Los demonios

Heimito von Doderer · Capítulo 3 de 36

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Los demonios

Primera parte

 

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I

EN EL MARGEN EXTERIOR

 

El amplio arroyo salpica sin cesar, un velo de agua cae sobre las piedras

pulidas por la corriente. El señor Williams y la señorita Drobil estaban

sentados en medio de su curso, pero en una zona totalmente seca, sobre una

especie de isla que estaba formada por varios bloques de piedra —uno se

podía recostar cómodamente en ella como en un fauteuil— y agrandada por

la arena que había ido arrastrando el agua y que se había depositado

alrededor. Williams llevaba más tiempo viviendo en Viena que Emma, que

hacía sólo seis semanas que había llegado; sin embargo, la ciudad seguía

siendo extraña para ambos, aunque era una extrañeza agradable: tendían la

mano hacia ella como hacia un plato desconocido que, a pesar de todo,

inspira confianza y despierta el apetito. El lugar les venía bien tanto a él,

que había llegado de Búfalo, como a ella, que había venido de Praga. Ahora

ambos, separados el uno del otro por tanta distancia, habían confluido en un

mismo punto, aquí, en el arroyo que hay en lo que se conoce como

Haltertal, por encima de Hütteldorf, a las afueras de Viena. El agua

salpicaba y bullía sin cesar corriendo a su encuentro en un amplio frente,

como si fuese el tiempo de sus vidas discurriendo y perdiéndose de forma

irrevocable, mientras ellos, una paradoja, reposaban en él. Desde allí, la

mirada podía remontarse bien lejos siguiendo el recto curso del arroyo hasta

que por fin doblaba y desaparecía en el verdor.

Como una barra de frío metal que cortase el calor del día, el amplio

lecho del torrente se dilataba en el fondo del valle con una profunda quietud

a pesar de su vivo movimiento. Lo que Williams y Emma hablaban bien

puede obviarse por su absoluta insignificancia. A pesar de todo, incluso lo

más trivial y lo más plano llega a introducirse lo suficiente, por lo menos en

aquel que lo dice —aunque no sea más que por el eco que produce en su cavidad oral—, como para resaltar la condición que le es propia, un carácter

esencial que subyace en su discurso, si cabe decirlo así, como un cojín que

se mete a presión en cualquier parte a modo de cuña.

En realidad era la historia de dos vidas la que se hacía presente en

medio de todo aquello con imágenes que saltaban inesperadamente.

En casa de sus padres, en Búfalo, lo que más le gustaba al pequeño

Dwight era la bodega. Cada botella tenía un hueco apropiado a su diámetro

en un muro de hormigón donde reposaban separadas unas de otras. Se las

podía agarrar por el cuello y sacarlas un poco. Así uno las acercaba a sí y

luego podía volver a empujarlas dentro con la misma facilidad. Cuando

accedió a la enseñanza superior la bautizó como «la biblioteca asiria» y se

imaginaba que los libros escritos sobre cilindros de arcilla tal vez se

hubiesen conservado de manera semejante. Las bodegas, en realidad eran

varias, constituían un sistema muy ordenado, bien aireado e iluminado;

contaban además con algo parecido a un climatizador. La despensa donde

se guardaba la fruta también se distinguía por sus sistemáticos apartados,

por no hablar ya del aroma. Las conservas, por su parte, se organizaban

formando verdaderas pirámides abigarradas y vistosas. Dwight corría por la

bodega detrás de su madre llevando dos cestas y luego subía lo que ella

había escogido. Procuraba no perderse jamás esta tarea, casi un ritual, y

estar siempre preparado para realizarla. La mamá se había acostumbrado a

que así fuera. Ella silbaba por el jardín y Dwight recogía sus cestas al

momento.

Ésta era la bodega. La casa entera tendría que haber sido igual que ella.

Y, en efecto, el mismo principio se aplicaba también a la casa de los padres

de Dwight; sin embargo, el orden y la visión de conjunto que uno tenía en la

bodega jamás se llegaron a alcanzar allí. La bodega era una colección. En la

«biblioteca asiria» siempre quedaban anotadas las entradas y las salidas.

Cuando Dwight empezó a destacar por la pulcritud de su escritura —fue lo

primero que llamó especialmente la atención del muchacho—, su padre le

permitió llevar el registro de la bodega.

Otra cosa eran las mariposas. Dwight empezó a conocerlas mejor en la

universidad; de jovencito no se había preocupado excesivamente por ellas.

Después de haberse presentado ya a varios exámenes de su especialidad, la zoología, Dwight dio con las mariposas al final del segundo curso. No

tuvieron nada que ver ni las vivencias personales ni la idea previa que

hubiera podido formarse de ellas en la infancia. De hecho, las mariposas

habían sido para él poco más o menos lo contrario a la bodega.

Revoloteaban de cuando en cuando y de una forma desordenada sobre los

arbustos y parterres del jardín.

Pero existían libros que registraban las mariposas exactamente igual que

ocurría en aquella época con el que tenían en la bodega para llevar el

inventario. El estudio de una disciplina científica se parece a buscar novia.

La medicina, la zoología o la arqueología, como tales, nos acercan a

muchos objetos diferentes que pueden despertar nuestro amor, hasta que por

fin un eros que hunde sus raíces en lo más profundo de nuestra biografía, un

ámbito prácticamente inescrutable, hace que nos decantemos por uno u otro

en particular: los carcinomas, los lepidópteros o las monedas bracteadas.

Forma parte del juego que los ciudadanos normales ni siquiera sepan en qué

consisten exactamente. Dwight no hubiera sabido precisar cuándo había

surgido en él ese eros especial, aunque sí lo sabía de forma aproximada:

podía haber sido al consultar una obra antigua, concretamente el trabajo de

Scudder, The Butterflies of the Eastern United States (tres volúmenes), o

ante las vitrinas donde se exponían las colecciones de mariposas. ¡De modo

que aquellas cosas livianas que revoloteaban por encima del jardín también

se podían clasificar siguiendo los mismos principios que operaban en la

bodega! Dwight obtuvo el título de doctor tres años más tarde con una tesis

sobre el dimorfismo estacional; para que el ciudadano normal entienda lo

que significa, habría que decir que se trata de un hecho, hasta cierto punto

asombroso, consistente en que ciertas mariposas, después de haber dejado

la crisálida en primavera, presentan un aspecto completamente distinto al

que tendrán en verano, tanto que antaño se las consideraba especies

diferentes.

El joven entomólogo había encaminado sus pasos hacia Brasil y

también a aquel altiplano en medio de la selva virgen que más tarde se

hiciera famoso por una novela de sir Arthur Conan Doyle. Sin embargo, su

vida no adquirió un carácter definido hasta haber pasado por Londres,

donde disfrutó de una dilatada estancia, durante la cual vivió en casa de una tal madame Libesny, que no era inglesa, como indica su apellido bohemio,

sino que procedía también de Viena.

