Los anarquistas
Capítulo 2
amor, y no porque yo haya adoptado sus métodos».[381] A este dilema sólo escaparon aquellos intelectuales anarquistas integrados en sociedades poco partidarias de la violencia y no en aquellas otras donde ésta formaba parte de la esencia misma de la vida política y social, como era el caso de España.
Cuando el único medio de lograr un cambio en la estructura social es la violencia, son entonces los hombres que ostentan ideas revolucionarias los tenidos como culpables de los actos revolucionarios.
Fuera cual fuera el origen de la Semana Trágica barcelonesa, y por escasa que hubiera sido la participación anarquista en el programa de acción revolucionaria, lo cierto es que desde este instante los anarquistas pasaron a ocupar la cabeza del movimiento revolucionario barcelonés. En 1912, con la experiencia revolucionaria que supuso el episodio de 1909, episodio que vino a sumarse a una larga lista de heroicas, sangrientas y desesperadas insurrecciones, y con las nuevas formas de acción y organización que estaban aprendiendo del sindicalismo revolucionario francés, los anarquistas españoles entraban en una nueva clase de militancia efectiva.
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El movimiento anarquista español experimentó del modo más intenso las corrientes de ideas contradictorias que por todas partes se imponían a la teoría y la práctica anarquistas; todos los dirigentes no españoles habían contribuido a que así fuera. Como ya hemos tenido ocasión de observar, hacia 1860 el federalismo de Proudhon era una doctrina compartida por los anarquistas y muchos republicanos liberales. La idea de la comuna como base de la nueva organización social era un postulado que los anarquistas daban por descontado, y cada vez que se presentó la oportunidad, el primer paso dado por sus militantes fue siempre el de la creación de una comuna revolucionaria. La confianza que Bakunin tenía depositada en el potencial revolucionario de las masas depauperadas e ignorantes, en espera sólo de la llegada de los apóstoles de la rebelión violenta para pasar a la acción efectiva, pareció hallar plena confirmación práctica en el entusiasmo con que los braceros andaluces acogieron a los misioneros de la «Idea», como la llamaban los militantes anarquistas. Por otro lado, la confianza que Kropotkin tenía en el género humano, en su bondad fundamental, en el progreso y en las posibilidades de educación, parecen también reflejarse en los ideales pedagógicos de un Ferrer o de un Anselmo Lorenzo. Al propio tiempo, todos estos ideales y la secuela de fanatismo que suscitaban, tenían su lado siniestro: en ningún país como en España fue la destrucción violenta tan esencial al credo anarquista.
La Semana Trágica barcelonesa de 1909, con su violencia carente de toda organización y que los comités obreros, igual los anarquistas que los socialistas, no podían frenar ni dirigir, y con las represalias que siguieron, incluyendo la ejecución de Ferrer, fue la culminación de los excesos de los veinticinco años anteriores y el comienzo de una nueva fase en la historia del anarquismo español. En 1908 un grupo de reciente creación llamado Solidaridad Obrera intentó organizar a los obreros de acuerdo con las enseñanzas anarquistas; a pesar de que la organización vio suspendidas durante un tiempo sus actividades a consecuencia de los sucesos de 1909, había prendido la idea de un movimiento sindicalista que apuntaba a objetivos de libertad y revolución. En 1911 se fundaba en Barcelona la Confederación Nacional del Trabajo (CNT). Se trataba de una organización similar a la CGT francesa y se apoyaba ampliamente en su sistema. Aunque no pudo operar legalmente hasta 1914, en muchas regiones empezó a convertirse en una fuerza, como ocurrió en Cataluña, Aragón y Andalucía, y más tarde en Galicia, al mismo tiempo que el movimiento anarcosindicalista establecía contactos con los anarquistas de Suramérica. Aun
cuando muchas de las ideas y tácticas de la CNT fueron importadas de Francia,[382] el movimiento sindicalista revolucionario español reviste un carácter propio, tanto por alcanzar mayor difusión que en ningún otro país como por apoyarse en la alianza del proletariado industrial con el campesinado. En Barcelona y en otras ciudades de Cataluña la tradición anarquista y federalista se había mantenido firme desde los días de la Primera Internacional; luego se vio reforzada por una organización obrera de acción efectiva. Y del mismo modo que ocurría en los reductos anarquistas, existía en el país un espíritu encubierto de revuelta, capaz de convertir una simple huelga en un verdadero estallido, o una disputa laboral en una lucha callejera. En el vasto, árido, subdesarrollado y oprimido Sur, el hombre del campo, desesperado e impotente, esperaba con anhelo una pequeña señal que anunciara la posibilidad de una mejora en sus condiciones de vida. Fue así como se produjeron en Andalucía —Díaz del Moral y Gerald Brenan se han encargado de ponerlo de relieve— periódicos movimientos de agitación y de exaltación y esperanza, cada vez que se lograban algunas nuevas mejoras y cuando la revolución parecía inminente.
