Las perversas intenciones de un Lord sin corazón
Capítulo 14
D
espués de desayunar, Natalie se tumbó un rato en la cama antes de acercarse a la estantería. Sacó varios libros de poesía y finalmente se decidió por uno. Era una colección de poemas de Anna Bradstreet. Anna había sido la primera mujer poeta y quedó inmortalizada por sus aportaciones al mundo de la poesía. Sus escritos siempre le habían agradado y sentía la necesidad de volver a leerlos.
Natalie sonrió. Una sonrisa seca. Sin embargo, la sonrisa iba a desempeñar un gran papel en su recuperación. Era la segunda vez que sonreía desde que tenía doce años.
Sonó un golpe en la puerta. Luego, un segundo. Y un tercero. Ella dio permiso para entrar, sabiendo quién podía ser. Por suerte, era la persona que esperaba ver.
Anne le sonrió y ella le devolvió el gesto. Anne pudo ver que las cortinas de la ventana se habían corrido hacia la izquierda y que la habitación estaba totalmente iluminada, a diferencia del día en que hizo su primera aparición allí. Se acercó y miró el libro que Natalie tenía en la mano.
—Anna Bradstreet —explicó la muchacha.
Anne asintió.
—¿La conoces? —le preguntó Natalie con aire inocente.
—Sí, la conozco. Aunque apenas. Sé que era una poetisa. Nada más.
James la conoce mejor porque también le gusta la poesía.
—Eso está bien. ¿Él también escribe?
Anne asintió.
Natalie se quedó asombrada.
—¿Tú escribes? —preguntó Anne, sentándose a su lado.
La joven negó con la cabeza.
—¿Por qué? —Quiso saber Anne.
—Nunca lo he intentado.
—¿Por qué no lo has hecho aún? ¿Qué necesitas para hacerlo? —dijo Anne. Las dos soltaron una risita, al darse cuenta de lo malvadas que sonaban las preguntas.
—De todas formas, creo que algún día podré. ¿Qué te parece, Anne?
—¿Conoces ese adagio que dice «un día comienza con una historia»? —
le preguntó Anne, y Natalie respondió asintiendo con la cabeza—. Creo que ese adagio se refería a ti.
Las dos volvieron a reír. Esta vez, Natalie rio más fuerte que antes.
—Pero ¿cómo empiezo? Quizá tú tengas una idea.
—¡Puedes empezar por donde quieras! —dijo Anne con naturalidad.
—¿Cómo? —insistió Natalie.
—¿Sabes que podrías escribir sobre cualquier cosa? Tu cama, tus libros, tu casa, tu.... —Hizo una pausa—. Tu hermano —concluyó. No sabía lo que la muchacha pensaba de su hermano, y no quería herir sus sentimientos de ninguna manera. De hecho, su misión era ayudar a su estado de ánimo.
—Ahora lo entiendo. ¿Puedo escribir sobre ti?
—¿Por qué no? —dijo Anne antes de darse cuenta de que se refería a ella. Se preguntó qué podría escribir Natalie sobre ella. El día anterior, el conde la había asombrado. Este día le tocaba hacerlo a su hermana.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Natalie, sacándola de sus pensamientos.
—En nada. Estaba pensando que también podrías escribir sobre la naturaleza. Es decir, la brisa, los arroyos, las piedras, los pájaros.... —De pronto, recordó el ruiseñor del día anterior—. También puedes escribir sobre el ruiseñor. Es un pájaro muy bonito y especial.
—No sé mucho sobre él. De hecho, solo lo he visto en dibujos.
—¿Cómo ibas a saber algo de él, si no sales nunca fuera? Vive en el bosque, nunca podrás verlo si permaneces encerrada en tu habitación. ¿No te gustaría admirar la belleza de la naturaleza? Podrías contemplar el fluir de las aguas, el piar incesante de los pájaros, el galope de los caballos, el
soplo del viento entre los árboles, que hace que las hojas se agiten, y tantas cosas bellas que hay ahí fuera.
Natalie asintió satisfecha, instando a Anne a continuar.
—Mira a los grandes artistas —dijo Anne—. Aman el mundo exterior, contemplan la belleza que les rodea y luego, la inmortalizan con sus pintura o escritos.
Las lágrimas comenzaron a rodar por los ojos de Natalie. Sabía que su amiga tenía razón. ¿Qué más estímulo necesitaba?
Se secó la cara antes de que Anne pudiera darse cuenta. Sin embargo, ella lo vio y dejó de hablar, permitiéndole respirar hondo. Entonces, para su sorpresa, Natalie habló de nuevo.
—Escribiré sobre ti, Anne. Eres una gran amiga. —La frase estaba cargada de emoción. Ambas se levantaron y se abrazaron, sintiendo cómo el calor de la otra se extendía por sus cuerpos.
Fue el momento en que comenzó el proceso de curación de Natalie.
El otoño había llegado, la estación que Natalie tanto amaba. El tiempo era cálido y seco, y el sol bendecía el día. Las hojas de los árboles se caracterizaban por sus colores amarillos y anaranjados, dando al país un hermoso aspecto. Era la época que más disfrutaban los enamorados, ya que podían sentarse bajo los árboles en los parques o en el prado, disfrutando de su mutua compañía.
A Natalie le gustaba mucho esta época del año porque le traía muy buenos recuerdos. Poco a poco, había empezado a apreciar la belleza de la vida.
