Los anarquistas
Capítulo 3
acabará con ustedes».[211]
3
Las actividades del movimiento anarquista desde el año 1880 a 1890 cobran un carácter de universalidad. Los diversos actos de propaganda por la acción, lo mismo si se trata de una protesta individual lanzada contra el conjunto de la sociedad que si se dirige contra monarcas o personajes políticos, simbolizan el profundo malestar y el afán de rebeldía contra la sociedad industrial. Las condiciones imperantes en buen número de industrias de Europa y América despertaron un sentimiento de auténtica lucha de clase. Así, los brotes de violencia que se sucedieron deben considerarse como más espontáneos e inequívocos que la premeditada acción de los asesinos o de los que utilizaban la bomba de mano como método de convicción. Los mineros de Montceau-les-Mines que mataron a un capataz impopular; los manifestantes de Fourmies, en el norte de Francia, tiroteados el primero de mayo de 1891; los huelguistas de las minas de Río Tinto, en España, o los campesinos de Sicilia o de Andalucía, cuyos levantamientos reprimió el ejército, todos ellos proporcionaron mártires que los anarquistas reivindican para su causa. Allí donde la situación se presentaba desesperada, allí donde los terratenientes o los patronos se mostraban particularmente crueles y codiciosos, y allí donde las condiciones de trabajo resultaban intolerables, las ideas anarquistas fueron acogidas con simpatía, facilitando el recurso a la acción. Los actos de premeditada protesta por parte de los terroristas individuales parecen erigirse en símbolo de un descontento y de una latente pasión revolucionaria.
Y situaciones como las referidas no fueron tan sólo privativas de Europa, sino que de este continente pasaron a los Estados Unidos, donde, al menos por espacio de algún tiempo, influyeron en el desarrollo del movimiento laboral. El más famoso apóstol del anarquismo en América fue un alemán, Johann Most, llegado al país en 1882. Most era oriundo de Augsburgo, en Baviera, hijo ilegítimo de un oficinista de
escasos medios y de una institutriz.[212] Se crió con su madrastra, por la que sentía un profundo aborrecimiento. A los trece años sufrió una operación que le desfiguro el rostro, aunque años más tarde logró disimular parcialmente la cicatriz dejándose una espesa barba. Trabajó de aprendiz en un taller de encuadernación, y en 1860 se trasladó a Suiza, donde se afilió a la Internacional y Austria, en el curso de las cuales llegó a ocupar un escaño en el Reichstag alemán, se fue a Londres en 1878, luego de un período de encarcelamiento por sus escritos y sus arengas contra el poder y el clero. Durante los años que siguieron rompió toda relación con los socialistas alemanes, renunciando a la esperanza de lograr resultados eficaces por medio de una acción política legal. Se le expulsó del Partido Social-Demócrata, partido que por espacio de veinte años continúo rechazando a todos aquellos miembros sospechosos de ideas anarquistas. Most había recibido el influjo de Bakunin, singularmente a través de algunos discípulos belgas del jerarca ruso, y también por mediación de Auguste Blanqui, el veterano revolucionario francés para quien el mero acto de la revolución consistía casi un fin en sí mismo. Durante su permanencia en Londres, Most fundó un periódico, el Freiheit, que utilizó para exponer su doctrina de la acción directa. En 1881 pasó seis meses en la cárcel debido a un artículo en el que aprobaba el asesinato del zar Alejandro II. Por entonces, del periódico que dirigía se sospechó que inducía a los asesinatos de todo género, y cuando Lor Frederick Cavendish fue asesinado en Dublín por nacionalistas irlandeses, que nada tenían que ver con el movimiento anarquista y cuyos propósitos Most hubiera sin duda desaprobado, el Freiheit fue de nuevo intervenido legalmente y dos de los impresores encarcelados. Al recobrar la libertad, Most se dio cuenta de la futilidad de proseguir su actividad en Londres, por lo que en diciembre de 1882 se fue a América.
