Los anarquistas
Capítulo IX. Anarquistas en acción: España
CAPÍTULO IX
ANARQUISTAS EN ACCIÓN: ESPAÑA
Paz a los hombres, guerra a las instituciones. (Lema anarquista español).
El problema era no sólo de pan, sino también de odio. Salvador Cordón.
El español vive mucho de afirmaciones y de negaciones categóricas. José Peirats.
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El anarquismo fue en España por espacio de casi setenta años una fuerza revolucionaria cuya intensidad no tuvo precedentes en ningún otro país del mundo. Por lo tanto, es en España donde puede observarse más claramente el juego de las afirmaciones y las contradicciones, de la ferocidad y la nobleza, de la visión apocalíptica y de la convicción racionalista de que han alardeado los anarquistas. No es fácil explicar por qué el anarquismo tuvo en España mayor resonancia que en ningún otro pueblo. Era un país atrasado de gobierno endeble; existía un abismo absoluto entre pobres y ricos, y singularmente una población agrícola que en muchas comarcas estaba irremediablemente condenada a morir de hambre; existía también la presión constante del odio a los terratenientes y al clero, factores que se daban asimismo en otros países de Europa (en Sicilia, por ejemplo). Es posible, como algunos autores han sostenido, que su éxito momentáneo se debiera a que el temperamento español cuadra perfectamente con el extremismo de las doctrinas anarquistas, y a la circunstancia de que una población que durante siglos ha vivido sumida en el fanatismo religioso tenía que responder fácilmente a un fanatismo de muy distinta naturaleza. También es posible que el individualismo, el amor propio y el respeto a sí mismo, cualidades habitualmente consideradas como muy propias del español, le predispusiera a la aceptación de una doctrina que, de una manera quizá todavía más acusada que la de la religión protestante, imputa a cada individuo la responsabilidad de las propias acciones. Los historiadores marxistas han tratado de explicar la mayor raigambre del anarquismo con relación al marxismo en España acudiendo a un análisis de cómo fueron rotos los lazos con el orden feudal en el siglo XIX, sustituidos por las relaciones que impuso una organización moderna en el campo de la industria y las finanzas; en cierta manera, pues, España quedó fuera del modelo
común de evolución histórica propio de otros países.[367] Otros autores han visto en el movimiento anarquista español una confirmación de la verdad que encierra la afirmación de Bakunin de que «sólo los que nada tienen que perder —el Lumpenproletariat o los campesinos sin tierras— pueden convertirse en verdaderos revolucionarios».
Cabe entonces en lo posible, que en virtud del cúmulo de razones aportadas, el
evangelio bakuninista[368] que Fanelli trajo consigo alcanzara en España tal predicamento. No cabe duda de que su llegada al país coincidió con una situación oportuna para la difusión de cualquier doctrina revolucionaria. En 1968, el cada vez mayor desconocimiento de un amplio sector de la población por el modo como la reina Isabel llevaba las riendas del Gobierno, había llegado a desbordarse, por lo que la soberana se vio obligada a abdicar. La búsqueda de un sucesor —aparte de centrarse en la candidatura de un Hohenzollern, pretexto suficiente para desencadenar la guerra franco-prusiana de 1870— sujetó al país durante un corto período de endeble monarquismo constitucional, al que siguió la república liberal de efímera existencia. Finalmente, tras una etapa en que se excedieron la confusión y el desorden, advino la restauración de los Borbones, en una general reacción que hizo sumamente difícil toda actividad revolucionaria. No obstante, en el período 1868-74 todo parecía posible en España. Esos años estuvieron caracterizados por esporádicos brotes de insurrección en diferentes partes del país, obra de la extrema derecha carlista y de la izquierda republicana federalista. Fue en unas condiciones muy próximas al estado de guerra civil que los anarquistas españoles adquirieron su primera experiencia en el terreno de la acción. Por otro lado, fue también en esa época cuando muchos intelectuales de la clase media se sintieron atraídos por las doctrinas de Proudhon. Así, Pi y Margall, líder del Partido Federal y presidente durante unos meses de la República, había traducido a Proudhon, y sus ideas de una sociedad federal basada en comunas autóctonas y eficaces estaban lo suficientemente cerca de las doctrinas de Bakunin y de sus discípulos como para tener muchas cosas en común. He aquí unas palabras de un intelectual anarquista: «Consciente o inconscientemente, las doctrinas de Proudhon son el credo de la mayoría de los españoles, hasta el punto de que en una forma u otra cada español lleva dentro de sí a
un federalista».[369] Por su parte, Pi y Margall había vinculado de manera explícita la idea de un estado federal con la idea de la revolución social, subrayando que «nuestra
revolución no es puramente política; es social».[370] Así, pues, en aquellos turbulentos años de 1868-74 las nuevas ideas de organización social iban inextricablemente unidas a las de federalismo y separatismo. Ciertamente, entre las razones que explican el éxito del anarquismo en Barcelona hay que admitir que sirvió como instrumento del nacionalismo catalán y a la vez del separatismo de la clase media.