En el sur de España, la difusión de las ideas anarquistas y el crédito de la huelga general en particular se debía a la labor de propagandistas ambulantes y a la circulación de folletos y octavillas procedentes de los centros anarquistas de las capitales de provincia, leídos a la escasa luz de las barracas donde se hacinaban los jornaleros, o explicados a los analfabetos por los camaradas que sabían leer. Esas lecturas contribuyeron a reavivar las esperanzas en una próxima regeneración de la sociedad. Para los labradores sin tierras de cultivo propias y para los campesinos cuya propiedad no bastaba para el sustento de su familia, esta regeneración no podía alcanzarse más que de un solo modo: mediante el «reparto». El reparto, como ha escrito el historiador de esos movimientos, «ha sido constantemente la palabra mágica que ha estado en la boca de todos en el curso de los incidentes rurales y que
ha electrizado siempre a las masas».[383] En 1903 se produjo una de las periódicas marejadas de agitación en la región andaluza, y en Córdoba se declaró la huelga general. Pero como tantas veces había ya ocurrido, la sedición no fructificó debido a la resistencia y a la dificultad de mantener el entusiasmo y la cohesión entre comunidades dispersas, alejadas y con un bajísimo nivel cultural. Para empeorar más las cosas, a las agitaciones de 1903 siguió, en el año 1904, una carestía y hambre de grandes proporciones, y, como observa Díaz del Moral, «la pobreza y el hambre son
los peores enemigos de la insurrección proletaria».[384] A lo largo de casi quince años, el movimiento anarquista consiguió a duras penas mantenerse en el Sur, renaciendo de nuevo la esperanza ante el estado general de subversión en España y en el extranjero.
Durante estas etapas oscuras del anarquismo andaluz, como la de los años posteriores a 1870 —o la del período que siguió a la plaga de hambre de 1904—, fervientes propagandistas y periodistas, de los que José Sánchez Román es un típico
ejemplo, contribuyeron a mantener viva la llamada «idea».[385] José Sánchez era hijo de un zapatero y en la década del 1879 aprendió a leer en los descansos de las rudas labores del campo, o a intervalos perdidos, cuando se dedicaba a componer los zapatos de sus camaradas. Sánchez se vio envuelto en la agitación que se atribuyó a la Mano Negra, pues tomó parte activa en el plan que culminó en la famosa marcha sobre Jerez, en 1892. Estando en la cárcel, tuvo ocasión de escuchar las enseñanzas de Fermín Salvochea y de un anarquista francés amigo y discípulo de Reclus, y al recobrar la libertad, en 1901, leyó todos los folletos anarquistas que cayeron en sus manos y se convirtió en uno de los más tenaces y temerarios periodistas anarquistas del Sur; y fue también uno de los más leídos. Sin embargo, el trabajo de propagandistas y periodistas como Sánchez Román no habría sido posible sin la ayuda de los adeptos anarquistas de cada pueblo, que contribuyeron a mantener viva la doctrina; eran los llamados «obreros conscientes», dedicados con austero fervor a la causa, que «no probaban el alcohol, no fumaban, no jugaban; que nunca pronunciaban la palabra Dios y que vivían con sus «compañeras», con las que no los
unían lazos religiosos o legales de ningún tipo».[386] Fueron gentes como ésas las que dieron al movimiento su fuerza y su continuidad, y también las que soportaron, las más de las veces heroicamente, las represalias por sus actividades. En algunas ocasiones se entregaron a postulados y doctrinas todavía más irreconciliables. Frecuentemente aparecían anarquistas cuya austeridad y sobriedad eran ejemplares, siendo muchos de ellos vegetarianos y abstemios. Estos militantes, al mismo tiempo que basaban sus convicciones en argumentos racionales, poseían la fe suficiente para llevar una vida dedicada con tanto fervor a la causa, que se puede comparar a la de los frailes y los misioneros de la Iglesia Cristiana.
En 1917-18, a medida que llegaban a España noticias de la lejana Revolución Rusa, se abrió una nueva campaña de adoctrinamiento parecida a la de 1903. Una vez más se pusieron en circulación los folletos anarquistas y otra vez los que no sabían leer se apretujaron en torno a los que sabían para escuchar las doctrinas de Kropotkin o de los teóricos anarquistas franceses. Era tal el entusiasmo que producían los acontecimientos de Rusia, que uno de los cabecillas anarquistas, Salvador Cordón, cambio su apellido por el de Kordoniev. Y volvió a revivir el viejo sueño de que todos los braceros serían propietarios de un pedazo de tierra, de que un sistema adecuado de regadío llevaría la fecundidad a los campos yermos y pedregosos y de que las fértiles llanuras dejarían de ser propiedad exclusiva de los ricos. En relación de los años precedentes, la CNT había aumentado su influjo sobre el campesinado andaluz, hasta el punto de que los sindicatos agrícolas locales estaban en condiciones de organizar huelgas efectivas y de reivindicar peticiones a corto plazo, a la vez que continuaban soñando en el próximo paraíso.
