Las perversas intenciones de un Lord sin corazón
Capítulo 3
A
nne estaba sentada escuchando a su hermano contar la absurda historia de cómo había hecho perder a la familia no solo sus bienes, sino también su dignidad y honor. Necesitó toda su fuerza de voluntad para no arremeter contra él, que parecía más despreciable que nunca por muchas razones.
Uno de los criados lo había encontrado borracho y empapado por la lluvia, deambulando cerca de la verja, y lo había ayudado a entrar en la finca. Avisaron a la tía Emily, que estaba con Anne en ese momento. Una vez que lo introdujeron en la casa y lo acercaron al fuego, empezó a disculparse.
Tras algunas indagaciones, supieron cómo había empezado a gastar con sus amigos parte del dinero obtenido de la herencia. Al principio, solo habían bebido cuando uno de ellos había hecho una nefasta apuesta con el conde.
James, con toda su infantil benevolencia, había insistido en reclamar la propiedad de su amigo y había acabado perdiendo todo el dinero que llevaba encima. Luego, tratando de recuperar el dinero, apostó sobre bienes y propiedades. Al final, lo había perdido todo, intentando recuperar algo.
Ahora, el conde podría echársele encima en cualquier momento para exigirle su derecho a reclamar sus ganancias.
Lo primero que había hecho Anne en cuanto se enteró de que había perdido la casa fue darle una bofetada en la mejilla a su hermano. Pero en cuanto se enteró de todo, especialmente de que el conde podía llegar en cualquier momento para echarlos, renunció a la salvación de su hermano.
Para ella, solo le faltaba un poco para estar muerto. Anne sabía que su hermano no estaba en condiciones de hacer nada más para salvar a la
familia. Ella sabía que, a partir de entonces, no podía confiarle nada.
Triste y abatida, corrió a su habitación y se acostó a llorar.
Unas horas más tarde, se despertó con un ligero dolor de cabeza, y todos los acontecimientos de los dos últimos días inundaron su mente. Le temblaban las manos al recordar a su madre, Eleanor, y todas las veces que esta se había ocupado de situaciones que ella creía demasiado difíciles.
Anne se secó las lágrimas y se miró al espejo. Tenía los ojos un poco hinchados y doloridos de tanto llorar. Quería mucho a su hermano, pero su insensatez le había costado a la familia lo único que sus padres les habían dejado.
Anne pensó largo y tendido. Con sus padres muertos, su herencia era todo lo que tenían. Dejar que esta cayera en manos de aquel tristemente célebre conde, era lo peor que podía haber pasado en aquel momento.
Poco a poco, Anne se dio cuenta de que si alguien podía cambiar el destino de la familia, era ella. Ahora mismo, su hermano no servía para nada, y no era un asunto en el que la tía Emily pudiera interceder por ellos.
Simplemente, carecía de la posición social para ello.
Si alguien tenía la más mínima posibilidad de anular la estúpida apuesta, era ella.
Impulsada por su convicción y determinación, se asomó a través de las cortinas y vio que ya había amanecido. «Bien», pensó. Solo tenía una idea en la cabeza: reclamar a lord Landcastle que le devolviera su herencia, por muy sombría que fuera la situación. Al menos, si se iba ahora, había pocas posibilidades de que alguien la viera. Aún no había amanecido del todo.
Rápidamente, Anne salió corriendo de su habitación y bajó las escaleras de dos en dos.
—¡Prepárame el caballo! —ordenó Anne al mozo de cuadras.
Él la miró, desconcertado. En todo el tiempo que llevaba al servicio de la casa Willington, Anne había adquirido la costumbre de montar a caballo cuando le apetecía y sin previo aviso. Sin embargo, esta vez parecía tener tanta prisa que él se vio obligado a preguntar.
—Tengo un asunto que tratar con lord Landcastle —le dijo Anne.
— Milady, le aconsejo que no lo haga. El conde es un hombre de mala reputación, y su carácter justifica los rumores que corren por la ciudad. Al menos, permita que lady Emily la acompañe. Por favor, milady, ¡se lo suplico!
—Timothy, tu familia ha servido a la mía durante muchos años, e incluso recuerdo haber crecido viéndote aquí en los establos a diario. ¿Qué te hace creer que no he pensado en todo lo que dices? Por ahora, tendré que rechazar tu consejo —dijo Anne, y subió al caballo ensillado.
Cuando Anne salió de los establos, la tía Emily ya estaba cerca. Esta la había visto salir a escondidas de la casa y supo que sus intenciones no podían ser buenas.
Anne notó que su tía jadeaba por haber cruzado la distancia en tan poco tiempo, pero llegó justo cuando Anne, montada en su caballo, estaba a punto de marcharse.
—Anne, ¿adónde te diriges a estas horas? ¡Déjame acompañarte! —gritó la mujer mientras corría hacia Anne.
La tía Emily solo llevaba su ropa de dormir y un chal alrededor del cuello y los brazos. Anne, en cambio, estaba un poco más preparada.
—No te preocupes, tía Emily. Voy a sacar a nuestra familia del lío en que nos ha metido mi hermano. Cuida de la casa hasta que vuelva. ¡No tardaré!
—gritó Anne.
Y con eso, se fue tan rápido como pudo, galopando hacia el camino que la llevaría a la finca de lord Landcastle.
El pensamiento de lo que su sirviente había dicho la atormentaba mientras cabalgaba hacia la morada del conde. No podía dejar de pensar en lo que decían los rumores sobre el misterioso lord. ¿Cómo podía un lord como él caer a semejante nivel?
A menudo, Anne se preguntaba si los rumores eran ciertos. ¿Realmente frecuentaba a las damas de la noche? La mayoría de los hombres eran culpables de beber y apostar.
De repente, levantó la vista y vio a lo lejos el contorno de una gran finca.
Cubría un terreno cuatro veces mayor que el de su familia. Rodeada de
bosques y árboles, la propiedad de Rowlyn era un elemento extraño entre tanta vegetación.
De forma inconsciente, empezó a replantearse sus acciones. ¿Y si haber venido a casa del conde había sido un error? De repente, el impacto de su decisión le causó un nudo en la garganta. ¿No era este el mismo paso que había dado su hermano, y que al final le había salido el tiro por la culata y le había hecho perder todo?
¿Le ocurriría lo mismo a ella? ¿Cómo iba a convencerlo de que les devolviera todos sus bienes? Su hermano ya lo había intentado y había fracasado estrepitosamente. El miedo le roía el corazón y obligó al caballo a reducir la velocidad hasta el trote.
No había pensado en ello tanto como le hubiera gustado. ¿Qué podría decirle al conde para hacerle cambiar de opinión? O mejor dicho, ¿qué podría ofrecerle?
Exasperada, miró a las nubes en busca de una respuesta. Rezó a sus padres, por si podían oírla. Una lágrima cayó de sus ojos a sus mejillas.
Como en respuesta a su plegaria, una brisa fresca acompañada de un suave viento se arremolinó a su alrededor, calmando su acelerado pulso.
Algo se movió en su interior y sintió una gratificante satisfacción.
Ya no tenía que pensar qué hacer. Se enfrentaría al conde, y entonces las palabras encontrarían la forma de llegar a su corazón. Ningún hombre es de piedra. Además, ¿qué más podía perder?
Con su convicción de nuevo fortalecida, cualquier otro pensamiento se evaporó de su mente. Cabalgó como un toro que había marcado su objetivo y lo alcanzaría. Sin embargo, nadie iba a conseguir detenerla. Iba a recuperar la propiedad de su padre, ¡costara lo que costase!
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