Hasta ese momento no podía casi hablarse de una causa socialista española. En instituciones como el Fomento de las Artes, de Madrid, o el Ateneo Catalán de la Clase Obrera, de Barcelona, había reducidos grupos de hombres que estudiaban y discutían las ideas de Fourier y de Proudhon y las perspectivas de organizar la sociedad sobre una base de cooperación mutua. Estos grupos estaban compuestos por algunos representantes de las profesiones liberales, estudiantiles y artesanos, la mayoría de estos impresores y zapateros. Sin embargo, no podía calificárseles de revolucionarios, hasta el punto de que uno de los primeros adeptos de Bakunin en España, Rafael Farga Pellicer, tuvo que informar a Bakunin de que el socialismo no
estaba en España «lo evolucionado que sería de desear».[371] Pero fueron estos grupos los que integraron la concurrencia inicial que asistió a las lecciones de Fanelli, y fue de entre ellos que reclutó a unos veinte hombres, los cuales fueron los primeros miembros del movimiento anarquista español.
Los primeros adictos a las enseñanzas de Fanelli los dio Madrid. Quizá sea Anselmo Lorenzo, un joven impresor, el más destacado de todos ellos; pocos años después se iría a vivir en Barcelona, donde fue uno se los principales dirigentes de la causa. Tras la creación de un grupo de adeptos en Madrid, Fanelli se trasladó a Barcelona, y uno de sus amigos madrileños, José Rubau Donadeu, en cuya casa se habían efectuado las primeras reuniones convocadas por Fanelli, le puso en contacto con un pintor llamado José Luis Pellicer y con su sobrino Rafael Farga Pellicer. En el estudio del primero, Fanelli adoctrinó a un grupo de aproximadamente veinte neófitos, iniciando así el movimiento en Barcelona. Farga Pellicer, sobrino del pintor, tuvo un papel importante en la posterior evolución de estas actividades, pues fue por mediación suya que se estableció contacto con los intelectuales burgueses que integraban el círculo de amistades de su tío y con el Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona, que de manera más o menos indirecta agrupaba a todas las organizaciones obreras de la ciudad (una ciudad en la que la industria textil, arraigaba desde muchas generaciones, había dado origen al movimiento obrero más avanzado y mejor organizado). Estos contactos permitieron a los anarquistas acariciar la esperanza de formar una organización auténticamente proletaria, aunque tuvo que transcurrir bastante tiempo antes de que los revolucionarios del sector obrero fueran algo más que una minoría.
