Los demonios

Heimito von Doderer · Capítulo 20 de 36

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Los demonios

V - La trampa

V

LA TRAMPA

 

Jan Herzka descubrió de repente a la señorita Agnes Gebaur. Se puede

decir que le entró por los ojos, ya que hasta entonces no se había

preocupado de ella en absoluto… La expresión «en absoluto» se emplea

con la intención de recoger el completo desapego de Herzka con respecto a

la Gebaur. En fin, lo importante es que la había descubierto…, y fue como

si la viera por primera vez, aunque, teniendo en cuenta que llevaba un año

en la oficina y haciendo un cálculo aproximado, debía de haberse cruzado

con ella unas trescientas veces. El hecho es que la vio por primera vez el

lunes 16 de mayo de 1927, por la mañana, poco después de las ocho —es

decir, al comienzo de la semana que siguió al té con tenis de mesa en casa

de los Sietesuelas—, cuando atravesaba la zona de oficinas, una sala amplia

y luminosa, antes de llegar a su despacho de director. A la entrada del

despacho había un apartado algo más pequeño, un gabinete que hacía las

veces de secretaría. Estaba vacío. Llevaba ocho días así. Herzka había

tenido que sacrificar a la señora Christine (muy pocos empleados sabían

que su apellido era Schnabel). El gordo director de su filial en Graz, uno de

los colaboradores de la era del viejo Herzka (igual que Moser, el ordenanza

que tenía aquí), había sufrido un repentino ataque que había acabado con su

vida. Se trataba de un señor mayor, autocrático, empeñado en hacerlo todo

él mismo, de modo que ahora, después de su inesperado fallecimiento, el

resto de los empleados se sentía intimidado y ninguno se veía con fuerzas

para asumir la dirección de la sucursal de Graz. Así que, al menos

provisionalmente, tuvo que sacrificar a la señora Schnabel; estaba a punto

de cumplir los sesenta años y no le disgustó en absoluto marcharse a Graz

(donde tenía parientes) con un aumento de sueldo muy sustancioso.

Cuando una empleada le entra por los ojos al jefe, la mayoría de las

veces se convierte en secretaria de dirección, un avance en todos los

sentidos, también en el económico.

La Gebaur recibió la noticia la misma mañana del 16 de mayo. Dicho de

otro modo: después de tantas cábalas y de pasar tanto tiempo buscando a la

secretaria de dirección idónea, encontró una en un abrir y cerrar de ojos, o

más bien la descubrió.

La primera llamada telefónica que atendió y pasó al despacho del jefe

fue la del notario, el doctor Krautwurst.

Jan Herzka todavía estaba en su escritorio revisando el correo de la

mañana, tarea que había tenido que aplazar, porque necesitó algún tiempo

para reponerse de la impresión que le había causado Agnes y poder

concentrarse de nuevo. Lo logró a duras penas.

—¡¿Krautwurst…?! —dijo después de coger el aparato.

—Sí, el doctor Krautwurst. Me ha dicho que es notario.

—No lo conozco. Pásemelo, por favor.

A Jan le parecía que la voz de la Gebaur tenía un matiz oscuro (tal vez

fuera impresión suya). Tan oscuro como todo lo que había oído antes de

ayer en la tertulia en la que participó en casa de los Siebenschein, lo que

habían contado los dos jóvenes historiadores…

—Soy Herzka, dígame…

Luego estuvo escuchando un buen rato, mientras el señor notario, con

voz pausada, le daba una larga explicación.

—Discúlpeme, señor doctor —dijo Jan con el tono más amable que

pudo encontrar, después de que Krautwurst hubiera acabado—, no se lo

tome usted a mal, pero le recuerdo que hoy es 16 de mayo y no 28 de

diciembre.

El notario no se enfadó. Herzka oyó una risa pausada, regular,

gorgoteante y llena de dignidad, una risa de colega, podríamos decir, pues

así es como los señores suelen reírse cuando hablan sobre un caso curioso o

se cuenta un chiste que tiene gracia, pero, al momento siguiente, se

distancian de ello, para seguir tratando con la debida seriedad el tema que

les ocupa.

—¿Me está diciendo en serio que voy a ser dueño de un castillo? —dijo

Herzka.

—Así es. Y no crea que es un castillo en el aire… ¡Ja, ja, ja! Eso sí,

antes tendría que aceptar la herencia que le corresponde…, pero yo no me

lo pensaría. ¿Cuándo podría tener el honor de recibirlo en mi despacho?

—¿Tendría un hueco esta misma tarde sobre las tres, señor doctor?

—Para usted, a cualquier hora.

—Entonces…, allí estaré.

Es grotesco que Jan pensara de repente en los versos de Guillermo Tell:

 

La muerte corre veloz en pos del hombre

sin darle tregua…

 

Y añadió:

—Lo mismo se puede decir de la vida.

Aunque, entonces, le pareció absurdo. Le hubiera gustado arrancarse el

velo o la tela de araña que cubría su frente desde por la mañana, sentía

como si la envolviera una nube rojiza, oscura.

El correo. Todas sus obligaciones se habían convertido en una superficie

pulida, lisa, sobre la que se deslizaba fácilmente. Era como si la materia con

la que tenía que trabajar no quisiera ofrecerle la menor resistencia, de modo

que su pensamiento podía avanzar como un rayo saltando de un tema a otro,

sin necesidad de asideros ni puntos de apoyo. En su caso siempre era así.

Mientras leía el correo se le ocurrían muchas cosas, y siempre se quedaba

con alguna para ponerla en práctica. Para ser hombre de negocios y para ser

escritor se necesita una fantasía sobria pero enérgica. Lo de hoy era distinto.

Al revisar el correo siempre tenía a su lado un gran bloc de notas, donde

recogía sus observaciones con palabras clave. Hoy la superficie blanca

permanecía vacía. A punto estuvo Jan de llamar a la Gebaur para que

viniera en su ayuda.

Pero lo dejó.

Está bien. Su madre había sido la baronesa Neudegg. Pero ¿cómo es que

el viejo Neudegg, que jamás se había preocupado por él, le había nombrado

heredero de su castillo en Carintia? Su madre y él sólo eran primos. Una fortaleza medieval en Toitschach o Foitschach o como se llame (Herzka no

conocía en absoluto la comarca), con sólidos cimientos y tenebrosos

subterráneos, pero acondicionada y puesta al día para vivir de forma

confortable; según le había dicho el notario contaba con baños y cocina

eléctrica, habitaciones para invitados, castellano, teléfono… Absurdo.

¡Cómo puede uno llamarse Krautwurst! Jamás había oído nada semejante.

Tenía que ser una broma.

Consultó la guía telefónica. Y, en efecto, allí estaba el notario doctor

Philemon Krautwurst con la dirección que le había facilitado.

Aunque eso no quería decir nada, podía ser una broma sin gracia de

algún amigo.

Le parecía evidente que todo aquel asunto tenía que ver de alguna forma

con la Gebaur. En lo más hondo de su ser intuía que estaba relacionado con

ella y con lo que se había dicho la tarde del sábado en casa de los

Siebenschein.

Volvió a ver a la Gebaur como a primera hora de la mañana. Por alguna

razón, cuando se dirigió a ella —Agnes llevaba el fichero y él había ido a

buscar unos datos—, cruzó los brazos delante del pecho, inclinó un poco la

cabeza y permaneció en esa actitud, mientras lo escuchaba atentamente.

Pensó que debía de tener unos treinta años. Su piel era tan pálida como la

luna —¡lo que en 1927 ya iba en contra de la moda imperante!—; su rostro

mostraba un aspecto curioso, como si tuviera un aire antiguo. Se habría

podido decir que era la cara de una virgen. Un pañuelo en la cabeza no le

hubiera quedado nada mal (nosotros, que la vemos desde fuera, podemos

decir que la Gebaur se ajustaba sencillamente al clásico tipo eslavo; sin

embargo, Jan Herzka convirtió el pañuelo de la cabeza en algo así como un

velo negro, el velo de una viuda). Alrededor de sus ojos se acumulaban

unas sombras profundas, llamativas. Había bajado la mirada para examinar

las tarjetas de cartón que iba sacando de un cajetín de madera clara. Pero no

fue nada de eso lo que le impresionó. La conmoción que Agnes Gebaur le

produjo provenía de su persona. Todavía no podía decir a ciencia cierta si

era alta o baja, gorda o delgada, desgarbada o esbelta. No había llegado tan

lejos. Se había asustado y había apartado la vista inmediatamente. Aunque

no tenía duda alguna de que el cuerpo de ella era una profunda incógnita, algo que ni él ni nadie había visto nunca, una figura nebulosa indefinida,

con una cabeza que parecía nadar o flotar por encima…

Sintió que una espalda ancha y oscura se elevaba por debajo de él y

amenazaba con destruir aquella contradictoria unidad que formaban esta

muchacha, aquel viejo castillo y, no menos importante, la tarde de antes de

ayer en casa de los Siebenschein… Se levantó de un salto, se puso de pie

delante del escritorio y cogió el teléfono:

—He acabado con el correo. Ya puede usted recogerlo. Páseme con el

señor Kóppel, nuestro jefe de contabilidad.

