Los demonios

Heimito von Doderer · Capítulo 36 de 36

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Los demonios

XII - El retorno de Schlaggenberg

XII

EL RETORNO DE SCHLAGGENBERG

 

El príncipe escribió desde París:

 

Mi estancia aquí se prolongará más tiempo de lo previsto, por eso, mi querido amigo,

haría usted bien en irse al campo, ya que para el otoño tenemos mucho trabajo que hacer.

 

La carta continuaba diciendo que en París se estaba creando un

consorcio para promover y financiar una edición crítica de las obras

completas de Pico della Mirandola (que incluiría incluso sus textos sobre la

cábala y sobre astrología). Había personas muy importantes dispuestas a

colaborar.

 

Si lo desea, puede ir a Jaidhof para pasar unos días.

 

Era un pequeño pabellón de caza que el príncipe tenía en Estiria.

La presencia del otoño en pleno verano, un hecho absurdo y anacrónico,

había cautivado a Leonhard por completo. Ahora vivía totalmente solo en

su cajita lacada, llena de luz, nadando por encima del oscuro fondo del

palacio Croix. Para comer bajaba al comedor. Papá Pepi se interesaba a

diario por Leonhard y atendía todos sus deseos. No era extraño que el joven

se perdiera en la casa después de comer. Salía de la amplia biblioteca y

entraba en la sala que había al fondo, desde allí atravesaba el corredor

acristalado que corría paralelo al jardín —el acceso a la biblioteca quedaba

parcialmente oculto gracias a una pequeña puerta tapizada— y llegaba al

salón rococó, donde el aroma de alcanfor era más débil. Un resplandor

verdoso fluía desde el parque, cuyo césped rodeaba, como si se tratase de

un estanque, los oscuros troncos de los viejos árboles. Era una luz húmeda,

por así decirlo, sobre todo en los primeros días de la segunda mitad de julio,

cuando el tiempo se estropeó. Cuando volvió a mejorar, Mary se marchó de nuevo a Semmering para pasar allí ocho días. Trix iría a verla el fin de

semana. El resto del tiempo estaría sola. Ahora, cuando Leonhard miraba el

parque desde el corredor de cristal, la luz ya no era húmeda y verdosa con

en un estanque. El sol se extendía sobre el césped en amplias láminas, tan

brillantes como el oro. Destacaba sobre el jardín igual que el sonido del

metal destaca de pronto sobre la orquesta.

La residencia de descanso en la que Leonhard había pasado unas

vacaciones estupendas se encontraba en la comarca de Semmering. De allí

hasta donde estaba Mary no había más que dos horas y media de camino.

Podemos decir (apoyándonos en las declaraciones que Leonhard hizo

más tarde) que éste fue el motivo fundamental por el que eligió aquel sitio

para descansar (y no el pequeño pabellón de Jaidhof, que seguramente

tendría ocasión de conocer en otro momento), aunque no el decisivo.

Tenía que volver al principio, lo que tratándose de Leonhard y de su

economía espiritual significaba volver a Pico della Mirandola. No es que

creyera haber olvidado algo en la residencia de descanso (al otro lado de la

valla, donde la pradera cede ante la montaña y comienza un bosque oscuro,

con árboles muy altos) o haberlo dejado atrás (¿qué habría podido ser?),

igual que Renacuajo dejó tirado el estuche de su violín; al menos eso le

pareció, primera, en la Kärntnerstrasse y, luego, al principio de la

Mariahilferstrasse. No, no había dejado nada atrás, pero seguramente sí que

tuviera algo por delante, una tarea que había de cumplir.

Allí, las «colegas» seguían enseñando las piernas, tendidas en las

tumbonas de la terraza, y el estanque redondo seguía estando seco. En el

centro, como si se tratase de un monumento a la fuente que en otro tiempo

había tenido un surtidor, cuyo tubo sobresalía por encima de las

polvorientas piedras, había un conjunto de bloques dejados al azar.

Leonhard le dijo al conserje que a la mañana siguiente quería salir

temprano, antes del amanecer, para ir a Semmering. Éste le indicó dónde

podía meter la llave de la casa después de haber cerrado la puerta desde

fuera. Cuando se despertó —no necesitó despertador—, una noche de

ambrosía, de aromas especiados, había entrado hasta el fondo de su

habitación a través de la ventana abierta. Se levantó en silencio, fresco y

limpio, y se enfundó su nueva ropa deportiva.