El arroyo no deja de salir a su encuentro en toda su amplitud. El redoble

del agua se escucha en todas partes como un bajo sordo sobre el que destaca

el tiple de la corriente espumeante. El bosque marca su curso a izquierda y

derecha encerrándolo con las copas de sus árboles, pero éste es ancho,

mantiene el bosque separado y abre sobre sí una banda de cielo que sirve

como fondo azul hasta a la última hoja. Hace muchos cientos de años, tal

vez miles, que el arroyo corre por este valle boscoso. Valle y arroyo son

viejos. Comparados con ellos, los árboles, que caen y vuelven a crecer

como si fueran el cabello de la Tierra, son relativamente jóvenes. Arriba a la

derecha cruza la carretera. De tiempo en tiempo pasa un coche y se escucha

un fragor como el que pudiera producir un chaparrón al caer sobre ella.

El padre de Emma Drobil había sido redactor en la agencia de prensa

checoslovaca; antes, en tiempos de la Monarquía Imperial y Real, también

había formado parte durante varios años del Prager Tagblatt. La biografía

de Emma, conocida en su círculo de amistades como «la Drobile», no había

hecho todavía progresos significativos en el punto en el que nos hemos

detenido para acercarnos a ella —en el arroyo del Harltertal, en el verano de

1926—, pues apenas superaba la ridícula edad de veinte años. Como sabía

taquigrafía y era capaz de emplearla por igual en inglés, checo y alemán,

dominaba la correspondencia comercial y, además de todo eso, era una

persona inteligente e incluso culta (¡hasta con un latín pasable, por

ejemplo!), cuando su hermoso rostro apareció por una reconocida empresa

de transportes suscitó un innegable interés y pronto le hicieron una

sustanciosa oferta para que ocupara un puesto muy atractivo; no haría falta

añadir que la Drobila era alta y tenía buen tipo y que su alto pecho la

precedía como un heraldo en un desfile de categoría. En Praga, la mamá se

resignó viendo que su talentosa hija se marchaba al extranjero para ser

independiente, y más en concreto a Viena, pues eso es lo que Emma había

querido siempre. Ahora vivía en la Hadikgasse, en el distrito de Hietzing,

en una vivienda que no estaba mal, elegante y luminosa. Mantenía con su

madre una nutrida correspondencia llena de ternura.

En el arroyo no había cambiado nada —desde hacía mucho tiempo,

como ya quedó dicho—, de modo que es prácticamente imposible decir

nada nuevo sobre él. Pero Williams estaba pensando entonces en aquella

señora Libesny de quien hablábamos antes. Si hasta ese momento todo en

su existencia resultaba más o menos plano —«como en una bodega», por

así decirlo—, ahora la historia de su vida comenzó a desarrollarse en una

nueva dimensión, la tercera; pasó, por lo tanto, de la planimetría a la

estereométria; sin salir, bien es cierto, de la geometría euclídea, aunque para

Dwight Williams la cuestión era ya bastante complicada. Resulta que ahora

no sólo hay libros para llevar el registro de las bodegas y catálogos de

mariposas, sino también libros de psicología. En honor a la verdad, hay que

decir que Williams intentó servirse de ellos, aunque aquello no condujo a

nada, no obtuvo ningún resultado ni sacó nada en limpio.

Madame Libesny vivía en Battersea, no muy lejos del Albert Bridge,

desde sus ventanas se podía ver el parque que hay al otro lado de la calle; la

habitación de Dwight también daba hacia allí. Se encontraba

convenientemente separada del resto de la vivienda. Madame Libesny vivía

sola; era viuda o separada o algo así; parecía tener dinero y no buscaba

obtener beneficios. Una vez mencionó a su hijo mayor. Además había

fotografías de él por todas partes; era guapo y de pelo oscuro. Madame

Libesny también tenía dos hijas casadas en América, a lo que había que

sumar los numerosos vínculos que la unían con Viena. Entre ellos estaba

una tal Mary («mi amiga Mary»). Dwight vio su foto. Le pareció muy

hermosa. Su casera comentó además que la dama había perdido la pierna

derecha hacía cosa de un mes por un accidente que había sufrido en la calle.

Una terrible desgracia. Esta noticia provocó en Williams un dolor agudo y

casi punzante.

Había ido a Londres por las mariposas. No es que Dwight quisiera cazar

algún ejemplar, sino que había retomado su trabajo como especialista con

un nuevo estudio, el primero desde hacía años: había vuelto para ver a un

erudito inglés que poseía colecciones personales que podrían resultarle

útiles en su labor. Dwight trabajó con él. Los señores habían colaborado en

una publicación realizada por encargo. El profesor vivía al otro lado del Támesis, en Chelsea. A Dwight le gustaba acudir allí. Le agradaba esa parte

de la ciudad con sus casitas bajas y las escaleritas delante.

Había veces que el doctor Williams tomaba el té con madame Libesny

en el salón de ésta. También aquí, como en el resto de la casa, parecían

predominar el verde y el blanco, tonos pálidos, satinados, aunque tampoco

podían confirmarse en todos los detalles; así, por ejemplo, había entre sus

muebles varios de tono oscuro, estilo Imperio y Biedermeier. La doncella

que traía el té se llamaba Anna y también era natural de Viena.

Evidentemente, Dwight no sabía su apellido y, por otro lado, habría sido

prácticamente incapaz de pronunciarlo. Al igual que su señora, Anna

Kakabsa mantenía correspondencia y vínculos con su hogar, donde tenía a

su madre, que todavía vivía, y a su hermana Ludmilla, que estaba en el

servicio de una distinguida casa. Con su hermano Leonhard, sin embargo,

obrero en una fábrica vienesa de confección de correas, no mantenía

correspondencia alguna. Sólo de tarde en tarde recibía noticias de él a través

de Ludmilla confirmándole que le iba bien.

La luz blanca y verde de la vivienda podía explicarse convincentemente

partiendo del cielo que se extendía por encima de las copas de los árboles

del parque hasta el otro lado ele Prince Albert Bridge Road. Sobre este

fondo, se manifestaba un dimorfismo que Dwight pudo observar

fugazmente en alguna ocasión, pues no se aprecia a lo largo de toda una

temporada; nada de eso, dura exclusivamente un día, incluso menos, tan

sólo unas horas (horadimorfismo). «Se aprecia…», pensó Dwight, que

como especialista tendía de modo natural a considerar que cualquier

fenómeno es subjetivo, es decir, que sólo existe en tanto que representación

y, por consiguiente, carece de valor como forma de percibir un dato externo.

Bueno, puede que así fuera, pero lo tenía completamente fascinado.