—Inmediatamente —dijo Agnes.

En realidad, el matiz de la voz no era tan oscuro. Tal vez con el cuerpo

pasara algo parecido. Quería mirarla una vez más, sin que se diera cuenta,

tranquilamente. Kóppel llamó a la puerta. Jan le pidió que entrara. Su paso

era lento y espacioso. Kóppel era el apoderado. También pertenecía a la

vieja guardia. En general, Jan había continuado con los hombres de

confianza de su padre. Sin pensárselo dos veces, preguntó directamente al

viejo Kóppel si podía marcharse un par de días. El apoderado sacó su

agenda del bolsillo y, después de consultarla, anunció que seguramente no

habría ningún problema. Jan le preguntó entonces si en la caja disponían de

seis mil en efectivo; era la una de la tarde y los bancos ya estaban cerrados.

El apoderado se lo confirmó sin dudarlo. Jan rellenó el correspondiente

adeudo. Llamó a la Gebaur para que entrara bajo la protección de Kóppel,

por así decirlo. Allí la tenía. Su persona, sin embargo, seguía siendo

impenetrable. Llevaba un vestido amplio y, además, largo, justo lo contrario

a lo que dictaba de la moda. Pero no creía que fuera esbelta. Tampoco baja.

—Tengo que salir de viaje, señorita Gebaur —explicó—. Dirija usted

todas las consultas a nuestro jefe de contabilidad y guarde una copia para

mí. Como es natural, el correo también lo atenderá él, ¿de acuerdo? Me ha

surgido un viaje —repitió—, asuntos de una herencia. Me lo ha comunicado

esta mañana ese notario que tiene un apellido tan gracioso, Krautwurst. —

La Gebaur sonrió; tenía los párpados hundidos; las pestañas, largas; bajo

sus ojos se extendían unas profundas sombras.

Le trajeron el dinero. Jan le dio la mano al apoderado y a Agnes y se

marchó.

Fue como si él mismo se hubiera puesto de patitas en la calle. Cuando ya

estaba en la escalera sintió el peso de su propia decisión empujando detrás

de él. Hace un cuarto de hora tenía previsto regresar a su mesa por la tarde.

Ahora ya era imposible.

El día anterior, el domingo, había sido terrible.

Solo, en casa.

Esos jóvenes historiadores con sus historias de brujas lo habían

devastado por dentro. Si fuera posible pensar en algo tan contradictorio,

habría dicho que sufría constantes explosiones.

Y eso que aún no había descubierto a la Gebaur.

¡Pero ahora! Ahora todo se juntaba.

Se echó hacia atrás, recostándose sobre su propio pasado; allí estaba su

antigua amada: Magdalena Güllich.

El cielo estaba cubierto. Uno se lo habría podido colocar como un

sombrero, calándoselo sobre la frente. Había llovido y, tal vez, todavía

lloviera (era una lluvia suave, parecía que cayera de la regadera de un niño).

El calor y la humedad extendían un vaho asfixiante, angustioso. Sin

embargo, Jan se encontraba muy bien físicamente, tenía una fuerza

extraordinaria. Enderezó los hombros bajo la chaqueta. La sensación de ser

dueño de su propio cuerpo, el paso ligero, el gusto por el movimiento, la

tensión de los músculos, lo empujaba a salir y a sumergirse en este entorno

cálido y húmedo, opresivo. Un invernadero. Y otro dentro. En el fondo,

quería encerrarse en sí mismo. No ver ni oír nada. Sólo a Agnes Gebaur.

Ahora, los torturadores se habían encerrado con ella. La llevaban atrás, al

fondo de un aposento débilmente iluminado y empezaban a desvestirla. El

velo y el largo vestido negro cayeron a sus pies. El fulgor de la lencería que

llevaba debajo levantó el vuelo como el blanco vientre de plumón de un

cisne.

Habría debido incendiarse como un cohete que sale disparado. Pero

siguió adelante tranquilamente.

La tempestad se había desatado sobre él. Tendría que distanciarse. La

muerte corre veloz en pos del hombre.

De hoy a mañana. De antes de ayer a hoy. ¡Ese maldito Stangeler! Se le

había ocurrido algo… Pero lo rechazó. Aunque tal vez no fuera tan mala

idea contactar con él.

Al restaurante. Hambre atroz. Debilidad en las rodillas. Luego, al café.

Sólo un momento. Pasar revista a los periódicos, concretamente a la sección

de economía. Cotizaciones. Productos. Cáñamo. Sobre todo yute. La

empresa de Herzka dependía en parte de ello. Se dedicaba a comerciar con

tirantes, tensores, cintas transportadoras, para persianas. Lasque fabricaban

en… Bueno, ya se sabe: nos referimos, naturalmente, al lugar de trabajo de

Leonhard Kakabsa.

Entonces no era un negocio que moviera mucho dinero en el mercado.

Eso fue más tarde, alrededor de 1930 o 1931, cuando, en realidad, se movía

dinero en todas partes, por decirlo suavemente. De momento, las cosas

marchaban relativamente bien, con fluctuaciones que no afectaban a lo

esencial.

La Güllich… nunca había estado aquí, en esta ciudad. ¡Qué suerte! No

tenía que evitar ninguna zona, no había barrios proscritos ni tumbas vivas.

Había sido en otra ciudad, lejos, en el oeste. Su domicilio: boulevard

Népalek, 16. Pero no había sucedido allí, sino en otra parte. Había caído

sobre ella por sorpresa. Bueno, ya habían pasado cinco años. Había sido

poco después de la muerte de su padre, que le había enviado allí por su

dominio del francés, para que se ocupara de la sucursal que tenían en el

lugar. Moser, el ordenanza, le había acompañado; era curioso, él también

hablaba muy bien el idioma. Era hijo de un pequeño funcionario imperial y

real de la corte. Boulevard Népalek, 16, allí es donde vivía. La casa todavía

existe y ella aún reside allí. Seguro. Habría tenido que casarse con esta

muchacha y educarla a su gusto. ¡Aplicándole una rigurosa disciplina! Pero,

después de aquello, todo había acabado para siempre.

Entonces todavía no conocía a ese maldito Stangeler.

Sólo disponía de un viejo libro. Todavía lo conservaba.

Había pasado el domingo leyéndolo.

En aquel entonces, las circunstancias se habían precipitado y se cerraron

de golpe sobre él como si se tratara de una trampa, por así decirlo. Había

comprado aquel libro por la tarde. Esa noche fue con la Güllich al circo. Yeguas blancas vestidas. Una se llamaba «Halka». Como la Opera Nacional

Polaca. El incidente se produjo después del circo. La había arrastrado a toda

prisa a una casa de citas que había muy cerca. Luego empezó a maltratarla.

No era lo que pretendía.

No había sido su intención. Pero ella no lo comprendió. Habría tenido

que enseñarle el libro.

Casarse con la Gebaur.

Ahora, la tapa de la trampa le calló justo sobre la cabeza. ¡Venga!

Arriba, al notario. Las tres menos cuarto.

 

El doctor Krautwurst era una calamidad con gafas, cuidadosamente

afeitado, inteligente y meticuloso, con un gran gusto por los detalles. Lo

que más le preocupaba eran las formalidades legales. Es comprensible.

Pidió a Herzka que firmara una declaración en la que manifestaba su

voluntad de aceptar la herencia otros documentos por el estilo. No era

exactamente la adición de la herencia, eran los requisitos previos. Sin

embargo, como nadie había impugnado el testamento del señor Von

Neudegg y no parecía que existieran otros herederos aparte de Herzka —al

menos no se había presentado ninguno—, el asunto se resolvería con una

mera transmisión patrimonial que no llevaría demasiado tiempo. Al doctor

Krautwurst le parecía que Herzka podía ir a visitar cuando quisiera la que

desde ahora era su segura propiedad sin necesidad de esperar a la adición.

¿No sentía curiosidad? Un castillo no era moco de pavo. Además se

conservaba en óptimas condiciones, listo para ser habitado. El viejo barón

había invertido mucho en él. Salió a relucir que el doctor ya había ido a

verlo en dos ocasiones después de la muerte del viejo Achaz. Tenía que

cumplir con las obligaciones que había asumido por amistad con el barón el

mismo día en que éste firmó su testamento ante él. En este caso, también

actuaba como albacea. La última voluntad con validez legal plena databa de

fecha muy reciente: 2 de marzo de 1927.

Tenía mil observaciones que hacerle sobre esto y lo otro. Como es

natural, los temas que le preocupaban al señor notario no despertaron

ningún interés en Jan Herzka, por lo menos en esos instantes.

—Haré el viaje. Esta misma noche. Quiero ver el castillo —dijo Jan.

El doctor Krautwurst tardó unos momentos en comprender la decisión

que le habían comunicado de una forma tan precipitada y tan directa.

—¿Cómo…? —dijo.

Herzka pensó que era prudente matizar sus palabras envolviéndolas en

un halo burgués.

