Los anarquistas

James Joll · Capítulo 10 de 24

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Los anarquistas

Capítulo 2

Fue con motivo de su permanencia en Italia que Bakunin fundó la primera de las organizaciones revolucionarias internacionales a las que dedicaría el resto d su vida. Su nombre era el de la Hermandad Internacional. Aunque Marx había dado vida en Londres a la Asociación Internacional de Trabajadores, no consideraba a Bakunin como un serio rival, por lo que dispensó excelente acogida a una iniciativa que podía coadyuvar al menoscabo de la influencia de Mazzini en Italia. Sin embargo, antes de que sus actividades en Italia alcanzaran verdadera importancia, Bakunin, cuyos movimientos casi siempre los determinaban, en buena medida, sus ininterrumpidas dificultades económicas, fijó su residencia en Suiza, país desde el cual llevó a acabo, en el período que va desde el año 1867 hasta el término de su vida, la acción de mayor envergadura de cuantas había emprendido hasta entonces.

 

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Instalado en Suiza, Bakunin, no tardó en convertirse en el centro de innumerables conjuras, intrigas, proyectos, esperanzas y temores. Su apasionada naturaleza, su apogeo a la conspiración, su fe en el potencial revolucionario de Rusia, Italia y España; su extremada bohemia en cuanto a su forma de vida y su empeño en rodearse de amigos y discípulos, lo metieron en una serie de confusas situaciones, todas con resultados y consecuencias sin cohesión alguna, que ilustran mejor que nada los conflictos internos que han aquejado sin interrupción al movimiento anarquista. La hostilidad de Bakunin a la Rusia zarista se hermanaba con una fe profunda en la capacidad del pueblo ruso no ya de redimirse a sí mismo sino de marcar la pauta de la revolución social a escala europea. Bakunin estaba convencido de que los oprimidos son todos revolucionarios en potencia que sólo necesitan de alguien que asuma el mando para estallar en abierta rebeldía. «Nos estamos refiriendo —escribió— a la gran masa de la clase trabajadora que, agobiada por el diario trabajo, permanece ignorante y desdichada. Sean los que sean los prejuicios religiosos o políticos que, con más o menos éxito, hayan conseguido inculcar en su mente, esta clase continúa siendo “socialista sin saberlo”; su situación es la que, básica e instintivamente convierte a sus miembros en socialistas más fieles y acérrimos de lo que puedan serlo todos los burgueses y socialistas cultivados. Son socialistas por las condiciones de su existencia material y las necesidades de su ser, en tanto que los otros son sólo socialistas en relación con unas apetencias puramente intelectuales. En la vida real son siempre las necesidades de la existencia humana las que ejercen, antes que las exigencias simplemente culturales, mayor influencia, entendiendo por exigencias culturales la expresión del ser, el reflejo de su progresivo desarrollo, pero por

obediencia al principio que las encadenan».[135]

Aceptado esto, es forzoso que la revolución sea más factible en los países en un estado de desarrollo retardado, aunque las clases oprimidas no tengan conciencia de su situación. «El pueblo ruso es socialista por instinto y revolucionario por

naturaleza»,[136] declara Bakunin. Lo mismo puede decirse de Italia, país en el que «los trabajadores son socialistas y revolucionarios por instinto y por las circunstancias…, aunque desconocen todavía casi por completo las causas de su

desdicha situación».[137] «La masa de los campesinos italianos —escribió en 1871 constituyen ya un poderoso y numeroso ejército en pro de la revolución social. Conducido por el proletariado de las ciudades y organizados por los jóvenes

revolucionarios socialistas, este ejército será invencible».[138] Sin embargo, de nada sirve seguir el lento progreso de la educación que haga al pueblo conciente de sus

intereses. «No debemos ilustrar al pueblo sino conducirle a la revuelta».[139] El acto de la revolución constituiría en sí mismo una educación de suficiente alcance. «Muchos socialistas burgueses no se cansan de repetirnos “dejad que primero instruyamos al pueblo y emancipémosle después”; pues bien, yo digo lo contrario

“dejemos que primero se emancipe y entonces se afanará en instruirse”».[140] En opinión de Bakunin, el campesinado ruso disfrutaba de una privilegiada situación toda vez que poseía formas tradicionales de organización, agrupación en aldeas comunales, etc., lo que las presentaba como un ejemplo para la clase trabajadora de los países más avanzados, aunque sólo fuera por medio de un vigorosa caudillaje revolucionario. «Si los trabajadores occidentales demoran en exceso la acción, serán

entonces los campesinos rusos quienes tendrán que darles el ejemplo»,[141] escribió en 1869.

La intensidad de sus sentimientos nacionalistas y su fe en el futuro revolucionario de Rusia hacían que bakunin sintiera la necesidad de mantener contacto con los elementos jóvenes de su país. Fue por ese motivo que dispensó una calurosa acogida a un joven ruso de veintidós años llamado Sergei Gennadecvich Nechaev, que en 1869 llegó a su Suiza, confesando que se había escapado de una cárcel rusa. «Se encuentra conmigo uno de estos jóvenes fanáticos que no titubean ni se desentienden ante nada, decididos a que sean muchos, muchos lo que mueran a manos del gobierno, pero que, lejos de acobardarse ante eso, no cejarán hasta ver la rebelión del pueblo ruso. ¡Qué magníficos estos jóvenes fanáticos, creyentes sin dioses y héroes

sin retórica!»[142], escribió Bakunin a un amigo suizo. La amistad con Nechaev le ocasionó perjuicios políticos y sufrimiento personal, pero tuvo importancia para el desarrollo de los conceptos anarquistas. Bajo la influencia del temperamento auténticamente terroristas de Nechaev, Bakunin abogó, por una vez al manos, en favor del terror como el medio más efectivo de combatir los valores y el poder del Estado.