La influencia de Most en Alemania había sido mínima; el círculo de anarquistas locales se limitaba a los individuos que habían estado en estrecho contacto con los partidarios de Bakunin y de Guillaume en el Jura suizo. Pero ni siquiera la disciplina atmósfera alemana se vio libre de la epidemia del terrorismo. Además de los atentados contra el kaiser cometidos en 1878, anarquistas en su técnica pese a que los autores apenas tenían ningún contacto con los grupos anarquistas, se produjeron uno o dos actos de propaganda por la acción. Así ocurrido con un joven llamado Auguste Reinsdorf, que planeó volar el Memorial Nacional de Rudesheim el día de su inauguración por el kaiser, y los príncipes alemanes. Pero desgraciadamente para él, se lastimó un pie poco antes de iniciar la ceremonia, viéndose obligado a confiar la acción a dos de sus asociados, quienes se olvidaron de dotar al artefacto de una mecha impermeable. Como en la noche anterior al atentado había llovido mucho, nada tiene de extraño que la bomba no estallara. Semanas después se producía una explosión en la delegación central de las comisarías de Frankfurt, lo que dio pie al jefe de la policía, Rumpf —que bien pudiera ser el autor de la explosión—, para descubrir en la investigación que siguió y debido a las indiscreciones de algunos amigos de Reinsforf, el episodio de la frustrada conjura para hacer saltar por los aires al kaiser y a los príncipes. Reinsdorf fue detenido en el mes de diciembre de 1884, siendo ejecutado a principios de 1885. Cuando se dirigía a la muerte, el joven anarquista gritó la frase ritual: «¡Terminemos con la barbarie! ¡Viva la anarquía!».
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Los acontecimientos parecieron vengar su muerte, pues poco antes de su ejecución moría asesinado el jefe de la policía Rumpf. Del delito se acusó a un joven anarquista recién llegado al país, procedente de Suiza, a pesar de que las pruebas contra él eran de poco peso y de que jurase que era inocente del delito. Al pedir el fiscal la pena de muerte para el acusado, éste exclamó, siguiendo la mejor tradición anarquista: «No volverás a pedir otra sentencia de muerte». En el caso concreto del fiscal, no fue necesario ningún acto de venganza anarquista, ya que poco después el letrado tuvo que ser intervenido, víctima de una enfermedad mentad. No obstante, esos actos eran incidentes aislados; muy pronto las ideas anarquistas desaparecieron prácticamente de Alemania, a excepción de un grupo de intelectuales bohemios, como el escritor bávaro Gustav Landauer y unos pocos disidentes del Partido Social-Demócrata, quienes fueron expulsados por abogar en pro de la acción revolucionaria directa.
Por otro lado, Most encontró en los Estados Unidos terreo más propicio para sus campañas de agitación. Poco antes de su llegada al país, se había registrado una serie de huelgas en todo el territorio estadounidense, pidiéndose la jornada laboral de ocho horas, exigencia que se hallaba al borde de conseguirse. Los emigrantes de última hora, rusos e italianos sobre todo, había llevado consigo sus ideas anarquistas, manteniendo contacta con sus camaradas de los diversos países de origen (en Paterson, Nueva Jersey, un grupo de anarquistas italianos planeó en 1900 el asesinato del rey Umberto). En el turbulento clima del capitalismo norteamericano, entonces de expansión, era probable que una contienda en el ámbito industrial degenerarse en una verdadera guerra entre patronos y obreros, como sucedió con los huelguistas de las acererías de la Carneige Corporation, de Homestead (Pensilvania), que se enzarzaron en una batalla campal con los hombres de la Pinkerton, a quines los propietarios habían pagado frustrar la huelga. Por su parte, Most inició la publicación del Freiheit como periódico anarquista en lengua