Las perversas intenciones de un Lord sin corazón
Capítulo 4
L ord Landcastle observaba desde el balcón de su edificio, en el tercer piso, a una mujer que llevaba un vestido azul y montaba a caballo. Estaba encantadora con su vestido, y el viento apenas detenía el baile de sus cabellos mientras pasaba a toda velocidad por delante de las puertas, corriendo con gran urgencia.
Ella se detuvo a pocos metros del porche. Keylan no podía negar que era realmente hermosa. Parecía rica y familiar, como la hija de un noble o un duque. Sin embargo, no se parecía en nada a los duques que él conocía.
Esta, sobre todo, despertaba su interés. Para haber irrumpido en su morada, sin compañía, era audaz. No solo atrevida, sino que debía de tener algo que tanto deseaba; de lo contrario, él haría que se arrepintiera de haber venido sola. Tendría que averiguar más cosas sobre ella.
Mientras tanto, Anne no perdió tiempo en bajar del caballo y Keylan vio cómo uno de los criados se llevaba su montura a los establos. Otro criado salió del interior de la casa y, sin hacer preguntas, condujo a Anne al edificio principal.
Se sintió un poco desconcertada por la forma en que abordaron su situación, ya que ninguno de los criados reaccionó como cabría esperar cuando un extraño se presenta sin previo aviso. ¿Sería que mostraban el mismo carácter despreocupado por el que era conocido el conde?
Juntando las manos, rezó en silencio por sí misma y también por los sirvientes de aquel depravado. Seguro que los había corrompido con sus malas artes.
Preparándose para el enfrentamiento con el conde, acompañó al criado hasta pasar la enorme puerta y entrar en la casa. Por dentro, era más grande
de lo que Anne había imaginado. Contempló todo a su alrededor mientras el ama de llaves la conducía escaleras arriba. El techo parecía alcanzar alturas infinitas.
Todos los rincones eran oscuros y a Anne le costó encontrar el siguiente escalón. El ama de llaves la llevó hasta una habitación demasiado tenebrosa... para ver nada. Entonces, Anne se quedó de pie en la puerta mientras el ama de llaves procedía a abrir las cortinas. Anne se vio de pronto en un gran salón.
El suelo era de roble puro, y advirtió que los materiales eran de la mejor calidad. Había numerosos objetos de valor colocados cuidadosamente por toda la estancia, que parecía más elegante y acogedora de lo que ella había creído posible, excepto para una persona de la realeza.
Cuanto más observaba la casa del conde, más admiraba su buen gusto. El ama de llaves se excusó para anunciar que avisaría a su señor. Sola en la habitación, Anne vagó sin rumbo, tocando y palpando los jarrones, las sillas y las estanterías. Una de ellas contenía muchos libros de astrología y tácticas militares. También había libros sobre mitología griega y los misterios de la ciencia.
Anne no podía dejar de pensar. ¿Sería que al conde le gustaba leer? Por otro lado, ¿se trataba de otra de sus colecciones, adquirida a través de sus nefastos actos?
Aunque su determinación no había flaqueado, Anne sentía una creciente inquietud ante el tipo de encuentro que iba a tener con el conde.
Inconscientemente, se acercó a la ventana, y lo que vio la hizo jadear.
Agarrándose a las cortinas, hizo equilibrios para no caerse mientras con la mano libre se tapaba el enorme agujero que era su boca. Sus ojos se abrieron de par en par ante el espectáculo que tenía delante, y solo con su voluntad consiguió mantenerse en pie.
Con la sorpresa reflejada en el rostro, se preguntó por qué no lo había visto antes al entrar en la finca. Entonces se dio cuenta de que había pasado descuidadamente por delante de todos los bosques, árboles y arbustos sin pensárselo dos veces.
Ahora, mirando desde la ventana del primer piso, Anne podía ver la belleza y la colorida imagen de árboles, arbustos y flores para crear una atmósfera eufórica. No había ni una sola persona que pudiera contemplar el intrincado diseño y no maravillarse de su esplendor creativo.
Anne soltó una risita. ¿Quién era exactamente lord Landcastle? Para alguien con semejante reputación, nadie sospecharía que fuera un amante de la naturaleza y sus dones. ¿Qué otras sorpresas tenía el conde que mantenía alejadas con tanto cuidado del conocimiento general?
Durante más de diez minutos, Anne admiró el paisaje. No fue hasta que se percató del brillo del sol cuando descubrió que había estado esperando una respuesta durante bastante tiempo. Salió furiosa de la sala y se encontró con el ama de llaves, que estaba a punto de entrar en una habitación contigua.
—Exijo que me lleven a ver a lord Landcastle. ¡Ahora mismo! —explotó Anne.
Su semblante juvenil y su aspecto piadoso no disimulaban su furia por la espera. Para ella, era un insulto a su persona.
—Lo siento, milady, pero el conde no atiende a las visitas a estas horas.
Tendrá que esperar —comentó el ama de llaves a una Anne cada vez más furiosa.
—No pienso esperar. O me lleva ante él, o lo buscaré yo misma.
La mujer la observó por unos segundos y, al ver la obstinación en su mirada, se resignó a desobedecer a su amo.
