Los anarquistas

James Joll · Capítulo 6 de 24

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Los anarquistas

Segunda parte

CAPÍTULO III

 

RAZÓN Y REVOLUCIÓN: PROUDHON

 

“Mon malheur est que mes passions se confondent avec mes idées; la lumiére qui éclaire les autre

hommes, me brule”. Proudhon.

 

1

 

«¿Qué es la propiedad? La propiedad es un robo». Esta frase se publicaba en un folleto de Pierre-Joseph Proudhon en 1840, y estaba destinada a convertirse en uno de los más efectivos lemas revolucionarios del siglo XIX. Con ese folleto empezó la reputación de su autor, quien al publicarlo tenía treinta y un años. El ambiente social en el que discurrieron sus años jóvenes puede servir para explicarnos tanto su doctrina como la aceptación que las clases trabajadoras le dispersaron. Proudhon era oriundo de Besançon, en la región del Franco Condado, y aunque más tarde residió en Lyon y en París, su sensibilidad moral y política continúo siendo la de un joven puritano de provincias, sorprendido y horrorizado a un tiempo por el lujo, la prodigalidad, la decadencia y la corrupción de la gran ciudad, centre de luxe et des

lumières [79] , según sus propias palabras. La familia de Proudhon era de origen campesino, aunque en el tiempo de su nacimiento formaran ya parte del cuerpo de la clase media baja de la ciudad. Una vez siquiera, Marx tiene razón cuando alude Proudhon como un petit-bourgeois. Su padre era un artesano (anteriormente había trabajado como tonelero) que terminó por abrir un pequeño establecimiento de bebidas y hospedaje. La fortuna, sin embargo, no le sonrió, por lo que la familia vivía muy humildemente. El joven Proudhon atribuía este estado de cosas a la rotunda negativa de su padre a transigir con los abyectos sistemas que entonces regían el comercio. «Vendía la cerveza casi al precio de coste; lo que deseaba era una vida

sencilla, y, así el pobre hombre los perdió todo».[80] Al mismo tiempo, su madre representaba el ideal de las virtudes campesinas de independencia y frugalidad que tanto influirían en su concepción de la sociedad ideal. Proudhon se enorgullecía de su origen. «Mis antecesores eran, por una y otra rama trabajadores libres… conocidos por su firmeza en la oposición a la pretensiones de la nobleza… En cuanto a la

nobleza de raza, [81] yo son un noble ». De muchacho fue pastor y, durante el resto de su vida, mantuvo viva en el recuerdo la belleza de la campiña de su provincia natal, los mismos paisajes que su amigo y compatriota Gustave Courbet evocarían con tanta vitalidad en el lienzo. La concepción del mundo que Proudhon tenía era agrícola, y la sociedad ideal, por él propuesta, era una comunidad de saludables, independientes y laboriosos campesinos. A lo largo de sus escritos, lo mismo que acontece con no pocos anarquistas, posteriores, palpita una gran nostalgia de las desvanecidas, y a menudo imaginarias, virtudes de aquella sencilla sociedad rural de antes de que las máquinas y los falsos valores de fabricantes y financieros la corrompieran.

Proudhon era un autodidacta, y en las páginas de sus obras abundan las pruebas de un conocimiento singular, carente de todo sistema; lo que es lógico en quien a aprendido por su propio esfuerzo. En su primera juventud fue aprendiz de impresor (desde siempre, del seno de la industria impresora han salido graves y reflexivos anarquistas), y al mismo tiempo, sin ayuda de profesores, aprendía hebreo, latín y griego. Leyó también gran número de libros sobre religión y filosofía y formuló algunas teorías más o menos documentadas sobre etimología. Por último, en 1838 obtuvo una beca para cursar estudios en París, concedida por la Academia de Besançon. A esta institución dedicó —lo que no deja de entrañar cierta ironía— su obra ¿Qué es la propiedad?, aunque su «Advertencia a los propietarios», publicada

dos años más tarde,[82] lo llevó ante los tribunales. El éxito obtenido por ¿Qué es la propiedad?, así como el eco de sus controversias con las autoridades de Besançon, lo hicieron famoso. En el transcurso de su vida se acreditaría como un combativo periodista y como autor de folletos, amén de crítico implacable de la sociedad existente. Desde entonces, y como él mismo indica en ¿Qué es la propiedad?, se dedicaría a estudiar «los medios de mejorar la condición física, intelectual y moral de la clase más numerosa y pobre (la classe la plus nombreuse et la plus pouvre).».

