Los demonios
V - La gran nebulosa o pasando de largo ante Friederike Ruthmayr
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
V
LA GRAN NEBULOSA O PASANDO DE
LARGO ANTE FRIEDERIKE RUTHMAYR
Cae la tarde y un tupido velo de tonos rojizos y dorados se extiende sobre
la pared. La vista se abre a un horizonte tan nítido en unos puntos como
turbio en otros. Desde mi hogar, aquí en lo alto, parece más fascinante que
nunca. El techo que me cobija, con sus vigas inclinadas y el gran tragaluz
que cae en diagonal, permite que entre la claridad; y fuera, huyendo a mis
pies en medio de las espesas copas de los árboles, surgen los tejados de
casas y villas pálidamente iluminadas por el sol de la tarde o blancas como
la cal, que llegan hasta la falda de la colina y, más allá, hasta los confines
del firmamento, donde el horizonte se carga de vapor, ahora que ya ha
llegado el verano. Un castillo gris de nubes borrascosas se eleva detrás de
las torres de la iglesia románica.
Estoy releyendo las notas que tengo sobre este asunto. La acertada
intervención del doctor Neuberg en aquella cena con el consejero de la
Cámara y la señora Friederike, cuando dijo que determinadas partes de
nuestro pasado personal nos resultan más cercanas o más lejanas
dependiendo de las épocas, y que los últimos años no tienen por qué ser
siempre los más próximos; sólo lo son en un sentido prosaico y superficial.
Muchas veces son detalles mucho más lejanos los que llegan flotando hasta
nosotros y, sin embargo, acaban absorbiendo toda nuestra atención. En
ocasiones es un rostro que nos resulta familiar.
Había conocido a la baronesa Neudegg en la época anterior a la Primera
Guerra Mundial, alrededor de 1900 se dejaba ver con frecuencia en
distintos ambientes y luego, de pronto, desapareció. Más tarde se dijo que
se había casado con un conde, un tal Charagiel, y que vivía en Morges,
Suiza. Desde que me encontré con el consejero de la Cámara Levielle en el Graben —es decir, desde la festividad de la Anunciación de María del año
1927—, la condesa Charagiel, baronesa Neudegg cuando aún estaba soltera,
absorbió de repente toda mi atención y, al final, acabé descubriendo por
qué. Muchos años atrás, alrededor de 1900, cuando no era más que un
chaval, ni siquiera un jovencito, me la había encontrado en casa de mi
madre. Aquélla fue la primera vez que la vi. Tuve que bajar con ella para
abrirle la puerta del jardín; en la calle aguardaba su coche. Mientras la
acompañaba abajo, se me ocurrió pensar que era inmensamente hermosa.
La envolvía además un soberbio aroma, que iba dejando por donde pasaba.
Al llegar al vehículo se giró y me dio la mano. La expresión de su rostro
reflejaba una arrogancia sin igual, una insolencia infinita, estúpida (no
existía el mínimo motivo ni había razón para mostrarse así ante un
estudiante de bachillerato…, ¿a quién pretendía imponerse?). Este absurdo
desprecio me caló hasta los huesos, tanto que muchos días después
conservaba todavía una especie de regusto, como si llevara algo podrido en
el estómago: fue exactamente lo mismo que sentí después de mi paseo con
Levielle por el Graben, aunque al principio lo hubiera visto como algo
divertido e incluso hubiese vuelto sobre mis pasos acompañando un trecho
al consejero de la Cámara, hasta el banco, como tal vez recuerden. Pero no
fue entonces, sino más tarde, cuando descubrí en él aquella arrogancia
verdaderamente enigmática, por más que la hubiera intuido desde el
comienzo de nuestra conversación. ¿A qué viene esto?, me preguntaba; y
siendo bachiller, después de la visita de la baronesa Neudegg, me había
preguntado exactamente lo mismo. Hasta hoy no he encontrado ninguna
respuesta para esta pregunta.
Después de la guerra volví a encontrarme con Clara Neudegg, cuando
ya era la condesa Charagiel. Aunque ahora mismo no puedo recordar ni
dónde ni cuándo, me inclino a pensar que fue en el hotel de l’Europe, en
Salzburgo. La primera vez estaba en el pasillo que daba acceso a las
habitaciones y, luego, volví a encontrármela en el comedor. No vi a ningún
hombre que la acompañase; tal vez el conde hubiera muerto ya. Eso se oía.
La saludé cortésmente y ella me lo agradeció igual que lo había hecho
cuando era bachiller. Parecía que el tiempo no había pasado por Clara. No
había dejado ninguna huella en ella. Era una mujer hermosa, pero yo ya no era el estudiante sumiso que la admiraba. Sin embargo, logró devolverme a
mis dieciséis años, de modo que —al menos por unos segundos— pareció
que el tiempo también había pasado de largo ante mí sin dejar huella.
Baste con lo dicho. Es posible que consideren que lo que voy a plantear
a continuación no es verosímil. Pero, como uno de nuestros mejores poetas
vivos dijo una vez, ¿no llamamos precisamente casualidad a lo que le
acaece al hombre? Por otra parte, me permito recordarles que lo que estoy
haciendo es un… informe. «¡Aunque novelado!», objetarán algunas
personas. A pesar de todo, lo que sigue no sólo es cierto —en un sentido
elevado, «o como lo quieran llamar», para decirlo con las palabras de
Stangeler—, sino que se ajusta a la realidad en cada uno de sus detalles,
punto por punto. Así y no de otra forma fue como ocurrió.