Cuando madame Libesny hablaba con su doncella Anna, tenía un aspecto

completamente distinto al que mostraba justo después, reclinada de nuevo

sobre el fauteuil con aquel tapizado de color verde pálido. Madame Libesny

hablaba en alemán con su doncella, pero era un alemán que a Dwight le

costaba seguir, tenía una tonalidad nueva para él y una sintaxis que rompía

continuamente el hilo de su comprensión; ocurría lo mismo cuando Anna

respondía a su señora, para lo que la mayoría de las veces se servía de largas frases y numerosas repeticiones; a pesar de todo, Dwight no era

capaz de seguirla. Cuando la muchacha estaba en la habitación, la cara de

madame Libesny se encogía y presentaba el mismo corte que un tejado a

doble vertiente que tomara la nariz como eje central, una nariz que

sobresalía de tal modo que parecía la punta de un cuchillo. Si la muchacha

se había marchado y madame Libesny volvía a recostarse, su semblante

adquiría al momento un aspecto similar al de aquella señora, Mary, la que

había perdido la pierna hacía poco. El retrato de Mary que Dwight conocía

estaba tomado de perfil, mostraba su lado derecho, podían verse tres cuartas

partes del rostro, un rostro blanco, semejante a una fruta abierta, pero

surcado al mismo tiempo por una suerte de inteligente agudeza. Por lo

demás, la imagen estaba en un marco de madera lisa de color marrón sobre

una repisita al lado de una enorme librería repleta de libros hasta el último

rincón. Cuando Dwight se quedaba de pie junto a ella y contemplaba la foto

de la dama, siempre volvía a sentir en cierta medida aquel punzante dolor

que había experimentado la primera vez que oyó hablar de su accidente…

Pero ahora, justamente ahora —al abrigo de la charla con la Drobila,

que proseguía interminablemente—, un recuerdo surgió en Dwight como

una madera pegada de algún modo al fondo de un estanque que, al soltarse,

asciende disparada y acaba emergiendo parcialmente por encima de la

superficie: la brusquedad con la que surgió logró descomponer aquella

confusa mezcla de voces del arroyo y, de repente, Dwight ya no oyó más

que el redoble de un bajo sordo sobre el que resonaba un tiple agudo,

estridente.

Había buscado a Mary en los brazos de la señora Libesny: aquel

abandono era Mary, el fruto abierto, la cabeza reclinada, el pelo oscuro

sobre el cojín. Pero también la agudeza; ésta provenía de aquel retrato,

mordía con dientes dulces y, en algunos momentos, mostraba una violencia

seca, ardiente, de la que resulta obvio que su dueña sabía; y, por encima de

todo, estaba aquel cuerpo estremeciéndose salvajemente…, aunque con

pleno conocimiento, sometiéndose a su propia condición con plena

conciencia. Algo así. Dwight no hubiera sabido expresarlo. Mientras

hablaba con la Drobila sobre una revista que se representaba en el teatro, su oído ya sólo percibía aquel tiple más que estridente del agua. Todos los

bajos habían cesado por completo.

Naturalmente, la Drobila no notaba nada. Desde luego no había nacido

ayer, tenía experiencia, eso hay que reconocerlo. En definitiva, había

cumplido con lo obligado poco después de acabar el bachillerato; no es de

admirar cuando una se lanza al mar llevando un mascarón de proa como el

pecho de Emma. Es infalible. Pero la Drobila mantenía el rumbo. Planteaba

severas exigencias y demandas muy concretas a los hombres. Así, por

ejemplo, ya que había de tomar marido —accediendo a un estado cuyas

desventajas le resultaban evidentes—, deseaba estar protegida y no tener

que volver a preocuparse jamás por nada. Pero tener marido y trabajar

además para ganarse el pan de cada día, eso le parecía una contradicción y

lo rechazaba. No era ninguna tonta.

Ahora habían dejado el arroyo. Su rumor desapareció detrás de los

árboles de la orilla y de la densa vegetación como detrás de una puerta que

se cerrara de golpe al atravesar la carretera.

El doctor Williams y la Drobila ascendieron por la pendiente al otro

lado de la calzada, siguiendo en todo momento la dirección que marca esa

cadena de montañas a la que llaman el «Cordón». La ladera era empinada.

Por arriba discurría entre ligeras ondulaciones, casi llana. Se trataba de un

bosque, un bosque frondoso, un bosque auténtico, libre, silvestre, colina

arriba, colina abajo; y a apenas cincuenta minutos del centro de la gran

ciudad si uno cogía el tranvía hasta Hütteldorf.

Qué era en realidad lo que cada uno quería hacer con el otro, del otro o

para el otro es algo que al principio todavía resultaba opaco, ambiguo e

impreciso, casi imposible de determinar. Iban paseando juntos, punto. Y, sin

embargo, cualquier ocasión, no importa cuál sea su naturaleza, que reúne a

dos personas de distinto sexo se vuelve sospechosa. Aunque eso a Dwight

no le preocupaba. Ahora estaba pensando en su habitación de Londres, en

Albert Street. En un rincón había un antiguo armario con un primoroso

trabajo de marquetería que representaba escenas de la historia inglesa, entre

otros se veía al rey Enrique VIII rodeado por sus esposas, a las que mató,

cada una en un medallón. El conjunto parecía un mal chiste, especialmente la fisonomía del rey. A Dwight la pieza no le gustaba. Le parecía un nudo

de su propio enredo interior.

Dwight había conocido a la señorita Drobil de la manera más sencilla

que quepa imaginar: la empresa de ella había sido la encargada de expedir

una caja con sus libros desde Londres hasta aquí.

Y ahí los teníamos caminando. Arriba, en lo más alto, en una explanada

sobre la loma de la colina, había una torre con un mirador y a su lado un

hostal.

Los bosques de Viena no son un paisaje inocente. Todo es fugitivo y

vaporoso, con líneas curvas que fluctúan ligeras. Y, sin embargo, existe una

gravedad latente que nos acecha, la gravedad de la melancolía, un peligro

incluso para las personas más sanas; sí, para ellas más que nadie.

Despedirse de la montaña y de la colina, de las laderas cuajadas de villas

que se deslizan hacia los valles boscosos, es exactamente igual que

despedirse de todos esos amables detalles radicados en Occidente y del

paisaje de dimensiones reducidas; sí, es como despedirse de la pequeñez de

Grecia, justo antes de entrar en Oriente con sus desmedidas extensiones: no

muy lejos de aquí comienza la llanura que huye y se desliza hacia Hungría.