Estos primeros prosélitos de Fanelli se denominaron a sí mismos «componentes de la Sección Española de la Internacional», y, como el propio Bakunin, no consideraban que el programa de la Alianza de la democracia social bakuninista, predicado por Fanelli, fuera incompatible con los objetivos de la Internacional. Sin embargo, pronto empezaron los desengaños, a raíz de sus diferencias con los marxistas, quienes entorpecieron con frecuencia sus actividades, todo lo cual dejó al movimiento obrero español lamentable y perpetuamente dividido. Entre 1870 y 1871 los anarquistas españoles fueron advirtiendo lo que dividía a Marx y a Bakunin, viéndose impulsados a tomar partido por uno de los dos bandos. Dos componentes del grupo inicial, Farga Pellicer y Sentiñón, acudieron al congreso de Basilea y se entrevistaron con Bakunin y fueron testigos impotentes de la débâcle final de la Internacional en la Haya, en 1872. Anselmo Lorenzo asistió al congreso celebrado en Londres en 1871, donde fue bien recibido por Marx y Engels. Pero muy pronto la atmósfera del congreso le desilusionó. Hombre de absoluta franqueza, honesto y sencillo, esperaba mucho de un movimiento que parecía ofrecer a los españoles la esperanza de un apoyo real. Cierto que la calurosa acogida de Marx, y aún más su erudición y sus conocimientos, le causaron profunda impresión, pero esto no le impidió escribir más tarde, refiriéndose al congreso: «Conservo un triste recuerdo de la semana que pasé asistiendo a la conferencia. Me llevé una impresión desastrosa: esperaba encontrarme ante nobles pensadores, heroicos defensores del obrero, propagandistas entusiastas de nuevas ideas, precursores de una sociedad transformada por la revolución, en la que se practicará la justicia y se disfrutara de bienestar, y, por el contrario, me encontré con profundos rencores y enemistades entre los que deberían haber estado unidos y en una voluntad común destinada a la consecución de
idénticos fines».[372]
Al terminar el año 1871, cuando la escisión de la Internacional se iba agravando por momentos, Paul Lafargue, yerno de Marx, llegó a España en calidad de representante del Consejo General de Londres, con la idea de asumir la dirección de la sección española de la Internacional. De momento no alcanzó gran predicamento, y quizá por esta razón logró mantenerse en buenas relaciones con Anselmo Lorenzo y otros destacados dirigentes bakuninistas. Todo ello ocurría unos diez años antes de que el partido socialista marxista adquiriera cierta importancia, y de que, bajo la orientación de Pablo Iglesias (un joven impresor que fue de los primeros afiliados a la Internacional, más atraído por Marx y Lafargue que por Bakunin), empezara a desarrollarse un movimiento sindical socialista.
Lo cierto es que el desarrollo del movimiento revolucionario en España se vio obstaculizado por la severa represión de las actividades de la Internacional, que en 1892, fue declarada oficialmente ilegal. No obstante, continuó en sus actividades hasta la caída de la República en 1874. Durante este período de tiempo se celebraron una serie de congresos cuyo objeto era discutir los principios fundamentales de la acción revolucionaria, y que mostraron elocuentemente las disensiones que reinaban en la Internacional (con ocasión del congreso celebrado el día de Año Nuevo de 1873 en Córdoba, la sección española de la Internacional se declaró en favor de la ideología bakuninista). Entretanto, el movimiento anarquista actuaba sigilosamente durante la monarquía, y, sin lugar a dudas, los propios principios de descentralización y anonimato característicos de la estrategia anarquista convenían especialmente a una acción clandestina; los anarquistas habían conseguido algunas ventajas y estableciendo sus propios lemas. Uno de los principios más firmemente defendidos por los anarquistas españoles era el de que «la emancipación de los obreros debe ser obra de los propios trabajadores»; de acuerdo con este lema, encabezaron una serie de huelgas que de manera espontánea se declararon en Barcelona y en distintas partes del país. Una de ellas —la que en demanda de la jornada laboral de ocho horas estalló entre los obreros de las papeleras de Alcoy— culminó en una insurrección que hizo del Alcoy de 1873 un nombre simbólico en la historia del movimiento anarquista. Los delegados de Alcoy habían desempeñado un papel preponderante en el congreso celebrado en Córdoba, y cinco de ellos eran miembros del Consejo Federal de la Internacional en España. Como resultado, Alcoy fue seleccionada como sede del Consejo Federal, lo que hizo que figuras destacadas de la sección española de la Internacional se pusieran al frente del levantamiento. Los obreros se apoderaron de las factorías y las incendiaron, mataron al alcalde y se pasearon por la población exhibiendo las cabezas de los policías asesinados. Causaba verdadero pánico ver la fuerza de que disponía la masa obrera y su bárbara reacción tras una opresión de muchos años. En lo futuro, Alcoy pasaría a ser un nombre que serviría a los obreros como recordatorio de sus tradiciones militantes, al mismo tiempo que se concedía en símbolo de alarma para la burguesía cuando se pretendía atemorizarla con la amenaza
de la violencia y el terror.[373]
Sin embargo, el principal logro de los dirigentes anarquistas durante los breves años que mediaron entre la llegada de Fanelli al país y la restauración de los Borbones, no radica en el hecho de que influyeran por vez primera en los obreros de un centro industrial como Barcelona, ni en que practicaran la huelga revolucionaria treinta años antes de que se desarrollaran en Francia las doctrinas anarcosindicalistas. La circunstancia más notable en el caso de los anarquistas españoles fue el arraigo de su ideario en la masa más expoliada y mísera de la población: los jornaleros sin tierras y los campesinos del sur. Fue esta mezcolanza de los artesanos y obreros de las áreas industriales más avanzadas con las capas más bajas e indigentes del campesinado, a las que Bakunin consideraba como el principal elemento de la revolución, lo que dio al movimiento anarquista una amplia base de apoyo y una difusión enorme.