De hecho, las huelgas revolucionarias que la CNT desató en España entre los años 1917 y 1923, condujeron a un estado virtual de guerra civil, al mismo tiempo que daban lugar de manera inevitable a una serie de dilemas acerca de cómo los anarquistas tenían que organizar su movimiento, y en torno a las relaciones de la CNT y los anarquistas con otros combatientes revolucionarios. España no se había visto mezclada en la primera guerra mundial y, por consiguiente, aquel legado de solidaridad patriótica que siempre latió en los movimientos sindicalistas de los países beligerantes, no afectaba la acción de la CNT. Por otro lado, España había experimentado durante el período de guerra un relativo resurgimiento económico; la industria se había fortalecido, y aunque sólo fuera de manera transitoria, escaseaba la mano de obra, por lo que el gobierno y los patronos se vieron en la necesidad de tolerar cierta actividad sindicalista. El fin de la guerra trajo como consecuencia una regresión económica: aumentó el coste de la vida, el desempleo fue considerable y los sindicatos, lo mismo la UGT, socialista, que la CNT, anarcosindicalista, se vieron obligados a replegarse a la defensiva. Por medio de una larga serie de huelgas, trataron de fijar un salario mínimo, de mejorar las condiciones de trabajo y de reivindicar determinados objetivos políticos.
Por espacio de cinco años, las huelgas, los paros eventuales y las violencias de todo género llegaron a utilizar casi por completo la acción del gobierno, agravando la situación económica que en un principio había sido el motivo de las huelgas, mientras que los actos de violencia cometidos por una parte traían como consecuencia las represalias del otro bando. Todo el país se vio afectado por la contienda, pero en ninguna parte como en Barcelona. Esta ciudad era uno de los focos más importantes de la CNT y también era en Cataluña donde operaban muchos de los líderes revolucionarios de mayor renombre en el área del sindicalismo. Dos de ellos, Ángel Pestaña y Salvador Seguí, eran sindicalistas revolucionarios formados en la tradición francesa, convencidos de la necesidad de una organización, de la actividad sindicalista a corto plazo y de una meta revolucionaria posterior; pero como en otros países, esto era algo que muchos anarquistas no estaban dispuestos a aceptar. No se puede negar que los dirigentes de la CNT se apuntaron algunos éxitos, en especial tras el resultado de la resonante huelga que se declaró a principios de 1919 en las factorías de la Canadiense, un complejo hidro-eléctrico de vastas proporciones con sede en Barcelona. Tras dos meses de paro, que culminaron en una huelga general en toda la geografía catalana, el gobierno capituló, procediendo a dictar una serie de decretos que instituían la jornada laboral de ocho horas y arbitrando otras medidas para satisfacer determinadas exigencias del bando obrero. Sin embargo, esas concesiones fueron acompañadas de renovados ataques contra los sindicalistas de matiz revolucionario; así, durante los cuatro años siguientes se declaró una guerra abierta entre la CNT y los patronos. Uno de los principales recursos utilizados para contrarrestar la influencia de los sindicalistas revolucionarios consistió en la fundación de asociaciones independientes —los Sindicatos Libres— con las que se pretendía apartar a la masa obrera de los sindicatos revolucionarios. Lo que ocurrió fue que la situación degeneró en una verdadera lucha de facciones rivales, los patronos alquilando los servicios de pistoleros para asesinar a los dirigentes de la CNT y los sindicalistas replicando a estas provocaciones con similares métodos. En una de estas refriegas, murió asesinado Salvador Seguí. Era éste un líder sindicalista de excelentes dotes, convertido en un intelectual revolucionario con ideas tomadas de Nietzsche y de algunos de sus compañeros anarquistas, pero quien siempre había usado de su influencia para combatir el terrorismo y favorecer el cauce normal de una actividad sindical organizada.