Todo aumenta de tamaño y reduce sus detalles, y conforme crece la medida

del paisaje también lo hace la medida del tiempo. No en todas las vidas

existe ese pequeño jardín tan especial, aun cuando sea invisible. Por aquí

pasaron los pueblos bárbaros en la Antigüedad. Todavía hoy, por ejemplo

en Rusia, se ven hombres que cambian de lugar constantemente llevando

sus hatillos, arrastrando detrás de sí maletas de madera sobre carritos o

trineos. Cambian de lugar. Sí, tienen que cambiar de lugar. Se los acosa. La

vida individual no se subleva: es muy poco lo que posee para pensar en una

sublevación. Un alma se mezcla con otra como el humo. De ahí que los

hombres sean tan fraternales en esas tierras. Mientras que aquí, hasta donde

llega Occidente, hasta donde llegan Grecia y Roma (por simplificar), uno se

encuentra solo entre el jardincito que cuida con mimo y el pequeño porche

de la casa de la que por ley y derecho nadie va a poder echarlo. Está a solas

consigo mismo, rodeado por el aire azul y tibio, es libre por los cuatro

costados como una estatua exenta. Sólo así puede actuar, sólo así puede ser

grande o pequeño, torcido o recto, bueno o malo. Pero no si se incorpora humildemente a algún rebaño trashumante, si deja que lo atrapen y lo

integren, tragando y tragando sin cesar, asumiendo que es justo así como ha

de ser.

Es posible que Dwight y la señorita Drobil supieran todas estas cosas y

tal vez incluso estaban familiarizados con ellas de algún modo,

académicamente. Pero no eran en absoluto conscientes de su trasfondo,

aquél sobre el que actuaban y se desarrollaba su vida privada, pues, de otra

forma, de haberlo tenido presente, se habría convertido en un primer plano.

La relación que mantenían con él era mucho más concreta; pues, como se

ha dicho, no eran más que el resultado directo de circunstancias que

determinaban su vida privada, una forma de vivir titubeante, como brújulas

que se vuelven a un lado u otro, que unas veces vacilan en lugar de fijarse

en un punto y otras muchas giran en remolino en vez de mantener una

dirección, pero que a la postre y en cualquier caso son responsables del

camino tomado, son como figuras que se pueden rodear por completo y en

torno a las cuales todas las posibilidades siguen estando totalmente abiertas,

una vida abierta a todos los vientos, que acaba por dirimir sus discrepancias

y controversias, por resolver cualquier tira y afloja en una suerte de libre

concurso, por llamarlo así, que se salda dentro, en el corazón de la figura.

Sin la libre dialéctica no existe Grecia.

Sólo una nota al margen. En cualquier situación, lo más revelador es

aquello que se da por supuesto. Al mismo tiempo es lo más difícil de

percibir. Los indígenas confiados y hospitalarios que viven en países

remotos e islas primitivas no han tenido empacho en mostrar a los

etnólogos aspectos sumamente curiosos de su cultura: en cambio, hay

matices en sus costumbres y en su forma de ver el mundo que jamás se

tocan, porque estos pueblos los dan por supuestos. Y habría sido

precisamente eso, el núcleo de la nación, lo que la distingue del resto, lo

que a buen seguro hubiera interesado más a los profesores. Pero siempre

tienen que sacarlo poco a poco, dando rodeos, mediante cautelosas

preguntas.

Algo semejante nos habría ocurrido en el caso de Dwight y la señorita

Drobil. Mientras tanto ya se habían acomodado al pie de la torre del

mirador para tomar una cerveza; no en vano la Drobila era de Bohemia y a los americanos también les gusta mucho tomarse una buena cerveza.

Naturalmente, a nuestra Emma le hubiera venido mejor una genuina Pilsen,

pero ese tipo de cerveza sólo lo tenían en la ciudad y la de aquí tampoco

tenía mal paladar. Los dos habían acabado algo acalorados después del

ascenso hasta la loma. Ahora el cielo se curvaba en una bóveda sin nubes.

Al lado de la torre del mirador, en un jardincito rodeado por una cerca,

andaba dando saltos un pequeño corderito. Llevaba una cinta azul alrededor

del cuello con una pequeña campanilla que tocaba suavemente de vez en

cuando. Un niño apareció por una de las ventanas de la casa gritando:

—¡Tschapei! ¡Tschapei!

Se trataba evidentemente del nombre del corderito, que contestó

diciendo:

—¡Beee!

Dwight estaba en Viena por las mariposas. No es que quisiera cazar

algún ejemplar, sino que estaba interesado en contribuir a la reorganización

de las colecciones lepidopterológicas del Museo de Historia Natural, ya que

de este modo tendría ocasión de examinar al completo un material que

podría resultarle útil en su labor; y por esta razón había hecho que lo

enviaran o, en realidad, que lo llamaran aquí. Sin embargo, el museo

constituía solamente uno de los polos que orientaban su presencia en Viena,

uno muy firme, asentado sobre cimientos tan sólidos como el Museo de

Historia del Arte que se veía al otro lado cuando uno miraba por la alta

ventana ojival de la sala de trabajo; externamente era en todo idéntico al

edificio donde se encontraba: una imagen especular que se reflejaba al otro

lado de unos jardines verdes con paseos. Arriba, un vasto cielo. Abajo, la

alta estatua, en realidad una figura sedente, de la emperatriz sobre sus

paladines a caballo situados en el pedestal. Ésta marcaba un punto de

referencia, era el ombligo, el centro donde convergía todo lo que se veía

allí.

El otro polo lo constituía la señora Mary; aunque no fuera posible

localizarla, de ahí que estuviera presente de una manera difusa casi en todas

partes.

En Albert Street le había resultado sencillamente imposible pedirle por

fin a madame Libesny el apellido de la señora Mary y su dirección en Viena. Cuando Dwight se quedaba algún tiempo de pie junto a la librería

mirando su retrato, el dimorfismo hacía su aparición.

Hay que decir además que madame Libesny tenía dos piernas

extraordinariamente hermosas.

 

La señora Mary K. no pasó en Viena el verano de 1926. Permaneció en

Múnich meses y meses, al final más de medio año. En Múnich ejercía

entonces un conocido ortopeda, el profesor Habermann. Fuera de su clínica

lo rodeaba un pequeño círculo de pacientes con una férrea determinación,

por llamarlo de alguna manera, que habían resuelto no dejarse aplastar por

el hecho de que en algún momento y de algún modo hubieran quedado

atrapados en el mecanismo de la vida; sí, en algunos casos, sus mejores

fuerzas provenían precisamente de su negativa a conformarse con que les

hubiera caído en suerte un destino semejante al de la señora Mary K. La

movilización del yo para que diera la batalla era algo que el profesor

Habermann fomentaba con mucha habilidad, no sólo mediante los recursos

ortopédicos más novedosos, sino interviniendo también en el plano

psicológico.

La señora Mary vivía en un conocido hotel de Múnich, no muy lejos de

la estación central de ferrocarril, y estaba muy bien atendida. Su amplia

habitación se encontraba en la esquina del edificio y tenía por tanto

ventanas que daban a dos lados, a dos calles diferentes.

