La verdad
Capítulo tres
Esto es lo que dice mi diario sobre el horroroso jueves: 8:15 a.m.
La locura de Georgia con Nate, unas veces lo odia otras lo ama, está definitivamente en fase de amor, por el momento. Yo, por mi parte, no le veo nada de atractivo a una camiseta de hockey, pero esta chica está obsesionada. Trato de hablar con ella sobre el asesinato, antes de que suene la campana de la escuela, pero no me está prestando ninguna atención. Está mirando el pasillo de arriba a abajo, buscando a Nate.
—Almorzamos juntos en el patio la semana pasada, pero esta semana trata de evitarme todo el tiempo —protesta.
—No sé lo que le encuentras —le digo—. Dice Jerome que Nate está usando esteroides. Posiblemente no pueda tener una erección. ¿Sabes que eso le sucede a los que usan esteroides?
—Ah, ¿acaso eres tan experimentada en ese terreno?
Ahí sí que no puedo responder. Jerome espera que las cosas se pongan candentes entre nosotros, y yo no he logrado tomar una decisión al respecto.
—Aunque él pueda tener una erección o no, no deberías caerle atrás como una perrita faldera. Él no vale tanto.
—Yo no lo estoy persiguiendo.
Le dirijo una mirada y se da cuenta de que ni ella se cree lo que acaba de decir.
—Escucha. Nate no es uno de esos que habla mucho, pero cuando abre la boca, todo el mundo le presta atención, porque saben que lo que dice es importante.
Vale, eso es verdad. Especialmente cuando pienso en la forma en que Nate tomó control de la situación en la fiesta. Antes de poder decírselo a
Georgia, Nate se aparece, y ella me deja con la palabra en la boca para irse dando saltitos detrás de él. Me imagino que para escuchar sus sabias palabras.
8:25 a.m.
¡Qué alivio estar sola por unos minutos! Las dos noches pasadas me quedé despierta hasta tarde escribiendo el guión. Resultó ser un resumen de los hechos. Lo usual: quién, qué, cuándo y dónde. Con la excepción de que el
“quién” no es quién cometió el crimen, sino quién fue asesinado.
Me deslizo y me siento en el suelo, recostándome en la taquilla. La situación se hace más real con cada nueva oración que escribo. Un hombre ha muerto. Fue asesinado. Está muerto. El dolor de estómago que tuve la noche de la fiesta ha regresado permanentemente.
A medida que el asesinato se hace más real, el ambiente en la escuela es más surreal. Todo el mundo ha comenzado de nuevo a conversar, reír y, en el caso de Gloria, a perseguir a los chicos, como si nada hubiera pasado.
Cierro los ojos por un minuto. Los abro porque siento a alguien parado frente a mí.
—Hola, Jen.
Es Ross, con el pelo aún mojado de la ducha. Se pone de cuclillas frente a mí y sus rodillas me quedan una a cada lado. Pone las manos en la taquilla a la altura de mis hombros para mantener el balance. Me tiene acorralada y está tan cerca que puedo oler el desodorante que lleva.
—¿Qué pasó en la pelea de la casa de Ian, eh?
¿Pelea? Asiento, a pesar de saber que aquello estuvo bien lejos de ser una simple pelea. Suena la campana y todo el mundo empieza a dirigirse a sus respectivas clases.
—¡Pobre Ian! Está castigado permanentemente. A lo mejor lo perdonan cuando cumpla cuarenta años.
Esta vez le sonrío por obligación, pero siento una sensación extraña. Ross y yo nos tratamos amistosamente, pero no hablamos mucho. Él es más amigo de Jerome que mío. Ahora me está acosando.
—Tengo que irme a clases.
—Tienes tiempo de sobra. Tranquilízate —dice y se me acerca aun más.
—Jerome me dijo que estás escribiendo un reporte sobre la situación.
—Sí. Para el programa de la escuela.
—¿Hay algo que yo debería saber?
—Eso depende. ¿Eres corresponsal de noticias? Un periodista nunca revela sus fuentes, ¿lo sabías?
