Los anarquistas
Capítulo 2
En los libros y folletos que Proudhon escribió en los años cuarenta y se ocupó fundamentalmente de plasmar sus opiniones filosóficas y económicas, sin aludir excesivamente a la organización política que tendría la sociedad cuando se hubieran logrado los cambios que él propugnaba sobre la propiedad de los medios de producción y el sistema de cambio. Lo que sí aparece claro es desde un principio es su repulsa de la idea del Estado. «¿Qué es el gobierno?», se preguntó en 1840, y, para responderse, acudió a la explicación sansimoniana: «El gobierno es la economía
pública, la suprema administración del trabajo y de los ingresos de la nación».[100] Más tarde, en su ¿Qué es la propiedad?, vuelve a insinuarnos la dirección en que se orienta si pensamiento político: «La libre asociación y la libertad, limitadas sólo por el mantenimiento de la igualdad en los medios de producción y la equivalencia en el cambio, constituyen la única forma posible de sociedad, la única auténticamente justa. La política es la ciencia de la libertad; el gobierno del hombre por el hombre, sea cual sea el nombre que quiera dársele, no significa más que opresión. La más alta
perfección en la sociedad es la conjunción del orden y la anarquía».[101] Fueron, sin embargo, las experiencias de proudhon en el curso de la revolución de 1848 lo que le impulsó a ocuparse de la problemática de la organización política y económica de la sociedad, conduciéndole a la elaboración del doble programa que sintetizó cuando dijo: «Nuestra idea del anarquismo es doble: no al gobierno, tras decir no a la
propiedad».[102] Es precisamente esta negación del gobierno y de la propiedad lo que hace de Proudhon el primero de los pensadores anarquistas auténticamente puros y efectivos.
A pesar de que ya en 1848 era Proudhon ampliamente conocido como autor de distintos folletos revolucionarios, sus contactos con las organizaciones activistas habían sido hasta entonces escasos. Es cierto que en Lyon estuvo en contacto con un organización radical casi secreta, la de los Mutualistas, nombre que más adelante restablecieron sus propios seguidores, y que pudo comprobar la fuerza potencial que albergaba el proletariado industrial, pero por instinto se oponía a cuanto entrañara acción política; los objetivos, los métodos y los motivos de los demócratas liberales de la clase media, y los propuestos por los partidarios de las ideas de Saint-Simon y de Fourier, no le causaban más que escepticismo. Sin embargo, la Revolución de 1848 lo obligó a tomar parte en las actividades del género que tan claramente atentaban contra sus principios. El clima de apasionamiento general hizo mella en él, y, así, puedo vérsele en plena calle, entregado a la tarea de ayudar a descuajar un árbol para hacer con él una barricada: el único acto revolucionario de su vida del que se tiene noticia. Por esa misma época redacta un folleto apremiando al pueblo para que derrocase a Luís Felipe, permitiéndole, además, que lo eligieran como su diputado ante la Asamblea Nacional. No obstante, nunca dejó de tener por falsos los objetivos de esa revolución. En lugar de la revolución social y de la reforma general del sistema de la propiedad, los dirigentes de la Segunda República sólo parecían interesados en llevar a cabo cambios políticos y constitucionales. Incluso la tentativa de patrocinar la acción económica que suponían los Talleres Nacionales, por cuya implementación había abogado hasta entonces Louis Blanc, y que el gobierno prohijó, con algunas modificaciones, en un vano esfuerzo para afrontar el creciente desempleo y malestar, se le antojaba a Proudhon una iniciativa basada en principios falsos, pues se limitaba a sustituir la coerción privada de los patronos por la del Estado. En consecuencia, la carrera de Proudhon en la Asamblea Nacional fue totalmente negativa. «Voté contra la constitución no porque contenga cosas que yo desapruebe o porque no contenga las que yo favorezco. Si voté contra es,
precisamente, porque se trata de una Constitución».[103] A Proudhon lo decepcionó el que la Asamblea no le permitiera llevar sus planes de reforma económica. Cuando trató de someter a su aprobación un proyecto organizado el sistema de impuestos por el que las fortunas privadas quedaban ampliamente gravadas a fin de permitir la concesión de créditos bancarios y subsidios a los campesinos y trabajadores, se vio acogido con risas de incredulidad, al mismo tiempo que el salón de sesiones se vaciaba rápidamente. Tampoco, como ya hemos visto, alcanzó mejor destino su tentativa de formar en 1849 un Banco del Pueblo organizado por iniciativa privada.
