Las perversas intenciones de un Lord sin corazón
Capítulo 6
L ord Landcastle estuvo todo el día sentado y mirando desde su ventana esperando la llegada de lady Anne. Había dejado su almuerzo a medias y no podía negar que estaba inquieto. Aún no la había visto, pero ya se sentía ansioso y aprensivo.
En dos ocasiones, mientras los criados preparaban la habitación, él había entrado a inspeccionarla, buscando manchas, muebles viejos y objetos decorativos que, en su opinión, no le gustarían a ella. Se acercaba a un jarrón para examinarlo, buscaba al azar partículas de polvo o el más mínimo error de alineación y luego mandaba que lo rehicieran todo.
Para él, Anne debía sentirse bienvenida y cómoda cuando llegara.
Además, hacer su alcoba lo más acogedora posible era lo menos que podía hacer como anfitrión.
Oyó el carruaje entrar en su finca y detenerse en la puerta principal. De inmediato, examinó y repasó su atuendo. Salió de su habitación y bajó las escaleras con la mayor elegancia que pudo reunir.
Contrariamente a su vestimenta habitual, se había puesto una de sus prendas favoritas; una que contenía más de una docena de botones y presillas en la solapa. Parecía un general del ejército, solo que esta vez sin la condecoración militar.
Al bajar del carruaje con la ayuda de un lacayo, Anne vio que la gran puerta que daba acceso a la casa del conde se abría de par en par. Se dio cuenta que el conde sonreía de forma extraña y que llevaba un abrigo raro.
Supuso que hacía tiempo que él no asistía a ningún evento, ya que la prenda era anticuada y carecía de gusto.
Sin embargo, no debía informarle de su propio error. Si sus criados no veían nada malo en su forma de vestir, ella tampoco lo haría.
Ignorándole, Anne se dio la vuelta para apreciar su entorno. Su corazón se agitó junto con las mariposas que se posaban en una flor y otra.
Anne admiró el paisaje ante sus ojos, prometiéndose a sí misma hacer una visita a los jardines una vez instalada. El camino que conducía al edificio principal estaba decorado con cedros, canelos y otros numerosos árboles que daban al entorno un aroma picante, pero delicioso. A su alrededor había plantas de diferentes tipos y especies.
En el fondo de su corazón, Anne agradeció poder pasar algún tiempo aquí; al menos, el lugar le ofrecería comodidad en sus ratos de ocio.
Al acercarse al edificio principal, Anne recordó el motivo de su estancia y puso cara seria. No le favorecería que el conde la viera encantada con su decoración, no fuera a pensar que era fácil de complacer.
Uno de los criados fue a por su equipaje mientras otro le entregaba una carpeta. Contenía los documentos que su hermano había entregado al conde al perder su apuesta. Ella la hojeó y comprobó que todo estaba correcto. Al fin, se la entregó a su lacayo junto con una nota para su hermano. Luego comenzó a recorrer la escalinata hasta encontrarse cara a cara con el conde.
— Lady Anne —la saludó Keylan.
—Lord Landcastle —contestó ella.
—Es usted oficialmente bienvenida a mi casa. Durante su estancia aquí, mis sirvientes la atenderán como si fueran los suyos propios. Para cualquier cosa que necesite o cualquier pregunta que tenga, solo tiene que acudir a mí. Mi ama de llaves, la señora Johnson, le mostrará su alcoba. —Keylan hizo una pausa para que sus palabras calaran.
Anne no respondió, y el conde entendió que estaba nerviosa.
—La cena pronto estará lista —continuó él—, y espero que esté allí. Más tarde le presentaré a mi hermana. Es mi deseo que se haga su amiga, ya que ese es el propósito por el que está aquí. Que pase una buena velada, milady
—concluyó, y Anne se dirigió hacia su dormitorio sin dignarse a decir nada, no por obstinación, sin por encontrarse demasiado perturbada al ser recibida de manera tan amable por el propio conde.
Siguió de cerca al ama de llaves, fijándose en las distintas puertas y pasillos de la casa. Si iba a vivir allí más de un mes, tenía que conocerla
bien.
Recorrieron distintas habitaciones hasta que llegaron a una habitación en el segundo piso.
—Está será su habitación, milady —dijo la señora Johnson—. Espero que sea de su agrado.
Anne asintió complacida.
—¿Y aquella de allí? —preguntó Anne, señalando la habitación contigua. Esta era espaciosa y estaba pintada con dibujos de conejitos y gatos; parecía haber sido utilizada como cuarto de juegos.
—Oh, esa es la habitación de lady Natalie. Es una de las más más amplias de todo el edificio, y no se permite la entrada a ningún criado, salvo que sea necesario —respondió la señora Johnson.
Anne estaba intrigada. Se preguntó por qué todos los demás pisos estaban recién pintados, excepto este.
Anne sabía que, si quería hacerse amiga de la joven y conseguir pronto su libertad, tendría que ganarse la confianza de aquella. Eso significaría llegar desde un ángulo que le permitiera abrirse fácilmente a la discusión.
Esa era otra tarea a superar con el conde. Abrirse sobre su hermana casi significaría compartir también sus propias experiencias. El conde era un hombre duro y que seguramente detestaría que alguien conociera su pasado y su vida personal.