Estoy bromeando. Ross ya me está empezando a molestar, pero de veras estoy bromeando. Por la mirada que me echa sé que él está hablando completamente en serio.
—Digamos que soy un miembro de la audiencia interesado en el asunto.
—El reporte consiste en los hechos dados oficialmente por la policía.
¿Estuviste allí? No creo haberte visto después de lo que pasó.
Niega con la cabeza.
—Me piré temprano. Me enteré de que había otra fiesta.
—Entonces, ¿por qué te importa tanto?
—Es que no quiero ningún problema. Me tengo que ir.
Se incorpora y corre por el pasillo hasta que veo sus largas piernas desaparecer por la esquina. Me admiran sus “buenos” modales. Suena la última campana avisando a clases y yo sigo sentada en el pasillo. Suspiro.
Me levanto y me dirijo a la dirección. Necesito un pase para entrar a clases.
Estoy tarde.
Mediodía
El día empeora gradualmente. Almuerzo sin ningún amigo. Georgia se va atrás de Nate. Jerome dice que tiene algo que hablar con Ross y desaparece.
No tengo ni la oportunidad de contarle la forma extraña en que se comportó Ross esta mañana. Sin nada más que hacer, me dirijo a la clase de publicidad. La señorita Chan me pregunta cómo va lo que estoy haciendo.
—Muy bueno, Jen. Aquí aparecen todos los hechos. Pero creo que falta el elemento humano. ¿Qué opinión tienen los vecinos de Ted Granville?
¿Era conocido en Fairfield? ¿Y qué tal agregar algunos comentarios de los que asistieron a la fiesta? No estoy diciendo que esta historia no esté buena para salir al aire —continúa diciendo—. Lo está. Pero vamos a revisarla la
semana que viene con ambas cosas, los hechos reales, y la reacción de algunas personas. ¿Te parece bien?
Asiento. Especialmente con la intención de que se acabe de ir. Ella es maravillosa, pero hoy, comprobado, todo lo que diga o haga me va a salir mal.
2:30 p.m.
Anoche me olvidé de leer lo que tenía asignado, así que fallo en el cuestionario que nos da el señor Johnson sobre Macbeth. En represalia, me hace leer parte del quinto acto.
El señor Johnson lee la parte donde el doctor va a observar cómo Lady Macbeth camina en sueños. Yo debo leer la parte de Lady Macbeth. Parece que después de tramar e intrigar con su marido, finalmente siente remordimientos. Dando tumbos, sonámbula, cree que tiene sangre en las manos: “Fuera, fuera, sangre maldita. Bórrate endiablada mancha de sangre.
Bórrate, te digo.” Después de un par de minutos, me adentro en el personaje. Me froto las manos como si me apestaran.
Y ahora es cuando el día se pone horrible. De pronto, estoy convencida de que la clase entera piensa que yo maté a Ted Granville. Algo impensable.
Completamente infundado. La mitad de la clase ni sabe que yo estuve en esa fiesta. Me digo: Cálmate. Pero alguien en la sala tose y veo cómo dos chicas en la fila de enfrente se miran una a la otra. Estoy convencida de que todos están pensando lo mismo. Culpable. Culpable. No puedo quitarme la idea de la cabeza y me equivoco. Luego, digo que tengo que ir al baño, agarro mis libros y salgo corriendo de la clase.
Me estoy volviendo loca.
3:30 p.m.
Los últimos avisos nos los dan en la clase de Educación Física: En la dirección hay mensajes para bla, bla, bla, bla, bla, bla, Jen Forester, bla, bla, bla…
El mensaje para mí es de la consejera de la escuela. Dice que debo ir a su oficina si en algún momento necesitara hablar con alguien.
4:00 p.m.
Por lo menos, la consejera me ha dado la opción de no ir. La policía, el oficial Wells y el investigador que yo vi en la escena del crimen tocaron a mi puerta poco después de llegar a casa. Quieren que vaya a la estación de policía a hablar con ellos. Me parece que no tengo otra opción.