—Resulta —añadió— que en las próximas semanas o incluso meses es

más que probable que no tenga ocasión de preocuparme de este asunto ni de

viajar allí abajo; tengo que cumplir con distintos compromisos y atender

otros temas que también requieren mi atención. Dentro de tres días tengo

una cita ineludible. Si quiero ver el castillo, lo tengo que hacer

inmediatamente. Tengo pensado partir esta misma noche.

Parecía que Krautwurst se había tranquilizado.

—En ese caso, puede coger el rápido de la noche a Villach y apearse

allí. Por la mañana estará usted en su destino. Yo me encargaré de anunciar

su llegada. El castellano es un hombre muy amable. Se ocupa de que todo

vaya sobre ruedas. Irá a recogerlo a la estación con el coche. Pediré una

conferencia urgente, ¿de acuerdo? Pero antes, el horario del tren.

El doctor Krautwurst era despierto y servicial.

Sin embargo, después de pedir la conferencia, habló en un tono

solemne:

—Hay una última cuestión que debemos resolver, señor Herzka. El

viejo barón dejó una carta… para usted. ¿Tiene la amabilidad de firmar la

entrega aquí? —Le presentó un recibo escrito a máquina—. Naturalmente,

no tiene por qué abrir la carta ahora mismo ni leerla delante de mí, pero, si

decide hacerlo, le quedaría muy agradecido; se trata de un documento, cuyo

contenido ignoro, que podría contener información relevante para el

expediente que he de elaborar, aunque, como es obvio, tiene usted completa

libertad para comunicarme los datos que contenga la carta, lo que, por otra

parte, puede que redunde en su interés.

Era un sobre corriente, barato, sin membrete. Habían escrito sobre él

con una pluma blanda. Los trazos eran sueltos, grandes y afiligranados: «A

la atención del señor Jan Herzka, Viena, quien lo recibirá de manos del

doctor Philemon Krautwurst después de mi fallecimiento».

—¿Es ésta la letra del señor Von Neudegg? —preguntó Herzka.

—Sí —dijo el notario, que le tendió el abrecartas.

El sobre contenía un pliego de papel timbrado, cuyo sello aparecía

parcialmente cubierto por aquellos enormes trazos. La escritura de la carta

no era menor que la del sobre; la mayoría de las personas escriben la

dirección con letra más grande que el resto del texto. El encabezamiento de

la carta repetía lo que ya figuraba en el exterior. A continuación empezaba

la carta, que se podía leer sin dificultad:

 

Miércoles de ceniza de 1927

Querido Jan:

Te lo dejo todo. No te preocupes de nada más. Krautwurst se

encargará del resto, es un hombre íntegro y su comportamiento será

intachable. Estoy solo. Ya no me queda nadie. Está bien así. No eran

más que haraganes, bribones y granujas. Tu madre, mi prima, fue

una Neudegg, aunque nunca me quiso; de hecho, después de su

matrimonio apenas nos volvimos a ver. Tú eres un tipo decente,

trabajador, has continuado con el negocio de tu padre, que en gloria

esté, dirigiéndolo prudentemente. Además, tus finanzas te

permitirán mantener una propiedad como Neudegg. Lo sé todo

sobre ti. Me he informado. ¿Que cómo di contigo? El año pasado

estuvo en mi casa S. A. Slobedeff (su auténtico nombre es Alexandr

Alexandrowitsch S., aunque siempre lo llamamos Sascha). Un

hombre extraordinario; bueno, tú ya lo sabes. Tuvo la amabilidad de

tocar para mí en el órgano de la capilla. Un genio. Me habló de ti…

y de la confesión que le hiciste cuatro años antes. Bueno,

seguramente no necesito decirte mucho más. De modo que presta

atención: no cambies nada. Conserva el servicio. Quienes se ocupan

de la finca son gente honrada. Los contratos de arrendamiento están

en orden. No toques mi despacho, si eres tan amable. Siéntate allí de

vez en cuando y piensa que es donde se refugiaba Neudegg. Algo

más: cuando vengas, trae contigo a alguien que entienda de libros

antiguos y, especialmente, de manuscritos, un especialista que

conozca la Edad Media y demás. Existe una curiosa biblioteca. Pide

que te asesoren y te orienten; no tienes más que preguntar en la

universidad, ellos te recomendarán a alguien. No podrás examinar el

material por tu cuenta. Los manuscritos no los ha visto nadie hasta

el momento. También puedes visitar los subterráneos, la torre y lo

que se esconde detrás de los gruesos muros de los cimientos; es la

parte más antigua, desde allí se puede observar el foso de la

fortaleza, que aún se conserva en buen estado. En cualquier caso, no

andes mucho por allí, aunque todo está ventilado e incluso

iluminado con luz eléctrica. Más tarde comprenderás mejor por qué

lo digo. He dejado encargada al párroco una misa anual por el

eterno descanso de mi alma en el aniversario de mi muerte (¡¿?!), a

perpetuidad. Si estás allí, acude a la iglesia y reza por mí, ¿de

acuerdo? Está bien. Disfruta de la herencia. Sé feliz en la vida.

Cásate. Que el Cielo te proteja.

 

ACHAZ NEUDEGGER

 

Mientras Jan repasaba atentamente la última parte de la carta, el notario

había estado hablando con Carintia. Cuando acabó, Herzka le tendió el

pliego. El doctor Krautwurst lo examinó unos momentos y luego dijo:

—Está fechada el mismo día que firmó su última voluntad. Como habrá

observado, las instrucciones que da coinciden con lo estipulado en el

testamento: sobre todo, la cuestión del servicio…; además del «castellano»,

que realiza las funciones de conserje, hay otras cinco personas

imprescindibles para atender una casa tan grande.

Sobre la segunda parte de la carta, el doctor Krautwurst no dijo nada.

Herzka se quedó asombrado al comprobar que en los últimos treinta

minutos, puede que en la última hora, su estado había empeorado

notablemente. Ni siquiera su reciente herida, si se puede llamar así, le había

hecho sentir tan mal. En otras palabras, se encontraba mejor cuando la

cabeza aún le zumbaba por el golpe que le había dado la trampa. Parecía

que algo había quedado bloqueado en él, mientras venía de camino al

notario. Igual que cuando un motor se recalienta y se gripa. Y, sin embargo,

prefería continuar en ese estado, no quería salir de él bajo ningún concepto;

era una especie de calentura febril que, en el fondo, le resultaba agradable; aunque eso no impedía que se sintiera descarriado, como si se hubiera

salido de la vía.

—Bien, ¿eso es todo? —preguntó.

—Sí —respondió el doctor Krautwurst, que le tendió una nota en la que

había apuntado la hora de partida del tren de la noche.

—Dígame otra cosa, estimado doctor —añadió Jan—, ¿cuándo murió el

barón exactamente? Ya sé que lo mencionó antes y que figura en el acta de

defunción.

—El 23 de marzo. Mucha gente mayor muere en primavera u otoño.

—Sí. La muerte corre veloz en pos del hombre. ¿Me permitiría

telefonear desde aquí?

—Desde luego, señor Herzka, no faltaba más —dijo Krautwurst—.

Aquí tiene la guía telefónica. Discúlpeme un instante, por favor.

Abandonó con mucho tacto su despacho, como si tuviera obligaciones

urgentes que atender.

Herzka buscó en la guía:

—Inmobiliarias… Inst… Inst… Inspección… Instalaciones… Aquí:

Institutos… Instituto de… Instituto Austríaco de Investigaciones

Económicas… ¡Pero cuántos institutos hay! ¿Y si el Instituto Austríaco de

Investigaciones Históricas no aparece en la guía? —O no lo encontraba con

las prisas—. ¡Un momento! El viejo Achaz me recomendó que acudiera a la

universidad. Uniformes… Uniones… ¡Universidad! Administración…

Biblioteca… Decanato de la Facultad de Filosofía… Oficina del

Rectorado… Recepción y conserjería… Eso es, aquí me darán

información… Hola…, ¿me podría facilitar el número del Instituto de

Investigaciones Históricas…?

—Ha llamado al A 25-4-30, Instituto Austríaco de Investigaciones

Históricas, le atiende el ordenanza Pleban.

Fue muy amable.

Herzka sostenía el auricular torpemente. Tuvo que ayudarse de la otra

mano para enderezarlo. También sus manos parecían haber descarrilado.

Como aquel día en casa de la Güllich, cuando había estado hablando con

Slobedeff y le había «hecho una confesión»…

—¿Me podría decir si está por ahí el doctor René Stangeler, por favor?

—Por supuesto que sí, señor mío. Voy a buscar al señor doctor

inmediatamente.

—Señor Von Stangeler —dijo Herzka, después de que René se hubiera

puesto al aparato—, nos conocimos antes de ayer por la tarde en casa de los

Siebenschein; tendría que hablar con usted urgentemente. ¿Tiene tiempo

para que nos veamos en alguna parte dentro veinte minutos más o

menos…? Si lo prefiere puedo ir a la universidad. Tal vez sea lo mejor.

—Está bien. De modo que dentro de veinte minutos en el patio, bajo las

arcadas.

El coche. ¡Entonces se le ocurrió pensar que tenía un coche! Extraño.