Era Nechaev un revolucionario por propio aprendizaje, un sombrío, solitario y tortuoso personaje con algo de poseur, fanático, idealista y delincuente. Nació en condiciones precarias en Ivanovo, centro textil en creciente desarrollo al nordeste de Moscú, pero muy pronto logró trasladarse a esta ciudad y asistir a los cursos de la Universidad. Los estudiantes revolucionarios que allí conoció estaban todavía bajo la impresión de la tentativa de asesinato de que fue objeto el zar Alejandro II en 1866. Aran asiduos lectores y admiradores de los escritos de Bounarroti y estaban totalmente identificados con la idea de una vida entregada a la Conspiración. Fue en Moscú donde Nechaev trabó conocimiento con Peter Nikitin Tkachev, el más consistente y cumplido de estos neojacobinos. Su doctrina de la selección revolucionaria consagraba por entero a la causa de la revolución ejercería considerable ascendencia en Lenin y aunque, como el resto de su generación, Tkachev se sintiera captado por la legendaria personalidad de Bakunin, acabaría por tramas la creación de un movimiento revolucionario rigurosamente organizado y rechazando de plano las ideas anarquistas de Bakunin. Nechaev y Tkachev redactaron un Programa de Acción Revolucionaria que contenía elementos tanto del anarquismo bakuninista como de la disciplinaria visión social esbozada por Tkachev en una fase posterior. Según este programa, los dirigentes del programa, los dirigentes del movimiento revolucionario serían hombres de nuevo cuño, dedicados por entero a la causa revolucionaria y a quienes su actividad conferiría el disfrute de una libertad plena y el mejor medio de desarrollar su personalidad. Los grupos revolucionarios quedarían adscritos a un régimen descentralizado, y los respectivos miembros cambiarían periódicamente de una célula a otra, para así impedir que un exceso de autoridad llegara a corromperlos. El revolucionario no debía tener otra lealtad que la exigida por su meta de acceso a la revolución. «Cuanto se afilien a la organización deberían renunciar a cualquier pertenencia, ocupación o vínculo familiar, pues la

familia y el oficio desvían a los miembros de su actividad».[143]

Cuando Nechaev llegó a Ginebra en la primavera de 1869, con toda clase de invenciones en torno a su pasado revolucionario, halló a un Bakunin ansioso de cooperar con él y de ponerse a la cabeza de la nueva generación revolucionaria rusa. Trabajaron en la redacción conjunta de un Catecismo Revolucionario, de una enumeración de Principios de la Revolución de diversos manifiestos, proclamando la necesidad del terror implacable en la lucha contra el Estado. Cualquiera que menospreciara y denunciase los valores de esa sociedad se convertía en aliado de la causa revolucionaria. «El bandido es uno de los aspectos más dignos de la vida del pueblo ruso… en Rusia, el bandolero es el único y verdadero revolucionario sin vana retórica ni charlatanería culta. La revolución popular nace de la fusión de la rebelión del bandolero con la del campesinado… Hoy el mundo de la revolución rusa sigue siendo el mismo: el mundo de los bandoleros, el único acorde con las exigencias de la revolución. Cualquier hombre que en Rusia pretenda participar en una conspiración seria, cualquiera que esté en pro de una revolución popular, debe encaminarse a ese

mundo y sumirse en él».[144]

«El revolucionario desprecia y aborrece la moral social hoy imperante en todas sus formas…: para él sólo es moral lo que favorece el triunfo de la revolución… Todos los sentimientos blandos y que producen un decaimiento del ánimo, como la amistad, el parentesco, el amor, la gratitud, incluso el honor deben ser desterrados en aras de un frío desapasionamiento para mejor entregarse a la causa revolucionaria… Día y noche debe alentar en él un solo pensamiento: el inflexible propósito de destrucción.

»No reconocemos más actividad que la acción de exterminio, aunque admitimos que esta actividad puede manifestarse en múltiples formas: el veneno, el puñal, la soga, etc. En una contienda como la nuestra, la revolución santifica este género de

procedimientos».[145]

Tan apasionado encomio del terror, en el que la violencia cobra, prácticamente, total sentido por sí misma, no aparece por ningún lado en los escritos de Bakunin, lo que viene a demostrarnos hasta qué punto había caído bajo el influjo de Nechaev. Y, sin embargo, bastó esta proclama para introducir en el movimiento anarquista un elemento que conservó ulteriormente y para dar pie a la formulación de la doctrina de la propagande par le fait, que tanto impulso proporcionaría a la acción anarquista durante los treinta años siguientes. Antes de regresar a Rusia, Nechaev lanza una serie de proclamas estimulando la acción violenta, personal e inmediata. «Debemos penetrar de lleno en la vida del pueblo, suscitar su fe en sí mismo y en nosotros, fe en su propia fuerza, para aglutinarla, unirla y dirigirla hacia el triunfo de la causa… Tenemos esbozado un plan estrictamente de repulsa que nadie puede modificar: la destrucción total de la sociedad, y todo eso tenemos que hacerlo sin que nos preocupe el sacrificio de unas vidas, sin que nos hagan vacilar las amenazas, los temores ni los peligros; mediante una serie de actos y sacrificios personales, estableciéndose uno a otro de acuerdo con un plan previamente establecido y a través de una serie de