Dejando aparte su procesamiento y absolución, las obras que siguieron, siempre en torno al tema central ¿Qué es la propiedad?, le proporcionaron considerable nombradía en los círculos radicales de Francia y del extranjero —en 1842, Carlos Marx tiene conocimiento de su obra—, pero no compensaciones económicas. Así le vemos en los años siguientes empleando en una firma de Lyon dedicada al transporte fluvial, donde tuvo ocasión de ampliar con el testimonio directo la visión de los problemas propios de la producción y del intercambio de bienes, y donde adquirió su primera experiencia al convivir con los militantes de la clase trabajadora. A pesar de que sólo fijó su residencia en París en 1847, hizo durante ese período varias visitas a la capital, y fue precisamente en esos años cuando trabó conocimiento con los otros grandes revolucionarios de su generación, especialmente con Marx y Bakunin. Ciertamente las implicaciones de sus escritos sobre la propiedad le habían dado fama de economistas radical, pues sus opiniones promovieron apasionados comentarios, más extremos aún cuando las recogió y las amplió en una extensa obra filosófica titulada Système de Contradictions Économiques ou Philosophie de la Misière. Es característico de Proudhon —voluble, discursivo, exhaustivo— ocuparse de argumentaciones en torno a la existencia de Dios, para terminar, pongamos por caso, con una crítica concienzuda sobre las teorías de la concepción. Sus apreciaciones en la citada obra se nos antojan influidas por una precipitada lectura de los clásicos, de la historia y la historia y la filosofía, y por su moral puritana la cual es posible que dictase las opiniones que emite acerca de la familia y el matrimonio. Pero, por encima de todo, refleja el impacto de la nueva y apasionada filosofía de Hegel entonces en boca de todas sus amistades parisienses (Marx, Bakunin y Kart Grün), y muestra las ideas contra las que Proudhon se enfrentaba. Eran éstas las de Fourier, Saint-Simon y los restantes «utópicos» franceses, quienes habían acuñando para uso del pueblo término tales como «socialismo» y «comunismo». Proudhon rechaza cualquier reorganización que consista en una simple ordenación de sus componentes. Para él carece de sentido cambiar las riendas del poder de un grupo a otro o dejar que la propiedad del capital pase de los propietarios del momento a otra serie de monopolistas explotadores de los pobres. «Quienquiera que para organizar el trabajo acuda a los conceptos de poder y de capital, miente, porque no hay más organización

del trabajo que la supresión de este capital y este poder»[83] Asimismo Proudhon se opone a las vastas empresas industriales que tanto seducían a los sansimonianos como medio de desterrar la pobreza y la producción masiva que regía los falansterios de Fourier. Refuta también los planes propuestos por Etinne Cabet o Louis Blanc respecto a las comunidades donde todo pertenece a todos, pero en las que el trabajo queda sujeto a una rígida dirección centralizada. Tampoco merecen sus simpatías las teorías liberales entonces en boga, pues a pesar de haber aprendido economía en idénticas fuentes —Adam Smith, Ricardo, Say—, rechaza sus conclusiones de que la abolición de los aranceles y la práctica de un comercio internacional libre resolverían todos los problemas. Así vemos como en determinadas páginas de su Système des Contradictions Economiques se muestra partidario del comercio protegido y contrario al tráfico libre, con el argumento de que éste no lograría otra cosa que oprimir a los pobres mediante la acción de los mismos monopolistas que los explotan, pero a escala internacional.