La experiencia de 1848 le desengañó profundamente, y su primera reacción fue de intensa pesadumbre. «Sí, hemos sido derrotados y humillados; sí, gracias a nuestra indisciplina e incapacidad para la revolución, estamos todos dispersos, encarcelados,
desarmados y mudos…».[104] Desde 1849 en adelante, Proudhon renunciaría, en beneficio de su obra, a inmiscuirse en la política y en las reformas de este matiz, para convertirse paulatinamente en un genuino anarquista.
En enero de 1849 Proudhon publicó un violento ataque contrate Luís Napoleón quien hacía poco tiempo que lo habían elegido como presidente de la República, lo que le valió ser procesado por delito de sedición. Durante algunos meses logró vivir escondido, pero en junio fue detenido y encarcelado; no obstante los tres años que duró su reclusión la mayor parte de este tiempo lo fue en condiciones que le permitieron redactar artículos y ver a su familia y a sus amigos. El resto de su vida (proudhon murió en 1865) tuvo que ganarse precariamente la existencia escribiendo folletos y colaborando en los periódicos, consolidando su reputación de intelectual totalmente libre e indomable, al que no podían silenciar ni las penas de prisión ni el exilio. En cuanto a su actitud ante Luís Napoleón, fue de una flexibilidad sorprendente en él. Al carecer el golpe de Estado de 1851. Proudhon dispensó incluso una buena acogida a su dictadura. Sus razones resultan confusas y contradictorias. Por una parte —como aquellos filósofos del siglo XVIII que creían en el déspota benévolo—, no había perdido por completa la esperanza en Luís Napoleón atendiera sus proyectos relativos a una reforma impositiva y al libre crédito, y, por otra, la figura del dirigente se le aparecía a Proudhon como una salvaguardia contra la restauración borbónica, que, en ese momento de organizar una democracia burguesa, se presentaba como la única alternativa posible. Asimismo parece que en su aceptación del golpe de Estado hubo por parte de Proudhon un elemento de alegría por el mal ajeno. Al igual que acontecería en 1932 con los comunistas alemanes, más dispuestos a favorecer el ascenso al poder de Hitler que a colaborar con sus opositores de la social-democracia, también Proudhon creía ver en la dictadura un medio de batir a sus adversarios y su paso previo hacia la revolución, una etapa en el colapso final de la sociedad establecida, susceptible de preparar el camino de una auténtica reforma económica y social.
La acogida que dispensó Proudhon a la dictadura de Luís Napoleón, así como sus ataques a la democracia liberal y al sufragio universal, imprimieron un extraño signo en su reputación. En el siglo XX. Algunos miembros de la extrema derecha lo han aclamado como a uno de sus precursores, y se le ha conceptuado como antecesor de Maurras y de la Action Française, llegándose incluso, bajo el régimen de Vichy, a su exaltación como representante genuino del verdadero socialismo «francés» en contraste con la familia de los marxistas rusos. En verdad, no resulta fácil integrar a Proudhon dentro de la tradición del pensamiento político liberal «progresista». Su denuncia a la naturaleza violenta e irracional del hombre, su puritanismo, su desprecio por las elecciones, por los parlamentos y la terminología de la jerga gubernamental democrática, bastarán para explicar la atracción que en ocasiones ha ejercido sobre pensadores de corte fascista. Pero cometeríamos un grave error si consideráramos estos rangos como el núcleo doctrinal o si la tildáramos de profeta de las dictaduras del siglo XX atendiéndonos a la favorable actitud desplegada con motivo de la accesión de Luís Napoleón al Poder.