Allí dedicó muchos meses a culminar con abnegación y firmeza la obra

que se había impuesto. Para poder prescindir de la pieza que suplía su

pierna y de las muletas, Habermann exigió desde el primer momento

ejercicios diarios para aprender a andar con la nueva prótesis; exigía que el

paciente no desistiera, que apretara los dientes y practicase como si su vida

dependiera de ello (¡y dependía de ello!); exigía que las rozaduras y las

llagas que aparecían constantemente en uno u otro punto —el muñón, en el

caso de Mary la parte superior del muslo, se encontraba metido en una

especie de cápsula o casquete— no fueran motivo para que el paciente

abandonara sus prácticas: naturalmente, todo estaba regulado al detalle y

prescrita la forma en que había de desarrollarse. En casos como éste se producían a menudo pequeñas heridas que abrían aquí o allá partes ya

curadas; había que tratar este tipo de lesiones, pero el ejercicio, siempre que

fuera posible, no debía sufrir la menor interrupción. El proceso en su

conjunto se podría comparar en cierto modo, aunque sea un parangón

remoto y limitado a algo inofensivo, con el que se desarrolla cuando uno

debe acostumbrarse a una prótesis dental: también en este caso ocurre a

menudo que ciertas zonas se vuelven más sensibles al principio, lo que

entorpece la masticación; con la pierna pasa lo mismo, parece insoportable

dar un paso con el miembro postizo, que, por cierto, está construido para

dar la ilusión de uno auténtico y también lleva su media y su calzado.

Fue aquí, por tanto, en esta habitación de la esquina del hotel Feldhütter

de Múnich, donde la señora Mary se superó en su aristeia, que es como

Homero llama en la Ilíada a los combates más grandiosos y dignos de

elogio que libran sus héroes, pues el profesor Habermann no tardó mucho

en recomendar, después de la oportuna iniciación, que también practicara

sola y en casa regularmente, a diario, y que no dejara de hacer intentos de

andar. Así que la señora Mary soportaba su tarea y el peso de su cuerpo, que

tan torpe se había vuelto, mientras recorría en diagonal la estancia, de una

ventana a otra de la habitación, con la boca ligeramente torcida y

apoyándose sobre un bastón de ébano. Sentía el rumor de una sorda presión.

Y luego una pequeña punzada de dolor. La prótesis colgaba del cuerpo tan

inerte como era en realidad. Sin embargo, había de ser integrada en el

cuerpo, si es que podía decirse así, y articulada con él como un miembro

más.

Mary se detenía mientras avanzaba a trompicones y levantaba la vista.

Debe de haber estado muy hermosa en esos instantes. Aunque el sol no

brillase, la luz entraba a través de la ventana alta y amplia para ir a caer

directamente sobre ella. Una mujer inteligente, verdaderamente educada,

con los rasgos de una raza primigenia que ahora resultaban imponentes, casi

venerables, el cabello brillando como el cobre alrededor de la frente cuya

piel resplandecía como el interior de una concha que guardara una perla:

todo aquello se veía seriamente comprometido ahora que estaba a punto de

alcanzar el verdadero esplendor de una mujer entre los cuarenta y los

cincuenta años; tenía la impresión de que el infortunio no sólo le había arrancado una pierna por encima de la rodilla, sino las dos, y los brazos

también, sin dejar más que un tronco inmóvil, absurdo.

Sus dientecillos blancos estaban enterrados bajo el labio inferior. La red

de tiernas arrugas que aquella larga y penosa convalecencia había tendido

sobre su rostro —en el que jamás había faltado una chispa de ingenio— se

estrechaba firmemente. Su cabeza estaba hundida. Alrededor de los ojos

ardía un anillo incandescente; entonces cerró los párpados y las lágrimas

reprimidas cayeron al suelo una a una.

Y, sin embargo, aunque tuviera sus horas bajas, breves instantes en los

que parecía encontrarse al borde de la desesperación, había un doble fondo

que le impedía hundirse: la certeza de que lo más duro ya lo había pasado;

lo más duro, aunque no en lo relativo a su tarea de ahora, aquí en esta

habitación, con el profesor Habermann, sino en términos absolutos, lo más

duro de todo lo que se le había venido encima, si se puede decir así,

mientras aún yacía convaleciente en el Hospital de Urgencias de Viena:

disolver esta catástrofe a lo largo del tiempo; lograr que lo que había

acontecido en cuestión de segundos se convirtiera a partir de entonces en el

fundamento de años; no remover la época anterior a la desgracia, volviendo,

por ejemplo, a aquellas últimas horas, justo antes, cuando no sabía nada; no

preguntarse cómo había sido posible, sino decirse que así es como estaban

las cosas ahora. Había que estirar el horror a lo largo del tiempo y

consumirlo en pequeñas porciones, asimilarlo, para acabar dominándolo y

haciéndolo desaparecer…, exactamente igual que ocurría aquí y ahora.

¡Pero hasta que llegara ese momento!

Una vez que había salido a la calle en la silla de ruedas que tuvieron que

proporcionarle —¡qué situación en el ascensor!, sus dos hijos mayores o el

portero ayudaban siempre a la fiel Marie—, pasó por delante del escaparate

de una zapatería y fue como si hubiera visto multiplicado su propio pie sano

detrás del cristal. Multiplicado. Sí, había sido demasiado. Media vuelta, a

casa.

Aquella noche llegó la crisis. Había despachado a Marie y estaba

sentada en camisón al borde de la cama. Se levantó ligeramente la ropa y

entonces vio el muñón con las cicatrices marrones. En ese instante se

encontró convertida en un tronco amorfo, chafado, un tubérculo, un gnomo.

Sus ojos seguían secos. Ya no había más dolor. De repente comprendió

la grandeza de su situación y, con ello, que era su momento: así fue capaz

de entender lo que éste exigía. Sus ojos relampaguearon.

—¡Mary! —dijo en voz alta dirigiéndose a sí misma.

La doncella apareció. Había creído que la estaban llamando. Pero la

señora ya había dado un pequeño salto de tigre allí y entonces,

anticipándose a su viaje a Múnich para ver al profesor Habermann.

Muchas veces, en los primeros tiempos, Marie se había encontrado con

su señora, que avanzaba pesadamente apoyada sobre sus muletas —se la oía

venir desde lejos atravesando las habitaciones—, llevando la amargura en

los ojos, rojos de llorar. Tampoco sus dos hijos lo tuvieron fácil; el chico, un

muchacho despierto que acababa de entrar en el instituto superior, y su

hermana mayor, con el cabello rubio cobrizo y la piel lechosa, esbelta y con

la naricita chata. La muchacha dormía al lado de su madre en una cama

supletoria junto a la de matrimonio, una costumbre que se había establecido

desde el fallecimiento del señor Oskar K. —en febrero de 1924— por

voluntad de la hija, con toda discreción y naturalidad, para consolar a su

madre, que de esta manera se veía protegida de las fauces abismales de una

habitación de matrimonio muerta, y ahora además para impedir que se

quedase sola, desamparada en medio de la noche, sobre todo al principio,

cuando necesitaba de unas manos que la ayudasen en infinidad de pequeñas

rutinas cotidianas.