Observamos cómo en el curso de la historia de España se habían producido en Castilla, en Aragón y en Andalucía una serie de revueltas campesinas espontáneas y sin cohesión alguna, las que fueron brutalmente reprimidas. Es posible que fuera en el siglo XIX cuando la situación y las condiciones del campesinado alcanzaron mayor dureza; las tierras comunales habían sido parceladas y vendidas por gobiernos que necesitaban equilibrar sus presupuestos y los terratenientes se sentían cada vez menos obligados con los labradores de sus tierras. Como ocurría en el sur de Italia, los hacendados, siempre ausentes de sus propiedades, se acostumbraron a ver sólo en sus tierras un medio de percibir los ingresos que les permitieran llevar una vida holgada y cómoda en otros lugares, y si vivían en el mismo lugar o cerca, como ocurría en el sector vinícola de la comarca jerezana, entonces el tren de vida del hacendado aún profundizaba más el abismo que separaba a pobres y ricos. Varios de los primeros discípulos de Fanelli en Barcelona eran andaluces de origen, y mucho antes hubo ya en los puertos del sur (Málaga y Cádiz) grupos familiarizados con las doctrinas de
Fourier, Cabet y Proudhon.[374] El primer centro anarquista que se estableció en el sur del país tuvo a Cádiz por sede, y fueron los artesanos, los maestros de escuela y los estudiantes de las ciudades los que antes que nadie recogieron las nuevas ideas o las aprendieron de boca de apóstoles ambulantes como Anselmo Lorenzo, quien también había propagado su ideario en Portugal. Los primeros anarquistas destacados que aparecen en Andalucía son hombres como Navarro Prieto, hijo de un maestro de escuela, que después de conseguir ingresar en la Universidad no pudo aprobar los exámenes, convirtiéndose más tarde en un renombrado periodista anarquista; hombres como Agustín Cervantes, un profesor universitario melancólico e hipocondríaco, de formación jurídica y clásica, quien perdió sus cátedra a causa de sus opiniones anticlericales.
Ciertamente la situación del campo español ofrecía material revolucionario más que suficiente. Lo mismo que en Sicilia, los bandoleros andaluces desempeñaron durante mucho tiempo un importante papel, convirtiéndose varios de ellos en figuras legendarias que desafiaban a las autoridades y rodeaban a los ricos para dar a los pobres. Las nuevas doctrinas anarquistas parecían simplemente remachar lo que cada campesino llevaba grabado desde hacía mucho tiempo en su corazón: que el patrón, el Estado y la Iglesia se habían confabulado para oprimirle y privarle de sus naturales derechos. En 1844 el gobierno procedió a la creación de un nuevo cuerpo de policía, la Guardia Civil, cuya finalidad era acabar con el bandolerismo. En los confusos y turbulentos años que van desde 1868 a 1874 los guardias civiles actuaron sin reposo, y al terminar ese período, sus ataques iban principalmente dirigidos contra los anarquistas. Recordemos las palabras de Gerald Brenan: «A partir de entonces, cada
guardia civil se convirtió en un agente de recluta del anarquismo».[375] El Estado parecía haberse fundido con el terrateniente, de modo que la eliminación de uno no podía sino entrañar la desaparición del otro.
