Los demonios
VI - Un invierno con renacuajo
VI
UN INVIERNO CON RENACUAJO
La mañana siguiente a aquella noche que había acabado de una forma tan
curiosa en el jardín del palacio Ruthmayr, Schlaggenberg se despertó tarde,
pero más o menos a gusto. Se sentía fresco y oxigenado por dentro. Como
había bebido sobre todo coñac, que era lo que mejor soportaba su estómago,
se había librado de una fuerte resaca. Sobre la mesilla había un telegrama,
de modo que la doncella debía de haber pasado ya por su habitación.
Seguramente habría intentado despertarlo en vano. Schlaggenberg rasgó el
sello del precinto y lo leyó.
Dio un bote en la cama y de un salto llegó hasta el centro de la
habitación. Se quedó allí de pie mirando con los ojos muy abiertos la nieve
de fuera. El telegrama decía: «Llego el lunes a las cuatro. Renacuajo».
En aquellos primeros instantes, al pensar en su hermana (que se hizo
presente en aquella luminosa habitación, aunque no fuera más que como un
presagio), le vinieron a la mente dos imágenes distintas, incluso opuestas,
de su rostro y de su ser. Al principio flotaban por separado en el interior de
Kajetan y muy poco a poco fueron aproximándose una a otra, igual que las
hojas de una puerta que se cierra lentamente. Al final, una de estas
imágenes acabó imponiéndose y la otra quedó como un fondo traslúcido,
más o menos como ocurre con las fotografías sobreimpresas.
Fue entonces cuando Charlotte von Schlaggenberg, conocida como
Renacuajo, apareció verdaderamente.
Kajetan estaba familiarizado con aquel proceso desde hacía mucho. Se
repetía siempre (un pequeño suplicio) cada vez que volvía a ver a Charlotte
o, incluso, cuando tenía noticias de ella después de una separación más o
menos larga.
Era mucho más joven que él.
Hacía muy pocos años que se habían conocido. Seguramente sea la
expresión que mejor lo describa, porque Schlaggenberg no supo de su
existencia hasta 1918, después de la guerra. A pesar de sus diecisiete años,
era prácticamente una niña, por lo que tampoco se preocupó demasiado de
ella. Sin embargo, el poco tiempo que Kajetan pasó en casa de sus padres en
el sur de Estiria escondía las raíces de aquella doble cara que Renacuajo le
había mostrado a partir de entonces siempre que volvían a verse —¡muchas
veces con volver a pensar en ella simplemente!—, sin que lograse
desentrañar de dónde provenía, a pesar de lo importante que hubiera sido
para él. No lo lograba. Existía sin duda una correspondencia entre el rostro
de Renacuajo y el aspecto de una vieja institutriz inglesa que, cuando los
niños crecieron, se quedó en la casa y todavía seguía viviendo allí como
dama de compañía y ama de llaves de la anciana señora Schlaggenberg, la
madre de Kajetan, ya viuda. Poco después de la guerra se produjo un roce
entre miss Rugley, que estaba a punto de cumplir los cincuenta, y
Renacuajo. (¿Dónde había sido? ¿En el gran pabellón del jardín o fuera?
¡Fue dónde estaba aquella gigantesca ponchera verde del aparador con los
vasos a juego, un montón de vasos iguales que ella, como si se hubiera
multiplicado!). Eso era. La expresión del rostro de Renacuajo y la forma en
que plantó cara y despachó a la vieja Rugley, dejándola como sí le hubiera
caído encima un jarro de agua fría. Aquella repentina arrogancia,
completamente absurda, descompuso el rostro de Renacuajo privándole del
halo íntimo y familiar que lo rodeaba hasta entonces…
Hasta hoy, después de haber leído aquel telegrama.
Kajetan había permanecido muchos años lejos de casa. Cierto día, una
muchacha joven, a juzgar por su atuendo, se presentó en la habitación que
ocupaba entonces en Viena y lo llamó «hermano». Poco después, él la
llamaba igual, y asilo sentía. Más tarde empezó a usar el apodo de
«Renacuajo», en parte porque, en opinión de Schlaggenberg, la amplia cara
de Charlotte tenía este aspecto —aunque a muchos les pareciera inaudito
llamar así a una muchacha tan guapa—, y en parte porque este nombre
apuntaba a una naturaleza que todavía había de desarrollarse, que se
encontraba en un estadio preliminar.