alemana, al que pronto se sumaron periódicos del mismo matiz españoles e italianos, impulsados por el mismo afán de propagar las ideas y los métodos de la revolución anarquista, además de varios periódicos en francés, checo y yiddish. No es necesario decir que durante estos años el movimiento anarquista estadounidense fue en realidad un producto del exterior, pues los agitadores de la época empleaban para sus discursos el alemán, el ruso, el italiano y el yiddish. La violencia de su propaganda y la rebelión a que incitaban los folletos, como el del propio Most, titulado ciencia de la guerra revolucionaria («mañuela de instrucción para el empleo y elaboración de la nitroglicerina, la dinamita, algodón,
pólvora, fulminato de mercurio, bombas, mechas y venenos, etc.»),[214] contribuyó a que se tuviera a los anarquistas responsables de todos los actos violentos. Se comprende que las reuniones anarquistas, con el complemento de la bandera negra, entonces emblema oficial del movimiento, cayeran bajo la sospecha de estar tramando algo apocalíptico si tenemos en cuenta que en las páginas de los periódicos anarquistas aparecían exhortaciones de este género: «¡La dinamita! El mejor de los inventos. Introdúzcanse varios kilos de esta preciosa sustancia en un tubo, obtúrense ambos extremos, métase un dedal provisto de mecha, colóquese junto a un grupo de ricos parásitos que viven del sudor de otras frentes y préndase fuego a la mecha. El resultado es de los más maravilloso y reconfortable… Medio kilo de esta excelente sustancia basta para hacer saltar por los aires a unos cuentos explotadores; ¡no lo
olvides!».[215]
Fue en medio de este clima que se produjo uno de los incidentes más famosos en los anales del anarquismo norteamericano. En 1886 la situación en Chicago llegaba a un momento muy tenso, pues era el centro de agitación de los que luchaban a favor de la jornada de ocho horas; actuaban un grupo de activos anarquistas, en su mayor parte alemanes. Hacía poco tiempo que se habían sucedido los choques entre los huelguistas de los talleres de la MacCormick, fabricantes de maquinaría agrícola y los esquiroles. Fue en Chicago donde se celebró por primera vez el Primero de Mayo como día dedicado a las manifestaciones obreras. Pese a aquella jornada de 1886 trascurrió sin alteraciones, dos días después y a raíz de un choque entre los obreros disidentes de la McCormick, la policía intervino haciendo uso de sus armas. A consecuencia del hecho, el periódico anarquista en alemán de la localidad, la Arbeiterzeitung, publicó un editorial en alemán, escrito por su director August Spies, con estos títulos: «¡Venganza, obreros! ¡A las armas!». Simultáneamente se adelantaron los planes para una manifestación de protesta en Haymarket, una de la mayores plazas de la ciudad, a la que, según indicaba una octavilla, «asistirán destacados oradores que denunciarán las últimas atrocidades de la policía: los
disparos contra cuatro de nuestros camaradas en la tarde de ayer».[216]
El mitin transcurrió con relativa calma pero cuando faltaba poco para concluir, una tormenta hizo que la multitud empezara a disolverse; la policía ordenó entonces la terminación del mitin, en el momento en que uno de los orados de la manifestación, Samuel Fielden, exponía la significación del acto. Fielden se opuso a la medida alegando que la reunión se había desarrollado sin desórdenes, pero el jefe de la policía insistió, y fue entonces cuando alguien lanzó un artefacto en medio de la multitud, matando a un policía e hiriendo a otros, lo que hizo que los agentes abrieran fuego. En la confusión que siguió, cayeron muertos o heridos más policías y algunos manifestantes. No pudo averiguarse quién arrojó la bomba, y, como acontecía en estos casos, no faltaron las voces que culparon del suceso a la misma policía.