La portezuela que permitía salir del parque, o más bien entrar en el

bosque, permanecía cerrada por la noche. Era evidente que el conserje había

olvidado decírselo. Leonhard saltó por encima de la valla en medio de las

tinieblas. Luego bajó el terraplén. El bosque estaba silencioso como una

cripta.

Pronto se encontró andando por el camino que atraviesa la ladera

horizontalmente, pero esta vez giró a la izquierda y no hacia la zona donde

los árboles se abren sobre las paredes de los Alpes de Rax. Se dirigió hacia

el este. Sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, captaron cómo el terciopelo

negro de la noche se iba gastando y permitía que aparecieran más detalles

cada vez. Los troncos se separaban unos de otros. Unos poderosos trinos

rasgaron el tenebroso bosque, despertando ecos en él, revelando así su

amplitud, descubriendo que no era una superficie negra y lisa, sin fisuras.

En un recodo del camino vio que en el cielo se abría una brecha de tonos

verdosos. Mientras Leonhard contemplaba aquel espectáculo, unas

cadencias audaces y artísticas surgieron de lo profundo del bosque y fueron

acercándose a él por ambos lados. Llegaron a ser tan densas como el

bronce. Leonhard se vio obligado a detenerse y respirar hondo. Pasó así un

buen rato. Sintió que se elevaba. Había una posibilidad —que brotaba del

caos de la noche— a la que aún no podía dar nombre. Deseó con todas sus

fuerzas, casi desesperadamente, poder sintetizarla en una decisión

definitiva, igual que cuando uno coge algo en el puño y lo comprime…

¡¿Ah, qué era aquello?! El comienzo del comienzo en el comienzo, el tosco

proyecto de héroe al que tiende toda vida. Desde los primeros años de

nuestra juventud ya sentimos una llamada que nos impulsa a realizar

grandes hazañas.

Ahora, los pájaros interrumpieron su canto, dejando que el espacio

sonoro se llenara con otro más intenso y silencioso.

Durante esta pausa general, el cielo eclosionó como la cáscara de un

fruto. El dios ardiente alumbró el orbe, alzándose por encima de las oscuras

crestas de las montañas, concentrando su fuerza como no lo volvería a hacer

en todo el día, cuando la luz que difunde ya es más dispersa. Ahora, sin

embargo, era como un ojo, la flecha de una mirada que apunta directamente

al corazón.

Fuera, el polvo blanco ya empieza a depositarse sobre los caminos. La

solitaria ventana de una granja —¡súbitamente inflamada!— recoge en su

vidrio toda la incandescencia, todo el fulgor que atraviesa los campos de

maíz y los cultivos de la llanura hasta llegar al punto donde se alza la ladera

de las colinas, que poco a poco se vuelven más altas y turbias a medida que

suben a la montaña.

La ciudad se hunde en el estío como si fuera un baño disolvente. Las

noches suben a lo alto: masas de piedra que se alzan bajo la claridad de la

luna, intentando seguirla, creciendo, elevándose, escapando a la estrechez

que fue su naturaleza durante el invierno gris. Una rebelión de la vida

vegetal, que se desboca difundiendo sus aromas por doquier, empujando,

levantando olas en los jardines, envolviendo las luces de colores,

fundiéndose con la música, corriendo por las calles entre los árboles que se

dan sombra unos a otros, capaces de transformar bajo su espeso follaje una

noche de luna en un universo de tinieblas, dejando que el fulgor del astro

cubra sus copas, sobre las que destaca como si fuera una coraza reluciente.

La mayoría de las noches son claras y ligeras, no alcanzan la densidad

suficiente para envolver el sueño de quienes duermen, convertidos en

auténticas casas cuyas ventanas están abiertas por todas partes, mientras las

callejuelas y los jardines bullen de animación.

A pesar de todo, yo dormía profundamente.

Como es natural, había abierto la ventana.

La claridad del amanecer se filtró en mi cuarto cuando aún era

temprano.

Me di la vuelta medio dormido. Un aliento nuevo me envolvió

insuflándome vida. Maruschka había estado trabajando en mi cuarto. Al

parecer había actuado de oficio contra las polillas, pensando en mi abrigo

de piel, en mi equipo de esquí, en los guantes de lana, el suéter, las pieles de

foca… Yo estaba echado sobre mi espalda. El cielo iba aclarándose.