Eso es lo que era, sin duda: un renacuajo en grado sumo, y era
plenamente consciente de ello, así que no había problema en decirlo. El
encuentro con su hermano supuso un violento y repentino impulso que
abrió una nueva fase en su vida. Recorrió aquella gran ciudad que había de
convertirse en su mundo, sip dejar de sorprenderse de que, de la noche a la
mañana, hubiera adquirido un significado y una profundidad colosales. En
los años que precedieron al breve matrimonio de Kajetan, pasó algunas
temporadas con él, incluso en cierta oportunidad llegaron a compartir
cuarto; una situación transitoria a la que la «fraternal pareja» se tuvo que
adaptar obligada por la falta de dinero: la hacienda que tenían sus padres en
el sur de Estiria atravesaba una grave situación económica, en especial
desde el declive y desmoronamiento del Banco Austríaco de la Madera en
los años 1924 y 1925. Había sido el consejero de la Cámara Levielle quien
había puesto en contacto al señor Eustach von Schlaggenberg con el citado
instituto, convenciéndole de que empeñara en la empresa gran parte de los
bosques con que contaba la familia. Había resultado un fiasco. Sin embargo,
Kajetan había seguido dependiendo del apoyo paterno durante muchos
años, incluso después de abandonar la universidad; aunque acabó sus
estudios según lo previsto, la azarosa vida que suelen llevar los literatos, el
oficio que había elegido, no le permitió alcanzar la independencia
económica. Más tarde le llegó el turno a Renacuajo. Insistía en ir a la
ciudad para comenzar una carrera. Sus padres tuvieron que hacer enormes
sacrificios para corresponder a su deseo. Aunque lo hacían con todo su
amor, muchas veces les era absolutamente imposible facilitar a su hija con
cierta regularidad la ayuda que requería. Ella, por su parte, aunque se viera
apurada, se resistía pedirles nada en sus cartas. Además del respeto y el
cariño que sentía por sus padres, cuya preocupante situación económica
conocía, había otra circunstancia que le impedía contarles las miserias que
pasaba: era posible que llegara el momento en que la necesidad, que ya era
más que evidente, le obligase a renunciar irrevocablemente a la vida que
llevaba en Viena, de la que nadie le aseguraba que fuese a sacar nada en
limpio, lo que significaría automáticamente volver a la solitaria hacienda de
sus padres para enterrarse en ella. Charlotte no quería ni imaginarse este
último extremo, por claro que lo viera en ocasiones. A pesar de todo, sabía que podía acabar imponiéndose sin más remedio. Para salvar esta quiebra
en la realidad, nuestra muchacha vivía, por así decirlo, en una especie de
estado de trance permanente. Incluso en sus días buenos, en los momentos
felices, tenía que pasar de largo sin mirar. Simplemente no se daba por
enterada. En cambio, en momentos de gran debilidad, se elevaba en su
interior una voz práctica que abogaba por que abandonase. Entonces, la
vida se le hacía mucho más difícil de lo que ya era.
Aunque esto sucedía en raras ocasiones. La mayor parte del tiempo se
concentraba en sus metas, que, en principio, afectaban fundamentalmente a
su mundo interior; incluso en los periodos en que la dominaba su no escasa
pereza y su mala conciencia, una conciencia de culpa. Sus metas interiores
eran, sin embargo, una cuestión delicada y espinosa, un fuego que sólo
calentaba de verdad cuando ardía con fuerza, y que tenía que inflamarse
para poder extender un brillo reconfortante sobre el páramo de una desolada
vida exterior. Esto, sin embargo, era mucho más difícil que las tareas
prácticas y mecánicas de su carrera de música, cuyo éxito, a su vez,
dependía, en definitiva, de su equilibrio emocional… En suma, de cuando
en cuando también ella sufría fuertes depresiones, lo que, al fin y al cabo,
resulta comprensible. Y es que, aunque no queramos, el hombre no es sólo
un estómago y una conciencia del deber; existe algo más: lo que llamamos
vida sentimental, que, a veces, puede dar lugar al amor. De hecho, en las
mujeres jóvenes, este sentimiento prevalece sobre cualquier otro. En este
capítulo, la señorita Schlaggenberg había tenido sus más y sus menos. Es
obvio que había pasado por muchas experiencias de este género desde su
llegada a la ciudad y había puesto tanta pasión en entregarse a ellas como
en negar sus sentimientos, despreciándolos incluso, pues consideraba que
éstos y el tiempo perdido por la confusión que le producían eran energías
robadas, de entrada, a una causa mejor, una forma de malbaratar el escaso
pan de sus padres. Por otra parte, era precisamente en estas ocasiones
cuando se hacía más patente la penosa vida que llevaba, lo que, a su vez,
contribuía de manera especial a reforzar sus dudas y sus escrúpulos de
conciencia… En suma, las fuentes de aquellos periodos de depresión, de
aquella tristeza, no eran pocas.
La última vez que había regresado a la hacienda de su familia, huyendo
del duro verano en la ciudad para pasar unos meses en su tierra, hasta
finales de otoño, como todos los años —fue después del fallecimiento de su
padre, el anciano señor Eustach von Schlaggenberg—, llevaba la firme
resolución de cegar definitivamente una de aquellas fuentes de pesar y
aflicción. Exteriormente, ya se había despedido de ella; ahora se trataba de
transferir esta despedida al interior, lo que le parecía más difícil, sobre todo
en la soledad del campo y con su madre de luto, a la que no quería contarle
nada. Por primera vez sintió miedo al pensar en el otoño, cuando tendría
que regresar al escenario de sus luchas y derrotas, y se prohibió a sí misma
volver allí hasta que la herida de su corazón hubiera sanado completamente
y su cuerpo y sus nervios crispados, desbordados, hubieran vuelto a su
cauce con la vida campestre. Este cuerpo, sin embargo, el de una joven de
veinticinco años —que se había dejado su virginidad por el camino muy
pronto—, empezaba a asediarla para que desistiera de sus propósitos. Como
una tierra de labor arada expele su vapor, una poderosa nostalgia se filtraba
en su cerebro, que se esforzaba desesperadamente por mantener la lucidez y
el control. Fue un verano terrible. Y mientras los campos se cubrían de
rastrojos, ella seguía en la época en que florece el aciano. Llegaron las
nieves. Kajetan supo perfectamente lo que significaba su ausencia.