Una sensación de pánico mucho mayor que cuando los anteriores «sobresaltos rojos» se apoderó de la ciudad, reflejada en un periódico de la época: «Los hombres
honestos, perdieron la cabeza y exigieron venganza».[217] La policía terminó por detener a nueve prominentes agitadores y periodistas anarquistas. Dos de ellos, sin embargo, no pudieron ser apresados. Uno era Schanaubelt, probable autor del atentado, que desapareció, y otro, llamado Albert Parsons, que acabó por entregarse para compartir así el destino de sus camaradas. Ocho fueron los que se sentaron en el banquillo, acusados del asesinato de un policía. Finalizando el juicio —excelente muestra del sentimiento popular de alarma y de venganza antes que de justicia—, a cuatro de se les condenó a muerte, y los restantes a muchos años de reclusión. Uno de los encartados, llamado Lingg, era un auténtico terrorista que había fabricado algunos artefactos explosivos, pero nada demostraba que tuviera que ver con la bomba de Haymarket. Las pruebas esgrimidas contra los demás resultaban todavía más endebles. La parte defensora apeló contra la sentencia aduciendo la incompetencia del tribunal. En el transcurso de un segundo juicio, los acusados aprovecharon la oportunidad para extenderse en largas y virulentas disquisiciones sobra la ideología anarquista. Parsons habló por espacio de ocho horas y Fielden durante tres, mientras que Schwad abogó por «un estado social en que todos los seres humanos obren honestamente por la sencilla razón de que no pueda se otro modo, y detesten lo malo
por ser esencialmente malo».[218] En cuanto a Lingg, expresó su desprecio por «su
orden sus leyes y su autoridad, impuesta por la fuerza».[219]
A pesar de las apelaciones presentadas, y de las solicitudes de perdón suscritas por escritores tan eminentes como Bernard Shaw y Oscar Wilde, cuatro de los acusados fueron ejecutados, ratificándose en sus creencias anarquistas y aceptando severamente su sacrificio. Especialmente uno de ellos, August Spies, se haría famoso por las palabras que pronunció al pie del patíbulo: «llegará el día en que el silencio de
nuestras tumbas será más poderoso que las voces que hoy extinguen».[220] También, como resultado de estos sucesos, Johann Most pasó el resto de sus días en un continuo entrar y salir de la prisión, luchando con denuedo para mantener a flote su Freiheit, en constantes controversias con otros anarquistas, norteamericanos y extranjeros, algunas extremadamente duras; durante una reunión, la impulsiva y audaz Emma Goldman trató de golpearle con un látigo. Hasta su muerte, en 1906, Most se comportó como un recalcitrante y ferviente propagandista, actuación que parecía contradecir por entero su naturaleza de petit-bourgeois afecutuosa y huraña, generosa y suspicaz a un tiempo.
El juicio de Chicago exaltó la imaginación de muchos revolucionarios y reformistas jóvenes. Así, Emma Goldman, l joven rusa de ascendencia judía, que había sentido en su carne la dureza de la vida reservada a la clase obrera norteamericana, se entregó apasionadamente a la agitación anarquista, dando principio a la que sería, lo mismo en el plano personal que en el político, una larga y
turbulenta carrera.[221] A su amigo Alexander Berkman, también ruso, le afectó tanto el paro decretado por los patronos de Carnegie Corporation, en Homestead (Pensilvania), que se dispuso a asesinar al director del consejo de administración, Henry Clay Frick. En consecuencia, él, Emma Goldman y un joven pintor anarquista que vivía con ellos y que juntos se encargaban de un puesto de helados en Worcester (Massachussets), proyectaron el asesinato. Tras dejar a Emma Goldman para que reuniese fondos en Nueva York, recurriendo a los medios que fuera necesario, incluyendo un malogrado intento de prostitución, Berkman, dispuesto a llevar a cabo su propósito, logró llegar al despacho de Frick, pero sólo consiguió herirlo. Detenido, fue sentenciado a veintidós años de presidio. Emma Goldman hizo cuanto estuvo en su mano para lograr en la campaña que emprendió para la revocación de la sentencia; sin embargo, Berkman no salió del penal hasta 1906.
Entretanto en el año de 1901, el presidente William McKinley moría asesinado en Buffalo por un joven húngaro llamado Czolgocz. Parece que éste no formaba parte de ninguna asociación anarquista, y se cree que actuó por propio impulso, movido únicamente por una profunda sensación de persecución e injusticia. No obstante había asistido a una conferencia de Emma Goldman. Este inició de inmediato una serie de actos a favor del asesino, a pesar de no conocerlo personalmente y de su declaración de que no aprobaba el asesinato del presidente. Czolgocz fue ejecutado, Emma Goldman fue detenida, e igualmente se detuvo a Most, sin tener en cuenta que desde hacía tiempo se había declarado contrario al terrorismo individual y que su ruptura con Emma Goldman, ocurrida nueve años antes y después de haber sido su ferviente discípula (y, según testimonio de ella misma, hasta su amante), se debió al poco aprecio que sentía por Berkman.
