaron?

—No sé —dice, levantando los hombros—. No hace mucho.

—¿Y la piel se raja? —me pregunto en voz alta, pero ya empiezan a hablar por los altavoces y Georgia no me escucha.

Trato de interceptar a Jerome en su taquilla a la hora del almuerzo. Hace una mueca cuando me ve.

—¿Qué, no me das un beso? —le pregunto.

—Perdóname, Jen. Estoy apurado.

—Necesito hablar contigo.

—Bueno. Vamos a vernos en algún momento durante el fin de semana.

—Necesito hablar contigo hoy.

—Está bien. Voy a estar en casa después de las clases. Me llamas. ¿Sí?

Le digo que sí y él sale huyendo como alma que lleva el diablo.

Mi papá llega del trabajo después de las cinco. Entro en la casa y busco en el refrigerador unos espaguetis del día anterior. Luego, espero una media hora para dar tiempo a que Jerome llegue a su casa. Mientras espero me voy poniendo más y más enojada. ¡Es un imbécil!

¿Quién es él para tratarme así, y darme de lado como si yo fuera una de esas idiotas babosas? No es que yo le caiga atrás por todos los pasillos. No.

Yo no hago como Georgia, que parece un perrito faldero detrás de Nate. Él es mi novio. Y si necesito hablar con él, él tiene que atenderme, no darme una cita.

Llamo exactamente a las cuatro de la tarde. A esa hora ya estoy tan furiosa que tengo que apretar los dientes para hablar. “Mantén la calma,”

me digo. “Manténte tranquila y fría. La reina del polo norte.”

—Hola. ¿Se encuentra Jerome, por favor?

—Jen, soy yo.

—Ah, perdóname. Es que ya ni te reconozco la voz.

—Déjate de tonterías.

—No creo que esté diciendo ninguna tontería. Te niegas a hablar conmigo en la escuela. No te he visto en toda la semana. Y luego, dices que no me puedes ver esta noche.

Silencio en la línea.

—Si quieres que nos peleemos, pues dilo.

—Yo no quiero pelearme contigo —dice.

—Entonces, yo probablemente lo haga —lo digo, apretando los dientes para no llorar. Definitivamente, no voy a llorar.

—Jen, lo siento. Lo que sucede no tiene nada que ver contigo. Lo que pasa es que Ross tiene un problema y no quiere que hablemos con mucha gente.

—¡Yo no soy mucha gente!

Otra vez, silencio.

—Tú piensas que yo soy una chismosa y que voy a hablarlo todo con todo el mundo.

—No, yo no pienso eso.

—No debes. Porque yo no le he dicho nada a nadie. Y hay cosas que yo podría decir. Jerome, yo sé lo que pasa con las botas.

—¿Qué botas?

—Yo sé que el hombre fue golpeado por dos personas. Sé también que uno de ellos tenía unas botas con una suela especial. Y sé también que Ross se deshizo de sus botas después del día de la fiesta.

—¿Quién más lo sabe?

—Nadie. Pero pronto se darán cuenta, especialmente si ustedes andan por ahí, portándose como si fueran del servicio secreto.

—Déjame preguntarte una cosa —me dice—. Digamos que tú y tu papá están en el auto un día por la noche y comienzan a discutir. Está oscuro, está lloviendo y él se distrae. Entonces, pasa una luz roja y ¡bum! le da al auto

de un fulano que regresa a su casa del trabajo. El tipo se muere instantáneamente. Cuando la policía llega, ¿le dices lo que pasó de verdad o le dices que el fulano fue el que se llevó la luz roja?

—Ya escuché eso antes. Y le diría exactamente lo que pasó.

—El hombre ya está muerto. No lo vas a resucitar mandando a tu padre a la cárcel. Fue un accidente. Además, tú eres parcialmente culpable.

—¿Yo? ¿Cómo?

—Tú comenzaste la discusión. Y por tu culpa él se distrajo.

—Mi papá nunca estaría de acuerdo con que yo mintiera.

—¿Y si él miente? ¿Y si él te pide que lo hagas?

—No, no lo haría.

Por un momento, la línea estuvo en silencio. Finalmente, Jerome dice que tiene que colgar.

—Te quiero decir algo más —le digo.

—Sí, ¿qué?

—Ted Granville fue golpeado por dos personas. Si Ross fue una de ellas, la otra entonces sería Nate…o tú.

No dice una palabra por un largo minuto. Luego dice:

—Mira, ya he tenido un día horroroso.

—Jerome, considera de ahora en adelante que estamos peleados —y cuelgo el teléfono.

Mi papá llega a casa poco después y me encuentra llorando desconsoladamente. Se pensará que los doctores están preparados para tratar con gente llorando. Aparentemente no.

—¿Te has lastimado? —me pregunta.

—No —sollozo.

—Está bien —me dice y me da dos palmaditas en la espalda de una forma extraña.

—Me peleé con Jerome —le digo.

—Lo siento —me dice, pero puedo darme cuenta de que no es así. En realidad no lo siente.

Subo dando patadas y tiro la puerta de mi cuarto. Me siento un poquito mejor. La abro y la vuelvo a tirar. Luego, me meto en la cama hasta el mediodía del sábado.

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