Con la caída de la República y el fin de las esperanzas de los liberales y cantonalistas, algunos republicanos federales empezaron a ver en el anarquismo un escape a la resanción de frustración que experimentaban, al igual que en Italia determinadas gentes se inclinaron hacia el anarquismo cuando comprobaron la ineficacia del republicanismo de Mazzini. Uno de estos republicanos federales, Fermín Salvochea, se convirtió en uno de los santos característicos del movimiento anarquista andaluz. Su advenimiento a las creencias anarquistas no fue muy distinto del que impulsó a Bakunin y a Kropotkin a convertirse en revolucionarios sociales. Salvochea era hijo de un acomodado comerciante gaditano, y cuando la abdicación de
la reina Isabel, tenía veintiséis años.[376] Había vivido un tiempo en Inglaterra, donde le impresionó el racionalismo militante de Bradlaugh, al mismo tiempo que devoraba materialmente las obras de Tom Paine. Después de 1868 estuvo mezclado en una insurrección republicana en Cádiz, y, más tarde, en una revuelta de signo federalista en Cataluña. En 1871, tras varias entradas y salidas de la cárcel, ocupó la alcaldía de Cádiz, aunque no tardó en participar en otra revuelta federalista, lo que le valió el que no enviaran a una colonia penitenciaria de África. Allí tuvo tiempo para leer y meditar sobre la naturaleza de la sociedad y la revolución, convirtiéndose en un convencido intelectual anarquista. Inmediatamente puso en práctica sus principios, rehusando el perdón que su familia, merced a las amistades influyentes, había obtenido; echándoselo en cara al director de la prisión, manifestó que sólo había dos maneras de obtener la libertad: por la fuerza o porque una amnistía general alcanzara a todos los presos políticos. En 1886 lograba escapar de su encierro y volver a Cádiz, donde fundó un periódico anarquista. En los años que siguieron adquirió el prestigio de uno de los más capaces dirigentes del anarquismo andaluz, tan admirado por los campesinos y los obreros como detestado por los miembros de la clase a la que su familia pertenecía. El Primero de Mayo de 1890 y el de 1891 organizó manifestaciones en toda la región andaluza, y el resultado fue la cárcel otra vez.
En enero de 1892, estando detenido, una multitud de unos quinientos obreros y campesinos invadió Jerez con la intención de poner en libertad a ciento cincuenta y siete encarcelados desde el año anterior, acusados de pertenecer a la famoso Mano Negra, un movimiento anarquista que acaso no fuera más que un producto de la exaltada imaginación de la policía, siempre dispuesta a imputar lo que no eran más que actos aislados de violencia a la actividad de una vasta organización. Al ocurrir el incidente de Jerez, Salvochea estaba en la cárcel de Cádiz, pero esto no impidió que se le culpara de aquella violencia, por lo que su condena se agravó con otro período de reclusión, parte de la cual la sufrió en confinamiento militar, y en condiciones tan duras que, a pesar de su temple, vio que las fuerzas le fallaban e intentó suicidarse. Al recobrar la libertad, en 1899, estaba débil y enfermo, pero hasta su muerte, ocurrida en 1907, contó siempre con el afecto y el respeto de todos los anarquistas españoles. Su carrera constituye un típico ejemplo de la acción de los anarquistas de su generación; unos hombres que el siglo XX los ha visto como los héroes y los santos del movimiento revolucionario en España. Por otro lado, el carácter de personajes como Salvochea o Anselmo Lorenzo, apóstoles fervorosos, austeros y sencillos, del movimiento, tenía un matiz de puritanismo. Los auténticos anarquistas, especialmente en Andalucía, no fumaban ni bebían, y su conducta sexual era extremadamente parca. De aquí que hombres como Salvochea permanecieran solteros, o que, como Lorenzo, fueran fieles a su «compañera», con la cual no le unían vínculos matrimoniales, permaneciendo así más fieles al espíritu del movimiento que los intelectuales al estilo de Francisco Ferrer —otro de los más renombrados mártires de la izquierda española—, practicantes del amor libre.
