La verdad

Tanya Kyi · Capítulo 9 de 11

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La verdad

Capítulo ocho

Odio a Lady Macbeth. Es domingo por la noche y no he hecho absolutamente nada durante el fin de semana. Ahora estoy en mi cama rodeada de libros de literatura.

Por suerte, mi presentación no es hasta el viernes, porque no he podido adelantar. Debo hablar por diez minutos sobre el lado positivo de Lady Macbeth. Leo una y otra vez y sólo encuentro cosas negativas. Primero, trama un asesinato. Lo admito, eso requiere valor. Pero luego, se siente tan culpable que comienza a caminar sonámbula por todo el castillo, restregándose las manos como si las tuviera manchadas de sangre. Se muere antes de la batalla final. ¿Qué clase de valor es ése? Ella fue la que creó la situación. Debió enfrentarla y resolverla.

Debo hacer algo.

Me olvido de los libros y tomo una hoja en blanco. Comienzo a escribir.

Por qué debo hablar con la policía:

• Si no lo hago, un asesinato va a quedar impune.

• Alguien tiene derecho a saber la verdad. Por ejemplo, la esposa de Ted Granville.

• Tengo pruebas: las botas de Ross, el vídeo de Scott.

• Ross no tiene derecho a intimidar, golpear y amenazar a la gente con notas.

Tacho las dos primeras razones de mi lista por parecerse mucho a la forma en que Polyanna reaccionaría. Las dos últimas son las que me motivan.

Por qué no debo nunca hablar con la policía:

• Al final, le tendré que decir a mi papá que le mentí.

• Alguien puede verme en la estación de policía y todo el mundo se enteraría de que yo fui la chismosa.

• Puedo crearle problemas a Jerome.

• Tengo que presenciar cómo los policías se van a pavonear de que estaban en lo cierto: yo sabía algo.

Mis conclusiones: Estoy paranoica, demente (¿pienso realmente que alguien va a estar vigilando la entrada de la estación de policía? No estamos en una película de terror y misterio). Odio y amo a Jerome a la vez.

Tacho la lista y escribo con bolígrafos de diferentes colores hasta el final de la página:

Estás loca.

Estás loca.

Estás loca.

Estoy en la misma situación que cuando empecé. Debo hacer algo. Pero,

¿qué? Apago las luces y me tumbo en la cama a pensar. Luego me acuesto boca abajo. Sigo pensando. Me pongo de lado. Me toma una eternidad quedarme dormida.

Me repito lo mismo a ver si lo asimilo a través del arte de obtener sabiduría en estado inconsciente. Cuando me quedé dormida, no había decicido nada aún, pero esta mañana, sé exactamente lo que voy a hacer. Lo demás es convencer a Scott. Claro, tengo que esperar a que salga del hospital. Me trazo un plan en el camino a la escuela. Cuando llego, sonrío de satisfacción.

Veo a Jerome esperándome en el pasillo y la sonrisa desaparece de mi cara como un maquillaje de aceite.

Respiro profundo.

—Hola —me dice.

Espero un poco, pero parece que eso es todo lo que va a decirme. Sigue parado frente a mi taquilla, mirándome.

—¿Necesitas algo? —le pregunto.

—No. Bueno, sí —titubea con una sonrisa tonta—. Te he extrañado.

¿He mencionado por casualidad lo bello que es Jerome?

Eso casi logra que todo lo que planifiqué en camino a la escuela, en honor a la justicia, se venga abajo. Todas mis ideas rodaron por el pasillo de la escuela como en un juego de bolos. ¿Cómo se me puede haber ocurrido

hacer algo que pudiera perjudicar a Jerome? Además, es obvio que con esa carita, él no es capaz de hacer nada malo.

En el momento en que le voy a decir a Jerome lo mucho que yo también lo he extrañado, veo la cara amoratada de Ian que se me acerca. Miro de nuevo a Jerome y me pregunto si todo no es más que una estrategia para mantenerme callada. ¿Y si voy a salir de nuevo con un posible asesino?

Mi “Yo también te extraño” se convierte en un “Me tengo que ir”. Me escurro entre él y la taquilla y me dirijo al único lugar lógico: el baño de las chicas. Le paso por al lado a Georgia y ella me sigue.

—¡Qué horror!

—He tenido un día pésimo —protesta.

—No eres la única. Acabo de rechazar a Jerome y visité a mi novio, que en realidad no lo es, en el hospital.

—Odio a los chicos —es todo lo que Georgia puede decirme.

Cuando suena la campana, estoy muy nerviosa y tensa. Las dos perdemos la primera clase. Georgia me hace prometerle que voy a almorzar con ella al restaurant Willie’s Chicken.

El batido de chocolate y toda esa grasa me reviven un poco, y ya en la tarde me las arreglo para pasarle por al lado a Jerome calmadamente.

Con toda la histeria, no tengo tiempo para mi plan. No pienso en él hasta el último turno de clases, literatura. Hoy le toca a otra persona hacer una presentación acerca del papel que juega la profecía en la obra. Los planes de Lady Macbeth comienzan a desarrollarse y todo parece indicar derrota.

Me encantan los finales de Shakespeare: sangre y honor. Me entretengo y pienso en cómo voy a convencer a Scott para que me ayude.

En cuanto termina la clase, paso por el laboratorio de publicidad y luego voy derecho al hospital.

—Scott —le digo apenas entro—. Yo sé que no te va a gustar la idea pero…

—¿Por qué te demoraste tanto en llegar? —me interrumpe—. Necesito hablar contigo, porque tenemos que hacer algo.