La señora Friederike Ruthmayr pasó un par de horas en el gabinete. Le
hubiera gustado seguir hablando con Neuberg. Más que un deseo era una
auténtica necesidad, pero no pudo ser. A cambio… se puso a leer a
Benedetto Croce. Había encontrado un libro suyo (más tarde, en cierta
ocasión, me dijo que se trataba de «un texto sobre el carácter de los estudios
históricos») en la pequeña biblioteca de su difunto marido.
El hecho es que encontró ese libro.
Schlaggenberg, Stangeler, Eulenfeld y Gyurkicz… estaban
completamente borrachos; habían bebido sin medida y hasta se podría decir
que sin conocimiento. Lo que sucedió después —«después» quiere decir a
partir del atelier y de aquel fandango o tango a la guitarra— ya no se puede
precisar con exactitud: cuartos, habitaciones extrañas, mujeres
desconocidas, una fonda, otra fonda y un café… En suma: al final se
encontraron ante la verja de un jardín; arriba, en la casa, se veía luz.
Treparon por la verja. Schlaggenberg y el maestre de caballería no lo
consiguieron. El esfuerzo de subir trepando fue, por así decirlo, lo que
acabó con ellos. Se quedaron allí… apoyados en las rejas. En cambio,
Gyurkicz sí que lo logró, y también el músico de tango, junto con su
instrumento (por cierto, se llamaba Beppo Draxler).
¡Oh, y qué bien tocaba!
A partir de ahí sucedieron dos cosas absolutamente inverosímiles.
La señora Ruthmayr llegó a la ventana que da directamente a la terraza.
Ésta es la primera. No se llevó ningún susto. Ésta es la segunda. Incluso se
podría citar una tercera: le tendieron una botella de coñac medio llena… de
la que bebió.
¡¡¡De la que bebió!!! (O por lo menos hizo como si bebiera). Por
muchos signos de exclamación que pongamos, nunca serán suficientes.
Desgraciadamente, Schlaggenberg no estaba allí en aquel momento, por
incapacidad, porque así lo quiso el «destino» («¡o como lo quieran
llamar!»), o incluso porque estaba borracho. Tampoco Stangeler. Estaban
apoyados abajo, contra la verja, igual que el maestre de caballería: ése sí
que estaba borracho, seguro. ¡Pero Gyurkicz…! Bueno, ya lo dijimos.
Todo pasó en un instante. Friederike oyó llegar un automóvil (se llevaba
los últimos restos dispersos de la «grey» de Eulenfeld hecha astillas).
Ella creyó que, en realidad, lo había soñado.
Seguramente los otros también lo creyeran.
La doncella de la señora Friederike Ruthmayr, Ludmilla Kakabsa, tenía dos
hermanos: Anna, que servía en Londres en casa de una tal señora Libesny, y
Leonhard, obrero en una fábrica de confección de correas en Viena.
Intercambiaba con Anna numerosas cartas, bastante tontas todas ellas,
porque, en realidad, tanto Mila, así la llamaban, como Anna, hablaban casi
exclusivamente de las señoras en cuyas casas servían; eran damas muy
refinadas que vivían en un ambiente extremadamente distinguido. Mila
contaba con una pequeña ventaja, porque parecía evidente que su casa era la
más rica. Con coche y chófer, además de un mayordomo («Butler», según
decía Mila), su señora no podía desear más. En cierta ocasión, Anna
escribió desde Londres diciendo: «Ahora tenemos como invitado a un
profesor de zoología famoso en todo el mundo, se aloja en las habitaciones
que dan al parque, son muy amplias». (¡Sic! ¡Las casas que están junto al
Prince Albert Bridge, pegadas al muro de la fábrica que queda a mano
derecha según se viene de Chelsea, son más bien pequeñas!). «Se llama
Williams y ha estado en todas partes, incluso en Brasil». A lo que Mila le
respondió en su siguiente carta: «Ayer llegó de París nuestro administrador, el consejero de la Cámara Levielle, y acudió a presentar sus respetos a
nuestra noble señora».
La mayoría de las veces añadía al final: «A Leonhard le va bien, está
satisfecho. Por desgracia, lo veo poco».
Este Leonhard, que nos sorprenderá muy gratamente más adelante, no
tenía absolutamente nada que ver con este par de gansas.
Vivía solo. Al padre, jefe de taller en la empresa de construcciones
metálicas Wahlberg & Co., se lo había llevado la Primera Guerra Mundial,
justo cuando Leonhard entró de aprendiz. Después de aquello, la madre —
una mujer muy guapa, morena, despierta, divertida— contrajo matrimonio
por segunda vez y tuvo más hijos. Aunque Ludmilla y Anna ya estaban
colocadas y Leonhard se llevaba bien con su padrastro —un cartero—, la
casamata en la que vivían, un establo, se le quedaba pequeña. Ya era
imposible estar en casa sin que le encargaran a uno el cuidado de las dos o
tres criaturas que andaban por allí haciendo de las suyas.