Pero ya no tenía tan claro lo que podía significar ahora su presencia.
¿Lo habría «superado»? El correo entre ambos se había interrumpido poco
después de su partida, por culpa de él. Kajetan había empezado un mórbido
verano, y ella, por su parte, se veía presa en una vida igualmente limitada.
Renacuajo se había dirigido a él en otoño y a principios del invierno, pero
sus cartas nunca obtuvieron respuesta por parte de Kajetan, a pesar de lo
que le insistió. Renacuajo, que idolatraba a su hermano mostrándole un
desmesurado respeto, acabó por asumir su silencio como una especie de
medida pedagógica: era evidente que quería que llegara sola, sin ayuda ni
apoyo, hasta el final de aquel duro camino. Y enseguida aprobó sin reservas
la decisión y la actitud que su hermano había adoptado, con todo lo que
comportaba.
Él, en cambio, no tenía la conciencia tranquila. Al principio, se había
llevado una gran alegría, pero ahora, en medio de la habitación, con el telegrama en la mano, mirando a la nieve de fuera, sintió que algo se
removía en su interior. La mala conciencia de Kajetan es ya una prueba
evidente de que lo de las medidas pedagógicas no era del todo correcto. Y,
además, sabemos muy bien en qué estado se encontraba el bueno de
Kajetan hacía sólo un par de meses… Es más lógico pensar que no quería
mostrarse ante su hermana desesperado y hundido, aunque no fuera más
que por carta. Es decir, parece ser que actuó así por vanidad. Sin embargo,
puestos a llevar las cosas al extremo, es posible encontrar un punto de
vanidad en prácticamente todas las acciones u omisiones humanas. También
podría ser que en la decisión de Kajetan hubiera jugado un papel importante
cierto sentimiento de responsabilidad para con su hermana. Normalmente,
ponía mucho cuidado en evitar encontrarse con ella cuando no estaba
satisfecho consigo mismo, una costumbre que también mantuvo cuando ella
vino a vivir a la ciudad. Ponía a trabajar su imaginación y no tardaba en
urdir cualquier excusa, por retorcida que fuera… Algo que, por otra parte,
no le resultaba difícil, pues Renacuajo aceptaba sin dudar todo lo que
viniera de su hermano. Kajetan sabía por experiencia (en gran medida por
su breve matrimonio, con un final fulminante, así como por la larga historia
que lo precedió) cómo influía sobre otras personas el mal que había dentro
de él, cuando no lo controlaba y lo manejaba adecuadamente…
Al día siguiente fue a la estación de ferrocarril. Ya anochecía. Por las
calles grises rodaba ruidosamente el tráfico y las primeras luces
congregaban a su alrededor la oscuridad que empezaba a caer. En el andén
no había prácticamente nadie. Un fresco aliento cargado de hollín flotaba en
el recinto de la estación, donde se estancaba la distancia que penetraba a
raudales por las vías. Fuera se alternaban las señales verdes y rojas.
Renacuajo vendría de allí.
Como sucede siempre en estos casos, el tren, que llegaba con retraso,
entró en la estación deslizándose suavemente justo cuando Schlaggenberg
se había relajado por unos instantes, después de una larga y tensa espera. La
muchedumbre que se apeaba se derramó sobre el andén. De repente la vio
allí. Su cara borró, sin dejar rastro, con el milagro de la realidad, las
imágenes que hasta entonces había proyectado su fantasía. El malestar del que hablamos al comienzo de este capítulo ya había quedado atrás mucho
antes.
Se echaron uno en brazos de otro. Él sentía los delicados hombros de
ella. Su rostro le pareció pequeño como un puño. La vida había trabajado
sobre él rebajándolo. Sin embargo, en ese momento, un violento destello
rompió en sus ojos almendrados, unos ojos desmesuradamente grandes,
muy separados uno del otro, que, en cierto modo, hacían que su cabeza
tuviera la misma apariencia que la de un insecto.
Sólo un fino observador los hubiera identificado como hermanos. Su
parecido no era carnal, no se apreciaba en los detalles, por así decirlo. Si
hubiéramos examinado detenidamente su figura, es probable que sólo
hubiéramos encontrado rasgos distintos. Era significativo que ni siquiera se
parecieran mínimamente en fotografía. Sin embargo, cuando hablaban, se
hacía evidente que entre ambos existía un «parentesco», de la naturaleza
que fuera, por la forma en la que se expresaban. Naturalmente, también
podía ser —eso se dice— que Renacuajo se limitase a imitar a su hermano.