En vez de sociedades basadas en la acumulación y circulación del capital y en el ejercicio de funciones de gobierno centralizadas, ha de ser el trabajo, realizado por el hombre lo que debe constituir el núcleo de toda organización social. «El trabajo es el

primer atributo, la característica esencial del hombre»,[84] escribe. Una vez que el trabajo guarde relación directa con sus necesidades. Desaparecerá el problema de la explotación y cada cual trabajará para mantenerse a sí mismo y a su familia, sin beneficios para el propietario o patrón cuya actitud sea meramente pasiva. La propiedad —y cuando Proudhon se refiera a ella parece aludir exclusivamente a la tierra o al capital— es un robo porque el propietario se ha quedado con lo que debería pertenecer libremente a todos los hombres. En vez de propiedad, alega Proudhon, «sólo puede darse la posesión y el uso bajo la condición insoslayable de que el hombre trabaje, dejándole momentáneamente en la posesión de las cosas que

produce».[85]

La primera condición que Proudhon exige para restaura la relación directa entre lo que un hombre produce y lo que consume es la desaparición del sistema de crédito y cambio. Eliminados los financieros, los bancos y, desde luego, el dinero, las relaciones económicas entre los hombres retornarán a los primitivos cauces de una positiva simplicidad natural. De hecho, Proudhon realizaría en 1849 un frustrado intento de poner en práctica este reforma, dando cima a la creación de un Banco del Pueblo sin capital ni beneficios, en el que los clientes podían obtener el crédito proporcional a los productos que cada cual hubiera realmente elaborado, lográndose de este modo el intercambio de un producto por otro sin necesidad de dinero. «Debemos acabar con el imperio del dinero, haciendo que cada producto se convierta

en la moneda corriente…»[86], escribió tras el fracaso de sus afanes por llevar a la práctica esta norma. Pese a su frustración e impracticabilidad, Proudhon no abandonaría nunca esta idea, la cual pasaría en convertirse en parte capitalísima de la concepción social que legó a sus sucesores.

Antes de escribir Système des Contradictions Economiques y los ensayos sobre la propiedad que le precedieron, Proudhon había leído la filosofía de Kant y la de Fitche, pero fueron sus contactos con los emigrados alemanes a París lo que orientó su pensamiento y le enseñó la jerga de la filosofía alemana, introduciéndole en el seno de la escuela hegeliana. Sus escritos de los años cuarenta abundan en especulaciones en torno al Sujeto y el Objeto, sobre las bases de la moralidad y la dialéctica. Fueron los intentos un tanto burdos de Proudhon por organizar sus Système des Contradictions Economiques al modo hegeliano lo que particularmente suscitó las ironías de Marx, cuya crítica de que «Herr Proudhon sólo ha tomado de la dialéctica el modo de expresarse» no parece exenta de cierta verdad. Marx reclama para sí la introducción de Proudhon por los vericuetos de la ideología de Hegel, y escribe al respecto: «Yo lo inicié para desgracia suya en el hegelianismo, pues por

desconocer el alemán no podía estudiar el tema a fondo».[87] Marx embistió abiertamente contra las teorías económicas de Proudhon un año después de la publicación del système, en un libro que título, parodiando su subtítulo Miseria de la Filosofía. Lo que en realidad ocurría —cosa muy corriente en Marx— fue que las divergencias doctrinales no eran más que una máscara para ocultar las profundas diferencias personales que les dividían. Cuando Proudhon conoció a Marx, en el invierno de 1844-45, era ya un hombre famoso, y sus ideas eran objeto de comentarios y discusiones, mientras que Marx, aún no pasaba de ser un periodista alemán con tendencias radicales apenas conocido. Marx se dio cuenta en seguida de lo útil que le podía ser Proudhon, y de ahí que le sugiriera actuar como representante en París de una asociación internacional cuyo objetivo era el de unir a los socialistas de diversos países mediante la correspondencia, sistema que propugna en la Internacional que Marx fundaría veinte años más tarde. Proudhon no se mostró muy entusiasmado con la idea. Cabe en lo posible que, a pesar de lo que le admiraba y de la pasión que despertaba en él el descubrimiento de la nueva filosofía alemana, cayera en la cuenta de lo difícil que sería la colaboración con Marx. Y, ciertamente, existían ya divergencias que la respuesta de Proudhon deja entrever claramente: «Busquemos de consuno, si éste es su deseo, las leyes de la sociedad, el modo cómo se debe realizar, el proceso mediante el cual acertaremos a descubrirlas, pero, por lo que más quiera no caigamos en el error, después de haber demolido todos los dogmatismos a priori, de querer adoctrinar a los demás; no cometamos la equivocación de nuestro Lutero, que, después de haber arremetido contra la teología católica, procedió de inmediato, provisto todavía de las bulas y anatemas de la