Durante los años que siguieron a 1870, el movimiento revolucionario español realizó la mayor parte de su acción de manera solapada, por lo que resulta prácticamente imposible puntualizar cuál fue su verdadera fuerza. En 1889, el retorno al poder de los liberales facilitó hasta cierto punto el abierto ejercicio de las actividades de la organización, coyuntura que aprovecharon los socialistas marxistas para dar auge a un partido político. Sin embargo, fueron los anarquistas quienes en el curso de la década que siguió a 1870 mantuvieron viva la idea de la revolución. Su acción ha sido asociada —casi siempre a justo título— con muchos de los brotes de violencia y huelgas ocurridas en el aludido período. La doctrina de la propaganda por la acción halló un auditorio dispuesto a seguir las enseñanzas. Así, pues, en la época a que nos referimos la actividad anarquista consistía tanto en el apoyo a cualquier huelga o revuelta surgida espontáneamente de los estamentos inferiores de la sociedad como en la aprobación de los actos de terrorismo individuales y los que entrañaban una venganza, como el atentado contra el general Martínez Campos o el asesinato del Cánovas del Castillo. Lo que distingue estas acciones es la insólita represión a que dieron origen. En septiembre de 1896 se votó una ley contra los anarquistas, reforzada por la más virulenta de las reacciones oficiales. En el curso de los diez años siguientes, y a pesar del coro de protestas de todos los liberales de Europa, los anarquistas tuvieron que sufrir, muchas veces injustamente, una serie de condenas y de ejecuciones que acaso no han superado los regímenes totalitarios del siglo XX.
El más notorio de estos procesos y ejecuciones fue el de Francisco Ferrer y Guardia en 1909. Ferrer era hijo de un campesino acomodado radicado en las
proximidades de Barcelona; había nacido en 1859.[377] Aunque su familia era profundamente católica, uno de sus tíos era librepensador y su primer patrono, un comerciante en granos, ateo y radical. Ferrer se convirtió en un joven de violentas opiniones anticlericales y grandes simpatías revolucionarias. Su trabajo como maquinista de un tren que enlazaba Barcelona con la frontera francesa de Cerbère le permitió dar libre curso a sus sentimientos, además de poder ayudar a los refugiados políticos a cruzar la frontera. En 1886 tomó parte en una revuelta republicana, huyendo seguidamente a París, donde vivió hasta 1901. Por algún tiempo dirigió un establecimiento de comidas y después fue secretario de un político republicano español, también en el destierro. Al propio tiempo empezó a reunir algunos discípulos a quienes enseñó español con nuevos métodos experimentales.
Durante su estancia en la capital de Francia, Ferrer dio más amplios cauces a sus ideas en torno a la sociedad, y principalmente en materia de educación. Sobre la base de un odio profundo a la Iglesia Católica y a su influencia en la educación del alumnado español que asistía a las escuelas nacionales, soñaba Ferrer con una escuela de nuevo cuño, donde la instrucción se basaría en principios racionales y donde entre los niños de todas las clases sociales y los sexos no había discriminación; sólo pagarían la escuela las familias que realmente estuvieran en condiciones de hacerlo. Se trataba, de hecho, de una vuelta al ideal pedagógico propugnado por Rousseau en su Emilio, y, al propio tiempo, de una iniciativa para adaptar algunas de las ideas de los reformistas de los siglos XVIII y XIX a la situación vigente en España. Lo que daba su sello especial a las ideas de Ferrer era el ateísmo militante que las alentaba, y el retraso de la educación estatal en España hacía que cualquier intento de reforma se considerara peligroso. El principio sobre el que debían basarse las nuevas escuelas era el de la voluntariedad. «Una verdadera educación que pretenda merecer este
nombre sólo puede fundamentarse en la voluntad libre».[378] Era a través de una educación concebida así que la escuela tenía que preparar «una humanidad más perfecta y justa que la presente». «Lo que trato de hacer —escribió Ferrer en 1900— es formar una escuela de emancipación cuyo objetivo sea desterrar de la mente lo que divide a los hombres, los falsos conceptos de propiedad, patria y familia, para poder alcanzar el grado de libertad y bienestar que todos ambicionamos pero que nadie
logra ver realizado».[379]
Ferrer se oponía a que lo clasificaran de anarquista; no quería que se le relacionara con ningún movimiento revolucionario: «Plutôt qu’un révolutionaire, je suis un révolté», dijo en una ocasión. Su repulsa de los actos de terrorismo fue siempre categórica. Y, no obstante, al insistir en la responsabilidad individual y debido a su fe en la necesidad de una educación racional y científica, se halla en un plano muy próximo al de los anarquistas. Lo cierto es que la sección española de la Internacional había aprobado durante el congreso que celebró en Zaragoza en 1872 una resolución conforme a la cual se proclamaba la necesidad de una «enseñanza integral». Más tarde, al regresar Ferrer a España para fundar su Escuela Moderna, Anselmo Lorenzo, que trabó conocimiento con él en París, se convirtió en uno de sus más fieles colaboradores.