Schlaggenberg le formuló una pregunta, apenas la insinuó, y ella le
respondió asintiendo con la cabeza tranquilizadoramente:
—Sí —dijo, aunque luego añadió cautelosamente—, por lo menos eso
creo. Seguro que ha pasado… ¡¿Y tú?! —preguntó de repente, abriendo
mucho los ojos, como si se le acabara de venir a la cabeza lo más
importante de todo.
—También —respondió.
La mirada de Kajetan atravesó los altos y desnudos ventanales de la
estación. Las luces de la ciudad se extendían a lo lejos; unas, las de los
anuncios, coloridas y brillantes; otras, las más pequeñas, rutilantes y
pálidas. En esos instantes sintió que en alguna parte, fuera de su campo de
visión, por así decirlo, había dolor, un dolor aislado que brillaba a lo lejos
como una luz roja. Su rostro debió de contraerse ligeramente, porque
Renacuajo apoyó la mano sobre su brazo. Mientras, un vacío confuso y
atormentado se cerraba de nuevo en él. Se asustó. Estaba claro: era el miedo
que ahora se agitaba en su interior. Y pasó rápidamente a otra cosa. Se
concentró en lo que había vivido hace dos noches con Eulenfeld (al que
Renacuajo conocía bien) y los demás.
—Hasta entonces no había visto ni una cuarta parte de lo que puede
llegar a hacer esta gente. Fue indescriptible. No daba crédito a mis ojos
cuando los vi trepar y escalar hasta la terraza… Arriba había luz. —Iba a
contarle lo sucedido en el jardín del palacio Ruthmayr—. Tienes que
conocer al húngaro del que te hablo…
Schlaggenberg se interrumpió. Parecía haberse distraído con otro
pensamiento.
Renacuajo se reía con todas sus fuerzas, abriendo la boca de oreja a
oreja. Disfrutaba tanto que soltó como un trompetazo la palabra «glorioso»;
entonces se detuvo en seco y miró a Schlaggenberg.
—¿En qué piensas, hermano?
—¡Bah! En nada —dijo él, y se volvió a reír—. ¿Sabes lo que te digo?
Que sí, que fue glorioso. Ese muchacho sabe divertirse. Además, aseguran
que la dama que se encontraron arriba tomó incluso un trago de aquella
botella de coñac… Bueno, nadie dice que no fuera así. Por otra parte, y esto
sí que es gordo, ninguno de los chicos es capaz de recordar dónde fue
exactamente. Tal vez no sea más que una broma. Yo, por mi parte, no estoy
seguro de nada. Al subir al coche le dijeron al conductor, de eso todavía me
acuerdo, que saliera de allí a toda velocidad, daba igual adonde. Era un
automóvil cerrado y muy grande. Estaba oscuro y atestado de gente,
rodábamos unos por encima de otros, hasta el maestre de caballería, cuyo
deportivo había desaparecido misteriosamente en el curso de la noche y no
se sabía muy bien cómo, aunque eso no parecía importarle ni a él ni a nadie.
Resulta que un conocido se había marchado sin más con él. ¡Menudo
sinvergüenza! Se lo devolvió luego el domingo por la tarde…
Renacuajo chillaba alegre, tomando el aire a bocanadas.
—Me he mudado —dijo Schlaggenberg con cierto énfasis, cambiando
de tema—, ahora vivo…
El rostro de ella, que se había contraído y arrugado por la risa como el
de un recién nacido, se quedó helado:
—¡Pero qué estás…! —exclamó ella—. ¡No…! He insistido tanto para
poder recuperar mi habitación de antes. ¡Hasta tres cartas tuve que
escribirle a mi antigua casera de Viena! ¡Incluso le he dado una señal!
¡Tengo que vivir cerca de ti!
—Tuve que mudarme —dijo él—. Los tiempos habían cambiado…
—Pues claro que sí. Lo entiendo, hermano —dijo ella cortándole
inmediatamente—. Disculpa que me haya enfadado. Naturalmente, tenías
que mudarte. Me alegro de saber que estás ahí, aunque sea en las afueras.
Aunque, ¿no podría yo…?
—¡Por supuesto que sí! ¡Me parece magnífico! —exclamó
Schlaggenberg—. ¡Así será! En la periferia hay muchas habitaciones que
podemos alquilar. Mañana mismo me pondré a buscarte una y el primero de
febrero dejas la que tienes ahora.
Ella se había callado. Se quedó pensativa y sobre su pequeña frente se
formaron unas arruguitas:
—De todas formas, no estoy muy segura de si… —empezó a decir por
fin—. Bueno, ¿qué derecho tengo yo a mudarme a las afueras?
Simplemente te estaría imitando, aunque sólo… de una manera superficial.
¿O acaso tú y yo hemos llegado ya a…?
Él lo rechazó. En su cara apareció de pronto aquel gesto atormentado de
antes, cuando estaba arriba, en la estación, y luego volvió a desaparecer.
—Yo no he ido tan lejos —dijo—, pero debería… En cualquier caso,
creo que sencillamente te vendría muy bien cambiar de entorno.