El asesinato del presidente McKinley convenció a las autoridades de la existencia real del peligro anarquista. Así lo expuso el nuevo presidente, Teodoro Roosevelt, en el mensaje que dirigió al Congreso en diciembre de 1901. Poco después la Cámara de Representantes aprobó una ley por la que se decretaba la expulsión del país de cualquier persona «que se oponga a los gobierno elegidos». El temor a las prácticas anarquistas presidió también el juicio a Sacco y Vanzetti; pero aunque fueron surgiendo grupos activos de anarquistas entre los inmigrantes, y aunque cierto número de intelectuales se dejaron influir por las teorías anarquistas o por la personalidad de Emma Goldman, puede afirmarse que, de hecho desaparecieron los actos aislados de terrorismo, pero el espíritu anarquista actuó eficazmente a partir de entonces, mediante la acción directa en el seno de las industrias, espíritu que continuó manifestándose todavía por espacio de algunos años.
Sin embargo, puede decirse que, en general, la experiencia de dos décadas de propaganda por la acción obligó a los anarquistas europeos y norteamericanos a considerar de nuevo la eficacia de sus métodos y propósitos. Pese a la reacción que registró temporalmente el período que siguió a la Comuna, y a pesar de las periódicas crisis de la economía capitalista, a fines del siglo XIX la maquinaria legal y constitucional para conseguir reformas sociales y mejoras económicas era más eficiente de lo que había sido en las etapas iniciales de la revolución industrial. Por esta razón, en los países más avanzados empezada a parecer más lógico inscribirse en un sindicato o partido político, para intentar una acción legal que conquistase reformas parciales. Así, sólo en países que, como España, apenas si ofrecían posibilidad para una acción política abierta por parte de las clases obreras, encontró el anarquismo amplia aceptación.
Por otro lado, conviene observar que la propaganda por la acción que propugnaban ciertas facciones anarquistas perjudicaba más que favorecía la popularidad del movimiento. Como escribió Octeve Mirbeau, uno de los escritores franceses de fines del siglo que con mejores ojos se veía al anarquismo, cuando se abrió el juicio contra Emile Henry: «El más mortal enemigo del anarquismo no hubiera podido superar el daño que le ha causado Emile Henry al arrojar inexplicablemente su bomba contra una masa de pacíficas y anónimas gentes que se encontraban en el café para algo antes de acostarse… Emile Henry pretende, afirma, asegura que es un anarquista. Es posible que lo sea. Pero el anarquismo tiene anchas y robustas espaldas y, al igual que el paño, puede soportar cualquier peso. Se ha convertido en una costumbre el que en nuestros días los delincuentes aleguen su vinculación a la causa para justificar sus delitos… Cada partido tiene a sus delincuentes y sus enfermos mentales porque cada partido está integrado por seres
humanos».[222] Pero no todos los intelectuales anarquistas se mostraban tan rotundos en su condena del terrorismo, aunque todos comprendieron el dilema que planteaba. Para John Most, los actos delictivos no eran más que el resultado inevitable de la escala de valores vigente en la sociedad del momento: «para mí, el delincuente no es más que un anarquista «brutal», independientemente de la simpatía que me merezca, y esto es así porque un hombre de esta índole, incluso cuando actúa sólo en beneficio
propio, es un producto de su época».[223] Eliseo Reclus, eminente geógrafo y hombre de reconocida capacidad científica, a cuyas ideas anarquistas se mezclaban los rígidos escrúpulos de una formación ideológica hugonote, emitía su juicio: «Si un individuo aislado, corroído por el odio, se venga de la sociedad que lo educó deficientemente, ¿qué puedo yo oponer? Es el resultado de fuerzas irrefrenables, la consecuencia de profundas pasiones, la erupción de la justicia en sus primitivas formas. Tomar partido contra los infortunados justificando así, aunque se indirectamente, el sistema que los
ha humillado y oprimido, es algo que no pienso hacer nunca».[224] Era ésta una actitud que desagradaba a Jean Grave, el director de La Révolté, cuya convicción de ser el depositario de los auténticos ideales anarquistas le había valido el apodo de el Papa de la rue Mauffetard. «Por lo que se refiere a su tolerancia y a su bondad — escribió refiriéndose a Reclus—, debo admitir que más de una vez me ha sacado de quicio, pues a menudo ha suscitado conflictos entre nosotros por cuestiones de propaganda… ¿Acaso los idiotas o los bribones tienen derecho a destruir las ideas que defendemos? Disputábamos a menudos, especialmente sobre el robo, y a este respecto me escribió en una ocasión: “Ladrones… todos somos ladrones, y yo uno de los peores, pues mi trabajo para un editor hace que pretenda y logre ganar diez o veinte veces más que el salario que percibe un hombre honrado. Todo es un robo”».
