Las perversas intenciones de un Lord sin corazón

Tiffany Lambert · Capítulo 21 de 25

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Las perversas intenciones de un Lord sin corazón

Capítulo 21

L os invitados llegaron a la finca antes del mediodía. Fueron conducidos al salón y recibidos por el conde, que estaba visiblemente emocionado al volver a verlos. Por supuesto, hubo intercambio de abrazos y apretones de manos. Luego los invitados fueron presentados a lady Anne, pues Natalie los conocía de visitas anteriores. Todos rieron a carcajadas, llenos de júbilo y con semblantes alegres. Los vinos fueron servidos por el mayordomo, que cumplió con su deber y se aseguró de que todo el mundo fuera bien atendido. Fue una gran reunión.

Uno de los invitados era el doctor Berkley, una eminencia en el campo de la medicina. Era conocido en todas partes como un médico que nunca perdía a ningún paciente, gracias a sus vastos conocimientos de la medicina moderna. Mientras se tomaban las copas, el conde se llevó aparte al doctor Berkley y tuvo una pequeña conversación con él. Cuando volvieron al salón, Keylan estaba deseoso de hablar con su hermana, por lo que la llevó a un rincón para tener intimidad.

—Natalie, he hablado con el doctor Berkley sobre tu estado de salud, y le encantaría hacerte una revisión —dijo complacido Keylan.

—¿Qué le has dicho exactamente de mí? —preguntó la muchacha, mirándole fijamente a los ojos.

—Le he contado sobre tu malestar, así como de lo pálida y agotada que te ves siempre —le dijo él, rodeando a su hermana con sus brazos—. No debes preocuparte. Es un hombre respetado en su profesión, y estoy convencido de que te podrá ayudar.

Natalie se sintió derrotada y accedió a su petición, aunque no le gustaba ser visitada por otro doctor. Ya había tenido demasiadas consultas de toda

clase de médicos en el pasado, pero, por su hermano, haría cualquier cosa.

—Está bien, Keylan. Que el doctor me examine cuando quiera. —

Agradecido, él la besó y le ofreció una gran sonrisa.

—¿Te parece bien que lo haga ahora? —le preguntó—. Me gustaría que fuera cuanto antes para quedarnos más tranquilos

—Que así sea, Keylan —respondió Natalie, resignada.

El conde se separó de su hermana y fue en busca del médico, mientras Natalie buscaba a Anne, que estaba conversando y riendo con un grupo de invitados.

—Anne —la llamó Natalie con sutileza—. ¿Podrías acompañarme a mi alcoba? Mi hermano quiere que el médico me revise de inmediato.

Enseguida, ambas mujeres se excusaron de los invitados y se marcharon discretamente. Solo hacía falta observar a Natalie para ver su nerviosismo y, tras atravesar el umbral de la puerta de su cuarto, Anne la abrazó con fuerza.

—Solo serán unos minutos, y todos nos quedaremos más tranquilos.

Natalie asintió, aunque no parecía muy convencida. Unos segundos después, se atrevió a contarle sus temores.

—No quiero que todo vuelva a ser como antes. Me visitaron muchos médicos, pero ninguno pudo ayudarme. No quiero que ni mi hermano ni tú os hagáis ilusiones.

—No debes preocuparte por nosotros. Lo único importante ahora es descubrir qué te está pasando. Porque te puedo asegurar que es algo físico, y no como tu anterior dolencia, que estaba más arraigada a tu empatía.

Anne asintió, un poco más calmada, y permanecieron abrazadas hasta que unos segundos después llamaron a la puerta.

—Pueden entrar —respondió Natalie, tras apartarse de Natalie y recomponerse.

Entraron el conde y el médico. El doctor Berkley era alto, joven y apuesto, con la barba un poco más corta que la del conde. Saludó a las damas mostrando una gentil sonrisa para relajarlas, y pidió que Natalie se sentara, lo que ella hizo con vacilación.