—¡¿Sí?! ¡¿Lo crees así?! —exclamó con una alegría infantil al ver que
su hermano le allanaba el camino, despejando sus reparos y
proporcionándole un pretexto para hacer lo que tanto le apetecía.
—Tienes mucha razón —dijo ella entonces—. ¿Por qué encerrarse de
nuevo entre las mismas cuatro paredes donde nos han ocurrido tantas
desdichas…?
—Sí —dijo él.
Luego callaron. Se pusieron a esperar el siguiente taxi libre a la puerta
de la estación.
La habitación de Renacuajo era agradable. Tenía una cama de metal
lacada en blanco que parecía la cuna de un niño. Al lado había un atril para
las partituras musicales. Schlaggenberg había estado muchas veces aquí. Se
quedó de pie en medio de la estancia con el abrigo puesto y un cigarrillo en
la comisura de los labios. Fue girando lentamente sobre sí mismo, evocando
todos sus recuerdos. Mientras tanto, ella empezó a deshacer poco a poco su equipaje, se llevó los cepillos y el jabón al cuarto de baño, y, ante todo,
examinó cuidadosamente su violín. El instrumento había viajado con ella en
una caja tapizada. Este violín —una pieza italiana auténtica y muy antigua
— traía a su mente un tema doloroso. Representaba el mayor sacrificio
económico que la familia Schlaggenberg había hecho hasta el momento por
su hija.
La estufa chisporroteaba. Como siempre, en las alegrías y en las penas,
hoy igual que hace años, esta extraña pareja se sentó por fin a tomar a un té.
Ambos habían llevado una vida más que agitada en la que seguramente se
hubieran dado ya todas las situaciones por las que una persona joven de tipo
medio pueda pasar, pero lo cierto es que no hubo ninguna en la que antes o
después no se sentaran a tomar un té juntos. De eso no cabe duda.
—¿Sabes algo de Camy? —preguntó Renacuajo de repente.
—No —dijo él.
—¿Y qué tal el asunto del divorcio? —siguió preguntando ella—. En
realidad, sólo sé lo poco que me ha contado mamá de pasada.
—Renacuajo —dijo Kajetan con vehemencia—, tengo que pedirte
perdón por no haberte escrito. Te pido que me perdones, ¡¿me oyes?!
—¡Pero, hermano! —exclamó ella—. Estaba segura de que tendrías tus
motivos para no hacerlo.
—No, Renacuajo —rechazó él—, no tenía ningún motivo en absoluto o,
en cualquier caso, ninguno de peso. Estaba afligido, desesperado, medio
loco, me había convertido en un monstruo egoísta y mezquino. Eso es. De
Camy no he vuelto a saber nada. No se han emprendido acciones legales ni
por mi parte ni por la suya. Yo no remuevo nada y ella, a su vez, tampoco lo
hace. Eso es todo.
Callaron.
—Pero ¿no sería bueno resolver de una vez por todas las cuestiones
formales? —dijo ella al cabo de un rato—. De esa manera tendrías completa
libertad para…
—No lo sé, Renacuajo —dijo él lentamente—. Lo esencial es que me va
muy bien así, tal y como están las cosas. Además, en mi trabajo estoy
teniendo resultados, más o menos satisfactorios.
—¡Ah! —gimió ella—. Llego aquí y te encuentro en plena forma…
¡después de todo! Mientras que yo…
—Si hubieras venido en otoño, hablarías de manera diferente —dijo él
—. La redención nos llega con el más absoluto sigilo, mucho antes de que
armemos un escándalo moral; casi sin darnos cuenta, volvemos a
encontrarnos «en plena forma»; siempre es así, por lo menos en su esencia.
—¿Y cómo podemos llegar a reconocerlo?
Schlaggenberg pasó un rato callado, sin moverse. Ella lo miraba
asombrada y llegó a pensar que tal vez se hubiera quedado dormido, pues
sus ojos estaban cerrados. Pero de repente respondió:
—Hay que prestar atención a las luces rojas.
Parecía que hablaba en sueños.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! —exclamó Renacuajo.
—Sí —dijo él—, es igual que en el ferrocarril.
Ella se quedó con la boca abierta. Kajetan se levantó sonriendo.
—Ya tendremos otra ocasión, Renacuajo —dijo, y la cogió por los
hombros—. Ahora escucha: es de máxima importancia que mañana
temprano te reintegres a tu actividad regular sin esperar más. ¡Mañana
temprano! ¿Comprendido? Pide que te preparen pronto la cena y vete a
dormir. Yo voy a hacer lo mismo.
Estrechó la mano de su hermana y se fue.
Esta vez, Renacuajo obedeció como un soldado. A la mañana siguiente se
despertó temprano, sin que nadie la llamara, algo fuera de lo común. Lo
consideró una buena señal y saltó inmediatamente de la cama.