Ahora vivía en un cuarto impecable en las afueras de la Brigittenau,
cerca del canal del Danubio, en la Treustrasse.
Seguramente, la biografía de nuestro Leonhard sería en parte la
biografía de cualquiera: uno se rige por las ideas que ha ido adquiriendo en
función de sus experiencias, al menos sobre el papel, e intenta encajar en el
marco que le ofrece el mundo exterior. No es extraño que luego acabe en
cualquier parte, en un lugar al que no pertenece, pero para entonces, por
delicada que sea la situación, ya es prácticamente imposible dar marcha
atrás.
Sin embargo, en el caso de nuestro Leonhard, la situación no llegó a ser
tan grave, y no fue sólo por su juventud, esos años en que la vida ofrece
siempre un margen para la estupidez y la desmesura, incluso para la mentira
y el engaño, antes de asignarnos de forma definitiva un espacio, sino porque
era evidente que Leonhard poseía una rara cualidad, profundamente
arraigada, un reflejo que le permitía retroceder y zafarse de cualquier
vínculo, de cualquier complicación, de cualquier compromiso que pudiera
acabar encerrándolo en un ámbito determinado. Podía parecer que tenía la
cabeza llena de pájaros. Por ejemplo, había llegado a los veinticuatro años y
aún no tenía una relación estable con una mujer, amante o novia. Era un socialdemócrata más bien tibio, tenía dificultades para adherirse a un
partido político y a sus principios fundamentales; hasta a la conciencia de
clase le encontraba problemas. Parece que en su decisión de salir del hogar,
abandonando la casa del cartero, influyó notablemente la necesidad de
mantener la distancia, un sentimiento de aversión que rayaba en la
repugnancia ante las complicadas condiciones de vida derivadas del
matrimonio y del cuidado de los niños, con todo lo que comporta para la
convivencia familiar, y las preocupaciones y obligaciones que acarrea. La
casa que Leonhard eligió para mudarse es otra prueba del temor a establecer
vínculos y dependencias que lo guiaba siempre. Como chico decente y
pulcro que era, habría sido bienvenido como inquilino en casa de más de
una viuda de buen ver o incluso de alguna pensionista no demasiado mayor,
de aspecto atractivo, y, sin embargo, descartó automáticamente esta
posibilidad y se mudó a aquel cuarto de la Treustrasse, que formaba parte
de una vivienda que pertenecía a una mujer mayor, de más de setenta años,
viuda de un almacenista de la Sociedad de Navegación a Vapor del
Danubio.
Tuvo ocasión de alquilar este cuarto gracias a que, en otro tiempo,
durante una temporada en la que se quedó sin trabajo, había encontrado
empleo en los remolcadores.
Esa época —en la que no le gustaba pensar conscientemente por un
motivo que luego mencionaremos— llegaba hasta hoy, hasta su telar, que
volvía a traquetear adelante y atrás desde hacía tiempo, penetrando en él
como si tuviera sustancia, fundamento o alma, era una presencia honda y
obstinada que rara vez lograba disipar totalmente o, por lo menos, olvidar.
Esta parte de la ciudad llega en ciertos puntos hasta la corriente del río.
Aunque hay muchas calles y callejas que no descienden tanto, parece como
si, de alguna forma, todo se adaptara en mayor o menor medida a su cauce,
que abre y divide el paisaje con un rigor que no emplea cuando discurre por
la llanura. Kahlenberg y Bisamberg, por encima de la ciudad, son las
últimas elevaciones que ciñen su curso, una acercándose blandamente al
agua, la otra describiendo una curva con la que parece querer huir hacia el
cielo. A partir de allí comienza la llanura oriental. Las chimeneas de los
vapores de ruedas progresan lentamente, se las ve a lo lejos y se oye el eco sordo de las palas cuando superan la montaña. Cuando el viento le levanta
suavemente la falda a los sauces, se puede ver el envés plateado de sus
hojas. En el horizonte, nubes de vapor; al otro lado, el Marchfeld, no lejos
de Hungría.
Esta zona de la ciudad se asienta sobre una gran isla que tiene la forma
de un barco, un barco gigantesco que en otro tiempo remontó una corriente
más gigantesca todavía y luego atracó aquí. Ahora, cuando hace tanto que
las aguas han bajado, ya no puede continuar. En la proa encontramos la
Brigittenau, en el centro está almacenada la Leopoldstadt, a ella se une el
Prater y, al final, en popa está Freudenau, donde se celebran carreras de
caballos.
Leonhard sentía la corriente. La sentía cuando al caer la tarde se
recostaba sobre el diván de cuero liso que tenía en su cuarto.