Friederike estaba en Gastein.

Pronto iría a visitarla.

La reforma de su palacio ya estaba en marcha.

Para poder transmitirle una información veraz al respecto, aquella

misma mañana acudí a Wieden. Entré en la tranquila callejuela que ahora ya

se me había vuelto familiar, tanto que, al pasar por ella, me envolvía algo

parecido a una ola de miel.

—Beso su mano, señor jefe de sección —exclamó Ludmilla.

Salió corriendo a recibirme, con un pañuelo en la cabeza y la ropa que

uno suele llevar cuando irrumpen en casa los albañiles. Me guió a través de

las distintas habitaciones. En la salita y en el otro salón más grande, detrás

de la mampara de cristal, todos los muebles estaban apartados a un lado,

cubiertos con trapos. Era como si tuvieran la cabeza cubierta con un velo,

cumpliendo resignadamente una especie de luto.

Salí fuera para mirar al cielo, pero lo que vi fueron las piernas de dos

albañiles que estaban de pie sobre un pequeño andamio.

La luz caía como un martillo colosal donde en otro tiempo había estado

la tenebrosa galería de la biblioteca. Avancé unos pasos. Había escombros

por todas partes. Se había ganado mucho espacio. Miré el parque. Estaba

despejado. Por unos instantes tuve la sensación de que todo el palacio había

saltado por los aires, había quedado reducido a escombros, estaba todo

manga por hombro. Al pasar por los salones y observar los muebles

cubiertos eché de menos el aroma a alcanfor. Mientras contemplaba el

parque, tuve una extraña sensación, como si fuera mi propio ser el que se

hubiera abierto. Caí en un error profundamente arraigado…, un error de

índole cronológica. Creí que era otoño. Me parecía algo indiscutible. Era

como salir de un camino que discurre por una hondonada a campo abierto y

enfrentarse a una extensión dominada por una extraordinaria variedad de

colores sobre un fondo azul, frío pero puro.

 

Acababa de dejar la pluma. Iba a volver a Wieden veintiocho años después.

Iba a pasar por la misma callejuela, donde en otro tiempo estuvo el palacio

Ruthmayr. La guerra lo había destrozado. El Ayuntamiento de Viena

aprovechó el espacio para construir un bloque de viviendas sociales.

Friederike no vivió lo suficiente para ver la Segunda Guerra Mundial. Su

corazón se negó a seguir latiendo. Tal vez llevase una vida demasiado sedentaria, había ganado mucho peso. Se marchó dulcemente. Ahora

entenderán por qué vivo y escribo en el «último atelier» de Schlaggenberg

y no en ese palacio vienés donde pasé la época más feliz de mi vida.

En el verano de 1927 ya era plenamente feliz (no nos casamos hasta el

otoño). Estaba solo en Viena supervisando las reformas que se realizaban en

el hermoso palacio de Friederike, a punto de marcharme a Gastein, donde

me reuniría con ella en cuanto las obras hubieran progresado lo suficiente.

Sí, era dichoso. Aunque tal vez no hubiese aprendido aún a apreciarlo, a

respirar esta felicidad tan profundamente como llegué a hacerlo más tarde.

Todo se aprende.

 

Parecía que el tiempo fuera a detenerse igual que una nubecita olvidada por

el viento, que se ha quedado sola en lo alto del cielo. En la segunda mitad

de julio llegó una nueva ola de calor. Sólo había refrescado un par de días

en los que el cielo se nubló.