Satisfecha, Anne regresó a su nueva habitación y despidió al ama de llaves. El estrés por fin había caído sobre ella, y se apresuró a descansar su dolorido cuerpo. Había mucho que hacer más tarde, lo mejor era descansar todo lo que pudiera hasta que llegara la hora de la cena.
Para Anne, la cena que se había servido resultaba bastante elaborada para dos personas. Sentados en extremos opuestos el uno del otro, Keylan y Anne comían de sus platos. El comedor era grande y silencioso. En la pared
había cuadros. Pinturas de campos de batalla y santos que bajaban del cielo para ayudar a los soldados.
Los cuadros parecían viejos y descuidados. Obviamente, eran de poco interés para aquel hombre sin escrúpulos. Nadie esperaría que el hombre que se negaba a ir a la iglesia y frecuentaba tabernas, se ocupara de tan bello arte.
—¿Qué tal la comida? —Quiso saber Keylan.
Anne no se esperaba su pregunta. Probablemente, porque estaba prestando más atención a las pinturas que a la comida.
—La comida sabe bien. Gracias —respondió, sin apartar los ojos de los óleos.
Sin embargo, el conde aún no había terminado.
—Esos cuadros se encargaron hace casi dos décadas. Cuentan la historia de Alfredo el Grande. Tuvo que luchar contra el ejército vikingo en numerosas ocasiones, y se dice que fue el primer rey que defendió con éxito su reino contra los invasores. Se dice que esta hazaña solo fue posible gracias al poder de los santos que intercedieron por él. Así fue como más tarde se convirtió en el primer verdadero rey de Inglaterra —explicó Keylan. —Anne se mantuvo en silencio, haciéndole sentir incómodo por su larga explicación—. Al menos, eso es lo que dicen los registros —añadió, sin saber que más decir.
La cena continuó sin otras interrupciones. Keylan comprendió que ella no estaba de humor para charlas triviales. Sin embargo, seguía en su casa, y en algún momento tendría que presentarle a su hermana. Entonces, ella tendría que hablar.
Una vez terminada la cena, observaron en silencio los cuadros.
El conde, más alejado de las pinturas que Anne, admiraba más a la dama que a los cuadros. Pronto descubrió que ella no solo despertaba su interés, sino que también perturbaba su mente. Porque luchaba constantemente en su interior entre tratarla como a cualquier forastero o como quería su corazón.
—¡Venga, milady! —ordenó Keylan a la vez que comenzaba a alejarse hacia las escaleras—. Es hora de que conozca a mi hermana.
—¡Espere! —lo llamó Anne—. Tengo preguntas que necesitan respuesta. Se trata de su hermana. ¿Cómo llegó a su estado? ¿Nació con esta enfermedad, o le ocurrió algo de joven que la hizo así?
Ante la última pregunta, el conde cerró los ojos, sumido en sus pensamientos. Anne esperó lo que parecieron horas hasta que él comenzó a hablar.
—Lo siento, pero no puedo responder a esa pregunta —dijo Keylan.
Anne se quedó sorprendida por su declaración. Aunque había sospechado que el conde no respondería a todas sus cuestiones personales,
¿era innecesario que ella conociera el pasado de su hermana?
—Pero usted prometió responder a cualquier pregunta que le hiciera.
¿Por qué entonces me oculta información que necesito para familiarizarme con su hermana? —preguntó Anne.
Keylan sabía que lo que Anne había dicho era cierto. Sin embargo, estaba decidido a no decir nada más al respecto. Había cosas que ni siquiera Anne debía saber nunca.
—Simplemente tendrá que encontrar otra forma de hacerse amiga de ella. De lo contrario, faltará a nuestro acuerdo y sabré que su palabra no tiene ningún valor —replicó Keylan enfadado y continuó subiendo las escaleras seguido por Anne.
Esta estaba ahora segura de que lo que había causado la enfermedad de la hermana del conde estaba muy relacionado con él. Había grandes posibilidades de que averiguar los detalles de su enfermedad desvelara cierto pasado o recuerdo que su hermano no quería que nadie descubriera.
Subieron en silencio hasta el segundo piso. Hubo una breve pausa antes de que Keylan golpeara la puerta con suavidad tres veces. Tras no recibir respuesta, volvió a intentarlo y, como obtuvo el mismo resultado, se convenció de que ella estaría dormida.
—Parece que mi hermana duerme. No se preocupe, mañana regresaremos. Tal vez entonces se sienta mejor y esté dispuesta a recibir visitas —dijo Keylan, y comenzó a dirigirse a su habitación.
Anne permaneció allí un buen rato, preguntándose cómo sería la pequeña Natalie y cómo se ganaría su confianza. También se dio cuenta de
que el conde no le había deseado buenas noches. Sin embargo, el día siguiente ya tenía marcadas sus actividades.
Su máxima prioridad sería ganarse la confianza de la joven. Todo lo demás vendría después. De regreso a su alcoba, pensó en su hermano y en la tía Emily. Y justo antes de cerrar los ojos para dormir, pasó por su mente la imagen de sus padres sonriéndole.
Durante todo el tiempo que Keylan y Anne habían estado juntos, ninguno se había percatado de la figura solitaria que se escondía entre las sombras, observándolos con ojos furiosos.
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