Las perversas intenciones de un Lord sin corazón

Capítulo 8

A

l día siguiente, Anne pasó la mayor parte del tiempo encerrada con Natalie, bordando. Le enseñó a la muchacha algunos de los patrones que su madre le había mostrado a Anne, y Natalie, a su vez, le mostró a ella algunos de sus propios patrones.

Tras un largo rato de intercambio de ideas, Anne decidió tomarse un descanso. Aunque solo habían pasado tres días desde que había llegado a la mansión Rowlyn, estaba haciendo progresos con Natalie.

Ya no había silencios incómodos entre ellas. Anne le dio detalles de sus viajes con sus padres a lugares lejanos y de su tiempo libre con algunos de sus amigos.

Ahora se reían y bromeaban mientras cosían, y Anne empezó a preguntarse si así se habría sentido ella si hubiera tenido una hermana menor.

La idea la divirtió y la inspiró a compartir más anécdotas con Natalie.

Pensaba dirigirse a su habitación, el sol seguía brillando y el tiempo era cálido. Decidió que todavía tenía unas horas para pasar al aire libre y bajó las escaleras a paso ligero. Al llegar a la planta de abajo, se encontró con el ama de llaves.

—¿Va a alguna parte, milady? —preguntó la señora Johnson.

—Sí. Me gustaría familiarizarme con la propiedad, aunque es tan grande que creo que me perderé sin un guía —respondió Anne.

—¿Puedo acompañarla? —preguntó Keylan de pronto a espaldas de Anne—. Como dueño de este lugar, le garantizo que soy el mejor guía.

Anne se sorprendió por su oferta. Pero sabía que no podía aceptarla.

—Lo siento, milord, pero no creo que sea apropiado.

—Tonterías, no saldremos de la finca y en ella solo hay sirvientes que están a mi servicio. Y le puedo asegurar que no contrato a chismosos.

Conmigo está a salvo —respondió Keylan, y sonrió satisfecho.

Anne sabía que se había puesto roja de vergüenza, pero no le dio importancia. Ya que él insistía tanto, decidió complacerlo. Se preguntó a cuántas mujeres les habría dicho eso. Enderezando los hombros, Anne continuó su camino hacia la salida, dejando que el conde la siguiera.

Anne insistió en ver las flores junto a los caminos que conducían a la mansión, por lo que echaron a andar por el sendero en dirección al pueblo.

Keylan le explicó la historia de la finca. Cómo uno de sus antepasados había conquistado una ciudad en nombre del rey. Después, el monarca había decidido recompensarle con una gran parte de sus tierras.

Mientras el conde explicaba el origen de su hacienda, Anne admiraba las plantas perfumadas y palpaba sus pétalos. De vez en cuando le dedicaba a Keylan una inclinación de cabeza o un tarareo mientras él avanzaba en su relato.

Poco a poco se acercaron al final del maravilloso campo y Anne pudo divisar el contorno de la ciudad, por lo que giraron a la derecha para no ser vistos.

—Entonces, ¿qué tienen de fascinante las flores para que le gusten tanto?

—le preguntó Keylan.

—Oh, no es nada. Solo que me recuerdan a mi infancia. Más concretamente, a cuando era pequeña y seguía a mi madre a diversos eventos en los que exhibía sus flores y donde a veces me compraba una muñeca. Cuando me sentía sola, me aferraba a ellas con fuerza.

Hubo un momento de silencio entre ellos y, al soplar la brisa del atardecer, Anne percibió el aroma de las flores. Miró al conde y, por primera vez, lo vio de otra manera.

El viento le movía el pelo y tenía un aspecto muy atractivo, similar al de su juventud en el cuadro, sin que la cicatriz de su rostro le restase parte de su encanto... No se había dado cuenta antes, pero se había cortado el cabello y se había afeitado la barba.

Anne se preguntó qué habría pasado si hubiera conocido al conde en otras circunstancias. Tal vez no tendría que ponerse en guardia cada vez que estuviera cerca de él.