Tenía motivos para alegrarme de que Friederike y yo hubiéramos

retrasado un poco nuestro enlace oficial. Era como si, después de todo lo

que había pasado, descargara sobre nosotros un verdadero chaparrón de

compromisos sociales, que el correo iba trayendo a diario: el señor Jan

Herzka y la señora Agnes Gebaur anunciaban su próximo enlace, los

señores Trapp comunicaban el compromiso de su hija con el señor director

Dulnik, hasta al doctor Williams y a la Drobil parecía que les habían

entrado de repente las prisas. Sin embargo, el que más prisa tenía, y con

razón, era mi primo Géza; su boda se celebró a comienzos de agosto en

Estiria. Congregó a mucha gente, incluso por parte de los Orkay. El jefe de

Géza, el embajador, tampoco quiso perderse el acontecimiento. Hubo, sin

embargo, dos ausencias: la del desaparecido Kajetan y la mía propia; me

disculpé con Géza diciéndole que las «reformas que se estaban llevando a

cabo en casa de mi prometida» hacían imposible mi asistencia. Entretanto,

los recién casados habían regresado a Viena y vivían en el hotel Krantz —

aunque tendríamos que llamarlo Ambassador—, como convenía a un

matrimonio de diplomáticos. Por lo demás, para la tarde de hoy habían

reservado plaza en el coche cama que iba a Basilea, donde harían una parada para luego viajar hasta Berna. En Basilea el matrimonio estaba

invitado a casa de una familia muy rica, que seguramente quisiera celebrar

su llegada a suelo helvético. Ellos habían aceptado.

Friederike y yo nos alegramos de permanecer ajenos a todos estos

cambios y traslados, o por lo menos, de poder distanciarnos de ellos. Al fin

y al cabo, lo que estábamos preparando no era más que otro acto social; sin

embargo, llegado el caso, a nadie le gusta encontrarse con demasiada

compañía, pues ello hace prácticamente imposible mantener la ficción de

que lo que se celebra es un acontecimiento irrepetible, único en su género.

En este tipo de actos es imprescindible cierto grado de ficción.

Así fue. Aquella nubecita olvidada permaneció inmóvil, flotando

tranquilamente en el azul del cielo. No tuve que hacer nada, a no ser que

uno considere como una actividad el aprender a ser feliz (a mí sí me lo

parece y considero que es muy importante). El aroma de alcanfor que

envolvía mis habitaciones se volvió sobre sí mismo. Las ventanas estaban

abiertas. Oía a lo lejos el timbre del tranvía avanzando por la Döblinger

Hauptstrasse y luego el tren que subía hacia la Hohe Warte, mientras la

escala cromática iba ascendiendo. Yo estaba echado sobre el diván. Una

ligera corriente de aire revolvió las hojas vacías del bloc de notas que tenía

sobre mi escritorio. La carta de Camy ya no estaba allí. La había retirado.

En aquella época solía dar largos paseos por los bosques de Viena.

Contemplaba feliz el paisaje, lo vivía, lo poseía por completo, gozaba del

verde perfecto del verano, sin el color oxidado del pasado ni del otoño

tardío. ¡Oh, no! Yo amaba la vida. ¿Y hoy? ¿Qué es lo que une al anciano

con la vida? ¡Vaya una pregunta! Pero me atrevo a responderla, aunque es

obvio que sólo puedo apoyarme en mi experiencia personal.

Es la melancolía. La «fermosa melancolía», como la llama el señor

Ruodlieb von der Vläntsch. Es el último lazo, un vínculo imposible de

romper, un hilo finísimo que corta el corazón y, al mismo tiempo, tira de él.

Estoy en el «último atelier» de Schlaggenberg. El sol de la tarde se

derrama en su interior a través del tragaluz con doble acristalamiento que

me cubre como un tejado luminoso. De repente me llevo la mano al

corazón. Todavía está sano y late sereno. Jamás estuvo enfermo o, si lo

estuvo, sólo fue metafóricamente. Además, eso ocurrió hace veintiocho años, cuando aún existía una pared de cristal que me separaba de Friederike

y yo no comprendía todavía el lenguaje de los peces.

 

El día en que Renacuajo y Géza partían de Viena di un largo paseo, que me

llevó hasta lo más alto del Kamm und Mugí, entre Agneswiese y

Jägerwiese, donde llegué alrededor de las cinco.

Es uno de los parajes más austeros de los bosques de Viena. Al llegar

allí, uno tiene la sensación de estar sobre una auténtica montaña. La

pendiente excepcionalmente abrupta que baja hacia Weidling, la vegetación

silvestre del bosque, la situación del lugar abierto a todos los vientos —los

árboles que crecen junto al precipicio están marcados por él—, bastan para

devolver al caminante al silencio sublime y absorto de la naturaleza, lejos

de las calles y callejuelas que le son familiares. Incluso en invierno, cuando

uno cruza por aquí esquiando —el viento suele soplar con una fuerza

desmedida— se pierde por unos instantes la perspectiva de la gran ciudad a

pesar de que parezca tan cercana.