La diferencia de opiniones entre Seguí y Pestaña por un lado y los partidarios de una acción estrictamente revolucionaria de índole anarquista por otro, hizo que durante muchos años la CNT estuviera gravemente escindida. Como es lógico, este conflicto llevó a reiteradas argumentaciones en torno a los principios esenciales del anarquismo. Durante los años de lucha abierta con el gobierno y los patronos, el problema decreció en intensidad, pese a que en Andalucía algunos militantes anarquistas se negaron a prestar apoyo a la CNT. Característica de esta fase es la resolución aprobada en el congreso que celebró la CNT en 1922, resolución tan confusa y equívoca como aquella con que la IWW inició su existencia en Estados Unidos. Afirmaba la asamblea que la CNT «es un organismo esencialmente revolucionario que rehúsa de modo rotundo y claro la acción parlamentaria y la colaboración con los partidos políticos, pero también es íntegra y totalmente político, puesto que su misión es conquistar el derecho de someter a revisión y crítica todos los factores de desarrollo de la vida nacional, y su deber en este sentido es ejercer una presión determinante a través de la acción que dimana de las capacidades y las
manifestaciones de fuerza de la CNT».[387]
Los anarquistas tenían también mucho que decir acerca de lo que estaba ocurriendo en Rusia. Poco a poco, el entusiasmo que siguió al estallido de la revolución fue menguado en intensidad a medida que empezaron a conocerse las realidades de la situación. No obstante, fue con muchas reticencias que la CNT desechó la idea de participar en la Tercera Internacional, y sólo después de intensas discusiones se acordó, en 1922, renunciar a su condición de miembro. Del mismo modo que sesenta años antes los anarquistas españoles cayeron gradualmente en la cuenta del contrasentido que suponía la afiliación a la Primera Internacional y la fidelidad a las enseñanzas de Bakunin, también ahora se encontraron con que ya no era posible basar la política futura en la optimista resolución aprobada entusiásticamente en un congreso nacional celebrado en 1919, en la que se afirmaba antes que otra cosa que «la CNT se considera una firme defensora de los principios de la Primera Internacional mantenidos por Bakunin, y manifiesta que se adhiere con carácter provisional a la Internacional Comunista en razón al carácter revolucionario que la inspira; en el ínterin, la CNT se dispone a organizar y convocar un congreso internacional obrero que acuerde y determine los principios en que debe basarse la
verdadera Internacional Obrera».[388] La ruptura definitiva con la Tercera Internacional, en 1922, costó al movimiento anarcosindicalista algunos de sus más capaces militantes, como Andrés Nin y Joaquín Maurín, quienes, después de afiliarse por espacio de algún tiempo al partido comunista, pasaron a dirigir el disidente Partido Obrero Unificado Marxista (POUM), complicando todavía más el panorama de la escena política izquierdista de Cataluña antes de caer, en 1937, víctimas de la venganza comunista.
Los años 1917-23 constituyen un claro exponente de la fuerza de la CNT y de sus limitaciones. En 1919 la CNT podía mostrar un contingente que excedía los setecientos mil miembros, organizados en asociaciones industriales obreras conocidas por los «sindicatos del ramo». Estas asociaciones fueron capaces de mantener una serie de incesantes, violentas y efectivas huelgas, y la agitación en gran parte del país. Así, su influencia llegó a zonas que, como en el caso de Galicia, eran antes débiles reductos, muy inferiores en fuerza a sus rivales socialistas de la UGT. Y, sin embargo, como tantas veces había acontecido, toda esta febril actividad no logró culminar en la situación revolucionaria que constituía la etapa final y que era el objetivo al que apuntaban las teorías de los dirigentes sindicalistas; incluso antes de que se efectuara en 1923 la instauración de la dictadura de Primo de Rivera, la CNT había perdido su iniciativa. El movimiento se fue debilitando a consecuencia de las divisiones internas que lo aquejaban en cuanto a los fines y medios. Todas las tentativas que realizaron la CNT y la UGT para colaborar, no se prolongaron más allá de un breve espacio de tiempo, y sus diferencias fueron adquiriendo con el tiempo mayor acritud y recelo. Cuando Primo de Rivera estableció su dictadura en 1923, el llamamiento a la huelga general de la CNT no fue secundado por la UGT, y al cabo de ocho meses la CNT se vio obligada una vez más a refugiarse en la clandestinidad. La mayor parte de los periódicos y revistas anarquistas fueron suprimidos; los centros y sedes del movimiento fueron clausurados y más de doscientos militantes destacados fueron encarcelados. Durante los años que duró la dictadura de Primo de Rivera, y como tantas otras veces en el pasado, los anarquistas españoles se vieron obligados a reconsiderar sus tácticas y objetivos. Se logró mantener en actividad a cierto número de células federadas, pero fueron los militantes anarquistas los que tomaron la iniciativa de fundar una nueva organización que fuera capaz de insuflar nuevas energías al movimiento y encauzarlo por sus auténticos cauces revolucionarios, todo ello en un momento en que la acción sindicalista abierta era imposible. El nuevo grupo recibió el nombre de Federación Anarquista Ibérica (FAI) y se creó con motivo de unas reuniones secretas celebradas en Valencia durante el mes de julio de 1927. Al cabo de unos pocos años la FAI se había convertido en la fuerza impulsora oculta tras el movimiento anarquista. Al principio se vio obligada a actuar en secreto y a desarrollarse en la clandestinidad, como si fuera el calco de una secta bakuninista; la FAI también estaba integrada por jóvenes y fanáticos revolucionarios dispuestos a situar la causa anarquista en el terreno de una oposición irreconciliable con el orden existente y a poner fin a los devaneos con que trataban de atraer a los políticos republicanos y diversos líderes de la CNT. En realidad, la FAI se fundaba explícitamente en el modelo de la Alianza de la Democracia Social de Bakunin, previendo que desempeñaría dentro del anarcosindicalismo español idéntico papel que el concebido para la Alianza en el seno de la Internacional; es decir, el de proporcionar un núcleo de revolucionarios entregados por completo a la causa y dispuestos a todo, cuya misión era la de inspirar y llevar las riendas del movimiento.
