Los anarquistas

James Joll · Capítulo 9 de 24

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Los anarquistas

Capítulo IV. Bakunin y el gran cisma

CAPÍTULO IV

 

BAKUNIN Y EL GRAN CISMA

 

Pour soulever les hommes, il faut avoir le diable au corps. Bakunin.

 

1

 

Fue Proudhon quien proporcionó al anarquismo el caudal ideológico más considerable, pero Bakunin aportó el ejemplo del fervor anarquista llevado a la acción. A él también le correspondió demostrar, en el terreno de la práctica y de la teoría, la gran diferencia que separaba la doctrina anarquista del comunismo de Marx, haciendo que cobrase relieve la escisión en el movimiento revolucionario internacional, ya implícita en las divergencias surgidas entre Proudhon y Marx en los años posteriores a 1840. Por otra parte, Bakunin fue quien en mayor medida vinculó el progreso revolucionario ruso con los restantes movimientos europeos, derivando de ello la convicción en la eficacia de la violencia en sí misma y su confianza en la técnica del terrorismo, que tanto caracterizaría no sólo a los anarquistas, sino también a otros revolucionarios de diferente ideología.

Nace Miguel Bakunin en 1814, a unos doscientos cuarenta kilómetros de Moscú,

en una población de la providencia de Tver.[124] No obstante una infancia feliz (su padre era un miembro conservador, aunque relativamente ilustrado, de la nobleza provincial), demostró ya en su juventud un carácter turbulento y rebelde, siempre dispuesto a fomentar situaciones tensas o dramáticas, disposiciones que mantuvo a lo largo de toda su vida. He aquí lo que escribe uno de sus amigos: «Me dice Miguel que cada vez que vuelve a casa, venga de donde venga, espera encontrarse con algo

desacostumbrado».[125] Y ciertamente, si no halló nada insólito e inusitado, hizo cuanto estuvo en su mano para remediar ese mal. El propio Bakunin «atribuía esta pasión por la destrucción al influjo de su madre, cuyo carácter despótico le inspiró un

inmenso aborrecimiento contra todo lo que supusiera restricción de la libertad».[126] Las actividades revolucionarias que llevó a cabo en los últimos años de su vida parecen el fiel reflejo de un carácter sumamente complejo y turbulento (no faltan los que han visto en su proceder una especie de compensación de la impotencia sexual que al parecer sufría). En el transcurso de su vida persistió esta índole belicosa a la que aluden las palabras que su amigo Vissarion Belinsky digiera de él cuando Bakunin iniciaba su carrera de anarquista: «un hombre de gran atractivo, una naturaleza salvaje, incisiva, leonina, cierto; pero sus exigencias, su arrogancia, su falta de escrúpulos, su falsía, hacen imposible toda amistad con él. Ama las ideas, no a los hombres, y busca no entregar su amor sino imponer su personalidad a los

demás».[127]

Este cariño de Bakunin por las ideas empezó a desarrollarse en 1830 con motivo de su fracaso en la breve práctica llevada a cabo como oficial del ejército, pues seguidamente comenzó a frecuentar el mundillo literario y filosófico de Moscú, donde trabó amistad con Belinsky. Como éste, Bakunin se sintió rápidamente cautivado por la filosofía alemana; primero Fichte y después Hegel, que eran en su opinión dos verdaderos apóstoles entregados a una constante prédica del culto a la rebelión y a la libertad individuales. En 1840, teniendo veintiséis años, se trasladó a París, y, como había hecho Proudhon, se puso inmediatamente en contacto con el grupo internacional de intelectuales radicales de la capital. Fue consecuencia de esta estancia que trabó conocimiento con Proudhon y con Marx, aprovechándola también para discutir las obras de los jóvenes hegelianos y de Weitling. Del mismo modo que las relaciones de Proudhon con Marx en este período patentizaron las diferencias de carácter y las divergencias ideológicas, así también las primeras conversaciones de Bakunin con Marx sirven para orientarnos sobre el gran cisma que se produciría veinte años más tarde. Bakunin evocaría después cómo Marx le había «llamado idealista sentimental, y tenía razón. Yo le tildé de gruñón, vano y traidor, y también

yo estaba en lo cierto».[128]