La corriente olía. La corriente estaba contaminada y tal vez fuera esto lo
que constituía, por así decirlo, el núcleo más profundo, más íntimo de
aquella sustancia, de aquella alma o de aquel fundamento que provocaba
que el pasado de Leonhard sobre las aguas se hiciera presente y habitara en
él. Lo que olía no era el agua del río, que en realidad corría veloz, por lo
menos en el lecho principal, era algo distinto. La vida en los remolcadores
que remontaban el Danubio desde Budapest, atravesando el paisaje
montañoso de Gran, pasando por Komárom, transcurría lenta y siempre
estaba acompañada por los olores que estas espaciosas naves arrastraban
consigo a lo largo de la ribera, dañándola y contaminándola: las cocinas y
los dormitorios, las mujeres y los niños, que a menudo utilizaban también
estos transportes, barcos que por fuera tenían un aspecto soberbio e
inmaculado, tan grandes como los que surcan el mar, calafateados con betún
negro. No era el betún lo que molestaba la nariz de Leonhard; eso le
gustaba. Tampoco era el vapor de las chimeneas que llevaba el remolcador
en la parte delantera y que, cuando la dirección del viento coincidía con el
curso del barco, se volvía sobre la cubierta. Aunque Leonhard no dejara de
maldecir cuando esto ocurría, no le molestaba tanto como la mohosa
humedad y la contaminación que llevaban corriente arriba, eso sí que le
producía una profunda desazón.
Es cierto que entre los malos olores y la mala conciencia existe siempre
cierta afinidad, y que las personas más sensibles llegan a tener
remordimientos simplemente por vivir en un ambiente viciado, envueltos en
un olor pestilente.
La confección de correas, en cambio, es una industria limpia. Cada
operario u operaría (han de ser personas bien formadas) se encarga de dos
telares mecánicos, entre los que se mueve desplazándose sobre una
pasarela. La actividad no es continua, al contrario, intervienen
fundamentalmente en caso de avería y sabiendo muy bien lo que
manipulan.
En la fábrica de Leonhard había mucha luz, y no era sólo porque las
naves del taller fueran casi todas nuevas y de reciente construcción, sino
porque el material con el que se trabajaba en ellas era claro, de olor puro,
amargo, parecido al de una guarnicionería o una cordelería. El producto
acabado salía por la parte posterior de los telares e iba a parar a cajas de
madera limpia. Era un tejido seco, de fibras sinuosas, serpenteantes: cintas
para persianas, tirantes, tensores, metros y metros, con hilos azules o rojos
que destacaban sobre el color arenoso del yute, el cáñamo o el lino. No se
oía golpear ni una sola de las lanzaderas que atravesaban los hilos entre la
urdimbre. Comparado, por ejemplo, con una fábrica de paño, el ruido era
menor, uno se podía entender sin esfuerzo entre los telares. El traqueteo y
una vibración homogénea eran lo único que se sentía en estas salas. El
movimiento circular de los discos, perfectamente alineados, se transmitía
luego a otras piezas que lo transformaban en un balanceo alternativo; sobre
los telares descansaban tambores de madera o aluminio grandes como
rodelas.
Este ambiente —el aroma de la buena conciencia, por así decirlo— le
resultaba de lo más agradable y se fijaba en su interior afirmándose no sólo
frente a la época de los remolcadores, sino frente a otra esfera de poder, un
universo de olor completamente distinto: el de la escuela a la que había ido.
En cuanto uno pasaba por la puerta, se encontraba el vestíbulo cubierto
por una capa de serrín. Siempre olía a desinfectante. Sus efluvios le dejaban
triste y deprimido. Habitualmente utilizaban linóleo para el suelo de las
aulas, lo que, por una parte, impedía la aparición de polvo, pero, por otra, hacía que la jornada escolar resultara agobiante; al entrar, daba la impresión
de que uno dejaba fuera todas sus dotes y cualidades, sus virtudes e
inclinaciones, reducido únicamente a lo que había metido en su cabeza,
muchas veces deficientemente (por su parte, el padre de Kakabsa contaba
con una esmerada formación escolar y siempre ayudaba a sus hijos con
mucha paciencia y todo el cariño, dándoles clases extra después del colegio;
tanto Mila como Anna, lo mismo que Leonhard, escribían con una pulcra
caligrafía). Ni siquiera, en los pasillos de la escuela, durante los descansos
entre clase y clase, se podía escapar a aquella atmósfera que eclipsaba
cualquier capacidad. El olor de la larga pipa del conserje del colegio
(bondadoso y algo borracho), que fumaba un tabaco rústico muy nuestro —
lo que en Austria llamamos «tabaco nacional»— se extendía por todas
partes. Ese olor se mezclaba con el del desinfectante que usaban y con las
emanaciones de la cal con la que blanqueaban las paredes. Desde el fondo
del pasillo llegaba además el tenue olor de los urinarios, cuya puerta,
abierta de golpe durante los descansos, chocaba constantemente contra la
pared, por lo que le habían colocado una protección.
Leonhard volvió a encontrarse con aquel color de la escuela en muchos
momentos de su vida. Aunque, en comparación con lo que había llegado a
ser, su fuerza se hubiera atenuado, casi extinguido, no dejaba de resultar
ofensivo, ya fuera en el centro vecinal o en el local de un sindicato. Incluso
parecía encontrarlo concentrado en cualquiera de los folletos que recibía
ocasionalmente. Y, aunque Leonhard no era precisamente de los que
piensan en tonterías, notaba la esencia de ese olor en el fondo de su ser.
Se había tendido sobre el sofá de cuero, con la cabeza echada hacia
atrás. El Danubio llegaba de lejos, desde Komárom o desde la gran isla de
Schütt, corriente arriba, para acabar aquí, en su interior. Había tocado tierra.