excomunión, a fundar otra teología protestante».[88] Con estas palabras se ponían por primera vez de relieve las diferencias de tácticas entre los movimientos obreros franceses y alemanes —que tanto caracterizarían a la historia socialista que siguió—, mientras la ruptura entre Marx y Proudhon marcaba la pauta de lo que más tarde separó a Marx de Bakunin y que escindiría para siempre el movimiento internacional de la clase trabajadora. A la tentativa de ganarse la cooperación de Proudhon, siguió el ataque en toda regla lanzado por Marx en su Miseria de la filosofía. Marx era mejor filósofo y economista que Proudhon, y muchas de sus críticas de las concepciones del francés están plenamente justificadas. No obstante, alienta un fondo de verdad en la réplica de Proudhon a la diatriba de Marx. «Lo que viene a significar la obra de Marx es lo mucho que lamenta que mis juicios fueran en todos aspectos

idénticos a los suyos y que yo me anticipara en exponerlos».[89]

Es necesario aclarar que la importancia de las primeras obras de Proudhon no radica simplemente en sus especulaciones teóricas, por sugestivas que se nos antojen, ni en frases del calibre «la propiedad es un robo» o «la clase más numerosa y pobre», lugares comunes todos de la retórica revolucionaria, sino que reposa fundamentalmente en el conjunto de su concepción acerca de la naturaleza del hombre y de la sociedad. Como hemos visto, lo que en opinión de Proudhon caracteriza al hambre es el trabajo, y el que no trabaja deja de ser hombre y de llevar una vida moralmente saludable. En consecuencia, el cotidiano quehacer es tanto una necesidad social como una virtud moral, y proporciona a un tiempo el elemento básico de la vida económica y social y la norma ética por antonomasia. Aunque Proudhon era un intelectual y admite el valor del trabajo en esta índole, cuando alude al factor trabajo lo hace pensando en el campesinado o en el artesano. Si en la línea del pensamiento de Marx es el proletariado la clase destinada por las leyes inmutables de la historia al logro del triunfo, para Proudhon el proletariado sólo es la clase a través de cuyos afanes y sufrimientos se haría posible un orden nuevo tanto moral como social. El sentido de la dignidad del trabajo y la necesidad de preservarlo de la degradación impuesta por las máquinas y de la explotación infligida por el sistema capitalista, palpita en toda la obra de Proudhon, y esta idea de la tarea que el trabajador debe imponerse, así como de su misión en el mundo, constituye la base de todo el pensamiento anarquista subsiguiente.

Sin embargo, la doctrina de Proudhon acerca del puesto vital que ocupa el trabajador en la sociedad no le impidió ver las fallas y los defectos que padece este mismo trabajador, fallas que él conocía de sobra. Notó, en efecto, el cúmulo de tareas de la clase trabajadora, y lo mismo para él que para su primer amigo y discípulo, el pintor Gustavo Courbet, los trabajadores eran, antes que nada, individuos y no el simple y anónimo símbolo de la dignidad del trabajo, tal como aparecen en la obra pictórica de otro contemporáneo, Jean François Millet. De acuerdo con Proudhon, «el hombre, antes de que el destino lo convierta en tirano o en esclavo, es tirano o esclavo por voluntad propia; el corazón de los proletarios es como el de los ricos, un