Durante el período de la dictadura de Primo de Rivera las posibilidades de una acción anarquista fueron muy limitadas. La CNT pudo mantener su prestigio en tanto que verdadera organización revolucionaria, especialmente debido a la actitud de la UGT y del Partido Socialista, inclinadas ambas organizaciones a pactar ciertos compromisos con el régimen de Primo de Rivera. El precio que la CNT tuvo que pagar para preservar la pureza de su posición revolucionaria fue verse reducida a la impotencia y sufrir la persecución. A pesar de esto, logró salir del período de la dictadura relativamente fuerte, hasta el punto de que en 1931 pudo aportar todavía un contingente de medio millón de miembros aproximadamente. Al caer la dictadura de Primo de Rivera en 1930 por decisión del rey, siguió en 1931 la abdicación del mismo monarca. Una vez más, como en los años posteriores a 1868, todo pareció posible y la revolución al alcance de la mano.
De aquí que, como ya era habitual, los anarquistas dieran comienzo a los ya familiares debates acerca de la cuál debía ser su actitud frente a la República y a los demás partidos de la clase obrera en el momento en que la Asamblea Constituyente se disponía a redactar la nueva Constitución. En el interior de la CNT prosiguieron los debates durante un tiempo; Ángel Pestaña encabezaba el grupo partidario de conseguir, mientras fuera un objetivo a corto plazo, una situación que la dejara a un paso de la revolución total, y Juan Peiró opuso su irreconciliable actitud contra todo lo que supusiera el menor principio de colaboración con los políticos del momento o con los partidos políticos militares. Al instaurarse la República en 1931, la CNT dejó de actuar en la clandestinidad y se reorganizó como un movimiento de dimensión nacional. Arrostrando las denuncias de «burocracia alemana» y «centralismo», las asociaciones obreras independientes de las distintas factorías fueron encuadradas en federaciones industriales obreras, y a pesar de las protestas de anarquistas como García Oliver, que reprochaban aquella estructuración diciendo que «las Federaciones de la Industria provienen de Alemania y producen la impresión de haber salido de un barril de cerveza», se llevó adelante el programa. La actitud de la CNT no podía menos que ser elástica, debido a las diferencias de opinión, en cuanto a la estrategia que debía seguirse, que oponían a Pestaña y a Peiró, y porque, lo mismo que otras veces, sus miembros tenían el propósito de permanecer al margen de la escena republicana y sentían un profundo recelo respecto a los fines del gobierno y los motivos que pudieran inspirar sus actos. Su actitud se refleja en estas palabras: «La Asamblea Constituyente es el producto de un acto revolucionario, un acto que, directa o indirectamente, tuvo nuestro apoyo», y «nada esperamos de la Asamblea Constituyente, concebida en la matriz de la sociedad capitalista y dispuesta a defender su hegemonía en el triple plano de lo político, lo jurídico y lo económico».
[389]
La República, nacida en plena crisis económica mundial, no tardó en mostrarse impotente para salir al paso de una situación que empeoraba por momentos. También el creciente índice de desempleo suscitaba problemas en el seno de la CNT. Pestaña y Peiró, antes enzarzados en discusiones acerca de los contactos con estadistas y políticos y del apoyo que debía prestarse a la Asamblea Constituyente, se habían unido contra los anarquistas de la FAI, y en agosto de 1931 publicaron un manifiesto, apoyado en treinta firmas, en el que se ponían claramente en evidencia las diferencias que oponían al sindicalismo y al anarquismo. Después de embestir contra el gobierno por su incapacidad para resolver la situación económica, arremetieron con igual pasión contra la idea deque la revolución pudiera llevarse a cabo en un momento dado por la simple acción improvisada y precipitada de una minoría. «Frente a este concepto demasiado simplificado de la revolución —clásico y bastante peligroso—, que en el actual momento nos conduciría a un fascismo republicano…, nosotros oponemos el auténtico, el único que reviste carácter práctico y exhaustivo, capaz de conducirnos sin interrupciones al logro de nuestro objetivo final… Esto exige que la preparación no sólo sea la puesta a punto de los elementos agresivos de combate, sino la consideración de elementos morales, que son hoy los más fuertes, los más destructivos y los más difíciles de vencer… La revolución no confía exclusivamente en la audacia de unas minorías más o menos osadas, sino que pretende ser un movimiento que se incube en la entraña del pueblo en general, de la clase trabajadora hacia su definitiva liberación; los Sindicatos y la Confederación determinarán en el preciso momento el acto y la trayectoria de la revolución… Sí, somos
revolucionarios, pero no cultivamos el mito de la revolución».[390]