Una hora más tarde, con el violín en la barbilla, se puso ante el atril. A
decir verdad, ya no sentía aquella angustia que la atenazaba en verano y que
le había hecho sufrir hasta un extremo insoportable; en cambio, se
apoderaron de ella una indiferencia y una frialdad tales que el simple hecho
de levantar el arco le parecía algo superior a sus fuerzas. Desde la calle se
escuchó el timbre de un ciclista. Fuera, en la antesala, la casera hablaba a
media voz con otra mujer. Renacuajo estuvo a punto de dejarse caer sobre
una silla y adormilarse mirando al vacío, aunque tal vez hubiera sido mejor salir al aire libre, a la calle, a tomar aire fresco y a pasear, si es que se puede
decir que el aire de la gran ciudad sea fresco y si un paseo por ese entorno,
recorriendo las calles grises e interminables de los barrios construidos en las
afueras, puede tener algún atractivo. En esos instantes, mientras empezaba a
hacer sus ejercicios de digitación, el desánimo cundió en Renacuajo,
completamente distraída o, más bien, embotada. Era lamentable. En
realidad, ni siquiera sabía por qué estaba allí empeñada en practicar con su
violín. Por un momento pensó en llamar por teléfono a su hermano —pues
era auténtico terror lo que sentía, un terror extremo—, para pedirle ayuda,
como si le ocurriera algo grave. Pero se dio cuenta inmediatamente de que
aquella ocurrencia no era más que un pretexto para abandonar de una vez
las prácticas, aunque sólo fuera para ir a la antesala donde estaba el
teléfono. Así que siguió tocando, si se le puede llamar así.
Poco a poco fue tranquilizándose y acabó por recobrarse de aquel
ataque de pánico. Su corazón volvió a latir normalmente bombeando sangre
a todo el cuerpo. Mientras tocaba, escuchó a través de los muros un
zumbido que se elevaba lentamente y luego volvía a caer. Era como el
sonido de un motor eléctrico —el que puede usar un tejedor en su taller— y
parecía que estaba abajo, en la casa. Renacuajo se imaginó de forma
imprecisa la vida en uno de esos talleres y, de repente, se alegró mucho de
no haberse dejado caer antes sobre la silla para ponerse a pensar en lo
absurda que era su existencia en esta ciudad: absurda, porque su trabajo no
daba fruto. Desde luego, a las primeras de cambio, sin haberlo intentado
más que una vez, había dejado caer las manos desolada, pero no era eso a lo
que le estaba dando vueltas. Tampoco intentó consolarse con la idea de que,
a pesar de todo, no se habría quedado mucho tiempo en aquella silla tan
tentadora sin hacer nada. Consideraba el enorme error que hubiera supuesto
esa interrupción —una posibilidad siempre abierta y más que real hace solo
instante—, un error absoluto que no hubiera podido reparar jamás (¿y quién
se atrevería a afirmar categóricamente que, en el fondo, esta manera suya de
ver las cosas no acertaba a recoger la esencia del problema? No, nadie se
atrevería a afirmarlo). Así que, cuando Renacuajo oyó zumbar ese motor
eléctrico, se alegró (una alegría resignada, es verdad), pensando que, por lo
menos, aún conservaba su puesto aquí, en un ámbito riguroso. Es cierto que había madrugado para poder empezar ahora, a las nueve de la mañana, con
sus ejercicios, una actividad mecánica y monótona —incluso arbitraria—; y,
sin embargo, estaba fuera de toda duda que la ocupación de las personas de
allí abajo, con su motor eléctrico, tenía un fin más claro y era mucho más
útil que los estudios de violín que ella desarrollaba aquí.
Al cabo de un rato dejó los ejercicios de digitación para pasar a algo
más importante: practicar con la mano derecha, la que lleva el arco, y
trabajar precisamente esa técnica, la técnica del arco, como la llaman los
violinistas. Miró un instante por la ventana y observó la fachada de la casa
de enfrente (ahora, con la claridad del día, se notaba que era una fachada
regular, aunque deslucida, y no como ayer, bajo los arcos de las farolas,
cuando, iluminada por la luz directa, parecía un blanco nido de termitas con
multitud de escondrijos); en ese instante, se le vino a la mente el recuerdo
de su cuarto, en casa de sus padres, y a continuación el del pasillo que hay
que recorrer para llegar hasta él. La imagen era débil y vacilante. Pero en
esa atmósfera vaga e indefinida brillaba algo, como una pequeña pieza de
metal, primero en la penumbra del pasillo y luego en la habitación.
Resultaba curioso. Entonces, de repente, se dio cuenta de que allí, en ese
recuerdo, debía de haber algo importante para ella. En ese momento tocó
una leve nota en su violín. Eso era.
Esa pieza metálica era la pequeña tuerca niquelada y hexagonal de la
nuez de su arco. Era aquel arco el que ocupaba su pensamiento mientras
recorría apresuradamente el pasillo en penumbra que llevaba hasta su
habitación (había sido en agosto, ahora lo recordaba). Había subido a toda
prisa desde el jardín, superando la absoluta apatía que caracterizaba su vida
de entonces (¡ya ni siquiera se le podía llamar vida, no era más que una
pasión nostálgica, animal!). Aunque, de vez en cuando, también tenía sus
momentos de lucidez; en uno de ellos había percibido una señal, la promesa
de una auténtica redención: le vinieron a la cabeza ciertas explicaciones de
su profesor sobre la técnica del arco. Fue como si, de repente, comprendiera
por primera vez lo que había querido decirle en aquella ocasión. Inflamada,
inspirada por ese ardor, salió corriendo a buscar su violín para ponerse a
prueba y pocos minutos más tarde había llenado hasta el último rincón de su
cuarto con un sonido que muy rara vez había podido obtener (a decir verdad, no había vuelto a lograrlo desde entonces; después de comer, todo
se había esfumado y sólo le quedaba una dolorosa crispación en el corazón,
que se instaló permanentemente en el lado izquierdo de su pecho, un
malestar físico que ya no desapareció).