Estaba en calma. Sus olores venían a visitarlo. De repente sintió cómo se
condensaba el del dormitorio del remolcador. Se levantó de un salto, se
sentó en el borde del sofá y dijo en voz alta:
—¿Es que estoy en el mundo sólo para oler? —Naturalmente, Leonhard
hablaba en dialecto: «¡¿Es que toi n’el mundo sólo pa’ olir?!».
Entonces sucedió algo extraño. Alzó la vista por encima de la
desvencijada cama de latón que tenía en su cuarto y que la señora de la casa consideraba un objeto de lujo, por lo que en ocasiones recurría a ella para
justificar el precio del alquiler. Flotando sobre esa cama de latón —ya no
era posible darle lustre, tenía una especie de brillo mate—, en el centro,
sobre la colcha roja como el vino, encontró una respuesta directa: «Sí».
El olor lo esclarecía todo. Era su mejor baza. Era primordial. No se
podía dudar de él, no lo engañaba.
Cerca de aquí, como en todas partes, había una zona que Leonhard no tardó
en descubrir y que le pareció peligrosa. Su reacción inmediata fue ir a
buscar refugio en su sofá de cuero. Hay que decir que tampoco le tenía
ningún apego ni existía ningún vínculo que lo uniera a ese ambiente: a
Leonhard no le gustaba beber cerveza ni vino. La ácida efervescencia que
distingue a estas bebidas, especialmente cuando se agitan o se derraman, le
resultaba repulsiva, incluso en alguna ocasión —le había ocurrido en la
pequeña taberna que se encontraba enfrente de su casa, cruzando en
diagonal— había llegado a sentir verdadero asco. Hubiera tomado
aguardiente; pero, como se puede imaginar, no era lo habitual en él. Cuando
uno es un muchacho decente no frecuenta las «licorerías». Casi ninguno de
sus camaradas lo hacía. Leonhard estaba muy lejos de ser abstemio, porque,
para él, beber no significaba nada. Podía comprar una botella en una tienda
por casualidad; pero era muy raro. Cuando empezó a vivir en la Treustrasse,
tampoco reservó un lugar para el café o los cigarrillos. Sólo fumaba muy de
tarde en tarde.
Sin embargo, aquel entorno le mostró pronto los dientes —entre los que
no se le ocurrió poner ni un solo dedo—; no quería que un intruso
perturbara su sólido equilibrio.
En aquella vecindad se vivía con arreglo a los nuevos tiempos;
concretamente, como era costumbre desde 1918.
Por ejemplo, cuando los empleados de la fábrica municipal de gas
venían por la acera en filas de cuatro o cinco, con sus uniformes azules de
trabajo y las cajas de herramientas colgadas al hombro, o cuando pasaban
los cobradores del gas, los que realizaban la lectura de los contadores, o los
interventores encargados de los gasómetros de las viviendas y de comprobar su nivel de agua, cerraban totalmente el camino y no cedían el paso a nadie.
Siempre venían hablando a voces, precedidos por sus enormes panzas.
Aquella época había alcanzado su cima y era evidente que ellos estaban en
lo más alto. En cierta ocasión, el doctor Catona, un médico de por allí, no
quiso apartarse, pero sólo consiguió que una panza se estrellara
directamente contra él, con lo que se provocó además un violento altercado.
Sin embargo, la mayor parte de la gente tenía miedo y dejaba pasar a
aquella falange de «gasistas», como eran conocidos. Quien mostraba en su
rostro un destello de inteligencia podía estar seguro de que sería blanco de
miradas llenas de desprecio, provocadoras.
Y es que, en el fondo, lo que excitaba los instintos era la inteligencia y
no la posición económica, que entonces ya no estaba vinculada con ésta,
más bien al contrario.
La inteligencia —y aquí se encontraba el auténtico centro, la verdadera
raíz de su amargura— había fracasado, no había podido impedir la Guerra
Mundial ni su desdichado desenlace. La inteligencia había hablado por el
pueblo sin voz, había hecho un uso perverso de su lengua, predicando la
locura. Había un odio generalizado contra cualquier tipo de autoridad, que
estallaba en cuanto ésta se insinuara. No se limitaba a rezongar de mal
humor, reaccionaba groseramente en señal de protesta. En cierto hospital,
un paciente con mucha conciencia de clase, aunque con poca formación en
el socialismo, se encaró con un famoso cirujano y le dejó muy claro lo que
pensaba; le dijo que un profesor no debía recibir en modo alguno un salario
mayor que el que le correspondía a quien se ocupaba de la calefacción de
una casa. Ambos eran obreros, uno no era más importante ni más valioso
que el otro.
—Bueno, pero ahora cálmese, querido amigo —repuso el docto cirujano
sonriendo—, o, si no, mañana dejaré que lo opere el señor de la calefacción.
Todo el mundo le cantaba las verdades a quien tuviera delante con todas
las de la ley, abonando así su autoestima. En las tabernas todos hablaban de
sí mismos:
—Yo no tengo nada que ver con eso.
—Soy una persona que nunca ha tolerado este tipo de cosas.
—Siempre he sido una persona complaciente.
—A mí nadie me ha regalado nada en la vida.
—Mi punto de vista ha estado siempre muy claro.
