Los anarquistas
Capítulo 3
¡Esto es el gobierno, esto es la justicia y esto la moralidad!». [117] Tanto en los aspectos positivos como negativos de su doctrina, Proudhon se acredita como el primero y más importantes de los filósofos anarquistas. Los que le siguieron no añadieron gran cosa a sus concepciones. Sólo quedaba por ver hasta qué punto estas ideas podían llevarse a la práctica.
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En el mes de septiembre de 1864 se fundaba en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores. Aunque fuera Kart Marx el organizador de la asamblea, y a pesar de que desde el principio de esa Primera Internacional hubiese determinado ejercer su dirección y control, los delegados franceses que asistieron eran prácticamente discípulos de Proudhon. En efecto, Proudhon se encontró en el último período de su vida, por vez primera desde 1848, enfrentado con el problema de qué actitud tomar ante la acción política de tipo práctico llevada a cabo por los movimientos de la clase obrera que en los últimos años se habían ido formando en Francia. En 1863, un grupo de obreros parisienses expuso su intensión de presentar candidatos a las elecciones para el Corps Législatif. Su dirigente ere Henri Tolain, un obrero fundidor y precisamente el ideal de obrero que Proudhon propugnaba: sobrio, parco, decoroso, digno y poseído por la pasión de la lectura y el conocimiento. Tolain logró en 1862 organizar con éxito una delegación de obreros franceses que se sumó a las manifestaciones surgidas con motivo de la Gran Exposición de Londres. Tolain aprovechó esta oportunidad para exponer su idea de la necesidad de decirles a los obreros: «Somos libres, organicémonos nosotros mismos, y hagámonos cargo de
nuestros intereses».[118]
Proudhon se manifestó totalmente opuesto. Durante los últimos años había estado abogando por la abstención en todo tipo de elecciones, como señal de desaprobación por el falso carácter constitucionalista del Segundo Imperio. Considera que sólo mediante una masiva muestra de desaprobación y la negativa de participar en el sistema quedaría al descubierto la hipocresía del régimen imperial. Proudhon no alcanzó los resultados esperados en su campaña contra el voto, quedando claro con tal motivo que muchos de sus discípulos más fervientes como el propio Tolain, no podía hallar satisfacción alguna en una política tan negativa como la de la abstención. Fue precisamente como respuesta al «Manifiesto de los Sesenta» que Proudhon se creyó, un año antes de su muerte, en la obligación de definir y revisar su posición. En
su libro [119] De la capacidad política de las clases obreras todavía en la fase de corrección de pruebas al sorprenderle la muerte, insiste en la mayoría de las enseñanzas anteriormente expresadas. La diferencia es que, al fin, Proudhon acepta la posibilidad para la clase obrera de conseguir ciertos objetivos mediante instrumentos políticos. «En el sino de la sociedad se gesta un hecho social de suprema importancia: el acceso (y llegado a este punto echa mano de una de las frases sansimonianas que utilizara unos treinta años antes aproximadamente) a la vida política de la clase más
numerosa y pobre».[120] Proudhon, en efecto, estaba preparado para aceptar esta nueva evolución política, pero no deja de insistir en que la acción política, fuera la que fuese, no puede basarse en el principio mayoritario. Sólo mediante la acción de grupos reducidos —repite— que cooperen en la vida social y económica cotidiana y vivan en términos de respeto mutuo, se puede alcanzar cierto progreso. De no ser así —y es de las desventajas de la acción política, antes que sus ventajas, que Proudhon se muestra conciente—, la política que surgirían muchos socialistas sólo podía conducir al desastre. «Este sistema político admite la siguiente definición: una democracia compacta fundada, en apariencia, en la dictadura de la masas, pero en la que éstas sólo disponen del poder necesario para asegurar la continuidad de la
servidumbre»,[121] escribe.