Me siento como una criminal sentada en el asiento trasero del auto de la policía con el cristal ese frente a mí y con las puertas que no abren desde adentro. Por lo menos no me pusieron las esposas. Cuando llegamos a la estación, me dejan sola en un cuarto sucio y feo. Aparentemente, mi papá está en camino para encontrarse conmigo.
Después de esperar por largo rato, los tres entran. Mi papá me mira preocupado, pero me aprieta la mano y se sienta junto a mí. El oficial Wells se sienta frente a nosotros. El otro oficial, que se llama Behnson, camina de un lado para otro. Él es el que hace las preguntas. Después de un rato, me marea mirarlo.
Le digo las mismas cosas que le dije al oficial Wells cuando vino a mi casa: estuve toda la noche en la cocina. Nunca vi a Ted Granville entrar a la casa. Jerome me llevó en auto a casa.
Cuando terminamos con la primera ronda, Behnson comienza a hacerme las mismas preguntas en diferente orden.
—Sólo para estar seguros —dice.
Ya lo creo. Lo que creo es que está tratando de confundirme. Dice las cosas al revés y estoy segura de que lo hace de propósito.
—¿Así que estabas en la sala la mayor parte de la noche? —me pregunta.
—En la cocina.
—¿Y el cuerpo estaba arriba?
—Me imagino.
—¿Nunca lo viste?
—No.
—Señorita Forester, ¿le sorprendería saber que otros testigos dijeron que usted estaba con ellos en el cuarto cuando descubrieron el cuerpo?
Me sorprende. Aunque no debiera. Por supuesto, ellos están interrogando a todos los que estuvieron allí. Debimos ponernos de acuerdo para todos dar
la misma información. No puedo pensar con tanta gente mirándome directamente a la cara. Pongo la cabeza en la mesa por un momento.
—¿Jen, le mentiste a la policía anoche? —es mi papá el que pregunta ahora.
Levanto la cabeza y me encojo de hombros.
—Yo no sabía que estaba muerto. Sólo le dije la versión más simple de la historia. Yo esperaba que fuera todo una situación pasajera.
—Entonces mentiste —dijo Behnson.
Afirmé con la cabeza.
—¿Qué te hizo subir a la habitación?
—Candi bajó las escaleras gritando. Nosotros subimos para ver qué pasaba.
—¿Quienes estaban allí?
—Yo, Georgia, Jerome, Nate…y otra gente, pero no recuerdo.
—¿En ese momento, dónde estaba Ross Reed?
—Yo lo vi temprano esa noche, pero no creo que estuviera allí en ese momento.
—¿Estaba Ian Klassen?
—Sí. Estaba.
—¿Y…dónde estaba el cuerpo cuando lo viste?
—En el suelo del cuarto de los padres de Ian. Casi a la izquierda de la cama.
—¿Quién llamó a la policía?
—Ian. Nate le dijo que lo hiciera.
Mi papá se empieza a poner impaciente.
—Un momento. Jen cogió miedo y mintió.
Pero está claro que ella no tiene nada que ver con el ataque.
—Por favor, señor Forester, sólo unas cuantas preguntas más. Jen, ¿Candi te dijo algo de lo que vio?
—No me dijo nada. Ella comenzó a gritar y nosotros subimos a ver lo que pasaba.
Continúan con las preguntas por otra media hora. Finalmente, cuando creo que la cabeza me va a explotar, paran.
—Si necesitamos más información, nos volveremos a poner en contacto.
Mi papá sale de la habitación primero que yo, mientras le dice algo al oficial Wells. Behnson me agarra por el brazo y me dice:
—Puede buscarse un problema muy serio, señorita. Si me entero que ha mentido de nuevo, vamos a investigar detalladamente cuál ha sido su participación en todo esto.
Salgo dando tumbos como en una nube. Mi papá parece estar mitad preocupado, mitad furioso, pero yo estoy demasiado cansada para preguntarle si está enojado conmigo o con los policías. El viaje a casa lo hacemos en completo silencio.
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