Ni que decir tiene que era este mito de la revolución lo que la FAI cultivaba. Por entonces su fuerza en el interior de la CNT bastó para asegurarse la expulsión de Pestaña, de Peiró y de los demás firmantes del manifiesto. Todos los miembros de la FAI tenían que ser miembros de la CNT; al mismo tiempo supieron componérselas para salir elegidos en los comités, que eran los grupos encargados de decidir la política local y nacional de la CNT. Siguiendo la más pura tradición anarquista, la CNT no tenía ni personal empleado permanente ni el mínimo de servicios administrativos, lo cual facilitó el que los más entregados y fieles de sus componentes alcanzaran gran prestigio por el simple influjo de su personalidad, sin que su acción, por extremada que fuera, se viera obstaculizada por una jerarquía burocrática de funcionarios conservadores. Por otro lado, durante la difícil situación de los años de la posguerra y en el período de actividades ilegales clandestinas de los tiempos de Primo de Rivera, fueron los más brutales y destructivos de sus miembros los que se empeñaron en imponer directrices. La joven generación, fuera por convicción o por temperamento, pasó a la acción directa, y su actitud fue más irreconciliable que en ninguna etapa anterior. Buenaventura Durruti es un típico representante de esta generación de extremistas. Durruti era un ferroviario nacido en León en 1896; durante los disturbios de 1917 fue el organizador de distintos sabotajes en los ferrocarriles. Hasta 1931, permaneció casi siempre en Francia, a excepción de un breve regreso a España, cuando participó en una frustrada tentativa de asesinar al rey Alfonso XIII, y cuando, esta vez con éxito, asesinó al arzobispo de Zaragoza. Durruti no se detenía ante nada; había cometido robos y crímenes en pro de la causa
anarquista, y la «expresión de inocencia» a la que alude Gerald Brenan[391] queda en cierto modo desvirtuada en los retratos suyos por un rictus de crueldad en los labios, y, ciertamente, por los hechos que llevó a cabo.
Durante los años que mediaron entre la proclamación de la República en 1931 y el estallido de la guerra civil en 1936, hubo varias tentativas anarquistas para establecer focos comunales de insurrección en distintos puntos del país, con la esperanza de que su acción desencadenaría la revolución general. La pauta a seguir dentro de esta línea no se diferenciaba mucho de la que se había seguido en otras naciones, y recuerda las tentativas de los anarquistas italianos de cincuenta años atrás. Primeramente, la CNT se adueñaba de la población; se decretaba acto seguido la abolición del dinero; se procedía a la quema de los archivos y se encarcelaba o se asesinaba a los miembros de la Guardia Civil. En enero de 1932 se produjeron intentonas de este género en dos puntos de Alto Llobregat, en la región catalana. Tras cinco días de enconada lucha contra las fuerzas del gobierno, Durruti y Ascaso fueron detenidos y condenados a reclusión en un penal africano. Consideramos que merece la pena citar la carta que Ascaso escribió al abandonar España, porque es un exponente claro de la elocuencia y el sentimentalismo que parecía connatural en los anarquistas, incluso en los más rudos de sus militantes: «Nos vamos fuera… Irse, según el poeta, es morir, la partida ha sido siempre un anhelo de vida. Siempre al borde del camino, en un continuo peregrinar, como los judíos privados de una patria; al margen de una sociedad en la que no encontramos lugar donde vivir; pertenecientes a una clase explotada y sin sitio en la tierra; viajar es, para nosotros,
una prueba de vitalidad».[392]
En el transcurso de estos años, en que los anarquistas estaban ensayando, por así decirlo, el papel que interpretarían en los días culminantes del verano de 1936, cuando la revolución parecía estar al alcance de la mano, se produjeron cierto número de significativos episodios. En el verano de 1932 hubo en Sevilla un conato de huelga general como protesta contra la tentativa del general Sanjurjo de adueñarse del poder mediante un golpe militar. «La única respuesta —escribieron los anarquistas— a tan inaudita provocación debe ser una huelga general revolucionaria que dé inmediatamente principio a una guerra civil en las ciudades y en el campo. Que cada casa se convierta en un fortín, que cada muro sea una fortaleza heroicamente
levantada contra el militarismo agresivo y en defensa de las libertades civiles».[393] En esa ocasión, la acción de la CNT resultó suficientemente efectiva y el levantamiento de Sanjurjo quedó desarticulado por obra de la indicada huelga, en conjunción con las medidas tomadas por el gobierno. Pero otras tentativas anarquistas en pro de la revolución tuvieron menos éxito. Así, por ejemplo, en enero de 1933 se produjeron en Barcelona una serie de algaradas a la vez que en el Sur se desataban varias insurrecciones, surgidas de modo espontáneo. Por otro lado, en la región levantina fueron proclamadas cierto número de comunas revolucionarias y en Andalucía hubo insurrecciones campesinas que tuvieron gran repercusión. La más conocida y la que se reprimió con mayor brutalidad fue la de Casas Viejas.