Stangeler tendría que ir a casa, arreglarse para el viaje. ¡Excelente! Luego

cenarían juntos… El negocio… La Gebaur…

No se había vuelto a acordar, cayó de repente, como nos suele ocurrir en

sueños, cuando caemos en un piso inferior de nuestra conciencia. Por un

segundo, sintió un vacío en la fosa epigástrica provocado por el terror…

Los torturadores habían seguido adelante con su trabajo, mientras él estaba

en el notario. Agnes se encontraba encogida, medio desnuda, ocultando su

rostro.

—Johann Herzka y compañía.

La realidad de aquella voz oscura lo liberó de la visión que se había

impuesto en su fantasía dominándola brutalmente. Encargó que le mandaran

el coche. Podían aparcarlo ante la rampa de la universidad. Luego colgó el

auricular. En ese momento se dio cuenta de que también habría podido

pedir que vinieran a recogerlo aquí. En cualquier caso, tenía tiempo

suficiente. Podía ir dando un paseo. No estaba tan lejos. Sería una forma de

distanciarse… El notario entró en el despacho.

—Bueno, ¿ha podido hablar?

—Sí, todo en orden —dijo Jan.

—Iba a decirle —comentó el doctor Krautwurst— que hace poco se

produjo otro fallecimiento que nos ha evitado grandes complicaciones y un

notable quebranto en la herencia que le ha correspondido. A mediados de

febrero murió en Suiza la hija del testador. Era viuda y no tenía hijos. Se

había casado con un conde francés. El anciano señor Neudegg no le tenía

ningún cariño. Lo decía abiertamente. Habríamos tenido que entregarle, al menos, la legítima; se habría convertido en copropietaria del castillo. Creo

que su muerte fue lo que animó al viejo a acudir a mí y redactar un nuevo

testamento. Justo a tiempo. Hay un pasaje de la carta dirigida a usted, donde

evidentemente se refiere a la muerte de la condesa, justo al comienzo,

cuando dice: «Estoy solo. Ya no me queda nadie» o algo parecido. Las

únicas cargas que ha de asumir como heredero son las que se indican en el

testamento.

—Muy bien —dijo Herzka, y se despidió del notario.

—¡Cuándo vuelva me tiene que contar cómo le ha ido allá abajo! ¡Le

reitero mis felicitaciones!

—Muchas gracias. Le tendré informado de todo, señor doctor. Hasta la

vista. La muerte corre veloz en pos del hombre. ¡Cuántas tonterías! Jan

caminó a lo largo del Schottenring. El pavimento estaba seco. Las cuatro. El

sol rompía por la derecha. Ahora, Agnes estaba completamente desnuda

salvo por un lienzo holgado que colgaba alrededor de sus caderas. ¡Al

diablo con Stangeler! Siempre que aparecía Slobedeff se acababa la

diversión.

Su aparición demostraba que no andaba tan descarriado como creía y

que tampoco se había salido de la vía principal, no estaba recorriendo un

tramo secundario ni una circunvalación que lo alejara de la vida; el tren

expreso que había tomado aquella mañana, o más exactamente el sábado

por la noche, iba lanzado, directo a su destino. Aunque hiciera mucho que

no lo vislumbrara. En esto Sascha Alexejewitsch estaba equivocado. Herzka

recordaba el consejo que le había dado después de escuchar aquella

«confesión», como la llamaba el viejo Achaz, al día siguiente del percance

que había tenido con la Güllich. «Vaya usted con los ojos abiertos, Jan,

porque va a atravesar un infierno de vacilaciones y caídas…». En absoluto.

Nada de eso. No hubo infierno, vacilaciones ni caídas. Todo había sido

devorado, borrado de un soplido. Durante cinco años se había olvidado por

completo de Slobedeff; el entorno en el que Herzka se desenvolvía le

facilitó las cosas… Se había olvidado absolutamente de Slobedeff durante

cinco años, igual que aquel día se había olvidado de su coche durante dos

horas. No había diferencia. Pero, ahora, Slobedeff había vuelto a emerger.

¡Qué distinto, qué distinto! Los torturadores eran implacables. Ahora iban a escarnecer a la pobre desdichada. La condujeron hasta el fuste de una

columna que había en el centro de la estancia y le ataron las muñecas a él.

La pobre Agnes. La honesta y casta viuda (¡¿?!).

La presencia de Sascha se hacía cada vez más intensa. Era director de

orquesta. Al día siguiente tenía una actuación en la Real Sala de Conciertos.

Herzka, que por regla general no frecuentaba los círculos musicales, había

ido a escucharlo. Se trataba de una sinfonía.

La noche en que se produjo el incidente con la Güllich la acabó lejos,

fuera de la ciudad, junto a la corriente… Discusiones, gritos…: una pelea.

Algo totalmente nuevo para Jan. Había estado a punto de caer sobre

Slobedeff, al saltar de un tren de mercancías al que se había subido en

marcha mientras ascendía lentamente por la montaña. (¡Quería salir,

marcharse de allí, le daba igual adonde, necesitaba cambiar de comarca!).

El compositor se había trasladado a un pueblecito de las afueras buscando

paz y sosiego para poder trabajar. Estaba tomando el sol en la ladera,

cuando conoció a Jan Herzka de aquella manera tan brusca. Fue un

encuentro breve, pero profundo.

Parece que el trabajo en la cámara de tortura había acabado por el

momento. No había más que ver. Era un alivio. El sol rompía con fuerza por

la derecha abriendo grandes claros en el cielo. Al otro lado se veía la

universidad.

 

Un patio fresco con columnas altas y lisas. Stangeler, sin sombrero, tal y

como se había levantado del escritorio, avanzó desde el fondo cuando vio

entrar a Herzka por el corredor de la derecha. René le había dado

indicaciones precisas.

—Señor Von Stangeler —dijo Jan, mientras paseaban lentamente uno al

lado del otro—, me gustaría contar con usted como especialista. Por

desgracia, tengo muchísima prisa. ¿Tiene previsto algo urgente para hoy por

la tarde, mañana y pasado mañana? Lo que quiero pedirle es que esta

misma noche, hacia las diez, salga de viaje conmigo. Yo corro con todos los

gastos y, para compensarle por el esfuerzo y las molestias que le pueda

ocasionar, estoy dispuesto a ofrecerle una paga inicial de mil quinientos chelines. Es una cifra provisional, si tuviera que invertir más tiempo, lo que

es probable, aumentaría esa suma.

Después de ese preámbulo —hasta ahora, René se había limitado a

responder que estaba libre, por lo que no tendría inconveniente en hacer con

él ese viaje—, Herzka pasó a explicarle de qué se trataba, aunque no llegó

al fondo del asunto, eso es cierto y hay que decirlo desde ahora. Le habló de

la visita, recorrido o examen de un viejo castillo, que le había

correspondido en herencia, y, en especial, de una primera aproximación a su

biblioteca.

—… Se trata de una colección de libros y manuscritos medievales —

manifestó.

—Neudegg —dijo Stangeler, y se quedó parado—. Sí, lo conozco. Voy

a consultar un momento arriba. ¿Y dice usted que también hay…

manuscritos, señor Herzka? ¿Es que existe un archivo? No había oído

hablar de él jamás.

—Al parecer, los documentos se encuentran en la biblioteca.

Cuando Stangeler estaba de buenas, podía mostrarse atento, humilde y

relajado. Cualquiera que lo conociera se habría dado cuenta de que tenía un

buen día en cuanto lo hubiera visto acercarse a lo lejos por las arcadas, por

su paso, por su pelo, por la frescura de su aspecto… Jan Herzka apenas

conocía a Stangeler; no podía ser de otro modo, se lo habían presentado el

sábado anterior…, y por eso ignoraba las virtudes de las que podía hacer

gala René en ciertos momentos, virtudes de las que, por lo general, carecía,

como, por ejemplo, la inteligencia y la agilidad mental. Herzka, que, en el

fondo, era un hombre de negocios, aceptó con total naturalidad las

condiciones que puso Stangeler, sin reparar en su excepcional agudeza.

Seguramente tampoco tuviera ningún motivo para hacerlo, aunque el

comportamiento de Stangeler (¡si uno se mete en su piel!) fue admirable. Le

dijo a Herzka que estaba dispuesto a ponerse a su disposición y que los

honorarios que le ofrecía le parecían justos; sin embargo, antes de empezar

a trabajar, quería tener un documento firmado por él en el que declarara que

los derechos de publicación de la colección de manuscritos depositados en

Neudegg, así como de los descubrimientos científicos a que dieran lugar sus

investigaciones en la fortaleza, le correspondían exclusivamente a él. Además quería su compromiso de que no llamaría a ningún otro

especialista, mientras él estuviera trabajando en la fortaleza o en Viena con

materiales de Neudegg; de ser así, Herzka habría de informarle con cuatro

semanas de antelación. Si estaba dispuesto a aceptar estas condiciones,

emprenderían el viaje esa misma noche.

—De acuerdo —dijo Herzka, al que las cautelas de Stangeler le

causaron muy buena impresión, una impresión de seriedad (y así era, René

podía ser muy serio, cuando estaba de buenas)—. Me alegro mucho de que

viaje usted conmigo; sus conocimientos me serán de gran ayuda. No

necesito ningún otro experto.