La mayor parte de la gente se pronunciaba en términos parecidos. Las
manifestaciones más enérgicas veían de parte de los «gasistas».
Una vez (en la taberna), a Leonhard se le ocurrió decir que estaba
satisfecho. No debería haberlo hecho jamás. Se pusieron a acosarlo
inmediatamente para que recapacitara.
—Para usted es fácil hablar. Sin mujer, sin hijos. ¿Qué más quiere?
¡Está satisfecho!
Como se ve, todos cayeron sobre él con sus mujeres y sus hijos.
—¡Pero si a nosotros nos gustan mucho las personas satisfechas! —
retumbó una voz desde la mesa de al lado.
La situación echaba chispas. Leonhard sentía en su interior la imperiosa
necesidad de ser justo y no apartarse un punto de la verdad. Por un instante
vislumbró dentro de sí algo parecido a una figura geométrica, o acaso no
fuera más que una recta sobre un fondo más claro.
—Los señores tienen mucha razón —dijo—. Pero uno también puede
estar descontento… consigo mismo, por ejemplo.
Ahora la irritación se transformó en una mueca sarcástica. Se
encogieron de hombros.
—¡Quién sabe si tiene usted motivos para ello! ¿A nosotros qué nos
importa?
El malentendido se complicaba rápidamente y lo encerraba en sus
muros, pero entonces se escuchó la voz tranquila y bondadosa de un
hombre más bien mayor, vestido con un blusón azul:
—Señores míos, no sean injustos con este joven. Lo que quiere decir, si
lo entiendo bien, es que todavía le gustaría aprender, que le gustaría
progresar, y no quedarse estancado en su situación actual. La gente joven no
debería estar satisfecha consigo misma, pues, si es así, no llegaremos a
ninguna parte.
Y bebió a la salud de Leonhard. El muro de incomprensión que se había
ido construyendo cambió su naturaleza por otra más benigna. La mueca
irónica fue relajándose aquí y allá; algunos todavía se encogían de hombros,
pero, al final, brindaron juntos, también con Leonhard. Éste, sin embargo, sabía perfectamente —con la misma claridad con que antes había aparecido
aquella línea geométrica en su interior— que no se habían medido con él,
que no habían dado ningún paso, que todo quedaba como antes, en aquella
blanda comodidad en la que él mismo se hundió finalmente. Sintió la acidez
del vino. Parte de él se había derramado sobre la mesa.
En realidad, las cosas siempre acababan así. Era desagradable. Algo se
derramaba en el doble o triple sentido de la palabra: se derramaba, rebosaba
y se desperdiciaba.
En muchas ocasiones, Leonhard se sentía rodeado de un mundo de
enemigos en el que se confundía por completo. No sólo era absolutamente
indiferente para todas aquellas personas, también para la gente de su edad,
los chicos jóvenes, que no lo veían ni como alguien ambicioso ni como un
competidor. Sin embargo (y esto es lo que Leonhard no comprendía o, más
bien, no acaba de comprender del todo), a las personas que nos resultan
completamente indiferentes no les permitimos que perturben nuestra
tranquilidad y estamos muy lejos de sacrificar nada por ellos. Haría falta
mucho más que un Leonhard Kakabsa para cambiarlo. Y, aunque fuera
suficiente y el cambio se produjese, muy probablemente sería en vano.
Además de las diferentes tabernas y los pequeños o grandes cafés —que, al
menos en cierto sentido, contaban con una fauna común—, había otro local
muy curioso que debía su nombre a un célebre estadista de los tiempos de
María Teresa, el café Kaunitz. Se encontraba ya al otro lado del río, es
decir, fuera de la Brigittenau y del barrio obrero.
La vida del café Kaunitz seguía una dinámica muy especial, si se puede
decir así. Durante el día estaba tranquilo, era un lugar de reunión,
exactamente igual que un auténtico café vienés, donde el cliente que entra
se sienta lo más lejos posible de los demás, formando una isla perfecta,
manifestando su aversión hacia el resto de los parroquianos. A pesar de
todo, las islas se importunan unas a otras constantemente por los periódicos
y revistas; ellos son la razón de que miradas inquietas y tenaces vaguen de
un lado a otro escrutando el local. Cuanto más superfluo es lo que se
publica, mayor es el interés por leerlo de inmediato (¡¿o no es así?!). Sin embargo, en el café Kaunitz, no se lee tanto como se estudia: se ha
convertido en un café universitario por motivos que, en principio, no sería
fácil imaginar, pues se encuentra apartado de cualquier facultad o escuela
superior. En todo caso, no muy lejos del Kaunitz hay una gran residencia de
estudiantes. De ella procedían muchos de los asiduos del café,
representantes de todas las facultades. También es cierto que, cuando uno
vivía solo en un cuarto alquilado, se ahorraba mucho en calefacción
viniendo aquí en invierno, y luego se quedaba también en verano y otoño,
porque se había acostumbrado a estudiar en el café, le resultaba más fácil
concentrarse en aquel ambiente donde el ejemplo del compañero daba tanto
ánimo como la estufa calor.
Por un par de céntimos se podía tomar un moca bastante aceptable, lo
que, según la civilizada costumbre de los cafés vieneses, daba derecho a
una estancia de duración ilimitada.