sumidero de ardiente sensualidad y un antro de suciedad e hipocresía».[90] «El mayor obstáculo que la igualdad a de vencer no es el aristocrático orgullo de los ricos, sino el egoísmo indisciplinado de los pobres». Para cambiar la naturaleza del hombre, no basta con cambiar las instituciones de la sociedad. Cualquier reforma realista entraña la reforma moral del individuo. «El hombre es por naturaleza un pecador; es decir, no es un ser malvado en su sustancia, sino más bien un ser de imperfecta hechura cuyo

destino se centra en una perenne lucha para encarnar el ideal de hombre».[91] En este punto surge una nueva diferencia con utopistas como Saint-Simon y Fourier, para quienes bastaba un cambio en el ambiente social del hombre para cambiar su naturaleza, y con Marx, para el que la moralidad se hallaba enteramente supeditada a las circunstancias materiales. La insistencia de Proudhon en la necesidad de un esfuerzo voluntario por parte del individuo fue recogida por la teoría y la práctica anarquistas posteriores, e igualmente por toda una escuela del pensamiento socialista francés.

La conciencia que Proudhon tenía de la frágil naturaleza del hombre y de su pecado original lo colocó mucho más cerca de Dios que la mayoría de los anarquistas. Para él, Dios y el hombre se hallan enfrentados, y su lucha es la de este hombre con la parte más sana de su espíritu. «Pero Dios y el hombre, pese a la necesidad que encadena el uno al otro son irreductibles; lo que los moralistas han llamado, recurriendo a una mentira piadosa, la lucha del hombre consigo mismo, no es en realidad más que la lucha de este hombre contra Dios, la contienda de la reflexión contra el instinto, la lucha de la razón, el discurso, la opción y la contemporización contra la pasión impetuosa o fatal, y constituye, en definitiva, una

prueba irrefutable de esta irreductible condición».[92] Si las ideas de Proudhon sobre la organización de la sociedad se basan en la creencia en la posibilidad de leyes económicas y sociales racionales, su concepción de la naturaleza humana se basa en la comprobación del poder de los irracional y del constante esfuerzo que se le exige al hombre para imponer el elemento racional. El orden propugnado para el futuro no es una utopía fácilmente alcanzable en un plazo inmediato, y cuando Proudhon escribió en su cuaderno de notas las palabras «Libertad, Igualdad, Fraternidad: yo diría mejor

Libertad, Igualdad, Severidad»,[93] sabía perfectamente lo que pretendía expresar.

Esta percepción de la innata violencia en el hombre y de la importancia que en su conducta presenta el factor irracional, hizo que los intelectuales posteriores de derecha, y también los filósofos de la violencia anarquista, consideraran comprobar si incidencia en la propia obra y la personalidad de Proudhon, en el sentido de que los aspectos contradictorios que observó en la naturaleza humana quedan también plasmados en su conducta y en sus escritos. Su violento carácter no le movió, sin embargo, a tomar parte directa en ninguna revolución. Aunque en el curso de la revolución de 1848, en París, pudiera exclamar que estaba «oyendo el sublime horror de los cañonazos», no se sentía, como Bakunin, irresistiblemente atraído hacia el mismo centro de la revuelta. Por el contrario, la línea general de su pensamiento se muestra decididamente partidaria de los métodos pacíficos, sin que pudiera ocultar su temor de que la revolución trajera consigo una nueva tiranía. «No debemos partir del supuesto de que la acción revolucionaria sea el único medio de llevar a cabo la reforma social —escribía Marx poco antes de su ruptura—, y porque tal acción conduciría simplemente a la fuerza y a la arbitrariedad; en resumen, supondría una

contradicción».[94]

La violencia del carácter de Proudhon reviste un matiz más personal y se dirige, mediante estallidos de alarma, a gentes tales como los judíos y los homosexuales, y de rebote, contra Inglaterra. En algunas ocasiones se manifiesta rigurosamente opuesto incluso al derecho de la sociedad a sancionar a sus miembros, y otras veces por el contrario, clama por el uso de la pena de muerte, y, en casos extremos, por la

aplicación de la tortura.[95]

