Las perversas intenciones de un Lord sin corazón

Capítulo 1

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Epílogo

Notas

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Capítulo 1

E l tabernero se revolvió entre las mesas, pisando algunos pies errantes. Malhumorado y cansado por el trabajo del día, dejó la bandeja de comida sobre la mesa y volvió a por la cerveza. Con suerte, serían los últimos clientes de la taberna a los que habría que servir.

Su mujer lo había dejado hacía unas horas para cerrar el cobertizo y traer la ropa que había lavado, pero aún no había regresado. Él sabía que, sin duda, se debía a la lluvia.

Colocó las tazas, recogió su dinero y volvió a su pila de bebidas. En ese momento, un hombre de barba poblada, con un sombrero y un gran abrigo negro que cubría su cuerpo, abrió la puerta y entró. De su ropa y su barba caían gotas de lluvia. Más gotas cayeron del sombrero y el abrigo cuando se los quitó y los colgó en un perchero junto a la puerta. Toda la taberna se quedó inmóvil, todos parecían sorprendidos por aquel individuo de aspecto extraño.

Enorme e intimidante, caminó con valentía hacia la única mesa libre que quedaba en la taberna. Su pelo mojado le tapaba la mayor parte de la cara, y parecía moverse por instinto más que por la vista. Después de sentarse con elegancia, levantó la cabeza para captar las miradas de un grupo de hombres con aspecto de matones sentados en la esquina opuesta.

Ignorándoles, hizo un gesto al tabernero con las manos, como si le hiciera una señal. Pronto todos siguieron con su parloteo. El tabernero hizo sonar una campanilla y una joven de no más de dieciséis años salió de una habitación contigua. El tabernero le susurró algo al oído, y ella se marchó para volver con un gran plato de alitas de pollo, otro de salsa, pan y una

jarra de cerveza. Depositó todo en la mesa del extraño hombre. Este emitió un gruñido que la espantó.

Uno de los caballeros, el Pequeño Jack, se levantó de su asiento y golpeó la mesa con su jarra. Era casi calvo, salvo por unos pocos mechones de pelo sucio que se le pegaban al cuero cabelludo. También era alto, grande y musculoso. Llevaba la barba atada por la mitad, como la de un viejo mago, pero en él le daba un aspecto amenazador.

Caminó hacia el tabernero, intimidándolo con su altura y complexión.

—¿Por qué nos dieron menos raciones de comida, cuando está claro que tenías tanta para un vulgar mendigo?

El tabernero sintió que le temblaban las manos bajo la servilleta que sujetaba con tanta fuerza. No se podía jugar con el Pequeño Jack, ni siquiera con otros caballeros de su mismo rango. Él lo sabía, al igual que todos aquellos cuyos ojos sentía que le observaban.

—Es un cliente habitual. Siempre paga por adelantado, y la verdad es que le hemos servido a usted y a su grupo lo mejor de lo poco que teníamos

—respondió el tabernero.

—Bueno, mis amigos y yo queremos algo de lo que acabas de darle a ese mendigo, y lo queremos ahora. Invita la casa —exigió el Pequeño Jack, para alegría de sus amigos.

El tabernero cerró los ojos un momento, pensando qué hacer o decir.

Sabía que estaba en una situación desesperada. Solo quedaba un poco de comida, y eso era lo que había guardado para su familia, ya que la lluvia seguía cayendo a mares y la leñera debía de estar llena de agua. Cocinar a estas horas y con tales recursos significaría dormir con la barriga medio vacía.

—¡Dejad en paz al tabernero! —exclamó el forastero con un graznido.

El Pequeño Jack dirigió la cabeza en la dirección de donde procedía la voz. Sus amigos dejaron de reírse y en la taberna se respiró una tensión incómoda.

—¿Acabas de decir algo, forastero? —preguntó.

El extraño se tomó su tiempo para responder. Dejó caer el último trozo de carne sobre el plato ya lleno de huesos. Se limpió las manos con la

servilleta y pareció buscar algo en el suelo.

Satisfecho, miró directamente a los ojos del Pequeño Jack y repitió:

—He dicho que dejes en paz al tabernero.

Al oír eso, el Pequeño Jack frunció tanto el ceño que sus cejas casi se tocaron. Sus amigos, al ver su estado de ánimo, se levantaron al unísono para luchar. Los demás clientes permanecieron sentados. Ninguno parecía estar de humor para interferir.

Provocado y en compañía de sus amigos, el Pequeño Jack caminó hacia el desconocido con odio e hirviente rabia en cada paso. En pocos segundos, la distancia entre el Pequeño Jack y el forastero se cerró, y se quedó mirando fijamente al hombre, esperando la siguiente provocación para poder justificarse mientras desataba su ira.

—Di una cosa más, forastero, y sentirás el poder del hombre que puede matar a cien con sus propias manos —dijo uno de los hombrecillos que acompañaban al aclamado caballero.

—¿Ah, sí? —respondió el aludido.

Este levantó la cabeza hacia la luz, y solo entonces los hombres vieron su rostro. Al encontrarse sus miradas, la expresión de los presentes cambió de forma radical, pasando de la intimidación al reconocimiento y el miedo.

Al ver la inconfundible línea de la cicatriz de su cara, los hombres se dieron cuenta de inmediato de a quién estaban amenazando exactamente.

Uno a uno, los amigos del Pequeño Jack retrocedieron, escabulléndose de la taberna hasta que solo quedó aquel en pie. Permaneció inmóvil y asustado, con la cabeza inclinada por el arrepentimiento. El forastero se levantó y pasó junto al Pequeño Jack en dirección al tabernero.

—Él pagará la comida. Buenas noches, John —dijo, y procedió a coger su abrigo.

El tabernero inclinó la cabeza en señal de respeto y gratitud. Para él, era bastante obvio que el Pequeño Jack no había adivinado a quién estaba insultando.

Los clientes seguían callados, sin recuperarse del espectáculo de haber visto al poderoso Jack detenerse en seco para hacer un rápido saludo al extraño que ahora se marchaba.

Había dejado de llover y la luna y las estrellas empezaban a mostrar su impresionante esplendor.

—Buenas noches, lord Landcastle —murmuró apenas el tabernero.

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