Las doctrinas de Proudhon ejercieron en la inteligente clase obrera del Segundo Imperio considerable influjo, aunque sólo fuera a causa de las contradicciones y anomalías que impregnaban la vida económica de la Francia de a mediados del siglo XIX. Era aquél un período de continua mutación, la época en que la construcción de ferrocarriles, de nuevas y vastas factorías; época de expansión bancaria, de la fundación de los primeros grandes almacenes, de la puesta en marcha del plan que esbozó el barón Haussmann (al que Proudhon aborrecía) para el nuevo París. En una época en que el salario real del obrero permanecía estacionario, las diferencias y los antagonismos de clase adquirían mayor virulencia, particularmente en París. Pero mientras en un sector de esta población laboral quedó desgajado de sus primitivos oficios, aprisionados entre los tentáculos del imperio industrial ciudadanos, otro sector continuaba afecto al trabajo artesano y familiar o a las labores en pequeños talleres, cultivando a menudo una porción de tierra, lo que les confería cierto carácter
campesino.[122] Los cabecillas que en ese momento se hallaban al frente de la clase obrera, hombre como Tolain, ansiosos de poner en práctica los postulados teóricos de Proudhon, eran dirigentes perfectamente concientes de estos cambios y contrastes. «El dirigente de la clase obrera no es hoy ni un artesano ni proletario; es, en general, un hombre que ha pasado su niñez en el campo y no lo ha relegado al olvido; es, sobre todo, un hombre familiarizado con el pequeño taller, pero que no deja de seguir atentamente el desarrollo de la gran factoría… Es un hombre bien informado que intenta anticiparse y formarse una imagen del futuro… Medio campesino, medio
obrero, mezcla sutilmente el realismo y la utopía»[123] indica un historiador social francés. Bien pueden ser estas palabras el retrato del propio Proudhon o de discípulos suyos, como Tolain (aunque éste provenía de la antigua clase artesana de París y no del campo), o en Eugenio Varlin, el joven encuadernador que se convertiría en uno de los líderes de la sección francesa de la Internacional y de la Comuna de 1871.
En los años sesenta los discípulos de Proudhon ponen en práctica los principios de asistencia mutua y autoformación que había esbozado el maestro. Varlin, por ejemplo, funda en París vastas cocinas en régimen de cooperativa, dedicadas a proporcionar alimentos a los obreros. Al propio tiempo el tema acerca de la necesidad de llevar a cabo una revolución es objeto de constantes discusiones. La joven generación, de la que Varlin era el miembro más destacado, se mostraba con frecuencia impaciente ante las limitadas pretensiones de Tolain y los militantes de más edad. De la sede central de su organización —una habitación en la rue des Grandvilliers, la misma calle, según recordarán sus historiadores, en la que Jacques-Roux predicó en 1793 la revolución social—, surge una corriente de ideas proudonianas que enfrentarían a la sección francesa de la internacional con Kart Marx.
En definitiva, la influencia ejercida por Proudhon sobre la clase obrera francesa fue más a largo plazo que de carácter inmediato. En los años sesenta, ni Tolain ni Varlin contaban con muchos seguidores; solo con la Comuna de 1871 pasaron las ideas de Proudhon a incorporarse plenamente a la práctica revolucionaria francesa. Y Proudhon vivió lo suficiente para tener noticia y aprobar la fundación de la Internacional, pero, de hecho, sus discípulos no tardaron en darse cuenta de que los postulados que predicaba eran antagónicos con la disciplina centralizada que Marx trataba de imponer. No todos permanecieron en la senda del anarquismo, aunque las ideas proudonianas de cooperación y descentralización adquirieron en el pensamiento socialista francés considerable importancia, reflejándose más tarde, a principios del siglo XX, en los antagonismos que caracterizaron a los movimientos sociales alemán y francés.
Pero fue en 1860 cuando el movimiento anarquista adquirió consistencia en el campo del activismo. Las relaciones del propio Proudhon con Marx y Bakunin le vincularon a las más importantes tradiciones de la Europa socialista contemporánea y del pensamiento radical. Pese a su inactividad política Proudhon inspiró a un considerable sector de la militancia obrera, impulsando su acción hasta nuestra época. Por último, la creación de la Internacional —aunque trascendencia práctica inmediata no tuviera el alcance que sus instigadores o historiadores han pretendido— dio pie a que se patentizaran las diferencias entre Marx y sus partidarios de un lado y Bakunin y Proudhon de otro. Este choque escindiría fatalmente la unidad del bloque obrero europeo, ofreciendo dos fórmulas distintas para la revolución y dos visiones dispares de cómo quedaría configurado del mundo después de triunfo de esta revolución.