—Como desee.
Sin más por decir, la sirvienta guio a Anne escaleras arriba, sin saber que la conducían a la alcoba del conde.
Keylan oyó el ruido de sus zapatos sobre el suelo de madera, que le informaba del ascenso de la joven hacia el último piso, sabiendo perfectamente que su destino sería la misma habitación en la que él descansaba. Con la intención de quitarle la compostura a la muchacha, permaneció sin camisa, tumbado en su cama.
Tras llamar a la puerta, la joven entró, y Keylan pudo ver cómo la expresión del rostro de la dama se transformaba de inmediato de una de
enfado y confianza a otra de asombro y vergüenza.
Anne nunca había visto el pecho desnudo de un varón adulto expuesto tan descuidadamente, por lo que no pudo ocultar su reacción. Ella había sospechado que el conde era un hombre de medios viles, pero esta exhibición demostraba con claridad que era en realidad el hombre descrito por los rumores que había oído.
Calmando sus emociones, se obligó a mirar, en lugar de apartar la vista, lo cual sospechaba que complacería al lord sin escrúpulos. Al instante pudo apreciar la gran cicatriz que marcaba la mejilla del conde.
El ama de llaves, incómoda con la situación, intentó marcharse, pero el conde la detuvo.
—¡Quédese! —le ordenó él—. No querríamos dañar la reputación de la bella dama dejándola a solas conmigo.
Anne estaba asombrada de que un hombre así pudiera preocuparse por su reputación.
—¡Hable ahora! —ordenó Keylan a la muda Anne—. ¿Qué desea tanto, que se atreve a irrumpir en mi hacienda exigiendo mi presencia? Hable, muchacha.
El conde estaba siendo audaz y autoritario. Un completo contraste con el gesto bondadoso que había demostrado al proteger su honor. Sin embargo, Anne no se inmutó ante sus órdenes. Se lo esperaba.
—Me llamo lady Anne Willington, hija de lord Thomas y lady Eleanor Willington. Anoche me informaron de que mi hermano, James, había hecho una apuesta con usted por el patrimonio de mi familia y que había perdido.
Al margen del resultado de esa apuesta, estoy aquí para hacerle renunciar a su derecho a la herencia de mi padre, y exigirle que me devuelva cualquier documento que mi hermano le haya dado.
Anne apretó con fuerza el vestido para evitar que le temblaran las manos. El conde era realmente un hombre intimidante. Sabía que hablar con él sería difícil, pero no esperaba que la impresionara tanto.
Mientras tanto, el conde parecía considerar sus palabras. Era cierto que no necesitaba la propiedad obtenida de la apuesta. Sin embargo, era necesario que le diera a ese estúpido muchacho una lección sobre la vida.
Miró a Anne, y un pensamiento cruzó su cabeza. Era una apuesta, pero el riesgo valía la pena. Para él, no había nada más que perder. Sin embargo, tendría que ser astuto. Anne nunca estaría de acuerdo con su plan, a menos que fuera más astuto que ella.
—Así que ese patético perdedor es su hermano. Admito que no necesito otra endeble propiedad destartalada que me vacíe los bolsillos con su mantenimiento e impuestos, pero eso no significa que no pueda venderla para obtener beneficios. Su hermano fue un insensato al arriesgar la fortuna de su familia en una apuesta, sobre todo, cuando el cuerpo de su padre aún no ha tocado la fría tierra. Si cree que debo entregarla, dígame por qué, cuando la gané de forma honesta.
El conde cruzó las manos y dejó que Anne hablara. Era muy guapa. Su pelo rojo brillaba a la luz del sol. Cada centímetro de ella irradiaba elegancia y clase. Salvo el dobladillo de su vestido, probablemente manchado de barro por montar a caballo.
Tenía la cara ovalada y la piel traslúcida. Sus manos parecían suaves y pequeñas, como las de una niña. Keylan supuso que tenía entre diecisiete y diecinueve años. Su rostro tenía un aspecto inocente, excepto cuando lo miraba fijamente, como había hecho al entrar en su alcoba.
Era de una estatura superior a la media para una chica de la zona. Sin embargo, tenía una pasión ardiente que ardía en su interior, y Keylan sabía que en ese estado podía ser peligrosa.
En general, era una mujer muy interesante, hermosa y tenaz. Y atrevida.
Anne se quedó mirando al conde, sin palabras. Esto era lo que había temido mientras cabalgaba por la ciudad. ¿Qué podía ofrecerle? O, ¿cómo podía convencerle de que renunciara a sus propiedades sin que ella perdiera su orgullo y su dignidad?
—Mi padre nos dejó la casa, y los documentos que mi hermano le entregó contienen la mayor parte de nuestra herencia. Nos estaría quitando nuestro medio de vida al obligarnos a prepararnos para la adquisición.
Además, por favor, absténgase de seguir dañando la reputación de mi hermano insultándole. Lo único que quiero es que las cosas vuelvan a ser como antes —confesó Anne.
El conde admiró su valentía, pero aún no había conseguido lo que quería.