En la cresta había un hombre. Había estado allí todo el tiempo, inmóvil,

mirando el horizonte desde el borde del precipicio.

Cuando me acerqué, resultó que era Kajetan.

Aunque no nos habíamos vuelto a ver desde el 23 de junio, aquel

encuentro no nos hizo caer en la confusión que suelen experimentar en tales

ocasiones quienes carecen de verdaderos vínculos, aquellos que han llevado

una relación a distancia aunque de vez en cuando se encuentren y procuren

ponerse al día, algo que es imposible. Nosotros no sentíamos esa necesidad.

Me limité a decirle que Renacuajo y Géza estaban en Viena y que hoy por

la tarde tenían pensado partir (podíamos ir juntos a la Estación del Oeste).

—Lo sé —dijo él—. Esta mañana he estado en el Krantz. Fui a verlos

en cuanto llegué. Me lo han contado todo. También lo de su compromiso

con la señora Ruthmayr, terrible mistificador.

—¿Debía entender que aquélla era su forma de darme la enhorabuena?

—¿Y cómo sabía usted dónde se alojaban los Orkay?

—Cuando volvía, encontré una carta de mamá en casa de mi editor en

Stuttgart, donde había parado. Está muy enfadada conmigo, porque no estuve en la boda y ni siquiera les he dado la enhorabuena. Como es natural,

no sabía nada en absoluto.

—¿Y de dónde «volvía» usted exactamente, cuando se detuvo allí?

—Lo sabe muy bien —me respondió—. En fin, ya he llegado a un

acuerdo con la editorial de Stuttgart.

Un viento cálido atravesó la cresta de la colina, escuchamos el susurro

del bosque a lo lejos. Bajamos hasta el Jägerwiese. Kajetan me contó que al

llegar a Londres buscó alojamiento en Sloane Square. A la mañana

siguiente recorrió Kings Road y luego se metió a la izquierda en dirección a

Chelsea.

—¿Conoce usted la zona? —preguntó.

—Sí, bastante bien —le respondí.

No había contado con que se la encontraría el primer día. Lo

consideraba poco menos que imposible. Cuando iba a pasar de Chelsea a

Battersea por el Prince Albert Bridge, ella le salió al encuentro

inesperadamente. Estuvo a punto de pasar a su lado sin advertir que era él.

Kajetan levantó su sombrero, saludó con una reverencia y avanzó hacia

Camy.

—Abrió unos ojos como platos —me dijo—, se quedó literalmente

blanca de la rabia. Parecía congelada. Hizo una seña con el brazo a alguien

que se encontraba al otro lado del puente, a mi espalda. Yo no me giré.

Volví a levantar mi sombrero, saludé con una ligera inclinación de cabeza y

me volví a toda velocidad por donde había venido. No cambiamos ni una

sola palabra. Cuando ya me iba, vi a quién había hecho señas Camy. Era un

oficial de policía. Iba por el otro lado del puente en dirección a Battersea,

mirando absorto al suelo, tal vez ni siquiera estuviese de servicio. Durante

el día no suele haber vigilancia por esa zona. El policía no había reparado ni

en Camy ni en mí. Aquello sucedió alrededor de las once. A las dos ya

estaba saliendo de la Victoria-Station para coger un barco en Dover.

—¿Cuánto tiempo estuvo en Londres?

—Apenas un día. Una sola noche para ser exactos.

—¿Y cuándo fue eso?

—Hace cuatro días.

—¿Y el resto del tiempo? ¿Qué estuvo haciendo hasta entonces?

Frunció el ceño. Nos habíamos quedado parados en el escarpado

sendero que lleva al Jägerwiese. Desde allí se veía la amplia llanura

iluminada por el sol que asciende diáfana, coloreada con un verde mate,

hasta el bosque de Hermannskogel.

—Aparte de Stuttgart…, estuve…, estuve un tiempo en París. Dudé

mucho antes de viajar a Londres. Y bebí demasiado.

—Ya se nota, Kajetan —dije.

—¡Ese reptil estaba dispuesto a hacer que me arrestaran! —exclamó.

Estábamos en medio del camino, uno enfrente de otro.

Yo sabía que ahora tendría que comportarme como un hombre, y dije

con mucha serenidad:

—Sé que dentro de un momento escupirá la palabra que se le acaba de

venir a la boca.