Ya en aquellos primeros tiempos, Mary se conmovía al considerar que

en su funesto destino se podía ver casi una bendición, ya que éste había

evitado al menos que su difunto marido tuviera que vivir en las presentes

circunstancias. Tenía la suficiente fantasía para formarse una idea

aproximada de la cantidad de situaciones sumamente embarazosas que no

habían llegado a producirse. Como es natural, no era ningún consuelo, pero

sí un alivio.

La hija de Mary —a la que llamaban Trix, porque su nombre era Beatrix

— no se apartaba del lado de su madre, mostrándose siempre dispuesta a

ayudar en lo que fuera. Hay quien la habría considerado una muchacha

poco menos que insensible. Su ser parecía estar revestido por un capa

exterior impenetrable de una serenidad beatífica, despreocupada, con la que se defendía en todo momento, incluso ahora. Para Mary esta circunstancia

tenía un extraordinario valor; sí, en los últimos tiempos, después del

accidente, le brindaba un apoyo verdaderamente esencial.

Pero el rasgo más característico del rostro de esta persona de dieciséis

años, tan femenina y hace tiempo adulta, eran sus ojos oscuros —¡junto a

aquel cabello de un rubio cobrizo tan intenso y la piel blanca como la leche!

—, ojos que descubrían un estrato más profundo del alma y, al mismo

tiempo, revelaban los violentos movimientos a los que ésta estaba expuesta.

Casi siempre que su madre se dirigía a ella, por ejemplo para pedirle

cualquier cosa desde la cama vecina, la forma de actuar de la hija, serena y

segura, venía acompañada de un oscurecimiento en la mirada, casi afligida,

que permitía adivinar un tempestuoso torbellino de ternura y de compasión

que se mantenía oculto cuidadosamente. Si ya antes esta relación entre

madre e hija se asemejaba a la que puede darse entre dos amigas íntimas,

ahora llegó a convertirse en un vínculo tan estrecho que difícilmente se

puede imaginar, pues la madre se había transformado en muchos sentidos

en una niña desamparada.

Marie no había podido viajar a Múnich. Para el viaje habían buscado a

una enfermera. De ese modo, la vida doméstica en Viena quedó en manos

de la fiel doncella. Además, unos amigos —la familia Küffer de Döbling,

propietarios de la fábrica de cervezas del mismo nombre— se habían

comprometido, si se puede decir así, a tutelar el hogar de Mary durante el

tiempo que durara su ausencia. Los niños de Mary trataban mucho con los

más jóvenes de los Küffer.

Si en Viena Mary había adquirido últimamente la costumbre de evitar

todos aquellos pensamientos que tuvieran que ver tanto con el accidente

como con las horas previas —las últimas horas en las que todavía estaba

sana y salva, sus últimas horas completas, por llamarlas de algún modo,

aquella tarde del 21 de septiembre de 1925, un lunes—, este angustioso

rigor se relajó aquí en Múnich. Mary se sentía, en general, más segura,

apoyada en la barandilla de su actividad cotidiana ardua y dolorosa.

Hoy los ejercicios habían ido bien. Sus miembros ya sentían en cada

fibra lo que algún día llegaría a ser esta prótesis: tenía que serlo. Mary sacó

un bloc de papel de cartas y su pluma estilográfica y comenzó a escribir con trazos vigorosos un informe sobre su estado para su amiga Grete

Siebenschein, la hija mayor del doctor Ferry Siebenschein, un abogado que

vivía en la misma casa que ella, un piso por debajo. Y comenzó su informe

expresándole a Grete su profundo agradecimiento por el gran apoyo que le

había prestado en todos los sentidos durante los primeros meses que

siguieron a la desgracia, un apoyo en absoluto menor que el de su propia

hija. Además de lo amable y generosa que había sido al querer ocuparse un

poco de los dos niños en su ausencia.

Pero aquella primera época ya había pasado, y ella, Mary, pronto

volvería a «ponerse en pie» y ya no le tendría miedo a las zapaterías.

 

Dwight y Emma habían abandonado el hostal de la torre del mirador y

volvían a pasear por la loma. El bosque se abría inmenso y despejado; entre

los troncos de las hayas, el verde untuoso del ajo silvestre cubría el suelo

extendiendo ya sus amplias hojas. El horizonte tendía aquí y allá alguno de

sus bastidores cubriendo con un lienzo verde azulado la pendiente de una

montaña cuyo contorno, sin embargo, parecía festoneado por las nubes

sobre el azul del cielo, por encima de la bóveda construida con las

incontables copas de los árboles.

Sí, aún no es posible decir si los dos quieren algo del otro, con el otro,

para el otro. No se caían mal, seguramente eso era todo. No se aventuraron

a entrar allí donde las aguas de este paseo en común se volvían más

profundas; y es que tal vez no hubiera mayor profundidad, aunque casi

parece mentira decir algo así: siempre la hay. Con todo, en el punto en que

se encontraban el agua no les llegaba ni siquiera a los tobillos. Uno podía

sacar el pie y decir que había dado un paseo con el doctor Williams, con la

señorita Drobil.

Pero la Drobil no pensaba en nada de todo esto. En cualquier relación

entre ambos sexos, los hombres siempre son los primeros que pierden la

desenvoltura, pues este tipo de relaciones no están en su primera naturaleza,

sino en una segunda y, por lo tanto, se trata de asuntos en los que

desgraciadamente se miden muy bien las distancias: demasiado lejos para

ser uno con ella y, sin embargo, demasiado cerca como para no sentir un cosquilleo. En otras palabras: el doctor Williams fue el primero en llegar al

fondo del asunto y, al hacerlo, se quedó solo, pues a la Drobil todavía le

resultaba completamente indiferente. Ella no entraría en efervescencia hasta

más tarde. Por eso, después de la excursión, tuvo incluso la ocurrencia de

invitar a Dwight a tomar el té tranquilamente en la habitación que ocupaba

en Hietzing, en la Hadikgasse, sólo porque en esos instantes sentía que no le

apetecía nada estar sola y a él tampoco.

Éste era el entorno en el que había pasado su primera juventud Camy

Schlaggenberg, la hija del director médico Schedik, y cuadraba con ella

tanto como su propio nombre, Camilla (en cambio, no cuadraba en absoluto

con Drobil, aunque ella, en realidad, no estaba aquí más que de paso). El

ancho y profundo cauce del río Viena con sus diques y barreras —por cuyo

lecho, salvo en primavera, no corre más agua que en un arroyo— separa dos

barrios de la ciudad de una naturaleza completamente distinta. Al otro lado,

a la derecha si uno mira en la dirección del río, se extiende el «nuevo»

Hietzing, con sus villas y jardines, aunque también haya irradiado algo de

su distinción estilo Cottage a la otra orilla, por más que las casas que se han

construido allí estén pegadas unas a otras y no se respeten las distancias

entre jardines como ocurre entre la gente rica; a pesar de todo, hay uno

delante de cada vivienda. En realidad, no es más que una especie de franja

verde que marca una distancia prudencial entre la casa y la acera por donde

transitan los peatones. Inmediatamente después de esta primera línea

levantada a orillas del río Viena comienza el antiguo barrio de Penzing.