En el transcurso de sus estancias en Francia y en Alemania, Bakunin escribió cierto número de artículos, pero lo que su rebelde naturaleza buscaba era acción. Fueron las revoluciones de 1848 las que hicieron crecer su fama como uno de los más audaces revolucionarios de Europa. Ya antes de que estalle en París la revolución, Bakunin se había visto en un mal trance con las autoridades a raíz de sus contactos con las organizaciones de refugiados polacos. En el mes de diciembre de 1847 fue expulsado de París, después de un subversivo discurso en el que Bakunin, ofreció a los polacos su ayuda para derrocar al gobierno zarista (durante toda su vida demostró una profunda devoción por la causa de la revolución nacional polaca). Fue entonces, con motivo de la revolución de febrero de 1848, cuando volvió precipitadamente a París, para irse de nuevo un mes después, ahora con la idea de trasladarse a Polonia y tratar de inducir a los polacos a la revuelta. Pero no pudo llegar a ese país, pues fue detenido en Berlín, logrando la libertad bajo la expresa condición de no continuar viaje. En sustitución de estos planes, decidió asistir al Congreso Pan-eslavo que se celebrara en Praga, circunstancia que le proporcionó la oportunidad de dirigirse por ver primera a un numeroso público y de exponer sus ideas.

El pensamiento de Bakunin nunca pecó por exceso de sutileza u originalidad. Su continua devoción a la causa revolucionaria se tradujo más en conspiraciones y revueltas que en teorías en torno a futuros cambios en el orden social y económico. Se nos antoja muy sistemáticamente su protesta de que Marx estaba causando «la ruina de los obreros al convertirlos en teóricos». Sin embargo, en los Fundamentos de una política Eslava, que Bakunin escribió para el Congreso en Praga, y en su Llamada a los eslavos, que apareció a fines de aquel mismo año, avanzó a ideas que alcanzarían alta cotización en el mercado de la acción revolucionaria. Según su concepción sobre la materia, los eslavos debían formar una federación para que «la nueva política no se la de un Estado policía, sino una política de individuos, de hombres libres e independientes». En consecuencia, era del todo necesario proceder no sólo a la destrucción del Imperio Austrohúngaro, sino también al aniquilamiento de todo sistema de valores liberales burgueses, cuyo entronizamiento pretendían, al decir de muchos, las revoluciones de 1848. «Debemos arrasar por completo este decadente orden social que tan impotente y estéril se ha mostrado… Primeramente hay que purificar la atmósfera que nos rodea y transforma por completo el medio en que vivimos, puesto que corrompe nuestros instintos y voluntades y confunde nuestro corazón e inteligencia. El problema social ha de resolverse, fundamentalmente,

mediante el aniquilamiento de la sociedad actual».[129] Simultáneamente Bakunin escribe al poeta y político radical alemán Herwegh: «Los días de los cauces parlamentarios y de las asambleas nacionales se han extinguido. Cualquiera que se plantee crudamente la cuestión, deberá confesarse que no halla utilidad alguna en estas fórmulas anacrónicas, sino sólo un interés completamente forzado e irreal. No creo en la Constitución ni en las leyes; la más perfecta constitución no lograría satisfacerme. Necesitamos algo distinto: inspiración, vida, una mundo sin leyes, y por

lo tanto, libre».[130]

El lema de Proudhon era el de «Destruam ut aedificabo», más para Bakunin el acto puro y simple de la destrucción tenía ya sentido, pues plantaba en él una íntima convicción en la bondad natural del hombre y en la perfección de las instituciones humanas, que se verían automáticamente liberadas tras el aniquilamiento del orden. El acto inicial de la revolución violenta pondría al descubierto, sin ulteriores procesos, las virtudes naturales del hombre. Bakunin consideraba que estas virtudes se hallaban especialmente encarnadas en el campesinado ruso, que de un modo u otro culminaría su misión directiva al frente del movimiento para la redención de Europa. El apasionado entusiasmo de Bakunin a favor del movimiento de liberación eslavo, tal y como lo expresó en el Congreso de Praga, entrañaba un fuerte sentimiento anti-germano, incrementado más tarde por sus desavenencias con Marx, hasta el punto de que durante muchos años, y dentro de la historia del pensamiento socialista europeo, el marxismo germano vino a convertirse en el símbolo de un credo político centralizado, disciplinado y burocrático, al que los anarquistas rusos y franceses, españoles e italianos, se mostraban completamente opuestos.

En el Congreso de Praga, Bakunin exhibió otra pasión muy propia de él: la de fundar vastas sociedad secretas. Durante toda su vida se consideró como el conspirador por excelencia, asentado en el centro de una red de organizaciones clandestinas que él mismo controlaba y estructuraba y que se apoyaban, en teoría, sobre la base de una «estricta jerarquía e incondicional obediencia». Bakunin no cejaba un solo instante en idear comités centrales que nunca contaron más miembros que el propio Bakunin. No obstante, eran tales el encanto y el poder de convicción que emanaban de él, que grupos de jóvenes exaltados le seguían fervientemente en este imaginario recorrido por distintas células de conspiración. El primer adepto de esta índole fue un joven periodista checo el que conoció durante el Congreso de Praga. Años más tarde, hallamos a Bakunin entregado a la tarea de conceder tarjetas de miembros de supuestas organizaciones secretas, producto sólo de su inventiva, como una que dice: «El portador es el representante acreditado de la Sección Rusa de

la Alianza Revolucionaria Internacional, núm. 2771».[131] Pero, ciertamente, el poder de convicción de que disponía Bakunin lo ayudó no poco en la tarea de imponer su propia concepción sobre la naturaleza de la revolución y del lugar que en ella le correspondía. Hacía el final de su vida, la policía de varios países se tomó las conspiraciones de Bakunin tan enserio como su propio inventor.