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No obstante el terrorismo había surtido efecto, y aún hoy su utilización como técnica para atraer la atención de la opinión pública nos resulta familiar. Los relatos aparecidos en los periódicos parisienses de principios del año 1960, aludiendo a los atentados terroristas de la OAS, ofrecen un extraño parecido con los perpetrados en 1890. Si bien el terrorismo le costó al anarquismo la enemistad de muchos, no es menos cierto que despertó en muchos corazones respetables un intenso y profundo desasosiego. El mero hecho de que los actos de terrorismo, independientemente de su objetivo o propósito, fueran obra de sujetos aislados o de grupos muy reducidos, dificultaba mucho las persecuciones y las pesquisas de la policía. De conformidad con los estudios de Maitron, que tan vivamente nos describen la trayectoria del movimiento anarquista francés de fines del siglo, se pone de relieve que la policía estimaba, en aquel período, el número de militantes anarquistas en Francia en mil seiscientos activistas y cuatro mil quinientos simpatizantes, lectores asiduos de periódicos de esta tendencia, y en unos cien mil los que, más o menos difusamente, se sentían identificados con los anarquistas y que de manera pasiva apoyaban sus reivindicaciones. Pero la ausencia de una organización regular dificultaba en gran medida el control de las actividades del movimiento, tanto más cuanto que los atentados terroristas no solían ser obra de dirigentes destacados, lo que entorpecía las diligencias policíaca para apresar a los autores. Cierto que al ocurrir tal o cual accidente, los líderes del movimiento, como Kropotkin, Malatesta, Eliseo Reclus o Johann Most, por ejemplo, eran normalmente tenidos por responsables, aun cuando no se pudiera aportar pruebas concluyentes. Jamás la diferencia entre la teoría y la práctica se había visto tan acentuada al observar la conducta de hombre tan reflexivos como Kropotkin, que vivía tranquilamente en Harrow, en Bromley o en Brighton, dando conferencia en la Real Sociedad de Geografía, atendiendo a William Morris y
a G. F. Wats[226] y la de aquellos otros que, como Ravachol o Emile Henry, desafiaban a la sociedad con actos de un brutal y ciego terrorismo.
Fue durante los días en que la propaganda por la acción hacía saltar al primer plano de las noticias la doctrina anarquista como credo de la acción revolucionaria, que los pensadores del movimiento trataron, no siempre con éxito, de convertir este credo en una mesurada filosofía política. Lo lamentable es que aquellos que admitían los actos de violencia de los asesinos y eran partidarios del uso de artefactos, encontrarían demasiado moderados los puntos de vista de un Kropotkin, mientras que los que compartían el optimismo de altos vuelos de la teoría anarquista, sin duda se quedarían asombrados e indignados ante la indiscriminada crueldad de la propaganda por la acción o por cualquier otra forma de violencia. Resulta ilustrativo en este aspecto, el detalle anecdótico del editor de la décima edición de la Enciclopedia Británica, quien después de invitar a Kropotkin a que redactase el artículo dedicado al anarquismo, insertó en este epígrafe una nota a pie de página por su propia cuenta, en la que decía: «Conviene no olvidar que el término anarquista se emplea de manera un tanto imprecisa con referencia a los autores de cierto tipo de sanguinarias atrocidades»; al mismo tiempo el editor añadía un resumen de los «principales actos recientes de los llamados “anarquistas” », ya que Kropotkin ni siquiera los había mencionado. A principios del siglo XX se realizan, sin embargo, serios intentos para resolver el problema que acuciaba al movimiento anarquista desde 1890; es decir, el de cómo hacer compatibles la confianza en una racional cooperación e ilustrado progreso de los hombres con la fe en el valor purificador de los actos revolucionarios, y cómo convertir un credo esencialmente individualista e indisciplinado en una base efectiva para la acción práctica.