—Veamos, milady. Voy a hacerle unas preguntas y debe contestarme con la mayor veracidad posible —le pidió el médico mientras comprobaba su pulso en la muñeca y examinaba su tono de piel y su respiración.

Le preguntó qué tipo de comida tomaba, a qué hora dormía, cuánto ejercitaba su cuerpo paseando por la finca y otras cuestiones relacionadas con su salud. Volvió a mirarla, centrándose más en sus ojos. Comprobó los niveles de sangre de sus dedos y sus articulaciones en busca de alguna pista.

Mientras el doctor la examinaba, Natalie permanecía quieta. Le dolía mucho el cuerpo y se sentía muy débil. Miró a Anne, que asintió con una sonrisa para darle ánimos. Natalie sonrió débilmente y miró a su hermano.

Él parecía preocupado, pero le sonrió, aunque de una forma más cauta.

Al instante, fueron interrumpidos por el médico, que anunció con pesar que no había nada que pudiera ver ni entender. El conde se sintió derrotado y decepcionado por todo aquello. Dio un paso adelante y miró él mismo a su hermana. No encontró nada, aunque le pareció extraño al hacerlo él, que carecía de cualquier conocimiento médico.

El médico dijo además que se marcharía y volvería en quince días para determinar el estado de salud de Natalie. Les aseguró que todo iba a ir bien y les indicó que le dieran vinagre aromático a menudo, ya que contenía algunos elementos medicinales que podían ayudar a curar su dolencia, en su peor estado, y reducir el riesgo de que empeorara.

Todos le agradecieron profusamente el trabajo realizado y la solución ofrecida. El doctor se despidió, acompañado de su amigo. Bajaron las escaleras y se reunieron con los demás invitados, que estaban almorzando.

El resto del día lo pasaron con los recién llegados, pasearon por los jardines y charlaron, y después degustaron una copiosa comida. Para terminar a velada, tocaron el piano y se entretuvieron agradablemente hasta que llegó la hora de irse.

Cuando los tres se quedaron a solas, con la tarde ya avanzada, se sentían cansados por el día intenso que habían tenido, pero agradecidos por haber podido disfrutar de una jornada encantadora.

Habían transcurrido unos días desde la marcha de los invitados y Natalie parecía cada vez más deterioraba. Al principio, solo se trataba de fatiga y dolores corporales. Luego, empezó a perder el apetito y solo comía cuando se veía obligada a hacerlo. Eso era bastante comprensible, ya que no era conocida por ser una comedora voraz.

Lo que llamaba más la atención era su sueño incesante y su tos. Al principio, temieron lo peor, y en la mente de Anne se colaron pensamientos negativos.

Tanto el conde como ella seguían viéndose al finalizar el día para charlar frente a la chimenea durante una hora, pero ese día, Anne apenas lo había visto por la mansión. Con la noche ya estaba bien entrada y el conde no había regresado, Anne se fue a su alcoba tras dejar dormida a Natalie, peor no había hecho nada más que entrar cuando alguien llamó a su puerta.

Al abrirla, se encontró con la señora Johnson, de pie ante ella. Anne abrió lo suficiente para dejarla pasar, pero el ama de llaves rehusó y simplemente le dijo:

—El conde me pidió que la llamara, milady.

—Espero que todo vaya bien —dijo Anne, aturdida al ser tan tarde, pues la hora de la cena ya había pasado y apenas quedaban criados despiertos.

—Creo que sí, milady. Aunque no puedo asegurárselo. Solo sé que me envió a por usted.

—De acuerdo. Dígale que voy enseguida.

La señora Johnson se marchó inmediatamente. Anne revisó que su vestido y su peinado estuvieran correctos y salió de la habitación, dirigiéndose escaleras abajo. Sin estar segura de dónde estaba, buscó a Keylan en el salón y no lo encontró, entonces fue a su habitación. A medio camino, lo oyó llamarla al comedor.

— Milady, estoy aquí —le dijo él, con la voz un poco más alta de lo normal.

—Muy bien, milord —respondió Anne, cautelosa.