Pues bien, la canalización de este amplio cauce, que corre recto,

produce una fisura a lo largo del paisaje urbano. Todos los pisos altos de la

Hadikgasse destacan por su luminosidad. Aquí es donde el director médico

había tenido sus acuarios, tres o cuatro, y ciertas plantas con las que

experimentaba, es decir, las obligaba a realizar «ejercicios de flexibilidad»

dándoles la vuelta o incluso poniéndolas expresamente a resguardo del sol,

para que tuvieran que demostrar una y otra vez su asombrosa capacidad de

orientarse hacia la luz, recorriendo hasta dos y tres esquinas con tal de

alcanzarla…

Era una zona cuidada con verdadero esmero, al otro lado se veían los

verdes jardines de las villas. Aquí es donde Camilla había vivido con su padre (él era viudo; ella, su única hija). Sí, era una zona verdaderamente

esmerada y fue una juventud esmerada y pacífica, de contornos claros y

puros, que más tarde serviría a Camilla para contemplar la vida como a

través de un visor que lo realza todo, aunque deformándolo un poco,

incluso bastante.

Por ejemplo, Kajetan.

Mucho después, el gris piedra del lecho del río Viena, cuyo curso se

podía recorrer con la vista en toda su extensión, tanto en un sentido como

en otro, solía acompañar todavía a Camy; en primavera y especialmente en

invierno era un gris azulado y sobre él flotaba un halo de vapor. Cuando ya

llevaba tiempo viviendo en el centro de la ciudad con su padre, se acordaba

de aquello en no pocas ocasiones, sobre todo por la mañana, justo antes de

levantarse. Como es natural, el director médico había tenido que instalarse

más cerca del centro por una cuestión de imagen; el número de pacientes se

ampliaba cada vez más…, y, por otra parte, ¡qué pacientes! El propio

médico afirmaba que no les pasaba nada en absoluto. Simplemente querían

que los tratara. Además, casi siempre se curaban. A comienzos de 1927,

hasta la señora Irma Siebenschein, la madre de Grete, apareció por allí para

hacerse un reconocimiento. En aquel entonces debía de contraer varios

cientos de enfermedades al año. El doctor Ferry Siebenschein lo soportaba

flemático e impasible, si se puede decir así. Además, la señora Siebenschein

sanaba de todas sus dolencias, ¡y eso sin tratamiento y sin recetas!, con

métodos puramente psicológicos, nada más. Los medicamentos que le

daban eran inofensivos. Sin embargo, el doctor Schedik era un médico

extraordinario, además de un filósofo y un filántropo.

 

Dwight se quedó mirando fijamente el color entre marrón oscuro y dorado

que tenía su té en la taza medio llena y sacó una cajetilla de cigarrillos

ingleses que todavía procedían de Londres; a la Drobila no le gustaban,

pero para Dwight estaban llenos de recuerdos: Albert Street, el

drawing-room blanco y verde, el retrato junto a la librería.

Levantó la vista. Delante de la ventana había un estrecho balcón

corrido, la puerta estaba abierta. El cielo era puro, como lacado. La quietud, extraordinaria. Pero, a pesar de toda la pureza y la claridad de la tarde que

caía allí afuera, dentro, en esta habitación grande y luminosa, había un velo

difuso que lo separaba en no poca medida de la hermosa e inteligente

muchacha que tenía a su lado.

—What’s the matter with you, doctor? —preguntó la Drobil al ver que

se quedaba tan quieto, con la taza de té en una mano y la cajetilla de

cigarrillos en la otra.

—I’d better tell you all —dijo él, siempre con el mismo gesto desvalido

—, about some difficulties I had in London, real serious ones.

—And is it all over now? —preguntó ella.

—No —dijo Dwight. Y se calló.

 

Obviamente, volvieron sobre ello en otras ocasiones. Pero, por alguna

extraña razón, Williams se encontraba congelado y el hielo no se derretía

más que muy poco a poco. Iba desprendiéndose capa a capa de un material

anecdótico completamente distinto, procedente de otros ámbitos de la vida,

que desgranaba de viva voz contando historias con mucha naturalidad —

digamos que sabía hacerlo bien y se sentía cómodo—; así, a través del

aroma del resto de los cigarrillos ingleses que le quedaban —los que había

reservado y guardado dejándolos en Londres junto con sus libros durante

una escala intermedia para visitar su hogar— fue relatando muchas cosas,

por ejemplo, sobre la selva virgen brasileña, que debía de haberle resultado

sumamente gravosa, pues Williams siempre recordaba las expediciones en

las que había participado maldiciendo en mayor o menor medida. Por

cierto, un día le trajo a la Drobil una cajita de cristal herméticamente

cerrada que mostraba dentro una mariposa enorme que él mismo había

capturado, tan grande como las palmas de ambas manos y de un color azul

que lanzaba auténticos destellos, un azul eléctrico parecido al metal.

Morpho Menelaus, así se llamaba este ejemplar; y su nombre latino o,

mejor dicho, griego estaba sobre una pequeña etiqueta adherida en la parte

de atrás, junto con la fecha y el lugar de la captura. Morpho se había

conservado en unas condiciones verdaderamente inmejorables y a la

Drobila le gustó mucho que se la regalara, ya que resultaba sin duda alguna un adorno espléndido para la pared de su habitación, una mirada azul, un