Aquí estaba, admirando la belleza del otoño y la coloración de los árboles. Justo el mes anterior, tenían hermosas hojas de color verde. Ahora estaban más bonitos que antes. Natalie solía tener una amiga llamada Lilian, a la que le encantaban las hojas verdes. Varias veces se perdió y la encontraron entre los árboles, jugando con las hojas y haciendo bonitos
dibujos en ellas. Dejaron de ser amigas después de aquella horrible noche en que ocurrió el incidente.
Se preguntó dónde podría estar Lilian. Probablemente, asistiendo a la temporada londinense en busca de marido. O quizá, ya estaría casada.
Natalie lo pensaba por lo hiperactiva que solía ser su amiga. Le encantaba asistir a los bailes y disfrutaba cuando los chicos le decían lo guapa que era.
En efecto, Lilian era hermosa, pero no tanto como Natalie, la chica que más atención recibía de los jóvenes.
Suspiró mientras recordaba el pasado. Gracias a Dios, tenía una memoria aguda y podía recordar vívidamente muchos acontecimientos que habían sucedido.
Lo único que no recordaba era la muerte de su madre. Suspiró, preguntándose qué se sentiría al tener una madre. Se retiró a la cama, esperando a que Anne viniera para poder hacerle tantas preguntas que le rondaban por la cabeza. Como si le hubiera leído el pensamiento, Anne llamó con suavidad a la puerta y Natalie la hizo pasar.
—Natalie, ¿sigues en la cama? —preguntó Anne.
—No es lo que crees. Llevo un buen rato levantada, es solo que estaba pensando. Siéntate, por favor.
Anne se sentó en la silla, frente a ella, disfrutando del calor de los rayos de sol.
—¿Cómo es disfrutar de los cuidados y el amor de una madre? —le preguntó Natalie a Anne, sonriendo porque a esta le sorprendió la pregunta.
Anne le devolvió la sonrisa, mostrando su hermosa dentadura.
—Era maravilloso tener una madre, y no solo una madre —dijo—, sino una madre cariñosa.
—Tal vez, yo no habría estado en estas condiciones si hubiera habido una figura materna en mi vida —dijo Natalie, rascándose una ceja.
—Quizá no. Por eso añadí una cariñosa.
—Definitivamente, la mía lo era. Lo supe porque papá nunca dejó de hablar de ella. Keylan aún dice cosas buenas de mamá de vez en cuando.
Ante la mención de lord Landcastle, Anne se estremeció mientras un escalofrío recorría su espina dorsal. ¿Se estaba enamorando de él? Dejó de
lado ese pensamiento, pues no era esa la razón por la que había venido a vivir a la finca. Lo suyo era atender a la dama sentada frente a ella. Sonrió, disfrutando del hecho de que su amiga volviera poco a poco a la vida y se abriera también a ella.
—¿En qué estás pensando? —le preguntó Natalie.
—En nada —respondió Anne sin dejar de sonreír. Puso su mano derecha para tocar ligeramente a Natalie en la rodilla.
—Pero estabas sonriendo… —dijo la muchacha.
—¿Sonreía? No me he dado cuenta —intentó disimular Anne; sin embargo, fue silenciada por otra pregunta de Natalie.
—Dime, ¿estás enamorada de algún joven?
—¿Enamorada? ¡No! —replicó Anne secamente, no dispuesta a dejarse vencer.
—Lo estás. Lo veo en tus ojos. ¿No te gustaría contármelo, ahora que somos amigas?
— Amiga mía —bromeó Anne—. Ahora somos más que amigas, somos hermanas. Eres la hermana que nunca tuve.
—Entonces, te lo ruego, dime quién es él. ¿Es mi hermano? ¿Sabe que lo amas?
—¡Natalie! —gritó Anne, sonrojándose—. ¡Basta!
Ambas rieron y hablaron de otras cosas como montar a caballo y subirse a los árboles, los pasatiempos que Anne disfrutaba de niña. Aún lo hacía, solo que ya había dejado de trepar.
Más tarde, la mente de Natalie se desvió primero a sus días de infancia.
Recordaba cuando su padre la montaba en su caballo y daban una vuelta por la ciudad, mientras ella reía y se recostaba contra el cuerpo de su padre. Le gustaba pasear a caballo, sobre todo, los fines de semana.
A veces, toda la familia se iban de picnic al bosque o al prado. Ella, en brazos de su padre, y el pequeño Keylan, de la mano de aquel. Por aquel entonces, Natalie era capaz de charlar de cualquier cosa, de hacer preguntas divertidísimas y de hacer reír a todo el mundo. Era una niña muy animada.
Se le caían las lágrimas al recordar cómo le gustaba la libertad, poder flotar y no hacer nada en todo el día, excepto lo que su alma anhelase. Se
preguntaba qué había pasado, aunque sabía por qué las cosas nunca volvieron a ser iguales después de aquella fatídica noche.
La noche en que se alteró su estado nervioso y cayó en una enfermedad que la había convertido en la sombra de su verdadero yo. Retrocedió unos pasos para evitar que Anne se diera cuenta de que estaba derramando lágrimas.
Sin embargo, ahora se sentía mejor. Se sentía como alguien que se libera de la prisión de su vida, una prisión autoimpuesta. Podía ver el cielo brillante y hermoso con diferentes tonos de azul y gris. Estaba sonriendo.
«¿Podría sonreír como el cielo?», se preguntó.
Sí, si así lo deseaba, podía hacer lo que quisiera.
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