—¿Qué dices?

—Seguro que no querrás, pero me he pasado toda la tarde pensando en cómo convencerte.

—¿Convencerme de qué?

—Testimonio —me dice.

—¡Pero ésa es mi idea!

—¿Qué?

Obviamente, tenemos un pequeño problema de comunicación. Cuando nos calmamos y nos escuchamos detenidamente, nos damos cuenta de que los dos tenemos planes idénticos.

—Pensé que no querías hacer nada —le digo.

—Sí. Pero mientras más tiempo estoy aquí sin hacer nada, más furioso me pongo. ¿Quién le ha dado a Ross tanto poder? ¿Con qué derecho hace esas cosas? Hacemos un programa testimonio o yo mismo me le enfrento.

—¡Mi madre! Siempre pensé que eras una persona pacífica —le digo admirada.

—Sí —me dice, muy animado—. Yo creo que el testimonio es la mejor opción.

Diez minutos más tarde, tengo la cámara montada en un trípode y aguanto el micrófono junto a la cama del hospital.

—Scott Rich —comienzo con voz de reportera profesional—. ¿Dices que fuiste agredido por dos estudiantes de la escuela secundaria Fairfield?

—Sí. Ross Reed and Nate Schultz.

—¿Cuál fue la razón de la agresión?

—Los vi maltratando a otro estudiante, Ian Klassen.

—¿Crees que estas agresiones están relacionadas con el asesinato del banquero local Ted Granville?

Llevábamos unos diez minutos filmando, cuando alguien apareció en la puerta: Georgia.

—Georgia, ¿que haces aquí? ¿Estás bien?

Por primera vez, Georgia no parecía salida de una revista de modas.

Tenía la cara pálida y los ojos rojos. Parecía que estaba a punto de vomitar, pero en su lugar, tiró una bolsa plástica a los pies de la cama de Scott.

—¿Qué es eso? —le pregunta Scott.

Yo estoy en estado de shock y no digo una palabra. Scott parece confundido y me doy cuenta de que nunca le hablé del secreto del oficial McBride sobre las huellas de zapatos.

—¿De dónde las sacaste? —le pregunto a Georgia.

—Estuve en la casa de Nate la semana pasada y estábamos en el sótano, tú sabes, en lo nuestro. Cuando traté de ir al baño, entré accidentalmente en el cuarto de desahogo y las vi encima de un montón de cosas viejas. Las reconocí porque son las botas de Ross. Pensé que las habría olvidado allí.

—¿Y cómo te las llevaste?

—Después de que me dijiste lo que había dicho el oficial…

—¿Quién dijo qué? —preguntó Scott, sorprendido.

Lo ignoramos por un minuto.

—Me fui de la escuela hoy por la tarde y fui a su casa —continúa Georgia—. Él tiene una llave escondida en el garaje para cuando se escapa por la noche. La tomé.

—¡Qué valiente has sido! —dijo Scott con aprobación—. ¿Pero qué pasa con las botas?

Finalmente lo ponemos al corriente. Luego, le doy un abrazo a Georgia y le hago prometerme que va a tener mucho cuidado.

Nunca antes me había tenido que preocupar por ella. Mañana, Scott sale del hospital y va a editar nuestro programa testimonio. Yo, mientras tanto, tengo que filmar las botas y escribir una narración para la banda de sonido, con una explicación. También tengo que hacerle una entrevista a un policía sobre cómo progresa la investigación.

A la hora de almuerzo el jueves, ya hemos terminado. El trabajo de Scott es mejor de lo que esperábamos. Llamó a Ian por teléfono y grabó la conversación, donde Ian prácticamente admite haber visto cómo golpearon a Granville.

Ahora, todo lo que necesitamos es sacarlo en vivo. La señora Chan nunca nos va a permitir hacerlo sin que ella lo apruebe primero. Decidimos usarlo para reemplazar secretamente el casete de Juego Limpio del programa que

debe salir al aire mañana: “Los adolescentes y el cigarro.” La señora Chan lleva el casete todos los jueves a la estación de cable, así que tenemos que cambiarlo al final de las clases.

—¿Lista? —me pregunta Scott cuando nos encontramos junto a mi taquilla.

—Lista.

—Pongo el casete dentro de una carpeta y la aprieto contra mi pecho.

Caminamos uno al lado del otro hasta el laboratorio sin intercambiar una palabra. Voy sin respirar, pero no me doy ni cuenta hasta que llegamos al aula que está completamente desierta. Entonces siento que mi cuerpo comienza a funcionar de nuevo. La adrenalina a todo dar.

—¿Donde está el casete de “Los adolescentes y el cigarro”? —le pregunto a Scott.

—Siempre lo tiene aquí, arriba del archivo —Scott busca debajo de unos papeles y lo encuentra.

—Bueno, dámelo. Aquí tienes el testimonio.

—¿El qué? —la señora Chan acaba de entrar. Scott pega un salto. Yo estoy muy nerviosa y dejo escapar un grito. Con eso perdemos la oportunidad de hacerlo sin ser descubiertos.

La señora Chan nos mira con una cara seria, como nunca la he visto.

—¿Les importaría decirme qué es lo que está ocurriendo aquí? —primero mira a Scott y luego a mí.

—La verdad…—comienzo a tartamudear—. Lo que sucede…

Scott dice:

—Lo mejor es que usted se siente y mire el casete.

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