René no comprendió a lo que se refería Herzka. ¡Y eso que tenía un

buen día! Con todo su abolengo, Stangeler podía comportarse como un

estúpido desmemoriado. No parecía tener presente quién había participado

en el debate del sábado por la noche.

Desde el comienzo de su conversación bajo las arcadas —caminaban

lentamente alrededor del patio, cuya quietud sólo era alterada de tarde en

tarde por el eco que llegaba de las escaleras, mientras el césped reposaba en

el centro como un estanque—, Jan Herzka se había ido sintiendo cada vez

más fatigado, a pesar de toda la amabilidad, la disponibilidad y la seriedad

de su interlocutor. Había penetrado aquí como un tiro. Pero la fuerza del

disparo había pasado, y el aura del lugar ejercía una notable influencia

sobre su espíritu. El incendio que se había desatado en los sótanos de su

alma había quedado extinguido. Agnes se había disuelto en la nada —

¡cómo suelen hacer las brujas!—, cuando todavía estaba en la calle. Jan

tenía la impresión de ser una nuez cascada. Quería volver a cerrarse de

nuevo alrededor del dulce fruto. Pero no había ninguno. Entre las cáscaras

quedaba algo marchito. Dinero y bienes. Lo que quedaba después de esta

apresurada visita a la universidad era el cumplimiento de lo establecido por

el señor Von Neudegg, que en gloria esté, quien le había recomendado que

acudiera allí. En cualquier caso, habría que determinar el valor de esos

viejos libros y manuscritos, su valor monetario o, por lo menos, científico.

Y no estaría mal hacerlo cuanto antes. Tampoco le parecía tan mala idea

visitar la propiedad, dejarse ver, mostrar interés, comprobar que todo estaba

en orden. Si no lo hacía ahora…, ¡quién sabe las sorpresas y complicaciones que le podía deparar su trabajo en la empresa! Seguramente

había valido la pena tomar una decisión rápida. Un castillo no es moco de

pavo. ¿Dónde quedaba ahora Agnes?

Tuvo la impresión… de que, en realidad, estaba oyendo la voz de la

Gebaur.

—Señor Von Stangeler —dijo sin crisparse, con una amable expresión

que apenas disimulaba el cansancio que le producía tener que hablar—,

¿tendría usted la amabilidad de acompañarme a la entrada del edificio? Me

gustaría mostrarle mi coche. Para que él chófer lo conozca. Seguro que ya

ha llegado…

«En realidad, tendría que haber llegado antes que yo —pensó Herzka,

confuso—, ¿estaba a la puerta cuando entré?».

—Ahora me tengo que ir a casa, a Döbling, pero el coche estará de

vuelta dentro de media hora y entonces lo tendrá a su entera disposición.

Me imagino que tendrá que pasar por su casa para preparar el viaje. ¿Dónde

vive usted, señor doctor?

—En el distrito tercero.

—Vaya —dijo Herzka—, eso está lejos.

Stangeler actuó de la manera más inteligente y no rechazó la oferta del

coche.

—¿Puedo contar con usted para que cenemos juntos sobre las ocho? —

preguntó Herzka—. Si pide al chófer que le espere delante de su casa, luego

podrá venir a Döbling directamente, sin necesidad de andar con prisas. No

son más que las cuatro y media pasadas.

—Se lo agradezco de todo corazón. También me gustaría acercarme a la

Althanplatz, para despedirme de la señorita Siebenschein, mi novia —dijo

René—, y comunicarle que salgo de viaje. ¿Me permitiría utilizar su coche

para este propósito?

¡Qué solidez, qué corrección, qué seriedad! No podía despertar más

simpatía.

—Naturalmente que sí, señor Von Stangeler —dijo Jan—, el coche está

a su absoluta y entera disposición.

Descendieron por la escalinata. Al ver a Jan, el chófer se apresuró a

poner el coche en marcha para subir por la rampa y recogerlo, pero Herzka le hizo señas de que esperara.

—¿Cuándo ha llegado usted, Franz? —preguntó.

—Un par de minutos antes de que el señor subiera por la escalinata —

respondió el conductor, que ya se había apeado y abría la portezuela.

Era un hombre de mediana edad. El anillo de casado que llevaba en su

fuerte mano de obrero destacaba sobre el picaporte niquelado.

—Nos vamos a casa —dijo Herzka—. Luego vuelva de inmediato aquí

y espere al señor doctor. —Jan señaló a Stangeler—. Lo necesitará toda la

tarde. Luego tendrá que traerlo a las ocho para la cena.

 

El torpe ingenio de Stangeler, lento pero seguro, había dado por fin con el

vínculo que existía entre la conversación del sábado —que tanto interés

había despertado en Jan Herzka— y el viaje que estaba a punto de

emprender.

Caminó lentamente a través de las arcadas, sacó un tintineante manojo

de llaves del bolsillo del pantalón y luego subió algo más rápido las

escaleras. Los amplios corredores estaban vacíos. Metió la llave en la

cerradura de la puerta, que se abrió con un sonido que, en cierta manera, ya

había oído demasiadas veces… Cada vez caía una nueva gota de malestar.

Tantas habían sido, que acabaron por formar un hueco, una depresión en la

vida de costumbre. René trabajaba en la galería de la biblioteca desde que

había acabado sus tres años de estudios y había aprobado el examen final

con unos modestos resultados. En la sala se sentaban aquellos que todavía

lo tenían por delante, en este caso, para el verano del próximo año, es decir

para 1928. Por eso, el estado de nervios todavía era aceptable, muchas

veces se mantenían dilatadas discusiones y también se estudiaba en grupo.

Reinaba la calma. El olor a linóleo del suelo era otro de los detalles que

causaban un profundo malestar en René. Hacía mucho que había

encontrado un hueco en su interior, siempre el mismo. Instalado allí,

generaba en él una angustiosa repugnancia. La vida desgasta. El goteo

continuo acaba minando incluso la piedra.

En la solitaria galería se encontró con otro personaje marginal, el doctor

Neuberg.

Se saludaron cordialmente.

—¿Ya ha encontrado algo, querido colega? —preguntó Neuberg.

—Sí —dijo Stangeler abriendo su corazón—, llevo trabajando desde

otoño, aunque no es más que una fruslería, un puesto en la biblioteca de la

Administración de la Cancillería Federal, en la Herrengasse.

Era habitual que los titulados esperasen años para conseguir un puesto.

—Yo todavía no he encontrado nada.

La desesperación erró unos instantes por su rostro amplio, franco, del

que saltaban chispas de ira como en un punto dañado de la línea eléctrica.

—Ya llegará —dijo Stangeler afablemente—. ¿Qué he conseguido yo

hasta ahora? Perder la libertad a cambio de un sueldo que apenas me

permitirá vivir. Aunque mi padre siempre ha dicho que, una vez que se ha

conseguido entrar, el resto es más fácil.

—Seguro que su padre tiene mucha razón. Pero ¿qué pasa si no se

consigue entrar?

—Me parece a mí que somos tan necesarios para el oficio como un

erizo para un plato de ensalada.

En Neuberg brilló una chispa de simpatía.

—Puede que en eso también tenga usted razón —dijo él.

Se dieron la mano y regresaron a sus respectivas mesas de trabajo.

Así fue. Aquí acababan por ahora los documentos merovingios. Primero

tenía que buscar información sobre la fortaleza. René fue anotando

cuidadosamente todos los datos en una hoja (no encontró absolutamente

nada sobre un archivo, el artículo se limitaba a reseñar las características

propias de la fortaleza, destacando que Neudegg era un buen ejemplo de

castillo elevado y que sus defensas originales todavía se conservaban). Era

un caso relativamente raro, Neudegg había estado en poder de la misma

familia desde el siglo XIV. Bien, eso era todo. Sacó del cajón la lupa de

lectura. Recogió el diccionario de abreviaturas de Capelli; era suyo y se lo

podía llevar. Metió ambas cosas en su cartera. «¿Para qué voy a necesitar el

Capelli? —pensó—. Serán documentos del siglo XV, si es que no son de la

Edad Media, cuando todo el mundo hacía las abreviaturas como le parecía.

Lo que sí me voy a llevar es el Grotefend, me servirá para resolver la

cuestión cronológica, la datación». Entonces llegó el ordenanza Pleban.

—¿Se va ya, señor doctor?

Stangeler le mostró la cartera como exigían las normas:

—Son dos libros míos.

—Gracias, gracias, señor doctor —dijo el representante del Instituto.

La puerta sonó. Recorrió el corredor y bajó a las arcadas. El lugar lo

despedía. Se le ocurrió pensar en la elevada cantidad de dinero que iba a

percibir (para hacerse una idea de lo que supondría hoy, habría que

multiplicar prácticamente por seis la cifra que Herzka le había ofrecido de

entrada). Salió al exterior, se dirigió a la escalinata, miró abajo y vio el

coche que le habían reservado. Fue como si la tapa de la caja donde hasta

ahora había estado recluido se abriera de repente sobre su cabeza y le

permitiera salir arrastrándose, estirando la espalda, para deslizarse a

continuación en otra caja mayor, más espaciosa, que, desde su punto de

vista, se ajustaba mejor a su verdadera envergadura.