relámpago, un destello resplandeciente que saltaba al contemplarla. El

doctor aprovechó la ocasión para decir que, en su opinión, no sólo era una

criatura de una fastuosidad indescriptible, sino que la creación entera en sí

era un puro l’art pour l’art (y precisamente eso la hacía tan noble), a lo que

la Drobila respondió contemplándolo con asombro a pesar de lo racionales

que son los checos. Sentía, con todo, una considerable atracción. Williams

contó otras muchas cosas, por ejemplo, algunas relacionadas con Baviera

(¡de modo que también había estado allí!), donde había vivido algunas

jugosas trifulcas en tabernas —¿acaso sólo como espectador?— que

parecían haberle divertido especialmente, al igual que la pantagruélica

forma de comer y beber corriente en el país —¿acaso la había practicado él

mismo?—. Al hilo de ello habló de un tipejo sumamente peculiar que había

visto una vez en Murnau, protagonista de un episodio verdaderamente

tremendo. El hombrecito no era del país, según él mismo confesó, no era

bávaro, sino austríaco, y de aquí, por cierto, de Viena. En Murnau, aquel

domingo en la taberna —Williams hizo una descripción muy amena del

bosque de plumas blancas que se agitaban ligeramente en los sombreros que

llevaban en la cabeza todos los lugareños— había sucedido algo, una

disputa o un encontronazo, que le había llamado la atención precisamente

por aquel tipejo de Viena, sobre el que se había concentrado la ira de un

grupo de esos jóvenes campesinos de la Alta Baviera tan fuertes y no menos

apuestos. El bajito tenía un aspecto increíble, parecía un auténtico buitre

con el cuello pelado, con una enorme nariz ganchuda que casi parecía

crecer para ir al encuentro de una barbilla pareja: una cara bien

desagradable y francamente atroz en un sentido difícil de explicar. En un

momento llegaron a las manos. Aquellos muchachotes gigantescos —el

bajito se había metido con cuatro o cinco—, y en el fondo más bien

bonachones, tal vez no se tomasen el asunto lo suficientemente en serio y

por eso no actuaron con toda la energía que debían: se limitaron a agarrar

por los brazos al que tenía la nariz como el pico de un buitre para echarlo

fuera del local. Entonces ocurrió algo difícil de creer y además en un

segundo: cuando se quiso dar cuenta ya había dos en el suelo, uno de los

cuales gemía, a un tercero le brotaba sangre por la boca y la nariz; a continuación, aquel siniestro monstruo saltó con el mismo ímpetu a través

de la ventana abierta —era verano— y desapareció. Y así quedaron las

cosas, a pesar de que todos salieron inmediatamente a darle caza, incluso

por los alrededores del lugar, en batidas que se prolongaron hasta la tarde:

no se encontró ni una huella de aquel «pico de buitre». Williams entendió

entonces la diferencia entre la fuerza original del campo y esa «fuerza

nerviosa» —como Guy de Maupassant la llamó en cierta ocasión—, propia

de las grandes ciudades, unida a una crudeza sumamente refinada, por

decirlo de algún modo, a la que se puede recurrir automáticamente sin

aquella parálisis que brota siempre de la bondad natural del campesino,

mucho más fuerte de por sí.

A la Drobil le gustaba escuchar al doctor Williams. No disfrutaba

únicamente con el estilo de sus relatos —él jamás sucumbía ante el objeto

de su narración, se podría decir que la lengua jamás se le paralizaba, una

virtud que, por otra parte, es inherente al inglés, un idioma que en general

se presta mucho más que el resto a ser hablado—, no sólo seguía con sumo

gusto sus relatos, tan distintos, sino que también disfrutaba con la actitud de

él mientras se los contaba. Solía recostarse cómodamente, con las manos en

los bolsillos y las piernas estiradas. Por otra parte, ella se daba perfecta

cuenta de que a él no le importaba demasiado la narración en sí misma y

por sí misma, que no aspiraba a presentar algo ni a representar su persona a

través de ella, sino simplemente a entretener a su oyente. Muchas veces se

interrumpía a la mitad y entonces la Drobil tenía que recordarle que

terminara su historia. Él respondía a cualquiera de sus objeciones con la

mejor disposición.

Es posible que la atracción que estas dos personas sanas —y,

seguramente, también honestas— empezaron a ejercer con el tiempo la una

sobre la otra y que poco a poco fue haciéndose más fuerte tuviera sus raíces

más auténticas en el carácter que imprime la pertenencia a un determinado

pueblo y, por tanto, en su contraste. En este sentido, es probable que a

nuestra Emmy le causara impresión lo germánico o anglosajón de Dwight,

aquel encanto torpe y desenvuelto de un estilo de vida que prescinde por

completo de formalidades y, sin embargo, incorpora una forma de ser

esmerada y en el fondo muy varonil. Y, por otra parte, en el caso de la Drobil, después de todo lo que ya sabemos de ella, habría que calificarla al

menos como una persona enérgica, sin contar con el hecho de que era

considerablemente guapa, por no hablar ya de otros detalles muy dignos de

ser tomados en consideración. Para el americano esta hermosa muchacha de

pelo negro era una especie de quintaesencia del entorno austríaco en el que

vivía entonces, y, como no era raro que se cruzara por las calles de Viena

con mujeres y muchachas con su porte y su estatura, veía en la Drobila a

una típica representante de esta ciudad y de este país, lo que

etnográficamente tal vez fuera algo disparatado, aunque en lo esencial no

cabía duda de que acertaba.

No obstante, los dos vivían como extranjeros en Viena, en la superficie

de la ciudad, llevados por la corriente de una actividad muy intensa para

ambas partes y, además, en no pocas ocasiones verdaderamente agotadora.

El recorrido diario por el Ring, todas las mañanas desde el Stadtpark, cerca

del cual residía el doctor Williams, hasta el Museo de Historia Natural —

siempre realizaba el mismo trayecto a pie—, suscitaba en Dwight,

acompañado en su apacible paseo por los chirridos y el suave tumulto de un

tráfico todavía moderado, un punto de asombro que reaparecía

inevitablemente y que, al cabo de un tiempo, se repetía cada día en su

recorrido matutino: comenzaba en la esquina de la Weihburggasse y ya no

lo abandonaba hasta que tenía a la vista el encumbrado monumento de la

emperatriz María Teresa y el edificio del museo que se encontraba detrás.

Un asombro, sobre todo, por la ciudad de la señora Mary, en la que vivía,

aunque en realidad no estuviera viviendo en ella, como si fuera justo él

quien la hubiera traído hasta aquí desde Prince Albert Bridge Road, en

Battersea, como una importación, por decirlo de alguna manera, algo nuevo

que no existía antes en Viena.

Sí, así transcurría el otoño de este año 1926. Y hubo otros paseos con la

hermosa Emmy. Las hojas del bosque ya empezaban a caer aquí y allá, el

olor era dulce y de alguna forma se dilataba en el ambiente, y uno lo sentía

aún más ahora que la mirada podía salir del interior del bosque entre las

copas peladas de los árboles buscando la lejanía, donde se encontraba con

una cima remota que ya pertenecía a otro cielo. Cuando por la noche se

encendían las luces de las calles, lo que ahora sucedía cada vez más pronto, el fragor de la circulación subía de tono (en Londres, por ejemplo en King’s

Road, Dwight jamás había percibido algo así cuando iba desde Chelsea

hacia Sloane Square, pero allí generalmente el volumen del ruido era mayor

y no se hubieran podido apreciar semejantes matices). No cabía duda de que

la ciudad se ampliaba en otoño. Se veían muchas cosas a través de los

grandes jardines y de los parques. Cualquiera que fuera por allí —algunos

llevaban ya un abrigo algo más grueso— entraba en el invierno, iba al

encuentro del invierno, él solo y por su cuenta, no con todos los demás. Los

cambios de estación no son una experiencia colectiva —como puede

parecerle de entrada al sentido común—; constituyen más bien una piedra a

la que se le da una forma totalmente distinta según la ocasión, para que

encaje en la biografía de cada cual.

 

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