Su obra La revolución social demostrada por el golpe de Estado del 2 de
diciembre [105] , que tanto dañó la reputación de Proudhon entre los demócratas liberales, lo mismo en su tiempo que posteriormente, no hace más que demostrar que él mismo se encontró en una posición un tanto ambigua. Los sucesos de 1848-51 habían demostrado la ingrávida posición del pensamiento político y económico convencional. Desde 1789, ninguno de los regímenes políticos franceses había sido capaz de asegurar los «principios del 89», que Proudhon definía como libertad de utilizar la propiedad y libertad de trabajo, así como una división natural e igualitaria de este trabajo libre, basada más en las capacidades de cada cual que en los privilegios de cuna. La historia de los últimos sesenta y cuatro años, decía proudhon, había demostrado claramente que no era posible la instauración de un gobierno despótico. Aparece entonces como salida necesaria la organización de una sociedad que se basara, no en un gobierno central con funciones permanentes, sino en el juego ininterrumpido, pero cambiantes de interés: «Si existe un gobierno, sólo puede ser el resultado de una delegación de funciones, convenciones o federación; en una palabra; del libre y espontáneo consentimiento de todos los individuos que integran la comunidad del Pueblo, cada uno de los cuales alega y reclama la garantía de sus propios intereses. De este modo, el gobierno caso de que exista uno, deja de ser la autoridad que ha sido hasta el momento para erigirse en representación de las relaciones que presiden todos los intereses diamantes de la libre propiedad, trabajo, comercio y crédito, t adquirir un valor meramente representativo, como ocurre con el
papel moneda, que sólo tiene valor por lo que representa».[106] Si se organiza la sociedad sobre la base de una acción reciproca de intercambio, y si esta organización se fundamenta, además, en la «relación existente entre libertades e intereses». Entonces, nos dice Proudhon, se desvanece toda diferencia entre la economía y la política. «Para que se dé una relación entre los intereses, de modo que respondan y hablen por sí solos, formulen sus demandas y peticiones actuando… En última instancia, todos son el gobierno, de modo que mal puede decirse que éste exista realmente. Así pues, el sistema de gobierno se sigue de su propia definición: hablar de gobierno representativo significa hablar de relación de intereses, y hablar de
relación entre intereses significa ausencia de gobierno»[107]
Pero no fue por mucho tiempo que Proudhon abrigó la esperanza de que Napoleón III diera acceso a una nueva sociedad en la que el gobierno abriera el camino a una libre acción recíproca dentro del marco de una economía descentralizada y mediante el concurso de distintos grupos sociales. En su lugar, los monopolios que Proudhon había atacado, tan denodadamente, la policía y los burócratas a quienes había denunciado, las ideas económicas y sociales que había rechazado, ahora todo parecía más firmemente enraizado que nunca en la sociedad francesa. Sin embargo, las ideas que la revolución de 1848 y la Segunda República le había obligado a desarrollar continuaron formando el sistema nervioso de sus escritos posteriores. La única esperanza de llegar a las reformas más económicas que Proudhon propugnaba residía en la completa organización de la sociedad, de manera que los intereses económicos, adecuados y equitativamente ordenados, cooperaran en provecho mutuo y sin intervenciones de ninguna autoridad central. «Lo que arbitramos, en lugar del gobierno, será una organización industrial —escribía Proudhon en 1851—; en vez de leyes tendremos contratos…, y en el puesto de los
poderes políticos dispondremos las fuerzas económicas».[108]
En los escritos que median desde el año 1848 hasta su muerte, que constituye una abundante literatura, Proudhon oscila entre los comentarios a la política del momento y la exposición detallada de los puntos antes mencionados. Pero lo cierto es que, dejando a parte la circunstancia de que entre 1858 y 1862 tuviera que buscar refugio en Viena para escapar a una nueva pena de prisión se volvió menos revolucionario. Lo que fundamentalmente le interesaba era poner en relieve las contradicciones de la sociedad y predicar la inevitabilidad del cambio, pero no detallar lo que sería esta sociedad después de la revolución. Esto le impide trazar el sugestivo y preciso (aunque a menudo ridículo) plan de un Godwin o un Fourier, al tiempo que deja pendientes de resolución y ello es un mal endémico en el pensamiento anarquista, las dificultades que surjan de la aplicación de su ideario social. En De la Justicia en la
Revolución y a al Iglesia [109] , su obra más extense, Proudhon recurre a la naturaleza del hombre como única garantía para la puesta en práctica y normal progreso del anarquismo por él propugnado. La justicia, principio fundamental de la sociedad, no es ni revelada por Dios ni se halla enraizada en la naturaleza, sino que es una «facultad del alma» que requiere solícita atención. «La justicia, tal como nos enseña el ejemplo de los niños y de los salvajes, es de entre todas las facultades anímicas la que más tardía y lentamente se desarrolla; necesita de una disciplina educación en la
lucha y en la diversidad»,[110] escribe Proudhon, y agrega: «Cuando se desarrolle en los hombres este sentido de la justicia, las relaciones mutuas vendrán presididas por el respeto hacia la dignidad humana, que surgirá espontáneo en ambas partes; y ello en cualquiera persona y ante cualquier circunstancia que suponga un atentado contra esta dignidad, sin que importen los riesgos que para su defenece sea necesario
correr».[111] Y más adelante escribe: «¿Qué es lo que garantiza la observancia de la justicia? Pues exactamente lo mismo que garantiza el respeto del comerciante al dinero: la confianza en la reciprocidad; es decir, la justicia misma. Para los inteligentes y los que se consideran libres, la justicia es la razón suprema de sus
decisiones».[112] Con estas palabras, lo que hace Proudhon es recurrir al Kant de sus primeras lecturas y a su filosofía moral; la sociedad del autor francés reposa en el imperativo categórico y en la máxima «Haz lo que quisieras que hiciesen por ti».