El conductor le abrió la puerta del coche y le saludó. René se subió en la

parte de atrás con la cartera. El vehículo arrancó suavemente. No tardaron

en dejar a su espalda la Ringstrasse. El aire que entraba con la velocidad era

fresco.

El repentino impulso que la vida le había dado a René encontraba su

expresión más justa en la rapidez con que avanzaba el automóvil. Le

invadió una agradable sensación de bienestar, como si una flecha se

precipitase desde el cielo y fuera a dar directamente en él. Ahora circulaban

por las calles del barrio donde se encontraba la casa de sus padres. De

repente, se sintió extraño pasando por allí con un coche tan grande. Era

como si les estuviera diciendo que su hijo era rico, que había llegado a ser

alguien…

Pidió a Franz, así se llamaba el chófer, que le esperara, tal y como

Herzka le había dicho, pero le dio una propina digna de un caballero, para

que se tomase algo por allí cerca, porque aún quedaba bastante tiempo para

salir. Eran las cinco y media. René subió al segundo piso. Lo primero que

hizo fue llamar por teléfono a Grete Siebenschein. Lo cogió ella misma.

Estaba contenta, su voz era cálida.

—Sí, claro que puedes venir. Te espero en casa.

Desde el sábado la veía más feliz. El encuentro que había organizado el

doctor Körger con unas intenciones tan aviesas tuvo justo el efecto

contrario al que esperaba. Ahora, después de tantas veces como se había

rebelado, se sentía más tranquila y comenzaba a someterse a la ley de su

amor. La gloriosa puesta en escena que habían preparado Körger y sus

colaboradores para demostrar que aquélla era una «situación insostenible»

había resultado un fracaso. Fue la mejor prueba que Grete podía encontrar

para reafirmarse en su convicción de que las cosas salían bien cuando uno

ponía de su parte. Una prueba que, sin pretenderlo en absoluto, había

quedado enmarcada dentro de unos límites precisos.

Pero el acontecimiento central de aquella tarde había sido el inquietante

—sobre todo para Herzka— debate sobre los procesos contra brujas, en el

que había sido vencida por René…, exactamente como ella deseaba.

El dudoso vencedor entraba ahora en su cuarto.

Dejó una ventana abierta.

El patio vecino era verdaderamente grande. En las copas de sus árboles

se habían posado innumerables gorriones que elevaban su canto en medio

de la tarde. Eran trinos estridentes, que penetraban con fuerza al oído como

una sola nota.

Después de refrescarse, René se vistió con ropa deportiva para el

campo. Metió en un maletín de viaje todo lo necesario para pasar fuera la

noche y añadió los dos libros, la lupa de lectura y un cuaderno vacío. Las

notas que había tomado sobre Neudegg prefirió guardarlas en la cartera;

rellenó la pluma y revisó el portaminas… Al fin. Le había costado trabajo

salir de su cuarto; siempre se acordaba de algo más. Se sentó unos

momentos a reflexionar sobre su situación. No existía duda alguna de que

en Herzka ardía una pasión permanente, por decirlo de algún modo. René

no intentó engañarse con respecto a los motivos y al trasfondo de una oferta

de trabajo tan bien remunerada. Cerró los ojos. Vio a Herzka a su lado, tal y

como lo había visto mientras paseaban tranquilamente bajo las arcadas. En

el recuerdo de Stangeler ganaba peso el aspecto absolutamente

convencional quejan le había ofrecido. ¿Qué quería en realidad? ¿Una

tasación, un inventario? «No soy ningún tasador», pensó René. ¿Qué le

esperaba?

Iba siendo hora de marcharse, de subirse al coche para ir a casa de

Grete. Además, todavía tenía que pasar por la casa de sus padres, en la

primera planta, para saludarlos. Cajita abierta, cajita cerrada; dentro, fuera.

Recogió el maletín de viaje, el sombrero y el abrigo.

En otro tiempo habían tenido una escalera de caracol interior, pero fue

desmontada por los nuevos inquilinos de la segunda planta, que tapiaron el

hueco. René tuvo que dar la vuelta por fuera.

El timbre de la puerta chilló como un grillo.

Le abrió una muchacha de campo con muy buena planta.

René entró en casa de sus padres.

Se había cerrado otra cajita. La tapa cayó. Mientras su madre salía

alegre a su encuentro, René observó a su padre por unos segundos. Su

mirada le desveló una belleza absolutamente excepcional: la frente

enérgica, despejada; los ojos oscuros, ardientes. Hacía años que aquel

anciano ya no podía levantarse de su sillón y andar sin ayuda. Tenía las

articulaciones agarrotadas. Sus dedos tampoco le respondían, los tenían

rígidos y completamente estirados. Sus manos tenían una forma noble y

reposaban sobre el puño del bastón que sostenía entre las rodillas.

La doncella trajo una bandeja con café para el señor doctor. René lo

recibió con agrado. Era justo lo que necesitaba entonces. Seguía sin

comprender la situación en la que se encontraba. Era como si acabara de

hacer un enorme esfuerzo. ¡Un esfuerzo que Herzka le había pedido y que,

en cierto modo, parecía haberle purificado! Ahora lo contemplaba todo tal y

como era, sin deformaciones. Las cosas salían bien con que uno pusiera un

poco de su parte. Esto incluía las visitas a las cajas. Con poner un poco de

interés estaba resuelto. A pesar del ruido que hacían las puertas al cerrarse o

del olor a linóleo del suelo. ¿Por qué molestar a las cajas, por qué revolver

en ellas inquietándolas con rumores? Habían caído al fondo y se

encontraban medio hundidas en el barro. Eran inocentes y se sentían

desamparadas. Hacían sonar sus tapas como si fueran las valvas de un

molusco, necesitaban que el agua pasara a través de ellas para poder

respirar. Grete saldría a su encuentro en el vestíbulo. Hay que saber visitar

las cajas.

Dijo lo que tenía que decir. Las palabras que necesitaba utilizar para

expresarse le resultaban molestas —le impedían ver lo novedoso, lo

importante, ocultándolo con sus cuerpos en los que se mezclaban sonido y

representación—, por eso procuró ser muy breve y ceñirse a lo objetivo,

con humildad, que, en este caso, no habría de ser considerada como un

virtud, sino como fruto de la casualidad, una virtud aparente, si se quiere

ver así, que obedecía al freno que Stangeler imponía al proceso que se

desarrollaba en su interior.

El padre se había incorporado en la silla con muy buena voluntad y le

escuchaba con atención inclinándose ligeramente hacia delante, con las

manos apoyadas sobre el puño de su bastón. La madre, que se sentó a la

mesa al lado de René, se sentía alegre y emocionada ante tantas novedades.

—Me parece muy bien —dijo el anciano caballero—. Tienes que

practicar. Será el hijo del viejo Johann Herzka. Recuerdo que lo introdujo

en el negocio desde muy pronto. Eran personas íntegras y honradas. Ahora,

una pregunta indiscreta: ¿te paga algo?

—Sí.

—¿Cuánto vas a cobrar por el peritaje?

—En principio me ha ofrecido mil quinientos chelines.

—¿Qué quiere decir «en principio»?

—Dice que si el trabajo se alarga, me pagará aún más.

—¿Mil quinientos chelines? ¿Y de qué conoces al joven Herzka?

Habría tenido que meter en la cajita el apellido Siebenschein, es decir,

introducir un rumor, pero se trataba de despedirse sencilla y cordialmente,

sin enturbiar el agua con la que contaban para respirar… No es que René

quisiera negar algo, en absoluto. No tiene sentido negar lo que hace mucho

que se sabe. Sin embargo, pulsar esa tecla en este preciso instante acarrearía

complicaciones inoportunas y totalmente innecesarias, así que dijo:

—Herzka vino a verme esta mañana. En realidad, apenas lo conozco.

Una vez coincidimos en una reunión social, donde me oyó hablar de temas

medievales.

—Se habrá informado sobre ti, sabrá que eres un experto en la materia.

Unos honorarios tan altos no se los dan a cualquiera.

El anciano señor asintió con la cabeza en señal de aprobación.

René se dio cuenta de que él mismo se había ahorcado. Sin embargo,

decidió mantener la calma para no enredar el lazo y, sobre todo, para no

apretarlo aún más. Por otra parte, su madre estaba muy alegre y animada, y

no dejaba de hablar. No podía desmentir la falsa idea de que se trataba de

un éxito profesional. Era sencillamente imposible dar el dato que les

permitiría comprender su relación con Herzka. Tenía que despedirse,

concluir. Dijo:

—No entiendo por qué me paga tanto. Si fuera un especialista

reconocido o con un talento especial…, lo entendería. Pero así…

—Déjalo, hijo mío —dijo el anciano señor—. Si te dan mil quinientos

chelines por revisar una colección de libros y manuscritos antiguos, tanto

mejor.

La despedida fue cordial y alegre.

Arriba la tapa.