Pero todavía no hemos mencionado ni una mínima parte de los muchos
aspectos admirables que tenía el café Kaunitz.
En primer lugar, estaba su propietaria, la dueña del café o «cafetera»,
como se dice en Viena, donde incluso el propietario de un local grande y
elegante recibiría ese mismo nombre, el «cafetero», aunque parezca
despectivo.
No cabe duda de que el café Kaunitz era grande, aunque calificarlo de
elegante sólo se le hubiera podido ocurrir a alguien de Villanueva de las
Puercas o de Arroyo del Lodazal. Con todo, la sala tenía un tamaño
considerable, el local ocupaba las dos fachadas de un edificio que hacía
esquina.
Por sus dos alas perpendiculares, a izquierda y derecha, desfilaban un
sinfín de mesitas de mármol y reservados con mullidos sillones pegados a la
pared. La entrada se encontraba en la esquina; frente a ella, la tradicional
caja con su asiento; a su derecha, un piano vertical. Quien conocía este
mundo no necesitaba saber más, este detalle lo decía todo (sapienti sat):
revelaba que el café Kaunitz no era un café con raigambre, en absoluto. Un
auténtico café vienés no admitiría un piano vertical. Esto olía a local
nocturno, aunque las negras fauces de aquel instrumento permanecieran firmemente cerradas durante el día, precisamente por los que estudiaban
allí.
La caja, con su asiento vacante, estaba protegida por una cristalera.
Nadie la atendía. La dueña jamás se sentaba detrás de aquel semicírculo
elevado con placas de mármol pulido, acotado a izquierda y derecha por
estantes piramidales y con un armarito con espejo en la pared del fondo.
Sin embargo, su predecesora, la que en otro tiempo se había hecho
cargo del local, solía acomodarse en ella como en un trono, para dar
esplendor y encanto al establecimiento, pues era una hermosa mujer. Se
llamaba Risa Weinmann. Aún se la podía ver por allí de vez en cuando
como cliente del café. Siempre iba a sentarse en la mesa de la actual dueña.
Ambas mujeres, la propietaria del café Kaunitz de ahora y la de antes,
mostraban una evidente afinidad en lo que a su naturaleza se refiere,
aunque, por otra parte, existía una profunda diferencia que las separaba en
un punto difícil de determinar, a partir del cual se apartaban totalmente una
de la otra. Tal vez no fuera más que un detalle mínimo el que las distinguía,
el punto de la i, por así decirlo, pero resultaba decisivo para cualquiera con
sensibilidad.
La Weinmann parecía una Blancanieves que se hubiera colado en uno
de los cuentos de Las mil y una noches, contagiándose así de la exuberancia
oriental: blanca como la leche y roja como la sangre, un poco gorda y buena
por los cuatro costados. Rondaba los cincuenta o, tal vez, pasara de esa
edad. Siempre estaba muy despierta; costaba mucho imaginársela
durmiendo; parecía imposible. La tibieza del sueño y el sopor… no iban
con la señora Risa.
Cuando despertaba por la mañana (pues, en realidad, sí que dormía) y
volvía a cobrar conciencia de su realidad, mientras sus ideas y
pensamientos se acometían, se perseguían, se tendían escaramuzas y
rivalizaban entre sí, lo primero que discernía con claridad era de dónde
podría sacar algún beneficio y se aferraba a él con uñas y dientes. Muchos
dirán que ésta es una óptica muy común, pero en el caso de la Weinmann se
había elevado al nivel de lo genial. Su segunda mirada era para aquellos que
le disputarían ese beneficio y querrían evitar que lo consiguiera. Siempre
los había. Aunque, a veces, en ocasiones muy particulares, no descubriera inmediatamente quién podía ser, asumía como segura la existencia de su
enemigo (o de sus enemigos) y salía en su busca. Ni que decir tiene que lo
encontraba. El pensamiento de la Weinmann era, si se me permite la
comparación, como sus dientes: agudo y brillante como las perlas. Era
balcánica, como llaman en Viena a la gente de su país, pueblos a los que
casi no afecta la paradontosis y la caries: no hacen más que mostrar los
dientes.
¡También la Weinmann sabía enseñar los dientes! Por no hablar ya de la
blancura de sus ojos, como los de un guerrero centroafricano. Todo esto
explica que cambiase el café Kaunitz, donde aquellas cualidades no
cobraban un valor especial, por un local más pequeño, embolsándose una
notable cantidad de dinero. Puestos a ordeñar la vaca, aunque fuera más
modesta, la Weinmann se concentró en dirigir su nuevo negocio y, tal y
como había previsto, no tardó en producir mucho más que el que había
regentado hasta entonces, con una clientela y unos usos que no cuadraban
en absoluto con la señora Risa (si por ella hubiera sido, habría echado a los
estudiantes sin más), una gran diferencia con respecto a su sustituía. El café
que llevaba ahora sólo tenía tres ventanas en la fachada y estaba lejos, a las
afueras de la ciudad. Puntualmente, a la hora oficial marcada por la policía,
las persianas caían y todo quedaba herméticamente cerrado, con la consigna
de no molestar. Como Mefistófeles, la señora Risa podía decir que sabía
entendérselas muy bien con la policía y, en general, con todo el que tuviese
un poder real en la vida, empezando por el conserje. En ciertos casos,
después de haber bajado las persianas, aquel hombre permitía que entraran
por la puerta de la casa aquellos que la Weinmann le había indicado.