Durante la tormentosa década anarquista de finales de siglo, Ferrer, que se encontraba exiliado en París, se había propuesto conseguir el capital necesario para establecer una escuela según las innovaciones que pretendía. En este aspecto, el azar le fue favorable. Ferrer estaba separado de su mujer, la cual, por cierto, trató de disparar sobre él en una calle de París. Por entonces él se había prendado de una muchacha llamada Léopoldine Bonnard, quien empleó como señorita de compañía de una dama anciana y rica, de creencias católicas extremadamente rígidas e intolerantes. Aun así, la agilidad expresiva y seguramente el encanto personal de Ferrer lograron, con la colaboración de Léopoldine, convertirla a su causa, hasta el punto de que al morir a los pocos años, legó su fortuna a Ferrer. Así, pues, a su regreso a Barcelona, en 1901, tenía el capital necesario para realizar el sueño de tantos años, fundando la Escuela Moderna además de crear una editorial para la publicación de los libros de texto para una educación racional. Su llegada al país coincidió con el momento en que muchos intelectuales, como resultado de la derrota sufrida por España frente a los Estados Unidos en 1898, sometían a crítica y revisión las bases fundamentales de la vida española. De aquí que las ideas de Ferrer suscitaran considerable interés y amplio comentario. Su escuela era, en realidad, de limitada importancia, pues al iniciar sus actividades tenía treinta y tres alumnos, sin que llegara a rebasar nunca el número de cincuenta. No obstante, el desafío lanzado a los valores sociales y religiosos no tardó en dar mayor notoriedad a la institución. De manera paralela a su ateísmo militante, Ferrer, entre otras nuevas costumbres, dispuso una excursión campestre de sus alumnos el Viernes Santo, pero, al mismo tiempo, su vida privada no hacía más que ensanchar la mala reputación que tenía en los medios de los bien-pensants. Ferrer se había separado amigablemente de Léopoldine Bonnard, con la que tuvo un hijo, y se había enamorado de una bella muchacha llamada Soledad Villafranca, quien sentía cierta inclinación por las ideas anarquistas y era profesora en la Escuela Moderna.
El 31 de mayo de 1906 un hombre llamado Mateo Morral, que había sido bibliotecario en la Escuela y rival de Ferrer en el amor de Soledad Villafranca, arrojó una bomba contra el rey y la reina. Ferrer fue detenido inmediatamente y acusado de cómplice en la tentativa de asesinato de los reyes de España. Después de un año de cárcel, Ferrer fue prácticamente absuelto; sin embargo, de regreso a su casa se encontró con que su escuela había sido cerrada. Al recobrar la libertad fue a París y a Londres, donde se entrevistó con Kropotkin, para volver de nuevo a España con objeto de continuar sus actividades editoriales y propagar sus métodos pedagógicos.
