Las perversas intenciones de un Lord sin corazón
Capítulo 7
L legó la mañana y Anne ya estaba en pie. Había preparado hilos y agujas, así como algunos trozos de tela. Durante el desayuno, se dio cuenta de que el conde estaba ausente y, cuando se enfrentó al ama de llaves, esta le dijo que el señor tenía un compromiso por la mañana temprano que no podía esperar.
Decepcionada y un poco aliviada, comió en silencio y regresó a su alcoba. Cuando pensó que era el momento adecuado, salió de su habitación para buscar a la joven de la casa. Llamó tres veces a la puerta, como había hecho lord Landcastle la noche anterior.
Hubo una larga pausa, y Anne se preguntó si el golpe había sido lo bastante fuerte o si la joven Natalie estaba dormida una vez más. Solo había una forma de saberlo; iba a intentarlo de nuevo.
—Adelante —dijo una vocecita chillona detrás de la puerta justo cuando Anne levantaba la mano para golpearla.
Anne respiró hondo. No sabía por qué estaba tan nerviosa. Quizá se debiera a que no había visto a la muchacha ni había oído nada relevante sobre ella, salvo su enfermedad.
Al empujar la puerta, se encontró una habitación sumida en una oscuridad que apenas le permitía ver. Se fijó que las ventanas estaban cubiertas con pesadas cortinas que bloqueaban toda la luz procedente del exterior.
La única iluminación era la de una vela moribunda que descansaba en un candelero sobre una mesita cercana a la cama. Junto a esta había una gran estantería llena de libros y dibujos. Un volumen, abierto por el centro, yacía en el regazo de la muchacha. Esta se cubría con sus sábanas y solo llevaba su camisón de noche.
Anne la observó hasta que sus miradas se cruzaron. Al darse cuenta de su grosería, se disculpó con rapidez.
—Siento molestarte, pero tenía ganas de conocerte.
Natalie esbozó una sonrisa de complicidad.
—No me molestas, Keylan vino a verme esta mañana y me dijo que vendrías.
Anne contempló a Natalie y se dio cuenta de lo mucho que su rostro se parecía al de su hermano. En todo lo demás, era completamente diferente a él.
Tenía el pelo negro azabache, como el conde. Tenían un color de piel similar, pero el de ella se había aclarado debido a la falta de luz solar. En otros aspectos, su cara era ovalada y tenía los ojos almendrados. Parecía pequeña y frágil, en agudo contraste con el tamaño grande e intimidante de Keylan.
En cualquier caso, era hermosa.
—Siento interrumpir, pero me preguntaba si te vendría bien un poco de compañía —preguntó Anne.
Sin esperar respuesta, Anne se acercó a las enormes cortinas y las descorrió un poco. Natalie chilló al principio, pero no se quejó. Más bien se envolvió en las sábanas. Por fin iluminada, Anne pudo ver la habitación al completo por primera vez.
Esta era amplia y albergaba dos grandes estanterías y armarios y retratos enmarcados que debían de ser su familia, a juzgar con el gran parecido que compartían. Aunque la muchacha no estaba representada en ninguno de ellos.
—Tu familia es preciosa —comentó Anne mientras sostenía uno de los cuadros.
Sin embargo, no obtuvo respuesta.
De pronto cayó en la cuenta de que Natalie no había pasado mucho tiempo con sus padres. Eso solo podía significar que algo les había sucedido a ambos cuando ella era pequeña. ¿Podría ser ese el origen de su carácter nervioso?
—Mamá murió al darme a luz, y después de eso nada volvió a ir bien en nuestra familia —explicó Natalie—. Creo que eso es lo que te has preguntado después de ver esos retratos.
Anne se sorprendió de que hubiera adivinado sus pensamientos.
—Lo siento —dijo esta con remordimiento. Se permitió una larga pausa antes de hacerle la otra pregunta que le había venido a la cabeza.
—¿Cuánto tiempo pasó hasta que empezaron los síntomas? —preguntó Anne, refiriéndose a la enfermedad de Natalie.
—Unos tres años —respondió la chica—. Al principio, los médicos creyeron que era gripe. Pero cuando el malestar continuó durante meses, supieron que era otra cosa. Me dijeron que, al cabo de cuatro años, la medicación había empezado a hacer efecto y que por eso mejoré.