Nos miramos a los ojos sosteniéndonos la mirada.

—Es verdad —dijo él.

Luego volvió la cabeza a un lado y… escupió.

Callamos un momento. A continuación siguió con su relato, aunque su

voz sonaba mucho más amortiguada que antes.

—Atravesé el puente. Seguí avanzando rápidamente, porque creía que,

si paraba, me caería de bruces. Por alguna razón evité el camino de Chelsea,

por el que había venido. Me pegué a la derecha y llegué a Cheyne Walk. Es

un lugar abierto y amable —¡prácticamente como Döbling!—. Mientras

caminaba entre las praderas, mi paso se fue remansando hasta que, al final,

me quedé parado. Sentía algo por debajo de mí, escondido, profundo, donde

reposaba mi ser. Podía abandonarme a él tranquilamente, se parecía a un

cruce o a una especie de jamba verde, delicada, de cuyos goznes me había

salido, pero pude volver a encajar inmediatamente, porque recuperé una

imagen que en su día había pasado por alto. Es muy curioso, se refiere a una

niña. A la pequeña Renata Gürtzner-Gontard —para nosotros no es más que

una niña—, la muchacha que había tenido en mi «cuadrilla» con su amiga

Sylvia, el explorador y los Garrique. Fue entonces cuando comprendí —

¡qué camino tan largo había tenido que recorrer hasta llegar a esta

conclusión!— que esta muchacha era la misma que habíamos visto

esquiando por el bosque y, también más tarde, en aquella excursión que reunió a todos «los nuestros», usted ya me entiende…; cuando yo estaba allí

arriba, fue ella quien pasó de largo. En ese momento reconocí el estado en

el que llevaba viviendo años y años. Fue como si saltara de mí. Camy me lo

había amputado. Era un estado en el que ni siquiera los hechos resultan

convincentes, porque no los percibimos como tales. Así es como había

vivido. En aquellos instantes, mientras paseaba por Cheyne Walk, me sentí

muchísimo más animado. Decidí volver a Stuttgart para firmar mi contrato,

que ya estaba listo.

—Bien —dije yo, contemplando el lechoso fulgor que se extendía al

otro lado de Jägerwiese—. Así que dejó tirada su segunda realidad en el

Cheyne Walk. ¡Qué lejos tuvo que ir! Ahora tiene que aferrarse con todas

sus fuerzas al «cruce verde», de él brota su futuro. Piense detenidamente en

Camy. No es que tenga que perdonarla aquí y ahora…; pronto se dará

cuenta de que no hay nada que perdonar; a lo sumo, al contrario. Si lo logra,

habrá dado un paso decisivo para el resto de su vida, habrá renunciado

completa y definitivamente a su antigua mujer… Lo podríamos llamar el

método Körger-Eulenfeld, porque la fórmula es suya. No hay nada más

vulgar que utilizar con nosotros mismos los argumentos que a los demás les

parecerían plausibles. —Entonces aún no había leído el consabido pasaje de

Valéry…, verdaderamente no sé qué mosca me picó en aquellos instantes

para tener tal inspiración.

—Es usted inhumano —dijo él.

—Si usted lo dice… Aunque pienso que no sería tan mala idea que

hiciera usted algo inhumano y lo soltara contra sí mismo para convertirse en

un hombre.

Volvimos a mirarnos a los ojos; yo le sostuve la mirada. Vaciló un poco

(como aquella vez en la isleta de tráfico, cuando se «desfondó»).

—Sí —dijo Kajetan—, es verdad.

Pude oír que soltaba el aire que había cogido en los pulmones. Su pecho

su hundió. Inclinó la cabeza lentamente.

 

Cenamos en la terraza que hay en la quinta de Kobenzl —si uno mira abajo,

es como si tuviera la ciudad sobre la palma de su mano—. Al acabar, Kajetan sacó unos papeles y me los pasó por encima de la mesa.

—¡Mira por dónde! —dije yo, después de haberlos revisado—. ¡Vaya

con el señor consejero de la Cámara, siempre tan correcto, siempre

buscando la manera de cubrirse las espaldas! Sin embargo, el 30 de mayo

ya se había rendido. ¿De dónde ha sacado usted estos papeluchos?