Por sus últimas palabras, supo que ella quería mucho a su hermano y aún más a su familia. Sin embargo, sabía que ya casi lo había conseguido; solo faltaba un empujoncito.
—He escuchado lo que tenía que decir, y entiendo por qué necesitaría recuperar sus propiedades, pero ¿por qué debería devolvérselas? ¿Qué obtengo a cambio de semejante gesto?
Anne se sintió consternada por su pregunta. El conde estaba pidiendo abiertamente una especie de compensación para que él les devolviera sus propiedades. Ella había sospechado que podría llegar a esto, pero había rezado para que al menos algunos de los rumores sobre él no fueran ciertos.
—Mientras venía, me había dicho a mí misma que iba a hacer lo que fuera necesario para recuperar la hacienda de mi padre, y eso sigo dispuesta a hacerlo. Admito que había oído rumores sobre usted, y que la mayoría de ellos dicen cosas viles. Sin embargo, tenía la esperanza de que al venir aquí e daría la oportunidad de demostrar que esos rumores no son ciertos Pero veo que me he equivocado.
Keylan estaba harto de los insultos. Sí, estaba acostumbrado a que le etiquetaran y le pusieran nombres. La mayoría de la gente del pueblo le conocía como Lord Escándalo, y no por su nombre real. Sin embargo, que le insultaran en su propia casa no era algo que fuera a tomarse a la ligera.
Anne le observó mientras pensaba. Parecía que no había otra opción.
Miró al ama de llaves, que estaba junto a la puerta, y de nuevo al conde.
Lentamente, su mano se dirigió a sus hombros y comenzó a tirar de su vestido. Cuando habló, su voz temblaba mientras luchaba por contener la emoción que la embargaba.
—Los rumores dicen que frecuenta varios burdeles y que tiene numerosas amantes. Así que le ofrezco lo que quiere: mi cuerpo a cambio de que renuncie a reclamar la propiedad de mi padre.
El conde se quedó estupefacto. Jamás había pensado que aquella joven y bella dama se ofreciera tan voluntariamente, todo por conservar la herencia de su familia. Sin embargo, no era eso lo que quería en ese momento. Si la
dejaba continuar, solo provocaría más rumores que mancharían más su reputación y el honor de ella.
Además, por la expresión de su ama de llaves, se trataba de un movimiento audaz. Casi sonreía cuando la detuvo.
—¿Por qué parar ahora? ¿No es esto lo que desea? —preguntó Anne, con la ira y la humillación ardiendo en sus ojos.
Keylan sonrió satisfecho.
—Aunque de hecho agradezco su tentadora y generosa oferta, la rechazo humildemente. Eso no es lo que quiero, al menos, no ahora.
Aliviada, pero aún cautelosa, Anne preguntó:
—¿Qué desea entonces a cambio de renunciar a sus derechos? Ya que tiene algo en mente, ¡dígamelo!
Keylan volvió a hablar, audaz.
—En esta casa vive una joven, mi hermana. Cuando nació, era muy vivaz. Después de algún tiempo, desarrolló una enfermedad que, tras varios acontecimientos, la confinó en sus aposentos. Lo que quiero de usted es que la acompañe hasta que mejore. En cuanto vuelva a estar animada y alegre, podrá marcharse. Pero no hasta entonces. Esa es mi única oferta.
Anne se sorprendió de lo que acababa de escuchar. Nadie había mencionado nunca que el conde tuviese un pariente, por no hablar de una hermana. Y además, su oferta parecía tan trivial que se preguntó si el conde no tendría algo más en mente.
—¿Eso es todo? —preguntó Anne.
—Por supuesto. Lo único que tiene que hacer es hacerle compañía a mi hermana, y su patrimonio le será restituido. Sin embargo, debe ser consciente de que tendría que vivir aquí temporalmente, ya que mi hermana podría necesitar consuelo y compañía a horas intempestivas. No obstante, le prometo que su honor permanecerá intacto mientras viva bajo mi techo —
explicó Keylan.
Anne suspiró; era un buen trato. El único problema sería cómo darle la noticia a la tía Emily. Por supuesto, su hermano estaría preocupado, al igual que cualquiera que se enterara de la noticia. Sin embargo, estaba decidida y, si esa simple tarea garantizaba la seguridad de su familia, que así fuera.
—Acepto su petición —confirmó Anne.
—Bien. Mi ama de llaves la acompañará hasta su caballo; ya debería estar esperándola cuando salga. Volverá aquí cuando decida, pero no más tarde de una semana. Uno de los criados que la traigan volverá con los documentos que conseguí de su hermano. Una vez que se haya instalado, le presentaré a mi hermana, y a partir de ahí podrá continuar —concluyó Keylan.
Anne cerró los ojos unos segundos para asimilar la nueva información y resignarse a su destino. Se recordó a sí misma que había elegido hacer esto, y que era el mejor resultado posible para ambos.
Con el ama de llaves a la cabeza, volvieron a bajar. Cuando salieron, fiel a su palabra, su caballo la estaba esperando, cepillado y alimentado. Miró hacia donde sospechaba que estaba la ventana del conde.
Satisfecha, montó en su caballo y emprendió el camino de regreso.
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