Hacia el final de su vida, Proudhon intentó arbitrar medios para canalizar los instintos violentos del ser humano por cauces y objetivos racionales. Culpaba a estos instintos de las guerras y consideraba que un sistema de derecho sólo tenía efectividad, fuera nacional o internacional, si disponía de los ingredientes necesarios para combatir los sentimientos de odio y de venganza naturales en el hombre. En la sociedad que observaba, la guerra, debido a sus implicaciones psicológicas, era absolutamente inevitable. Pero como los esfuerzos para reducirla a determinadas proporciones por medio de acuerdos se iban debilitando, no quedaba otra alternativa que la de abogar por su desaparición. «El siglo XIX, si quiere cesar en su decadencia,

ha de imponerse como meta acabar con el militarismo».[96] La guerra sólo se extinguiría una vez se llevara a cabo la revolución social, que proporcionaría el medio adecuado de anular los instintos de odio y venganza en beneficio de un sistema legal que gozara del general respeto.

El extremado puritanismo que se observa tanto en la obra como en los escritos de Proudhon, en especial en lo tocante a las cuestiones sexuales, procede de su convicción de la naturaleza violenta, ciega y destructiva de los instintos humanos. En efecto, una de las ventajas del trabajo riguroso sería la de amenguar la intensidad del apetito sexual, lo que al mismo tiempo actuaría como instrumento de control sobre el crecimiento de la población. Proudhon era un ferviente antifeminista; el puesto de la mujer, según él, está en el hogar, y no tiene más alternativa que la de convertirse en ama de casa o en mujer frívola. Proudhon estuvo, efectivamente, muy vinculado a su madre, y las cualidades campesinas de frugalidad y abnegación que halló en ella quedan en su obra elevadas al rango e máximas virtudes espirituales de la mujer. Su esposa respondía por entero a esta concepción. Después de encontrarse en plena calle con una singular muchacha que, a juicio suyo, ofrecía todos los rasgos de una honesta trabajadora, Proudhon, le escribió: «Tras las consideraciones de edad, fortuna, semblante y moral, viene la de la educación, y a este respecto me permitiría que le diga, señorita, que siempre sentí desprecio por la mujer altiva, la artista o la escritora…, pero la mujer hacendosa, sencilla, graciosa, espontánea, entregada a sus menester…, en suma, la que posee las cualidades que a mi modo de ver la adornan a

usted tiene todo mi respeto y admiración».[97] (Lo cierto es que en su caso, ese peculiar sistema de elegir esposa dio tan buen resultado como otro cualquiera).

La familia, pues, constituye en Proudhon, la base sobre la que descansa su sociedad ideal, punto en el que difiere una vez más de los patrones seguidos por los

socialistas utópicos. « [98] Point de famille, point de cité, point de république »,

escribió. En la sencillez, creada a la imagen campesina, que reinaba en el seno de su familia (admirable reproducida en el famoso lienzo de Courbet) halló proudhon, tal como manifestaba a los demás, una evasión de las tenciones que los atenazaban. Lo que hizo de él un revolucionario tan eficiente fueron sus propios apasionados e instintos sentimientos, y, sin querer olvidad su riqueza cultural ni sus intentos de sistematizar una filosofía revolucionaria, fueron esos sentimientos, como Proudhon observó por sí mismo, lo que le proporcionaron el vigor de que dio pruebas, a pesar de ser también, culpables, de ciertas inconsistencias de su pensamiento, de su violencia y sus prejuicios. Proudhon sintetiza esta faceta de su ser con una observación trascrita en su cuaderno de notas: «¿De dónde proviene esta pasión por la justicia que me atormenta, irrita y apesadumbra? No puedo explicármelo. Sólo sé que es mi Dios, mi religión y mi ser, y que si trato de justificarla con argumentaciones

filosóficas, fracaso en el empeño».[99]