Las perversas intenciones de un Lord sin corazón

Capítulo 2

L a iglesia estaba llena hasta los topes e incluso había algunas almas en busca de penitencia, sobre todo, las que carecían del título que conlleva una reserva automática de asiento, de pie en los rincones más alejados del gran edificio.

Entre los fieles, había una joven vestida de negro con un chal sobre la cabeza, acompañada de una señora mayor que inclinaba la cabeza en oración con la voz del ministro resonando por la gran sala.

El obispo bendijo la Sagrada Forma y la levantó en alto para que todos los que contemplaran el cuerpo del Único y Verdadero Cristo resucitaran con él y fueran dignos de Su amor y Salvación. Murmuró unas palabras y prosiguió con el ritual de la Sagrada Eucaristía.

Anne Willington, la joven, cerró los ojos y rezó pidiendo el perdón de sus pecados. Sintió la presencia dominante de la señora a su lado y se obligó a permanecer concentrada, tal como le había enseñado su madre.

Aunque completamente abrumada por la pena y el dolor, obligó a su dolorido corazón a implorar las bendiciones y la guía de Dios Misericordioso.

Terminadas sus plegarias, Anne levantó la cabeza, se puso en pie y fue a recibir el Cuerpo de su Salvador. El pan le pareció rancio y húmedo en la lengua, pero lo aceptó de todo corazón. El camino de vuelta a su asiento fue más instintivo que voluntario. Ya no pensaba. Su razonamiento había desaparecido. Todo lo que le quedaba era el pensamiento singular de la Carne Sagrada a punto de encontrar su camino en sus entrañas y concederle inmunidad contra las fuerzas del mal y la oscuridad que plagaban la tierra.

El resto de la misa importó mucho menos a la joven Anne cuando el obispo la dirigió hasta el final, donde se recordó a la congregación el

fallecimiento de la familia Willington y la enorme pérdida que había supuesto para la comunidad, el condado y la nación.

Se dedicaron más elogios a sus padres fallecidos, cuyos cuerpos habían llegado el día anterior e iban a ser enterrados a la mañana siguiente. Anne detestaba estos anuncios, más aún, ahora que le concernían más personalmente que nunca.

Uno a uno, los simpatizantes se acercaban a ofrecer sus condolencias mientras ella se veía obligada a estar sentada, aceptándolas. Les ofreció una sonrisa a cambio de sus oraciones y buenos deseos.

Cuando el último grupo terminó de expresarle sus condolencias, Anne se excusó y salió de la iglesia. Afuera, aún no había salido el sol y las nubes prometían una lluvia inminente.

En ausencia de su madre, la tía Emily había ocupado su lugar. La tía Emily era la persona más anciana de sus allegados que no estaba realmente emparentado con ellos por sangre. Era amiga de su madre desde que tenía memoria. Además, aunque era más un miembro de la familia que una extraña, a Anne le seguía resultando incómodo recorrer toda la distancia de vuelta a casa sabiendo que su madre ya no estaría cerca.

Sin embargo, eso le daba tiempo para pensar. Sus padres habían sido fuertes pilares de la comunidad; muy activos en la iglesia, propietarios de varias grandes fincas que empleaban y pagaban a casi un centenar de vecinos. Su padre era noble y había entablado amistad con duques, condes y barones, demasiados para contarlos.

Los padres de Anne habían viajado para asistir a la boda de una prima en un país lejano y, a su regreso, habían tenido la mala suerte de encontrarse con una furiosa tormenta que hizo naufragar su barco. Solo unos pocos sobrevivieron. Ahora, sus cuerpos yacían en la morgue, bañados con productos químicos para reducir el hedor de su putrefacción.

Anne sacudió la cabeza ante aquel desagradable pensamiento. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero las enjugó mientras volvía a casa. La tía Emily no había hablado mucho durante el trayecto desde la iglesia, y Anne lo agradeció.

Esta levantó la vista y vio a un hombre montado a caballo y un carruaje.

Parecían viajeros, pero Anne reconoció al hombre que montaba el semental solitario. Era un noble, y respondía al nombre de lord Keylan Rowlyn, conde de Landcastle. Era muy popular en la provincia como hombre de fuerza bruta y carácter inmoral.

Circulaban montones de rumores sobre que nunca iba a la iglesia, que frecuentaba a las damas de la noche y sobre sus hábitos de bebida y juego.

Realmente, tenía una reputación de lo más escandalosa.

Era la primera vez que Anne estaba tan cerca de él en público. Incluso sin ningún otro indicador físico, la larga cicatriz de su cara era un signo revelador de que era un hombre que vivía cerca del peligro.

Durante un brevísimo segundo, sus miradas se cruzaron, y Anne vio la severa y la profundidad infinita de sus ojos. Se apresuró a apartar la mirada.

Era mejor dejar que los perros durmieran. Era inútil pensar en asuntos ajenos. Ya tenía bastante con su hermano.

Las pesadas nubes no tardarían en derramar el contenido de su vientre.

Anne pensó que no había hecho mal en traer el paraguas.