Anne sintió verdadera lástima por ella. Tener que soportar a tantos médicos y tratamientos debió de haber sido una angustia para ella. Solo Dios sabía todos los dolores que había tenido que afrontar sola y sin una madre que la consolara. Al pensar en ello, le parecía una tortura.
Hubo una larga pausa antes de que ninguna de las dos hiciera algún movimiento, y Anne se sintió aliviada al ver que la muchacha no lloraba.
Animada, Natalie cogió otro retrato. Estaba escondido detrás de una pila de trastos y cubierto de polvo. En él solo aparecían Natalie y su hermano mayor. Ambos vestían ropas finas. Anne admiró a ambos hermanos. Keylan tendría unos veinte años, mientras que Natalie parecía tener diez.
—Estás muy guapa. Además, es la única vez que he visto sonreír a tu hermano —declaró Anne.
—Yo tenía doce años y él unos veinte —dijo Natalie sin mirar el cuadro.
Anne pasó la mano por este para sentir la textura y se detuvo en los labios sonrientes de Keylan.
No estaba tan mal, después de todo. Parecía inocente y encantador. No el hombre vil y cruel que la gente conocía ahora.
—Esa fue la última ocasión que vi sonreír a mi hermano. Después fue al baile y… —dijo Natalie, rompiendo las fantasías de Anne.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? —preguntó esta.
Natalie abrió la boca como si fuera a contestar, pero la cerró enseguida.
Luego cerró también los ojos y sus facciones se alteraron.
—No quiero hablar de eso. ¿Podemos hacer otra cosa?
Anne pensó que era evidente que ese día había ocurrido algo.
Posiblemente, una cosa que había cambiado la vida de ambos hermanos desde entonces. Anne sabía que más preguntas sobre el asunto solo podrían enfurecer a la joven Natalie y distanciarlas aún más.
Sea como fuere, lo mejor era detenerse ahí, tal y como pedía la joven, al menos por el momento. Dejó el retrato y fue a sentarse junto a Natalie en la cama.
—Sí. Quizá podamos hablar de ello en otro momento —dijo Anne—. ¿Y
qué haces en tu tiempo libre?
A Natalie, la pregunta le pareció graciosa, pero hizo todo lo posible por reprimir la risa. Ella solía estar siempre recluida en su alcoba, así que
¿cuándo no estaba libre?
—Me encanta dibujar. Sin embargo, cuando no puedo dibujar, aprendo a bordar. También leo poemas y poesía —contestó la chica señalando la estantería de libros.
—Entonces creo que vamos a llevarnos muy bien —comentó Anne, y ambas sonrieron.
Anne pasó el resto del día dentro de casa con Natalie, haciendo descansos de vez en cuando. Durante el almuerzo, ambas comieron en la habitación, hablaron de trivialidades, y Anne llegó a saber que era apenas dos años mayor que ella. La familia de Natalie tenía un lejano parentesco con un rey anterior, lo que explicaba su inmensa riqueza. Su hacienda se extendía hasta los bosques, y su madre era la responsable de la existencia de la mayoría de las flores que crecían en los alrededores.
Anne estudió a la chica y se preguntó cómo era posible que aquella joven y bella dama fuese la hermana del estrafalario conde. Sus actitudes eran opuestas y, de no haber sido por los retratos, aún habría tenido dudas sobre sus nacimientos.
El resto del día transcurrió con rapidez y sin mucha actividad. Cuando el sol se acercaba a su ocaso, Anne se excusó y se marchó. Su encuentro con
Natalie había sido un poco incómodo, pero instructivo. Había aprendido algo más sobre su familia y, lo que era más importante, sobre el conde.
Solo había una cosa que aún le preocupaba. Lo que hubiera sucedido después del retrato realizado antes del baile debía ser la respuesta al carácter revoltoso y vil del noble. Si pudiera obtener más información de alguien que conociera todos los detalles, podría comprenderle mejor.
También era posible que entonces encontrara la clave para cambiar por completo el humor y el ánimo de Natalie. Todo se remontaba a lo sucedido aquellos días.
Cuanto antes resolviera el misterio que rodeaba a la familia Rowlyn, antes podría cumplir su parte del trato y volver con su hermano y su tía Emily.
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