René bajó las escaleras llevando su maletín de viaje y el abrigo.

El coche ya estaba esperándole.

—Althanplatz, 6, frente a la Estación de Francisco José —dijo Stangeler

y se subió.

Salieron rápidamente. Eran las seis y veinticinco. El cielo estaba

despejado; el tiempo era claro. René fumó con avidez durante el viaje. Todo

aquello era agotador. Sobre todo, el cambio de caja.

Con Grete fue totalmente distinto.

—¿Te acuerdas del desproporcionado interés que mostró Jan Herzka

antes de ayer por los procesos contra brujas?

—Sí, naturalmente. Es que hablaste muy bien.

Ahora, mientras hablaban sobre el viaje a Carintia que estaba a punto de

emprender —¡como es natural, a Grete Siebenschein también le llamó la

atención la cantidad de dinero que iba a percibir!—, René recordó una vez

más la expresión del rostro de Herzka durante la conversación que

mantuvieron debajo de las arcadas. Tenía un aspecto totalmente

convencional. Aunque, al fijarse mejor, percibió algo siniestro, que, sin

embargo, no le era desconocido… ¡Sí! Ya lo había visto en otra parte…

René pasó por alto aquella intuición. Grete hablaba animadamente:

—En realidad, todo esto es absurdo. ¿Cómo va a pensar él que allí

abajo, en esa biblioteca o en el castillo, puedes encontrar documentación

referente a los procesos contra brujas…?

—Creo que así es —dijo René, paseándose de un lado a otro por delante

del sofá en el que Grete se había recostado—. De alguna manera ha

vinculado la conversación de antes de ayer con el castillo de hoy. Tal vez

exista un tercer o un cuarto factor que desconocemos. Está claro que no

puede separar una cosa de otra. Han venido a confluir en una idea que no va

a abandonar, está persuadido de que encontrará algo…

Se interrumpió. Sentía que estaba a punto de descubrir lo que había

estado buscando durante todo este tiempo. Aunque no lo pudiera expresar.

No podía convertirlo en palabras. Apareció el doctor Körger, el sobrino del

jefe de sección… y también Schlaggenberg y su discurso sobre las señoras

gordas. La expresión del rostro de Körger estaba emparentada con la que

había visto en el de Jan Herzka… Era una tortura, no lograba retener lo

esencial.

Retomó su visita a las cajas… Por qué molestar a las cajas, por qué

enturbiar el agua con la que cuentan para respirar. La necesitaban. Se quedó

de pie delante Grete.

Oyó que cerraban la puerta de la vivienda.

—Los viejos acaban de marcharse.

Se deslizo al lado de ella. Mientras iba quitándole la ropa, pudo oír un

piano que comenzaba a sonar en el piso de arriba.

—Es Mary —dijo Grete Siebenschein sonriendo—. Ha vuelto a tocar.

Mañana se marcha a Semmering con Trix.

Tapa arriba. Fuera de la cajita. Justo a tiempo, satisfecho y arreglado.

Bajó las escaleras con su abrigo, su sombrero y su maletín de viaje. El

coche aguardaba a la puerta de la casa. Salieron a las siete y cuarenta

minutos. Media vuelta a la izquierda al pasar por la estación de ferrocarril.

Comenzaba el viaje a la aventura.

La despedida estuvo bien. Más que eso. Fue una despedida tierna e

íntima. Había derribado la pared que los separaba, pero no lo empezó a

comprender hasta que subió al coche y éste salió zumbando. El espíritu

conciliador de Grete, que nunca había sido más que el vano aleteo de un pájaro junto al cristal de la ventana, una pared invisible, había penetrado en

él. La pared de cristal de su propia desconfianza se había disuelto. Había

traspasado el límite que separaba sus dos mundos, sus dos realidades.

Aunque no había sido a base de golpear con las alas. Se lo debía a la

creciente lucidez con que contemplaba la forma de ver el mundo de Körger,

la fijación, la obsesión de Schlaggenberg por las señoras gordas y el

ardiente interés de Herzka. No eran aspectos diferentes, separados. Eran

«corrientes que confluían en un punto donde necesariamente tendría que

haber algo» (René solía pensar de esta forma tan desvaída y poco vistosa, si

es que se puede decir que pensara).

«Y lo encontraré», se dijo. Por unos instantes pensó que, en el fondo,

era posible que la fortaleza de Neudegg pudiera ofrecer claves que le

permitieran explicar las pretensiones de Herzka… Asilo esperaba. Sería una

prueba paradigmática, de una importancia transcendental…

Al llegar aquí se rompió la punta de su pensamiento. Lo había afilado

demasiado en una dirección concreta. El coche zumbaba montaña arriba. La

espesura de los jardines que se sucedían a izquierda y derecha dominaba los

bordes de la carretera que se apartaban a su paso. ¡Qué lugar! ¡Qué suerte

vivir aquí! Al fondo, rodeadas de césped, se veían las fachadas blancas,

deslumbrantes, de aquellas enormes villas, con terrazas y pórticos. El viaje

a la aventura. Un viaje que le sacaría de lo conocido para llevarle más allá.

Ahora sólo tenía que demostrar que era su hombre.

Y René estaba en disposición de hacerlo.

 

La muerte corre veloz en pos del hombre. Cuando Herzka llegó a casa, el

vacío casi completo que ya lo había dominado mientras salía de la ciudad

empezó a adquirir formas terribles. Todo comenzó al atravesar el jardín.

Fue el padre de Jan quien había construido aquella pequeña villa,

cuando, después de la muerte de su mujer, decidió retirarse, abandonar una

casa demasiado grande y apartarse de la vida social. Es decir, no hacía

mucho tiempo. El hijo ya trabajaba entonces en el negocio. Cuando se

construye una casa nueva —lo que, la mayoría de las veces, sucede en la

madurez— se busca la comodidad, porque uno ya conoce cuáles son sus necesidades. Así era la casa donde el viejo Johann Herzka había pasado sus

últimos años con su hijo único, una casa moderna, en medio de un llano,

rodeada por un jardín, soleada, que ofrecía cualquier cosa que pudiera hacer

la vida más fácil: pequeñas comodidades, como se las suele llamar, que

siempre son más apreciables e importantes que las grandes, ya que estas

últimas suelen dirigirse a los de fuera, a los invitados, más que a los

propietarios.

Ya apenas había invitados.

Por lo menos en un sentido amplio, el que nos invita a pensar en fiestas.

Un soltero no tiene tantos compromisos de esta naturaleza.

Jan anunció al sirviente que esperaban a un señor a las ocho para cenar:

el doctor René von Stangeler. Pronunció el nombre lentamente, para que el

sirviente lo retuviera. Se quedó parado en el pequeño pórtico. El sirviente

estaba esperando.

—Té en la biblioteca —dijo Jan por fin—. Por otra parte, esta misma

noche salgo de viaje. Franz tiene que estar preparado a partir de las nueve y

media. Subo a cambiarme. Tomaré el té más tarde. Prepare usted equipaje

para tres días en una pequeña maleta de mano.

Se marchó. El sirviente, que se había quedado atrás, lo siguió a una

moderada distancia.

 

En principio, Agnes había desaparecido.

El viaje perdía su sentido. Todo lo demás era un mero pretexto. ¡Qué

situación la de Jan! ¡Maldito Stangeler!

Como Agnes había desaparecido, sintió la necesidad de volver al punto

donde se encontraba antes de su aparición, en suma, a la tarde del sábado

antes de comenzar la velada.

No lo logró. Una somnolencia imposible de dominar le embargaba en

cuanto se le ocurría intentarlo. Inclinó la cabeza unos minutos delante de su

té. Descubrió que había realizado un esfuerzo agotador, fue como recibir un

golpe que lo dejó aturdido.

La estancia en la que aquel hombre dormitaba inclinado sobre la mesa

de té era verdaderamente impersonal. Por otra parte, ni siquiera se podía decir que fuera una «biblioteca». Es cierto que había dos librerías

acristaladas; pero apenas se veían libros dentro. Tal vez estuvieran en una

sola línea y pegados al fondo. En cualquier caso no conferían a la estancia

ningún carácter, no creaban ningún aura. Una colección de libros no es tan

distinta de una reunión social con numerosos invitados que guardan silencio

y nos dan la espalda. Había un escritorio y diversos sillones. Predominaba

un tono claro, verde oliva; sólo los fauteuils de cuero eran algo más

oscuros, aunque mantuvieran el mismo color, que coincidía con el que

presentaba el revestimiento de madera que había en el vestíbulo de la casa

del viejo Stangeler. Más tarde, cuando René entró, no dejaría de observar

este detalle. Una gran ventana permitía ver el césped del jardín.

El sol que rompía aquella tarde interpelaba al césped.

La respuesta llegó en forma de un súbito resplandor de una intensidad

fabulosa.

Un pájaro empezó a cantar y su trino se enriqueció inmediatamente con

cadencias artísticas y caprichosas. Luego calló. El eco siguió resonando en

los jardines vecinos. Por unos segundos pareció que había quedado

prendido en una hendidura de aquella calma que lo envolvía todo.