Conseguía grandes propinas, a veces dobles, por parte del cliente que
entraba tarde y por parte de la hostelera, que sabía ser generosa en casos
como éste.
Superó airosamente las primeras pruebas a las que tuvo que enfrentarse
en los suburbios. Puso en su sitio a un tipo —a pesar de lo alto y fuerte que
era— soltándole un bofetón. Supo elegir el momento adecuado —con las
persianas cerradas, asegurándose la presencia de un buen número de
clientes de confianza— y al hombre adecuado —estaba allí de pie, como un
toro remiso, los ojos cargados, tragándose la furia, las manos apretadas en los bolsillos de los pantalones para que no se le escapara ninguna—. Y es
que la Weinmann sabía demasiado. Y él lo sabía y ella lo sabía. Y ella sabía
que él sabía que ella lo sabía. De modo que se marchó dejando a la señora
Risa envuelta en una estimable aureola de respeto. Le ocurrió algo parecido
en otra ocasión, cierta tarde, con un cliente que estaba sentado allí,
esperando sin más, aunque la Weinmann sabía a quién esperaba; no conocía
solamente a sus propios enemigos, sino también a los de los demás.
Aunque, en ese momento, la policía no estaba buscando a aquel hombre,
pues, de haber sido así no le hubiera permitido sentarse en su local (la
señora Risa siempre estaba al tanto de estos pormenores), tenía sospechas
de que el cuchillo que aquel tipo guardaba poseía una hoja algo más larga
de lo que admitía la patente de armas austríaca, así que salió de inmediato
por la puerta de atrás y consiguió que se hiciera una redada en su café y que
«cachearan» a sus clientes. Evidentemente, acertó con lo del cuchillo. No
ocurrió nada más; no se detuvo a nadie. Durante la actuación policial llegó
la persona a la que el otro había estado esperando y se dio la vuelta ante la
puerta. Risa lo vio perfectamente, pero se calló. Era de suponer que él
también llevaría un cuchillo similar, con una hoja algunos centímetros más
larga de lo legal. No cabía duda: por fortuna había logrado evitar una
tremenda pelea a puñaladas en el local.
La nueva dueña del café Kaunitz jamás hubiera advertido este tipo de
detalles; en cambio, Risa era capaz de hacerlo como si nada.
Fuera del negocio, se la veía de vez en cuando en compañía de un
individuo pequeño, su marido, que, en cierto modo, daba la impresión de
ser un parásito al lado de la grandiosa figura de ella, mucho más corpulenta.
Tenía el aspecto de un funcionario medio de una cancillería. En la época
que siguió a la Primera Guerra Mundial, la Weinmann había prosperado
gracias al contrabando. En este punto, su biografía se solapaba por
completo con la de su colega, la actual propietaria del café Kaunitz. Por
aquel entonces, su cónyuge, el pequeño parásito, participaba con bastante
arte (o, mejor, con malas artes) en sus tejemanejes, cobrando determinadas
cantidades de dinero o distribuyendo mercancías.
Cuando el contrabando de alimentos acabó y la Weinmann se hizo cargo
de aquel pequeño café en Ottakring, empezó a hacerse patente la diferencia que existía entre ambas mujeres, a la que antes nos hemos referido.
A primera vista, cualquiera habría tomado a la dueña del Kaunitz por la
madama de un burdel; cuando, en realidad, era la viuda de un médico de
Troppau. Tenía la misma edad que la Weinmann, incluso era tan guapa y
exuberante como ella: cabeza de muñequita rubia; rostro redondeado y
tierno; pequeña nariz recta y chata. Resultaba muy graciosa cuando abría y
cerraba los ojos. Aquellos hermosos ojos grises miraban con cariño, pero si
uno entraba al fondo de aquella dulce mirada, como corresponde, ocurría lo
mismo que cuando se pisa la superficie lisa y gris de un charco helado: la
frágil capa se rompe y el agua, fría como el hielo, se mete en el zapato. Esto
es lo que pasaba con los ojos de la señora Schoschi, que así se llamaba.
Aunque no hubiera habido ninguna necesidad de realizar este experimento,
que no servía más que para corroborar lo que ya se sospechaba, porque
aquel rostro mostraba una quiebra, una fractura en su belleza. Solía levantar
el labio superior, lo que dejaba al descubierto unos incisivos más que
endebles, empastados incluso en algunas partes. En principio, la mirada
sobria y radiante de aquella rubia era dé lo más honesto; sin embargo, este
labio retrasado daba un aire de roedor a su cara, y eso, junto con el frío
charco oculto en sus ojos, era seguramente lo que introducía en este
hermoso rostro los rasgos inequívocos de la madama de un burdel. La
señora Schoschi tenía la costumbre de levantar el labio superior —
especialmente cuando jugaba a las cartas o, simplemente, cuando hacía de
mirona—, pero también solía arrugar la nariz; daba la impresión de que le
molestase algo, como si le picara o le doliera y se sintiera incómoda.
Tal vez —es imposible afirmarlo con seguridad— aquel problema nasal
guardara alguna relación con un punto crucial en la biografía de la señora