Casas Viejas era un pequeño y mísero pueblo de las proximidades de Jerez, con todas las características para que el anarquismo fuera la única esperanza de sus habitantes. Era, en efecto, desesperadamente pobre, y afectado, además, por el paludismo; estaba en el centro mismo de las propiedades de uno de los más importantes terratenientes españoles: el duque de Medina Sidonia. Como ha señalado
E. J. Hobsbaum, enero era para los braceros el peor mes del año,[394] cuando escaseaban los alimentos y el trabajo. Sus vecinos estaban ya familiarizados con las ideas y los argumentos anarquistas, y, al parecer, existía incluso una especie de dinastía: los jóvenes revolucionarios se casaban con las hijas de los viejos dirigentes anarquistas. Al extenderse los rumores de insurrecciones en todo el país y de que se procedería a una distribución de la tierra entre los campesinos (en realidad existían proyectos de una reforma agraria que afectaba a unas tierras vecinas), el más antiguo de los anarquistas del lugar, Curro Cruz, conocido por el apodo Seisdedos, creyó que el tan ansiado momento había llegado y que se debía pasar a la acción. Se comunicó al alcalde que el pueblo acababa de convertirse en una comuna anarquista, al mismo tiempo que los cuatro guardias civiles de la localidad eran desarmados y encerrados. La bandera roja y negra de los anarquistas españoles fue desplegada y se llevaron a cabo los preparativos para la defensa del pueblo y la distribución de tierras. Todo había transcurrido sin violencias. La lucha sólo empezó cuando llegaron al lugar las tropas gubernamentales, no tardando en adherirse la desventaja de los revolucionarios de Casas Viejas. Según, el Seisdedos hizo cuanto pudo para evitar que la población pagara las consecuencias, fortificándose con su familia y sus amigos en su propia casa, situada en la parte alta del pueblo. Después de una feroz resistencia que se prolongó por espacio de doce horas y que terminó con el incendio de su vivienda, murieron unos veinticinco anarquistas. Este episodio es un ejemplo clásico del valor, el optimismo y la desesperación que impulsaba estas revueltas anarquistas, y al mismo tiempo demuestra que la brutal réplica del gobierno —al parecer se recibieron instrucciones de que no se hicieran prisioneros— obedecía a lo inseguras que se sentían las instituciones republicanas y la razón que asistía a los anarquistas cuando aseguraban que nada había de cambiar con el régimen republicano.
Como resultado, la FAI aumentó su influencia, imponiéndose a los dirigentes de la CNT, quienes habían esperado conseguir ventajas y beneficios inmediatos con el advenimiento del nuevo régimen. Las diferencias entre la mayoría de la CNT y Peiró sólo desaparecieron en vísperas de la guerra civil, al mismo tiempo que Pestaña se separaba del movimiento anarquista y creaba un partido político propio. La línea de acción de la CNT durante los tres años que siguieron fue boicotear a la República y abstenerse de votar en las elecciones: «Frente a las urnas, La Revolución Social» era el lema en boga. En esta atmósfera de general impaciencia y malestar, y ante la impotencia o la hostilidad del gobierno, se produjeron varios conatos de acción secundados alguna vez por distintos grupos de izquierda. En el mes de febrero de 1934, a pesar de las dudas que asaltaban a muchos de los miembros más doctrinarios de la FAI, la CNT y la socialista UGT se pusieron de acuerdo para ejercer una acción conjunta a nivel local. La hostilidad que los anarquistas sentían contra los socialistas era todavía mayor por haber participado en los últimos gobiernos republicanos. No obstante, cuando en noviembre de 1933 la izquierda sufrió una aplastante derrota en las elecciones y un gobierno derechista empezó a invalidar aquellas leyes —absurdo siempre, por inadecuadas que pudieran parecer— con que los republicanos trataron de limitar el poder de la Iglesia y de los terratenientes en favor de los trabajadores, lo mismo los anarquistas que los socialistas empezaron a pensar en términos revolucionarios. La más importante insurrección obrera ocurrida en el llamado «bienio negro» (los dos tenebrosos años de represiones que precedieron a los meses de esperanza que suscitó la subida al poder en 1936 del Frente Popular) fue la de los mineros asturianos en octubre de 1934, y debida a la acción de los socialistas, aunque los elementos de la CNT local colaboraron en ella, favoreciendo así a la causa de los «treintistas», lo que no hubiera sido posible en Cataluña, donde la plana mayor de la CNT era más extremista.