Durante el verano de 1909 la crisis política de España era cada vez más aguda, flotando el espectro de la revolución, particularmente en Barcelona. Alejandro Lerroux, el joven dirigente de los republicanos radicales catalanes, había desatado una campaña de violentos tonos anticlericales, exhortando a sus partidarios a quemar las iglesias y a saquear los conventos; al mismo tiempo, los anarquistas catalanes estaban dispuestos a agravar el desconcierto general por medio de bombas y asesinatos. Finalmente, en el mes de julio, con motivo de la derrota sufrida por el ejercicio español en Marruecos, el gobierno decidió llamar a filas a los reservistas catalanes para trasladarlos a África. Esto era más de lo que podía soportar una población hastiada ya de gobiernos autoritarios e ineficaces, frescos todavía en la memoria los hechos que culminaron en el desastre de Cuba. Barcelona se rebeló contra el gobierno, y durante una semana (la llamada «Semana Trágica») la violencia que se apoderó de la capital catalana dio la impresión de que había estallado por generación espontánea una verdadera revolución social. Como escribió Anselmo Lorenzo en una carta fechada el 21 de julio: «¡Es asombroso! Estalló en Barcelona la revolución social, y la promovió algo tan mal perfilado, erróneo y falsamente identificado como lo que se dio en llamar la «vil canalla» unas veces y «Su Majestad el Pueblo» otras. ¡Nadie la inició! ¡Nadie la capitoneó! Ni los liberales, ni los separatistas, ni los republicanos, ni los socialistas, ni los anarquistas… «Una semana de intoxicación, de santo furor, conscientes de que siglos de miseria, opresión y
sufrimientos justificaban la furia de las masas».[380]
Una de las consecuencias inevitables del principio anarquista que recomendaba a sus militantes sumarse y, a ser posible, ponerse al frente de cualquier insurrección popular, era la de que se les tenía invariablemente por responsables de cualquier brote de sedición, aunque la mayor parte de las veces fuera casi imposible determinar cómo se había originado una revuelta. Pero después de la Semana Trágica no fueron sólo los anarquistas los que soportaron la represión que siguió. Muchos fueron los que murieron ejecutados o fueron detenidos o deportados; no obstante, la víctima más notoria de la represión fue Ferrer. Tanto en la etapa anterior como durante los excesos, había permanecido en el campo, yendo sólo una vez a Barcelona para averiguar qué era lo que realmente sucedía. Había tenido buenas relaciones con Lerroux, en quien apreciaba su violento anticlericalismo, pero nunca coreó las apasionadas arengas con que Lerroux contribuyó a crear el clima que hizo posible la Semana Trágica. Y, sin embargo, así como Lerroux logró zafarse de la represión para, andando el tiempo convertirse en un acreditado político burgués, Ferrer fue detenido y llevado ante un tribunal militar. No cabe duda de que el hecho de que tres años antes hubiera sido absuelto de los cargos que se le imputaron influyó para que ahora las autoridades decidieran cortar de raíz sus actividades, mayormente ante la creencia de que Ferrer parecía que fuera la encarnación de un monstruo de maldad ante los defensores del orden establecido. A pesar de que no existían realmente pruebas contra él, el tribunal lo sentenció a muerte, siendo ejecutado el 13 de octubre de 1909. Según se dice, sus últimas palabras ante el pelotón fueron: «Apunten bien, amigos; no tienen culpa alguna de todo esto. Soy inocente. ¡Viva la Escuela Moderna!».
La ejecución de Ferrer, como la de Sacco y Vanzetti en los Estados Unidos veinte años más tarde, desencadenó una oleada de protestas en el ámbito internacional. El gobierno cayó como resultado de su falta de habilidad para resolver adecuadamente los sucesos de Barcelona. El nuevo gobierno, que encabezaba el conservador Maura, señala una fase completamente nueva en el regreso de la crisis española. Lo ocurrido con Ferrer se nos antoja en cierto modo un ejemplo típico de anarquismo no violento, al que se quiso asociar con procedimientos que él desaprobaba. El propio Ferrer había escrito: «Si se me tilda de anarquista por haber escrito unas palabras que dicen «ideas de destrucción en la mente», debo responder que, ciertamente, en los libros y folletos publicados por la Escuela Moderna hallarán ideas de destrucción, pero, por favor, no olviden que me refiero a «ideas de destrucción en la mente»; es decir, que se trata de ideas de índole racional y científica dirigidas sólo contra los prejuicios. ¿Es eso anarquismo? Si es así, no tenía idea de ello, pero entonces seré anarquista hasta el punto en que el anarquismo acepte mis ideas en materia de educación, de paz y de