Él estaba comiendo cuando ella se acercó. Le dijo que tomara asiento y Anne se sentó frente a él.

—Está muy pálida, ¿dormía? —le preguntó.

—Aún no. La señora Johnson vino a buscarme justo antes de que me dispusiera a hacerlo —contestó ella, quitándose una suciedad imaginaria de la bata.

—Así es. ¿Cómo se encuentra Natalie? —preguntó él.

—Bien, milord. Está durmiendo, por eso la dejé sola —respondió ella, sin mirarlo a los ojos, sino concentrándose en un cuadro sobre la cabeza de Keylan. Una forma de desviar su mirada.

—Usted también debe descansar, sobre todo, después de haber vigilado a Natalie tanto de noche como de día.

Keylan tenía muchas ganas de entablar una conversación y quedarse a solas con ella, pero estaba teniendo mucho cuidado de no hablar de otro tema que no fuera su hermana. No quería molestarla y lamentaba haberla importunado al llamarla, pero no soportaba la idea de haber llegado a la mansión y no poder pasar un rato con ella conversando, como hacían cada noche, al haber llegado tarde.

Ante su silencio, Anne levantó la vista y le vio mirándola fijamente.

Habría preferido que él le hablara, en lugar de que la mirase de esa manera.

Parecía que aquel día él no quería conversar, sino que prefería acariciar su cuerpo con la mirada.

Pero fueron sus siguientes palabras lo que más la sorprendieron.

—¿Estará fuera de lugar solicitar saber qué ocurre en el corazón de milady?

Ella sonrió de nuevo.

—No hay nada en mi corazón —respondió.

—Estoy tentado de creerlo; sin embargo, su semblante me dice lo contrario —comentó él sin dejar de mirarla.

Anne no dijo nada, sino que se llevó la copa de vino del conde a la boca y bebió un trago. Levantó la vista y sus ojos se encontraron. Sus miradas se cruzaron durante lo que pareció una eternidad antes de que ella volviera a apartarla.

—¿Se ha enamorado antes, milady? —le preguntó él.

Anne negó con la cabeza y se relajó hacia atrás.

—Dudo que ningún joven haya llamado su atención

Ella no sabía a lo él estaba jugando, pero comenzaba a ponerse nerviosa.

¿A qué venían estas preguntas? ¿Por qué la había llamado a estas horas tan tardías?

Anne levantó la cabeza, juntó las manos y miró hacia el conde. Estaba perdido en sus propios pensamientos y fue ella quien le sacó de su ensueño.

—Milord, parece perdido. Espero que no le pase nada —le dijo con voz tranquilizadora.

Él sonrió.

—En absoluto, milady, es solo que esta noche necesitaba de su compañía. —Él parecía melancólico.

—Mañana podremos reunirnos como siempre después de la cena —dijo Anne, ajena al anhelo de él de pasar toda la noche en sus brazos, de pedirle que no se fuera, de que se quedara con él y lo abrazara. Pero Keylan sabía que no podía pedirle eso.

—Si eso es lo que desea, milady, mañana volveremos a vernos después de la cena. —Su voz sonaba triste, pero ella no le dio importancia. Quería quedarse más tiempo con él y preguntarle qué le pasaba, pero sabía que no podía abusar de su hospitalidad, obligándolo a quedarse a solas con ella.

—Le agradezco todo lo que ha hecho por nosotros —le dijo él levantándose al fin y besando su mano como despedida, aunque retuvo más de lo debido la mano de ella entre las suyas, como si se resistiera a soltarla.

Ella se alegró de oír sus palabras. Eso hizo que su corazón se acercara más a él, y supo que no podría resistirse más si por casualidad él se apoderaba de ella. Como Anne no quería quedarse más tiempo y causar más confusión en su cabeza, se excusó y se marchó, dedicándole una sonrisa amistosa.

Él respondió y se despidió, con la alegría desbordando su corazón, pero con la tristeza de unos brazos vacíos.

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