Aquel sonido de entonces era el que llenaba su oído ahora, aunque sin
animar su mano. ¡Si pudiera tocar así de nuevo! Todo lo demás parecería
completamente ridículo al lado de semejante dicha.
Cerró los ojos y espoleó su memoria cuanto pudo para revivir
nuevamente en su interior aquel instante pasado; sin embargo, fue en vano:
aquella vivencia había quedado en su pensamiento, pero no en su mano, que
estaba muerta. Una ola de sangre había llegado hasta la punta de sus dedos,
para retirarse de nuevo rápidamente. Y entonces…
Renacuajo se giró poco a poco hacia el atril, se acercó a él con
suavidad, como si hubiera alguien durmiendo en la habitación, y comenzó a
ejercitar mecánicamente la mano derecha igual que lo había hecho antes
con la izquierda. En el fondo era justo lo mismo, tal vez algo menos triste.
Oyó zumbar el motor eléctrico de antes. Renacuajo pasó unos veinte
minutos ejecutando los monótonos ejercicios que le habían prescrito.
Pero, de repente, frunció la boca, clavó los incisivos superiores sobre el
labio inferior y sus ojos almendrados, tan separados uno de otro, se
apretaron hasta convertirse en una sutil hendidura.
La habitación se llenó con un sonido que habría atraído la atención de
cualquier músico con sensibilidad para el violín, obligándole a abrir su
oído. Por fin había acertado, había dado con el punto de aquel violín
italiano, había tocado lo más íntimo de su ser, y el instrumento clamó
jubiloso mostrando su misteriosa vida en toda su riqueza, derrochándola a
raudales.
Renacuajo fue probando todas las posiciones y movimientos del arco.
Así se pasó toda la mañana, unas tres horas con breves interrupciones. Su
rostro se había ensombrecido, profundas arrugas rasgaban su pequeña frente
por encima del nacimiento de la nariz.
Se detuvo un momento. Reinaba un completo silencio. Ni siquiera se
oía el zumbido del motor.
Alrededor de la una del mediodía, Renacuajo dejó de trabajar.
Se quedó sentada en un sillón, apática. Trajeron la comida. No tenía
hambre, pero cuando hubo tomado un par de cucharadas de sopa, sintió un
vivo cosquilleo recorriéndole todo el cuerpo y, entonces, se puso a comer
con un apetito considerable para una joven. No dejó absolutamente nada.
Cuando llegó el café, estaba dando vueltas animadamente alrededor de la
habitación, sentía una gran fuerza, el deseo y el impulso de expandirse
hacia el exterior, pero, sobre todo, de comunicarse. Ya iba al teléfono para
llamar a Kajetan y decirle…
Es curioso que siempre que se veía en situaciones como ésta tuviera la
sensación de que su rostro se transformaba: era como si le creciera una
máscara. También le ocurrió aquel día, en aquellos instantes.
Fue como si su cara se quedara fija, inerte.
Sus rasgos se habían petrificado, como si los cubriera una especie de
pasta endurecida similar a la parafina, una sustancia que ella conocía bien,
por el tratamiento de sus esquíes.
Una cara floja, paralizada, de cartón.
De repente dejó caer las manos. Un sentimiento de angustia se apoderó
de ella, como si el aire se adelgazara y todo se empobreciera y muriera. Era
una sensación que había experimentado con demasiada frecuencia. Cuando
se había llevado una gran alegría, como aquella mañana en la que había
logrado superar una dificultad (lo que, al fin y al cabo, tendría que ser algo
habitual en un día de trabajo), llevaba su pequeño triunfo al extremo y, con
una conciencia demasiado indulgente, se recompensaba, por ejemplo, con
tardes libres o con cualquier otra distracción… Sin embargo, al volver a
casa, había perdido aquel don que ya creía concedido como una gracia y
que, sin embargo, no había conquistado más que parcialmente. La nueva
mañana se convertía en un auténtico infierno. Se dedicaba a cosas absurdas,
empleaba su tiempo en tonterías, con el pretexto de que eran necesarias,
imprescindibles, aunque, en realidad, lo hacía sólo para no tener que tocar
el violín. Estaba dispuesta a seguir cualquier equívoco, a entrar en cualquier
disputa, con aquella irritación sorda y lacerante que procede de la culpa.