Sin ser consciente de ello, había estado mirando fijamente a Keylan durante un rato, y Anne solo consiguió apartar la vista segundos antes de que él lo notara.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Keylan, observando que Anne tenía la cabeza inclinada y las mejillas sonrojadas.

—¡Ah, sí! —graznó ella.

Anne se aclaró la garganta y siguieron caminando por el sendero. Justo cuando ella pensaba que se dirigían a la mansión, Keylan siguió en línea recta.

—¿No volvemos a la casa? ¿Adónde lleva este camino? —preguntó Anne.

Keylan sonrió con astucia y siguió andando. Anne suspiró, exasperada, y le siguió el paso.

—¿Hacia dónde nos dirigimos? Deberíamos regresar antes de que se ponga el sol —se quejó Anne.

Solo entonces esta se percató de que estaba a merced del conde, al estar completamente a solas. ¿Cómo había podido seguirle tan lejos? ¿Se aprovecharía de ella?

Aunque Anne contemplaba varias posibilidades, ni una sola vez pensó en detenerse y volver sola a la mansión. Sus instintos le decían que continuara moviéndose, y su cuerpo obedecía.

Su curiosidad pudo más que su recelo y siguió caminando hasta que el conde se detuvo, sacándola de sus pensamientos.

—Ya hemos llegado —susurró él.

El conde tenía la vista clavada en el profundo valle que había ante ellos, y Anne siguió su mirada.

El valle parecía increíblemente hondo. Sin embargo, no fue la profundidad de este lo que llamó la atención de Anne. A sus pies, y hasta donde alcanzaba la vista, no había ni un trozo de tierra que no estuviera cubierto de hermosas flores que brillaban bajo el sol del atardecer.

Encantada por el espectáculo que tenía ante sí, Anne sabía que era la escena más hermosa que había visto nunca y que podría llegar a ver el resto de su vida.

Keylan la miraba con una sonrisa complacida. Probablemente había planeado traerla aquí, confiando en que eso la relajaría. Y tenía razón. El paisaje le había despejado la mente.

Anne le devolvió una sonrisa de agradecimiento. Era lo menos que podía hacer sin pronunciar las palabras.

Sin embargo, el conde aún no había terminado con sus sorpresas.

—Un lugar más. Hay algo que quiero mostrarle —dijo él.

Anne se encontró dispuesta a explorar. Confiar en el conde parecía más fácil ahora, y obviamente más gratificante y satisfactorio. ¿Qué más tenía que enseñarle? ¿Qué otra cosa podría ser mejor que un valle de tanta belleza y esplendor?

Siguieron caminando hacia la mansión, y Anne se sintió decepcionada por regresar justo cuando esperaba más aventuras.

Como si hubiera leído su mente, Keylan dio un giro brusco y la condujo a un edificio adyacente, completamente oculto a la vista.

—¿Adónde vamos esta vez? —preguntó Anne, entusiasmada.

—No se preocupe, ya casi hemos llegado.

Empujando la pesada puerta, Keylan entró y Anne lo siguió. Se quedó boquiabierta al encontrarse en una sala grande y espaciosa repleta de cuadros y con esculturas en los rincones.

Él la condujo hacia la esquina oriental, donde se alzaba grandiosa una gran estatua de bronce de su caballo favorito. La figura parecía más de oro que de bronce. Con una altura que Anne supuso que era casi el doble de la suya, el semental no solo era hermoso, sino elegante.

De pronto, Anne sintió que un aliento ligeramente cálido le rozaba la nuca. Sobresaltada, se dio cuenta de que el conde no estaba a su lado.

Entonces pensó que quizá se encontraba detrás de ella y que lo que acababa de notar era su respiración en la piel.

Asustada y fascinada al mismo tiempo, se negó a enfrentarse a él. No dejaba de darle vueltas a la cabeza: ¿qué estaba haciendo aquel hombre?

¿Era este el momento que ella llevaba tanto tiempo temiendo? Perpleja, Anne cerró los ojos, esperando respuestas o su destino.

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