El brillo del sol tocó una esquina de la ventana.

Herzka permanecía inmóvil, como una cosa entre cosas.

El sueño más dulce es el involuntario. Como si hubiera atravesado un

valle amable y reconfortante, así despertó Jan ahora, con esa sensación de

plena libertad (es como si ésta regresara al hombre durante el sueño) que

sólo se conserva en los primeros instantes del despertar.

Todavía estaba medio dormido. Sintió que se abría una grieta, una

estrecha hendidura entre él y los límites del sueño que había tenido mientras

estaba despierto en el día de hoy. Una grieta que hacía que pareciera posible

abandonar aquella limitación dando un suave giro. (A riesgo de que luego,

al final del torrente, no encontrase nada en absoluto).

Sintió una ligera tensión alrededor de sus caderas. Tal vez fuera el corte

del pantalón, adaptado a la moda. No estaba precisamente cómodo, todavía

no había cambiado de postura desde que despertó.

Podía sentir un lienzo holgado de lino blanco alrededor de las

prominentes caderas de ella (tal vez no fuera más que la camisa, recogida y anudada). Podía sentir cómo se impregnaba del cálido vaho de su cuerpo,

por lo demás desnudo.

Allí estaba ella.

Él la había llamado.

Fue entonces cuando la reconoció, Agnes, Agnes Gebaur, la virtuosa

viuda (¡¿?!). La había evocado gracias al libro. Aquel ejemplar se

encontraba al fondo de una de las dos librerías y no había sido concebido en

absoluto para el uso que Jan Herzka le daba de forma exclusiva. Como es

sabido, en el siglo XVII hubo un grupo de trabajo dentro de la orden de los

jesuitas que asumió la tarea de recopilar y realizar un estudio crítico de las

fuentes que sirven de base para las vidas de santos. De esta manera se creó

una obra monumental con numerosos volúmenes en la que se recogían,

sobre todo, las actas de los procesos a los que se enfrentaron los mártires (la

Antigüedad romana nos ha legado muchísimas actas de este género, más de

las que en un principio cabría suponer). A aquel grupo de recopiladores y

estudiosos se los conoce como «bollandistas», nombre que reciben por su

fundador, Bolland. Más tarde, para la edificación de los fieles, se realizaron

ediciones abreviadas, populares, de muy diferente naturaleza, a menudo en

un solo tomo o en dos pequeños volúmenes infolio, adornados naturalmente

con xilografías y, de vez en cuando, con grabados. Hoy en día, estas

ediciones sólo tienen valor para los anticuarios, y ni siquiera es muy

elevado. Jan poseía una de estas obras. Estaba incompleta, no tenía más que

el segundo tomo, le faltaba el primero. Lo más curioso de ella es que no

estaba organizada cronológicamente ni se correspondía con el calendario

eclesiástico, sino que dividía a los santos y mártires en varones y mujeres.

El segundo tomo es el que correspondía a las mujeres.

En uno de los grabados creyó reconocer a Agnes Gebaur, tal y como la

concebía su imaginación, cuyos ojos se acababan de abrir. Había pasado el

domingo volcado en este libro, que en otro tiempo, en sólo unas horas,

provocó el incidente con la Güllich. Había entrado a última hora de la tarde

en una tienda de libros antiguos —para elegir un regalo en consonancia con

las tendencias bibliófilas, aunque absolutamente ajenas a lo literario, de

Magdalena Güllich— y el dueño le ofreció este tomo (para él no era más que un libraco incompleto y, por lo tanto, prácticamente imposible de

colocar).

El resto ya lo conocemos. Tres días después llegaron los libros —el

martiriologio y un tomito que imitaba las encuadernaciones de Clovis Eve

en cuero marrón tabaco con florituras de oro— devueltos por correo sin una

sola explicación. El pequeño lo había puesto en manos de Magdalena

directamente, cuando fue a recogerla para ir al circo; el grande lo había

dejado en su paquete.

Ahora que, por fin, el torrente dominical cobraba realidad, sintió una

fuerza que lo empujaba a levantarse de su sillón, un tirón físico que venía

de fuera. Sin embargo, al mismo tiempo, experimentó un primer

contragolpe violento e inesperado. En lugar de ir hacia la librería fue hacia

el escritorio, sacó del compartimiento lateral a mano izquierda una pequeña

máquina de escribir portátil, la colocó encima, metió el papel y comenzó a

redactar tranquilamente —con la calma que aún persistía después del golpe,

por así decirlo—, con pleno recogimiento, la declaración escrita que había

solicitado René Stangeler reflejando ordenadamente cada uno de los puntos

que habían acordado.

Fue después de acabar, cuando se dio cuenta de que el crepúsculo estaba

cayendo, porque la luz de la tarde apenas llegaba ya para escribir. Pulsó el

botón de la lámpara y corrió las cortinas. Toda actividad, igual que todo

movimiento en general, posee cierto grado de inercia, por eso había seguido

adelante sin darse cuenta, mientras tuvo materia para redactar. Entonces

hizo el recibo de los mil quinientos chelines. Luego guardó una copia de la

declaración solicitada por Stangeler, que había hecho con papel de calco.

Introdujo el dinero en un sobre. Sacó su pluma estilográfica, firmó el

original del documento, dobló la hoja y la deslizó junto con el dinero en el

sobre.

Escribió por fuera: Señor doctor René von Stangeler.

No llegó a guardar la máquina de escribir, porque entonces se presentó

Agnes con todo su peso, por así decirlo. El esfuerzo que uno suele hacer

para dominarse a sí mismo y regresar a los estrechos límites de su vía, a su

camino, habría sido insuficiente, ineficaz, no hubiera servido más que para contener y reducir el deslizamiento, que ya seguía un curso inalterable y

poco a poco iba incrementando su fuerza.

Cogió el libro y lo abrió por la página dedicada a Agnes. Era ella. El

mismo lienzo holgado que había sentido al despertar alrededor de sus

caderas. No era especialmente hermosa, tampoco tenía una figura atractiva,

ni era joven. Su vientre sobresalía y caía sobre el último pliegue del lino.

Las rodillas estaban apretadas una contra otra. Los muslos eran demasiados

anchos. Había cruzado los brazos delante del pecho y mantenía una actitud

humilde, ocultando su rostro, con los ojos caídos hacia un lado. A su

izquierda, sobre el suelo, yacían las ropas de las que le habían despojado; a

la derecha se podía ver una columna con una cuerda enrollada alrededor.

Era todo lo que se podía apreciar en el grabado. Era una lámina pobre,

casi ridícula. En realidad, mostraba a una persona mayor, de mirada agria,

con el cuerpo inflado y deformado aquí y allá, con unos pies escuálidos en

los que se veía cada tendón y cuyos dedos, excesivamente grandes, estaban

agarrotados y vueltos hacia arriba. El conjunto dejaba mucho que desear, tal

vez por la falta de pericia del dibujante, del grabador o de los dos. Sin

embargo, reflejaba una conciencia particular, imposible de reproducir —

¡una conciencia física, corpórea, podríamos decir!—, en la que las formas

plásticas se exageraban con sombras fuertes, profundas, por vulgares y

estúpidas que pudieran parecer, además de carentes de gusto.

No se podía apreciar ninguna semejanza —por lo menos en el sentido

habitual— con la señorita Agnes Gebaur. Sin embargo, existían analogías:

habría podido ser su cuerpo, ese cuerpo desconocido del que ni siquiera

había podido hacerse una idea, rigurosamente cubierto (para lo que era

habitual en nuestros días); tenía su misma talla y su estatura aproximada.

Por otra parte, la sufrida mujer de la lámina no llevaba el pelo suelto, sino

recogido con un paño. ¿Y cuándo había visto él a la Gebaur con un velo o

con un pañuelo en la cabeza?

Herzka ignoraba que a las brujas se les cortaba el pelo o, por lo menos,

se lo recogían antes del suplicio.

Habría que preguntarle al dibujante —que, en realidad, estaba

representando a una santa y no a una bruja— de dónde se había sacado aquel paño que cubría la cabeza de la desdichada, algo que difícilmente

podría encontrar justificación en la leyenda.

¡Basta! Era la Gebaur.

Su piel era tan pálida como la luna.

Descubierta, abierta de par en par, blanca como el plumón del vientre de

un cisne.

Herzka cerró el libro de golpe y lo guardó igual que alguien que busca

confirmación para sus sospechas en una obra de consulta y la encuentra. Se

apoyó sobre la librería. Tuvo que hacerlo. Su respiración era entrecortada y

débil.

Llamaron a la puerta. El sirviente anunció que el señor doctor René von

Stangeler había llegado. Entró. Herzka se dirigió hacia él. Antes de

estrecharse la mano, permanecieron de pie uno frente a otro un instante, sin

moverse. Jan vio en René Stangeler la llave que habría de penetrar en él

para abrir la cerradura, para abrir su vida de par en par. Como veremos más

tarde, le estaba atribuyendo la función que él mismo habría de cumplir

sobradamente en la existencia de Stangeler. De vez en cuando, nos ponemos

cabeza abajo, tanto a nosotros mismos como a las demás personas.

 

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