Durante el invierno de 1848-49 Bakunin se encuentra en Sajonia. En la primavera de 1849 se ve metido de lleno en la breve, pero violenta revolución de Dresde, el último de los estallidos que ocurrieron en Alemania antes de que triunfara la contrarrevolución. En realidad, no se sentía muy identificado con sus objetivos, consistentes en dejar constancia de la repulsa popular contra la decisión del rey de disolver la Dieta, cuerpo que Bakunin contemplaba con no pocas reservas. Pero la tentación de verse mezclado en lo que tenía todos los visos de una auténtica revolución era demasiado fuerte para que la rechazase, por lo que Bakunin luchó en las barricadas al lado de otro revolucionario que dejaría, bien en otro campo muy distinto, una impronta tanto o más considerable que la suya: Ricardo Wagner. Tras el fracaso de la revolución, Bakunin fue detenido iniciándose para él un largo período de encarcelamientos que cimentaría de manera definitiva su reputación de revolucionario. Las autoridades sajonas accedieron inopinadamente a entregarlo a los austriacos, que desebada castigarle por sus actividades en Praga y su prédica instando a la destrucción del Imperio. Los austriacos, a su vez, atendieron a la reclamación de las autoridades rusas, que insistían en que bakunin debía ser sancionado en su condición de ciudadano ruso. Y desde 1851 permaneció en prisión en Rusia. En 1857 le fue conmutada su sentencia por otra de confinamiento en Siberia. Pero en 1861 Bakunin lograba escapar de su encierro con pasmosa facilidad, tras haber logrado la libertad bajo palabra, valiéndose de las relaciones de su familia y su propia situación social, dirigiéndose a Londres, vía Japón y Estados Unidos. Tanta facilidad se vio en su huida —para la cual contó con la ayuda de varios oficiales rusos destacados en Siberia— que llegó a rumorarse si Bakunin era en realidad un agente zarista. Pero esos rumores carecen por completo de fundamento, aunque si resulta muy propios del género de ataques lanzados por los marxistas contra muchos anarquistas posteriores, actitud reavivada diez años más tarde a causa de las polémicas con que se enfrentaron Marx y Bakunin. Como ocurrió con Proudhon cuando sus supuestos auspicios al régimen bonapartista, despertó no pocas sospechas un documento escrito por Bakunin en el primer período de su estancia en la cárcel, titulado Confesión al Zar, en el que hablando como pudiera hacerlo un «hijo pródigo, alejado y corrupto, con un indulgente padre», relataba la historia de su vida, dando seguidamente rienda suelta a sus profundos sentimientos patrióticos eslavos y a su aversión, todavía más profunda, hacia los alemanes. La Confesión no se publicó sino setenta años después, y, según parece, eran contados los que en la época en que la escribió tenían conocimiento de su existencia. Más que una subordinación al zar, la obra pone de manifiesto los sentimientos nacionalistas rusos de su autor, y el interés que ofrece radica más en su tendencia al estilo de Dostoievsky que en su trascendencia política. Sin embargo, cabe en lo posible que, como en el caso de Proudhon, existiera en él un signo de impaciencia y de desesperación ante los métodos de los reformistas y los revolucionarios convencionales, impulsándole a recurrir en última instancia a la autoridad establecida, en espera de ver así realizados sus propósitos de reforma social.

La llegada de Bakunin a Londres lo llevó a integrarse de lleno en el seno del movimiento revolucionario internacional. Durante su permanencia en esa ciudad vivió con Herzen y con Ogarev, exiliados rusos, dependiendo económicamente en gran medida de la generosidad de Herzen. El prestigio de que gozaba Bakunin entre los grupos revolucionarios era considerable. Los calumniosos rumores que le acompañaron a su huida de Rusia no había podido empañar la reputación conseguida tras su acción revolucionaria en 1848-49 y después del largo período de encarcelamiento subsiguiente. También su figura resulta impresionante. Bakunin era un hombre de gran estatura, corpulento y de poderosa energía, y alguna vez en sus maneras se advertía una infantil simplicidad. Como Herzen escribió, «su actividad y su apetito eran, lo mismo que su gigantesca figura y su continua exudación, de proporciones insólitas, y ya en la madurez de su vida su aspecto continuó siendo el de

una gigante de leonina cabeza y alborotada melena».[132] En contraste con su firmeza de carácter y su atractivo personal, raras eran las veces en que sus defectos —el total menosprecio por el dinero, su vehemencia y una genuina petulancia— afluían al exterior, salvo cuando se encontraba en compañía de amigos de confianza, como el propio Herzen, suficientemente irónico y tolerante como para pasarle por alto sus exabruptos.