La lluvia empezó justo cuando entraban en la finca. Era como si fuerzas invisibles la hubieran mantenido a raya hasta el último momento.

—Deja que te quite eso —dijo la tía Emily antes de irse con el paraguas mojado.

Anne miró la casa, ahora vacía. Antes siempre había algo que esperar, un baile, una fiesta, un aniversario... Ahora, Anne captaba a veces las miradas ocultas de algunas criadas. No había nadie que les diera órdenes o les dijera qué debían preparar.

Se preguntó dónde estaría su hermano. Normalmente, cuando el cabeza de familia se ausenta o no está disponible, el primogénito asume la responsabilidad de cuidar de la casa o de la finca. Sin embargo, desde que sus padres se habían marchado, su hermano, James, no había estado cerca para hacer nada responsable.

Al día siguiente sería el oficio fúnebre de sus difuntos padres, y Anne ya podía sentir cómo se le encogían los hombros bajo el peso del dolor emocional y físico de su ausencia. Sentada, recostó la cabeza en la silla.

No supo cuándo cerró los ojos hasta que sintió que algo cálido le cubría el cuerpo. Al abrirlos, encontró a la tía Emily tapándola con una manta.

—Tranquila, pequeña —le dijo—. El tiempo está un poco frío, y sería mejor no resfriarse esta noche.

Anne estuvo a punto de protestar, pero las firmes manos de tía Emily la callaron.

—Descansa, Anne. Sabes que lo vas a necesitar para la ceremonia de mañana.

—¿Pero quién se va a encargar de los preparativos? James hace tiempo que no viene, ¡y yo no sé ni qué hacer! —gimoteó Anne.

—¿De verdad crees que te dejaría llevar la carga sola? He sido como tu tía desde que eras un bebé, ¿no has aprendido nada en tus diecinueve años?

Y además, dejada a tu suerte, ¿qué esperas conseguir en un solo día?

Anne no podía negar que lo que decía tía Emily tenía todo el sentido del mundo. Era inútil discutir con ella. Sin embargo, seguía sintiéndose culpable por dejar que ella se encargara de todo, pero sabía que poco podía hacer para cambiar las cosas.

Lo único que podía esperar era que, cuando su hermano regresara, asumiera la responsabilidad de administrar su propiedad. A partir de ahí, decidirían qué hacer.

Mientras Anne se dormía, sintió arder en su interior una pequeña chispa de esperanza. Quizá no todo estaba perdido.

El funeral fue mucho más rápido de lo que Anne esperaba. A primera hora del mediodía, la ceremonia estaba casi terminada. Anne saludó y dio la bienvenida a los asistentes que habían llegado a la finca. Todos recibieron comida y bebida. Notó la presencia de algunos duques y condes poderosos.

El arzobispo también había asistido, pero se había marchado antes por unas obligaciones. Si tan solo el amor y la simpatía mostrados aquí fueran

suficientes para traer de vuelta a sus padres, tal vez entonces ella lo habría apreciado más.

Anne miró a su alrededor en busca de su hermano, pero no estaba por ninguna parte. Llamó a algunos de los criados para que la ayudaran a buscarlo en secreto, pero más tarde le dijeron que se había marchado en compañía de sus amigos hacía unos minutos.

Anne estaba segura de que no había tardado mucho en irse una vez terminada la ceremonia. James ni siquiera había llegado a tiempo. El obispo ya había comenzado el servicio cuando él se había colado dentro.

Calmando su creciente rabia, logró esbozar una o dos sonrisas para los pocos invitados que aún estaban presentes. Pronto una ligera lluvia comenzó a caer, mientras el resto de los visitantes se marchaban. La lluvia se convirtió en un fuerte aguacero, y el sonido del agua sobre los tejados se filtraba por los rincones de la casa.

La tía Emily se acercó a hablar con Anne.

—¿Cómo estás? —le preguntó.

—Estoy bien; solo necesito algo de tiempo para descansar y pensar.

Gracias, tía Emily, por tu ayuda para planearlo todo y cuidar de la casa hasta ahora. Solo el cielo sabe lo que habría pasado si no hubieras estado tú para supervisarlo todo —respondió Anne.

—No hace falta que me lo agradezcas, Anne. Si tu madre hubiera seguido viva, nada de esto habría sido necesario. Además, tú también hiciste mucho. Me di cuenta de que te las arreglabas para mantener una cara sonriente, incluso cuando parecías cansada —comentó la tía Emily.

—¿Te diste cuenta? —preguntó Anne, tratando de bajar la voz—. Si tú te has dado cuenta, seguro que los demás también.

La tía Emily le dio una palmada en el hombro para tranquilizarla.

—No te preocupes, Anne, has estado increíble ocultando tu disgusto —la consoló tía Emily—. Por cierto, hace tiempo que no veo a tu hermano.

Incluso para el funeral, se las arregló para venir tarde.

—No le he visto desde que se fue. Y eso me preocupa. ¿Cómo le ayudamos, si actualmente se encuentra en una situación desfavorable? —

preguntó Anne, más enfadada que preocupada.