Proudhon imagina una sociedad en la que los hombres intercambian el producto de su trabajo con aquellos otros bienes que necesitan; las instituciones necesarias para hacer tal cosa factible surgirán de los acuerdos normalizados entre los grupos comunitarios correspondientes. En ocasiones, su obra insinúa la existencia, reducida al mínimo, de un gobierno central con carácter permanente, constituido por las representaciones de las comunas que componen el Estado. En otro lugar indica que la existencia de este gobierno centralizado sólo tiene razón de ser en la fase inicial de reorganización de la economía y reconstitución de la sociedad. De todos modos, la clave de la nueva organización es, en todo caso, el federalismo, idea que absorbería por completo a Proudhon durante los últimos años de su vida y que, después de su muerte, alcanzaría gran importancia política. La sociedad debe estructurarse en unidades reducidas. «Si la familia era en la sociedad feudal el elemento básico, en la
nueva comunidad lo será el taller».[113] Estas células sociales menores se hallarán, dentro de la comuna, en situación de independencia mutua y la comuna correrá con la responsabilidad de asumir las funciones administrativas que se presenten como necesarias. En determinadas ocasiones, estas comunas deberán unirse para lograr ciertos propósitos, pero cualquier delegación de poder en una autoridad central debe quedar sujeta a fuertes limitaciones y a un control; así por ejemplo, las tropas necesarias para hacer frente a una hipotética invasión deberán ser reclutadas y organizadas por las autoridades locales, salvo el caso de una gran guerra, sin que sea necesario disponer de un presupuesto o administración central permanentes. Pero Proudhon nunca aborda de plano las dificultades que en la práctica confrontan todos los sistemas federales; es decir, el de cómo establecer niveles de vida similares entre comunas de diferentes recursos económicos. Esta laguna se explica, en parte por el hecho de que Proudhon, como todos los anarquistas, imagina una comunidad formada por hombres que viven una vida austera, con un mínimo de necesidades. Nunca pudo olvidar sus orígenes, y en su obra se manifiesta siempre la tendencia a identificar a todos los hombres con los campesinos de Franco Condado o con los decorosos y dignos impresores entre los que hizo el aprendizaje de su profesión. Por más que insistiera en que «el taller es la base de la nueva sociedad», se trata de sin lugar a dudas de un taller de ribetes campesinos, en el que los artesanos son, en el fondo, pequeños arrendatarios. Proudhon escribió después de la revolución: «Con la humanidad ocurrirá lo descrito en el Génesis: se ocupará en el laboreo y el cuidado de la tierra, lo que ha de proporcionarle una vida pletórica de dicha. Como recomienda el filósofo Martín de Candide, los hombres cultivaran su jardín. La agricultura,
antiguamente trabajo de esclavos, se convertirá en una de las artes más estimadas,[114] y la vida del hombre trascurrirá honestamente, sin verse en la necesidad de traicionar
sus ideales».[115]
Los grupos de los que ha de emerger esta nueva sociedad deben ser racionales y naturales a un tiempo. «Cada vez que el hombre con su esposa y sus hijos, se agrupa en determinado lugar, mora en él y cultiva de consuno el suelo, desarrolla diferentes industrias y crea relaciones mutuas de vecindad, imponiendo por encima de los individuos un estado de solidaridad sea o no de su agrado; forma lo que yo domino un grupo natural que no tarda en erigirse en organismo político mediante la afirmación de su identidad, unidad, independencia forma de vida, curso de acción y
autonomía».[116]