De modo que dejó caer las manos. También su barbilla cayó sobre el
pecho, pero en su rostro, sombrío de nuevo, había aparecido una expresión
especialmente despierta y vigilante. Fue un instante como el de aquella mañana, cuando había estado a punto de dejarse caer sobre la silla para
quedarse allí absorta, cavilando y, tal vez, igual de decisivo. Todavía estaba
de pie junto al teléfono de la antesala, cuando volvió a oír el motor eléctrico
que empezaba a zumbar en el piso de abajo. Un minuto más tarde tomaba el
violín en sus manos. El instrumento le resultó extrañamente pesado y una
sensación fría recorrió sus brazos, inspirándole un ligero temor.
Igual que por la mañana, tuvo un cuarto de hora en el que todo le salió
mal, pero una vez que pasó, brotó de nuevo (¡nadie podría decir
exactamente cuándo había sido, pero lo cierto es que estaba allí!) la genuina
voz del violín italiano elevándose desde el cuerpo hueco del instrumento.
En la faz de Renacuajo apareció una expresión que no se puede calificar
más que como una sonrisa de íntima complacencia. A través de la ventana
lanzó una mirada de profunda gratitud al cielo gris de la ciudad.
Dos horas después, Renacuajo dejó de estudiar por aquel día con plena
conciencia de la decisión que tomaba. Es más, tuvo que forzarse a
abandonar el violín, pero reconoció que ya era suficiente para una sola
jornada. Superados los primeros instantes de debilidad, se agitó en ella un
impulso exagerado de comunicarse. Quería llamar por teléfono a Kajetan,
pero se quedó sentada junto a su taza de té, temblando literalmente por el
agotamiento y la ansiedad.
Cinco minutos más tarde, Schlaggenberg entraba en la habitación.
Esa tarde, mientras Renacuajo charlaba con su hermano, experimentó una
extraña sensación al volver la vista atrás. Le mortificaba examinar su
mundo interior, pero lo hizo con todo detalle. Después de analizar los
últimos meses, le pareció que los frutos de aquel día de trabajo eran lo más
natural, que habría tenido que ser así desde hacía mucho tiempo. También
se dio cuenta de que aquella disposición de ánimo en la que se encontraba
entonces representaba, por así decirlo, un mínimo cotidiano, una condición
previa y un mero punto de partida para salir definitivamente de la
confusión. Por otra parte, ahora le parecía que, a pesar de todo, no le había
resultado tan difícil en absoluto: ¡dos empujoncitos, eso había sido todo! Es
algo que cualquiera puede hacer y ella habría tenido que ser capaz de actuar enérgicamente cuando convenía…, por ejemplo, en aquel verano que
acababa de pasar. ¡Hubiera sido posible! (Renacuajo no tenía ni idea de lo
peligroso que era el territorio en el que se estaba adentrando: el terreno del
autoengaño). Se agarró un enfado descomunal por los meses de trabajo que
había perdido, echándole la culpa de ello a un mínimo error… Le había
faltado aquel pequeño impulso al que hoy creía que se lo debía todo.
Y, tal vez, fuera así verdaderamente. En cualquier caso, su hermano se
quedó sorprendido cuando, de pronto, le dijo:
—Ya sé lo que significan las «luces rojas», hermano.
—¿Y… qué significan? —preguntó él riendo.
—Es lo mismo que levantarse a tiempo de una silla cuando el momento
lo exige.
—Bien puede ser así —opinó él.
Añadiremos que, por fortuna, durante los días siguientes, Renacuajo se
mantuvo fiel a aquellos nuevos y provechosos hábitos de vida, sin caer en
una euforia fácil u olvidar que todavía estaba sentando unas condiciones
preliminares para su trabajo, porque, si somos rigurosos, su jornada se
atenía estrictamente al mínimo exigible para cualquier actividad de las
llamadas «artísticas», incluso había días en los que ni siquiera lo llegaba a
cubrir del todo. Sin embargo, hay que decir que, durante las siguientes
semanas, Renacuajo siguió siendo muy consciente de que vivía en un
periodo transitorio. Como conservaba la misma mentalidad que cuando era
una niña, confeccionó una especie de calendario en el que iba tachando los
días con toda su ilusión, pues, a primeros del siguiente mes, Renacuajo se
había dado permiso para mudarse a la ciudad jardín del extrarradio, donde
ya se había asegurado una habitación muy cerca del domicilio de Kajetan,
lo que no había resultado nada fácil, pues nuestra Renacuajo siempre había
tenido que vencer importantes dificultades para encontrar una vivienda.
Todavía no se conoce ninguna casera que soporte que su inquilina se pase el
día entero tocando el violín sin sufrir reiterados ataques de delirio furioso.
Conviene, por tanto, encontrar una casera que, o bien se pase todo el día
fuera de casa, por ejemplo, por motivos profesionales, o bien sea sorda (lo que, a su vez, comportaba otros inconvenientes). Además, Renacuajo
necesitaba una estancia apartada y adecuadamente aislada. Lo que hemos
contado hasta ahora sobre su forma de estudiar baste seguramente para
entender lo sensible que era a las molestias.
Así que, el primero de febrero, llegó por fin el momento: Renacuajo
abandonó el escenario de sus luchas y derrotas, que al final se había
convertido también en el lugar de un triunfo en miniatura.
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