—Tu hermano tiene sus amigos, y parece que ellos también velan por sus intereses. Estoy segura de que no permitirían que le ocurriera nada malo en su presencia.

Tía Emily vio cómo el rostro de Anne adquiría algo de color, y su corazón se alegró.

Mientras pronunciaba esas palabras, rezaba para que James estuviera a salvo. Sus recientes desapariciones no solo la habían preocupado a ella, sino también a criadas y sirvientes.

Ese mismo día, lord Landcastle observó cómo el insensato joven se marchaba apresuradamente con sus amigos. El muchacho acababa de perder la mitad de su hacienda, pero aun así, se negaba a rendirse. Ya era de mañana, y necesitaba darse un baño y cambiarse de ropa. No es que le importara su aspecto físico. Su pelo había crecido más de lo debido y no se había afeitado la barba en varios días.

John cambió la jarra de cerveza ante el conde y se dirigió en silencio a su puesto. Keylan cogió la jarra y bebió un trago, agradecido. Le sentaba bien beber después de haber adquirido más propiedades. Con suerte, el estúpido muchacho entraría en razón y no volvería a apostar.

Recordó vagamente que tenía un evento al que debía asistir. Una querida familia de la comunidad acababa de perder a sus padres en un naufragio y celebraban un funeral. Keylan frunció el ceño al pensar en el amor y la compasión poco sinceros que recibirían los hijos.

Keylan inclinó la cabeza con resignación. La muerte estaba cerca de él, empujando, respirando, tan cerca que casi podía sentir su frío abrazo.

No había tardado mucho, pero el estúpido muchacho estaba de vuelta.

Sin embargo, esta vez regresó sin ninguno de sus amigos, mucho más razonables. El conde lo miró larga y fijamente. Estaba allí, ante su mesa, jadeante y mojado. Sin duda, el muchacho había entrado bajo la lluvia y corrió tan rápido como pudo solo para volver a tiempo.

—¿Qué quieres, chico? Ya te he dicho que me traigas la escritura de tu casa. ¿Qué haces aquí? —preguntó el conde.

El joven se quedó de pie, observando al conde. Estaba claro que se sentía intimidado, pero había una fuerte sensación de determinación en su postura desafiante. Con manos temblorosas, desenganchó la bolsa que llevaba y entregó al conde las escrituras de la propiedad de su familia.

—Le desafío una vez más. Esta vez, si gano, recuperaré todos los bienes de mi familia, así como las propiedades de mis otros amigos que perdieron a manos de usted —dijo el joven.

El conde cerró los ojos y se frotó la barba mientras consideraba la petición. Parecía que el chico aún no había aprendido nada sobre lo dura que podía ser la vida. Y el hecho de que estuviera haciendo todo esto pocos días después de la muerte de sus padres, le enfurecía.

Estaba claro que sus otros amigos habían aprendido la amarga verdad de perder, pero este mocoso mimado era tan consentido que no se daba cuenta de la magnitud de lo que estaba a punto de hacer.

El conde cerró los ojos para intentar controlar su rabia. Solo había una forma de disciplinar a los mocosos que no tenían ni idea de lo cruel que podía ser el mundo.

Cuando el conde levantó la cabeza, tenía una sonrisa en la cara.

—Si ganas, prometo devolverte todas tus propiedades, así como las de tus amigos. Aunque tengo una condición.

Hizo una pausa para ver si el impacto de sus palabras se reflejaba en el rostro del muchacho. Este luchaba por mantener la compostura. Sus manos temblaban de vez en cuando; su cara parecía aún más sudorosa que cuando entró en la taberna, empapada por la lluvia.

—Pero, teniendo en cuenta que si pierdo me costaría todas mis ganancias, si gano, además de quedarme con el resto de tus propiedades contenidas en esta escritura, perderás también los derechos sobre todos tus títulos. ¿Aceptas?

La demanda no era razonable. Había demasiado en juego. El conde rezó en secreto para que el muchacho se diera cuenta de la intensidad de la

apuesta y suplicara, en lugar de apostar. No necesitaba ser un héroe. Todo lo que tenía que hacer era rogar. Ojalá se limitara a hacerlo.

Contrariamente a las esperanzas del conde, el muchacho parecía aún más decidido, y una vez que él vio la mirada en los ojos del muchacho, supo que se había equivocado desde el principio; a este chico habría que enseñarle los males del mundo.

Atrevido y decidido, el joven extendió el brazo en señal de acuerdo. El conde se limitó a soltar una carcajada burlona y se la estrechó. Luego pidió dos jarras de cerveza.

—John, buen hombre —le preguntó al tabernero—, ¿has escuchado por casualidad la conversación entre este joven y yo?

—Sí, milord.

—¿Y puedes volver a dar fe de este trato, por si surgiera alguna duda sobre su validez? —preguntó el conde.

—Sí, milord —respondió de nuevo el tabernero.

—Bien. Gracias, John, eso es todo. —Luego se volvió hacia el chico—.

¡Comencemos!

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