—Los consiguieron los chicos de mi «cuadrilla». Es obvio que los

sacaron del viejo secreter del que habló Gach.

—Una maniobra extraordinariamente hábil —dije yo—. Pero no los tire

usted aquí, destrúyalos en casa metiéndolos en el fogón.

El crepúsculo empezaba a caer. Las primeras estrellas de la tierra

empezaban a brillar débilmente en el lago de tinta de la ciudad. Tomamos

un poco más de vino sin decir nada y, por fin, nos pusimos en marcha.

Teníamos un largo camino por delante.

Los vi en el andén. «Los nuestros» se habían vuelto a reunir. Sólo

faltaban Angelika y Grete Siebenschein. La Konterhonz apareció con

Höpfner. «Vaya», pensaría Kajetan. Fue otra de las novedades con las que

se encontró. Ella lo saludó como una gran dama, con cierta

condescendencia. Sin embargo, él parecía verdaderamente contento, lo que,

como es natural, no hacía más que aumentar su ridículo.

«Los nuestros» rodearon a la elegante pareja (Renacuajo tenía un

aspecto soberbio). Buscó la oportunidad de escapar del alegre círculo que la

rodeaba con su cariño y nos apartamos un poco, paseando por el andén de

un lado a otro. Ella me habló de su boda. En ningún momento rebasó la

frontera del último medio año. Me llamó poderosamente la atención que la

señora Schlaggenberg hubiera considerado evidente que una parte de los

preparativos para la boda consistía en talar aquellos árboles tan altos que

había delante del pabellón del jardín.

—Ahora la claridad vuelve a entrar en la casa a raudales. —Recuerdo

perfectamente que ésta fue la expresión que empleó entonces—. La

gigantesca ponchera verde del aparador con los vasos a juego se utilizó en

la boda, pero ya no volvió a su sitio. Ahora, la luz de la sala es totalmente

distinta.

Parece que la señora Schlaggenberg también poseía el don de marcar

épocas tomando medidas que transforman el exterior. Renacuajo no podía haber heredado este rasgo de ella.

No me preguntó por Gyurkicz.

Habló de Basilea, de las familias más respetadas de la ciudad, los

Burckhardt, los Ehrenzeller y algunos más. Era la última ocasión que

Renacuajo tendría para enterarse del destino de Imre. ¿O es que ya lo sabía

y, sin embargo, no quería mencionarlo justamente ahora? Miré su rostro y

me pareció que su proverbial ignorancia se confirmaba una vez más, en este

caso in extremis.

No le dije nada sobre Gyurkicz.

Dos hombres habían rezado el De profundis mientras su cuerpo aún

estaba caliente y su sangre todavía fluía. ¿Qué le importaba eso a la mujer

del agregado de la embajada Orkay? Para mí, ya no era una de «los

nuestros». También yo había… heredado algo, pero no poseía la memoria

de una gallina y tampoco —¡en absoluto!, ¡de ninguna manera!— un

corazón de piedra. No abrí los labios. Guardé la memoria de mi querido

amigo —¡pues en eso se había convertido en los últimos instantes de su

vida!— evitando que se contaminara con las palabras de ella,

necesariamente banales.

Llamaron a los pasajeros para que subieran al tren. Era un convoy corto

y estaba algo adelantado, como si no quisiera entrar del todo en la estación.

Detrás del coche cama en el que viajaba el matrimonio Orkay, venía un

vagón de primera clase. Fue allí donde aparecieron los dos, mirando a «los

nuestros» por la puerta de cristal que había en la parte posterior.

Contemplamos a la joven pareja de pie en el marco iluminado. El tren fue

deslizándose con el silencio y la lentitud habituales, como si abandonara la

estación furtivamente, para, al momento siguiente, salir zumbando a

noventa kilómetros por hora. La imagen de la pareja retrocedió rápidamente

ante nosotros y se perdió en la oscuridad de la noche, mientras los pañuelos

agitados revoloteaban en el aire como mariposas blancas sobre un parterre

de flores. Aún podía distinguir a Renacuajo con claridad, pequeña,

habitante de una chispita que desaparecía en las tinieblas. En esos instantes

tuve la sensación de que no volvería a verla jamás en la vida, ni a ella ni a

ninguno de los que estaban sobre el andén, generalmente vacío,

despidiéndola con los brazos levantados y los pañuelos ondeantes.

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