Al igual que ocurrió con otros muchos estallidos revolucionarios, el levantamiento de los mineros asturianos no cuajó en nada positivo debido a que el gobierno logró aislarlo. A principios de octubre se había producido en Cataluña una insurrección separatista, a la que la CNT se opuso, mientras que en Madrid era aplastado un intento socialista de revolución. Así, pues, en Asturias, un puñado de comunistas, la UGT y la CNT se encontraron expuestos a la furia desatada de las tropas del gobierno, las cuales, formadas por contingentes marroquíes y de la Legión Extranjera, causaron, entre muertos y heridos, diez mil bajas sobre un total de setenta mil obreros. No cabe duda de que lo ocurrido en Asturias sirvió para que aumentara la tensión y las revelaciones de atrocidades cometidas por ambos bandos contribuyeron a fortalecer la cada vez mayor belicosidad de las distintas facciones. A la represión de la revuelta siguió un período de persecución contra la izquierda. En el curso del año 1935, y al mismo tiempo que en Francia, las fuerzas de choque de la clase obrera empezaron a exigir a sus líderes que olvidaran todas las diferencias personales y de opinión para unirse en un Frente Popular capaz de defender las libertades fundamentales del mundo del trabajo. A consecuencia de esta presión, los comunistas (partido que por entonces tenía en España una importancia menor), los socialistas y algunas facciones republicanas acordaron batallar de consuno en las elecciones que se celebrarían en febrero de 1936. El resultado de esta agrupación de fuerzas consiguió un éxito considerable. Como en anteriores ocasiones, la CNT y los anarquistas habían requerido a sus miembros para que se abstuvieran de votar, pero a menudo estas exhortaciones no eran obedecidas, y no cabe duda de que buen número de cenetistas engrosaron las filas de los partidarios del Frente Popular, especialmente en el Sur, donde los resultados de las elecciones eran más difíciles de prever.
Los anarquistas contribuyeron no poco a crear el clima de una inminente guerra
civil.[395] Su incesante agitación y propaganda en favor de la revolución total, los esporádicos estallidos de violencia y las revueltas desatadas con la idea de erigir comunas anarquistas, así como su consistente y rotunda negativa al menor compromiso, aumentaron las esperanzas en una revolución no lejana entre los elementos de la clase obrera, a la vez que aumentaba el temor del ejército y las derechas. Durante la primavera de 1936 los dos bandos se aprestaban para un choque de fuerzas. En el momento de convocarse en Zaragoza —uno de los más importantes centros anarquistas— la asamblea de la CNT, constituida en congreso nacional, en representación de medio millón de obreros, la atmósfera y los ánimos eran de exaltación revolucionaria. Pero lo más notable del movimiento anarquista fue que, además de discutir medidas prácticas con relación a la política sindicalista y votar en favor de una alianza con la UGT, así como readmitir a Peiró y a algunos otros sindicalistas expulsados pocos años antes, dedicó mucho tiempo a especular sobre el panorama que seguiría a la revolución, reiterando, en el curso de estas discusiones, esperanzas que recordaban las de cualquier asamblea anarquista de los últimos cincuenta años. «Finalizada la etapa violenta de la revolución, se ha de pasar a la abolición de la propiedad privada, del Estado, de los principios de autoridad, y, en consecuencia, de las clases que dividen a los hombres en explotadores y explotados, en opresores y oprimidos». Seguidamente prosiguieron las discusiones en torno a cuál sería el mejor modo de regir las comunas, basadas en la libre afiliación de los obreros en el seno de sus asociaciones sindicales, produciendo e intercambiando lo necesario para la subsistencia, unidas en «federaciones regionales y nacionales para el logro de sus objetivos» y agrupados en una Federación Ibérica de Comunas Anarquistas. En estas comunas las decisiones serían tomadas por los comités elegidos, a cuyo cargo correrían la agricultura, la higiene, la cultura, la disciplina, la producción y la estadística. «Todas estas funciones no tendrán ningún carácter ejecutivo o burocrático. Aparte de aquellos que desempeñen funciones técnicas, los restantes cumplirán con su tarea de productores, reuniéndose al término de la jornada en sesiones cuyo objeto será el de discutir las cuestiones de detalle que no necesiten de la aprobación de las asambleas comunales». Todo lo que afecte a más de una comuna corresponde a la competencia de la federación regional, aunque poco se dice de este crucial problema, pasando la resolución de la Asamblea a terreno más firme al insistir en que «la revolución no actuará violentamente en cuanto a la institución familiar», a pesar de que «el comunismo anarquista proclama la práctica del amor libre». Las dificultades que emanaran de esta estructuración serían resultas dentro del mejor estilo godwiniano. «Para la cura de muchas enfermedades se recomienda el cambio de aires. Respecto a la enfermedad de amor, dolencia que puede ser ciega y obstinada, se recomienda un cambio de comuna».