Bakunin permaneció en Londres por espacio de unos tres años aproximadamente, y aunque mantuvo algún contacto con Marx, al que consideraba el instigador de los rumores en torno a su filiación zarista, no parece que tratase con él el tema de la Internacional ni que desempeñara papel alguno con su fundación. En 1864, año primero de la Internacional, Bakunin fijó su residencia en Italia, donde vivió durante los tres años que siguieron, primero en Florencia y más tarde en un suburbio de Nápoles. Fue en esta ciudad donde contó con los primeros discípulos. Desde entonces, Italia es uno de los países en los que las ideas anarquistas no se han extinguido totalmente. La influencia de Bakunin en la Italia de los años sesenta del siglo XIX fue una verdad considerable. Su llegado al país coincidió con el momento en que Manzini —durante toda una generación héroe indiscutible de los republicanos radicales italianos— empezaba a perder ascendencia entre los jóvenes. A pesar de que Mazzini fue uno de los precursores de la unidad italiana, ésta terminó por consolidarse en 1860 sin su mediación y en una forma política —la monarquía— objeto de iracundas protestas. Entre los jóvenes republicanos, los había que consideraban el liberalismo de Mazzini estéril y anacrónico, por lo que la figura de Bakunin les pareció, con su prédica de la revolución social, más atractiva en un momento en que estaba claramente demostrado que la política seguida e los últimos años no había solucionada muchos de los problemas sociales que aquejaban a la

nación italiana.[133] A mayor abundamiento, en los jóvenes radicales de Nápoles, con lo que Bakunin no tardó en trabar amistad, ejercían gran influencia las ideas proudonianas. Carlo Pisacane, antes de su fracaso y muerte en 1857. Cuando trataba de llevar adelante una rebelión republicana contra los Borbones, había esparcido la idea federalista y mutualista entre sus partidarios, idea que en 1860 presentaba todavía mayores atractivos, pues los republicanos del sur consideraban que la monarquía centralizada de la Casa de Saboya podía resultar, para la libertad, tan peligrosa como la propia dinastía borbónica local que acababan de derrocar.

Bakunin halló en Italia el tipo de situaciones que le estimulaban a la lucha. Mientras Marx se mostraba decidido defensor de la ideas de que la revolución sólo podía darse en el seno de las sociedades industrializadas, acudiendo al sentimiento de clase del proletario industrial, Bakunin veía la posibilidad de una revolución en las sociedades no industrializadas, como en Italia escribía o su Rusia natal. Al poco tiempo de vivir en Italia escribía: «En ningún otro país se halla tan próximo el estallido de la revolución social como en Italia. Aquí no existe, a diferencia de otros países europeos, una clase privilegiada de trabajadoras que, debido a sus elevados salarios, se vanaglorie de cultura y permanezca dominada por los mismos principios, ambición y vanidad que la burguesía, de la que no sólo le separa el modo de pensar,

sino la diferencia de situación social».[134]

Este contraste entre la confianza de Bakunin en el potencial revolucionario que se alberga en el interior de los que nadie tiene que perder (idea que, como hemos vistos, sostenía Weitling y que quizá influyó en Bakunin) y la plena aceptación del ideal proudhoniano del campesino o artesano autodidacta, maestro constante de sí mismo, que coopera con su vecino para erigir la nueva sociedad, resulta característico y produce una división en el movimiento anarquista. Pero en la práctica, Bakunin reclutaría sus discípulos en ambos bandos. Pese a su confianza en el Lumpen-proletariat, sus más fervientes adeptos fueron los relojeros suizos del lado del Jura, a quienes incluía entre los más diestros y más capacitados artesanos europeos. Al propio tiempo, Bakunin reclutaría en Italia un grupo de fieles partidarios destinados a convertirse en los dirigentes del anarquismo europeo de la otra generación y cuyo influjo se dejará sentir sobre todo en los trabajadores ignorantes y oprimidos de las ciudades y el agro italiano, hasta el punto de que en nuestra época es todavía posible dar con algún muchacho romano o siciliano, de nombre «Bakunin», o con el caso de tres muchachas, hijas de algún militante anarquista, a las que se puso el nombre de Hambre, Miseria y Revolución (Fame, Miseria, Rivoluzione).