Este entusiasmo que Proudhon manifiesta en pro del federalismo y de las células sociales reducidas, lo colocó en una posición algo singular, pues en cierta ocasión defendió a los jesuitas por su actitud favorable a la independencia de los cantones durante la guerra civil suiza de 1846, y en otra coyuntura apoyó fervorosamente a los estados sudistas en la Guerra de Secesión norteamericana, advirtiendo que sacrificar los derechos de los estados del Sur por la política antiesclavista de la Unión significaba, simplemente, que los negros pasarían a ser proletarios en lugar de esclavos, lo que para Proudhon no suponía ningún progreso notorio. Con sus violentos ataques contra Manzzini y Garibaldi, incurrió en las iras de los liberales, pues Proudhon reprochaba a estos dirigentes su propósito de establecer una unidad nacional artificial, en la varia y heterogénea población de Italia. Se muestra, asimismo, decidido partidario del estado multinacional, y, aunque a veces presenta ciertos matices de chauvinismo francés dentro de la tradición jacobina, ni veía con buenos ojos las peticiones de «fronteras naturales» y de autodeterminación nacional. Caso prácticamente único entre los intelectuales de su época, Proudhon se oponía al movimiento de independencia polaco, arguyendo que un Estado polaco independiente caería enteramente en poder de la aristocracia reaccionaria. (Era éste uno de los pocos puntos en que coincidía con Richard Cobden, en agudo contraste con Bakunin, quien por aquel entonces había fletado un buque para lleva acabo una expedición —que fracasó— a Polonia, con el objeto de ayudar a la rebelión de 1863).
Proudhon no fue un filósofo que, como hizo William Godwin, construyera una estructura racional coherente. Nos hallamos más bien ante un autor cuya influencia se debe principalmente a la acuñación de algunos lemas («La propiedad es un robo», «Dios es malo») y a cierto número las ideas básicas, con frecuencia reiteradas, en torno a la naturaleza del hombre y a la futura organización de la sociedad. Al propio tiempo, la exaltada pasión de su naturaleza, su rotunda negativa al conformismo o al compromiso, sus vastos y singulares conocimientos…; todo contribuyó a convertirlo en un periodista y folletista de primer orden. De los tríos gros volumen de su Justicia se vendieron seis mil en poco tiempo, y aunque el número de diez mil lectores de sus artículos que Proudhon señala, hallándose exiliado en Bélgica, sea probablemente exagerado, su influencia era ciertamente considerable, no sólo entre las organizaciones obreras francesas que por el año 1860 se multiplican, sino también en el extranjero, particularmente, en España y en Italia.
A pesar de que esta denuncia del lado irracional del hombre y de la violencia que potencial alienta en todo ser humano han conducido en el siglo XX a un renovado interés por la obra de Proudhon, el mensaje que él legó a sus contemporáneos es en realidad muy sencillo. Se trata de suprimir la existencia de financieros y rentistas, de asegurar al trabajador el valor íntegro de los bienes que produce, del desarrollo de grupos reducidos que se prestan mutua ayuda en sustitución de las factorías y los centros de trabajo deshumanizados, y esta constante que es su encomio de las virtudes de la vida campesina; un programa, pues, que presenta un contenido realmente positivo. El mensaje negativo, por decirlo así, de Proudhon es todavía más lúcido y contiene la esencia del anarquismo, o, por lo menos, una vértice del mismo: «Ser gobernado significa ser observado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, regulado, inscrito, adoctrinado, sermoneado, controlado, medido, sopeado, censurado e instruido por hombres que ni tienen el derecho, los conocimientos ni la virtud necesarios para ello. Ser gobernado significa, con motivo de una operación, transacción o movimiento, ser anotado, registrado, controlado, gravado, sellado, medido, evaluado, sopesado, patentado, autorizado, licenciado, aprobado, aumentado, obstaculizado, reformado, reprendido y detenido. Es, con el pretexto del interés general, ser abrumado, disciplinado, puesto en rescate, explotado, monopolizado, extorsionado, oprimido, falseado y desvalijado, para ser luego, al menos movimiento de resistencia, a la menor palabra de protestas, reprimido, multado, objeto de abusos, hostigado, seguido, intimidado a voces, golpeado, desarmado, estrangulado en el garrote, encarcelado, fusilado, juzgado, condenado, deportado, flagelado, vendido, traicionado y por último, sometido a escarnio, ridiculizado, insultado y deshonrado.